“It’s not easy being green.”
Kermit The Frog
No sé por qué siempre me mira con tan mala cara cuando me acerco. Para empezar, lo único que hago es cumplir con el deber ciudadano, consciente de que es importante reducir la contaminación por el uso excesivo del plástico. Pero no: tan pronto me acerco, ella monta la cara larga, odiosa y poco amable, como si la ofendiera o, mucho peor, como si no le gustara.
Resulta que, desde hace ya un tiempo, he adoptado la buena costumbre de llevar mis propias fundas reutilizables al colmado cuando hago la compra. En principio, debo admitir que las escogí por moda y porque me parecieron de lo más simpáticas. Sin embargo, a largo plazo sé que son parte de lo que, inevitablemente, tendremos que hacer si queremos vivir en un mundo más limpio.
El caso es que, desde que inicié la costumbre, me he encontrado con un sinfín de tropiezos, culturales en su mayoría. La primera vez que le dije a un “bagger” que no empacara mi compra en esas odiosas bolsas plásticas, me miró como si tuviera lepra. Acto seguido, el muchachito –flaco, con mechitas y unas extraordinarias cejas de María Félix—abandonó su puesto, y se puso a jugar con su celular en una esquinita. El pobre, se perdió la propina.
Otro día, me acerqué al terminal de pago, en uno de esos lugares donde la misma cajera empieza a girar un torno donde están ensartadas las benditas bolsas plásticas. “No, no se preocupe”, le dije cuando echó el primer artículo en una bolsa y ya tenía el segundo listo para echarlo en la segunda. Le aclaré, con mi sonrisa de Oh Gran Salvador de la Humanidad, que traía mis fundas. Ella respondió a mi entusiasmo con la gracia de un cartón vacío. Si le hubiera arrancado las uñas acrílicas con un alicate, no le habría dolido tanto mi indiferencia.
Aún con esos truenos, insistí en la práctica. Fui a otra tienda y, llegado el momento, recibí una reacción hasta ahora inusual: la muchacha de la caja se impresionó. “¿Dónde las compró, señor?” (Sí, ya me dicen “señor”, la pinta cuarentosa es inevitable.) Le expliqué que he comprado algunas en las tiendas que las ofrecen y otras me las han obsequiado. La cajera, cerciorándose de que nadie la escuchaba, me confesó. “Ojala y aquí trajeran eso…” Yo le digo, “Bueno, es cuestión de conciencia. Ustedes pueden hacer su parte, educando a los clientes, ofreciéndoles la alternativa…” No pude continuar: de pronto, la gerenta se acercó y ella continuó la transacción, como si nunca hubiera cruzado palabra conmigo. La supervisora en cuestión me miró bastante raro mientras yo echaba mis bártulos en aquellas fundas extrañas. Cuando abandoné el terminal, vi con el rabo del ojo que se acercó a la cajera.
Me imagino el interrogatorio:
“¿Y ese señor? ¿Por qué llevaba las compra en una bolsa tan rara?”
“No es una bolsa rara, misis… Es una bolsa de ésas, de las que se reusan…”
“Aquí no puede usarse eso. Tienes que ponerles muchas bolsas a los clientes. ¡Dobles!”
“Pero es que—
“Nada. Tienes que hacerlo. Acuérdate: es tu trabajo.”
Poco a poco, he impuesto el uso como una costumbre. Pero me ha tocado ésta, que siempre me monta cara cuando llego con mi carrito de compra y lo primero que suelto son las benditas bolsas de reuso. Las dejo sobre la banda negra del terminal, en actitud desafiante, anunciando que no habrá empaque apurado ni descubrimientos insólitos, como la vez que encontré un cepillo de dientes empacado en doble bolsa plástica. ¿En qué estaría pensando esa pobre muchacha? ¿Será que les exigen gastar una cantidad de bolsas por día, so pena de rebajarles el sueldo a medio dólar?
En fin, que ésta no me quiere porque soy un ciudadano verde. “Que no te quiero”, pensará la muy pesada cuando me ve así, tan ecológicamente amigable. Y yo le respondo con una sonrisa, si es que logro que me mire a los ojos. “Yo sé, es la falta de costumbre”, pienso mientras practico la compasión. “Si estuvieras en algún pueblillo más amable, de esos que hay por montones alrededor del mundo, comprenderías que ésta será la norma y no la excepción.” Pero no hay manera: ella sigue ahí, con cara de mala noche y peor día, empeñada en empujarme las bolsas que su empresa compra por cientos de millones, y que yo no volveré a usar porque ya no las necesito.
