No puedo mentir: he caído en la vorágine de las compras, los agites, los tapones, la limpieza y las pinturas. He sucumbido a las ofertas, a los tumultos y a esa angustia fría que te asalta cuando piensas en lo que le compré a Fulanito y lo que no le conseguí a Zutanita. Me ha remordido la conciencia al pensar en los olvidos –voluntarios e involuntarios—para evadir la presión económica de los tiempos difíciles que se pregonan cada día en la prensa nacional, en la radio y en boca de todos.
Como buen boricua, he dejado mucho para última hora, y hoy sufro las consecuencias. Siento el peso de mis culpas sobre mi espalda adolorida. Sufro la angustia de mis pesares en las tareas sin completar. Admito mis descuidos al observar los bultos abandonados por las esquinas de mi casa, en espera de tener algún tiempito para organizarme. Y es que la Navidad revive la temporada de huracanes, pero de otra manera: nos abruma con sus airecitos fríos y nos sacude con sus obligaciones impuestas. Entonces, aún con el privilegio de ser una de las épocas más importantes, el período navideño se ha convertido en una amenaza para la tranquilidad, el orden y la alegría que deberían reinar en el epílogo de cada año.
Aún con todo y el reguero existencial, admito que no es tan triste mi situación. Creo que, como no ocurría en mucho tiempo, he tenido la oportunidad de mirar hacia adentro y pensar en lo que quiero para mí. No se trata meramente de desear un carro, un apartamento, un buen trabajo –o mantener el que tengo—y continuar una vida saludable, sino de repasar, con sinceridad, todo aquello que me he propuesto en la vida y que, al igual que los regueros presentes, se acumula en las esquinas de mi vida con cierta dejadez que me incomoda.
Una noche, después de una larga charla con un amigo reciente –de esos que se aparecen de súbito y te parece conocer de toda la vida—hice el ejercicio. Cerré los ojos por un instante y pensé en todo lo que he dejado a medias, por descuido o negligencia. Y me di cuenta de que, casi en el ecuador de mi vida, hay proyectos que he postergado demasiado. El más importante de todos ha sido el permitir que fluya todo aquello que guardo en mi interior: mi energía creativa, mi ilusión por nuevos proyectos y, sobre todo, esa capacidad para el asombro que a todos y todas, tarde o temprano, se nos escapa con una facilidad asombrosa.
Aunque admito que soy de espíritu alegre, estos tiempos de recesiones amenazantes, de malas noticias y de angustias generales tienden a sumirnos en el abismo de la desesperanza. Pero estos días, aún cuando me despierto temprano y me acuesto muy tarde, he sentido un entusiasmo que, confieso, creía haber perdido. Y, a través de la risa –compartida con nuevos amigos y con los de siempre—desperté a una sensación que hace mucho no disfrutaba: la calma.
Sí, es cierto: los regueros de la casa todavía están por algunas esquinas, esperando a ser rescatados del olvido. Me he encontrado frente a una lata de pintura que me resistía a abrir para no complicarme la vida con una tarea engorrosa. He zampado (literalmente) paquetes de compras en el clóset para no pensar en lo comprado hasta cuando tenga la serenidad suficiente. Sin embargo, he redescubierto la capacidad para sonreír, reírme y carcajearme como hace tiempo no lo hacía. Y me siento feliz, tranquilo, sereno.
Quizás no devuelva los paquetes ni termine de pintar las paredes. Tal vez no cocine todos los manjares ni cumpla las obligaciones impuestas por el comercialismo. Pero el regalo que hoy abro con ilusión es el que me hago con el deseo sincero de hacer lo bueno que sé y lo que me gusta, porque es –precisamente—el regalo que recibí al abrir los ojos a la vida.
Éste es mi regalo, el que comparto con ustedes en esta noche maravillosa, y que les dejo como ejercicio para completar este año y prepararse para el próximo con ánimo y esperanza:
Renueva tu corazón. Recupera el espíritu. Revive la ilusión. Redescubre el esplendor. Recuerda mirar al cielo. Y sonreír.
¡Feliz Navidad!
jueves, 25 de diciembre de 2008
domingo, 30 de noviembre de 2008
Mrs. Winter
Primer acto: la novia “famosa” anuncia con bombos y platillos su fastuosa boda en Puerto Rico, con los suyos, enamorada y feliz. Segundo acto: la novia aprovecha la zafra mediática para contar los pormenores de su “día más feliz”, hablando como una cotorra a cuanta cámara y grabadora se le cruce por delante. Tercer acto: la novia pasa en una caravana impenetrable y estrictamente vigilada, dejando a los suyos con tres palmos de narices.
¿Cómo se llama la obra? “Otra más que hace lo mismo.”
Si no fuera porque se convirtió en portada del periódico, la boda me valdría un pepino. Para mí, los casorios, sean famosos o simples, resultan un absoluto desperdicio. Con tanta necesidad que hay en el mundo, me parece un insulto gastarse miles largos en un jaleo de cuatro días para que la gente diga “ay, qué bonito quedó todo” mientras se roban los centros de mesa… Conmigo no se ganan ni un peso: el que quiera pescado, que vaya al río y se moje las patas.
No obstante, vivimos en el país de las contradicciones y, frente a los eventos de grandes proporciones, actuamos de dos maneras muy específicas: con gran indiferencia o con sobrada prontitud. En la indiferencia viven quienes se libran por completo de las realidades circundantes a fuerza de tarjetazos, ya sea con un viajecito a Disney o en un crucero. Si el país se hunde, después que tenga la barriga llena y el crédito para embrollarme, lo demás es cuento. Pero, cuando se da la prontitud, nos brota la roncha de la curiosidad después de la picadura infame de nuestra ave zancuda nacional: el “ave rigua’o”. Y ahí estamos como el miércoles, en el mismo medio, con el ojo pelado ante la novelería, el chismorreo y la bazofia.
En el caso que hoy nos compete, el asunto me ha provocado molestia desde el comienzo. Primero, porque la “famosa novia” no es una de mis criaturas favoritas. Las dos veces que he coincido con ella en algún espacio público –en aquel tiempo, todavía era una ex reina de belleza “wannabe”—siempre me pareció que era demasiado chiquita, con una nariz demasiado perfecta para su cara demasiado extraña. Aunque reconozco que ha ganado notoriedad gracias a sus hazañas hollywoodenses, me fastidia el despilfarro de tinta y papel para dedicarle la primera plana a su ceremonia nupcial como si fuera la gran hazaña. Para colmo, reseñan el “día feliz” con una foto que, a ojos vistas, se adivina que fue tomada desde Cataño, en abierto desprecio a la prensa boricua que antes sirvió de fotuto a sus ilusiones.
Y no es que sangre por la herida, soñando con haber sido uno de los invitados, pues no soy de hervir en las aguas de una fiesta ajena. Lo que sí me disgusta es que siempre que se produce un evento de esta extraña naturaleza en Puerto Rico, caemos como las moscas en la misma trampa. La gente famosa que vendrá, ¡oh qué maravilla! Los detalles de la suntuosa decoración, ¡oh qué espectacular! El sabroso despliegue de confites para agasajar a los privilegiados, ¡oh qué delicia!… Y allá te van los curiosos, en fila india, ansiosos de protagonizar de forma vicaria algún episodio de Objetivo Fama.
Cuando los metiches de orilla acuden a la cita, lo hacen con la ilusión de que esta vez será distinto: la novia o el novio famoso se bajará de su cómoda limosina y se retratará con las señoras de camiseta, los muchachos de gorra y las chicas de dubi, besará a los bebés en sus cochecitos, levantando los dedos en V de “vaya bróder” Así acuden los ingenuos e ingenuas, camaritas digitales en la mano, a apostarse en los predios con la ilusión de que su sueño se cumpla. Pero sólo les quedarán, si acaso, las fotos del decepcionante encuentro: el auto que huye a toda prisa, la seguridad que se interpone, y una novia boba que saluda de lejitos… Y ojos que te vieron ir, con veinte guarulas al lado. Nada, que se conformarán con el chisme y, por supuesto, arrancarán algún listón de cinta –aunque sea la que usan los policías para demarcar las escenas criminales—para colgarla como un trofeo en el espejo del tocador.
Ellos, los pobres asomados por la acera del olvido, no me causan tanta lástima, sino ella, la protagonista de la obra que les conté al principio. Después que armo el chiringuito para casarse en su “islita”, bendecida por “Papito Dios” (¡oh, qué cliché!), sólo se limita a asomar su rostro y sacar la linda manita diciéndoles a toda la recua de periodistas, presenta’os y demás criaturas afines, “los quiero”…
La culpa no es de ella, pobrecita. Culpables somos nosotros, que sólo le estorbamos en el camino y después le compramos la revista donde publicarán todas las fotos.
¿Cómo se llama la obra? “Otra más que hace lo mismo.”
Si no fuera porque se convirtió en portada del periódico, la boda me valdría un pepino. Para mí, los casorios, sean famosos o simples, resultan un absoluto desperdicio. Con tanta necesidad que hay en el mundo, me parece un insulto gastarse miles largos en un jaleo de cuatro días para que la gente diga “ay, qué bonito quedó todo” mientras se roban los centros de mesa… Conmigo no se ganan ni un peso: el que quiera pescado, que vaya al río y se moje las patas.
No obstante, vivimos en el país de las contradicciones y, frente a los eventos de grandes proporciones, actuamos de dos maneras muy específicas: con gran indiferencia o con sobrada prontitud. En la indiferencia viven quienes se libran por completo de las realidades circundantes a fuerza de tarjetazos, ya sea con un viajecito a Disney o en un crucero. Si el país se hunde, después que tenga la barriga llena y el crédito para embrollarme, lo demás es cuento. Pero, cuando se da la prontitud, nos brota la roncha de la curiosidad después de la picadura infame de nuestra ave zancuda nacional: el “ave rigua’o”. Y ahí estamos como el miércoles, en el mismo medio, con el ojo pelado ante la novelería, el chismorreo y la bazofia.
En el caso que hoy nos compete, el asunto me ha provocado molestia desde el comienzo. Primero, porque la “famosa novia” no es una de mis criaturas favoritas. Las dos veces que he coincido con ella en algún espacio público –en aquel tiempo, todavía era una ex reina de belleza “wannabe”—siempre me pareció que era demasiado chiquita, con una nariz demasiado perfecta para su cara demasiado extraña. Aunque reconozco que ha ganado notoriedad gracias a sus hazañas hollywoodenses, me fastidia el despilfarro de tinta y papel para dedicarle la primera plana a su ceremonia nupcial como si fuera la gran hazaña. Para colmo, reseñan el “día feliz” con una foto que, a ojos vistas, se adivina que fue tomada desde Cataño, en abierto desprecio a la prensa boricua que antes sirvió de fotuto a sus ilusiones.
Y no es que sangre por la herida, soñando con haber sido uno de los invitados, pues no soy de hervir en las aguas de una fiesta ajena. Lo que sí me disgusta es que siempre que se produce un evento de esta extraña naturaleza en Puerto Rico, caemos como las moscas en la misma trampa. La gente famosa que vendrá, ¡oh qué maravilla! Los detalles de la suntuosa decoración, ¡oh qué espectacular! El sabroso despliegue de confites para agasajar a los privilegiados, ¡oh qué delicia!… Y allá te van los curiosos, en fila india, ansiosos de protagonizar de forma vicaria algún episodio de Objetivo Fama.
Cuando los metiches de orilla acuden a la cita, lo hacen con la ilusión de que esta vez será distinto: la novia o el novio famoso se bajará de su cómoda limosina y se retratará con las señoras de camiseta, los muchachos de gorra y las chicas de dubi, besará a los bebés en sus cochecitos, levantando los dedos en V de “vaya bróder” Así acuden los ingenuos e ingenuas, camaritas digitales en la mano, a apostarse en los predios con la ilusión de que su sueño se cumpla. Pero sólo les quedarán, si acaso, las fotos del decepcionante encuentro: el auto que huye a toda prisa, la seguridad que se interpone, y una novia boba que saluda de lejitos… Y ojos que te vieron ir, con veinte guarulas al lado. Nada, que se conformarán con el chisme y, por supuesto, arrancarán algún listón de cinta –aunque sea la que usan los policías para demarcar las escenas criminales—para colgarla como un trofeo en el espejo del tocador.
Ellos, los pobres asomados por la acera del olvido, no me causan tanta lástima, sino ella, la protagonista de la obra que les conté al principio. Después que armo el chiringuito para casarse en su “islita”, bendecida por “Papito Dios” (¡oh, qué cliché!), sólo se limita a asomar su rostro y sacar la linda manita diciéndoles a toda la recua de periodistas, presenta’os y demás criaturas afines, “los quiero”…
La culpa no es de ella, pobrecita. Culpables somos nosotros, que sólo le estorbamos en el camino y después le compramos la revista donde publicarán todas las fotos.
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Roselyn Sánchez
martes, 25 de noviembre de 2008
De nada
Como ha ocurrido en muchos hogares de nuestro país, desde temprano en la vida me aleccionaron a participar del ritual festivo del último jueves de noviembre. Por más pobres que fuéramos, en mi casa siempre había un modesto pavito asado para degustar, cual peregrinos criollos del mítico “Mayflower” reubicados en una casa de cemento. Sin embargo, en esta era cuarentosa, mi percepción del asunto ha cambiado considerablemente: en realidad, me importa torta comer o no comer del ave simbólica, cuya tradición inicia el jolgorio navideño nacional. Es más, cuando miro las tristes aves apiladas en las neveras del colmado, padeciendo el suplicio de la congelación, sigo de largo sin que me asalte un terrible cargo de conciencia.
Lo que sí no he podido olvidar es sentir agradecimiento por todo lo bueno que he vivido durante estas cuatro décadas. Para empezar, todavía estoy de pie y en una sola pieza, según me dijo un querido compañero profesor el otro día que nos cruzamos en el pasillo. También, como fue mi decreto desde que inicié mi carrera profesional, he podido hacer lo que me gusta (y para colmo, me pagan por ello). Para completar, tengo el amor de la familia, los amigos y amigas… En verdad, soy un hombre afortunado.
Aún así, reconozco que todavía hay personas que no pueden reconocer estas verdades en su vida. Atontados por el opíparo banquete en su versión criolla del pavochón relleno con mofongo y otras minucias criollas que, entre puritanos y aborígenes, resultarían aberrantes, es muy común que el meollo de la celebración se diluya como esa extraña salsa marrón con la que se adereza la reseca pechuga. Antes, cuando el “ritualis pavum” formaba parte de mi vida, no fueron pocas las veces en las que la oración de gracias pasaba por alto o, sencillamente, se despachaba con un padrenuestro apura’o y vamo’ a caerle encima al animal antes de que se enfríe. Entonces, sumidos en el estado comatoso post-hartera, probablemente alguien menciona la bendita política o lo cara que está la vida y, de inmediato, el relleno brota por las orejas mientras el corrillo de boricuas sobrealimentados repite la fastidiosa letanía: “qué malo está este país”.
No se puede negar la realidad, ni tapar el sol con un dedo. Con las complicadas circunstancias en las que nos ha tocado vivir durante esta época, hay que buscar la manera de enfrentarse a la realidad con agradecimiento por todo lo que tenemos. Son muchos los defectos que tiene este país, pero al menos no estamos en medio del Congo, con una guerra en las costillas, o en Haití, tratando de sobrevivir después de tantos desastres atmosféricos. Pero nos gusta vivir la telenovela: no bien se mastica el último pedazo de cuero y se traga el buche final de la cerveza, caemos en la vorágine del pesimismo. Por supuesto, el tiempo no está como para regodeos y muchas personas viven a diario sin saber cómo le harán para respirar con el agua hasta el cuello y una marea que no da tregua…
Por eso, pienso que este asunto del comer pavo es un mero accesorio del que se puede prescindir. Cuando sé que hay personas que no tienen para completar el mes, que viven con el temor de que les quiten sus carros o sus casas porque todavía no recuperan el empleo perdido, admito que me repugna el pavo, el relleno y el asombroso despilfarro de comida. Claro, tampoco puedo decir que, como ya no me interesa el pavo, el mundo debe privarse de esta cena: si es de su gusto hacerlo y a conciencia de la oportunidad para compartir en armonía, bienvenido sea.
Lo que sí me gustaría recalcar es la importancia de una simple respuesta que, aunque cuesta poco, tiene un gran valor. No sé si es por la prisa con la que vivimos o porque se ha perdido la costumbre, pero en los últimos meses he notado que la gente ya no responde al simple “gracias” con el acostumbrado “de nada” que tanto me machacaron cuando era chiquito. Quiero pensar que es una distracción y no una nueva costumbre: por lo general, el boricua es característico por el “buen provecho” y el “que salgan pronto” en los restaurantes y las oficinas médicas.
Así que este año, si puede, haga el ejercicio. Además de dar gracias por lo bueno, lo malo y lo regular, también diga “de nada” y “a la orden”. Asegúrese de no perder la costumbre del agradecimiento que es, como bien dice el refrán, costumbre de bien nacidos. Y también diga “de nada” cuando alguien le agradece un favor, un gesto, una palabra bonita. Porque, si bien es importante agradecer la bendición recibida, reconocer que la buena voluntad nace como un gesto sincero que no cuesta nada nos embucha de alegría. Mucho más que todos los pavos del mundo.
¡Feliz Día de Acción de Gracias!
Lo que sí no he podido olvidar es sentir agradecimiento por todo lo bueno que he vivido durante estas cuatro décadas. Para empezar, todavía estoy de pie y en una sola pieza, según me dijo un querido compañero profesor el otro día que nos cruzamos en el pasillo. También, como fue mi decreto desde que inicié mi carrera profesional, he podido hacer lo que me gusta (y para colmo, me pagan por ello). Para completar, tengo el amor de la familia, los amigos y amigas… En verdad, soy un hombre afortunado.
Aún así, reconozco que todavía hay personas que no pueden reconocer estas verdades en su vida. Atontados por el opíparo banquete en su versión criolla del pavochón relleno con mofongo y otras minucias criollas que, entre puritanos y aborígenes, resultarían aberrantes, es muy común que el meollo de la celebración se diluya como esa extraña salsa marrón con la que se adereza la reseca pechuga. Antes, cuando el “ritualis pavum” formaba parte de mi vida, no fueron pocas las veces en las que la oración de gracias pasaba por alto o, sencillamente, se despachaba con un padrenuestro apura’o y vamo’ a caerle encima al animal antes de que se enfríe. Entonces, sumidos en el estado comatoso post-hartera, probablemente alguien menciona la bendita política o lo cara que está la vida y, de inmediato, el relleno brota por las orejas mientras el corrillo de boricuas sobrealimentados repite la fastidiosa letanía: “qué malo está este país”.
No se puede negar la realidad, ni tapar el sol con un dedo. Con las complicadas circunstancias en las que nos ha tocado vivir durante esta época, hay que buscar la manera de enfrentarse a la realidad con agradecimiento por todo lo que tenemos. Son muchos los defectos que tiene este país, pero al menos no estamos en medio del Congo, con una guerra en las costillas, o en Haití, tratando de sobrevivir después de tantos desastres atmosféricos. Pero nos gusta vivir la telenovela: no bien se mastica el último pedazo de cuero y se traga el buche final de la cerveza, caemos en la vorágine del pesimismo. Por supuesto, el tiempo no está como para regodeos y muchas personas viven a diario sin saber cómo le harán para respirar con el agua hasta el cuello y una marea que no da tregua…
Por eso, pienso que este asunto del comer pavo es un mero accesorio del que se puede prescindir. Cuando sé que hay personas que no tienen para completar el mes, que viven con el temor de que les quiten sus carros o sus casas porque todavía no recuperan el empleo perdido, admito que me repugna el pavo, el relleno y el asombroso despilfarro de comida. Claro, tampoco puedo decir que, como ya no me interesa el pavo, el mundo debe privarse de esta cena: si es de su gusto hacerlo y a conciencia de la oportunidad para compartir en armonía, bienvenido sea.
Lo que sí me gustaría recalcar es la importancia de una simple respuesta que, aunque cuesta poco, tiene un gran valor. No sé si es por la prisa con la que vivimos o porque se ha perdido la costumbre, pero en los últimos meses he notado que la gente ya no responde al simple “gracias” con el acostumbrado “de nada” que tanto me machacaron cuando era chiquito. Quiero pensar que es una distracción y no una nueva costumbre: por lo general, el boricua es característico por el “buen provecho” y el “que salgan pronto” en los restaurantes y las oficinas médicas.
Así que este año, si puede, haga el ejercicio. Además de dar gracias por lo bueno, lo malo y lo regular, también diga “de nada” y “a la orden”. Asegúrese de no perder la costumbre del agradecimiento que es, como bien dice el refrán, costumbre de bien nacidos. Y también diga “de nada” cuando alguien le agradece un favor, un gesto, una palabra bonita. Porque, si bien es importante agradecer la bendición recibida, reconocer que la buena voluntad nace como un gesto sincero que no cuesta nada nos embucha de alegría. Mucho más que todos los pavos del mundo.
¡Feliz Día de Acción de Gracias!
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vida a los cuarenta
lunes, 17 de noviembre de 2008
¿Y pa' qué?
