(Para mi querida Wilma: gracias por tantos años.)
Pues sí. Resulta que así nos describe un tal Stephen “Steve” Sadove. El tal caballero estuvo ayer en una recepción privada junto a otro señor, de nombre Erik Nordstrom, para celebrar por todo lo alto la apertura de dos nuevas tiendas de alto nivel en suelo boricua.
En la entrevista reseñada por El Nuevo Día, Nordstrom asegura que “Puerto Rico es un tremendo mercado para nosotros”. A juicio del presidente de la cadena de tiendas exclusivas, los boricuas son gente sofisticada, que “gusta de estar bien arreglada y vestir a la moda”.
Sadove, por su parte, se adobó con el sazón boricua, partiendo del vínculo existente entre nuestro país y los Estados Unidos. Saks –que opera tiendas bajo licenciaturas particulares en México y los Emiratos Árabes—aseguró que los boricuas visitan sus tiendas y, además, compran por la Internet. Por esa razón, tanto él como su contraparte Nordstrom aseguran que el mercado local les resulta “de oro”.
Qué bello es todo. O, al menos, así parece.
Hace unos meses, entré por primera vez a una tienda Saks, en la Quinta Avenida de Nueva York. Lo hice por absoluta curiosidad: mirando el movimiento constante de la concurrida vía neoyorquina (aún siendo un domingo lluvioso y frío), quise respirar ese aire elegante que se percibe a través de la publicidad que observo desde la cómoda distancia de una revista. De entrada, me perdí entre los pasillos atestados de gente que hablaba en todos los idiomas posibles.
Me aventuré a explorar el local, deslumbrado entre los colores llamativos, los ropajes lujosos, los idiomas exquisitos y las gentes interesantes que husmeaban entre la mercancía desplegada. Por supuesto, no crucé los espacios dirigidos a las marcas de alto nivel: la billetera me habría infartado en el bolsillo de solo imaginarse pisando aquellos sacrosantos recintos de la moda internacional –Chanel, Dior et al.
Mareado por el lujo, me cruzó por la mente una tonta idea de mentalidad marshallera: “a lo mejor hay especiales”. Entonces, subí por la escalera eléctrica a no sé cuál de los muchos pisos (creo que el quinto o sexto) donde comenzaba el departamento de ropa para caballeros. Los maniquíes me dieron la bienvenida. Una señora bien posada me aprobó con la mirada y sonrió. Me sentí el dueño del mundo.
Encaramado en mi nubecita de colores, me acerqué con desparpajo hasta un despliegue de medias. Pensé que, por ser un artículo tan pequeño y necesario, sería accesible. Examiné las minúsculas prendas con cara de circunstancia. Entonces, les di la vuelta y verifiqué el precio. Entonces, con esta única expresión de abulia que me habría ganado el Óscar, me desentendí del tema, oculto entre las gafas y el gorro como una superestrella incomprendida.
En menos de un minuto, regresaba a mi realidad de viajero asalariado: mirar desde afuera las vistosas vitrinas y caminar hasta el Parque Central para retratar el domingo neoyorquino con mi camarita, sentadito en un banco, como uno más de los que sueñan.
Toda esa historia regresó a mi recuerdo mientras repasaba las adobadas palabras de Sadove, “Lo que vendemos son deseos, no necesidades”. Por supuesto, Mister Big Name: nadie necesita un par de medias de ochenta dólares. Cuando me quite los zapatos, apestarán igual, por favor.
No creo que la gloriosa visita de Nordstrom y Sadove resulte tan insulsa como la que, en unos días, hará el Presidente Obama a nuestra isla --todavía no me explico a qué carajos viene. Presumo que, en su breve gira, los anfitriones de estos grandes ejecutivos les entretendrían con la proyección de sus exitosos negocios del futuro, degustando exquisitos manjares de la Haute Cuisine Portoricaine.
