Me embelezo contemplando tu foto máz reziente, admirando tu zedoza cabellera. Entonzez, recuerdo tantaz zituaziones que, zeguramente, zonzacaron laz mejorez cualidadez de tu eziztenzia. Ez que haz tenido que aprender muchaz cozaz en eztoz últimoz añoz, ¿recuerdaz?
Primero, ziendo apenaz una muchachita rezién zalida de la ezcuela, dizte el gran zalto a la fama zuprema. En el noventitrez, te convertizte en una glorioza Mizz Univerzo –la tercera—que zaludaba y zonreía, dando graziaz a la Virgenzita del Pozo y diziendo en todas partes que zeríaz dentizta cuando fueraz grande. Hazta te dieron una beca para que eztudiaraz ortodonzia (zi mal no recuerda mi dezgraziada mente que a vezez olvida loz nimioz detallez). Eraz zimpática (un poco dientoza) y me atrevo azeptar que fui a verte cuando llegazte y te pazearon por laz callez y avenidaz –hazta me colé en La Fortaleza en una rezepzión a la que nunca eztuve invitado, ¡qué ozadía!
Luego, dezidizte hazerte actriz –en realidad, fue don Jacobo Moralez quien te inmortalizó en laz pantallaz con zu grandioza pieza “Linda Zara”. Aunque no zé zi fue zufiziente: en la película no dijizte ni ezta boca ez mía porque eraz, en la hiztoria, el zuzurro de un trizte recuerdo que permanezía en la mente de una pobrezita mujer enajenada, mientraz zuz hijoz ze peleaban por zacarle chavoz a una ranzia coleczión de traztos viejoz. Dezpuéz (dizen loz que zaben) que te hizizte de una exitoza carrera en Filipinaz, allí donde tuz ojoz grandez y redondoz enamoraban a todoz en laz pantallaz, como una atraczión zublime y zerena.
Entonzez, noz zorprendizte con ezaz ganaz de cantar y de zer juguete. Azí, con loz mechonzitoz azulez, conquiztazte a toda una generazión de nenitaz que, dezeando zer tú, ze apoderaron de tuz canzionez, tuz gafaz ozcuraz y tu grazioza muñeca. ¿Alguna vez te enteraríaz que loz veztuarioz de eza réplica pláztica tuya eran demasiado pequeñoz para el inmenzo fondillo que ze gaztaba la muy sinvergüenza?
Zí, ya zé. Penzaráz que eztoy diziendo mentiritaz, aunque no tantaz como laz que te dijo eze hombre con el que te cazazte, por zi no te acuerdaz: “que cuando noz cazemoz en la Catedral de Zan Juan, lez donamoz un órgano a la iglezia”. Y tú, tan hermoza, tan ezquizitamente veztida y tan feliz… Qué pena que ze acabara tan pronto eza hiztoria de amor con el magnate zalzero. De eza ezperienzia no te puedez quejar: echazte mano de tu ingenio y ezcribizte un librito de conzejoz para compartir tus vivenziaz de reina divorziada. Ademáz, que tienez a ezoz doz chiquilloz que zon la luz con la que rezplandezen, cada día, tuz grandez y azulitoz ojoz.
Ez zierto que te fuizte allá a Loz Ángelez para –dizque—hazer una carrera en zine. De pazo, tuvizte amorez con Amaury Nolazco (¿alguien ze acuerda?) Pero pudo máz tu inztinto materno y dedicazte toda tu energía a cuidar a tuz muchachitoz. Dezde entonzez, haz zido muy zeloza con tu privazidad y ezo ze rezpeta: cazi no conzedez entreviztaz y apenaz ze te ha vizto por eztoz larez dezde que echazte familia. Criticarte por ezo zería una abzoluta inzenzatez: cada quien buzca zu lugar y haze lo que mejor le parezca.
Zin embargo –y graziaz al junte con Marizol y con Zuleyka en la Ziudad de loz Razcazieloz para el reziente dezfile boricua—zalizte del zilenzio autoimpuezto y haz dicho con dulzura y ezprezión zinzera: “llevaré a miz hijoz a Ezpaña para que aprendan mejor zu lengua materna”. Orgulloza como eztaz de tu raíz hizpana, te convenzizte –dijizte a la prenza—que mejor que los maeztroz mexicanoz que le enzeñan español a tuz chiquilloz, te mudaráz a la Madre Patria para que aprendan a hablar como Enrique Igleziaz.