Cuando José llega a su casa, siempre me pregunto lo mismo. Es que no lo entiendo: a duras penas se lo veía por el entorno cuando era soltero y un poco más joven. Todavía lo recuerdo: ese muchacho bocón era uno de los que siempre tenía algún invento para celebrar, y compartía con el barrio entero sus andanzas: la llegada del ruidoso grupete que venía a rescatarlo para ir a la playa, el reperpero de los panitas que le tocaban bocina frente a la casa para llevárselos al cine, las risitas de las muchachas que le llamaban con voz melosa para sonsacarlo con alguna invitación a cualquier festejo…
Una de las pocas veces que hemos hablado en los últimos años, lo recuerdo muy bien, me lo dijo sin mucho rodeo: “Estoy loco por casarme para irme de casa… Ya no aguanto las manías de Mami, que siempre se la pasa dándome órdenes.” No recuerdo exactamente qué le contesté, pero sí me consta que le mencioné que le llegaría el tiempo en que, como todo el que busca su horizonte, alzaría vuelo para hacer nido en otra parte. Y así ocurrió, de repente: un buen día se escucharon alborotos en el barrio y pasó frente a la casa en escandalosa comitiva –como buena boda jíbara boricua, aunque vivamos en urbanización.
José pasaba de treinta años cuando decidió casarse. Después de la boda, casi ni se le veía por sus antiguas calles luego de que, por fin, se había liberado del yugo materno. En unas navidades, me lo encontré justo cuando se estacionaba para visitar a su vieja, la misma de la que había renegado antes. Ahora venía acompañado de su esposa y, por supuesto, nos ofrecimos el saludo festivo de rigor. Se le veía feliz, satisfecho. Mi profecía, al parecer, se había cumplido.
Hasta que la mujer salió preñada.
De pronto, el muchacho comenzó a visitar la casa de su madre con más frecuencia. A veces, al levantarme para recoger el periódico, me topaba con su carro estacionado justo en frente del portón de mi casa. Bueno, pensé yo, será que ahora trabaja más cerca, presumí. Honestamente, no era mi asunto, así que lo dejé pasar, concentrado en asuntos más importantes.
Pero las visitas se hicieron cada vez más frecuentes. Eran más las veces que lo veía en casa de su mamá, a veces solo, a veces con su esposa que –según la costumbre oriental— le seguía los pasos a distancia, en vez de caminar a su lado. El progreso del embarazo se hizo evidente y, de igual forma, las visitas de José a su antiguo hogar aumentaron casi a diario. Incluso hasta creí que, por alguna extraña razón, había regresado a vivir al lugar que tanto añoró abandonar.
Hoy día, ya convertido en padre de un varoncito que apenas tendrá unos dos meses, le veo a diario. Carga con una mudanza cada vez que desembarca en la casa de su madre: el coche inmenso, el corral inverosímil, bultos, maletas, biberones y no sé cuántos tereques infantiles. Su mujer ya no viaja al lado suyo en el automóvil: siempre va montada atrás, al lado del niño recién nacido. Por cierto, cuando llegan, es él quien se encarga de bajar al niño y entrar a la casa a recibir los parabienes de su madre (la misma rezongona de antes) mientras la recién parida esposa carga como puede el cargamento que él, tan considerado y amable, ha depositado sobre la acera.
No es la primera vez que observo este fenómeno. El caso de José es uno de muchos que conozco y que, inexplicablemente, se multiplica alrededor con una frecuencia inusual: de repente, cuando están jóvenes y llenos de vida, claman por una libertad que, tan pronto consiguen, parecen revocar a la primera de cambio. Entonces, regresan al nido recién abandonado, todavía caliente, a guarecerse debajo de las alas de sus madres que les reciben para cuidarles los críos a la menor provocación.
¿Y pa’ qué tanta prisa en casarse? ¿Pa’ qué tantas ganas de ser independientes si, cuando de verdad lo son, no pueden despegarse del fondillo de sus padres? Que alguien me lo explique, porque yo todavía no lo entiendo.
Quizás deba preguntarle a José que, para variar, hoy está de nuevo en casa de su mamá-niñera.
Una de las pocas veces que hemos hablado en los últimos años, lo recuerdo muy bien, me lo dijo sin mucho rodeo: “Estoy loco por casarme para irme de casa… Ya no aguanto las manías de Mami, que siempre se la pasa dándome órdenes.” No recuerdo exactamente qué le contesté, pero sí me consta que le mencioné que le llegaría el tiempo en que, como todo el que busca su horizonte, alzaría vuelo para hacer nido en otra parte. Y así ocurrió, de repente: un buen día se escucharon alborotos en el barrio y pasó frente a la casa en escandalosa comitiva –como buena boda jíbara boricua, aunque vivamos en urbanización.
José pasaba de treinta años cuando decidió casarse. Después de la boda, casi ni se le veía por sus antiguas calles luego de que, por fin, se había liberado del yugo materno. En unas navidades, me lo encontré justo cuando se estacionaba para visitar a su vieja, la misma de la que había renegado antes. Ahora venía acompañado de su esposa y, por supuesto, nos ofrecimos el saludo festivo de rigor. Se le veía feliz, satisfecho. Mi profecía, al parecer, se había cumplido.
Hasta que la mujer salió preñada.
De pronto, el muchacho comenzó a visitar la casa de su madre con más frecuencia. A veces, al levantarme para recoger el periódico, me topaba con su carro estacionado justo en frente del portón de mi casa. Bueno, pensé yo, será que ahora trabaja más cerca, presumí. Honestamente, no era mi asunto, así que lo dejé pasar, concentrado en asuntos más importantes.
Pero las visitas se hicieron cada vez más frecuentes. Eran más las veces que lo veía en casa de su mamá, a veces solo, a veces con su esposa que –según la costumbre oriental— le seguía los pasos a distancia, en vez de caminar a su lado. El progreso del embarazo se hizo evidente y, de igual forma, las visitas de José a su antiguo hogar aumentaron casi a diario. Incluso hasta creí que, por alguna extraña razón, había regresado a vivir al lugar que tanto añoró abandonar.
Hoy día, ya convertido en padre de un varoncito que apenas tendrá unos dos meses, le veo a diario. Carga con una mudanza cada vez que desembarca en la casa de su madre: el coche inmenso, el corral inverosímil, bultos, maletas, biberones y no sé cuántos tereques infantiles. Su mujer ya no viaja al lado suyo en el automóvil: siempre va montada atrás, al lado del niño recién nacido. Por cierto, cuando llegan, es él quien se encarga de bajar al niño y entrar a la casa a recibir los parabienes de su madre (la misma rezongona de antes) mientras la recién parida esposa carga como puede el cargamento que él, tan considerado y amable, ha depositado sobre la acera.
No es la primera vez que observo este fenómeno. El caso de José es uno de muchos que conozco y que, inexplicablemente, se multiplica alrededor con una frecuencia inusual: de repente, cuando están jóvenes y llenos de vida, claman por una libertad que, tan pronto consiguen, parecen revocar a la primera de cambio. Entonces, regresan al nido recién abandonado, todavía caliente, a guarecerse debajo de las alas de sus madres que les reciben para cuidarles los críos a la menor provocación.
¿Y pa’ qué tanta prisa en casarse? ¿Pa’ qué tantas ganas de ser independientes si, cuando de verdad lo son, no pueden despegarse del fondillo de sus padres? Que alguien me lo explique, porque yo todavía no lo entiendo.
Quizás deba preguntarle a José que, para variar, hoy está de nuevo en casa de su mamá-niñera.
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sábado, 15 de noviembre de 2008
The Comay Effect
Cada mañana, a eso de las nueve y cuarto, Jenny se sienta a tomarse el café y a mirar el periódico. Aunque el día laborable todavía está por despegar, ella toma su receso para comentar las noticias publicadas en Primera Hora. Tito hace lo mismo, pero a la hora de almorzar: siempre hay un momento para “hablar del prójimo”. Curioso es que a ambos los he escuchado cantar, junto con los demás compañeros del trabajo, la misma frasecita odiosa: “Qué bochinnnncheeeeeee…”
A veces, escuchar relatos interesantes de naturaleza morbosa me parece entretenido. Como buen cazador de historias, paro la oreja cuando el cuento es sabroso. Todavía recuerdo un personaje que escribí para un guión televisivo gracias al chismorreo de una ex compañera de trabajo, quien aprovechaba cada minuto del mediodía para despellejar a su odiosa suegra que presumía de ricachona.
Sin embargo, hay otro fenómeno cultural que observo cada vez con más frecuencia: escudarse tras un seudónimo para insultar, maldecir y criticar cualquier asunto que no caiga dentro de los “cánones establecidos” por la moralidad criolla. Entonces, ¿será éste el efecto del chismorreo establecido como práctica cotidiana en la vida boricua?
Para muestra, un botón: el otro día leía sobre un artista brasileño llamado Mauricio Ianés, quien ha sorprendido a los espectadores de la Bienal de Arte de Sao Paulo con uno de estos montajes en vivo que buscan llamar la atención sobre un asunto en particular. En este caso, la propuesta del artista intenta procurar –según sus palabras—“la bondad de los extraños” y, para eso, ha decidido instalarse en el local como Dios lo trajo al mundo por dos semanas. Incluso, la nota de la Agencia EFE explica que Ianés, de 35 años, “dormirá, se alimentará y hará sus necesidades sin salir del recinto y sobrevivirá gracias a las donaciones de los visitantes, intentando así que el público sea parte activa y fundamental de su obra”.
Bueno, pues, cada loco con su tema. Si el tipo quiere desnudarse y provocar, con su acto, un llamado a la conciencia por la falta de obra y de crítica en las artes –es el argumento que ha manifestado a los medios de comunicación—pues que sea feliz y que no le dé mucho frío.
Pero ése no es el punto: esta nota fue reproducida por un periódico local en su versión electrónica. Y hay que ver el comentario que escribe un lector (o lectora) de seudónimo impreciso: “otro degenerado que quiere ir más allá de los límites de la decencia exponiendose (sic) al publico (sic) de manera desnuda y llamandolo (sic) arte… Nuestra ninez y juventud no necesita (sic) estar mirando el cuerpo desnudo de un exhibicionista como este tipo.”
No bien ocurre algo que moleste a alguien de alguna forma, es preciso ver la cantidad de comentarios que se generan en todos los espacios de desahogo público, ya sea en la oficina, la cafetería, la fila del banco o los comentarios por la Internet. Lo peor es que el análisis del tema evade el fondo de la información, concentrándose en menospreciar la acción sólo porque es “inmoral”, “sucio” y “porquería” (ése es uno de los adjetivos más comunes).
En los albores de una nueva era de la comunicación, en la que los espectadores producen contenido y reaccionan con mayor vehemencia a los estímulos a su alrededor, hay que andarse con cuidado. De pronto, cualquier palabra ingenuamente escrita se toma como una ofensa nacional y, a la menor provocación, alguien establece un “grupo de odio” en Facebook. Curioso es, sin embargo, que muchos de estos “policías” de la humanidad agreden sin misericordia a quienes no les simpatizan, utilizando sus peores armas: el golpe bajo a la integridad, el menosprecio malsano e hiriente, la burla cruel y desalmada…
A la hora de salida, Tito y Jenny caminaban juntos. Por supuesto, todavía les quedaba tela para cortar y conversaban, entretenidos, sobre los últimos acontecimientos políticos, sociales y culturales –las intrigas producidas por el cambio de gobierno, el famoso novio pelotero de la modelo empresaria, cosas así. Apurando el paso adrede, me inserté en la conversación y, en una pausa, aproveché para preguntarles a estos rabiosos criticones qué les movía el espíritu para chismorrear con tanta vehemencia. Mirándome con cara muy seria, Jenny levantó las cejas perfectamente arqueadas y me dijo, “yo no soy chismosa”. Entonces, Tito se puso filosófico en su respuesta: “Si la gente lo hace mal, hay que decirlo. Eso es lo que ha hecho la Comay por tantos años—
Tragué gordo antes de hablar. “Cuando apuntas pa’lante, hay tres dedos que señalan hacia ti”, le dije a Tito, tratando de sonar cabal, después de aquel derroche de sabiduría. Pero él no me hizo mucho caso. Jenny también se despidió, apurada, esfumándose entre los autos del estacionamiento.
Pensé que los había ofendido con mi comentario, y entonces, miré mi reloj. Faltaban quince para las seis de la tarde.
A veces, escuchar relatos interesantes de naturaleza morbosa me parece entretenido. Como buen cazador de historias, paro la oreja cuando el cuento es sabroso. Todavía recuerdo un personaje que escribí para un guión televisivo gracias al chismorreo de una ex compañera de trabajo, quien aprovechaba cada minuto del mediodía para despellejar a su odiosa suegra que presumía de ricachona.
Sin embargo, hay otro fenómeno cultural que observo cada vez con más frecuencia: escudarse tras un seudónimo para insultar, maldecir y criticar cualquier asunto que no caiga dentro de los “cánones establecidos” por la moralidad criolla. Entonces, ¿será éste el efecto del chismorreo establecido como práctica cotidiana en la vida boricua?
Para muestra, un botón: el otro día leía sobre un artista brasileño llamado Mauricio Ianés, quien ha sorprendido a los espectadores de la Bienal de Arte de Sao Paulo con uno de estos montajes en vivo que buscan llamar la atención sobre un asunto en particular. En este caso, la propuesta del artista intenta procurar –según sus palabras—“la bondad de los extraños” y, para eso, ha decidido instalarse en el local como Dios lo trajo al mundo por dos semanas. Incluso, la nota de la Agencia EFE explica que Ianés, de 35 años, “dormirá, se alimentará y hará sus necesidades sin salir del recinto y sobrevivirá gracias a las donaciones de los visitantes, intentando así que el público sea parte activa y fundamental de su obra”.
Bueno, pues, cada loco con su tema. Si el tipo quiere desnudarse y provocar, con su acto, un llamado a la conciencia por la falta de obra y de crítica en las artes –es el argumento que ha manifestado a los medios de comunicación—pues que sea feliz y que no le dé mucho frío.
Pero ése no es el punto: esta nota fue reproducida por un periódico local en su versión electrónica. Y hay que ver el comentario que escribe un lector (o lectora) de seudónimo impreciso: “otro degenerado que quiere ir más allá de los límites de la decencia exponiendose (sic) al publico (sic) de manera desnuda y llamandolo (sic) arte… Nuestra ninez y juventud no necesita (sic) estar mirando el cuerpo desnudo de un exhibicionista como este tipo.”
No bien ocurre algo que moleste a alguien de alguna forma, es preciso ver la cantidad de comentarios que se generan en todos los espacios de desahogo público, ya sea en la oficina, la cafetería, la fila del banco o los comentarios por la Internet. Lo peor es que el análisis del tema evade el fondo de la información, concentrándose en menospreciar la acción sólo porque es “inmoral”, “sucio” y “porquería” (ése es uno de los adjetivos más comunes).
En los albores de una nueva era de la comunicación, en la que los espectadores producen contenido y reaccionan con mayor vehemencia a los estímulos a su alrededor, hay que andarse con cuidado. De pronto, cualquier palabra ingenuamente escrita se toma como una ofensa nacional y, a la menor provocación, alguien establece un “grupo de odio” en Facebook. Curioso es, sin embargo, que muchos de estos “policías” de la humanidad agreden sin misericordia a quienes no les simpatizan, utilizando sus peores armas: el golpe bajo a la integridad, el menosprecio malsano e hiriente, la burla cruel y desalmada…
A la hora de salida, Tito y Jenny caminaban juntos. Por supuesto, todavía les quedaba tela para cortar y conversaban, entretenidos, sobre los últimos acontecimientos políticos, sociales y culturales –las intrigas producidas por el cambio de gobierno, el famoso novio pelotero de la modelo empresaria, cosas así. Apurando el paso adrede, me inserté en la conversación y, en una pausa, aproveché para preguntarles a estos rabiosos criticones qué les movía el espíritu para chismorrear con tanta vehemencia. Mirándome con cara muy seria, Jenny levantó las cejas perfectamente arqueadas y me dijo, “yo no soy chismosa”. Entonces, Tito se puso filosófico en su respuesta: “Si la gente lo hace mal, hay que decirlo. Eso es lo que ha hecho la Comay por tantos años—
Tragué gordo antes de hablar. “Cuando apuntas pa’lante, hay tres dedos que señalan hacia ti”, le dije a Tito, tratando de sonar cabal, después de aquel derroche de sabiduría. Pero él no me hizo mucho caso. Jenny también se despidió, apurada, esfumándose entre los autos del estacionamiento.
Pensé que los había ofendido con mi comentario, y entonces, miré mi reloj. Faltaban quince para las seis de la tarde.
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domingo, 2 de noviembre de 2008
Ninguno
Esta semana, el ejercicio de mi columna cibernética responde a un encargo particular de mi mamá. Ella me ha pedido que reaccione, en nombre de nuestra familia, a una serie de incidentes en los que mi hermano Carlos (mejor conocido como “Kit Carson”) estuvo involucrado y que se relacionan de forma directa con la campaña política. No puedo desatender el pedido de Mami, porque obedece al deseo sincero de aclarar nuestra postura con relación a este tema que, les prometo, no volveré a tocar.
Hace unos días, alegadamente, alguna persona del Partido Popular se dirigió a mi hermano con epítetos denigrantes, llamándole “anormal” (o algo así, según lo que he escuchado). Tal como suele ocurrir en los infiernos grandes, la noticia se corrió como la pólvora y, ya convertida en chisme, estaba en boca de todos. Cuando me enteré, la situación había trascendido al punto de haberse discutido en foros públicos, incluyendo programas radiales de gran audiencia.
Como no estaba aquí, no puedo señalar a nadie, aunque más de una persona se nos haya acercado para comentar (más bien, curiosear) sobre el infortunado suceso.
Sin embargo, lo que sí sé es que, luego de este asunto, algunos líderes del Partido Nuevo decidieron asumir una postura de “reivindicación” para con mi hermano, zarandeándolo como estandarte de las injusticias alegadamente cometidas por el candidato que busca la reelección. La aspirante a la alcaldía por los azules habló con mi madre para “contarle” las gestiones que había realizado –sin permiso alguno—para denunciar públicamente el alegado atropello contra mi hermano, montada en su alegado interés por ayudar a las personas con “necesidades especiales”.
Ese asunto me consta. He visto fotografías en las que mi hermano, rodeado del alto liderato municipal del partido azul, aparece con su típica sonrisa ausente, protagonizando un evento que, para su limitado razonamiento, es una corona de gloria.
Admito que el incidente me ha provocado repulsión. Si es cierto que el candidato rojo se expresó de forma denigrante, ya sea contra Carlos o cualquier persona que tenga un impedimento físico o mental, se trata de un ataque bajo, sucio e imperdonable. Pero igualmente es reprochable que, a fin de ganar simpatías, la candidata azul se aproveche de la circunstancia para crear un evento mediático que opere en su favor, sobre todo sin contar con la aprobación de mi madre, quien funge como tutora legal de todos los asuntos relacionados con mi hermano.
Además de repulsión, el tema me produce una gran tristeza. No por mí, ni por mi familia, ni mucho menos por Carlos, sino por lo que refleja este desgraciado incidente. En principio, es lamentable que, en aras de la lucha política, algunas personas se disparen maromas imbéciles con las que intentan disimular su ansiedad de poder. Me amarga la boca saber que la contienda política nacional se ejecute de una manera tan insulsa, vana y estúpida. También me incomoda saber que compañeros de los medios de comunicación, colegas de la profesión que ejerzo hace más de dos décadas, han repetido este chisme sin acercarse a los involucrados, obviando toda consideración a la ética periodística. Si esto nos ocurre a nosotros, ¿qué pasará con quienes no tienen la oportunidad de defenderse?
Sé que muchas personas admiran a Kit Carson por su talento como líder cívico y su desempeño a través de los medios de comunicación. No obstante, a pesar de sus indudables logros, en situaciones como ésta Carlos reacciona como un niño inocente. Su entendimiento no le da para comprender la seriedad de ciertos asuntos, ni se percata de que es utilizado para adelantar causas que a él no le competen. Como familia, nunca hemos detenido su desarrollo, aunque le hayamos advertido muchas veces que evite vínculos con la política, porque no creemos en la militancia activa ni mucho menos en seguir insignias o colores.
Por eso, no soy quien para intervenir con las decisiones de Carlos. A pesar de su condición, él ejerce su propio criterio para vivir como mejor le parece. Ha escogido una vida pública con la que pretende lograr un reconocimiento a su superación que, sin lugar a dudas, es motivo de esperanza para muchas personas, y de orgullo para nosotros. Sin embargo, esa determinación tiene otra consecuencia: el sufrimiento que toda mi familia enfrenta cada vez que sufre una decepción pública. Porque son muchas, muchas las veces que quienes han vitoreado a Kit Carson como un héroe, luego lo echan a un lado y lo denigran cuando no les sirve de nada. Así lo han hecho, a través del tiempo, los rojos y los azules, sin excepción.
Lo que sí puedo controlar es mi opinión sobre este asunto, y ejercer mi derecho al voto conforme a la sensación que me provoca este incidente. Así escogeré, según mi conciencia, al candidato o candidata que mejor represente la verdadera esperanza para el futuro de nuestro país.
