A que sí: después de repasar las predicciones del astrólogo y completar la lista de rituales, te paras en treinta y preparas la listita:
Para el nuevo año quiero:
1. dejar de comer
2. dejar de beber
3. dejar de fumar
4. dejar de ser pobre
5. dejar de estar solo/a
Dejar atrás, lo que sea: la cuestión es empezar de cero, justo cuando el reloj marca las doce y comienza un año nuevo, tan puro como un papel en blanco sobre el que intentarás escribir derecho sobre los renglones torcidos de tu vida imperfecta.
Eso mismo fue lo que hiciste el año pasado y hoy, a estas horas, estás en el mismo trance, a que sí.
No te preocupes: estamos en las mismas.
Las resoluciones del nuevo año son, para muchos, el propósito de enmienda de una vida de pecados a medio pagar que, tarde o temprano, te pasan factura si no los erradicas por completo.
A ver si esto te suena: digamos que, por ejemplo, tu resolución es dejar de comer (cualquier cosa que sea buena y te tape las arterias). Empezando el año, librarse del lechoneo y la bebelata es una proeza digna de héroes –al menos hasta que San Sebastián reciba el último flechazo a son de plenas en su calle homónima. Así, entre intentos y fracasos, te aferras al mes próximo: que sí, hombre, que vamos pa’lante con la listita. ¿Y qué sucede? Los Cupidos chocolateros se cuelgan de las paredes de tu oficina y, en nombre del amor y la amistad, te cargan hasta Diabetolandia de los cojones.
Y aquí estás, otra vez, en diciembre, con la panza colgante, prometiendo lo mismo que el año pasado. No hay quien viva feliz de esa manera.
Comencemos por desmontar el mito de la resolución. El prefijo “re” puede significar repetición, retroceso, inversión u oposición. Entonces, eso que te planteas como una resolución es, ni más ni menos, repetir o retroceder al punto inicial –“dejar de”—como una idea tonta que pretende solucionar un problema al que, en el fondo, no puedes renunciar. No es porque no quieras, por Dios: sencillamente, no sabrás cómo vivir cuando dejes de hacer eso que hoy anotas como una meta absoluta para el año venidero.
Por lo tanto, la resolución no resuelve nada. Todo queda ahí, en el papel que aguanta las promesas si no haces lo que te toca para cambiar lo que deseas.
Hagamos un trato ahora mismo. Esa lista que hiciste, rómpela. Hazla pedazos y échala al canasto de la basura. No te prometas nada: ni para el año que viene, ni para la semana que entra, ni siquiera para el próximo minuto. Entonces, respira hondo y date un abrazo muy fuerte. Agradece todo: la panza, las deudas, la familia imperfecta, la vida miserable, la soledad, todo lo que te rodea (aún aquello que no puedes entender o no sabes cómo solucionar). Así, con esa misma cara de absoluto desconcierto, déjate ir por la vida sin exigirte perfecciones ni cambios ni dietas ni nada que se parezca.
Vive cada día con su propio afán, sin preguntar. Camina tranquilo, sin ajoro. Si te dan el dulce, cómetelo y disfruta. Si te toca el trance amargo, da la cara y sigue adelante. Enfócate en cada paso y olvídate de la carrera. Bendice a quien te corta de pastelillo; que su santa madre se encargue de él (o de ella). Sonríe al que te vira la cara, aunque ni se dé cuenta. Sube el volumen y canta en el carro si la canción te gusta; qué importa si te miran.
Ama, goza, baila, sueña. Vive. Anda, hazlo ahora. No esperes ni al champán ni a las uvas. Ahora, con tu permiso, voy a pegarle fuego a todas mis listas: las que escribí y guardé por cada año de esta década y la que hice ahora, justo antes de escribir toda esta mierda.
¡Feliz 2011!
viernes, 31 de diciembre de 2010
domingo, 26 de diciembre de 2010
Idiota
O la razón, en el hombre, no hace sino dormir y engendrar monstruos,
o el hombre, siendo indudablemente un animal entre los animales,
es, también indudablemente, el más irracional de todos ellos.
Andrés Sorel, José Saramago. Una mirada triste y lúcida (2007)
Así me sentí cuando terminé de hablar con mi buen amigo Manolo ayer por la tarde.
Como ya es su costumbre, el Manolete me llamó por Navidad. Su voz, por supuesto, me causó la alegría de siempre: escucharlo –a él y a sus cuentos—siempre es divertido. Sin embargo, esta vez su saludo navideño vino seguido de un reproche insensato que, les confieso, me dejó un saborcito amargo que no se me quitaba aún después de colgar el teléfono.
“¡¿Qué tú no sentiste el temblor?!”, me reclamó casi como si hubiera descubierto que, desde siempre, he sabido quién mató al niño Lorenzo y me he quedado en mi casa de piernas cruzadas, como si nada.
