En medio de la cocina, Mónica no sospecha nada, mientras su mamá y yo conspiramos en amigable conversación por señas. La nena salta entre la nevera y el juego de vídeo con el que se entretiene antes del baño obligatorio. Cuando se me acerca para hablar de cualquier cosa, aprovecho para espetarle la pregunta inocentona.
“¿Y quién es el patiflaco?”, le suelto así, como si tal cosa.
De inmediato, la pequeña de nueve años lanza una mirada de puñalitos a su mamá, quien ha osado compartir el “secreto” conmigo sólo por verle la cara. Los cachetes coloreados de rojo intenso por el sol del día de juegos se le encienden como manzanas de feria. Podría adivinar que hay reproche en sus ojos, pero el momento de sentirse traicionada le dura poco: la pregunta inesperada produce en la pequeña una sonrisilla maliciosa. A veinte millas se nota que está loca por contarme su historia.
“Pues es un nene que está en la escuela, y tiene un mullet”, dice ella con su voz gruesa enredada en un suspiro ansioso que disimula su repentina oportunidad para contarme vida y milagros del individuo. De entrada, no lo niego, me asusto con la referencia al “mullet”: ¿no era ése un estilo de peinado bastante charro y absolutamente olvidable de la infame época ochentosa? Pues sí, y Mónica lo sabe, pero de inmediato me aclara, con veinte gestos que compone con sus manitas inquietas, que se trata de un “mullet bonito”. Vaya por Dios, que las modas regresan, y de qué forma.
Pero todavía no hemos llegado a la respuesta concreta: ¿y por qué le dicen “patiflaco”? Aprovecho dos “pretzels” en forma de palitos en la bandeja delante de mí para ilustrar mi preocupación. Mónica exhala desespero: no quiere entrar en nimiedades sobre las enclenques extremidades del chamaco. En eso, la madre interviene para asumir responsabilidad absoluta sobre el apodo de marras, secundada por la nena, ahora convertida en abogada defensora. “Mamá dice que él es patiflaco, pero no es tanto”, asegura la muchacha con la absoluta convicción escrita en su cara. De lejos, la madre cómplice me atraviesa con los ojos: no me queda más remedio que bajar la carcajada con un gran buche de cerveza.
Poco a poco, la historia del soberbio patiflaco se desdobla. Por supuesto, Mónica sabe todo sobre su vida: el tipo tiene dos hermanos que cursan grados menores en el mismo colegio, y él está en octavo. “¿En octavo?”, digo yo, sabiendo que la pequeña apenas va por el cuarto grado. De inmediato, ella argumenta con firmeza: los hermanitos no son tan lindos como el mentado. Miro a la madre con disimulo y ella asiente en silencio. Al parecer, el único defecto visible del muchachito son sus extremidades de sorbeto. Por lo demás, es un príncipe azul pintao para la nena que fue capaz de comprarle una caja de pastelillos de guayaba, sólo por verlo más de cerca.
Así iba la trama cuando la niña se fue a cumplir la rutina del baño obligatorio antes de la cena. En eso, la madre aprovechó para despepitar los detalles y completar la redondez del cuento. Ahí supe que, en efecto, el muchachito es de muy buen ver, y que la Mónica le echó el ojo con decisión absoluta. No obstante –y muy bien aleccionada por su mamá—la chica no se derrite de verlo, sino que delante de él actúa con frialdad absoluta, cosa de que el galán no se vaya a engreír con su propia belleza. Curioso, interrogo a la madre: ¿es posible que, a esta edad, a Mónica se le derrame la sonrisa por un muchachito? La madre asiente, resignada: “Ésta será una adolescencia larga y difícil.” Por el padre igual pregunto, imaginando la obvia respuesta: no está muy contento con la precocidad amorosa de su nena linda. Yo, en su lugar, estaría en las mismas.
