martes, 30 de septiembre de 2008

María

Cuando llegó, se sentó justo frente a mí sin siquiera notar mi presencia. Busqué su mirada para saludarla, extrañado de que, justo el día antes, no estuviera en mi salón de clases. Entonces, noté que su intención no fue ignorarme: en sus ojos se dibujaba una ausencia inocente, como la de un perrito perdido en la avenida. Traía los hombros enrojecidos y las mejillas encendidas: nada más de mirar su inmensa mochila y un humilde bultito a punto de desbordarse, supe que venía de lejos y con bastante peso encima.

La llamé por su nombre y volvió al mundo, sorprendida. Reaccionó con una sonrisa, abochornada por no haberme saludado antes. Con tono humilde, se disculpó por su ausencia de ayer. Le pregunté cómo se encontraba y, aunque me aclaró con vehemencia que todo estaba en orden, admitió que tenía “algunos problemas familiares”. Como es obvio, no quise indagar, pero ella enfatizó que estaba preocupada por sus ausencias, pues no quería perjudicar su desempeño del semestre en curso. No me sorprendió el comentario cuando recordé que ha sobresalido en las dos pruebas presentadas hasta ahora, en las que demostró un excelente dominio de la materia y una particular habilidad para redactar con coherencia y precisión.

Regresé al espacio donde otra estudiante culminaba un trabajo de reposición para mi clase y, movido por el instinto, la llamé para que me acompañara. Se sentó con elegancia, sin perder la sonrisa que, ahora más de cerca, definí como una mueca que intentaba malamente disimular la tristeza. Poco fue lo que tuve que hacer para que, de pronto, revelara el propósito de su visita a la facultad: necesitaba orientación porque había tenido que abandonar su casa en busca de protección. Su padre, al parecer sumido en el abismo de una enfermedad mental sin tratamiento, se había adueñado de la casa que ella compartía junto a su mamá y su hermana mayor, convirtiéndose en un peligro inminente.

Acostumbrado a escuchar historias estudiantiles manoseadas con el toque melodramático para ganar tiempo y consideración, quise mantener la cara de palo. Pero algo me alejó de mi costumbre: cuando me habló de sus circunstancias, percibí el esfuerzo sobrehumano que hacía para no perder la calma ni el control, ahogando la emoción que, por momentos, le quebraba la voz.

Y habló. Mucho.

Me contó de su lucha por sobrevivir a la esquizofrenia de su padre, mientras ella y su hermana intentaban concienciar a la madre sumida en el desánimo y la impotencia que, con este último incidente, comienza a perder con lentitud para decidir a favor de su seguridad. Me confió su temor de no perder todo lo que ha logrado en sus estudios, los que ha mantenido con excelentes calificaciones a pesar de las circunstancias difíciles. Entonces, por un instante, sus ojos abandonaron la tristeza al pensar en sus planes futuros, aunque admitió que “ya se las arreglaría” para costear sus estudios graduados.

Mi referencia de ella era la de una estudiante que se hace sentir en el contexto del salón, por sus opiniones articuladas y su deseo de aprender. Pero hoy la conocí como una joven valiente que lucha con ganas, desesperadamente, deseosa de encontrar su norte en medio de un abismo del que, con trabajo, ha logrado librarse. Y, aunque no quise, la vi como a una hija que, si fuera mía, me enorgullecería hasta reventar de sólo de verla así, tan decidida para enfrentar el mundo, cargando en su mochila sueños y esperanzas que se resiste a perder.

Cuando salí de la oficina y la dejé sentadita, abrazada a su gran mochila, no tuve el valor de mirarla. Sabía que las lágrimas me traicionarían al verla así, tan sola pero tan valiente. Sé que otras manos se hicieron cargo, ayudándola en la marcha que ella continuará, aún con el enorme peso que carga sobre sus hombros enrojecidos.

Sólo le pido a Dios que nunca pierda el norte.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Después de la lluvia

Hace nueve días, la historia de muchos boricuas cambió para siempre. Inundados por las aguas inmisericordes del fenómeno atmosférico que se nos montó encima por más de cien horas, los perjudicados de este violento ataque de la naturaleza han sufrido el impacto físico, mental y emocional de una absoluta catástrofe. Además de perderse vidas, bienes y propiedades, ese monstruo cruel que destruyó carreteras, casas y siembras es ahora un fantasma horrendo que angustia cada noche a quienes han visto de cerca su cara. Por lo que he visto a través de los noticieros, imagino que no debe ser una sensación muy agradable.