El problema es que, hasta ahora, ninguno vale la pena.
Hace unos días, alegadamente, alguna persona del Partido Popular se dirigió a mi hermano con epítetos denigrantes, llamándole “anormal” (o algo así, según lo que he escuchado). Tal como suele ocurrir en los infiernos grandes, la noticia se corrió como la pólvora y, ya convertida en chisme, estaba en boca de todos. Cuando me enteré, la situación había trascendido al punto de haberse discutido en foros públicos, incluyendo programas radiales de gran audiencia.
Como no estaba aquí, no puedo señalar a nadie, aunque más de una persona se nos haya acercado para comentar (más bien, curiosear) sobre el infortunado suceso.
Sin embargo, lo que sí sé es que, luego de este asunto, algunos líderes del Partido Nuevo decidieron asumir una postura de “reivindicación” para con mi hermano, zarandeándolo como estandarte de las injusticias alegadamente cometidas por el candidato que busca la reelección. La aspirante a la alcaldía por los azules habló con mi madre para “contarle” las gestiones que había realizado –sin permiso alguno—para denunciar públicamente el alegado atropello contra mi hermano, montada en su alegado interés por ayudar a las personas con “necesidades especiales”.
Ese asunto me consta. He visto fotografías en las que mi hermano, rodeado del alto liderato municipal del partido azul, aparece con su típica sonrisa ausente, protagonizando un evento que, para su limitado razonamiento, es una corona de gloria.
Admito que el incidente me ha provocado repulsión. Si es cierto que el candidato rojo se expresó de forma denigrante, ya sea contra Carlos o cualquier persona que tenga un impedimento físico o mental, se trata de un ataque bajo, sucio e imperdonable. Pero igualmente es reprochable que, a fin de ganar simpatías, la candidata azul se aproveche de la circunstancia para crear un evento mediático que opere en su favor, sobre todo sin contar con la aprobación de mi madre, quien funge como tutora legal de todos los asuntos relacionados con mi hermano.
Además de repulsión, el tema me produce una gran tristeza. No por mí, ni por mi familia, ni mucho menos por Carlos, sino por lo que refleja este desgraciado incidente. En principio, es lamentable que, en aras de la lucha política, algunas personas se disparen maromas imbéciles con las que intentan disimular su ansiedad de poder. Me amarga la boca saber que la contienda política nacional se ejecute de una manera tan insulsa, vana y estúpida. También me incomoda saber que compañeros de los medios de comunicación, colegas de la profesión que ejerzo hace más de dos décadas, han repetido este chisme sin acercarse a los involucrados, obviando toda consideración a la ética periodística. Si esto nos ocurre a nosotros, ¿qué pasará con quienes no tienen la oportunidad de defenderse?
Sé que muchas personas admiran a Kit Carson por su talento como líder cívico y su desempeño a través de los medios de comunicación. No obstante, a pesar de sus indudables logros, en situaciones como ésta Carlos reacciona como un niño inocente. Su entendimiento no le da para comprender la seriedad de ciertos asuntos, ni se percata de que es utilizado para adelantar causas que a él no le competen. Como familia, nunca hemos detenido su desarrollo, aunque le hayamos advertido muchas veces que evite vínculos con la política, porque no creemos en la militancia activa ni mucho menos en seguir insignias o colores.
Por eso, no soy quien para intervenir con las decisiones de Carlos. A pesar de su condición, él ejerce su propio criterio para vivir como mejor le parece. Ha escogido una vida pública con la que pretende lograr un reconocimiento a su superación que, sin lugar a dudas, es motivo de esperanza para muchas personas, y de orgullo para nosotros. Sin embargo, esa determinación tiene otra consecuencia: el sufrimiento que toda mi familia enfrenta cada vez que sufre una decepción pública. Porque son muchas, muchas las veces que quienes han vitoreado a Kit Carson como un héroe, luego lo echan a un lado y lo denigran cuando no les sirve de nada. Así lo han hecho, a través del tiempo, los rojos y los azules, sin excepción.
Lo que sí puedo controlar es mi opinión sobre este asunto, y ejercer mi derecho al voto conforme a la sensación que me provoca este incidente. Así escogeré, según mi conciencia, al candidato o candidata que mejor represente la verdadera esperanza para el futuro de nuestro país.
El problema es que, hasta ahora, ninguno vale la pena.
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lunes, 27 de octubre de 2008
Verde, que no te quiero
“It’s not easy being green.”
Kermit The Frog
No sé por qué siempre me mira con tan mala cara cuando me acerco. Para empezar, lo único que hago es cumplir con el deber ciudadano, consciente de que es importante reducir la contaminación por el uso excesivo del plástico. Pero no: tan pronto me acerco, ella monta la cara larga, odiosa y poco amable, como si la ofendiera o, mucho peor, como si no le gustara.
Resulta que, desde hace ya un tiempo, he adoptado la buena costumbre de llevar mis propias fundas reutilizables al colmado cuando hago la compra. En principio, debo admitir que las escogí por moda y porque me parecieron de lo más simpáticas. Sin embargo, a largo plazo sé que son parte de lo que, inevitablemente, tendremos que hacer si queremos vivir en un mundo más limpio.
El caso es que, desde que inicié la costumbre, me he encontrado con un sinfín de tropiezos, culturales en su mayoría. La primera vez que le dije a un “bagger” que no empacara mi compra en esas odiosas bolsas plásticas, me miró como si tuviera lepra. Acto seguido, el muchachito –flaco, con mechitas y unas extraordinarias cejas de María Félix—abandonó su puesto, y se puso a jugar con su celular en una esquinita. El pobre, se perdió la propina.
Otro día, me acerqué al terminal de pago, en uno de esos lugares donde la misma cajera empieza a girar un torno donde están ensartadas las benditas bolsas plásticas. “No, no se preocupe”, le dije cuando echó el primer artículo en una bolsa y ya tenía el segundo listo para echarlo en la segunda. Le aclaré, con mi sonrisa de Oh Gran Salvador de la Humanidad, que traía mis fundas. Ella respondió a mi entusiasmo con la gracia de un cartón vacío. Si le hubiera arrancado las uñas acrílicas con un alicate, no le habría dolido tanto mi indiferencia.
Aún con esos truenos, insistí en la práctica. Fui a otra tienda y, llegado el momento, recibí una reacción hasta ahora inusual: la muchacha de la caja se impresionó. “¿Dónde las compró, señor?” (Sí, ya me dicen “señor”, la pinta cuarentosa es inevitable.) Le expliqué que he comprado algunas en las tiendas que las ofrecen y otras me las han obsequiado. La cajera, cerciorándose de que nadie la escuchaba, me confesó. “Ojala y aquí trajeran eso…” Yo le digo, “Bueno, es cuestión de conciencia. Ustedes pueden hacer su parte, educando a los clientes, ofreciéndoles la alternativa…” No pude continuar: de pronto, la gerenta se acercó y ella continuó la transacción, como si nunca hubiera cruzado palabra conmigo. La supervisora en cuestión me miró bastante raro mientras yo echaba mis bártulos en aquellas fundas extrañas. Cuando abandoné el terminal, vi con el rabo del ojo que se acercó a la cajera.
Me imagino el interrogatorio:
“¿Y ese señor? ¿Por qué llevaba las compra en una bolsa tan rara?”
“No es una bolsa rara, misis… Es una bolsa de ésas, de las que se reusan…”
“Aquí no puede usarse eso. Tienes que ponerles muchas bolsas a los clientes. ¡Dobles!”
“Pero es que—
“Nada. Tienes que hacerlo. Acuérdate: es tu trabajo.”
Poco a poco, he impuesto el uso como una costumbre. Pero me ha tocado ésta, que siempre me monta cara cuando llego con mi carrito de compra y lo primero que suelto son las benditas bolsas de reuso. Las dejo sobre la banda negra del terminal, en actitud desafiante, anunciando que no habrá empaque apurado ni descubrimientos insólitos, como la vez que encontré un cepillo de dientes empacado en doble bolsa plástica. ¿En qué estaría pensando esa pobre muchacha? ¿Será que les exigen gastar una cantidad de bolsas por día, so pena de rebajarles el sueldo a medio dólar?
En fin, que ésta no me quiere porque soy un ciudadano verde. “Que no te quiero”, pensará la muy pesada cuando me ve así, tan ecológicamente amigable. Y yo le respondo con una sonrisa, si es que logro que me mire a los ojos. “Yo sé, es la falta de costumbre”, pienso mientras practico la compasión. “Si estuvieras en algún pueblillo más amable, de esos que hay por montones alrededor del mundo, comprenderías que ésta será la norma y no la excepción.” Pero no hay manera: ella sigue ahí, con cara de mala noche y peor día, empeñada en empujarme las bolsas que su empresa compra por cientos de millones, y que yo no volveré a usar porque ya no las necesito.
¿Llegaremos a la conciliación? Tal vez, cuando se dé cuenta de que tendrá que vestir, comer, calzar y arroparse con las bolsas, en un futuro no muy lejano. Entonces, cuando me vea llegar, toda pegajosa por el sudor que le produce el plástico pegado a su cuerpo, me sonreirá.
Digo, si es que puede.
Kermit The Frog
No sé por qué siempre me mira con tan mala cara cuando me acerco. Para empezar, lo único que hago es cumplir con el deber ciudadano, consciente de que es importante reducir la contaminación por el uso excesivo del plástico. Pero no: tan pronto me acerco, ella monta la cara larga, odiosa y poco amable, como si la ofendiera o, mucho peor, como si no le gustara.
Resulta que, desde hace ya un tiempo, he adoptado la buena costumbre de llevar mis propias fundas reutilizables al colmado cuando hago la compra. En principio, debo admitir que las escogí por moda y porque me parecieron de lo más simpáticas. Sin embargo, a largo plazo sé que son parte de lo que, inevitablemente, tendremos que hacer si queremos vivir en un mundo más limpio.
El caso es que, desde que inicié la costumbre, me he encontrado con un sinfín de tropiezos, culturales en su mayoría. La primera vez que le dije a un “bagger” que no empacara mi compra en esas odiosas bolsas plásticas, me miró como si tuviera lepra. Acto seguido, el muchachito –flaco, con mechitas y unas extraordinarias cejas de María Félix—abandonó su puesto, y se puso a jugar con su celular en una esquinita. El pobre, se perdió la propina.
Otro día, me acerqué al terminal de pago, en uno de esos lugares donde la misma cajera empieza a girar un torno donde están ensartadas las benditas bolsas plásticas. “No, no se preocupe”, le dije cuando echó el primer artículo en una bolsa y ya tenía el segundo listo para echarlo en la segunda. Le aclaré, con mi sonrisa de Oh Gran Salvador de la Humanidad, que traía mis fundas. Ella respondió a mi entusiasmo con la gracia de un cartón vacío. Si le hubiera arrancado las uñas acrílicas con un alicate, no le habría dolido tanto mi indiferencia.
Aún con esos truenos, insistí en la práctica. Fui a otra tienda y, llegado el momento, recibí una reacción hasta ahora inusual: la muchacha de la caja se impresionó. “¿Dónde las compró, señor?” (Sí, ya me dicen “señor”, la pinta cuarentosa es inevitable.) Le expliqué que he comprado algunas en las tiendas que las ofrecen y otras me las han obsequiado. La cajera, cerciorándose de que nadie la escuchaba, me confesó. “Ojala y aquí trajeran eso…” Yo le digo, “Bueno, es cuestión de conciencia. Ustedes pueden hacer su parte, educando a los clientes, ofreciéndoles la alternativa…” No pude continuar: de pronto, la gerenta se acercó y ella continuó la transacción, como si nunca hubiera cruzado palabra conmigo. La supervisora en cuestión me miró bastante raro mientras yo echaba mis bártulos en aquellas fundas extrañas. Cuando abandoné el terminal, vi con el rabo del ojo que se acercó a la cajera.
Me imagino el interrogatorio:
“¿Y ese señor? ¿Por qué llevaba las compra en una bolsa tan rara?”
“No es una bolsa rara, misis… Es una bolsa de ésas, de las que se reusan…”
“Aquí no puede usarse eso. Tienes que ponerles muchas bolsas a los clientes. ¡Dobles!”
“Pero es que—
“Nada. Tienes que hacerlo. Acuérdate: es tu trabajo.”
Poco a poco, he impuesto el uso como una costumbre. Pero me ha tocado ésta, que siempre me monta cara cuando llego con mi carrito de compra y lo primero que suelto son las benditas bolsas de reuso. Las dejo sobre la banda negra del terminal, en actitud desafiante, anunciando que no habrá empaque apurado ni descubrimientos insólitos, como la vez que encontré un cepillo de dientes empacado en doble bolsa plástica. ¿En qué estaría pensando esa pobre muchacha? ¿Será que les exigen gastar una cantidad de bolsas por día, so pena de rebajarles el sueldo a medio dólar?
En fin, que ésta no me quiere porque soy un ciudadano verde. “Que no te quiero”, pensará la muy pesada cuando me ve así, tan ecológicamente amigable. Y yo le respondo con una sonrisa, si es que logro que me mire a los ojos. “Yo sé, es la falta de costumbre”, pienso mientras practico la compasión. “Si estuvieras en algún pueblillo más amable, de esos que hay por montones alrededor del mundo, comprenderías que ésta será la norma y no la excepción.” Pero no hay manera: ella sigue ahí, con cara de mala noche y peor día, empeñada en empujarme las bolsas que su empresa compra por cientos de millones, y que yo no volveré a usar porque ya no las necesito.
¿Llegaremos a la conciliación? Tal vez, cuando se dé cuenta de que tendrá que vestir, comer, calzar y arroparse con las bolsas, en un futuro no muy lejano. Entonces, cuando me vea llegar, toda pegajosa por el sudor que le produce el plástico pegado a su cuerpo, me sonreirá.
Digo, si es que puede.
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domingo, 26 de octubre de 2008
Anna, querida
Siempre por estas fechas te recuerdo, y es inevitable: se acerca la conmemoración de tu natalicio. La nostalgia de aquellas tardes que pasamos juntos en la vieja casona de la avenida McLeary se me anuda en la garganta: todavía, después de tantos años de tu partida, te extraño mucho. Pero tenías que irte al próximo plano, seguramente a inventar alguna pasarela de nubes para que las criaturas celestes conocieran la experiencia que tanto disfrutaste hacer en tu vida terrena.
Sin embargo, con todo y lo que todavía te recuerdo, ha sido bueno que te fueras. No me imagino cómo podrías vivir en este mundo lleno de cambios que se te hizo difícil soportar. Tal vez por eso decidiste que tu mente vagara por mundos extraños, ajena a la realidad que enfrentaste con la soledad, la pobreza, la incertidumbre… Fueron años muy duros los de tu ocaso: lo sé, porque estuve allí, tratando de que tu vida continuara como si nada, como en aquellos años cuando eras “la creadora de reinas”…
Era el mes de agosto de 1995. Aquella noche íbamos a casa de Millie para discutir algún asunto relacionado con la producción. En aquel vertedero ambulante que Omar llamaba carro, nos montamos todos: Eggie, Benny, Félix, Javier y yo, apiñados, hablando a la misma vez, tratando de sobrevivir mientras Omar manejaba hasta Bayamón como un demente. De pronto, el muy infeliz se sacó un CD de no sé dónde y comenzó aquel corito que todos, al mismo tiempo, cantamos como una canción de escuela: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción/pues hoy yo represento aquí/a mi pueblo, mi país…”
Ése es el saludo que nuestra Myrthy –tuya y mía, y de todos los que la amamos—me dejó en el correo de voz hace un par de días, y me hizo recordarte. No sólo a ti, sino a aquellos tiempos cuando, más pobres e ingenuos, jugábamos a producir uno de los eventos televisivos más recordados de nuestra historia moderna. Eran largos, ridículos e insoportables aquellos concursos que tú y Eddie se inventaban. Aún así, nos provocaban una sensación ingenua que ahora se diluye en naderías.
Anoche, mientras observaba la grabación de la infame producción del canal 4 –donde, por muchísimos años, se pasaba tu evento—no pude evitar el recuerdo de la única vez que te vi llorar… Fue aquel día, en el Centro de Bellas Artes de Guaynabo, mientras intentábamos producir el evento después de que te quitaran la franquicia nacional para ir a Miss Universo. Ese día en particular –uno de los diez previos a la gran gala final—a uno de los muchachos se le zafó el comentario malicioso que alguien dijo sobre ti y la forma en que, supuestamente, te aprovechabas de las “niñas” que participaban en tu competencia.
Nunca supe si eso fue o no cierto y, la verdad, no me interesa. Lo que sí recuerdo es que, luego de haberte conocido así, tan fuerte y tan atrevida, tan señora de señoras, tu llanto profundo me desconcertó. “No puedo más”, decías entre sollozos, quitándote por primera vez el sombrero de las dos de la tarde que escondía las canas sin retocar.
Esa tarde nunca se me olvida. Verte lastimada por las insolencias del chisme televisivo local, institucionalizado en la cena de las seis de la tarde, fue el principio del final.
Sin embargo, sé que nunca te fuiste del todo: Myrthy –nuestra, tuya y mía—me contó que una de las últimas veces que te visitó en el asilo, te llevó a pasear por el jardín. Ya casi no reconocías a nadie, y ella te iba a ver, siempre tan fiel y tan divina. Entonces, se sentó contigo y, después de arreglarte un poco, te cantó como quien arrulla a un niño: “Me siento muy feliz”… Tus ojitos, ya casi apagados, se encendieron y balbuceaste el verso siguiente: “me embarga la emoción”…
Perdóname la insensatez de escribirte esta carta que no leerás, porque ya eres espíritu. Pero no puedo evitar el recordarte: son muchos los que han invocado tu nombre en estos días, luego del desastre televisivo que anoche vi con gran vergüenza ajena. Porque todavía, a estas horas, la gente invoca, en nombre de la insensatez y la mediocridad, tu nombre: Anna Santisteban, la que sí sabía, la que hace falta, la que, según ellos, estará revolcándose en la tumba…
Pero yo sé que no: sabe Dios en qué dimensión universal sigues coronando reinas, tan única e irrepetible como siempre.
Sin embargo, con todo y lo que todavía te recuerdo, ha sido bueno que te fueras. No me imagino cómo podrías vivir en este mundo lleno de cambios que se te hizo difícil soportar. Tal vez por eso decidiste que tu mente vagara por mundos extraños, ajena a la realidad que enfrentaste con la soledad, la pobreza, la incertidumbre… Fueron años muy duros los de tu ocaso: lo sé, porque estuve allí, tratando de que tu vida continuara como si nada, como en aquellos años cuando eras “la creadora de reinas”…
Era el mes de agosto de 1995. Aquella noche íbamos a casa de Millie para discutir algún asunto relacionado con la producción. En aquel vertedero ambulante que Omar llamaba carro, nos montamos todos: Eggie, Benny, Félix, Javier y yo, apiñados, hablando a la misma vez, tratando de sobrevivir mientras Omar manejaba hasta Bayamón como un demente. De pronto, el muy infeliz se sacó un CD de no sé dónde y comenzó aquel corito que todos, al mismo tiempo, cantamos como una canción de escuela: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción/pues hoy yo represento aquí/a mi pueblo, mi país…”
Ése es el saludo que nuestra Myrthy –tuya y mía, y de todos los que la amamos—me dejó en el correo de voz hace un par de días, y me hizo recordarte. No sólo a ti, sino a aquellos tiempos cuando, más pobres e ingenuos, jugábamos a producir uno de los eventos televisivos más recordados de nuestra historia moderna. Eran largos, ridículos e insoportables aquellos concursos que tú y Eddie se inventaban. Aún así, nos provocaban una sensación ingenua que ahora se diluye en naderías.
Anoche, mientras observaba la grabación de la infame producción del canal 4 –donde, por muchísimos años, se pasaba tu evento—no pude evitar el recuerdo de la única vez que te vi llorar… Fue aquel día, en el Centro de Bellas Artes de Guaynabo, mientras intentábamos producir el evento después de que te quitaran la franquicia nacional para ir a Miss Universo. Ese día en particular –uno de los diez previos a la gran gala final—a uno de los muchachos se le zafó el comentario malicioso que alguien dijo sobre ti y la forma en que, supuestamente, te aprovechabas de las “niñas” que participaban en tu competencia.
Nunca supe si eso fue o no cierto y, la verdad, no me interesa. Lo que sí recuerdo es que, luego de haberte conocido así, tan fuerte y tan atrevida, tan señora de señoras, tu llanto profundo me desconcertó. “No puedo más”, decías entre sollozos, quitándote por primera vez el sombrero de las dos de la tarde que escondía las canas sin retocar.
Esa tarde nunca se me olvida. Verte lastimada por las insolencias del chisme televisivo local, institucionalizado en la cena de las seis de la tarde, fue el principio del final.