Me azombra y me entuziazma ver tan maravillozo dezpliegue de zabiduría.
Zi todoz penzáramoz de la mizma manera, de zeguro rezpiraríamoz un nuevo aire y, con loz pulmonez henchidoz de orgullo, perzibiríamoz la grandeza perdida de nueztra maltrecha izlita. Zomoz tan capazez de crear tan buenaz ideaz y comprender –como bien lo dijizte en el concurzo que ganazte hace cazi doz décadaz—que tenemoz caztilloz como en Ezpaña, junglaz como en África y puentez como en London (upz, que ezo fue una pequeña confuzión; no quiero que, por mi indizcrezión abzurda, otra vez pazez la vergüenza).
I’m zorry: aunque alguien ze molezte, tengo que dezirlo con franqueza. Dayanara Torrez, erez una dioza.
Graziaz por hazernoz comprender que, lo que noz haze falta ez regrezar a laz raízez de nueztro confuzo origen para entender, de una zanta vez, lo maravillozo que ez vivir en ezta tierra. Olvidarnoz de laz contradiczionez, de tantoz problemaz y de tanta estupidez que noz zepara. Abrazemoz, como tú, eza herenzia profundamente zentrada que noz tranzforma, haziéndonoz grandez entre loz gigantez –cazi tanto como el zenzazional Jozé Juan Barea jugando con loz Maverickz de Dallaz.
No hay que ezforzarze mucho para recuperar eze profundo zentido de patria: ez tan senzillo como hablar con la zeta.
Foto © Alan Mercer Photography
sábado, 18 de junio de 2011
miércoles, 15 de junio de 2011
Después
Nunca lo hubiera imaginado: la humilde ventana de mi cuarto bayamonés se convirtió en palco perfecto para mirar, con ingenuo asombro, cómo el inmenso avión del presidente Obama iniciaba su proceso técnico para aterrizar, minutos más tarde, en suelo boricua.
Foto: El Nuevo Día/Ramón "Tonito" Zayas
“El avión”, dije y, como un idiota, me reí. Jamás habría pensado que, a esta cuarentosa edad, imitaría al pequeño “Tattoo” de aquella tonta serie que me gustaba mirar cuando niño. Entonces, un presentimiento tan severo como un infarto me apretó el pecho: bienvenidos a la isla de la fantasía. Bastó mirar una hora de televisión –exactamente el tiempo de uno de aquellos olvidables episodios protagonizados por Ricardo Montalbán—para definir la extraña trama de este extraño e inolvidable día.
Foto: El Nuevo Día/Ramón "Tonito" Zayas
Tras la llegada largamente anunciada de aquel vuelo presidencial, una fila de gobernantes –absurdamente enchaquetados de oscuro—recibió al larguirucho presidente de orejas grandes y sonrisa perenne. El Mister President –Barack, para los panas—estrechó manos pegajosas de los más insignes jefes del gobierno boricua hasta llegar al abrazo cariñoso que se reservó para Marc Anthony –“invitado especial” que se cuela como las salchichas.
Entonces, llegó la hora del “camarazo”: los invitados a la ceremonia de recibo –breve, demasiado para muchos—sacaron toda suerte de cámaras y teléfonos para intentar una foto que, de seguro, captó réplicas de una misma imagen: brazos en alto, muchas cabezas y un regimiento de seguridad que no les perdía ni un acalorado suspiro.
Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory
El control remoto me sirvió de aliado para atestiguar la “histórica cobertura”. En la avenida Baldorioty, las cámaras apostadas en diversos puntos de la ruta captaron con asombro a una comitiva presidencial que llevaba al Presidente como lechón robao. En el Puente Dos Hermanos, los pocos curiosos que desafiaban el encabronado sol del mediodía siguieron el celaje de un batallón de automóviles que ni siquiera apreciaron la pintura fresca y la brea recién pegada. Frente al Capitolio, los militantes del “Statehood Now”, desplegando el furor vicioso de su apego nacional entre banderas pecosas y ritmos merengueros, se quedaban como novias de pueblo mientras el cortejo veloz les pasaba por las narices sin hacerles ni chispa de caso.