Todavía hoy, el cuento me provoca sonrisas. No más de recordar los suspiros entusiasmados de Mónica, el rojo encendido de sus cachetes y el brillo intenso de sus ojitos, siento alegría profunda al revivir el primer enamoramiento a lo adivino, ése que se guarda en el cajón de la memoria con absoluto celo. Entonces pienso que, a veces, no es justo dejar atrás la piel de la inocencia: aún ante los cantazos más insoportables, deberíamos ser capaces de recuperar la ilusión, y mirarlo todo como si fuera la primera vez. Claro, el paso del tiempo es implacable, y los callos crecen sobre el cuero a fuerza de desilusiones, desengaños y desamores. Pero, en el fondo, entiendo que es importante reconocernos en la mirada de algún niño y revivir esos tiernos espacios en los que todo nos parece fascinante. A fin de cuentas, cualquier luz que se encienda en la oscuridad del pecho oprimido nos arrullará el alma con la esperanza de mejores días.
Sin quererlo, la pequeña Mónica me hizo el mejor de los regalos, justo cuando se me entierra un año más en las costillas. Al mirar la vida otra vez con ojos inocentes, puedo recuperar la ilusión que se me esconde algunas veces, y soy agradecido. Es cierto que, frente al espejo, me veo más viejo, calvo y patiflaco; no puedo evitarlo. Pero todavía puedo sonreír hasta que se me enciendan los cachetes.
Mostrando entradas con la etiqueta vida a los cuarenta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vida a los cuarenta. Mostrar todas las entradas
sábado, 20 de marzo de 2010
viernes, 29 de enero de 2010
Beautiful
Okey, ya sé: me van a preguntar si fue porque me siento feo o viejo. También me acusarán de sentirme acomplejado, de buscar notoriedad o reconocimiento. Nada que ver.
Para los que no se enteraron (porque estaban muy ocupados haciendo fila para comprar donas), en estos días se publicó una información sobre una página de internet dedicada a juntar a las personas más bellas del mundo. Esta especie de club social cibernético –en realidad, un portal para citas—prometía, entre otras cosas, actividades exclusivas en las que sus integrantes participarían en amena confraternización, contemplándose y halagándose hasta vomitar la bilis.
“Demasiado embuste para ser verdad”, pensé de inmediato, y empecé a averiguar. Entré al sitio y completé un formulario que incluía, entre otras cosas, la presentación de una foto que sería sometida a una votación de cuarenta y ocho horas. Miré la foto que acompaña a este “blog” y respiré hondo. Qué diablos: ¿cuándo tendré la oportunidad de competir por el título de Mister Beautiful?
Muy poco me duró la ilusión. Tan pronto entré a la susodicha página, me di cuenta que el asuntito tan prometedor no era tan chévere. Al revisar los perfiles con los que competía por el preciado título –poniendo el nombre de Puerto Rico en alto, por supuesto—comprendí que la competencia era desleal. Tipos descamisados, muchachitos veinteañeros, hombres con cabellera completa... ¿Dónde está el “panel de expertos” que me juzgaría en la competencia preliminar, en la categoría de “40 plus”? Nada que ver, por Dios.
Cuando leo la nota publicada hoy en Primera Hora, me doy cuenta de que fueron muchos y muchas los que buscaron su oportunidad, aunque los creía en la fila de las donas. Quizás entraron al lugarcito ese con la intención de validarse ante el mundo o, peor aún, ante sí mismos/as. Por supuesto, muchos sospechaban lo que afirmo como una verdad absoluta: nadie debe ser aceptado sólo por su apariencia física. Las muchas misses que hemos visto han repetido esta máxima como un padrenuestro: “la belleza interior es la que cuenta”. Entonces, ¿por qué todavía buscamos ese triunfo?
Habría que preguntar, sobre todo, a quienes convierten la fealdad en un mal chiste. Por ejemplo, ayer encendí la televisión y estaba en el aire un programa vespertino de chismes (hay dos ahora, así que se puede escoger entre el malo y el peor). Me detuve a mirar el segmento y observe, con absoluta incredulidad, cómo los comentaristas despachaban a carcajada limpia la “noticia” de que, al regresar de una grabación especial destinada a recaudar fondos para la reconstrucción de Haití, la cantante escocesa Susan Boyle encontró un intruso en su casa. El “chiste” apuntaba a que Boyle no habría debido asustarse ni mucho menos denunciar a las autoridades. Todo lo contario: debía “agradecer” la presencia masculina que le permitiría, según ellos, librarse de los muchos estigmas que le acompañan por ser vieja, solterona, virgen y, para colmo, fea.