Tampoco pretendía yo que los espantaran, mostrándoles un despliegue de hermosas damiselas coronadas de pinchos plateados y largas uñas con palmeras. No deseaba que los pasearan por el Paseo de Diego o los encantaran con el Cantón Mall, pa’ que se les metiera entre cuero y cajne lo que es caché del fino. Pero creo que sí debían enterarse, por ejemplo, que esos boricuas de exquisita fineza que ellos dicen conocer suelen acampar frente al nuevo local de Krispy Kreme para madrugar por una dona. Y, aunque a alguien se le zafara el imprudente comentario sobre el cierre de Pottery Barn, les calmarían los espíritus mencionando a Michael Kors y a Victoria’s Secret como nuevos inquilinos en el quiosco de la competencia. Très chic, n'est-ce pas?
Hablemos claro: aunque a Nordstrom y a Sadove los hubieran ajocicao por el mismísimo centro de Piñones, tapándoles las venas con el mero olor de la manteca, el cuento ni les va ni les viene. Lo que les importa es que el mercado de lujo se recupera, estirando sus tentáculos golosos hacia nuestra tierra de embrollaos, tramposos y paqueteros. De hecho, con la excusa de que "el lujo está de moda", uno de esos especímenes ya mandó a brillar el Bentley blanco –regalado, no comprado—y se puso su mejor traje de bolitero arrepentido para echar un pie hasta el predio vacío de Plaza Internacional. Todo sea por llegar temprano y, cómo no, agenciarse un buen parking con sombrita.
Mostrando entradas con la etiqueta vida suburbana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vida suburbana. Mostrar todas las entradas
jueves, 9 de junio de 2011
domingo, 13 de septiembre de 2009
Chatarra Heights
De un tiempo hasta ahora, encontrar estacionamiento en la urbanización es imposible. De pronto, puede ser que haya algún hueco pequeño donde, con suerte, se pueda acomodar el carruaje sin complicaciones. Otras veces –generalmente cuando llueve o es día feriado—hay que pensar en opciones inteligentes, como el carro-maletín o la guagua-mochila. Y es que, en ausencia de un espacio decente para dejar el segundo carro de la casa, faltaría tumbar la pared de la sala para asegurarse un lugarcito.
La causa de este particular fenómeno es muy sencilla de explicar. A los vecinos les importan tres pepinos que los demás tengan lugar para estacionar sus automóviles funcionales y con marbete al día. Y es que están muy encariñados con los vejestorios metálicos que se pudren lentamente frente a sus mansiones suburbanas.
Por ejemplo, está el Toyota Tercel gris. Hace casi cuatro años, cuando lo vi por primera vez, ya era un vehículo inservible, olvidado en su esquina privilegiada como un tiesto sin plantas. En todo este tiempo, sus dueños (el matrimonio fantasma de la casa de enfrente) no han hecho ni el aguaje de removerlo de su preciado escaño. Sin embargo, a veces salen de su escondite para abrir el vehículo y guardar cosas en el baúl (incluyendo las compras navideñas que ocultan de la curiosidad infantil). Pues claro, Jorgito, qué tonto eres; es que están reciclando. En lugar de carro, el Tercelito inservible ahora es el clóset adonde van a parar cualquier cantidad de cachivaches. Vaya por Dios. Aseguro que el trasto viejo, junto con todas sus porquerías, tendría mejor salida en el vertedero. Pero ni por Dios ni por los santos el carro viejo se mueve de su esquina, aunque le salgan matojos por las bisagras mohosas.
Más adelante está la guagua Pathfinder verde oscuro. Según supe por terceros, su flamante dueña –madre soltera, hijos preadolescentes, fantasma también—hizo el intento por arreglarle la pieza que paralizó la guagua frente a su casa. No obstante, tras no conseguir una reparación efectiva (y porque, como decía mi abuela, le salía más cara la mecha que el candil), la joven señora acudió a la solución más embrollosa: sustituir la guagua por una nueva y flamante unidad SUV, de color dorado. Pero la Pathfinder no encontró ruta hacia el descanso eterno; nada que ver. Su dueña la dejó a su suerte, abandonada y sin ningún interés. Ahora, frente a la casa, tiene dos vehículos: el nuevo, que obviamente sustituye al anterior, y el viejo, que ahora sirve como un horrible monumento a la añoranza. Qué tierno; quizá esperará a que se reduzca un poco con el moho y termine por enmarcarla y colgarla de alguna pared.