Ya en el Viejo San Juan, Margarita Aponte intentaba superar el récord de hablar más palabras por segundo –ostentado cómodamente por la Secre de la Familia—mientras desafiaba abiertamente las líneas de seguridad demarcadas por la Policía estatal, cuyos jefes inmediatos eran (¡cómo dudarlo!) los guarulas del Servicio Secreto. Un poco más arriba, entre las calles del Cristo y San Sebastián, los furiosos opositores de la anexión permanente reclamaban con voz potente su repudio a la visita del mandatario estadounidense. (Añádase, para mayor drama, una quema de bandera.)
Pero ahí no más empezaba a apretarse el conflicto.
Con la misma sonrisita monga, Obama se las empujó ídem a todos, curiosos, oficiales y noveleros. Luego de escurrirse por los pasadizos secretos de la ciudad amurallada, se metió en La Fortaleza para ser recibido oficialmente por el Gobernador y la Primera Dama, elegantemente vestida con un exquisito modelo couture de Frigidaire París. Al son de jóvenes violines, el Presidente hizo alarde de su excelente habilidad para saludar y sonreír sin tragarse el chicle. Hasta presumió de una destreza muy estadounidense: el “regifting” de una infame bola de baloncesto, autografiada por el héroe Barea, que los trillizos Fortuño-Vela le obsequiaron y recibieron de vuelta antes de que pudieran decir, "Fifty-one!". Así pues, el Presi se escurrió del tieso protocolo para realizar un “desvío inesperado”: compartir un sangüichito con Tito García Padilla, en un encuentro más prepara’o que pulsera de espiritista.
Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory
Y otra vez, como alma que lleva el diablo, Obama se escurrió hasta el Caribe Hilton. Entrando por las cocinas, siempre llevado en andas por sus fieles custodios, el Mahatma Obami se apersonó en los sendos servicios de adoración orquestados en su honor. Como buen párroco de su iglesia demócrata –saludito aquí, sonrisita allá— pasó el cepillo a la hora del ofertorio. Casi un millón y medio de dólares más tarde (y una hora antes de lo previsto) el magnánimo líder se montó en el avión y, de lejitos, nos dijo goodbye.
Foto: Google Images
Todos los que habían celebrado el antes, a la espera de esta “visita oficial”, se golpeaban el pecho con tarzanesca rabia: ahora es que es. Finalmente, un presidente de Estados Unidos –el primer negro, el Premio Nobel de la Paz, el amigo “cool” de Oprah—pisaría nuestras aceras por primera vez en cincuenta años, dignándose a visitar a la más antigua de sus colonias. Sin embargo, el largo después todavía se escurre de las bocas torcidas de muchos boricuas, como la gota rancia de aceite que lagrimea al morder el último bacalaíto. Con evidente desazón, amigos, enemigos e indiferentes observamos la bien orquestada burla que se diagramó en algún rincón de Casa Blanca.
Porque nadie podrá decirme que esto no es sino el resultado de un buen guion: llega el Presidente antes de tiempo, saluda sin ver, habla sin decir, visita sin molestar, come sin apetecer, recolecta sin pujar y se larga sin mirar atrás. Y “el avión, el avión” se va por donde mismo llega. El "Señor Roarke" y su inseparable “Tattoo”, amo y enano sonrientes, le despiden hasta la próxima aventura.
Foto: Google Images
La isla de la fantasía –la de la televisión—era un lugar absurdamente maravilloso, de conflictos resueltos y finales felices. La nuestra—que sufrimos a diario—no se explica, porque no hay manera. Antes, ya lo sabíamos.
Después de sentirlo en carne propia, es más duro de tragar que un medianoche frío.