Sin embargo, sé que nunca te fuiste del todo: Myrthy –nuestra, tuya y mía—me contó que una de las últimas veces que te visitó en el asilo, te llevó a pasear por el jardín. Ya casi no reconocías a nadie, y ella te iba a ver, siempre tan fiel y tan divina. Entonces, se sentó contigo y, después de arreglarte un poco, te cantó como quien arrulla a un niño: “Me siento muy feliz”… Tus ojitos, ya casi apagados, se encendieron y balbuceaste el verso siguiente: “me embarga la emoción”…
Perdóname la insensatez de escribirte esta carta que no leerás, porque ya eres espíritu. Pero no puedo evitar el recordarte: son muchos los que han invocado tu nombre en estos días, luego del desastre televisivo que anoche vi con gran vergüenza ajena. Porque todavía, a estas horas, la gente invoca, en nombre de la insensatez y la mediocridad, tu nombre: Anna Santisteban, la que sí sabía, la que hace falta, la que, según ellos, estará revolcándose en la tumba…
Pero yo sé que no: sabe Dios en qué dimensión universal sigues coronando reinas, tan única e irrepetible como siempre.
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domingo, 12 de octubre de 2008
Con ruido, se puede
Una de las preguntas curiosas que me hacen con más frecuencia es de dónde proviene la inspiración para escribir. La realidad es que, aunque tengo las musas más o menos adiestradas, este trabajo no se logra si no es con disciplina. Con más de veinte años de sentarme frente a un espacio en blanco (primero era el papel, ahora es la pantalla), no hay más remedio. Comienza el pulseo de las teclas y, poco a poco, se conforma una historia.
Lo más difícil, sin embargo, es escribir como lo hago en este momento. Por lo general, escribo los domingos, un día en el que me gusta reflexionar y ordenar mis asuntos de la semana. En algún momento, enciendo la computadora y, aunque no haya una inspiración particular, el dulce sonido del silencio hace que fluyan las palabras con mayor facilidad…
Pero ése no es el caso de hoy. No sé cuál caravana de qué partido –obviamente uno de los dos principales—viene en ruta hacia mi residencia, sorprendiéndome en plena faena de escritura. El fondo musical de mis palabras es la ensordecedora fusión de plena, salsa, reguetón y merengue que acompañan al elocuente verbo de los agitadores, proclamando victorias seguras, cambios mágicos y no sé cuántas otras maravillas.
¿Será que alguien sabe cómo se pueden defender los ciudadanos comunes de esta descarada transgresión del derecho a la paz?
Me puse a rebuscar, y encontré un documento extraordinario: la “Carta del Silencio de Santa Fe de la Vera Cruz”. En ese tratado, escrito por los miembros titulares y delegados a las Primeras Jornadas Interamericanas del Ruido y la Comunidad, reunidos en Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina) a fines de octubre de 1971, se emitió una declaración que manifiesta, entre otras contundentes aseveraciones, “que la vida del hombre sobre el planeta merece rescatar los elementos primigenios que signaron el progreso de la humanidad, la pureza de la atmósfera y de las aguas, el estímulo del árbol y del pájaro o el silencio que la naturaleza brinda a sus criaturas sin estridencias ni estrépitos”. Y dice aún más: “compete a las instituciones públicas, privadas y de servicio, establecimientos docentes y voluntarios de la comunidad, elaborar planes, programas, encuentros, conferencias y cursos destinados a crear una conciencia en la población sobre los efectos perniciosos del ruido sobre la audición y la conducta humanas, la agresividad y el comportamiento social”.
Menudas verdades cuarentosas que, al parecer, quedaron en el olvido.
Lo curioso es que, desde aquel entonces hasta ahora, en lugar de erradicar, lo que se ha hecho es promover el ruido como un estándar de vida. Pienso que estos principios deberían enseñarse como parte de la civilidad humana en las escuelas del país. No obstante, cuando vi el otro día el descomunal despliegue de estridencias que levantaron los maestros y maestras, en plena faena de escoger a su nueva representación sindical, me preocupé más todavía… Si éstos son los que se supone que les enseñen a los jóvenes del futuro y arman este escarceo (que tal parecía una campaña política, más que un referendo de afiliación sindical)… ¿Qué más se puede esperar?
Muy poco. Y no quiero sonar pesimista, pero el mal está muy arraigado. Sé de personas que, de forma automática, llegan a sus casas y comienzan a encender todos los aparatos –televisor, radio, tocadiscos, podadoras de grama—para sentirse “acompañados”. Esos son los mismos que, cuando se va la luz, no pueden dormir de puro miedo… Les asusta el silencio.
Volviendo a mi ruidoso trasfondo mientras escribo, la única teoría que se me ocurre esbozar –si los gritos y bocinazos me lo permiten—es que se trata de un reclamo de poder. Por eso es que escuchamos estos escándalos en época eleccionaria. Y por eso es que la gente habla mucho y alto, dondequiera, sin considerar a los que se encuentran alrededor. Cada quien reclama su sitio en el mundo, haciéndose notar a gritos: cantaletas, conversaciones, chácharas y otros bembés se producen en público como asunto cotidiano. Entonces, si ése es nuestro orden de vida “normal”, ¿qué dejaremos para los políticos que, a fuerza de griterío, quieren borrar el panorama sombrío que nos rodea?
No sé. Para ellos y ellas, lo importante es que con ruido, se puede. No dicen qué exactamente, pero se puede ir pa’lante, hacia el cambio, unidos por siempre, a la victoria, lo que sea que quieren decir… Y estoy de acuerdo: por supuesto que podemos vivir. Todos sordos, enfermos e ignorantes, pero felices como lombrices.
Lo más difícil, sin embargo, es escribir como lo hago en este momento. Por lo general, escribo los domingos, un día en el que me gusta reflexionar y ordenar mis asuntos de la semana. En algún momento, enciendo la computadora y, aunque no haya una inspiración particular, el dulce sonido del silencio hace que fluyan las palabras con mayor facilidad…
Pero ése no es el caso de hoy. No sé cuál caravana de qué partido –obviamente uno de los dos principales—viene en ruta hacia mi residencia, sorprendiéndome en plena faena de escritura. El fondo musical de mis palabras es la ensordecedora fusión de plena, salsa, reguetón y merengue que acompañan al elocuente verbo de los agitadores, proclamando victorias seguras, cambios mágicos y no sé cuántas otras maravillas.
¿Será que alguien sabe cómo se pueden defender los ciudadanos comunes de esta descarada transgresión del derecho a la paz?
Me puse a rebuscar, y encontré un documento extraordinario: la “Carta del Silencio de Santa Fe de la Vera Cruz”. En ese tratado, escrito por los miembros titulares y delegados a las Primeras Jornadas Interamericanas del Ruido y la Comunidad, reunidos en Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina) a fines de octubre de 1971, se emitió una declaración que manifiesta, entre otras contundentes aseveraciones, “que la vida del hombre sobre el planeta merece rescatar los elementos primigenios que signaron el progreso de la humanidad, la pureza de la atmósfera y de las aguas, el estímulo del árbol y del pájaro o el silencio que la naturaleza brinda a sus criaturas sin estridencias ni estrépitos”. Y dice aún más: “compete a las instituciones públicas, privadas y de servicio, establecimientos docentes y voluntarios de la comunidad, elaborar planes, programas, encuentros, conferencias y cursos destinados a crear una conciencia en la población sobre los efectos perniciosos del ruido sobre la audición y la conducta humanas, la agresividad y el comportamiento social”.
Menudas verdades cuarentosas que, al parecer, quedaron en el olvido.
Lo curioso es que, desde aquel entonces hasta ahora, en lugar de erradicar, lo que se ha hecho es promover el ruido como un estándar de vida. Pienso que estos principios deberían enseñarse como parte de la civilidad humana en las escuelas del país. No obstante, cuando vi el otro día el descomunal despliegue de estridencias que levantaron los maestros y maestras, en plena faena de escoger a su nueva representación sindical, me preocupé más todavía… Si éstos son los que se supone que les enseñen a los jóvenes del futuro y arman este escarceo (que tal parecía una campaña política, más que un referendo de afiliación sindical)… ¿Qué más se puede esperar?
Muy poco. Y no quiero sonar pesimista, pero el mal está muy arraigado. Sé de personas que, de forma automática, llegan a sus casas y comienzan a encender todos los aparatos –televisor, radio, tocadiscos, podadoras de grama—para sentirse “acompañados”. Esos son los mismos que, cuando se va la luz, no pueden dormir de puro miedo… Les asusta el silencio.
Volviendo a mi ruidoso trasfondo mientras escribo, la única teoría que se me ocurre esbozar –si los gritos y bocinazos me lo permiten—es que se trata de un reclamo de poder. Por eso es que escuchamos estos escándalos en época eleccionaria. Y por eso es que la gente habla mucho y alto, dondequiera, sin considerar a los que se encuentran alrededor. Cada quien reclama su sitio en el mundo, haciéndose notar a gritos: cantaletas, conversaciones, chácharas y otros bembés se producen en público como asunto cotidiano. Entonces, si ése es nuestro orden de vida “normal”, ¿qué dejaremos para los políticos que, a fuerza de griterío, quieren borrar el panorama sombrío que nos rodea?
No sé. Para ellos y ellas, lo importante es que con ruido, se puede. No dicen qué exactamente, pero se puede ir pa’lante, hacia el cambio, unidos por siempre, a la victoria, lo que sea que quieren decir… Y estoy de acuerdo: por supuesto que podemos vivir. Todos sordos, enfermos e ignorantes, pero felices como lombrices.
domingo, 5 de octubre de 2008
Karma
Cuando escuché a Manolo, estaba como una campanita. Varios días antes, en una actividad profesional, había conocido a “Orlando”, un hombre que, al parecer, era “su regalo de navidad”. Al susodicho le sobraban atributos: guapo, inteligente, bien centrado, trabajador y honesto, dueño de su propia casa y, ¡Oh Fortuna!, soltero.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
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martes, 30 de septiembre de 2008
María
Cuando llegó, se sentó justo frente a mí sin siquiera notar mi presencia. Busqué su mirada para saludarla, extrañado de que, justo el día antes, no estuviera en mi salón de clases. Entonces, noté que su intención no fue ignorarme: en sus ojos se dibujaba una ausencia inocente, como la de un perrito perdido en la avenida. Traía los hombros enrojecidos y las mejillas encendidas: nada más de mirar su inmensa mochila y un humilde bultito a punto de desbordarse, supe que venía de lejos y con bastante peso encima.
La llamé por su nombre y volvió al mundo, sorprendida. Reaccionó con una sonrisa, abochornada por no haberme saludado antes. Con tono humilde, se disculpó por su ausencia de ayer. Le pregunté cómo se encontraba y, aunque me aclaró con vehemencia que todo estaba en orden, admitió que tenía “algunos problemas familiares”. Como es obvio, no quise indagar, pero ella enfatizó que estaba preocupada por sus ausencias, pues no quería perjudicar su desempeño del semestre en curso. No me sorprendió el comentario cuando recordé que ha sobresalido en las dos pruebas presentadas hasta ahora, en las que demostró un excelente dominio de la materia y una particular habilidad para redactar con coherencia y precisión.
Regresé al espacio donde otra estudiante culminaba un trabajo de reposición para mi clase y, movido por el instinto, la llamé para que me acompañara. Se sentó con elegancia, sin perder la sonrisa que, ahora más de cerca, definí como una mueca que intentaba malamente disimular la tristeza. Poco fue lo que tuve que hacer para que, de pronto, revelara el propósito de su visita a la facultad: necesitaba orientación porque había tenido que abandonar su casa en busca de protección. Su padre, al parecer sumido en el abismo de una enfermedad mental sin tratamiento, se había adueñado de la casa que ella compartía junto a su mamá y su hermana mayor, convirtiéndose en un peligro inminente.
Acostumbrado a escuchar historias estudiantiles manoseadas con el toque melodramático para ganar tiempo y consideración, quise mantener la cara de palo. Pero algo me alejó de mi costumbre: cuando me habló de sus circunstancias, percibí el esfuerzo sobrehumano que hacía para no perder la calma ni el control, ahogando la emoción que, por momentos, le quebraba la voz.
Y habló. Mucho.
Me contó de su lucha por sobrevivir a la esquizofrenia de su padre, mientras ella y su hermana intentaban concienciar a la madre sumida en el desánimo y la impotencia que, con este último incidente, comienza a perder con lentitud para decidir a favor de su seguridad. Me confió su temor de no perder todo lo que ha logrado en sus estudios, los que ha mantenido con excelentes calificaciones a pesar de las circunstancias difíciles. Entonces, por un instante, sus ojos abandonaron la tristeza al pensar en sus planes futuros, aunque admitió que “ya se las arreglaría” para costear sus estudios graduados.
Mi referencia de ella era la de una estudiante que se hace sentir en el contexto del salón, por sus opiniones articuladas y su deseo de aprender. Pero hoy la conocí como una joven valiente que lucha con ganas, desesperadamente, deseosa de encontrar su norte en medio de un abismo del que, con trabajo, ha logrado librarse. Y, aunque no quise, la vi como a una hija que, si fuera mía, me enorgullecería hasta reventar de sólo de verla así, tan decidida para enfrentar el mundo, cargando en su mochila sueños y esperanzas que se resiste a perder.
Cuando salí de la oficina y la dejé sentadita, abrazada a su gran mochila, no tuve el valor de mirarla. Sabía que las lágrimas me traicionarían al verla así, tan sola pero tan valiente. Sé que otras manos se hicieron cargo, ayudándola en la marcha que ella continuará, aún con el enorme peso que carga sobre sus hombros enrojecidos.
Sólo le pido a Dios que nunca pierda el norte.
La llamé por su nombre y volvió al mundo, sorprendida. Reaccionó con una sonrisa, abochornada por no haberme saludado antes. Con tono humilde, se disculpó por su ausencia de ayer. Le pregunté cómo se encontraba y, aunque me aclaró con vehemencia que todo estaba en orden, admitió que tenía “algunos problemas familiares”. Como es obvio, no quise indagar, pero ella enfatizó que estaba preocupada por sus ausencias, pues no quería perjudicar su desempeño del semestre en curso. No me sorprendió el comentario cuando recordé que ha sobresalido en las dos pruebas presentadas hasta ahora, en las que demostró un excelente dominio de la materia y una particular habilidad para redactar con coherencia y precisión.
Regresé al espacio donde otra estudiante culminaba un trabajo de reposición para mi clase y, movido por el instinto, la llamé para que me acompañara. Se sentó con elegancia, sin perder la sonrisa que, ahora más de cerca, definí como una mueca que intentaba malamente disimular la tristeza. Poco fue lo que tuve que hacer para que, de pronto, revelara el propósito de su visita a la facultad: necesitaba orientación porque había tenido que abandonar su casa en busca de protección. Su padre, al parecer sumido en el abismo de una enfermedad mental sin tratamiento, se había adueñado de la casa que ella compartía junto a su mamá y su hermana mayor, convirtiéndose en un peligro inminente.
Acostumbrado a escuchar historias estudiantiles manoseadas con el toque melodramático para ganar tiempo y consideración, quise mantener la cara de palo. Pero algo me alejó de mi costumbre: cuando me habló de sus circunstancias, percibí el esfuerzo sobrehumano que hacía para no perder la calma ni el control, ahogando la emoción que, por momentos, le quebraba la voz.
Y habló. Mucho.
Me contó de su lucha por sobrevivir a la esquizofrenia de su padre, mientras ella y su hermana intentaban concienciar a la madre sumida en el desánimo y la impotencia que, con este último incidente, comienza a perder con lentitud para decidir a favor de su seguridad. Me confió su temor de no perder todo lo que ha logrado en sus estudios, los que ha mantenido con excelentes calificaciones a pesar de las circunstancias difíciles. Entonces, por un instante, sus ojos abandonaron la tristeza al pensar en sus planes futuros, aunque admitió que “ya se las arreglaría” para costear sus estudios graduados.
Mi referencia de ella era la de una estudiante que se hace sentir en el contexto del salón, por sus opiniones articuladas y su deseo de aprender. Pero hoy la conocí como una joven valiente que lucha con ganas, desesperadamente, deseosa de encontrar su norte en medio de un abismo del que, con trabajo, ha logrado librarse. Y, aunque no quise, la vi como a una hija que, si fuera mía, me enorgullecería hasta reventar de sólo de verla así, tan decidida para enfrentar el mundo, cargando en su mochila sueños y esperanzas que se resiste a perder.
Cuando salí de la oficina y la dejé sentadita, abrazada a su gran mochila, no tuve el valor de mirarla. Sabía que las lágrimas me traicionarían al verla así, tan sola pero tan valiente. Sé que otras manos se hicieron cargo, ayudándola en la marcha que ella continuará, aún con el enorme peso que carga sobre sus hombros enrojecidos.
Sólo le pido a Dios que nunca pierda el norte.
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lunes, 29 de septiembre de 2008
Después de la lluvia
Hace nueve días, la historia de muchos boricuas cambió para siempre. Inundados por las aguas inmisericordes del fenómeno atmosférico que se nos montó encima por más de cien horas, los perjudicados de este violento ataque de la naturaleza han sufrido el impacto físico, mental y emocional de una absoluta catástrofe. Además de perderse vidas, bienes y propiedades, ese monstruo cruel que destruyó carreteras, casas y siembras es ahora un fantasma horrendo que angustia cada noche a quienes han visto de cerca su cara. Por lo que he visto a través de los noticieros, imagino que no debe ser una sensación muy agradable.
Como siempre se repite por un profundo agradecimiento (o quizás una excesiva confianza), somos un país bendecido. En este caso, el comentario es aceptable: prácticamente no nos pasó nada en comparación con el impacto de otros fenómenos que sí nos han golpeado fuerte. Y ni hablar si intentamos compararnos ligeramente con la desgracia que todavía sufren los hermanos haitianos y dominicanos, cuya suerte cotidiana pende de la generosidad de quienes alivien su necesidad con algún donativo de lo que les sobra. A pesar de los daños sufridos aquí en el país, la generosa mano amiga de FEMA –menos dadivosa y más burocrática que antes—ya se extiende como un consuelo hacia los desafortunados. Aunque no sea la panacea, aliviará a quienes enfrentan el proceso de sobrevivir.
No obstante, lo que me ha dejado verdaderamente atónito es comprobar, con mis propios ojos, el “frenesí hasta el final” que proclamó ayer el periódico El Nuevo Día en su portada. En una foto que escribe volúmenes sobre la inexplicable conducta puertorriqueña, en una tienda de zapatos baratos, un grupo de consumidores danza como gallinas sin cabeza frente a un despliegue de mesas de especial, mientras un gran letrero “No Tax” se yergue sobre ellos como un blasón infame.
Hoy tuve que recoger unos medicamentos y no quedó más remedio que acudir a una de estas “mega tiendas” del país en compañía de mi mamá. Tras cumplir el encargo, siempre surge la necesidad del reabastecimiento doméstico, así que nos desplazamos por el local sin mucha prisa. Entonces, al pasar por el departamento de productos electrónicos, quedé bruto. Pensé que el cuento reseñado por el periódico de que una persona había comprado veinticinco televisores, gracias a la moratoria del impuesto de ventas, era una exageración. Pero la prueba estaba ante mí: los anaqueles estaban vacíos. Sólo quedaban algunas muestras de piso que, curiosamente, proyectaban un programa sobre la precaria vida de las focas en el Polo Norte a plazos incómodos.
¿Cómo es posible que mis hermanos y hermanas boricuas hayan sucumbido, otra vez, a la tentación del auto-engaño? ¿Cómo se explica que muchos se creyeran el estúpido ahorro del siete por ciento?
Para ambas preguntas, no tengo respuesta ni explicación. Sólo puedo concluir que las prioridades están un poco desubicadas. Y bravo por la diversidad. No todo el mundo puede practicar la mesura en estos tiempos de incertidumbre económica. Para que se proteja el folclor boricua, es imperativo que compremos lo que no necesitamos, sólo por la sensación de ahorro aunque sea, a simple vista, un engaño bochornoso. Se hace obligatorio mover la economía a son de tarjetazos, y acabar con los vistosos despliegues de chucherías porque para eso están, para adquirirlas. Aunque no sean de primera necesidad. Aunque no sea justo. Aunque sea un capricho.
Abrumado por la imagen, regresé a casa, tratando de recordar cuándo, en mi cuarentosa edad, había visto algo similar. Pero no pude. Entonces, quise pensar que habría ocurrido si, en lugar de estas lluvias torrenciales, hubiéramos recibido el impacto inmisericorde de un huracán de cuatro pares. Quise cerrar los ojos e imaginar, por un instante, la peor de las desgracias, recurriendo al recuerdo del huracán “Georges” en 1998. Cancelé todo sonido alrededor e intenté imaginar en que, de verdad, un descomunal esperpento nos había partido por el medio a fuerza de viento y agua. Que nos se habría espantado la bendición que muchos, por agradecimiento sincero o descarada confianza, proclaman cada vez que llaman a los programas de opinión por la radio. Y que, después de la lluvia, ahora nos quedaba la soledad, la miseria, la incertidumbre…
Es inútil. La cegadora luz del gigantesco televisor LCD en casa de mi vecino no me deja.