¿Llegaremos a la conciliación? Tal vez, cuando se dé cuenta de que tendrá que vestir, comer, calzar y arroparse con las bolsas, en un futuro no muy lejano. Entonces, cuando me vea llegar, toda pegajosa por el sudor que le produce el plástico pegado a su cuerpo, me sonreirá.
Digo, si es que puede.
lunes, 27 de octubre de 2008
domingo, 26 de octubre de 2008
Anna, querida
Siempre por estas fechas te recuerdo, y es inevitable: se acerca la conmemoración de tu natalicio. La nostalgia de aquellas tardes que pasamos juntos en la vieja casona de la avenida McLeary se me anuda en la garganta: todavía, después de tantos años de tu partida, te extraño mucho. Pero tenías que irte al próximo plano, seguramente a inventar alguna pasarela de nubes para que las criaturas celestes conocieran la experiencia que tanto disfrutaste hacer en tu vida terrena.
Sin embargo, con todo y lo que todavía te recuerdo, ha sido bueno que te fueras. No me imagino cómo podrías vivir en este mundo lleno de cambios que se te hizo difícil soportar. Tal vez por eso decidiste que tu mente vagara por mundos extraños, ajena a la realidad que enfrentaste con la soledad, la pobreza, la incertidumbre… Fueron años muy duros los de tu ocaso: lo sé, porque estuve allí, tratando de que tu vida continuara como si nada, como en aquellos años cuando eras “la creadora de reinas”…
Era el mes de agosto de 1995. Aquella noche íbamos a casa de Millie para discutir algún asunto relacionado con la producción. En aquel vertedero ambulante que Omar llamaba carro, nos montamos todos: Eggie, Benny, Félix, Javier y yo, apiñados, hablando a la misma vez, tratando de sobrevivir mientras Omar manejaba hasta Bayamón como un demente. De pronto, el muy infeliz se sacó un CD de no sé dónde y comenzó aquel corito que todos, al mismo tiempo, cantamos como una canción de escuela: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción/pues hoy yo represento aquí/a mi pueblo, mi país…”
Ése es el saludo que nuestra Myrthy –tuya y mía, y de todos los que la amamos—me dejó en el correo de voz hace un par de días, y me hizo recordarte. No sólo a ti, sino a aquellos tiempos cuando, más pobres e ingenuos, jugábamos a producir uno de los eventos televisivos más recordados de nuestra historia moderna. Eran largos, ridículos e insoportables aquellos concursos que tú y Eddie se inventaban. Aún así, nos provocaban una sensación ingenua que ahora se diluye en naderías.
Anoche, mientras observaba la grabación de la infame producción del canal 4 –donde, por muchísimos años, se pasaba tu evento—no pude evitar el recuerdo de la única vez que te vi llorar… Fue aquel día, en el Centro de Bellas Artes de Guaynabo, mientras intentábamos producir el evento después de que te quitaran la franquicia nacional para ir a Miss Universo. Ese día en particular –uno de los diez previos a la gran gala final—a uno de los muchachos se le zafó el comentario malicioso que alguien dijo sobre ti y la forma en que, supuestamente, te aprovechabas de las “niñas” que participaban en tu competencia.
Nunca supe si eso fue o no cierto y, la verdad, no me interesa. Lo que sí recuerdo es que, luego de haberte conocido así, tan fuerte y tan atrevida, tan señora de señoras, tu llanto profundo me desconcertó. “No puedo más”, decías entre sollozos, quitándote por primera vez el sombrero de las dos de la tarde que escondía las canas sin retocar.
Esa tarde nunca se me olvida. Verte lastimada por las insolencias del chisme televisivo local, institucionalizado en la cena de las seis de la tarde, fue el principio del final.
Sin embargo, sé que nunca te fuiste del todo: Myrthy –nuestra, tuya y mía—me contó que una de las últimas veces que te visitó en el asilo, te llevó a pasear por el jardín. Ya casi no reconocías a nadie, y ella te iba a ver, siempre tan fiel y tan divina. Entonces, se sentó contigo y, después de arreglarte un poco, te cantó como quien arrulla a un niño: “Me siento muy feliz”… Tus ojitos, ya casi apagados, se encendieron y balbuceaste el verso siguiente: “me embarga la emoción”…
Perdóname la insensatez de escribirte esta carta que no leerás, porque ya eres espíritu. Pero no puedo evitar el recordarte: son muchos los que han invocado tu nombre en estos días, luego del desastre televisivo que anoche vi con gran vergüenza ajena. Porque todavía, a estas horas, la gente invoca, en nombre de la insensatez y la mediocridad, tu nombre: Anna Santisteban, la que sí sabía, la que hace falta, la que, según ellos, estará revolcándose en la tumba…
Pero yo sé que no: sabe Dios en qué dimensión universal sigues coronando reinas, tan única e irrepetible como siempre.