Aunque sea de Kasalta.Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory
Foto: El Nuevo Día/Ramón "Tonito" Zayas
“El avión”, dije y, como un idiota, me reí. Jamás habría pensado que, a esta cuarentosa edad, imitaría al pequeño “Tattoo” de aquella tonta serie que me gustaba mirar cuando niño. Entonces, un presentimiento tan severo como un infarto me apretó el pecho: bienvenidos a la isla de la fantasía. Bastó mirar una hora de televisión –exactamente el tiempo de uno de aquellos olvidables episodios protagonizados por Ricardo Montalbán—para definir la extraña trama de este extraño e inolvidable día.
Foto: El Nuevo Día/Ramón "Tonito" Zayas
Tras la llegada largamente anunciada de aquel vuelo presidencial, una fila de gobernantes –absurdamente enchaquetados de oscuro—recibió al larguirucho presidente de orejas grandes y sonrisa perenne. El Mister President –Barack, para los panas—estrechó manos pegajosas de los más insignes jefes del gobierno boricua hasta llegar al abrazo cariñoso que se reservó para Marc Anthony –“invitado especial” que se cuela como las salchichas.
Entonces, llegó la hora del “camarazo”: los invitados a la ceremonia de recibo –breve, demasiado para muchos—sacaron toda suerte de cámaras y teléfonos para intentar una foto que, de seguro, captó réplicas de una misma imagen: brazos en alto, muchas cabezas y un regimiento de seguridad que no les perdía ni un acalorado suspiro.
Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory
El control remoto me sirvió de aliado para atestiguar la “histórica cobertura”. En la avenida Baldorioty, las cámaras apostadas en diversos puntos de la ruta captaron con asombro a una comitiva presidencial que llevaba al Presidente como lechón robao. En el Puente Dos Hermanos, los pocos curiosos que desafiaban el encabronado sol del mediodía siguieron el celaje de un batallón de automóviles que ni siquiera apreciaron la pintura fresca y la brea recién pegada. Frente al Capitolio, los militantes del “Statehood Now”, desplegando el furor vicioso de su apego nacional entre banderas pecosas y ritmos merengueros, se quedaban como novias de pueblo mientras el cortejo veloz les pasaba por las narices sin hacerles ni chispa de caso.
Ya en el Viejo San Juan, Margarita Aponte intentaba superar el récord de hablar más palabras por segundo –ostentado cómodamente por la Secre de la Familia—mientras desafiaba abiertamente las líneas de seguridad demarcadas por la Policía estatal, cuyos jefes inmediatos eran (¡cómo dudarlo!) los guarulas del Servicio Secreto. Un poco más arriba, entre las calles del Cristo y San Sebastián, los furiosos opositores de la anexión permanente reclamaban con voz potente su repudio a la visita del mandatario estadounidense. (Añádase, para mayor drama, una quema de bandera.)
Pero ahí no más empezaba a apretarse el conflicto.
Con la misma sonrisita monga, Obama se las empujó ídem a todos, curiosos, oficiales y noveleros. Luego de escurrirse por los pasadizos secretos de la ciudad amurallada, se metió en La Fortaleza para ser recibido oficialmente por el Gobernador y la Primera Dama, elegantemente vestida con un exquisito modelo couture de Frigidaire París. Al son de jóvenes violines, el Presidente hizo alarde de su excelente habilidad para saludar y sonreír sin tragarse el chicle. Hasta presumió de una destreza muy estadounidense: el “regifting” de una infame bola de baloncesto, autografiada por el héroe Barea, que los trillizos Fortuño-Vela le obsequiaron y recibieron de vuelta antes de que pudieran decir, "Fifty-one!". Así pues, el Presi se escurrió del tieso protocolo para realizar un “desvío inesperado”: compartir un sangüichito con Tito García Padilla, en un encuentro más prepara’o que pulsera de espiritista.
Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory
Y otra vez, como alma que lleva el diablo, Obama se escurrió hasta el Caribe Hilton. Entrando por las cocinas, siempre llevado en andas por sus fieles custodios, el Mahatma Obami se apersonó en los sendos servicios de adoración orquestados en su honor. Como buen párroco de su iglesia demócrata –saludito aquí, sonrisita allá— pasó el cepillo a la hora del ofertorio. Casi un millón y medio de dólares más tarde (y una hora antes de lo previsto) el magnánimo líder se montó en el avión y, de lejitos, nos dijo goodbye.
