O la razón, en el hombre, no hace sino dormir y engendrar monstruos,
o el hombre, siendo indudablemente un animal entre los animales,
es, también indudablemente, el más irracional de todos ellos.
Andrés Sorel, José Saramago. Una mirada triste y lúcida (2007)
Así me sentí cuando terminé de hablar con mi buen amigo Manolo ayer por la tarde.
Como ya es su costumbre, el Manolete me llamó por Navidad. Su voz, por supuesto, me causó la alegría de siempre: escucharlo –a él y a sus cuentos—siempre es divertido. Sin embargo, esta vez su saludo navideño vino seguido de un reproche insensato que, les confieso, me dejó un saborcito amargo que no se me quitaba aún después de colgar el teléfono.
“¡¿Qué tú no sentiste el temblor?!”, me reclamó casi como si hubiera descubierto que, desde siempre, he sabido quién mató al niño Lorenzo y me he quedado en mi casa de piernas cruzadas, como si nada.
“Pues no”, le contesté muy tranquilito, arguyendo mis razones: estaba yo en la faena de limpiar el baño y, en el trajín, ni cuenta me di.
De inmediato y sin rodeos, Manolo se desató en reclamos que reventaron la escala Richter: que cómo es posible, que eso lo sintió tooodo el mundo, que la gente estaba histérica, que si pitos, que si flautas… Sí, sí, sí, le dije, tratando de calmar su inevitable tendencia al drama, mientras le explicaba (casi a pujos) que, posterior al evento, escuché los informes radiales de Ada Monzón, acompañados de las interminables llamadas anecdóticas de todos los que vivieron, de primera mano, la experiencia telúrica.
Pues nada, que aún con todo lo que conté para convencerlo, Manolo todavía me reprochaba. En el fondo, pobrecillo, sé que no lo hizo con mala intención, preocupado por mi bienestar y el de mi familia. Reconozco que, en momentos de una emergencia tan repentina como abrumadora, es importante reaccionar a tiempo para proteger la vida propia y la de los seres queridos. No obstante, según comprobé con el remezón del 16 de mayo –que sí sentí y de qué manera—lo inesperado de estos eventos sísmicos hacen que uno se idiotice mucho más que yo con los reclamos de mi buen amigo.
Cuando pensé que ya había terminado la cantaleta, que se extendió por unos eternos cinco minutos, me espetó el golpe fatal.
“Por eso es que estamos como estamos”, concluyó con un sincero tonillo melodramático. “Se nos cae el país encima y seguimos igual de eslembaos.”
Gulp.
Ahí fue que la pegaste, Manolete: tus palabras me cayeron encima como el muro débil que, sacudido en sus cimientos, se desploma en menos de lo que un mono se rasca los fondillos.
En primer lugar, hay que aceptar que, para estos eventos, nadie tiene la más simple y prostituta idea de lo que debe hacerse. Ni tú, ni yo, ni el vecino, ni el Gobierno. Es más, ni siquiera con los huracanes –que sí pueden predecirse—existe instrumento o autoridad humana que pueda anticipar lo que sería el resultado de su inmisericorde embate que, a Dios gracias, no nos toca directamente desde el malparido Georges en 1998.
Del mismo modo, de tus palabras resalta otra gran verdad: el eslembamiento colectivo. Asumido desde la tontería mediática hasta glorificarse en el chismorreo cotidiano de cada tarde a las seis en punto, dormitamos como imbéciles frente al televisor, de lo más arropaditos con una frisa gorda de imbecilidad, con la baba colgando de la comisura. Pendientes a vivir tras lo ajeno, nos olvidamos de ese mundo propio que debemos atender, incluyendo prepararnos para eventos que sacudan –literal y simbólicamente—el cotidiano rechinar de analistas, comayes y candelas. Y así, como tontos, nos quedamos cuando la incertidumbre nos sacude de tan abrupta manera.
Finalmente, no podemos ignorar que la tierra está viva. Bajo nuestros pies, la Madre Gaia aguanta sin chistar los cantazos diarios del maltrato, la dejadez, la ignorancia y la crueldad a la que se somete por el egoísmo de unos cuantos que la negocian como pieza de canje. Entonces, un buen día, despierta de su silencio y ruge con ganas. Algunas veces, se encabrona y se bate con más fuerza, como hace casi un año en Haití, precisamente para que nos acordáramos de que, a varias islas de distancia, nuestros hermanos caribeños viven en la miseria. ¿Y usted se acuerda? Probablemente no, y tampoco lo hice cuando compraba regalos navideños en Plaza Las Américas.
Ahora que lo escribo, amigo mío, me doy cuenta de que tienes toda la razón al preocuparte con tanta histeria. Lo haces por todos y por mí, para que no durmamos con el ojo demasiado apretado sin notar que, en torno nuestro, hay una tierra que pide ayuda y que, bajo nuestros pies, reclama sin avisos, por ella y por los que la habitamos.
Doy gracias porque, esta vez, no sentí la furia terrestre que, en pocos segundos, nos puede provocar cagantinas como la que padeciste justo antes de salir, con tu familia, a celebrar la Nochebuena. Sobre todo, agradezco que me ayudes a entender que, con el terremoto inclemente de tus reclamos, despertaste mi conciencia idiotizada.
Gracias, mi buen amigo Manolo. Para ti también deseo una muy feliz Navidad.