Sin embargo, con todo y lo que todavía te recuerdo, ha sido bueno que te fueras. No me imagino cómo podrías vivir en este mundo lleno de cambios que se te hizo difícil soportar. Tal vez por eso decidiste que tu mente vagara por mundos extraños, ajena a la realidad que enfrentaste con la soledad, la pobreza, la incertidumbre… Fueron años muy duros los de tu ocaso: lo sé, porque estuve allí, tratando de que tu vida continuara como si nada, como en aquellos años cuando eras “la creadora de reinas”…
Era el mes de agosto de 1995. Aquella noche íbamos a casa de Millie para discutir algún asunto relacionado con la producción. En aquel vertedero ambulante que Omar llamaba carro, nos montamos todos: Eggie, Benny, Félix, Javier y yo, apiñados, hablando a la misma vez, tratando de sobrevivir mientras Omar manejaba hasta Bayamón como un demente. De pronto, el muy infeliz se sacó un CD de no sé dónde y comenzó aquel corito que todos, al mismo tiempo, cantamos como una canción de escuela: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción/pues hoy yo represento aquí/a mi pueblo, mi país…”
Ése es el saludo que nuestra Myrthy –tuya y mía, y de todos los que la amamos—me dejó en el correo de voz hace un par de días, y me hizo recordarte. No sólo a ti, sino a aquellos tiempos cuando, más pobres e ingenuos, jugábamos a producir uno de los eventos televisivos más recordados de nuestra historia moderna. Eran largos, ridículos e insoportables aquellos concursos que tú y Eddie se inventaban. Aún así, nos provocaban una sensación ingenua que ahora se diluye en naderías.
Anoche, mientras observaba la grabación de la infame producción del canal 4 –donde, por muchísimos años, se pasaba tu evento—no pude evitar el recuerdo de la única vez que te vi llorar… Fue aquel día, en el Centro de Bellas Artes de Guaynabo, mientras intentábamos producir el evento después de que te quitaran la franquicia nacional para ir a Miss Universo. Ese día en particular –uno de los diez previos a la gran gala final—a uno de los muchachos se le zafó el comentario malicioso que alguien dijo sobre ti y la forma en que, supuestamente, te aprovechabas de las “niñas” que participaban en tu competencia.
Nunca supe si eso fue o no cierto y, la verdad, no me interesa. Lo que sí recuerdo es que, luego de haberte conocido así, tan fuerte y tan atrevida, tan señora de señoras, tu llanto profundo me desconcertó. “No puedo más”, decías entre sollozos, quitándote por primera vez el sombrero de las dos de la tarde que escondía las canas sin retocar.
Esa tarde nunca se me olvida. Verte lastimada por las insolencias del chisme televisivo local, institucionalizado en la cena de las seis de la tarde, fue el principio del final.
Sin embargo, sé que nunca te fuiste del todo: Myrthy –nuestra, tuya y mía—me contó que una de las últimas veces que te visitó en el asilo, te llevó a pasear por el jardín. Ya casi no reconocías a nadie, y ella te iba a ver, siempre tan fiel y tan divina. Entonces, se sentó contigo y, después de arreglarte un poco, te cantó como quien arrulla a un niño: “Me siento muy feliz”… Tus ojitos, ya casi apagados, se encendieron y balbuceaste el verso siguiente: “me embarga la emoción”…
Perdóname la insensatez de escribirte esta carta que no leerás, porque ya eres espíritu. Pero no puedo evitar el recordarte: son muchos los que han invocado tu nombre en estos días, luego del desastre televisivo que anoche vi con gran vergüenza ajena. Porque todavía, a estas horas, la gente invoca, en nombre de la insensatez y la mediocridad, tu nombre: Anna Santisteban, la que sí sabía, la que hace falta, la que, según ellos, estará revolcándose en la tumba…
Pero yo sé que no: sabe Dios en qué dimensión universal sigues coronando reinas, tan única e irrepetible como siempre.