Otro caso es el de la Range Rover gris metálico. Reconstruir la historia de esta SUV se hace un poco complicado, porque no recuerdo exactamente cuándo fue que vino a parar en la esquina frente a la casa. Muchos días la vi estacionada en distintos espacios, unos más lejos, otros más cerca, hasta que, velando la güira, se adueñó de la esquinita por la que muchos vecinos peleábamos silenciosamente. La guagua de marras, sin parachoques trasero y sin mucho valor, ahora se ha convertido en homenaje póstumo a tiempos más felices y yace, como un adefesio insoportable, en un anhelado rincón para vehículos aptos. ¿Y qué dicen sus dueños? Pues muy bien, gracias a Dios.
¿Será posible que las personas quieran tanto un carro como para no deshacerse de él?
No necesariamente. Hubo otro caso, el del Lumina—también gris, qué casualidad. Cuando se disparó el precio de la gasolina el año pasado, este carro fue puesto en venta de inmediato. Su orgulloso dueño –quien también intenta vender su casa y todos los cachivaches que allí almacena—colocó en su cristal trasero un aviso: “SE VENDE. FINANCIAMIENTO DISPONIBLE”. Muchas veces, lo admito, estuve tentado a llamar al número que aparecía en el aviso, sólo por enterarme del procedimiento para obtener el crédito necesario. ¿Dónde rayos me iban a aprobar un préstamo para comprar el carro viejo de un vecino? ¿O será que, cuatro casas más abajo, existe una financiera clandestina de la que nadie se entera?
El problema, además de incómodo, es difícil de mirar. Nadie quiere enfrentarse al paisaje suburbano y encontrarse con cinco automóviles abandonados a su mala suerte por sus antiguos dueños y, para colmo, mal estacionados. El tema también produce limitaciones de tipo social: mientras esos pedazos de chatarra se descomponen lentamente en la calle, es injusto que haya que pedirle a la visita que trepe su carro en el techo de la casa, a falta de un espacio cómodo para el aparcamiento. Lo peor de todo es que, con junta vecinal y reglas de convivencia estipuladas al centavo, todo el mundo se hace de la vista larga, quizá por no buscarse enemigos, o porque, en secreto, estarán pensando abandonar sus vehículos cuando ya no les resulten útiles.
Si me diera la gana, mañana mismo llamaría a las autoridades. Invocaría los estatutos municipales y estatales que promueven la eliminación de estorbos públicos, incluyendo los vehículos en estado de descomposición. Pero me callo y espero, porque quiero darles la sorpresa: en Navidad, planifico ponerles bombillitas, guirnaldas de colores y un inflable de esos que parecen un globo de nieve.
Es más, hasta se me ocurre plantarles un cartelito iluminado: “Merry Christmas From Chatarra Heights”.
La causa de este particular fenómeno es muy sencilla de explicar. A los vecinos les importan tres pepinos que los demás tengan lugar para estacionar sus automóviles funcionales y con marbete al día. Y es que están muy encariñados con los vejestorios metálicos que se pudren lentamente frente a sus mansiones suburbanas.
Por ejemplo, está el Toyota Tercel gris. Hace casi cuatro años, cuando lo vi por primera vez, ya era un vehículo inservible, olvidado en su esquina privilegiada como un tiesto sin plantas. En todo este tiempo, sus dueños (el matrimonio fantasma de la casa de enfrente) no han hecho ni el aguaje de removerlo de su preciado escaño. Sin embargo, a veces salen de su escondite para abrir el vehículo y guardar cosas en el baúl (incluyendo las compras navideñas que ocultan de la curiosidad infantil). Pues claro, Jorgito, qué tonto eres; es que están reciclando. En lugar de carro, el Tercelito inservible ahora es el clóset adonde van a parar cualquier cantidad de cachivaches. Vaya por Dios. Aseguro que el trasto viejo, junto con todas sus porquerías, tendría mejor salida en el vertedero. Pero ni por Dios ni por los santos el carro viejo se mueve de su esquina, aunque le salgan matojos por las bisagras mohosas.