Soporté con enojo las risotadas imbéciles y los chistes zonzos de los tres comentaristas. Peor aún, intenté comprender los razonamientos insulsos, avalados por dos mujeres que, a cuenta del “rating”, perpetuaban la bromita. Sobre esta cara linda que Dios me ha dado, aguanté, en nombre de Susan Boyle, los comentarios más nefastos, absurdos e irrepetibles sobre su persona, su apariencia, su desgracia. Ahí comprendí el porqué de tanta popularidad subrepticia hacia el asuntito este del “beautiful people”: en el fondo, tememos a la fealdad, porque algunas personas –tristemente, algunas que tienen foro abierto frente a la opinión pública—continúan validando la asociación de “bueno” y “bello” con lo que se ve, no con la esencia de lo que se es. Y esto no es privativo de Puerto Rico, que conste: así lo comenta Lisandro Otero en un ensayo sobre el avance de México hacia una "norteamericanización ficticia", que no es más que la búsqueda de la belleza plastificada, irreal, insípida.
Esta mañana recibí la nota amable: “Estimado/a Jorge, Lamentablemente, su aplicación a BeautifulPeople Network no tuvo éxito. Los miembros de BeautifulPeople no encuentra (sic) su perfil lo suficientemente atractivo.” Bah. Qué infeliz soy. Y para colmo, feo. Mira cómo lloro de pena.
Por Dios, ninguna página de internet tiene que decirme lo guapo que soy, porque yo lo sé. A esta edad cuarentosa, he asumido la imagen frente al espejo con absoluta tranquilidad, celebrando cada marca e imperfección de mi cuerpo como una prueba de lo vivido. El imbécil ejercicio que ha trastornado a muchos me causa risa porque hubo personas que se lo tomaron muy en serio. Sé que hay gente que ha llorado, sintiéndose rechazada. ¿Qué les pasa? Sean felices, hagan la fila y cómanse una dona.
En realidad, habría sido bonito ganar el título y ser recibido en una caravana por la Avenida Baldorioty, aunque no sé si le habría aceptado una llave de la ciudad al alcalde Santini. Fuera de bromas, la ganancia más importante de este ejercicio idiota ha sido comprender que, aún con lo mucho que parecemos avanzar hacia un espacio en el que la diversidad es aceptada e inclusiva, todavía persisten los viejos modelos que justifican el estereotipo, la burla y la mediocridad. Espero que, alguna vez, pasemos de eso con dignidad.
Igual aprendí otra lección: para la próxima, necesito un mejor fotógrafo.
Para los que no se enteraron (porque estaban muy ocupados haciendo fila para comprar donas), en estos días se publicó una información sobre una página de internet dedicada a juntar a las personas más bellas del mundo. Esta especie de club social cibernético –en realidad, un portal para citas—prometía, entre otras cosas, actividades exclusivas en las que sus integrantes participarían en amena confraternización, contemplándose y halagándose hasta vomitar la bilis.
“Demasiado embuste para ser verdad”, pensé de inmediato, y empecé a averiguar. Entré al sitio y completé un formulario que incluía, entre otras cosas, la presentación de una foto que sería sometida a una votación de cuarenta y ocho horas. Miré la foto que acompaña a este “blog” y respiré hondo. Qué diablos: ¿cuándo tendré la oportunidad de competir por el título de Mister Beautiful?
Muy poco me duró la ilusión. Tan pronto entré a la susodicha página, me di cuenta que el asuntito tan prometedor no era tan chévere. Al revisar los perfiles con los que competía por el preciado título –poniendo el nombre de Puerto Rico en alto, por supuesto—comprendí que la competencia era desleal. Tipos descamisados, muchachitos veinteañeros, hombres con cabellera completa... ¿Dónde está el “panel de expertos” que me juzgaría en la competencia preliminar, en la categoría de “40 plus”? Nada que ver, por Dios.