Como siempre se repite por un profundo agradecimiento (o quizás una excesiva confianza), somos un país bendecido. En este caso, el comentario es aceptable: prácticamente no nos pasó nada en comparación con el impacto de otros fenómenos que sí nos han golpeado fuerte. Y ni hablar si intentamos compararnos ligeramente con la desgracia que todavía sufren los hermanos haitianos y dominicanos, cuya suerte cotidiana pende de la generosidad de quienes alivien su necesidad con algún donativo de lo que les sobra. A pesar de los daños sufridos aquí en el país, la generosa mano amiga de FEMA –menos dadivosa y más burocrática que antes—ya se extiende como un consuelo hacia los desafortunados. Aunque no sea la panacea, aliviará a quienes enfrentan el proceso de sobrevivir.

No obstante, lo que me ha dejado verdaderamente atónito es comprobar, con mis propios ojos, el “frenesí hasta el final” que proclamó ayer el periódico El Nuevo Día en su portada. En una foto que escribe volúmenes sobre la inexplicable conducta puertorriqueña, en una tienda de zapatos baratos, un grupo de consumidores danza como gallinas sin cabeza frente a un despliegue de mesas de especial, mientras un gran letrero “No Tax” se yergue sobre ellos como un blasón infame.

Hoy tuve que recoger unos medicamentos y no quedó más remedio que acudir a una de estas “mega tiendas” del país en compañía de mi mamá. Tras cumplir el encargo, siempre surge la necesidad del reabastecimiento doméstico, así que nos desplazamos por el local sin mucha prisa. Entonces, al pasar por el departamento de productos electrónicos, quedé bruto. Pensé que el cuento reseñado por el periódico de que una persona había comprado veinticinco televisores, gracias a la moratoria del impuesto de ventas, era una exageración. Pero la prueba estaba ante mí: los anaqueles estaban vacíos. Sólo quedaban algunas muestras de piso que, curiosamente, proyectaban un programa sobre la precaria vida de las focas en el Polo Norte a plazos incómodos.

¿Cómo es posible que mis hermanos y hermanas boricuas hayan sucumbido, otra vez, a la tentación del auto-engaño? ¿Cómo se explica que muchos se creyeran el estúpido ahorro del siete por ciento?

Para ambas preguntas, no tengo respuesta ni explicación. Sólo puedo concluir que las prioridades están un poco desubicadas. Y bravo por la diversidad. No todo el mundo puede practicar la mesura en estos tiempos de incertidumbre económica. Para que se proteja el folclor boricua, es imperativo que compremos lo que no necesitamos, sólo por la sensación de ahorro aunque sea, a simple vista, un engaño bochornoso. Se hace obligatorio mover la economía a son de tarjetazos, y acabar con los vistosos despliegues de chucherías porque para eso están, para adquirirlas. Aunque no sean de primera necesidad. Aunque no sea justo. Aunque sea un capricho.

Abrumado por la imagen, regresé a casa, tratando de recordar cuándo, en mi cuarentosa edad, había visto algo similar. Pero no pude. Entonces, quise pensar que habría ocurrido si, en lugar de estas lluvias torrenciales, hubiéramos recibido el impacto inmisericorde de un huracán de cuatro pares. Quise cerrar los ojos e imaginar, por un instante, la peor de las desgracias, recurriendo al recuerdo del huracán “Georges” en 1998. Cancelé todo sonido alrededor e intenté imaginar en que, de verdad, un descomunal esperpento nos había partido por el medio a fuerza de viento y agua. Que nos se habría espantado la bendición que muchos, por agradecimiento sincero o descarada confianza, proclaman cada vez que llaman a los programas de opinión por la radio. Y que, después de la lluvia, ahora nos quedaba la soledad, la miseria, la incertidumbre…

Es inútil. La cegadora luz del gigantesco televisor LCD en casa de mi vecino no me deja.

domingo, 14 de septiembre de 2008

"Ex"traño

Cuando leí el mensaje que mi querida amiga “Sandra” me envió por correo electrónico, me eché a reír. Después de comentarme que siempre le gusta leer mis escritos –algo que agradezco sobremanera—“Sandra” me hizo una petición muy particular: “escribe algo sobre lo que uno hace cuando se encuentra con un ‘ex’.”

