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martes, 20 de diciembre de 2011

Fuera

Eh tú, Carcinoma: ¿quién carajo te dio permiso?

Ya me tienes hasta la calva, bróder. De un tiempo para acá andas metiéndote donde nadie te ha llamado: en los páncreas de las madrecitas, en los intestinos de los colegas, en los pezones de las compinches. Ahora, para joderme más la paciencia, andas por ahí echándotelas de lo más fresco, reclamando la teta de una amiguita a quien quiero mucho. Eso no era.

Para que te vayas enterando, enanito baboso, no te tengo miedo. No eres más grande que yo; tal vez más escurridizo, pero no más fuerte. Es cierto, no te conozco bien; solo te he visto de lejos. Para completar, tienes esta habilidad para replicarte en los escondrijos más profundos del cuerpo ajeno y hacerlo propio; los cuentos de tus apariciones insospechadas me dejan boquiabierto. Entonces, cuando alguien por fin te encuentra –casi siempre por un bultito mal puesto o una radiografía indiscreta—ya estás sacándonos la lengua. Ja, ja: mira cómo me río de tu idiotez. Imbécil.

Yo sé que a ti como que no te importa lo que yo diga. Te regodeas en tus células estúpidas, haciéndote el importante para que tengamos que hacer de todo: sonogramarte, resonarte, pintarte de colores, aislarte, biopsiarte. Quieres que te rindamos pleitesía, cagándonos de angustia de solo mencionar tu maldito nombre. No conforme con eso, amenazas con las consecuencias: la quimio y la radio dejarían sin fuerzas, sin hambre y sin pelo a cualquiera que te dé la cara, enfrentándote como un valiente. Puede ser que sí, que les aflojes las rodillas, pero si hay que vomitar y perder el pelo, zúmbate que está llanito: con esos trucos de cinturón de Batman no me vas a impresionar.

Gracias a Dios, conmigo no te has metido y eso te lo agradezco. Pero lo que no te aguanto es que te metas con mi gente. Si no es justo que andes trasteando úteros de mujeres maravillosas, silenciando gargantas de voces potentes o cancelando próstatas a hombres productivos, menos lo es que te metas con una flaquita muy querida que está muy angustiada por tu inmunda presencia. Eso me enoja como tú no tienes idea. Por eso, sin chispa de vergüenza, te lo digo: eres un vicioso, farsante e inconsciente hijo de tu célula madre-puta.

No, no te me hagas el tonto y dame esa cara de célula maligna que tienes para verte bien. Anda, si eres guapo, yo lo soy más. A ti y a diez de los tuyos les parto la cara y me quedo mascando chicle. A mí me vale que te resulte cómoda la mullida tetita para multiplicarte y quieras hurgar por ahí pa’ dentro a ver qué te encuentras. Nah-ah. Lo siento, célula enferma: ahí no es.

Más vale que te vayas acostumbrando a la idea: no le vas a sacar lágrimas a las madres, a las hermanas, a los sobrinos, a los primos, a las abuelas, a los esposos, a los tíos. No tienes por qué quitarle los sueños a tantos niños que quieren disfrutar de una Navidad normal, en casa, frente al árbol y las lucecitas. No tienes por qué arrebatarle las ilusiones a tantas personas que, sin conocerte, te dan posada porque no saben cómo decirte el “no” que te mandaría al carajo de las inmundicias, del que nadie regresa.

Óyeme bien, cancerito de mierda: no le vas a oscurecer el mundo a nadie. Mucho menos a mi amiguita, que tanto me hace reír. Así que se acabó lo que se daba: recoge tus toxinas de porquería y lárgate. Aquí no eres bienvenido.

Fuera, fuera y fuera.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Idiota

O la razón, en el hombre, no hace sino dormir y engendrar monstruos,
o el hombre, siendo indudablemente un animal entre los animales,
es, también indudablemente, el más irracional de todos ellos.


Andrés Sorel, José Saramago. Una mirada triste y lúcida (2007)

Así me sentí cuando terminé de hablar con mi buen amigo Manolo ayer por la tarde.

Como ya es su costumbre, el Manolete me llamó por Navidad. Su voz, por supuesto, me causó la alegría de siempre: escucharlo –a él y a sus cuentos—siempre es divertido. Sin embargo, esta vez su saludo navideño vino seguido de un reproche insensato que, les confieso, me dejó un saborcito amargo que no se me quitaba aún después de colgar el teléfono.