Cuando leo la nota publicada hoy en Primera Hora, me doy cuenta de que fueron muchos y muchas los que buscaron su oportunidad, aunque los creía en la fila de las donas. Quizás entraron al lugarcito ese con la intención de validarse ante el mundo o, peor aún, ante sí mismos/as. Por supuesto, muchos sospechaban lo que afirmo como una verdad absoluta: nadie debe ser aceptado sólo por su apariencia física. Las muchas misses que hemos visto han repetido esta máxima como un padrenuestro: “la belleza interior es la que cuenta”. Entonces, ¿por qué todavía buscamos ese triunfo?
Habría que preguntar, sobre todo, a quienes convierten la fealdad en un mal chiste. Por ejemplo, ayer encendí la televisión y estaba en el aire un programa vespertino de chismes (hay dos ahora, así que se puede escoger entre el malo y el peor). Me detuve a mirar el segmento y observe, con absoluta incredulidad, cómo los comentaristas despachaban a carcajada limpia la “noticia” de que, al regresar de una grabación especial destinada a recaudar fondos para la reconstrucción de Haití, la cantante escocesa Susan Boyle encontró un intruso en su casa. El “chiste” apuntaba a que Boyle no habría debido asustarse ni mucho menos denunciar a las autoridades. Todo lo contario: debía “agradecer” la presencia masculina que le permitiría, según ellos, librarse de los muchos estigmas que le acompañan por ser vieja, solterona, virgen y, para colmo, fea.
Soporté con enojo las risotadas imbéciles y los chistes zonzos de los tres comentaristas. Peor aún, intenté comprender los razonamientos insulsos, avalados por dos mujeres que, a cuenta del “rating”, perpetuaban la bromita. Sobre esta cara linda que Dios me ha dado, aguanté, en nombre de Susan Boyle, los comentarios más nefastos, absurdos e irrepetibles sobre su persona, su apariencia, su desgracia. Ahí comprendí el porqué de tanta popularidad subrepticia hacia el asuntito este del “beautiful people”: en el fondo, tememos a la fealdad, porque algunas personas –tristemente, algunas que tienen foro abierto frente a la opinión pública—continúan validando la asociación de “bueno” y “bello” con lo que se ve, no con la esencia de lo que se es. Y esto no es privativo de Puerto Rico, que conste: así lo comenta Lisandro Otero en un ensayo sobre el avance de México hacia una "norteamericanización ficticia", que no es más que la búsqueda de la belleza plastificada, irreal, insípida.
Esta mañana recibí la nota amable: “Estimado/a Jorge, Lamentablemente, su aplicación a BeautifulPeople Network no tuvo éxito. Los miembros de BeautifulPeople no encuentra (sic) su perfil lo suficientemente atractivo.” Bah. Qué infeliz soy. Y para colmo, feo. Mira cómo lloro de pena.
Por Dios, ninguna página de internet tiene que decirme lo guapo que soy, porque yo lo sé. A esta edad cuarentosa, he asumido la imagen frente al espejo con absoluta tranquilidad, celebrando cada marca e imperfección de mi cuerpo como una prueba de lo vivido. El imbécil ejercicio que ha trastornado a muchos me causa risa porque hubo personas que se lo tomaron muy en serio. Sé que hay gente que ha llorado, sintiéndose rechazada. ¿Qué les pasa? Sean felices, hagan la fila y cómanse una dona.
En realidad, habría sido bonito ganar el título y ser recibido en una caravana por la Avenida Baldorioty, aunque no sé si le habría aceptado una llave de la ciudad al alcalde Santini. Fuera de bromas, la ganancia más importante de este ejercicio idiota ha sido comprender que, aún con lo mucho que parecemos avanzar hacia un espacio en el que la diversidad es aceptada e inclusiva, todavía persisten los viejos modelos que justifican el estereotipo, la burla y la mediocridad. Espero que, alguna vez, pasemos de eso con dignidad.