Honestamente, tuve que investigar para cumplirle la petición a “Sandra”. Bajo el renglón de los “ex files”, no tengo muchos datos almacenados. Que yo recuerde, me he enamorado dos veces en mi vida, y así me quedé. No ha sido por falta de interés: sencillamente, después de las “ex”periencias anteriores, decidí que era mejor estar solo. Ya sé que suena como a que estoy aborrecido, pero la verdad es que ejercí un derecho que me corresponde. Además, no tengo el ánimo para esos empalagos que los/as enamorados/as de ahora se envían por mensajes de texto (“te kelo muuuchouuu”, “t kelo x 100pre”). Ugh.

Sin embargo, la historia de “Sandra” me conmovió. Al parecer, su situación es un tanto más complicada que rebuscar entre las yaguas viejas porque, definitivamente, ha encontrado cucarachas. Según su relato, mi querida amiga disfrutaba de un sábado de compras en el centro comercial cuando se topó con el “ex”, ahora casado con otra chica. Como ciudadana civilizada –y porque no le quedó más remedio, ya que se toparon de frente—le tocó saludar a la feliz pareja. Se “pusieron al día” sobre sus trabajos y ocupaciones, y la conversación concluyó con buenos deseos. Hasta quedaron en buscarse por Facebook y mantener el contacto. Pero ése no fue el final de la historia.

“Después que hablé con él empecé a temblar”, confiesa “Sandra” en su mensaje. “Sentía que me iba a morir y lo peor es que, cuando lo vi con ella, se me revolcó el avispero.”

(Ay Dios.)

Si quieres mi absoluta franqueza, querida “Sandra”, creo que tu error fue conversar. Las veces que me he encontrado con una “ex” persona de mi vida anterior –amores, amoríos, amistades y hasta compañeros/as de trabajo— siempre he reaccionado de la misma forma: civilidad silenciosa. Un movimiento de cabeza a modo de saludo cortés, un “qué tal” amable pero distante, y ya. Nada de contarnos la vida y milagros, comparar cicatrices, repasar la tabla del cinco o preguntarnos por la parentela. Eso da pie a “ex”humar cadáveres que, nada más por higiene mental, deben permanecer en la oscuridad de la fosa.

No obstante, admito que a veces –como ocurrió en tu caso—no queda más opción y, bueno, hay que actuar con humanidad. Uno no puede saltarles por encima a las doñitas que rebuscan en la mesa de la ropa de cama sólo por evitarse el mal rato de enfrentar a quien no quiere. En ese caso, amiga mía, hiciste lo correcto: saludaste, preguntaste, y te interesaste por una persona en una situación social bastante común. Lo que no entiendo es ese asunto del “avispero revuelto”. ¿Hay necesidad de revivir ese pasado? ¿O es que, sinceramente, todavía te interesa colgarte del brazo de ese “ex” que ya te pasó la raya y continuó con su vida?

Honestamente no, porque te conozco. Aunque nunca me has compartido los detalles de tu vida con el “ex” (de hecho, me sorprendió tu mensaje sobre el tema), sé que dejarlo y seguir adelante fue una buena decisión para ti. Además de guapa, eres una mujer inteligente, y me consta que tienes un corazón muy noble. Gracias a tus ejecutorias, has progresado en el mundo de lo profesional, por lo que ahora disfrutas de una vida holgada y tranquila. Entonces, ¿para qué torturarte con lo que pudo haber sido y no fue?

No quiero, sin embargo, sonar cruel con respecto de tu angustia existencial, porque tienes mucha razón. En estas circunstancias, el amargo que te sube por la garganta no se lo deseo ni al peor de mis “ex”nemigos. Pero es bueno que ocurran estos malos ratos, porque sirven para confirmar la lección aprendida: lo que ya pasó, ya no tiene que ser. Y aunque, por alguna razón del destino, vuelva a ser, nunca será lo que fue.

Yo que tú, “Sandra” querida, sacaba el insecticida y mataba el avispero. De una buena vez y para siempre. Ah, y olvídate de añadir al “ex” en tu lista de contactos del Facebook, ni siquiera por tener más amigos cibernéticos. Y si lo vuelves a ver, salúdalo de lejos. De todos modos, antes fue tu pareja, pero ahora no es más que un “ex”traño.

sábado, 6 de septiembre de 2008

El manual

Había planes de salir de compras, aún con la mañana húmeda y el calor incómodo. Desde temprano, el aura era de un entusiasmo tímido, pues con Mami uno siempre debe irse por la estrategia de no forzar nada. Los malos ratos, más que los años, han incidido sobre su disposición y no queda más que bailar al son que ella toque –por lo general, bastante despacio.