Foto: Google Images
Todos los que habían celebrado el antes, a la espera de esta “visita oficial”, se golpeaban el pecho con tarzanesca rabia: ahora es que es. Finalmente, un presidente de Estados Unidos –el primer negro, el Premio Nobel de la Paz, el amigo “cool” de Oprah—pisaría nuestras aceras por primera vez en cincuenta años, dignándose a visitar a la más antigua de sus colonias. Sin embargo, el largo después todavía se escurre de las bocas torcidas de muchos boricuas, como la gota rancia de aceite que lagrimea al morder el último bacalaíto. Con evidente desazón, amigos, enemigos e indiferentes observamos la bien orquestada burla que se diagramó en algún rincón de Casa Blanca.
Porque nadie podrá decirme que esto no es sino el resultado de un buen guion: llega el Presidente antes de tiempo, saluda sin ver, habla sin decir, visita sin molestar, come sin apetecer, recolecta sin pujar y se larga sin mirar atrás. Y “el avión, el avión” se va por donde mismo llega. El "Señor Roarke" y su inseparable “Tattoo”, amo y enano sonrientes, le despiden hasta la próxima aventura.
Foto: Google Images
La isla de la fantasía –la de la televisión—era un lugar absurdamente maravilloso, de conflictos resueltos y finales felices. La nuestra—que sufrimos a diario—no se explica, porque no hay manera. Antes, ya lo sabíamos.
Después de sentirlo en carne propia, es más duro de tragar que un medianoche frío.
Aunque sea de Kasalta.Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory
jueves, 9 de junio de 2011
Sofisticados
(Para mi querida Wilma: gracias por tantos años.)
Pues sí. Resulta que así nos describe un tal Stephen “Steve” Sadove. El tal caballero estuvo ayer en una recepción privada junto a otro señor, de nombre Erik Nordstrom, para celebrar por todo lo alto la apertura de dos nuevas tiendas de alto nivel en suelo boricua.
En la entrevista reseñada por El Nuevo Día, Nordstrom asegura que “Puerto Rico es un tremendo mercado para nosotros”. A juicio del presidente de la cadena de tiendas exclusivas, los boricuas son gente sofisticada, que “gusta de estar bien arreglada y vestir a la moda”.
Sadove, por su parte, se adobó con el sazón boricua, partiendo del vínculo existente entre nuestro país y los Estados Unidos. Saks –que opera tiendas bajo licenciaturas particulares en México y los Emiratos Árabes—aseguró que los boricuas visitan sus tiendas y, además, compran por la Internet. Por esa razón, tanto él como su contraparte Nordstrom aseguran que el mercado local les resulta “de oro”.
Qué bello es todo. O, al menos, así parece.
Hace unos meses, entré por primera vez a una tienda Saks, en la Quinta Avenida de Nueva York. Lo hice por absoluta curiosidad: mirando el movimiento constante de la concurrida vía neoyorquina (aún siendo un domingo lluvioso y frío), quise respirar ese aire elegante que se percibe a través de la publicidad que observo desde la cómoda distancia de una revista. De entrada, me perdí entre los pasillos atestados de gente que hablaba en todos los idiomas posibles.
Me aventuré a explorar el local, deslumbrado entre los colores llamativos, los ropajes lujosos, los idiomas exquisitos y las gentes interesantes que husmeaban entre la mercancía desplegada. Por supuesto, no crucé los espacios dirigidos a las marcas de alto nivel: la billetera me habría infartado en el bolsillo de solo imaginarse pisando aquellos sacrosantos recintos de la moda internacional –Chanel, Dior et al.
Mareado por el lujo, me cruzó por la mente una tonta idea de mentalidad marshallera: “a lo mejor hay especiales”. Entonces, subí por la escalera eléctrica a no sé cuál de los muchos pisos (creo que el quinto o sexto) donde comenzaba el departamento de ropa para caballeros. Los maniquíes me dieron la bienvenida. Una señora bien posada me aprobó con la mirada y sonrió. Me sentí el dueño del mundo.