“Pues no”, le contesté muy tranquilito, arguyendo mis razones: estaba yo en la faena de limpiar el baño y, en el trajín, ni cuenta me di.
De inmediato y sin rodeos, Manolo se desató en reclamos que reventaron la escala Richter: que cómo es posible, que eso lo sintió tooodo el mundo, que la gente estaba histérica, que si pitos, que si flautas… Sí, sí, sí, le dije, tratando de calmar su inevitable tendencia al drama, mientras le explicaba (casi a pujos) que, posterior al evento, escuché los informes radiales de Ada Monzón, acompañados de las interminables llamadas anecdóticas de todos los que vivieron, de primera mano, la experiencia telúrica.
Pues nada, que aún con todo lo que conté para convencerlo, Manolo todavía me reprochaba. En el fondo, pobrecillo, sé que no lo hizo con mala intención, preocupado por mi bienestar y el de mi familia. Reconozco que, en momentos de una emergencia tan repentina como abrumadora, es importante reaccionar a tiempo para proteger la vida propia y la de los seres queridos. No obstante, según comprobé con el remezón del 16 de mayo –que sí sentí y de qué manera—lo inesperado de estos eventos sísmicos hacen que uno se idiotice mucho más que yo con los reclamos de mi buen amigo.
Cuando pensé que ya había terminado la cantaleta, que se extendió por unos eternos cinco minutos, me espetó el golpe fatal.
“Por eso es que estamos como estamos”, concluyó con un sincero tonillo melodramático. “Se nos cae el país encima y seguimos igual de eslembaos.”
Gulp.
Ahí fue que la pegaste, Manolete: tus palabras me cayeron encima como el muro débil que, sacudido en sus cimientos, se desploma en menos de lo que un mono se rasca los fondillos.
En primer lugar, hay que aceptar que, para estos eventos, nadie tiene la más simple y prostituta idea de lo que debe hacerse. Ni tú, ni yo, ni el vecino, ni el Gobierno. Es más, ni siquiera con los huracanes –que sí pueden predecirse—existe instrumento o autoridad humana que pueda anticipar lo que sería el resultado de su inmisericorde embate que, a Dios gracias, no nos toca directamente desde el malparido Georges en 1998.
Del mismo modo, de tus palabras resalta otra gran verdad: el eslembamiento colectivo. Asumido desde la tontería mediática hasta glorificarse en el chismorreo cotidiano de cada tarde a las seis en punto, dormitamos como imbéciles frente al televisor, de lo más arropaditos con una frisa gorda de imbecilidad, con la baba colgando de la comisura. Pendientes a vivir tras lo ajeno, nos olvidamos de ese mundo propio que debemos atender, incluyendo prepararnos para eventos que sacudan –literal y simbólicamente—el cotidiano rechinar de analistas, comayes y candelas. Y así, como tontos, nos quedamos cuando la incertidumbre nos sacude de tan abrupta manera.
Finalmente, no podemos ignorar que la tierra está viva. Bajo nuestros pies, la Madre Gaia aguanta sin chistar los cantazos diarios del maltrato, la dejadez, la ignorancia y la crueldad a la que se somete por el egoísmo de unos cuantos que la negocian como pieza de canje. Entonces, un buen día, despierta de su silencio y ruge con ganas. Algunas veces, se encabrona y se bate con más fuerza, como hace casi un año en Haití, precisamente para que nos acordáramos de que, a varias islas de distancia, nuestros hermanos caribeños viven en la miseria. ¿Y usted se acuerda? Probablemente no, y tampoco lo hice cuando compraba regalos navideños en Plaza Las Américas.
Ahora que lo escribo, amigo mío, me doy cuenta de que tienes toda la razón al preocuparte con tanta histeria. Lo haces por todos y por mí, para que no durmamos con el ojo demasiado apretado sin notar que, en torno nuestro, hay una tierra que pide ayuda y que, bajo nuestros pies, reclama sin avisos, por ella y por los que la habitamos.
Doy gracias porque, esta vez, no sentí la furia terrestre que, en pocos segundos, nos puede provocar cagantinas como la que padeciste justo antes de salir, con tu familia, a celebrar la Nochebuena. Sobre todo, agradezco que me ayudes a entender que, con el terremoto inclemente de tus reclamos, despertaste mi conciencia idiotizada.
Gracias, mi buen amigo Manolo. Para ti también deseo una muy feliz Navidad.
o el hombre, siendo indudablemente un animal entre los animales,
es, también indudablemente, el más irracional de todos ellos.
Andrés Sorel, José Saramago. Una mirada triste y lúcida (2007)
Así me sentí cuando terminé de hablar con mi buen amigo Manolo ayer por la tarde.
