De pronto a la gente le entran unas ganas terribles de enamorarse, y lo expresan a los cuatro vientos como si el mundo tuviera la necesidad de saber… No queda un rincón de las tiendas, oficinas o negocios donde no se cuelguen corazones, corazones con flechas, corazones con florcitas… Es el amor, que ronda por doquier.
Incluso en los supermercados: el otro día, mientras pagaba una compra, la cajera de turno (llamémosla Sheila Marie) compartía con sus compañeros/as de trabajo sus planes para este día especial.
“Le voy a regalal una caj’e chocolate y un sapo”, decía ella, oronda, al tiempo que escaneaba el paquete de yogur.
“¿Un sapo?”, pensé yo, tal vez demasiado fuerte como para que uno de sus compañeros lo manifestara en voz alta.
“Sí, un sapo de’sos que hay ahí”, apuntó Sheila Marie con sus largas uñas pintadas –por supuesto, con corazones y florcitas. Disimuladamente, miré hasta el área señalada y, en efecto, unos horribles sapos de peluche portando corazones que decían “Be Mine” colgaban de un extraño racimo confeccionado con globitos de corazones, corazones con florcitas, perritos con peluches, corazones de peluche…
“Mana, te pasaste, y que un sapo”, replicó el compañero de turno, empacando mi compra mientras yo, en silencio, meditaba sobre el tema. Sheila Marie siguió cobrando los espárragos, el queso y el pan. “Está bien lindo, tú verá que le va gustal”, afirmaba ella, feliz.
Y yo pensaba: si tú eres mi novia y me regalas un sapo en San Valentín, por mi madre que estarás comiéndote el relleno del peluche hasta el Día de las Madres.
Posiblemente, el llamado “Día del Amor” es uno de los que menos me gusta porque, de pronto, todo se cubre con azúcar y chocolate, vendido a manos llenas en cada rincón del globo terráqueo. Es imperativo compartir –incluso, en horas laborables—para demostrar que somos seres amorosos y sensibles, proveyendo espacio para que toda la cursilería tecata se convierta en genuina expresión de amor.
Con el tiempo, el objetivo romántico de antes se ha dispersado, permitiendo la ampliación del concepto hacia otras dimensiones. La amistad se ha enganchado al romance, con la idea de incluir a aquellos hombres y mujeres que –por elección o porque no hay más remedio—no tienen con quién compartir la velada azucarada de marras. Entonces, enviar y recibir mensajes empalagosos es la orden del día: desde la tradicional tarjetita Hallmark hasta el mensaje de texto, todo apunta a que reconozcamos el valor de nuestros amigos y amigas como una obligación amorosa.
¿Y qué pasa si no queremos? ¿Eso nos hace menos amorosos/as?
No creo. Siempre he pensado que, aún con la presión comercial que nos bombardea, casi obligándonos a “enamorarnos del amor” hacia parejas, amigos/as y compañeros/as de labor, esto no es asunto de un solo día. Cada segundo que compartimos con una persona especial –sea cual sea el vínculo que nos relacione—es una oportunidad para demostrar el afecto y la solidaridad. Lo demás es cuento de camino, forzado por el mercadeo de emociones que insiste en colocarnos entre la flecha y la pared, obligados al enamoramiento insulso y al palabreo empalagoso. Y mañana, como si nada, regresamos al amargo cotidiano, olvidando las expresiones del amor que hoy nos convirtieron en autómatas del besuqueo achocolatado.
Aún así, busco la manera de obviar lo evidente y distanciarme del rezongueo que me provoca el tedio comercial que insiste en el corazoncito, el chocolate, la florcita y el peluche como símbolos inequívocos del amor sincero. Entonces, recuerdo a Sheila Marie y el sapo. Esta tarde, ella se acerca a su amado y le regala la caja de chocolates junto con el horrendo peluche, en señal absoluta de su indiscutible sentimiento. Alguien preguntará el por qué de su peculiar regalo, y ella sonreirá antes de responder, alisándose la pollina planchada con el suave roce de sus largas uñas llenas de corazones.