Como siempre se repite por un profundo agradecimiento (o quizás una excesiva confianza), somos un país bendecido. En este caso, el comentario es aceptable: prácticamente no nos pasó nada en comparación con el impacto de otros fenómenos que sí nos han golpeado fuerte. Y ni hablar si intentamos compararnos ligeramente con la desgracia que todavía sufren los hermanos haitianos y dominicanos, cuya suerte cotidiana pende de la generosidad de quienes alivien su necesidad con algún donativo de lo que les sobra. A pesar de los daños sufridos aquí en el país, la generosa mano amiga de FEMA –menos dadivosa y más burocrática que antes—ya se extiende como un consuelo hacia los desafortunados. Aunque no sea la panacea, aliviará a quienes enfrentan el proceso de sobrevivir.
No obstante, lo que me ha dejado verdaderamente atónito es comprobar, con mis propios ojos, el “frenesí hasta el final” que proclamó ayer el periódico El Nuevo Día en su portada. En una foto que escribe volúmenes sobre la inexplicable conducta puertorriqueña, en una tienda de zapatos baratos, un grupo de consumidores danza como gallinas sin cabeza frente a un despliegue de mesas de especial, mientras un gran letrero “No Tax” se yergue sobre ellos como un blasón infame.
Hoy tuve que recoger unos medicamentos y no quedó más remedio que acudir a una de estas “mega tiendas” del país en compañía de mi mamá. Tras cumplir el encargo, siempre surge la necesidad del reabastecimiento doméstico, así que nos desplazamos por el local sin mucha prisa. Entonces, al pasar por el departamento de productos electrónicos, quedé bruto. Pensé que el cuento reseñado por el periódico de que una persona había comprado veinticinco televisores, gracias a la moratoria del impuesto de ventas, era una exageración. Pero la prueba estaba ante mí: los anaqueles estaban vacíos. Sólo quedaban algunas muestras de piso que, curiosamente, proyectaban un programa sobre la precaria vida de las focas en el Polo Norte a plazos incómodos.
¿Cómo es posible que mis hermanos y hermanas boricuas hayan sucumbido, otra vez, a la tentación del auto-engaño? ¿Cómo se explica que muchos se creyeran el estúpido ahorro del siete por ciento?
Para ambas preguntas, no tengo respuesta ni explicación. Sólo puedo concluir que las prioridades están un poco desubicadas. Y bravo por la diversidad. No todo el mundo puede practicar la mesura en estos tiempos de incertidumbre económica. Para que se proteja el folclor boricua, es imperativo que compremos lo que no necesitamos, sólo por la sensación de ahorro aunque sea, a simple vista, un engaño bochornoso. Se hace obligatorio mover la economía a son de tarjetazos, y acabar con los vistosos despliegues de chucherías porque para eso están, para adquirirlas. Aunque no sean de primera necesidad. Aunque no sea justo. Aunque sea un capricho.
Abrumado por la imagen, regresé a casa, tratando de recordar cuándo, en mi cuarentosa edad, había visto algo similar. Pero no pude. Entonces, quise pensar que habría ocurrido si, en lugar de estas lluvias torrenciales, hubiéramos recibido el impacto inmisericorde de un huracán de cuatro pares. Quise cerrar los ojos e imaginar, por un instante, la peor de las desgracias, recurriendo al recuerdo del huracán “Georges” en 1998. Cancelé todo sonido alrededor e intenté imaginar en que, de verdad, un descomunal esperpento nos había partido por el medio a fuerza de viento y agua. Que nos se habría espantado la bendición que muchos, por agradecimiento sincero o descarada confianza, proclaman cada vez que llaman a los programas de opinión por la radio. Y que, después de la lluvia, ahora nos quedaba la soledad, la miseria, la incertidumbre…
Es inútil. La cegadora luz del gigantesco televisor LCD en casa de mi vecino no me deja.
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domingo, 14 de septiembre de 2008
"Ex"traño
Cuando leí el mensaje que mi querida amiga “Sandra” me envió por correo electrónico, me eché a reír. Después de comentarme que siempre le gusta leer mis escritos –algo que agradezco sobremanera—“Sandra” me hizo una petición muy particular: “escribe algo sobre lo que uno hace cuando se encuentra con un ‘ex’.”
Honestamente, tuve que investigar para cumplirle la petición a “Sandra”. Bajo el renglón de los “ex files”, no tengo muchos datos almacenados. Que yo recuerde, me he enamorado dos veces en mi vida, y así me quedé. No ha sido por falta de interés: sencillamente, después de las “ex”periencias anteriores, decidí que era mejor estar solo. Ya sé que suena como a que estoy aborrecido, pero la verdad es que ejercí un derecho que me corresponde. Además, no tengo el ánimo para esos empalagos que los/as enamorados/as de ahora se envían por mensajes de texto (“te kelo muuuchouuu”, “t kelo x 100pre”). Ugh.
Sin embargo, la historia de “Sandra” me conmovió. Al parecer, su situación es un tanto más complicada que rebuscar entre las yaguas viejas porque, definitivamente, ha encontrado cucarachas. Según su relato, mi querida amiga disfrutaba de un sábado de compras en el centro comercial cuando se topó con el “ex”, ahora casado con otra chica. Como ciudadana civilizada –y porque no le quedó más remedio, ya que se toparon de frente—le tocó saludar a la feliz pareja. Se “pusieron al día” sobre sus trabajos y ocupaciones, y la conversación concluyó con buenos deseos. Hasta quedaron en buscarse por Facebook y mantener el contacto. Pero ése no fue el final de la historia.
“Después que hablé con él empecé a temblar”, confiesa “Sandra” en su mensaje. “Sentía que me iba a morir y lo peor es que, cuando lo vi con ella, se me revolcó el avispero.”
(Ay Dios.)
Si quieres mi absoluta franqueza, querida “Sandra”, creo que tu error fue conversar. Las veces que me he encontrado con una “ex” persona de mi vida anterior –amores, amoríos, amistades y hasta compañeros/as de trabajo— siempre he reaccionado de la misma forma: civilidad silenciosa. Un movimiento de cabeza a modo de saludo cortés, un “qué tal” amable pero distante, y ya. Nada de contarnos la vida y milagros, comparar cicatrices, repasar la tabla del cinco o preguntarnos por la parentela. Eso da pie a “ex”humar cadáveres que, nada más por higiene mental, deben permanecer en la oscuridad de la fosa.
No obstante, admito que a veces –como ocurrió en tu caso—no queda más opción y, bueno, hay que actuar con humanidad. Uno no puede saltarles por encima a las doñitas que rebuscan en la mesa de la ropa de cama sólo por evitarse el mal rato de enfrentar a quien no quiere. En ese caso, amiga mía, hiciste lo correcto: saludaste, preguntaste, y te interesaste por una persona en una situación social bastante común. Lo que no entiendo es ese asunto del “avispero revuelto”. ¿Hay necesidad de revivir ese pasado? ¿O es que, sinceramente, todavía te interesa colgarte del brazo de ese “ex” que ya te pasó la raya y continuó con su vida?
Honestamente no, porque te conozco. Aunque nunca me has compartido los detalles de tu vida con el “ex” (de hecho, me sorprendió tu mensaje sobre el tema), sé que dejarlo y seguir adelante fue una buena decisión para ti. Además de guapa, eres una mujer inteligente, y me consta que tienes un corazón muy noble. Gracias a tus ejecutorias, has progresado en el mundo de lo profesional, por lo que ahora disfrutas de una vida holgada y tranquila. Entonces, ¿para qué torturarte con lo que pudo haber sido y no fue?
No quiero, sin embargo, sonar cruel con respecto de tu angustia existencial, porque tienes mucha razón. En estas circunstancias, el amargo que te sube por la garganta no se lo deseo ni al peor de mis “ex”nemigos. Pero es bueno que ocurran estos malos ratos, porque sirven para confirmar la lección aprendida: lo que ya pasó, ya no tiene que ser. Y aunque, por alguna razón del destino, vuelva a ser, nunca será lo que fue.
Yo que tú, “Sandra” querida, sacaba el insecticida y mataba el avispero. De una buena vez y para siempre. Ah, y olvídate de añadir al “ex” en tu lista de contactos del Facebook, ni siquiera por tener más amigos cibernéticos. Y si lo vuelves a ver, salúdalo de lejos. De todos modos, antes fue tu pareja, pero ahora no es más que un “ex”traño.
Honestamente, tuve que investigar para cumplirle la petición a “Sandra”. Bajo el renglón de los “ex files”, no tengo muchos datos almacenados. Que yo recuerde, me he enamorado dos veces en mi vida, y así me quedé. No ha sido por falta de interés: sencillamente, después de las “ex”periencias anteriores, decidí que era mejor estar solo. Ya sé que suena como a que estoy aborrecido, pero la verdad es que ejercí un derecho que me corresponde. Además, no tengo el ánimo para esos empalagos que los/as enamorados/as de ahora se envían por mensajes de texto (“te kelo muuuchouuu”, “t kelo x 100pre”). Ugh.
Sin embargo, la historia de “Sandra” me conmovió. Al parecer, su situación es un tanto más complicada que rebuscar entre las yaguas viejas porque, definitivamente, ha encontrado cucarachas. Según su relato, mi querida amiga disfrutaba de un sábado de compras en el centro comercial cuando se topó con el “ex”, ahora casado con otra chica. Como ciudadana civilizada –y porque no le quedó más remedio, ya que se toparon de frente—le tocó saludar a la feliz pareja. Se “pusieron al día” sobre sus trabajos y ocupaciones, y la conversación concluyó con buenos deseos. Hasta quedaron en buscarse por Facebook y mantener el contacto. Pero ése no fue el final de la historia.
“Después que hablé con él empecé a temblar”, confiesa “Sandra” en su mensaje. “Sentía que me iba a morir y lo peor es que, cuando lo vi con ella, se me revolcó el avispero.”
(Ay Dios.)
Si quieres mi absoluta franqueza, querida “Sandra”, creo que tu error fue conversar. Las veces que me he encontrado con una “ex” persona de mi vida anterior –amores, amoríos, amistades y hasta compañeros/as de trabajo— siempre he reaccionado de la misma forma: civilidad silenciosa. Un movimiento de cabeza a modo de saludo cortés, un “qué tal” amable pero distante, y ya. Nada de contarnos la vida y milagros, comparar cicatrices, repasar la tabla del cinco o preguntarnos por la parentela. Eso da pie a “ex”humar cadáveres que, nada más por higiene mental, deben permanecer en la oscuridad de la fosa.
No obstante, admito que a veces –como ocurrió en tu caso—no queda más opción y, bueno, hay que actuar con humanidad. Uno no puede saltarles por encima a las doñitas que rebuscan en la mesa de la ropa de cama sólo por evitarse el mal rato de enfrentar a quien no quiere. En ese caso, amiga mía, hiciste lo correcto: saludaste, preguntaste, y te interesaste por una persona en una situación social bastante común. Lo que no entiendo es ese asunto del “avispero revuelto”. ¿Hay necesidad de revivir ese pasado? ¿O es que, sinceramente, todavía te interesa colgarte del brazo de ese “ex” que ya te pasó la raya y continuó con su vida?
Honestamente no, porque te conozco. Aunque nunca me has compartido los detalles de tu vida con el “ex” (de hecho, me sorprendió tu mensaje sobre el tema), sé que dejarlo y seguir adelante fue una buena decisión para ti. Además de guapa, eres una mujer inteligente, y me consta que tienes un corazón muy noble. Gracias a tus ejecutorias, has progresado en el mundo de lo profesional, por lo que ahora disfrutas de una vida holgada y tranquila. Entonces, ¿para qué torturarte con lo que pudo haber sido y no fue?
No quiero, sin embargo, sonar cruel con respecto de tu angustia existencial, porque tienes mucha razón. En estas circunstancias, el amargo que te sube por la garganta no se lo deseo ni al peor de mis “ex”nemigos. Pero es bueno que ocurran estos malos ratos, porque sirven para confirmar la lección aprendida: lo que ya pasó, ya no tiene que ser. Y aunque, por alguna razón del destino, vuelva a ser, nunca será lo que fue.
Yo que tú, “Sandra” querida, sacaba el insecticida y mataba el avispero. De una buena vez y para siempre. Ah, y olvídate de añadir al “ex” en tu lista de contactos del Facebook, ni siquiera por tener más amigos cibernéticos. Y si lo vuelves a ver, salúdalo de lejos. De todos modos, antes fue tu pareja, pero ahora no es más que un “ex”traño.
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sábado, 6 de septiembre de 2008
El manual
Había planes de salir de compras, aún con la mañana húmeda y el calor incómodo. Desde temprano, el aura era de un entusiasmo tímido, pues con Mami uno siempre debe irse por la estrategia de no forzar nada. Los malos ratos, más que los años, han incidido sobre su disposición y no queda más que bailar al son que ella toque –por lo general, bastante despacio.
Llegamos al mediodía cuando ya estuvimos listos para tomar rumbo. Mami se había terminado de vestir y me pidió que le arreglara un poco la camisa. En el ínterin, sacó uno de sus chistes que, sinceramente, me arrancó una buena carcajada. A pesar de los malos momentos que ha vivido, a Mami le brotan las ocurrencias con una gracia extraordinaria. Tal vez el gusto por el cuento me viene por la vena materna, porque ella es cuentera de las genuinas.
Recojo llaves, me aseguro de que todo está cerrado y, por fin, nos disponemos a salir. Entonces, sucede algo tan fugaz como impredecible. Mi hermano está en el cuarto con ella, hablan de no sé qué, Mami le pide algo, y pacatún. Mi próximo recuerdo se me presenta en cámara lenta: escucho un par de gritos, me acerco por el pasillo y veo cómo el cuerpo frágil de Mami rebota contra la cama, choca contra la puerta del clóset y va a parar inevitablemente al suelo.
¿Y ahora qué uno hace?
Lo primero es verificar que esté consciente y que no haya sangre. Luego, hay que ver cómo la levanto del suelo, escurrida como está en un espacio que no es lo suficientemente ancho como para maniobrar. De inmediato noto que la mano izquierda está lastimada aunque, a simple vista, no hay señal evidente de fracturas. Así, como Dios nos ayuda, comienzo el proceso de colocarla nuevamente sobre sus pies, tragándome el corazón mientras aparento serenidad.
Como no tengo hijos, honestamente no imagino cómo será el asunto del lado inverso. Pero la sensación de impotencia y angustia que padecen los padres y las madres cuando ven caer a sus criaturas debe ser la misma. En este caso, la diferencia es que se trata de una mujer que ya no es tan joven y que, para colmo, es tu mamá. Y la verdad es que uno nunca está preparado para enfrentar la emergencia. Aún cuando llevo tres años escribiendo el guión para una revista televisiva de salud, en la que se han presentado incontables cápsulas sobre el manejo de accidentes domésticos, a la hora de los mameyes te tiemblan las rodillitas.
Salir del espanto, mantener la calma y reaccionar ante la circunstancia, finalmente, se logra cuando ves que ella se sostiene sobre sus pies y que, por gracia divina, no pierde el hilo de sus acciones. Por suerte, mi hermana está en la calle, reacciona rápido y consigue al médico de cabecera. La providencia divina es generosa: la oficina del doctor está vacía y llegamos en poco tiempo. Luego de los trámites de rigor, la pasan para darle los primeros auxilios. Ya sentada en la silla de espera, a Mami le ataca el llanto, producto de la impresión por la estrepitosa caída. (Ya he aprendido, con los años, que mi madre es de las que tarda en reaccionar a las emociones fuertes, así que no me sorprende en lo absoluto).
Al final de cuentas, el doctor ordena radiografías e inmoviliza la muñeca para evitar lastimaduras mayores. Una inyección de medicamento anti-inflamatorio se le administra y nos vamos a la oficina privada del radiólogo que, supuestamente, tiene horario extendido. El caso es que la oficina está más sola que una foto, porque el susodicho especialista sólo trabaja de lunes a viernes. Entonces, no queda más remedio que enfrentarse al desastre inhumano de una sala de emergencia durante los fines de semana. La sala de espera es inevitable pero, con la asesoría telefónica de mi médico y buen amigo Iván, logramos zafarnos de la vorágine de toses, llantos, ruidos, televisores y burocracias.
Y ahí está, en su camita. Mami yace con la mano inmóvil, tratando de quedarse dormida. Mientras escribo, sobrevivo al susto que ahora me sale a flote –soy de acción retardada para las emociones; de mi madre lo heredé. Regreso a la escena que todavía repaso con incredulidad: pacatún, pacatán; Mami ahora de pie, echando chistes; Mami ahora en el piso, indefensa. Y decido rebuscar: entre mis papeles, en la Internet, en todas partes, a ver dónde rayos encuentro el manual de instrucciones que me enseñe cómo enfrentar estos temas y crecer.
Esa parte, la de crecer, es la que duele con ganas. Mucho más que cualquier caída.
Llegamos al mediodía cuando ya estuvimos listos para tomar rumbo. Mami se había terminado de vestir y me pidió que le arreglara un poco la camisa. En el ínterin, sacó uno de sus chistes que, sinceramente, me arrancó una buena carcajada. A pesar de los malos momentos que ha vivido, a Mami le brotan las ocurrencias con una gracia extraordinaria. Tal vez el gusto por el cuento me viene por la vena materna, porque ella es cuentera de las genuinas.
Recojo llaves, me aseguro de que todo está cerrado y, por fin, nos disponemos a salir. Entonces, sucede algo tan fugaz como impredecible. Mi hermano está en el cuarto con ella, hablan de no sé qué, Mami le pide algo, y pacatún. Mi próximo recuerdo se me presenta en cámara lenta: escucho un par de gritos, me acerco por el pasillo y veo cómo el cuerpo frágil de Mami rebota contra la cama, choca contra la puerta del clóset y va a parar inevitablemente al suelo.
¿Y ahora qué uno hace?
Lo primero es verificar que esté consciente y que no haya sangre. Luego, hay que ver cómo la levanto del suelo, escurrida como está en un espacio que no es lo suficientemente ancho como para maniobrar. De inmediato noto que la mano izquierda está lastimada aunque, a simple vista, no hay señal evidente de fracturas. Así, como Dios nos ayuda, comienzo el proceso de colocarla nuevamente sobre sus pies, tragándome el corazón mientras aparento serenidad.
Como no tengo hijos, honestamente no imagino cómo será el asunto del lado inverso. Pero la sensación de impotencia y angustia que padecen los padres y las madres cuando ven caer a sus criaturas debe ser la misma. En este caso, la diferencia es que se trata de una mujer que ya no es tan joven y que, para colmo, es tu mamá. Y la verdad es que uno nunca está preparado para enfrentar la emergencia. Aún cuando llevo tres años escribiendo el guión para una revista televisiva de salud, en la que se han presentado incontables cápsulas sobre el manejo de accidentes domésticos, a la hora de los mameyes te tiemblan las rodillitas.
Salir del espanto, mantener la calma y reaccionar ante la circunstancia, finalmente, se logra cuando ves que ella se sostiene sobre sus pies y que, por gracia divina, no pierde el hilo de sus acciones. Por suerte, mi hermana está en la calle, reacciona rápido y consigue al médico de cabecera. La providencia divina es generosa: la oficina del doctor está vacía y llegamos en poco tiempo. Luego de los trámites de rigor, la pasan para darle los primeros auxilios. Ya sentada en la silla de espera, a Mami le ataca el llanto, producto de la impresión por la estrepitosa caída. (Ya he aprendido, con los años, que mi madre es de las que tarda en reaccionar a las emociones fuertes, así que no me sorprende en lo absoluto).
Al final de cuentas, el doctor ordena radiografías e inmoviliza la muñeca para evitar lastimaduras mayores. Una inyección de medicamento anti-inflamatorio se le administra y nos vamos a la oficina privada del radiólogo que, supuestamente, tiene horario extendido. El caso es que la oficina está más sola que una foto, porque el susodicho especialista sólo trabaja de lunes a viernes. Entonces, no queda más remedio que enfrentarse al desastre inhumano de una sala de emergencia durante los fines de semana. La sala de espera es inevitable pero, con la asesoría telefónica de mi médico y buen amigo Iván, logramos zafarnos de la vorágine de toses, llantos, ruidos, televisores y burocracias.
Y ahí está, en su camita. Mami yace con la mano inmóvil, tratando de quedarse dormida. Mientras escribo, sobrevivo al susto que ahora me sale a flote –soy de acción retardada para las emociones; de mi madre lo heredé. Regreso a la escena que todavía repaso con incredulidad: pacatún, pacatán; Mami ahora de pie, echando chistes; Mami ahora en el piso, indefensa. Y decido rebuscar: entre mis papeles, en la Internet, en todas partes, a ver dónde rayos encuentro el manual de instrucciones que me enseñe cómo enfrentar estos temas y crecer.
Esa parte, la de crecer, es la que duele con ganas. Mucho más que cualquier caída.
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domingo, 31 de agosto de 2008
Entre jefas te veas
Al son de cafés, el otro día unos amigos y yo tratamos de explicarnos por qué no se trabaja el Día del Trabajo. Entre chistes y reflexiones tontas, empezó el sabroso recuento de nuestra vida laboral. Cada uno aportó un puñado de anécdotas sobre malos ratos compartidos junto a sus compañeros/as de oficina. Sin embargo, al final tuve que admitir –no con mucho entusiasmo—que, entre todos mis panas, he padecido el mayor número de jefas terribles en la historia laboral puertorriqueña.