“¡¿Qué tú no sentiste el temblor?!”, me reclamó casi como si hubiera descubierto que, desde siempre, he sabido quién mató al niño Lorenzo y me he quedado en mi casa de piernas cruzadas, como si nada.

“Pues no”, le contesté muy tranquilito, arguyendo mis razones: estaba yo en la faena de limpiar el baño y, en el trajín, ni cuenta me di.

De inmediato y sin rodeos, Manolo se desató en reclamos que reventaron la escala Richter: que cómo es posible, que eso lo sintió tooodo el mundo, que la gente estaba histérica, que si pitos, que si flautas… Sí, sí, sí, le dije, tratando de calmar su inevitable tendencia al drama, mientras le explicaba (casi a pujos) que, posterior al evento, escuché los informes radiales de Ada Monzón, acompañados de las interminables llamadas anecdóticas de todos los que vivieron, de primera mano, la experiencia telúrica.

Pues nada, que aún con todo lo que conté para convencerlo, Manolo todavía me reprochaba. En el fondo, pobrecillo, sé que no lo hizo con mala intención, preocupado por mi bienestar y el de mi familia. Reconozco que, en momentos de una emergencia tan repentina como abrumadora, es importante reaccionar a tiempo para proteger la vida propia y la de los seres queridos. No obstante, según comprobé con el remezón del 16 de mayo –que sí sentí y de qué manera—lo inesperado de estos eventos sísmicos hacen que uno se idiotice mucho más que yo con los reclamos de mi buen amigo.

Cuando pensé que ya había terminado la cantaleta, que se extendió por unos eternos cinco minutos, me espetó el golpe fatal.

“Por eso es que estamos como estamos”, concluyó con un sincero tonillo melodramático. “Se nos cae el país encima y seguimos igual de eslembaos.”

Gulp.

Ahí fue que la pegaste, Manolete: tus palabras me cayeron encima como el muro débil que, sacudido en sus cimientos, se desploma en menos de lo que un mono se rasca los fondillos.

En primer lugar, hay que aceptar que, para estos eventos, nadie tiene la más simple y prostituta idea de lo que debe hacerse. Ni tú, ni yo, ni el vecino, ni el Gobierno. Es más, ni siquiera con los huracanes –que sí pueden predecirse—existe instrumento o autoridad humana que pueda anticipar lo que sería el resultado de su inmisericorde embate que, a Dios gracias, no nos toca directamente desde el malparido Georges en 1998.

Del mismo modo, de tus palabras resalta otra gran verdad: el eslembamiento colectivo. Asumido desde la tontería mediática hasta glorificarse en el chismorreo cotidiano de cada tarde a las seis en punto, dormitamos como imbéciles frente al televisor, de lo más arropaditos con una frisa gorda de imbecilidad, con la baba colgando de la comisura. Pendientes a vivir tras lo ajeno, nos olvidamos de ese mundo propio que debemos atender, incluyendo prepararnos para eventos que sacudan –literal y simbólicamente—el cotidiano rechinar de analistas, comayes y candelas. Y así, como tontos, nos quedamos cuando la incertidumbre nos sacude de tan abrupta manera.

Finalmente, no podemos ignorar que la tierra está viva. Bajo nuestros pies, la Madre Gaia aguanta sin chistar los cantazos diarios del maltrato, la dejadez, la ignorancia y la crueldad a la que se somete por el egoísmo de unos cuantos que la negocian como pieza de canje. Entonces, un buen día, despierta de su silencio y ruge con ganas. Algunas veces, se encabrona y se bate con más fuerza, como hace casi un año en Haití, precisamente para que nos acordáramos de que, a varias islas de distancia, nuestros hermanos caribeños viven en la miseria. ¿Y usted se acuerda? Probablemente no, y tampoco lo hice cuando compraba regalos navideños en Plaza Las Américas.

Ahora que lo escribo, amigo mío, me doy cuenta de que tienes toda la razón al preocuparte con tanta histeria. Lo haces por todos y por mí, para que no durmamos con el ojo demasiado apretado sin notar que, en torno nuestro, hay una tierra que pide ayuda y que, bajo nuestros pies, reclama sin avisos, por ella y por los que la habitamos.

Doy gracias porque, esta vez, no sentí la furia terrestre que, en pocos segundos, nos puede provocar cagantinas como la que padeciste justo antes de salir, con tu familia, a celebrar la Nochebuena. Sobre todo, agradezco que me ayudes a entender que, con el terremoto inclemente de tus reclamos, despertaste mi conciencia idiotizada.