Igual aprendí otra lección: para la próxima, necesito un mejor fotógrafo.
domingo, 6 de septiembre de 2009
Space Invaders
Caso número 1: usted está haciendo la fila en el banco. Aguarda su turno con resignación según el orden establecido: de ser el último cuando llega, avanzará conforme al movimiento de la cola hasta ser atendido. El ambiente permanece más o menos tranquilo hasta que un caballero –muy señor él, cómo no—entra hablando por su teléfono celular a un volumen que excede los parámetros del recinto bancario. De pronto, la fila se incomoda: todos los presentes (y sospecho que unos cuantos ausentes también) se enteran de los malestares estomacales de una mujer que está hecha una porquería, su próxima operación de discos herniados de la que espera salir vivo, su viaje a Miami para visitar a unos parientes…
Caso número 2: usted espera su turno para pagar en la tienda de descuentos. Mira a su alrededor alguna revistilla tonta para pasar el mal rato de esperar a que la cajera resuelva un problema de precio en el terminal de cobro. Mientras tanto, la señora que le sigue a usted en la fila decide que es tiempo de avanzar y coloca sus dos galones de detergente, un canasto de ropa y un saco de diez libras de comida para gatos en los tres centímetros de mostrador que están disponibles en el terminal de pago. Ni siquiera la mirada fulminante que usted le dispara, la detiene. La doña sigue colocando sus chucherías como que esto no es conmigo, mientras su hija adolescente repasa desde lejos el menú de las pizzas y los refrescos que atacarán tan pronto ambas terminen de pasarle por encima.
Caso número 3: usted completa un trámite en una agencia de gobierno. Sentado en una silla incómoda, ha padecido la extraordinaria oferta televisiva de Univisión. Entonces, llega una pareja singular: él, señor maduro; ella, esposa peleona. El aire de trifulca entre ellos aún no se disipa cuando la mujer, en actitud retante, se acerca a la empleada para hacerle “una preguntita”. La diminuta consulta demora unos diez minutos y, de pronto, la señora consigue burlar descaradamente el sistema de turnos y salir de la agencia alardeando su buena suerte, que vocifera al marido con aire de triunfo.
¿Qué tienen en común estos tres casos? La inconsciencia ciudadana del siglo XXI.
No sé cuántas veces he sido atacado por estos invasores del espacio común, tan multiplicados por las calles de nuestro país. Uno trata de vivir como la gente, siguiendo el orden lógico de la civilidad: habla con moderación, aguarda su turno, pide permiso y da las gracias; en fin, hace alarde de la buena educación que le enseñaron –en muchos casos, a fuerza de pescozones—en sus años formativos. Entonces, se topa uno con cada animal de dos patas que, con o sin conciencia de sus actos, irrumpe en los espacios ajenos con el descaro propio de quien no se ha leído el Manual Básico de la Convivencia Humana o, sencillamente, decidió utilizar el papel para limpiarse donde el sol no alumbra.
Estos seres campean por sus respetos de muchas otras maneras. Salen a la calle sin cinturón de seguridad, se almuerzan las señales de tránsito y se trepan en las aceras como si tal cosa. Discuten detalles de sus amores mientras escogen las papas en el supermercado. Transmiten en directo sus hazañas laborales desde los cubículos del inodoro público. Protagonizan sin saberlo, con sus vidas tan privadamente públicas, su propio “reality show”: Esos pesados cuernos de mi cuñada María, Ando solo y triste cada viernes, Canto como Ednita en los karaokes porque estoy bien rica, Qué me importa la vida de mi ex (pero quiero saber dónde está).
Algunas veces he pensado seriamente en detenerlos. He querido enfrentar a cada uno de esos hombres y mujeres que me invaden la vida con sus impertinencias mirándoles con firmeza. Sin titubeo alguno, he sentido ganas de decirles así, con todos los dientes, “De verdad que lo que usted hace con su vida/su dinero/su hígado/sus minutos de celular/sus orificios me importa torta. ¿Se podría callar la boca y dejarme vivir en paz?”