Como ya es su costumbre, el Manolete me llamó por Navidad. Su voz, por supuesto, me causó la alegría de siempre: escucharlo –a él y a sus cuentos—siempre es divertido. Sin embargo, esta vez su saludo navideño vino seguido de un reproche insensato que, les confieso, me dejó un saborcito amargo que no se me quitaba aún después de colgar el teléfono.
“¡¿Qué tú no sentiste el temblor?!”, me reclamó casi como si hubiera descubierto que, desde siempre, he sabido quién mató al niño Lorenzo y me he quedado en mi casa de piernas cruzadas, como si nada.
“Pues no”, le contesté muy tranquilito, arguyendo mis razones: estaba yo en la faena de limpiar el baño y, en el trajín, ni cuenta me di.
De inmediato y sin rodeos, Manolo se desató en reclamos que reventaron la escala Richter: que cómo es posible, que eso lo sintió tooodo el mundo, que la gente estaba histérica, que si pitos, que si flautas… Sí, sí, sí, le dije, tratando de calmar su inevitable tendencia al drama, mientras le explicaba (casi a pujos) que, posterior al evento, escuché los informes radiales de Ada Monzón, acompañados de las interminables llamadas anecdóticas de todos los que vivieron, de primera mano, la experiencia telúrica.
Pues nada, que aún con todo lo que conté para convencerlo, Manolo todavía me reprochaba. En el fondo, pobrecillo, sé que no lo hizo con mala intención, preocupado por mi bienestar y el de mi familia. Reconozco que, en momentos de una emergencia tan repentina como abrumadora, es importante reaccionar a tiempo para proteger la vida propia y la de los seres queridos. No obstante, según comprobé con el remezón del 16 de mayo –que sí sentí y de qué manera—lo inesperado de estos eventos sísmicos hacen que uno se idiotice mucho más que yo con los reclamos de mi buen amigo.
Cuando pensé que ya había terminado la cantaleta, que se extendió por unos eternos cinco minutos, me espetó el golpe fatal.
“Por eso es que estamos como estamos”, concluyó con un sincero tonillo melodramático. “Se nos cae el país encima y seguimos igual de eslembaos.”
Gulp.
Ahí fue que la pegaste, Manolete: tus palabras me cayeron encima como el muro débil que, sacudido en sus cimientos, se desploma en menos de lo que un mono se rasca los fondillos.
En primer lugar, hay que aceptar que, para estos eventos, nadie tiene la más simple y prostituta idea de lo que debe hacerse. Ni tú, ni yo, ni el vecino, ni el Gobierno. Es más, ni siquiera con los huracanes –que sí pueden predecirse—existe instrumento o autoridad humana que pueda anticipar lo que sería el resultado de su inmisericorde embate que, a Dios gracias, no nos toca directamente desde el malparido Georges en 1998.
Del mismo modo, de tus palabras resalta otra gran verdad: el eslembamiento colectivo. Asumido desde la tontería mediática hasta glorificarse en el chismorreo cotidiano de cada tarde a las seis en punto, dormitamos como imbéciles frente al televisor, de lo más arropaditos con una frisa gorda de imbecilidad, con la baba colgando de la comisura. Pendientes a vivir tras lo ajeno, nos olvidamos de ese mundo propio que debemos atender, incluyendo prepararnos para eventos que sacudan –literal y simbólicamente—el cotidiano rechinar de analistas, comayes y candelas. Y así, como tontos, nos quedamos cuando la incertidumbre nos sacude de tan abrupta manera.
Finalmente, no podemos ignorar que la tierra está viva. Bajo nuestros pies, la Madre Gaia aguanta sin chistar los cantazos diarios del maltrato, la dejadez, la ignorancia y la crueldad a la que se somete por el egoísmo de unos cuantos que la negocian como pieza de canje. Entonces, un buen día, despierta de su silencio y ruge con ganas. Algunas veces, se encabrona y se bate con más fuerza, como hace casi un año en Haití, precisamente para que nos acordáramos de que, a varias islas de distancia, nuestros hermanos caribeños viven en la miseria. ¿Y usted se acuerda? Probablemente no, y tampoco lo hice cuando compraba regalos navideños en Plaza Las Américas.
Ahora que lo escribo, amigo mío, me doy cuenta de que tienes toda la razón al preocuparte con tanta histeria. Lo haces por todos y por mí, para que no durmamos con el ojo demasiado apretado sin notar que, en torno nuestro, hay una tierra que pide ayuda y que, bajo nuestros pies, reclama sin avisos, por ella y por los que la habitamos.
Doy gracias porque, esta vez, no sentí la furia terrestre que, en pocos segundos, nos puede provocar cagantinas como la que padeciste justo antes de salir, con tu familia, a celebrar la Nochebuena. Sobre todo, agradezco que me ayudes a entender que, con el terremoto inclemente de tus reclamos, despertaste mi conciencia idiotizada.
Gracias, mi buen amigo Manolo. Para ti también deseo una muy feliz Navidad.
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