“Es el amor”, dirá ella, orgullosa de su sapo, mientras mira con ternura a su novio con cara de ídem.
Incorrecto, Sheila Marie: es Cupido, que nos pone tontos.
sábado, 14 de febrero de 2009
jueves, 12 de febrero de 2009
Tesoros
Hay algunos que los buscan y otros que los pierden. Esta semana hemos vivido entre los tesoros: aquellos que se proponen rescatar de la manera más insulsa, y otros que quedaran sepultados bajo la tierra, aunque nunca olvidados.
De formas muy distintas, y con propósitos muy diferentes, se ha mencionado la palabra de marras. En el primer caso, la senadora “no muy brillante” –por decirlo de una forma elegante—Evelyn Vázquez ha traído nuevamente a la discusión pública el asunto de las supuestas riquezas hundidas en un galeón como la alternativa ideal para subvencionar los Juegos Centroamericanos del 2010. Hablar de esta señora es, sencillamente, perder el tiempo. Sin embargo, como en este país la gente tiene memoria muy corta, es importante señalar que no es la primera que se ha destacado por sus notables ejecutorias.
Por ejemplo, la senadora penepé Luisa Lebrón, aquella propuso celebrar el “Día Internacional de la Muñeca” es una que se ha perdido en los profundos mares del olvido. Y ni hablar de la ex reina de belleza y senadora pepedé Ana Nisi Goyco, quien provocó un enorme tapón en el Viejo San Juan cuando detuvo su automóvil, a punto de zozobrar en su propia orina…
En fin, que la “no muy brillante” Evelyn ha defendido su idea con extraordinarias alusiones a la geografía caribeña, aludiendo a los “países” de Tampa, Miami y Santo Domingo como dignos ejemplos que servirían como inspiración para financiar la actividad deportiva que, a estas alturas, sufre una seria amenaza a nivel operacional. Y ni hablar de sus comentarios tan profundos sobre nuestros vecinos dominicanos...
Lo que no me explico es como esta persona llega a la gestión pública: ¿será que, para calificarse en un puesto de esta índole, sólo basta firmar con una cruz? Bueno, si hablamos de la cruz debajo de la insignia con la que, de seguro, la ubicó en un escaño y le ha proporcionado foro público para discutir esos asuntos maravillosos. Referirse a la otra –ésa que usan los analfabetas para firmar—resultaría ofensivo para estas personas que, aún sin conocimiento académico, son mucho más lógicos e inteligentes que esta buscadora de tesoros.
Precisamente, y en otro contexto muy distinto, la doctora Myrna Casas utilizó el término “tesoro” para referirse al recién fenecido actor boricua José Luis “Chavito” Marrero. La muerte de Chavito –a quien tuve el privilegio de conocer—significa, como bien dijo doña Myrna, una pérdida irreparable para el teatro puertorriqueño. Chavito representó lo mejor de su arte por muchos años y nos deleitó con su talento en diversas ejecuciones, dejándonos un legado incuestionable… O por lo menos, eso pensaba yo: en las varias reseñas sobre su muerte, publicadas en las páginas electrónicas de los diarios nacionales, me espantó el desparpajo con el que algunas personas imbéciles llamaron a Chavito “un desconocido” cuyo legado era desconocido e insignificante.
No quiero pensar que este comentario tan insulso lo escribió la “no muy brillante” senadora, porque hasta ahí llegamos.
Honestamente, cuando leo estas cosas, se me espanta el alma del cuerpo. No sólo me preocupa la salud mental de este país, sino la poca educación que, al parecer, se imparte en las escuelas y colegios boricuas. Por una parte, cuando vemos cómo se pierde el tiempo y se desperdician los espacios de discusión pública en asuntos como el “tesoro” de Evelyn, cuestiono seriamente el objetivo de los medios de comunicación. Por otra, el apoderamiento ciudadano, producto de la amplia oferta para la producción de contenidos mediáticos indiscriminados, sirve de plataforma anónima para comentarios ignorantes, insulsos y degradantes que manifiestan la poca sensibilidad sobre la historia y el orgullo por lo nuestro.