Llegamos al mediodía cuando ya estuvimos listos para tomar rumbo. Mami se había terminado de vestir y me pidió que le arreglara un poco la camisa. En el ínterin, sacó uno de sus chistes que, sinceramente, me arrancó una buena carcajada. A pesar de los malos momentos que ha vivido, a Mami le brotan las ocurrencias con una gracia extraordinaria. Tal vez el gusto por el cuento me viene por la vena materna, porque ella es cuentera de las genuinas.

Recojo llaves, me aseguro de que todo está cerrado y, por fin, nos disponemos a salir. Entonces, sucede algo tan fugaz como impredecible. Mi hermano está en el cuarto con ella, hablan de no sé qué, Mami le pide algo, y pacatún. Mi próximo recuerdo se me presenta en cámara lenta: escucho un par de gritos, me acerco por el pasillo y veo cómo el cuerpo frágil de Mami rebota contra la cama, choca contra la puerta del clóset y va a parar inevitablemente al suelo.

¿Y ahora qué uno hace?

Lo primero es verificar que esté consciente y que no haya sangre. Luego, hay que ver cómo la levanto del suelo, escurrida como está en un espacio que no es lo suficientemente ancho como para maniobrar. De inmediato noto que la mano izquierda está lastimada aunque, a simple vista, no hay señal evidente de fracturas. Así, como Dios nos ayuda, comienzo el proceso de colocarla nuevamente sobre sus pies, tragándome el corazón mientras aparento serenidad.

Como no tengo hijos, honestamente no imagino cómo será el asunto del lado inverso. Pero la sensación de impotencia y angustia que padecen los padres y las madres cuando ven caer a sus criaturas debe ser la misma. En este caso, la diferencia es que se trata de una mujer que ya no es tan joven y que, para colmo, es tu mamá. Y la verdad es que uno nunca está preparado para enfrentar la emergencia. Aún cuando llevo tres años escribiendo el guión para una revista televisiva de salud, en la que se han presentado incontables cápsulas sobre el manejo de accidentes domésticos, a la hora de los mameyes te tiemblan las rodillitas.

Salir del espanto, mantener la calma y reaccionar ante la circunstancia, finalmente, se logra cuando ves que ella se sostiene sobre sus pies y que, por gracia divina, no pierde el hilo de sus acciones. Por suerte, mi hermana está en la calle, reacciona rápido y consigue al médico de cabecera. La providencia divina es generosa: la oficina del doctor está vacía y llegamos en poco tiempo. Luego de los trámites de rigor, la pasan para darle los primeros auxilios. Ya sentada en la silla de espera, a Mami le ataca el llanto, producto de la impresión por la estrepitosa caída. (Ya he aprendido, con los años, que mi madre es de las que tarda en reaccionar a las emociones fuertes, así que no me sorprende en lo absoluto).

Al final de cuentas, el doctor ordena radiografías e inmoviliza la muñeca para evitar lastimaduras mayores. Una inyección de medicamento anti-inflamatorio se le administra y nos vamos a la oficina privada del radiólogo que, supuestamente, tiene horario extendido. El caso es que la oficina está más sola que una foto, porque el susodicho especialista sólo trabaja de lunes a viernes. Entonces, no queda más remedio que enfrentarse al desastre inhumano de una sala de emergencia durante los fines de semana. La sala de espera es inevitable pero, con la asesoría telefónica de mi médico y buen amigo Iván, logramos zafarnos de la vorágine de toses, llantos, ruidos, televisores y burocracias.

Y ahí está, en su camita. Mami yace con la mano inmóvil, tratando de quedarse dormida. Mientras escribo, sobrevivo al susto que ahora me sale a flote –soy de acción retardada para las emociones; de mi madre lo heredé. Regreso a la escena que todavía repaso con incredulidad: pacatún, pacatán; Mami ahora de pie, echando chistes; Mami ahora en el piso, indefensa. Y decido rebuscar: entre mis papeles, en la Internet, en todas partes, a ver dónde rayos encuentro el manual de instrucciones que me enseñe cómo enfrentar estos temas y crecer.

Esa parte, la de crecer, es la que duele con ganas. Mucho más que cualquier caída.