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domingo, 12 de octubre de 2008
Con ruido, se puede
Una de las preguntas curiosas que me hacen con más frecuencia es de dónde proviene la inspiración para escribir. La realidad es que, aunque tengo las musas más o menos adiestradas, este trabajo no se logra si no es con disciplina. Con más de veinte años de sentarme frente a un espacio en blanco (primero era el papel, ahora es la pantalla), no hay más remedio. Comienza el pulseo de las teclas y, poco a poco, se conforma una historia.
Lo más difícil, sin embargo, es escribir como lo hago en este momento. Por lo general, escribo los domingos, un día en el que me gusta reflexionar y ordenar mis asuntos de la semana. En algún momento, enciendo la computadora y, aunque no haya una inspiración particular, el dulce sonido del silencio hace que fluyan las palabras con mayor facilidad…
Pero ése no es el caso de hoy. No sé cuál caravana de qué partido –obviamente uno de los dos principales—viene en ruta hacia mi residencia, sorprendiéndome en plena faena de escritura. El fondo musical de mis palabras es la ensordecedora fusión de plena, salsa, reguetón y merengue que acompañan al elocuente verbo de los agitadores, proclamando victorias seguras, cambios mágicos y no sé cuántas otras maravillas.
¿Será que alguien sabe cómo se pueden defender los ciudadanos comunes de esta descarada transgresión del derecho a la paz?
Me puse a rebuscar, y encontré un documento extraordinario: la “Carta del Silencio de Santa Fe de la Vera Cruz”. En ese tratado, escrito por los miembros titulares y delegados a las Primeras Jornadas Interamericanas del Ruido y la Comunidad, reunidos en Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina) a fines de octubre de 1971, se emitió una declaración que manifiesta, entre otras contundentes aseveraciones, “que la vida del hombre sobre el planeta merece rescatar los elementos primigenios que signaron el progreso de la humanidad, la pureza de la atmósfera y de las aguas, el estímulo del árbol y del pájaro o el silencio que la naturaleza brinda a sus criaturas sin estridencias ni estrépitos”. Y dice aún más: “compete a las instituciones públicas, privadas y de servicio, establecimientos docentes y voluntarios de la comunidad, elaborar planes, programas, encuentros, conferencias y cursos destinados a crear una conciencia en la población sobre los efectos perniciosos del ruido sobre la audición y la conducta humanas, la agresividad y el comportamiento social”.
Menudas verdades cuarentosas que, al parecer, quedaron en el olvido.
Lo curioso es que, desde aquel entonces hasta ahora, en lugar de erradicar, lo que se ha hecho es promover el ruido como un estándar de vida. Pienso que estos principios deberían enseñarse como parte de la civilidad humana en las escuelas del país. No obstante, cuando vi el otro día el descomunal despliegue de estridencias que levantaron los maestros y maestras, en plena faena de escoger a su nueva representación sindical, me preocupé más todavía… Si éstos son los que se supone que les enseñen a los jóvenes del futuro y arman este escarceo (que tal parecía una campaña política, más que un referendo de afiliación sindical)… ¿Qué más se puede esperar?
Muy poco. Y no quiero sonar pesimista, pero el mal está muy arraigado. Sé de personas que, de forma automática, llegan a sus casas y comienzan a encender todos los aparatos –televisor, radio, tocadiscos, podadoras de grama—para sentirse “acompañados”. Esos son los mismos que, cuando se va la luz, no pueden dormir de puro miedo… Les asusta el silencio.
Volviendo a mi ruidoso trasfondo mientras escribo, la única teoría que se me ocurre esbozar –si los gritos y bocinazos me lo permiten—es que se trata de un reclamo de poder. Por eso es que escuchamos estos escándalos en época eleccionaria. Y por eso es que la gente habla mucho y alto, dondequiera, sin considerar a los que se encuentran alrededor. Cada quien reclama su sitio en el mundo, haciéndose notar a gritos: cantaletas, conversaciones, chácharas y otros bembés se producen en público como asunto cotidiano. Entonces, si ése es nuestro orden de vida “normal”, ¿qué dejaremos para los políticos que, a fuerza de griterío, quieren borrar el panorama sombrío que nos rodea?
No sé. Para ellos y ellas, lo importante es que con ruido, se puede. No dicen qué exactamente, pero se puede ir pa’lante, hacia el cambio, unidos por siempre, a la victoria, lo que sea que quieren decir… Y estoy de acuerdo: por supuesto que podemos vivir. Todos sordos, enfermos e ignorantes, pero felices como lombrices.