Por suerte, Chavito es un tesoro que sí podemos rescatar del olvido, promoviendo su vida y obra para que se multiplique su valor. En cuanto al otro tesoro, ése que está bajo el mar… Bah.
De formas muy distintas, y con propósitos muy diferentes, se ha mencionado la palabra de marras. En el primer caso, la senadora “no muy brillante” –por decirlo de una forma elegante—Evelyn Vázquez ha traído nuevamente a la discusión pública el asunto de las supuestas riquezas hundidas en un galeón como la alternativa ideal para subvencionar los Juegos Centroamericanos del 2010. Hablar de esta señora es, sencillamente, perder el tiempo. Sin embargo, como en este país la gente tiene memoria muy corta, es importante señalar que no es la primera que se ha destacado por sus notables ejecutorias.
Por ejemplo, la senadora penepé Luisa Lebrón, aquella propuso celebrar el “Día Internacional de la Muñeca” es una que se ha perdido en los profundos mares del olvido. Y ni hablar de la ex reina de belleza y senadora pepedé Ana Nisi Goyco, quien provocó un enorme tapón en el Viejo San Juan cuando detuvo su automóvil, a punto de zozobrar en su propia orina…
En fin, que la “no muy brillante” Evelyn ha defendido su idea con extraordinarias alusiones a la geografía caribeña, aludiendo a los “países” de Tampa, Miami y Santo Domingo como dignos ejemplos que servirían como inspiración para financiar la actividad deportiva que, a estas alturas, sufre una seria amenaza a nivel operacional. Y ni hablar de sus comentarios tan profundos sobre nuestros vecinos dominicanos...
Lo que no me explico es como esta persona llega a la gestión pública: ¿será que, para calificarse en un puesto de esta índole, sólo basta firmar con una cruz? Bueno, si hablamos de la cruz debajo de la insignia con la que, de seguro, la ubicó en un escaño y le ha proporcionado foro público para discutir esos asuntos maravillosos. Referirse a la otra –ésa que usan los analfabetas para firmar—resultaría ofensivo para estas personas que, aún sin conocimiento académico, son mucho más lógicos e inteligentes que esta buscadora de tesoros.
Precisamente, y en otro contexto muy distinto, la doctora Myrna Casas utilizó el término “tesoro” para referirse al recién fenecido actor boricua José Luis “Chavito” Marrero. La muerte de Chavito –a quien tuve el privilegio de conocer—significa, como bien dijo doña Myrna, una pérdida irreparable para el teatro puertorriqueño. Chavito representó lo mejor de su arte por muchos años y nos deleitó con su talento en diversas ejecuciones, dejándonos un legado incuestionable… O por lo menos, eso pensaba yo: en las varias reseñas sobre su muerte, publicadas en las páginas electrónicas de los diarios nacionales, me espantó el desparpajo con el que algunas personas imbéciles llamaron a Chavito “un desconocido” cuyo legado era desconocido e insignificante.
No quiero pensar que este comentario tan insulso lo escribió la “no muy brillante” senadora, porque hasta ahí llegamos.
Honestamente, cuando leo estas cosas, se me espanta el alma del cuerpo. No sólo me preocupa la salud mental de este país, sino la poca educación que, al parecer, se imparte en las escuelas y colegios boricuas. Por una parte, cuando vemos cómo se pierde el tiempo y se desperdician los espacios de discusión pública en asuntos como el “tesoro” de Evelyn, cuestiono seriamente el objetivo de los medios de comunicación. Por otra, el apoderamiento ciudadano, producto de la amplia oferta para la producción de contenidos mediáticos indiscriminados, sirve de plataforma anónima para comentarios ignorantes, insulsos y degradantes que manifiestan la poca sensibilidad sobre la historia y el orgullo por lo nuestro.
Por suerte, Chavito es un tesoro que sí podemos rescatar del olvido, promoviendo su vida y obra para que se multiplique su valor. En cuanto al otro tesoro, ése que está bajo el mar… Bah.
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Chavito Marrero,
Evelyn Vázquez,
tesoros nacionales
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