Más adelante está la guagua Pathfinder verde oscuro. Según supe por terceros, su flamante dueña –madre soltera, hijos preadolescentes, fantasma también—hizo el intento por arreglarle la pieza que paralizó la guagua frente a su casa. No obstante, tras no conseguir una reparación efectiva (y porque, como decía mi abuela, le salía más cara la mecha que el candil), la joven señora acudió a la solución más embrollosa: sustituir la guagua por una nueva y flamante unidad SUV, de color dorado. Pero la Pathfinder no encontró ruta hacia el descanso eterno; nada que ver. Su dueña la dejó a su suerte, abandonada y sin ningún interés. Ahora, frente a la casa, tiene dos vehículos: el nuevo, que obviamente sustituye al anterior, y el viejo, que ahora sirve como un horrible monumento a la añoranza. Qué tierno; quizá esperará a que se reduzca un poco con el moho y termine por enmarcarla y colgarla de alguna pared.
Otro caso es el de la Range Rover gris metálico. Reconstruir la historia de esta SUV se hace un poco complicado, porque no recuerdo exactamente cuándo fue que vino a parar en la esquina frente a la casa. Muchos días la vi estacionada en distintos espacios, unos más lejos, otros más cerca, hasta que, velando la güira, se adueñó de la esquinita por la que muchos vecinos peleábamos silenciosamente. La guagua de marras, sin parachoques trasero y sin mucho valor, ahora se ha convertido en homenaje póstumo a tiempos más felices y yace, como un adefesio insoportable, en un anhelado rincón para vehículos aptos. ¿Y qué dicen sus dueños? Pues muy bien, gracias a Dios.
¿Será posible que las personas quieran tanto un carro como para no deshacerse de él?
No necesariamente. Hubo otro caso, el del Lumina—también gris, qué casualidad. Cuando se disparó el precio de la gasolina el año pasado, este carro fue puesto en venta de inmediato. Su orgulloso dueño –quien también intenta vender su casa y todos los cachivaches que allí almacena—colocó en su cristal trasero un aviso: “SE VENDE. FINANCIAMIENTO DISPONIBLE”. Muchas veces, lo admito, estuve tentado a llamar al número que aparecía en el aviso, sólo por enterarme del procedimiento para obtener el crédito necesario. ¿Dónde rayos me iban a aprobar un préstamo para comprar el carro viejo de un vecino? ¿O será que, cuatro casas más abajo, existe una financiera clandestina de la que nadie se entera?
El problema, además de incómodo, es difícil de mirar. Nadie quiere enfrentarse al paisaje suburbano y encontrarse con cinco automóviles abandonados a su mala suerte por sus antiguos dueños y, para colmo, mal estacionados. El tema también produce limitaciones de tipo social: mientras esos pedazos de chatarra se descomponen lentamente en la calle, es injusto que haya que pedirle a la visita que trepe su carro en el techo de la casa, a falta de un espacio cómodo para el aparcamiento. Lo peor de todo es que, con junta vecinal y reglas de convivencia estipuladas al centavo, todo el mundo se hace de la vista larga, quizá por no buscarse enemigos, o porque, en secreto, estarán pensando abandonar sus vehículos cuando ya no les resulten útiles.
Si me diera la gana, mañana mismo llamaría a las autoridades. Invocaría los estatutos municipales y estatales que promueven la eliminación de estorbos públicos, incluyendo los vehículos en estado de descomposición. Pero me callo y espero, porque quiero darles la sorpresa: en Navidad, planifico ponerles bombillitas, guirnaldas de colores y un inflable de esos que parecen un globo de nieve.
Es más, hasta se me ocurre plantarles un cartelito iluminado: “Merry Christmas From Chatarra Heights”.
Etiquetas:
chatarra,
vehículos abandonados,
vida suburbana
Suscribirse a:
Entradas (Atom)