Encaramado en mi nubecita de colores, me acerqué con desparpajo hasta un despliegue de medias. Pensé que, por ser un artículo tan pequeño y necesario, sería accesible. Examiné las minúsculas prendas con cara de circunstancia. Entonces, les di la vuelta y verifiqué el precio. Entonces, con esta única expresión de abulia que me habría ganado el Óscar, me desentendí del tema, oculto entre las gafas y el gorro como una superestrella incomprendida.
En menos de un minuto, regresaba a mi realidad de viajero asalariado: mirar desde afuera las vistosas vitrinas y caminar hasta el Parque Central para retratar el domingo neoyorquino con mi camarita, sentadito en un banco, como uno más de los que sueñan.
Toda esa historia regresó a mi recuerdo mientras repasaba las adobadas palabras de Sadove, “Lo que vendemos son deseos, no necesidades”. Por supuesto, Mister Big Name: nadie necesita un par de medias de ochenta dólares. Cuando me quite los zapatos, apestarán igual, por favor.
No creo que la gloriosa visita de Nordstrom y Sadove resulte tan insulsa como la que, en unos días, hará el Presidente Obama a nuestra isla --todavía no me explico a qué carajos viene. Presumo que, en su breve gira, los anfitriones de estos grandes ejecutivos les entretendrían con la proyección de sus exitosos negocios del futuro, degustando exquisitos manjares de la Haute Cuisine Portoricaine.
Tampoco pretendía yo que los espantaran, mostrándoles un despliegue de hermosas damiselas coronadas de pinchos plateados y largas uñas con palmeras. No deseaba que los pasearan por el Paseo de Diego o los encantaran con el Cantón Mall, pa’ que se les metiera entre cuero y cajne lo que es caché del fino. Pero creo que sí debían enterarse, por ejemplo, que esos boricuas de exquisita fineza que ellos dicen conocer suelen acampar frente al nuevo local de Krispy Kreme para madrugar por una dona. Y, aunque a alguien se le zafara el imprudente comentario sobre el cierre de Pottery Barn, les calmarían los espíritus mencionando a Michael Kors y a Victoria’s Secret como nuevos inquilinos en el quiosco de la competencia. Très chic, n'est-ce pas?
Hablemos claro: aunque a Nordstrom y a Sadove los hubieran ajocicao por el mismísimo centro de Piñones, tapándoles las venas con el mero olor de la manteca, el cuento ni les va ni les viene. Lo que les importa es que el mercado de lujo se recupera, estirando sus tentáculos golosos hacia nuestra tierra de embrollaos, tramposos y paqueteros. De hecho, con la excusa de que "el lujo está de moda", uno de esos especímenes ya mandó a brillar el Bentley blanco –regalado, no comprado—y se puso su mejor traje de bolitero arrepentido para echar un pie hasta el predio vacío de Plaza Internacional. Todo sea por llegar temprano y, cómo no, agenciarse un buen parking con sombrita.
Pues sí. Resulta que así nos describe un tal Stephen “Steve” Sadove. El tal caballero estuvo ayer en una recepción privada junto a otro señor, de nombre Erik Nordstrom, para celebrar por todo lo alto la apertura de dos nuevas tiendas de alto nivel en suelo boricua.
En la entrevista reseñada por El Nuevo Día, Nordstrom asegura que “Puerto Rico es un tremendo mercado para nosotros”. A juicio del presidente de la cadena de tiendas exclusivas, los boricuas son gente sofisticada, que “gusta de estar bien arreglada y vestir a la moda”.
Sadove, por su parte, se adobó con el sazón boricua, partiendo del vínculo existente entre nuestro país y los Estados Unidos. Saks –que opera tiendas bajo licenciaturas particulares en México y los Emiratos Árabes—aseguró que los boricuas visitan sus tiendas y, además, compran por la Internet. Por esa razón, tanto él como su contraparte Nordstrom aseguran que el mercado local les resulta “de oro”.
Qué bello es todo. O, al menos, así parece.