Gracias, mi buen amigo Manolo. Para ti también deseo una muy feliz Navidad.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Dos semanas

Suenan las campanas de la catedral y, de repente, como muere el lechón, así llega la gran fecha anticipada por el frío mañanero, los olores de la cocina y las bombillitas nocturnas. Es un tiempo en el que todos queremos sentirnos felices, porque así nos lo han enseñado: it’s the most wonderful time of the year.

A los boricuas nos encantan las navidades, no hay duda. El cruce del charco para los que están ausentes se planifica con antelación, el reguero de gente que se desmadra por agradar con regalos es ley absoluta. Y nada más de pensar en que vamos a gozar, ja, ja, nos cambia el ánimo: de angustia a felicidad en menos de lo que se dice “tarjetazo”. Wepa, wepa, wepa.

Por eso, cuando la Navidad se convierte en una amenaza real, nos asustamos como si viniera el cataclismo. “Ay madre, si ya están ahí encima”, claman algunos, pidiendo tiempo para completar faenas que, al cabo de cincuenta semanas, se han olvidado por completo. Así empieza el desate: mover muebles de aquí, retocar paredes por allá, limpiar, pintar y renovar, a fin de que el “crisma espíri” no nos coja con la puya doblá.

Pero esa premura que nos ataca cuando sólo falta una semana y todavía estamos a medias, tiene sus consecuencias. La paciencia se viste de gala cuando nos acercamos al centro comercial, aunque sea para comprar una cabeza de ajos para el adobo del pernil. Conseguir estacionamiento ya es un logro. Luego, cargar paquetes se convierte en una gran proeza, igual que torear coches inmensos con niños llorosos, eludir madres furiosas desgañitándose por el teléfono celular y esquivar padres de rostro sombrío que cargan latas de pintura. Para todos, la felicidad.

Con el ambiente de crisis que permea a nivel general, pensé que este año sería diferente. El son de los panderos navideños me recuerda a las marchas de octubre, reclamando empleos que, a ojos vistas, no volverán. En principio, y con estos petardos, uno supondría lo más sensato: las personas, sumidas en la prudencia, se habrían alejado de los gastos pueriles, reconociendo al fin que el tener no define el ser. Pero, nada que ver: este año, el carpe diem boriqua se ha manifestado con mucha fuerza y en muchos Marshall’s. Las Pascuas vienen a hacer un desplante a la cordura, comprando hasta la locura, sin pensar en el estrés.

Y los Reyes que llegaron de Belén, por la misma ruta volverán. En eso, cuando se apague el último arbolito y, con él, se extinga el chiqui-qui-chiqui del aguinaldo, enfrentaremos la verdad. Empezará a subirse la larga y empinada cuesta de enero, y el correo revelará los desmadres de diciembre. El dulce villancico sucumbirá ante el lamento borincano que siempre nos ataca cuando acaba la alegría, alegría y placer.

Siempre me hago la misma pregunta: ¿Para qué sufrir tanto afán, si este revolú sólo dura ¡DOS SEMANAS!?

Ni el mismo Niño Jesús podría responder. De hecho, si se le observara detenidamente en algún belén olvidado, sonriente y dulce en su cuna de pajas, notaremos que extiende los brazos con un gesto que hasta me recuerda al reguetonero Miguelito. Con los deditos arriba y cara inocentona, en plan quéslaque mano, akí ya tú sabe, papi, el chiquito parece de lo más cool. Pero ni siquiera tenemos tiempo para verle la cara, ni a él, ni a sus santos padres, protagonistas ausentes de la historia sustituida por todo este barullo que somos capaces de armar, desde el último eructo del festín pavero.

Este rollo no tiene por qué serlo cuando nos adentramos a la verdadera navidad, ésa que se celebra con momentos simples. Sólo es necesario tener presupuesto para cuatro regalos: alegría de vida, felicitación en boca, saludo en mano y sonrisa presta. Ni siquiera hay que romper dietas, es más, ni siquiera hay dietas. Comemos lo de todos los días, y vivimos como de costumbre, con la única salvedad de que, en esta época, somos más felices porque sí, porque queremos. Y nos proponemos compartir esa felicidad con los demás, sin que nos cueste.