Lo más difícil, sin embargo, es escribir como lo hago en este momento. Por lo general, escribo los domingos, un día en el que me gusta reflexionar y ordenar mis asuntos de la semana. En algún momento, enciendo la computadora y, aunque no haya una inspiración particular, el dulce sonido del silencio hace que fluyan las palabras con mayor facilidad…
Pero ése no es el caso de hoy. No sé cuál caravana de qué partido –obviamente uno de los dos principales—viene en ruta hacia mi residencia, sorprendiéndome en plena faena de escritura. El fondo musical de mis palabras es la ensordecedora fusión de plena, salsa, reguetón y merengue que acompañan al elocuente verbo de los agitadores, proclamando victorias seguras, cambios mágicos y no sé cuántas otras maravillas.
¿Será que alguien sabe cómo se pueden defender los ciudadanos comunes de esta descarada transgresión del derecho a la paz?
Me puse a rebuscar, y encontré un documento extraordinario: la “Carta del Silencio de Santa Fe de la Vera Cruz”. En ese tratado, escrito por los miembros titulares y delegados a las Primeras Jornadas Interamericanas del Ruido y la Comunidad, reunidos en Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina) a fines de octubre de 1971, se emitió una declaración que manifiesta, entre otras contundentes aseveraciones, “que la vida del hombre sobre el planeta merece rescatar los elementos primigenios que signaron el progreso de la humanidad, la pureza de la atmósfera y de las aguas, el estímulo del árbol y del pájaro o el silencio que la naturaleza brinda a sus criaturas sin estridencias ni estrépitos”. Y dice aún más: “compete a las instituciones públicas, privadas y de servicio, establecimientos docentes y voluntarios de la comunidad, elaborar planes, programas, encuentros, conferencias y cursos destinados a crear una conciencia en la población sobre los efectos perniciosos del ruido sobre la audición y la conducta humanas, la agresividad y el comportamiento social”.
Menudas verdades cuarentosas que, al parecer, quedaron en el olvido.
Lo curioso es que, desde aquel entonces hasta ahora, en lugar de erradicar, lo que se ha hecho es promover el ruido como un estándar de vida. Pienso que estos principios deberían enseñarse como parte de la civilidad humana en las escuelas del país. No obstante, cuando vi el otro día el descomunal despliegue de estridencias que levantaron los maestros y maestras, en plena faena de escoger a su nueva representación sindical, me preocupé más todavía… Si éstos son los que se supone que les enseñen a los jóvenes del futuro y arman este escarceo (que tal parecía una campaña política, más que un referendo de afiliación sindical)… ¿Qué más se puede esperar?
Muy poco. Y no quiero sonar pesimista, pero el mal está muy arraigado. Sé de personas que, de forma automática, llegan a sus casas y comienzan a encender todos los aparatos –televisor, radio, tocadiscos, podadoras de grama—para sentirse “acompañados”. Esos son los mismos que, cuando se va la luz, no pueden dormir de puro miedo… Les asusta el silencio.
Volviendo a mi ruidoso trasfondo mientras escribo, la única teoría que se me ocurre esbozar –si los gritos y bocinazos me lo permiten—es que se trata de un reclamo de poder. Por eso es que escuchamos estos escándalos en época eleccionaria. Y por eso es que la gente habla mucho y alto, dondequiera, sin considerar a los que se encuentran alrededor. Cada quien reclama su sitio en el mundo, haciéndose notar a gritos: cantaletas, conversaciones, chácharas y otros bembés se producen en público como asunto cotidiano. Entonces, si ése es nuestro orden de vida “normal”, ¿qué dejaremos para los políticos que, a fuerza de griterío, quieren borrar el panorama sombrío que nos rodea?
No sé. Para ellos y ellas, lo importante es que con ruido, se puede. No dicen qué exactamente, pero se puede ir pa’lante, hacia el cambio, unidos por siempre, a la victoria, lo que sea que quieren decir… Y estoy de acuerdo: por supuesto que podemos vivir. Todos sordos, enfermos e ignorantes, pero felices como lombrices.
domingo, 5 de octubre de 2008
Karma
Cuando escuché a Manolo, estaba como una campanita. Varios días antes, en una actividad profesional, había conocido a “Orlando”, un hombre que, al parecer, era “su regalo de navidad”. Al susodicho le sobraban atributos: guapo, inteligente, bien centrado, trabajador y honesto, dueño de su propia casa y, ¡Oh Fortuna!, soltero.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
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