Hace unos meses, entré por primera vez a una tienda Saks, en la Quinta Avenida de Nueva York. Lo hice por absoluta curiosidad: mirando el movimiento constante de la concurrida vía neoyorquina (aún siendo un domingo lluvioso y frío), quise respirar ese aire elegante que se percibe a través de la publicidad que observo desde la cómoda distancia de una revista. De entrada, me perdí entre los pasillos atestados de gente que hablaba en todos los idiomas posibles.
Me aventuré a explorar el local, deslumbrado entre los colores llamativos, los ropajes lujosos, los idiomas exquisitos y las gentes interesantes que husmeaban entre la mercancía desplegada. Por supuesto, no crucé los espacios dirigidos a las marcas de alto nivel: la billetera me habría infartado en el bolsillo de solo imaginarse pisando aquellos sacrosantos recintos de la moda internacional –Chanel, Dior et al.
Mareado por el lujo, me cruzó por la mente una tonta idea de mentalidad marshallera: “a lo mejor hay especiales”. Entonces, subí por la escalera eléctrica a no sé cuál de los muchos pisos (creo que el quinto o sexto) donde comenzaba el departamento de ropa para caballeros. Los maniquíes me dieron la bienvenida. Una señora bien posada me aprobó con la mirada y sonrió. Me sentí el dueño del mundo.
Encaramado en mi nubecita de colores, me acerqué con desparpajo hasta un despliegue de medias. Pensé que, por ser un artículo tan pequeño y necesario, sería accesible. Examiné las minúsculas prendas con cara de circunstancia. Entonces, les di la vuelta y verifiqué el precio. Entonces, con esta única expresión de abulia que me habría ganado el Óscar, me desentendí del tema, oculto entre las gafas y el gorro como una superestrella incomprendida.
En menos de un minuto, regresaba a mi realidad de viajero asalariado: mirar desde afuera las vistosas vitrinas y caminar hasta el Parque Central para retratar el domingo neoyorquino con mi camarita, sentadito en un banco, como uno más de los que sueñan.
Toda esa historia regresó a mi recuerdo mientras repasaba las adobadas palabras de Sadove, “Lo que vendemos son deseos, no necesidades”. Por supuesto, Mister Big Name: nadie necesita un par de medias de ochenta dólares. Cuando me quite los zapatos, apestarán igual, por favor.
No creo que la gloriosa visita de Nordstrom y Sadove resulte tan insulsa como la que, en unos días, hará el Presidente Obama a nuestra isla --todavía no me explico a qué carajos viene. Presumo que, en su breve gira, los anfitriones de estos grandes ejecutivos les entretendrían con la proyección de sus exitosos negocios del futuro, degustando exquisitos manjares de la Haute Cuisine Portoricaine.
Tampoco pretendía yo que los espantaran, mostrándoles un despliegue de hermosas damiselas coronadas de pinchos plateados y largas uñas con palmeras. No deseaba que los pasearan por el Paseo de Diego o los encantaran con el Cantón Mall, pa’ que se les metiera entre cuero y cajne lo que es caché del fino. Pero creo que sí debían enterarse, por ejemplo, que esos boricuas de exquisita fineza que ellos dicen conocer suelen acampar frente al nuevo local de Krispy Kreme para madrugar por una dona. Y, aunque a alguien se le zafara el imprudente comentario sobre el cierre de Pottery Barn, les calmarían los espíritus mencionando a Michael Kors y a Victoria’s Secret como nuevos inquilinos en el quiosco de la competencia. Très chic, n'est-ce pas?
Hablemos claro: aunque a Nordstrom y a Sadove los hubieran ajocicao por el mismísimo centro de Piñones, tapándoles las venas con el mero olor de la manteca, el cuento ni les va ni les viene. Lo que les importa es que el mercado de lujo se recupera, estirando sus tentáculos golosos hacia nuestra tierra de embrollaos, tramposos y paqueteros. De hecho, con la excusa de que "el lujo está de moda", uno de esos especímenes ya mandó a brillar el Bentley blanco –regalado, no comprado—y se puso su mejor traje de bolitero arrepentido para echar un pie hasta el predio vacío de Plaza Internacional. Todo sea por llegar temprano y, cómo no, agenciarse un buen parking con sombrita.
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