Por alguna razón, he tenido más jefas que jefes. Las he conocido de todos los tamaños, calibres y humores. Unas han sido muy correctas, enseñándome el valor del trabajo y la responsabilidad absoluta. Otras han resultado muy divertidas, al punto de balancear con precisión la dinámica del cumplimiento cabal con el orgullo de una labor comprometida. Sin embargo, hay otras de cuyo nombre y destino no quiero ni acordarme. Porque han sido malas. Muy malas.
De mis años más jóvenes, recuerdo con un disgusto especial a “Ramonita”. Era la propietaria de un negocio muy próspero donde trabajé a tiempo parcial para completar mi pobre salario como guionista novato. Aunque era una absoluta jíbara, “Ramonita” se las daba de gran señora, invitando a sus amigas a su local, mientras llamaba cada tres segundos a su asistente/esclavo/mandadero (o sea, yo) para alardear frente a ellas de su servidumbre. Cumplí para ella caprichitos tan impropios como su maquillaje exagerado que hoy me da vergüenza repetir. La odié tanto que, cuando dejé el trabajo, juré que nunca más pasaría por la calle donde ubicaba su negocio. Hasta el sol de hoy, he cumplido mi promesa.
En otra oficina y también a tiempo parcial, trabajé con “Leonora”. Cuarentona joven y tan fea como tan franca –así se describía la pobre animal—dominaba el arte de pajarear entre llamadas telefónicas, alardeando sobre las proezas académicas de sus hijitos malcriados. Mientras tanto, soltaba sobre mi escritorio ristras de papeles garabateados en una letra ilegible y llena de horrores ortográficos para que los interpretara y luego transcribiera a maquinilla. Por suerte, mi experiencia como guionista me salvaba: escribía con bastante rapidez, aunque esa habilidad no la impresionaba tanto como mi capacidad para hablar inglés. Tan pronto algún cobrador llamaba procurando a “Missus Leunourah Valleys” –o algo así—la muy infeliz decía “guán móumen, plis” y me espetaba el teléfono con cara de susto. Lo peor era que me hacía preguntas cada treinta segundos sobre los pormenores de la conversación, mientras yo intentaba descifrar palabras dichas en un fuerte acento británico que ni la mismísima Reina Isabel podía entender.
Con el tiempo y la experiencia, entré al mundo de la cátedra universitaria. En el seno de varias universidades, conocí mujeres de gran valía y capacidad, que me enseñaron a defenderme frente a la experiencia agridulce de la enseñanza post-secundaria. Pero la dicha fue tan breve como mis contratos universitarios, así que tuve que ingresar (no con mucho entusiasmo) al mundo del trabajo en el gobierno. Así pues, en una pequeña y oscura dependencia municipal, me encontré con “Dalila”, una excéntrica amante de la cultura que fumaba puros y garabateaba largos poemas de amor en libretas de papel amarillo.
Cuentera como ella sola, “Dalila” dedicaba sus horas laborables a contar historias de su niñez privilegiada. Fue acunada por las nanas más exquisitas, educada en los colegios más exclusivos, consentida y mimada como ninguna otra. También relataba las aventuras con sus amantes de turno: los hombres que, según ella, se la llevaban a la playa de noche, la hacían correr desnuda por campos desiertos y hasta le chupaban los deditos de los pies. Después de eso, empecé a escribir radionovelas. De algo me sirvió escuchar tanta porquería.
“Sagrario” fue mi última jefa. Católica-apostólica-romana y miembro bona fide del Partido Popular, aún ostenta sin disputas el título de La Jefa Más Terrible Que Existe Sobre La Faz De La Tierra Y Todos Sus Confines. Muy bien administrada en su carita de yo-no-fui, es posible que usted la vea en alguna revistilla, dando cara en las páginas sociales, sonriente y feliz junto a su santísimo esposo (que no dará ni una curva cuando muera, porque va derechito al cielo). En mi cuarentosa vida, aún no me he topado con una mujer me intimidara tanto. Pasaba la mano por mi escritorio para asegurarse que estuviera limpio, me respiraba en las orejas para revisar mis tareas y hasta cronometraba mis salidas al baño. Lo peor es que su saludito chispeante, “¡Hola, Jorge!” no concurría con la realidad de sus torturas demoníacas que me hacían llorar como una nena. En mi último día de trabajo, me regaló un rosario y prometió encargarme una misa por el bien de mi alma. ¿Estaría planificando mi muerte?
Esa tarde, al terminar la charla, mis amigos me tildaron de loco, misógino y cruel. Pero juro que no miento… Bueno, quizás exagero un poco, aunque la verdad no está muy lejana: entre jefas, me he visto al borde de la locura, debatiéndome entre ser asquerosamente rico o un criminal desalmado.
La realidad es que hoy día amo mi trabajo. Cada vez que me topo con mis jefes en la universidad, siempre les saludo con gusto, agradecido por ser parte de su equipo. En la televisión, mi jefa es la cura para todos mis males, porque me mata de risa con sus ocurrencias. No obstante, sé que hay muchos y muchas que todavía sufren los embates de jefes torturantes, crueles, mediocres…
Ahora entiendo por qué el Día del Trabajo es feriado: hay que ser solidarios con los menos afortunados. Peor les va si les ha tocado alguna de mis jefas.
Por alguna razón, he tenido más jefas que jefes. Las he conocido de todos los tamaños, calibres y humores. Unas han sido muy correctas, enseñándome el valor del trabajo y la responsabilidad absoluta. Otras han resultado muy divertidas, al punto de balancear con precisión la dinámica del cumplimiento cabal con el orgullo de una labor comprometida. Sin embargo, hay otras de cuyo nombre y destino no quiero ni acordarme. Porque han sido malas. Muy malas.
De mis años más jóvenes, recuerdo con un disgusto especial a “Ramonita”. Era la propietaria de un negocio muy próspero donde trabajé a tiempo parcial para completar mi pobre salario como guionista novato. Aunque era una absoluta jíbara, “Ramonita” se las daba de gran señora, invitando a sus amigas a su local, mientras llamaba cada tres segundos a su asistente/esclavo/mandadero (o sea, yo) para alardear frente a ellas de su servidumbre. Cumplí para ella caprichitos tan impropios como su maquillaje exagerado que hoy me da vergüenza repetir. La odié tanto que, cuando dejé el trabajo, juré que nunca más pasaría por la calle donde ubicaba su negocio. Hasta el sol de hoy, he cumplido mi promesa.
En otra oficina y también a tiempo parcial, trabajé con “Leonora”. Cuarentona joven y tan fea como tan franca –así se describía la pobre animal—dominaba el arte de pajarear entre llamadas telefónicas, alardeando sobre las proezas académicas de sus hijitos malcriados. Mientras tanto, soltaba sobre mi escritorio ristras de papeles garabateados en una letra ilegible y llena de horrores ortográficos para que los interpretara y luego transcribiera a maquinilla. Por suerte, mi experiencia como guionista me salvaba: escribía con bastante rapidez, aunque esa habilidad no la impresionaba tanto como mi capacidad para hablar inglés. Tan pronto algún cobrador llamaba procurando a “Missus Leunourah Valleys” –o algo así—la muy infeliz decía “guán móumen, plis” y me espetaba el teléfono con cara de susto. Lo peor era que me hacía preguntas cada treinta segundos sobre los pormenores de la conversación, mientras yo intentaba descifrar palabras dichas en un fuerte acento británico que ni la mismísima Reina Isabel podía entender.
Con el tiempo y la experiencia, entré al mundo de la cátedra universitaria. En el seno de varias universidades, conocí mujeres de gran valía y capacidad, que me enseñaron a defenderme frente a la experiencia agridulce de la enseñanza post-secundaria. Pero la dicha fue tan breve como mis contratos universitarios, así que tuve que ingresar (no con mucho entusiasmo) al mundo del trabajo en el gobierno. Así pues, en una pequeña y oscura dependencia municipal, me encontré con “Dalila”, una excéntrica amante de la cultura que fumaba puros y garabateaba largos poemas de amor en libretas de papel amarillo.
Cuentera como ella sola, “Dalila” dedicaba sus horas laborables a contar historias de su niñez privilegiada. Fue acunada por las nanas más exquisitas, educada en los colegios más exclusivos, consentida y mimada como ninguna otra. También relataba las aventuras con sus amantes de turno: los hombres que, según ella, se la llevaban a la playa de noche, la hacían correr desnuda por campos desiertos y hasta le chupaban los deditos de los pies. Después de eso, empecé a escribir radionovelas. De algo me sirvió escuchar tanta porquería.
“Sagrario” fue mi última jefa. Católica-apostólica-romana y miembro bona fide del Partido Popular, aún ostenta sin disputas el título de La Jefa Más Terrible Que Existe Sobre La Faz De La Tierra Y Todos Sus Confines. Muy bien administrada en su carita de yo-no-fui, es posible que usted la vea en alguna revistilla, dando cara en las páginas sociales, sonriente y feliz junto a su santísimo esposo (que no dará ni una curva cuando muera, porque va derechito al cielo). En mi cuarentosa vida, aún no me he topado con una mujer me intimidara tanto. Pasaba la mano por mi escritorio para asegurarse que estuviera limpio, me respiraba en las orejas para revisar mis tareas y hasta cronometraba mis salidas al baño. Lo peor es que su saludito chispeante, “¡Hola, Jorge!” no concurría con la realidad de sus torturas demoníacas que me hacían llorar como una nena. En mi último día de trabajo, me regaló un rosario y prometió encargarme una misa por el bien de mi alma. ¿Estaría planificando mi muerte?
Esa tarde, al terminar la charla, mis amigos me tildaron de loco, misógino y cruel. Pero juro que no miento… Bueno, quizás exagero un poco, aunque la verdad no está muy lejana: entre jefas, me he visto al borde de la locura, debatiéndome entre ser asquerosamente rico o un criminal desalmado.
La realidad es que hoy día amo mi trabajo. Cada vez que me topo con mis jefes en la universidad, siempre les saludo con gusto, agradecido por ser parte de su equipo. En la televisión, mi jefa es la cura para todos mis males, porque me mata de risa con sus ocurrencias. No obstante, sé que hay muchos y muchas que todavía sufren los embates de jefes torturantes, crueles, mediocres…
Ahora entiendo por qué el Día del Trabajo es feriado: hay que ser solidarios con los menos afortunados. Peor les va si les ha tocado alguna de mis jefas.
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domingo, 24 de agosto de 2008
Criaturas bárbaras
Entre moribundas fichadas por la policía, muertos velados de pie y nuevas intervenciones de los federales contra funcionarios del gobierno, esta semana pasada tuvimos suficiente cuota de morbo. Plantados frente al espejo de la cruda realidad boricua, no me extraña concluir que este país está bastante loco o, al menos, así parece.
Dentro de todo este barullo folclórico nacional, un soplo refrescante nos sacó del comentario ácido, el chiste fácil y la preocupación por la salud mental colectiva. Este jueves pasado, los periódicos locales nos informaron con mucha bulla que el cantante/superhéroe Ricky Martin se ha convertido en padre de gemelos.
¿Qué de bueno tiene la noticia? Bastante, si consideramos el fatídico esplendor de lo presente. Se supone que, como decían antes, los niños traen el pan debajo del brazo; es decir, alegría, prosperidad y bien. Me parece esperanzador que así sea, y lo celebro. Sin embargo, lo curioso del asunto es que no se trata de una paternidad “normal”. Aquí no se ha visto la clásica imagen de la pobre mujer preñada, con la nariz hecha un pimiento y las piernas como jamones, que aguanta las charrerías del “baby shower” mientras suspira por comer pepinillos agrios. Tampoco hemos visto al hombre orgulloso de pasar el apellido aunque con cara de perrito perdido, llevando un cargador lleno de tules y una de esas horribles bolsas de pañales con caritas de Winnie The Pooh.
Ricky es un padre moderno, custom-made. Soltero, maduro y en pleno uso de sus facultades, se fue a un banco de óvulos para seleccionar el donativo de una dama de buen ver, sin antecedentes penales ni enfermedades mentales hereditarias. Entonces, con esos óvulos donados, se trasladó a otro lugar para completar la fertilización, implantándose los tiernos embriones en el vientre de una madre subrogada. Tan-tán, fin de la historia.
O, al menos, eso creíamos.
La ristra de comentarios ha sido imparable. Creo que, en mis cuarenta y pocos, jamás había escuchado tal cantidad de chistes, reclamos, insinuaciones y análisis sobre la transacción que Ricky ha realizado para adjudicarse una paternidad más que deseada. Para mí, el asunto está más que terminado: lo que quiera hacer con su vida y sus espermas me importa torta, si es para su bien y su felicidad. En este caso, lo que Natura non da, la biología lo presta –bueno, en realidad, lo compra—con algunos miles de dólares que, en el caso del superstar boricua, son simple menudo.
Justo cuando iba a pasar la página y seguir la vida de costumbre, pensé en el futuro. Y decidí que no quiero quedarme solo. El ejemplo de Ricky me ha enseñado que, aún siendo famoso –él, no yo, por desgracia—puedo asumir la paternidad que antes renegué con todas mis fuerzas, contrariado por los gritos, rabietas y berrinches de muchachos consentidos y malcriados en centros comerciales, filas, oficinas, iglesias, supermercados y otros lugares de reunión pública. Tal vez ahora, en este tiempo cuarentoso, puedo enfrentarme a este reto con la misma tranquilidad con que Ricky lo asumió.
El único asunto en que difiero del feliz proceso de mi cuate boricua es que no pienso mantener tanto secreteo sobre la madre de mis hijas –serán dos nenas, ya se ha establecido. Para este encargo, escogí a una mujer que cada noche, antes de dormir, me provoca un estupor particular, cargado de sensualidad, alegría y asombro. Ella les dará a mis hijas una guapura bien construida, tanto como la imagen que de ella trasciende por la pantalla televisiva. No podía ser de otra manera: la madre de mis hijas es famosa, más que reconocida por dos grandes dotes: la belleza y el desenfado.
Desde la tierna infancia, mis pequeñas mostrarán una peculiar habilidad para leer el teleprompter con cierta pausa estudiada que parece casi accidental, como un olvido o una torpeza inadvertida. Siempre estarán bien sentaditas, muy derechitas, con las piernas cruzadas y los labios a punto del beso, tan exactas y hermosas como su mamá.
Señores, ya está decidido: Bárbara Bermudo, la presentadora de Primer Impacto, será la madre de mis criaturas. Bárbaras, como su mamá. Y no me quiten la fe, que los milagros existen.
¿O se compran? Tendré que preguntarle a Ricky.
Dentro de todo este barullo folclórico nacional, un soplo refrescante nos sacó del comentario ácido, el chiste fácil y la preocupación por la salud mental colectiva. Este jueves pasado, los periódicos locales nos informaron con mucha bulla que el cantante/superhéroe Ricky Martin se ha convertido en padre de gemelos.
¿Qué de bueno tiene la noticia? Bastante, si consideramos el fatídico esplendor de lo presente. Se supone que, como decían antes, los niños traen el pan debajo del brazo; es decir, alegría, prosperidad y bien. Me parece esperanzador que así sea, y lo celebro. Sin embargo, lo curioso del asunto es que no se trata de una paternidad “normal”. Aquí no se ha visto la clásica imagen de la pobre mujer preñada, con la nariz hecha un pimiento y las piernas como jamones, que aguanta las charrerías del “baby shower” mientras suspira por comer pepinillos agrios. Tampoco hemos visto al hombre orgulloso de pasar el apellido aunque con cara de perrito perdido, llevando un cargador lleno de tules y una de esas horribles bolsas de pañales con caritas de Winnie The Pooh.
Ricky es un padre moderno, custom-made. Soltero, maduro y en pleno uso de sus facultades, se fue a un banco de óvulos para seleccionar el donativo de una dama de buen ver, sin antecedentes penales ni enfermedades mentales hereditarias. Entonces, con esos óvulos donados, se trasladó a otro lugar para completar la fertilización, implantándose los tiernos embriones en el vientre de una madre subrogada. Tan-tán, fin de la historia.
O, al menos, eso creíamos.
La ristra de comentarios ha sido imparable. Creo que, en mis cuarenta y pocos, jamás había escuchado tal cantidad de chistes, reclamos, insinuaciones y análisis sobre la transacción que Ricky ha realizado para adjudicarse una paternidad más que deseada. Para mí, el asunto está más que terminado: lo que quiera hacer con su vida y sus espermas me importa torta, si es para su bien y su felicidad. En este caso, lo que Natura non da, la biología lo presta –bueno, en realidad, lo compra—con algunos miles de dólares que, en el caso del superstar boricua, son simple menudo.
Justo cuando iba a pasar la página y seguir la vida de costumbre, pensé en el futuro. Y decidí que no quiero quedarme solo. El ejemplo de Ricky me ha enseñado que, aún siendo famoso –él, no yo, por desgracia—puedo asumir la paternidad que antes renegué con todas mis fuerzas, contrariado por los gritos, rabietas y berrinches de muchachos consentidos y malcriados en centros comerciales, filas, oficinas, iglesias, supermercados y otros lugares de reunión pública. Tal vez ahora, en este tiempo cuarentoso, puedo enfrentarme a este reto con la misma tranquilidad con que Ricky lo asumió.
El único asunto en que difiero del feliz proceso de mi cuate boricua es que no pienso mantener tanto secreteo sobre la madre de mis hijas –serán dos nenas, ya se ha establecido. Para este encargo, escogí a una mujer que cada noche, antes de dormir, me provoca un estupor particular, cargado de sensualidad, alegría y asombro. Ella les dará a mis hijas una guapura bien construida, tanto como la imagen que de ella trasciende por la pantalla televisiva. No podía ser de otra manera: la madre de mis hijas es famosa, más que reconocida por dos grandes dotes: la belleza y el desenfado.
Desde la tierna infancia, mis pequeñas mostrarán una peculiar habilidad para leer el teleprompter con cierta pausa estudiada que parece casi accidental, como un olvido o una torpeza inadvertida. Siempre estarán bien sentaditas, muy derechitas, con las piernas cruzadas y los labios a punto del beso, tan exactas y hermosas como su mamá.
Señores, ya está decidido: Bárbara Bermudo, la presentadora de Primer Impacto, será la madre de mis criaturas. Bárbaras, como su mamá. Y no me quiten la fe, que los milagros existen.
¿O se compran? Tendré que preguntarle a Ricky.
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domingo, 17 de agosto de 2008
Bien, bien bueno
Me mira con actitud desenfadada. Cuando la veo, me intimida un poco, pero no es necesario dejarle la acera. Percibo su piel ajada, con demasiado maquillaje para su edad –debe pasar de los sesenta, cuando menos. Pero a ella le importa torta: se siente fabulosa.
A pocos pasos de distancia, prefiero la cordialidad a la grosería. Aunque no la conozca, puedo corresponder a esa sonrisa que, con pocos dientes, me regala con desbordante entusiasmo. Es que está decidida: quiere cruzarse en mi camino aunque yo la esquive como pueda, con urgencia de regresar a la universidad antes de mi primera clase.
“¿Qué hora tú tienes, m’ijo?”, pregunta. Su voz suena ronca, profunda, como la de una fumadora empedernida. Miro mi reloj y le respondo tan amable como la prisa me permite: “Once menos veinte.” Ladea la cabeza, asumiendo una pose coquetona, casi infantil. “Graciassssssssssss”, me dice, arrastrando la ese final con un silbido de serpiente que, lejos de asustarme, me hace reír por dentro.
Continúo con paso firme, aunque siento los ojos pequeñitos de la mujer siguiéndome mientras avanzo. Ni siquiera la recordaría si no fuera por lo que me espeta ahora, justo cuando estoy a punto de subirme al carro y olvidarla.
“’Tásssssssssss bieeen bueno.” Y lo subraya. “Bien, bien bueno, papi.”
Nobleza obliga: es preciso hacer lo que se supone cuando a uno le plantan semejante piropo a las once del día. Como puedo, trato de sonreír con poco alambre para no desilusionarla en su gentil apreciación de mi persona, aunque no creo que a ella le importe demasiado. Me ha mirado, me ha tasado y ya ha emitido un veredicto que no pienso discutir: soy Mister Universo puro y pinto en persona, dando pasarela por las calles de Santurce.
“¿Eso fue a mí?”, le pregunto, para asegurarme. La muy sinvergüenza echa una carcajada malévola, y me siento estúpido: lo que es obvio no se pregunta. “Pues claro que fue a ti, condena’o”, insiste con actitud de mujer desdeñada. Van cinco segundos, y ya me insulta con la dulzura propia del juego amoroso.
“¿A quién más iba a ser?”, me pregunta, con pocos dientes, pero muy segura.
“Pues yo no sé, por aquí pasa mucha gente”, le contesto, todavía incrédulo por el recién adquirido título de belleza masculina universal que me estoy empezando a creer.
“Mucha gente sí,” masculla con un dejo desconfiado, mientras el bullicio del Santurce en reconstrucción nos atolondra. “Pero aquí nadie habla. To’ el mundo sigue, apura’o”—
Y se calla. Me pega por el flanco de la culpabilidad, lo admito. El problema es que no puedo dilatarme en romances: se supone que a las once debo estar, bello y fragante cual Mister Universo que soy, para darle cara a mis nuevos pupilos del curso de redacción.
