“No es el
final/voy a lograr sobreponerme/no, no me verás llorar…”
A la distancia, después de las doce,
escribo. Probablemente –ojalá me
equivoque—algunas balas no se perdieron.
Para disipar los ruidos aún vivos del nuevo año, en mis oídos suena una
vieja canción que ya ha cumplido veinte años, y que he querido escuchar esta
noche. “Tal vez/lo presintió mi
corazón/o en tu mirada/vi tan claro el frío del adiós…”, comienza a decirme Yolandita. Lo que le sigue no me interesa: decido apagar
la música y quedarme en calma.
En el silencio, escucho la voz inequívoca
de mi ser interior: “esto es el
principio”.
Quienes reconocen la letra de esa canción tal vez imaginan
que, aún borracho por el champán del brindis, me abruman las tristezas del
bohemio y me ha atacao el mal de amores.
Nada que ver: sencillamente, no es fácil conjurar las palabras mágicas
para finalizar el hechizo pero, cuando el encanto termina, deben decirse antes
que prolongar el truco. En algunos
casos, decidir es instintivo; en otras instancias, cuesta más trabajo. No obstante, en algún momento resulta
inevitable. Y, cómo no, también es
necesario.
Estoy seguro de mi capacidad para vivir en el presente, agradecido por cada experiencia.
¿Estaré
en lo correcto? ¿Debo pensarlo
mejor? ¿Me puedo arrepentir? “Sí”, “no” y “tal vez” son
las respuestas a esas preguntas. De lo
primero no dudo; de lo segundo, tampoco.
Lo tercero, es mejor ni pensarlo.
En estos días de profunda reflexión, concluyo que vivir en el “si yo
hubiera” impide la capacidad para ver el “yo soy” que debemos declarar,
afirmando cada bendición que recibimos: la vida, la salud, el trabajo, la
familia, los amigos, los momentos buenos y los no tanto.
Dejar ir es la oportunidad para recibir todo lo bueno que, desde ya, se manifiesta.
Abro la ventana: además del frío intenso
que se cuela con impertinencia, escucho la paz que poco a poco llega. Los silencios de la noche se multiplican en
esta recién nacida entrega de la vida –un nuevo año, nacido apenas hace unos
minutos. Es una página en blanco, llena
de recovecos interesantes que aún no se revelan: presiento su intensidad y me
inunda la alegría. Cualquier duda que
hubiera anticipado, cualquier titubeo absurdo que intentara seducirme se
desvanece. Regreso a mi lugar, aquí
frente a la computadora y estoy más que convencido: ya sé dónde ubicar el punto
final.
Aquí termina una hermosa historia y
comienza otra –una nueva y maravillosa experiencia.
Gracias por la lectura, por las palabras,
por las alegrías y los malos ratos.
Gracias por las conversaciones, por los silencios, por las carcajadas y
los suspiros. Gracias por la hermosura,
por las bendiciones, por los besos y los abrazos. Gracias por la presencia, por la constancia,
por la paciencia y la esperanza. A todos
y todas –amigos/as, conocidos/as, lectores/as—agradezco la complicidad.
Esta es mi última entrega en Dos por veinte –nos volvemos a ver, en
otro lugar, cuando regrese.
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