Así que, cuando le agobie la angustia del embeleco que viene pa’ encima como el huracán inminente, deténgase y piense: son sólo dos semanas. Busque alguna imagen del nacimiento, observe con cuidado y respire profundo: mire a ese niño tierno, dormido entre pajas, flanqueado por sus padres benditos.

Entonces recuerde: lo único que ellos desean, y todavía quieren, es una noche de paz.

jueves, 25 de diciembre de 2008

El regalo

No puedo mentir: he caído en la vorágine de las compras, los agites, los tapones, la limpieza y las pinturas. He sucumbido a las ofertas, a los tumultos y a esa angustia fría que te asalta cuando piensas en lo que le compré a Fulanito y lo que no le conseguí a Zutanita. Me ha remordido la conciencia al pensar en los olvidos –voluntarios e involuntarios—para evadir la presión económica de los tiempos difíciles que se pregonan cada día en la prensa nacional, en la radio y en boca de todos.

Como buen boricua, he dejado mucho para última hora, y hoy sufro las consecuencias. Siento el peso de mis culpas sobre mi espalda adolorida. Sufro la angustia de mis pesares en las tareas sin completar. Admito mis descuidos al observar los bultos abandonados por las esquinas de mi casa, en espera de tener algún tiempito para organizarme. Y es que la Navidad revive la temporada de huracanes, pero de otra manera: nos abruma con sus airecitos fríos y nos sacude con sus obligaciones impuestas. Entonces, aún con el privilegio de ser una de las épocas más importantes, el período navideño se ha convertido en una amenaza para la tranquilidad, el orden y la alegría que deberían reinar en el epílogo de cada año.

Aún con todo y el reguero existencial, admito que no es tan triste mi situación. Creo que, como no ocurría en mucho tiempo, he tenido la oportunidad de mirar hacia adentro y pensar en lo que quiero para mí. No se trata meramente de desear un carro, un apartamento, un buen trabajo –o mantener el que tengo—y continuar una vida saludable, sino de repasar, con sinceridad, todo aquello que me he propuesto en la vida y que, al igual que los regueros presentes, se acumula en las esquinas de mi vida con cierta dejadez que me incomoda.

Una noche, después de una larga charla con un amigo reciente –de esos que se aparecen de súbito y te parece conocer de toda la vida—hice el ejercicio. Cerré los ojos por un instante y pensé en todo lo que he dejado a medias, por descuido o negligencia. Y me di cuenta de que, casi en el ecuador de mi vida, hay proyectos que he postergado demasiado. El más importante de todos ha sido el permitir que fluya todo aquello que guardo en mi interior: mi energía creativa, mi ilusión por nuevos proyectos y, sobre todo, esa capacidad para el asombro que a todos y todas, tarde o temprano, se nos escapa con una facilidad asombrosa.

Aunque admito que soy de espíritu alegre, estos tiempos de recesiones amenazantes, de malas noticias y de angustias generales tienden a sumirnos en el abismo de la desesperanza. Pero estos días, aún cuando me despierto temprano y me acuesto muy tarde, he sentido un entusiasmo que, confieso, creía haber perdido. Y, a través de la risa –compartida con nuevos amigos y con los de siempre—desperté a una sensación que hace mucho no disfrutaba: la calma.

Sí, es cierto: los regueros de la casa todavía están por algunas esquinas, esperando a ser rescatados del olvido. Me he encontrado frente a una lata de pintura que me resistía a abrir para no complicarme la vida con una tarea engorrosa. He zampado (literalmente) paquetes de compras en el clóset para no pensar en lo comprado hasta cuando tenga la serenidad suficiente. Sin embargo, he redescubierto la capacidad para sonreír, reírme y carcajearme como hace tiempo no lo hacía. Y me siento feliz, tranquilo, sereno.

Quizás no devuelva los paquetes ni termine de pintar las paredes. Tal vez no cocine todos los manjares ni cumpla las obligaciones impuestas por el comercialismo. Pero el regalo que hoy abro con ilusión es el que me hago con el deseo sincero de hacer lo bueno que sé y lo que me gusta, porque es –precisamente—el regalo que recibí al abrir los ojos a la vida.

Éste es mi regalo, el que comparto con ustedes en esta noche maravillosa, y que les dejo como ejercicio para completar este año y prepararse para el próximo con ánimo y esperanza:

Renueva tu corazón. Recupera el espíritu. Revive la ilusión. Redescubre el esplendor. Recuerda mirar al cielo. Y sonreír.

¡Feliz Navidad!