“¿Tú siempre vienes por aquí?”, le pregunto, en plan curioso. Ella esquiva la mirada mientras ajusta un poco sus ropas raídas por el tiempo. Percibo algo de incomodidad en su rostro; no está acostumbrada a las charlas extensas. Por lo general, quienes la miran –si es que la miran—pasan de largo, ignorando el manoseado vasito de cartón con el que pide limosna. Tal vez no estaba preparada para que yo reaccionara con tanto interés a su gesta humanitaria. Porque hay que ver que la muy lista me ha hecho el día con su artimaña seductora.
“¿Y tú no tenías prisa?”, me reprocha con aire de mujer hastiada. Llevamos cinco minutos de novios y ya me está echando de su vida. Comprendo que no debo atosigarla: poco a poco haremos nuestro mundo, ella y yo, en este pequeño espacio de la ciudad que nos abruma: a ella, porque nadie la tiene en cuenta, y a mí, porque de pronto, con su treta malévola, me ha convertido en el Papi-Papi Chulo.
Rebusco en el bolsillo y me le acerco. Ya no me importan los alambres cuando le sonrío. Ella me regala sus pocos dientes en una sonrisa más dulce y más sincera que la de antes. Musita un “gracias” que se enreda con mi prisa, y aprieto el paso: son casi las once menos cuarto.
Ya casi para subirme al carro, reconozco nuevamente el ronco sonido de su voz. “’Tásssssssssssbienbueeeenooooooooo”, dice con ganas. No puedo evitar una sonrisa: la muy tramposa usa el mismo truco con todos para conseguirse la moneda. Y le funciona. Por lo menos yo me lo creí, aunque fuera por un ratito antes de irme a clases.
(Adiós caray, yo también soy hijo de Dios.)
A pocos pasos de distancia, prefiero la cordialidad a la grosería. Aunque no la conozca, puedo corresponder a esa sonrisa que, con pocos dientes, me regala con desbordante entusiasmo. Es que está decidida: quiere cruzarse en mi camino aunque yo la esquive como pueda, con urgencia de regresar a la universidad antes de mi primera clase.
“¿Qué hora tú tienes, m’ijo?”, pregunta. Su voz suena ronca, profunda, como la de una fumadora empedernida. Miro mi reloj y le respondo tan amable como la prisa me permite: “Once menos veinte.” Ladea la cabeza, asumiendo una pose coquetona, casi infantil. “Graciassssssssssss”, me dice, arrastrando la ese final con un silbido de serpiente que, lejos de asustarme, me hace reír por dentro.
Continúo con paso firme, aunque siento los ojos pequeñitos de la mujer siguiéndome mientras avanzo. Ni siquiera la recordaría si no fuera por lo que me espeta ahora, justo cuando estoy a punto de subirme al carro y olvidarla.
“’Tásssssssssss bieeen bueno.” Y lo subraya. “Bien, bien bueno, papi.”
Nobleza obliga: es preciso hacer lo que se supone cuando a uno le plantan semejante piropo a las once del día. Como puedo, trato de sonreír con poco alambre para no desilusionarla en su gentil apreciación de mi persona, aunque no creo que a ella le importe demasiado. Me ha mirado, me ha tasado y ya ha emitido un veredicto que no pienso discutir: soy Mister Universo puro y pinto en persona, dando pasarela por las calles de Santurce.
“¿Eso fue a mí?”, le pregunto, para asegurarme. La muy sinvergüenza echa una carcajada malévola, y me siento estúpido: lo que es obvio no se pregunta. “Pues claro que fue a ti, condena’o”, insiste con actitud de mujer desdeñada. Van cinco segundos, y ya me insulta con la dulzura propia del juego amoroso.
“¿A quién más iba a ser?”, me pregunta, con pocos dientes, pero muy segura.
“Pues yo no sé, por aquí pasa mucha gente”, le contesto, todavía incrédulo por el recién adquirido título de belleza masculina universal que me estoy empezando a creer.
“Mucha gente sí,” masculla con un dejo desconfiado, mientras el bullicio del Santurce en reconstrucción nos atolondra. “Pero aquí nadie habla. To’ el mundo sigue, apura’o”—
Y se calla. Me pega por el flanco de la culpabilidad, lo admito. El problema es que no puedo dilatarme en romances: se supone que a las once debo estar, bello y fragante cual Mister Universo que soy, para darle cara a mis nuevos pupilos del curso de redacción.
“¿Tú siempre vienes por aquí?”, le pregunto, en plan curioso. Ella esquiva la mirada mientras ajusta un poco sus ropas raídas por el tiempo. Percibo algo de incomodidad en su rostro; no está acostumbrada a las charlas extensas. Por lo general, quienes la miran –si es que la miran—pasan de largo, ignorando el manoseado vasito de cartón con el que pide limosna. Tal vez no estaba preparada para que yo reaccionara con tanto interés a su gesta humanitaria. Porque hay que ver que la muy lista me ha hecho el día con su artimaña seductora.
“¿Y tú no tenías prisa?”, me reprocha con aire de mujer hastiada. Llevamos cinco minutos de novios y ya me está echando de su vida. Comprendo que no debo atosigarla: poco a poco haremos nuestro mundo, ella y yo, en este pequeño espacio de la ciudad que nos abruma: a ella, porque nadie la tiene en cuenta, y a mí, porque de pronto, con su treta malévola, me ha convertido en el Papi-Papi Chulo.
Rebusco en el bolsillo y me le acerco. Ya no me importan los alambres cuando le sonrío. Ella me regala sus pocos dientes en una sonrisa más dulce y más sincera que la de antes. Musita un “gracias” que se enreda con mi prisa, y aprieto el paso: son casi las once menos cuarto.
Ya casi para subirme al carro, reconozco nuevamente el ronco sonido de su voz. “’Tásssssssssssbienbueeeenooooooooo”, dice con ganas. No puedo evitar una sonrisa: la muy tramposa usa el mismo truco con todos para conseguirse la moneda. Y le funciona. Por lo menos yo me lo creí, aunque fuera por un ratito antes de irme a clases.
(Adiós caray, yo también soy hijo de Dios.)
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viernes, 15 de agosto de 2008
Queda'o
Te levantaste temprano, y hasta planchaste una camisa con anticipación para evitar apuros de última hora. Organizaste tus asuntos y, contra tu mal hábito de siempre, desayunaste sentado en la mesa. Mentalmente, repasas la agenda: ir aquí, pagar allá, comprar esto, arreglar lo otro. Todo está conformado en un orden preciso, al minuto, con la intención de terminar las tareas callejeras sin mayor inconveniente.
El día se anticipa caluroso. Después de cepillarte los dientes, le añades un poco más de perfume al ritual mañanero. Te cercioras de tener todos los documentos necesarios, ordenados con precisión meticulosa, para evitar contratiempos. Así pues, casi diez minutos antes de la hora programada, abres la puerta de tu casa, dispuesto a enfrentar al mundo. De salida, coincides con el vecino fantasmagórico que, por las prisas del diario, sólo te saluda de vez en cuando.
Como no eres fanático de los chismes mañaneros, te zumbas al tapón acompañado de una buena selección de música relajante programada en el iPod. Ednita, Ricky, Fonsi y alguna canción setentosa de tu tiempo adolescente te llevan tarareando hasta la primera parada: el laboratorio. Debes recoger los resultados del examen rutinario que el médico te ordenó y que, contrario a tus más jóvenes costumbres, realizaste con diligencia. Curioso, abres el sobre: colesterol, muy bien. Glucosa, excelente. Triglicéridos, en control. La felicidad no puede ser más completa.
Hasta que subes al auto de nuevo y lo enciendes. Un olor extraño te invade, repentino y punzante. Miras el panel, espantado: la aguja de la temperatura del motor sube con rapidez: el calentón es inminente. En cuestión de tres minutos, el riguroso plan del día perfecto se desmorona, inevitable, como un castillo de naipes frente al soplo del viento.
Antes de tener tiempo para pensarlo, estás queda’o.
La sensación de impotencia es tal que no se resuelve ni con todas las Viagra del mundo. Flotas sobre el aire, tratando de entender cuál tornillo se zafó en el mecanismo suizo del universo para que tu carro, junto con tu plan perfecto, terminara detenido en medio de una nada que no imaginabas. Fuera del confort del aire acondicionado, el bofetón del calor húmedo cancela de inmediato la dosis extra del perfume. Los automóviles apresurados que discurren como si nada por el expreso te sacan la lengua desde lejos. El zumbido intenso de la ciudad sustituye de mala gana el concierto improvisado en el carro.
“Pero, ¿por qué?”, te preguntas. Pues, porque tienes que probar la madurez. Se supone que, a estas edades, ya no disparas desde el cinto cuando te toca una desventura como ésta. Debes practicar el amor y la paciencia, aún cuando quieras empujar el maldito carro hasta el expreso para que un camión se lo lleve en claro. Y, para completar, debes entender que tu dibujo magistral del día perfecto no es más que un garabato pintado en el aire.
Ahora resulta que no estabas tan preparado como creías. No traes suficiente efectivo, necesitas ir al baño y, cuando al fin logras contacto con un ser humano en la compañía de seguros, ni siquiera recuerdas el número de la póliza. Menos mal que, en este país de actitudes y controversias, todavía queda gente amable. No falta el buen samaritano que, armado de un par de galones de agua y muy buenas intenciones, emite el diagnóstico preliminar para el desperfecto: una manga rota. Igualmente, varias personas te preguntan si estás bien, si necesitas ayuda. Y tú que sí, que no hay problema, aunque te sientas más solo que una foto.
Tras una breve eternidad en el celular, una chica de acento impreciso te atiende con la promesa de que, en quince minutos exactos, un empleado de la compañía de grúas adscrita al servicio de auto-rescate transportará tu carruaje averiado hasta el punto que se le indique. En el camino de regreso a casa, acompañado por el chofer del remolque, repasarás con ironía la preciosa agenda del día, destrozada por el imprevisto que te cambió los planes.
Cuando puedas, mírate en el espejo del remolque que te lleva junto con el coche averiado de regreso al punto de partida. Aunque de pronto no te parezca muy sincera, esboza una sonrisa y date una palmadita, bróder. Te la mereces.
Es que hoy aprendiste algo importante: estarás queda’o, pero no muerto. Mañana será otro día.
El día se anticipa caluroso. Después de cepillarte los dientes, le añades un poco más de perfume al ritual mañanero. Te cercioras de tener todos los documentos necesarios, ordenados con precisión meticulosa, para evitar contratiempos. Así pues, casi diez minutos antes de la hora programada, abres la puerta de tu casa, dispuesto a enfrentar al mundo. De salida, coincides con el vecino fantasmagórico que, por las prisas del diario, sólo te saluda de vez en cuando.
Como no eres fanático de los chismes mañaneros, te zumbas al tapón acompañado de una buena selección de música relajante programada en el iPod. Ednita, Ricky, Fonsi y alguna canción setentosa de tu tiempo adolescente te llevan tarareando hasta la primera parada: el laboratorio. Debes recoger los resultados del examen rutinario que el médico te ordenó y que, contrario a tus más jóvenes costumbres, realizaste con diligencia. Curioso, abres el sobre: colesterol, muy bien. Glucosa, excelente. Triglicéridos, en control. La felicidad no puede ser más completa.
Hasta que subes al auto de nuevo y lo enciendes. Un olor extraño te invade, repentino y punzante. Miras el panel, espantado: la aguja de la temperatura del motor sube con rapidez: el calentón es inminente. En cuestión de tres minutos, el riguroso plan del día perfecto se desmorona, inevitable, como un castillo de naipes frente al soplo del viento.
Antes de tener tiempo para pensarlo, estás queda’o.
La sensación de impotencia es tal que no se resuelve ni con todas las Viagra del mundo. Flotas sobre el aire, tratando de entender cuál tornillo se zafó en el mecanismo suizo del universo para que tu carro, junto con tu plan perfecto, terminara detenido en medio de una nada que no imaginabas. Fuera del confort del aire acondicionado, el bofetón del calor húmedo cancela de inmediato la dosis extra del perfume. Los automóviles apresurados que discurren como si nada por el expreso te sacan la lengua desde lejos. El zumbido intenso de la ciudad sustituye de mala gana el concierto improvisado en el carro.
“Pero, ¿por qué?”, te preguntas. Pues, porque tienes que probar la madurez. Se supone que, a estas edades, ya no disparas desde el cinto cuando te toca una desventura como ésta. Debes practicar el amor y la paciencia, aún cuando quieras empujar el maldito carro hasta el expreso para que un camión se lo lleve en claro. Y, para completar, debes entender que tu dibujo magistral del día perfecto no es más que un garabato pintado en el aire.
Ahora resulta que no estabas tan preparado como creías. No traes suficiente efectivo, necesitas ir al baño y, cuando al fin logras contacto con un ser humano en la compañía de seguros, ni siquiera recuerdas el número de la póliza. Menos mal que, en este país de actitudes y controversias, todavía queda gente amable. No falta el buen samaritano que, armado de un par de galones de agua y muy buenas intenciones, emite el diagnóstico preliminar para el desperfecto: una manga rota. Igualmente, varias personas te preguntan si estás bien, si necesitas ayuda. Y tú que sí, que no hay problema, aunque te sientas más solo que una foto.
Tras una breve eternidad en el celular, una chica de acento impreciso te atiende con la promesa de que, en quince minutos exactos, un empleado de la compañía de grúas adscrita al servicio de auto-rescate transportará tu carruaje averiado hasta el punto que se le indique. En el camino de regreso a casa, acompañado por el chofer del remolque, repasarás con ironía la preciosa agenda del día, destrozada por el imprevisto que te cambió los planes.
Cuando puedas, mírate en el espejo del remolque que te lleva junto con el coche averiado de regreso al punto de partida. Aunque de pronto no te parezca muy sincera, esboza una sonrisa y date una palmadita, bróder. Te la mereces.
Es que hoy aprendiste algo importante: estarás queda’o, pero no muerto. Mañana será otro día.
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lunes, 4 de agosto de 2008
Volver
De repente parecen multiplicarse como los “gremlins”: las reuniones de las clases graduadas son, indudablemente, una epidemia propagada por la incuestionable popularidad de las nuevas redes sociales de comunicación. Basta con crear un par de grupos en Facebook, y listo: estamos todos juntos, más unidos que nunca, revolviéndonos como perritos contentos en las cenizas del pasado.
En lo personal, lo que ocurre en esas fiestas melosas, llenas de fotos viejas glorificadas por la tecnología actual, me parece absolutamente patético. Y mucho peor es el sentimiento de nostalgia, reinventado con la perspectiva tontona de una edad más contundente. ¿Será posible que realmente alguien desee rodearse de la gente que no le caía bien en aquellos años? ¿Será divertido destapar un pasado lleno de acné, hombreras, pelos mojados y canciones de Menudo?
Gracias a Dios, no me ha tocado acudir a ninguno de esos martirios. Quizás sea porque los graduados de mi época perdieron el interés, o no tienen tiempo para derrocharse en tales cursilerías. Pues qué bueno: esa época de mi vida está absolutamente terminada y clausurada. No me interesa, punto. Sin embargo, hoy fue uno de esos días en los que te toca, por fuerza, revivir un momento crucial de otros años oscuros, y no hay Dios Supremo que te salve. Entonces, volver al pasado significa revivir experiencias que quedaron suspendidas en el limbo eterno de la incertidumbre.
Rebuscando entre papeles, di con aquella carta que recibí hace unos quince años. En aquel momento, producía ideas para la televisión local boricua que me dejaban prestigio y un salario respetable. Vivía cómodamente en el mundo de la gratificación instantánea: comprar mucho, comer bien y no pensar en nada. Era feliz (o al menos, eso creía) cuando se me presentó la oportunidad: solicitar una beca que me llevaría al mágico mundo de Disney y su recién inaugurado imperio mediático que, para aquellos años, todavía caminaba con paso torpe. Ante la posibilidad, experimenté dos emociones muy distintas: el amor y el miedo. Amaba lo que hacía, y hacía lo que amaba. Pero la posibilidad de hacer más y de amar más mi vocación, en lugar de seducirme, me atemorizó por completo. ¿Qué voy a hacer por allá? ¿Qué pasará con mi familia? ¿Dónde voy a vivir? ¿Será bueno para mí? ¿Será bueno? ¿Será verdad? ¿Será posible?
Igual que ocurría con los personajes de mis radionovelas, ante el dilema opté por una salida melodramática: la parálisis absoluta. Decidí bajar los brazos y no hacer absolutamente nada, dejando que La Oportunidad Gloriosa se marchara sola y sin mirar atrás. Total, quién sabe, tal vez nunca me habrían llamado, me dije mientras guardaba la carta en algún rincón oscuro del tiempo. Es demasiado bueno para mí, concluí y me olvidé.
Hasta hoy, que rebusqué en el sitio equivocado. Y tuve que regresar, con brutal rapidez, a aquel momento perdido. Ahora con más tiempo y, ¡oh, Salomón!, la sabiduría del Tiempo Cuarentoso.
No sé si pueda compararse con la famosa película que, según expertos en el tema, se proyecta en la pantalla del yo consciente justo antes de quemar el último cartucho. Pero, sin duda, es un golpe que sacude fuerte: encontrarte, quince años más tarde, con lo que pudo haber sido y no fue. Peor aún, con lo que no fue porque no lo hiciste. Porque, aunque lo deseabas con todo el corazón, dejaste que el miedo te atrapara. Y no levantaste un dedo para evitarlo.
¿Qué se hace en estos casos? Muy sencillo. Reflexionas un instante, releyendo aquellas líneas: “usted ha sido escogido para participar de una oportunidad…” Intentas responder mil preguntas que quedaron sin respuesta, para escribirle el final a una historia que no terminó por tu propia voluntad. Posiblemente, con un dejo de conformidad, reconoces que eras inmaduro, botarate y simplón, y fue mejor que no aceptaras. Y concluyes que, de ocurrir ahora, dejarías los zapatos abandonados sobre la acera del conformismo, y saldrías corriendo como un loco para subirte al tren de la oportunidad. Sin maleta, y sin mirar atrás.
Igual que debe ocurrir con esos terribles años de la escuela, es mejor olvidar. En este caso, a pesar del golpe, ha sido bueno volver. No para sufrir, ni para reprochar. Sino para aprender.
En lo personal, lo que ocurre en esas fiestas melosas, llenas de fotos viejas glorificadas por la tecnología actual, me parece absolutamente patético. Y mucho peor es el sentimiento de nostalgia, reinventado con la perspectiva tontona de una edad más contundente. ¿Será posible que realmente alguien desee rodearse de la gente que no le caía bien en aquellos años? ¿Será divertido destapar un pasado lleno de acné, hombreras, pelos mojados y canciones de Menudo?
Gracias a Dios, no me ha tocado acudir a ninguno de esos martirios. Quizás sea porque los graduados de mi época perdieron el interés, o no tienen tiempo para derrocharse en tales cursilerías. Pues qué bueno: esa época de mi vida está absolutamente terminada y clausurada. No me interesa, punto. Sin embargo, hoy fue uno de esos días en los que te toca, por fuerza, revivir un momento crucial de otros años oscuros, y no hay Dios Supremo que te salve. Entonces, volver al pasado significa revivir experiencias que quedaron suspendidas en el limbo eterno de la incertidumbre.
Rebuscando entre papeles, di con aquella carta que recibí hace unos quince años. En aquel momento, producía ideas para la televisión local boricua que me dejaban prestigio y un salario respetable. Vivía cómodamente en el mundo de la gratificación instantánea: comprar mucho, comer bien y no pensar en nada. Era feliz (o al menos, eso creía) cuando se me presentó la oportunidad: solicitar una beca que me llevaría al mágico mundo de Disney y su recién inaugurado imperio mediático que, para aquellos años, todavía caminaba con paso torpe. Ante la posibilidad, experimenté dos emociones muy distintas: el amor y el miedo. Amaba lo que hacía, y hacía lo que amaba. Pero la posibilidad de hacer más y de amar más mi vocación, en lugar de seducirme, me atemorizó por completo. ¿Qué voy a hacer por allá? ¿Qué pasará con mi familia? ¿Dónde voy a vivir? ¿Será bueno para mí? ¿Será bueno? ¿Será verdad? ¿Será posible?
Igual que ocurría con los personajes de mis radionovelas, ante el dilema opté por una salida melodramática: la parálisis absoluta. Decidí bajar los brazos y no hacer absolutamente nada, dejando que La Oportunidad Gloriosa se marchara sola y sin mirar atrás. Total, quién sabe, tal vez nunca me habrían llamado, me dije mientras guardaba la carta en algún rincón oscuro del tiempo. Es demasiado bueno para mí, concluí y me olvidé.
Hasta hoy, que rebusqué en el sitio equivocado. Y tuve que regresar, con brutal rapidez, a aquel momento perdido. Ahora con más tiempo y, ¡oh, Salomón!, la sabiduría del Tiempo Cuarentoso.
No sé si pueda compararse con la famosa película que, según expertos en el tema, se proyecta en la pantalla del yo consciente justo antes de quemar el último cartucho. Pero, sin duda, es un golpe que sacude fuerte: encontrarte, quince años más tarde, con lo que pudo haber sido y no fue. Peor aún, con lo que no fue porque no lo hiciste. Porque, aunque lo deseabas con todo el corazón, dejaste que el miedo te atrapara. Y no levantaste un dedo para evitarlo.
¿Qué se hace en estos casos? Muy sencillo. Reflexionas un instante, releyendo aquellas líneas: “usted ha sido escogido para participar de una oportunidad…” Intentas responder mil preguntas que quedaron sin respuesta, para escribirle el final a una historia que no terminó por tu propia voluntad. Posiblemente, con un dejo de conformidad, reconoces que eras inmaduro, botarate y simplón, y fue mejor que no aceptaras. Y concluyes que, de ocurrir ahora, dejarías los zapatos abandonados sobre la acera del conformismo, y saldrías corriendo como un loco para subirte al tren de la oportunidad. Sin maleta, y sin mirar atrás.
Igual que debe ocurrir con esos terribles años de la escuela, es mejor olvidar. En este caso, a pesar del golpe, ha sido bueno volver. No para sufrir, ni para reprochar. Sino para aprender.
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lunes, 28 de julio de 2008
Planet Dubi
Hace unos días, la periodista Sylvia Gómez presentó un impactante especial por Telemundo-Puerto Rico en el que discutió a fondo la alarmante situación de la energía eléctrica en nuestro país. Con los precios del petróleo disparándose por los cielos, y con una demanda local de electricidad que casi equipara con ciudades como Nueva York o Londres, es un problema que debería preocuparnos.
Aunque estamos a sólo cien días de las elecciones generales, este asunto no debería pasar inadvertido. La crisis es real: los abastos de petróleo se han reducido mientras que la demanda mundial es mayor, por lo que una baja en las tarifas del crudo en los próximos meses es casi imposible. Esta crisis energética, como sabemos, tiene un efecto dominó sobre todos los renglones de nuestra vida: la alimentación, el transporte y hasta la diversión. ¿Acaso no ha notado que ir al cine con su esposo/a ya no se resuelve con diez dólares?
Inquieto por la información que la colega periodista Gómez compartió en su especial televisivo, pensé en algunas opciones sensatas para resolver el problema. Sólo tuve que mirar alrededor para concluir que, como siempre, Puerto Rico lo hace mejor. Nuestra islita tiene ante sí la posibilidad real de resolver la crisis energética mundial (o, al menos, reducirla un poco). Contrario a las soluciones oficiales propuestas que incluyen, entre otras, la reutilización de los desperdicios sólidos y el desarrollo de parques eólicos, el secreto está en el dubi.
La proliferación de dubis per cápita en Puerto Rico es asombrosa. Una de cada cuatro mujeres que van a las oficinas médicas, dos de cada cinco que visitan el correo y tres de cada cuatro que acuden a la estación de gasolina lucen este ¿peinado? que utiliza, como elemento principal, unas hebillas metálicas largas en forma de presilla que, con cierto nivel de simetría, se colocan en fila alrededor de sus cabezas. El propósito de este inusual tocado es, de por sí, un ejercicio de conservación de energía, evitando el uso excesivo del secador de mano para mantener la cabellera lacia frente al cruel ataque de la humedad tropical.
Entonces, ¿por qué no aprovechar ese noble gesto femenino a favor del futuro?
Si cada hebilla metálica de un dubi promedio se conectara a un pequeño transformador de energía personal (que las señoras bien podrían cargar en su bolso o cartera), se acumularía suficiente electricidad como para encender un microondas o calentar una hornilla eléctrica. Por tanto, si la composición doméstica incluyera al menos tres mujeres que utilicen dubis dos veces al día, la energía acumulada y redirigida serviría para recargar las baterías de hasta cuatro celulares o mover un abanico eléctrico por seis horas.
Las hebillas del dubi, de igual manera, pudieran tener otros usos. ¿Qué tal si se les adaptara algún dispositivo para transformar la señal digital de la televisión a partir de febrero de 2009? Sería fabuloso: los televisores portátiles que tanta popularidad adquieren para la época de huracanes no caerían en desuso. Es más, pienso que el gobierno de los Estados Unidos debió consultar primero la posibilidad de utilizar los dubis boricuas como una fuente de conversión digital antes de emitir todas esas tarjetitas de descuento para comprar los dichosos convertidores.
Las soluciones para ahorrar energía en estos tiempos son harto conocidas: apagar luces que no estén en uso, desconectar los enseres en las noches y sustituir las bombillas incandescentes por las fluorescentes compactas. No obstante, insisto en que, si aprovechamos el reflejo de tantos dubis metálicos que circulan por aceras, calles, playas, correos, colmados, gasolineras, farmacias, panaderías, gimnasios y oficinas en nuestro país… Tendremos planeta para rato.
De paso, habría muchas mujeres felices de aportar, hebilla por hebilla, a la salvación de este planeta en crisis.
Aunque estamos a sólo cien días de las elecciones generales, este asunto no debería pasar inadvertido. La crisis es real: los abastos de petróleo se han reducido mientras que la demanda mundial es mayor, por lo que una baja en las tarifas del crudo en los próximos meses es casi imposible. Esta crisis energética, como sabemos, tiene un efecto dominó sobre todos los renglones de nuestra vida: la alimentación, el transporte y hasta la diversión. ¿Acaso no ha notado que ir al cine con su esposo/a ya no se resuelve con diez dólares?
Inquieto por la información que la colega periodista Gómez compartió en su especial televisivo, pensé en algunas opciones sensatas para resolver el problema. Sólo tuve que mirar alrededor para concluir que, como siempre, Puerto Rico lo hace mejor. Nuestra islita tiene ante sí la posibilidad real de resolver la crisis energética mundial (o, al menos, reducirla un poco). Contrario a las soluciones oficiales propuestas que incluyen, entre otras, la reutilización de los desperdicios sólidos y el desarrollo de parques eólicos, el secreto está en el dubi.
La proliferación de dubis per cápita en Puerto Rico es asombrosa. Una de cada cuatro mujeres que van a las oficinas médicas, dos de cada cinco que visitan el correo y tres de cada cuatro que acuden a la estación de gasolina lucen este ¿peinado? que utiliza, como elemento principal, unas hebillas metálicas largas en forma de presilla que, con cierto nivel de simetría, se colocan en fila alrededor de sus cabezas. El propósito de este inusual tocado es, de por sí, un ejercicio de conservación de energía, evitando el uso excesivo del secador de mano para mantener la cabellera lacia frente al cruel ataque de la humedad tropical.
Entonces, ¿por qué no aprovechar ese noble gesto femenino a favor del futuro?
Si cada hebilla metálica de un dubi promedio se conectara a un pequeño transformador de energía personal (que las señoras bien podrían cargar en su bolso o cartera), se acumularía suficiente electricidad como para encender un microondas o calentar una hornilla eléctrica. Por tanto, si la composición doméstica incluyera al menos tres mujeres que utilicen dubis dos veces al día, la energía acumulada y redirigida serviría para recargar las baterías de hasta cuatro celulares o mover un abanico eléctrico por seis horas.
Las hebillas del dubi, de igual manera, pudieran tener otros usos. ¿Qué tal si se les adaptara algún dispositivo para transformar la señal digital de la televisión a partir de febrero de 2009? Sería fabuloso: los televisores portátiles que tanta popularidad adquieren para la época de huracanes no caerían en desuso. Es más, pienso que el gobierno de los Estados Unidos debió consultar primero la posibilidad de utilizar los dubis boricuas como una fuente de conversión digital antes de emitir todas esas tarjetitas de descuento para comprar los dichosos convertidores.
Las soluciones para ahorrar energía en estos tiempos son harto conocidas: apagar luces que no estén en uso, desconectar los enseres en las noches y sustituir las bombillas incandescentes por las fluorescentes compactas. No obstante, insisto en que, si aprovechamos el reflejo de tantos dubis metálicos que circulan por aceras, calles, playas, correos, colmados, gasolineras, farmacias, panaderías, gimnasios y oficinas en nuestro país… Tendremos planeta para rato.
De paso, habría muchas mujeres felices de aportar, hebilla por hebilla, a la salvación de este planeta en crisis.
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martes, 22 de julio de 2008
Yo, que te conozco
Me saluda con efusividad, beso incluido. Su cariño desbordante es sincero, y su entusiasmo contagioso me emociona. Asegura que vio las dos miniseries que escribí cada vez que las pusieron al aire. Cuando me descubrió en la prensa, hizo una fiesta; compraba el periódico todos los martes.
En ningún momento abandona la sonrisa. Y yo, entre el halago y el bochorno, sostengo un juego de sábanas que aún no me decido a comprar.
Me pregunta si todavía doy clases, y le digo que sí, que estoy entre dos universidades, dando la pelea. Aprovecha para pedirme orientación: su hijo mayor estudia mercadeo, aunque le encanta la música. La nena está en primer año, pero con el modelaje ha tenido buenas ofertas para irse al extranjero. El menor aún está en la secundaria y, según ella, “las novias” lo tienen loco.
Está orgullosa de sus muchachos, sin duda. Y yo, de reojo, miro el anaquel: ¿compraré las sábanas blancas o las amarillas?
Al fin, me brota un consejo: lo más importante es hacer lo que a uno le apasiona. En eso, ocurre la intervención divina: ella se percata de la hora –no ha parado de hablar en quince minutos—y se despide con otro gran abrazo. “Búscame en Facebook, para que sigamos en contacto”, me suplica, mientras se pierde entre la gente. Que sí, mujer, le digo, que me encantó saludarte.
Regreso al dilema de las sábanas, y la sonrisa se descuelga de mi cara en cámara lenta. Si tan sólo pudiera acordarme de su nombre.
No sé cuántas veces he vivido esta historia de terror. En cualquier sitio, alguien se cruza en mi camino y recita pedazos de mi humilde vida pública con entusiasmo desbordante. Me leen como periódico de barbería, y me recitan como el padrenuestro. Y yo ahí, con las orejas calientes, sonrío sin tener ni prostituta idea de quién demonios me quiere tanto.
“¿De dónde? ¡De dónde!”, me torturo en silencio, y el asunto sigue, entre preguntas que respondo en automático. Si la tierra me tragara en ese momento, sería tan feliz…
Por lo general, tengo buena memoria para los detalles. Trato, en lo posible, de almacenar en el disco duro caras, nombres y datos. Entonces, cuando menos lo espero, me ataca la amnesia total frente al Desconocido/a Amable que, por mala pata, siempre me agarra en algún trance tortuoso: la fila del banco, la ferretería, el colmado o, peor aún, la oficina del médico.
Allí, sentado en la sillita incómoda, con algún programa de Univisión como banda sonora, se produce el emotivo desencuentro.
“Digo, te ves más flaco y se te cayó el pelo, pero estás i-gua-li-to”, canta con gracia Mi Mejor Amigo de la Universidad, descubriéndome cuando levanto la nariz del libro que me acompaña. Rollizo y detestable, el susodicho asegura que somos “los más panas” y yo, que sí, cómo no. Entonces, decide compartirle al mundo entero –apenas tres gatos esperan en la sala—anécdotas que sólo a él le causan gracia. “¿Te acuerdas cuando nos copiábamos en la clase de historia?”, dice, palmoteándome el hombro por séptima vez. Con las orejas ardientes, reabro los expedientes inactivos del tiempo universitario: Historia de Puerto Rico, Historia de Cultura Occidental, Historia de España, Historia de Estados Unidos, Historia de América Latina, Historia del Caribe... Ay Dios, ¿por qué no estudié contabilidad?
En momentos como este, siempre me acuerdo de mi primer jefe, el dramaturgo Fausto Verdial. Cuando empecé a escribir para la televisión, tenía pocos años y muchas ganas. Un buen día, antes de iniciar nuestra sesión de trabajo, abrumé al pobre Fausto con mil y una preguntas sobre cómo triunfar en el mundo del espectáculo. Entre cigarrillos, me miró con sus ojos chispeantes, muy serio. “Usted a todo diga que sí, y después se las arregla”, sentenció, y estalló en carcajadas.
Como buen alumno, aplico la lección de mi ya fenecido mentor. Yo, que te conozco, claro que sí. Te saludo y te abrazo. Cómo no, qué buenos tiempos, ¿ah? De verdad que sí, que me alegra saludarte.
Y hago mutis por la izquierda, antes de que me descubran.
En ningún momento abandona la sonrisa. Y yo, entre el halago y el bochorno, sostengo un juego de sábanas que aún no me decido a comprar.
Me pregunta si todavía doy clases, y le digo que sí, que estoy entre dos universidades, dando la pelea. Aprovecha para pedirme orientación: su hijo mayor estudia mercadeo, aunque le encanta la música. La nena está en primer año, pero con el modelaje ha tenido buenas ofertas para irse al extranjero. El menor aún está en la secundaria y, según ella, “las novias” lo tienen loco.
Está orgullosa de sus muchachos, sin duda. Y yo, de reojo, miro el anaquel: ¿compraré las sábanas blancas o las amarillas?
Al fin, me brota un consejo: lo más importante es hacer lo que a uno le apasiona. En eso, ocurre la intervención divina: ella se percata de la hora –no ha parado de hablar en quince minutos—y se despide con otro gran abrazo. “Búscame en Facebook, para que sigamos en contacto”, me suplica, mientras se pierde entre la gente. Que sí, mujer, le digo, que me encantó saludarte.
Regreso al dilema de las sábanas, y la sonrisa se descuelga de mi cara en cámara lenta. Si tan sólo pudiera acordarme de su nombre.
No sé cuántas veces he vivido esta historia de terror. En cualquier sitio, alguien se cruza en mi camino y recita pedazos de mi humilde vida pública con entusiasmo desbordante. Me leen como periódico de barbería, y me recitan como el padrenuestro. Y yo ahí, con las orejas calientes, sonrío sin tener ni prostituta idea de quién demonios me quiere tanto.
“¿De dónde? ¡De dónde!”, me torturo en silencio, y el asunto sigue, entre preguntas que respondo en automático. Si la tierra me tragara en ese momento, sería tan feliz…
Por lo general, tengo buena memoria para los detalles. Trato, en lo posible, de almacenar en el disco duro caras, nombres y datos. Entonces, cuando menos lo espero, me ataca la amnesia total frente al Desconocido/a Amable que, por mala pata, siempre me agarra en algún trance tortuoso: la fila del banco, la ferretería, el colmado o, peor aún, la oficina del médico.
Allí, sentado en la sillita incómoda, con algún programa de Univisión como banda sonora, se produce el emotivo desencuentro.
“Digo, te ves más flaco y se te cayó el pelo, pero estás i-gua-li-to”, canta con gracia Mi Mejor Amigo de la Universidad, descubriéndome cuando levanto la nariz del libro que me acompaña. Rollizo y detestable, el susodicho asegura que somos “los más panas” y yo, que sí, cómo no. Entonces, decide compartirle al mundo entero –apenas tres gatos esperan en la sala—anécdotas que sólo a él le causan gracia. “¿Te acuerdas cuando nos copiábamos en la clase de historia?”, dice, palmoteándome el hombro por séptima vez. Con las orejas ardientes, reabro los expedientes inactivos del tiempo universitario: Historia de Puerto Rico, Historia de Cultura Occidental, Historia de España, Historia de Estados Unidos, Historia de América Latina, Historia del Caribe... Ay Dios, ¿por qué no estudié contabilidad?
En momentos como este, siempre me acuerdo de mi primer jefe, el dramaturgo Fausto Verdial. Cuando empecé a escribir para la televisión, tenía pocos años y muchas ganas. Un buen día, antes de iniciar nuestra sesión de trabajo, abrumé al pobre Fausto con mil y una preguntas sobre cómo triunfar en el mundo del espectáculo. Entre cigarrillos, me miró con sus ojos chispeantes, muy serio. “Usted a todo diga que sí, y después se las arregla”, sentenció, y estalló en carcajadas.
Como buen alumno, aplico la lección de mi ya fenecido mentor. Yo, que te conozco, claro que sí. Te saludo y te abrazo. Cómo no, qué buenos tiempos, ¿ah? De verdad que sí, que me alegra saludarte.
Y hago mutis por la izquierda, antes de que me descubran.
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miércoles, 16 de julio de 2008
Miss Reality
Todavía recuerdo cuando Miss Puerto Rico era un triste “show de marquesina”. De hecho, heredé de mi querido “Kiki” (Eddie Ortiz, fenecido vicepresidente de la vieja organización que producía el certamen y, además, mi caricaturista favorito de la infancia), unos vídeos de pasados eventos, olvidados en el fondo de un anaquel. El más antiguo data de 1975, y mata de risa por lo ingenuo: el antiguo Cinema 4 convertido en un palacete, con una fuente escurriéndose por el piso del escenario… El fondo musical de órgano circense que, por momentos, evoca un episodio de Los Locos Adams…
Aquellos concursos eran más largos que un día sin comer, pero los disfrutábamos con la misma ingenuidad con la que se producían. Nos sabíamos aquella canción tema que se convirtió en el himno de toda una generación: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción…” Y, por supuesto, conteníamos la respiración cuando aparecía en escena “el alma del concurso, ¡Anna Santisteban!”. Esperábamos por su exquisito atuendo, su peinado impecable, sus joyas lujosas, sus ademanes extravagantes, su hablar pomposo… Y, por supuesto, sus acostumbrados tropezones.
Ahora, los beauty pageants son una rara mezcla de America’s Next Top Model, Project Runway y la pelea titular de Miguel Cotto. El chisme es el denominador común para este montaje absurdo de pasarelas, en las que igual se modelan trajes de diseñadores que se atacan con gas pimienta. Entonces, gane quien gane, comienza la lluvia de críticas: por las cirugías, por el vestuario y, por supuesto, por el traje típico que, a mi juicio, cada año se supera en la categoría de “Mejor Disfraz de Carnaval Tecato”.
¿Cuál es la fascinación?
Mi amigo Abi me dijo, con absoluta convicción, que Miss Universo era algo así como “el Año Nuevo de las locas”. En su argumento, me explicó que los fanáticos acérrimos de esta “guerra mundial en tacas clear” viven para celebrarla como si se tratara, verdaderamente, de un 31 de diciembre. Sin embargo, este año la celebración trascendió el mundo gay para convertirse en un tema de discusión nacional. No sé cuántas pulgadas de periódico se dedicaron a los pronósticos de “expertos” en “missiología” (ciencia oculta que estudia los concursos de belleza). Tampoco puedo enumerar la cantidad de programas dedicados al análisis de estilistas, peluqueros, modistas y astrólogos sobre las mejores estrategias para que la puertorriqueña regresara a casa con la preciada corona...
Quizas se deba a la extensión territorial, o por la prolongada indefinición política, pero el delirio de la grandeza boricua últimamente descansa en el puño de nuestros boxeadores y en la belleza de nuestras mujeres. Con el Miss Universo de este año, belleza y boxeo se combinaron de la peor manera en el cuadrilátero local: el “relacionista profesional”, en abierto desafío a los códigos de ética de su profesión, arremete sin piedad contra su ex jefa, la “directora nacional”, acusándola de histérica y mala paga. En menos de 48 horas, el susodicho que, gracias a Dios, "no quería hablar del asunto", chismeó hasta por los codos, y obtuvo más prensa que la nueva reina venezolana (quien ganó en muy buena lid, por cierto).
La cadena estadounidense NBC lo anticipó de la mejor manera en su promoción: Miss Universe is the ultimate reality show. Curiosamente, Jerry Springer –famoso por sus insoportables programas de garateo—animó el evento que, de acuerdo con las encuestas estadounidenses, ha bajado su popularidad de manera consistente durante los últimos diez años. Sin embargo, acá en la isla, el bochinche no para: todos los días surge una versión distinta, sostenida por comentarios que ni botándolos se acaban, para justificar la derrota de una candidata que, para muchos, debió ser la nueva reina.
¿Tanto necesitábamos del triunfo? No, pero hay que alimentar la realidad de una televisión local que, a duras penas, sobrevive por cuenta del sabroso chisme cotidiano. De paso, se garantiza la subsistencia de nuestras muñequitas de quirófano, que saludan muñeca-codo-muñeca-codo-besito-besito. Ellas, con sus coronas de piedras brillantes, perpetúan el rosario de nuestros cinco misterios gloriosos: Marisol, Deborah, Dayanara, Denise y Zuleyka. Y a fuerza de chismes, hay que coronarlas de espinas y clavarlas en el trono, para que sigan embruteciéndonos con su candorosa magia.
Miro el anaquel con los viejos vídeos de “Kiki”, y me ataca la nostalgia dulzona, cada vez más frecuente durante esta cuarta década. De pronto, pienso en una linda muchacha de ojos azules y nariz extraña, que regresa a su casa después de un largo viaje. Exhausta, con la sonrisa hecha una mueca y los pies destrozados, arrastra un mamarracho emplumado que cargó en la cabeza por un mes, sin saber ahora qué rayos hará con él.
Lo que no imagina es que ese embeleco de plumas es, precisamente, su único premio: Miss Reality.
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