Posiblemente, me sentiría muy feliz y liberado, aunque recibiera miradas de puñal, insultos gratuitos y alguna que otra querella ante las autoridades. Pero sé que es perder el tiempo: luchar contra uno/a de estos invasores del orden público es empujar una pared. Son demasiados seres que viven por ahí engrandecidos con sus pequeñeces, diseminados por el mundo como una peste insufrible que ni ellos mismos pueden oler.
La próxima vez que haga una fila, espere en una oficina o haga una gestión pública, piense un poco. Sería bueno que, para variar, se diera cuenta de que su derecho a vivir como le da la gana puede ser el comienzo de la invasión a la vida ajena. La mía, y la de los demás.
También podría pasar que un escritor con buen oído capture los detalles insulsos de su vida ídem para escribir una historia con la que ganará reconocimiento internacional. Cuando la prensa curiosa le pregunte sobre el origen de su historia, él dirá muy tranquilito, “La escuché por ahí.”
Y usted no podrá reclamar nada. Qué pena.
Caso número 2: usted espera su turno para pagar en la tienda de descuentos. Mira a su alrededor alguna revistilla tonta para pasar el mal rato de esperar a que la cajera resuelva un problema de precio en el terminal de cobro. Mientras tanto, la señora que le sigue a usted en la fila decide que es tiempo de avanzar y coloca sus dos galones de detergente, un canasto de ropa y un saco de diez libras de comida para gatos en los tres centímetros de mostrador que están disponibles en el terminal de pago. Ni siquiera la mirada fulminante que usted le dispara, la detiene. La doña sigue colocando sus chucherías como que esto no es conmigo, mientras su hija adolescente repasa desde lejos el menú de las pizzas y los refrescos que atacarán tan pronto ambas terminen de pasarle por encima.
Caso número 3: usted completa un trámite en una agencia de gobierno. Sentado en una silla incómoda, ha padecido la extraordinaria oferta televisiva de Univisión. Entonces, llega una pareja singular: él, señor maduro; ella, esposa peleona. El aire de trifulca entre ellos aún no se disipa cuando la mujer, en actitud retante, se acerca a la empleada para hacerle “una preguntita”. La diminuta consulta demora unos diez minutos y, de pronto, la señora consigue burlar descaradamente el sistema de turnos y salir de la agencia alardeando su buena suerte, que vocifera al marido con aire de triunfo.
¿Qué tienen en común estos tres casos? La inconsciencia ciudadana del siglo XXI.
No sé cuántas veces he sido atacado por estos invasores del espacio común, tan multiplicados por las calles de nuestro país. Uno trata de vivir como la gente, siguiendo el orden lógico de la civilidad: habla con moderación, aguarda su turno, pide permiso y da las gracias; en fin, hace alarde de la buena educación que le enseñaron –en muchos casos, a fuerza de pescozones—en sus años formativos. Entonces, se topa uno con cada animal de dos patas que, con o sin conciencia de sus actos, irrumpe en los espacios ajenos con el descaro propio de quien no se ha leído el Manual Básico de la Convivencia Humana o, sencillamente, decidió utilizar el papel para limpiarse donde el sol no alumbra.
Estos seres campean por sus respetos de muchas otras maneras. Salen a la calle sin cinturón de seguridad, se almuerzan las señales de tránsito y se trepan en las aceras como si tal cosa. Discuten detalles de sus amores mientras escogen las papas en el supermercado. Transmiten en directo sus hazañas laborales desde los cubículos del inodoro público. Protagonizan sin saberlo, con sus vidas tan privadamente públicas, su propio “reality show”: Esos pesados cuernos de mi cuñada María, Ando solo y triste cada viernes, Canto como Ednita en los karaokes porque estoy bien rica, Qué me importa la vida de mi ex (pero quiero saber dónde está).
Algunas veces he pensado seriamente en detenerlos. He querido enfrentar a cada uno de esos hombres y mujeres que me invaden la vida con sus impertinencias mirándoles con firmeza. Sin titubeo alguno, he sentido ganas de decirles así, con todos los dientes, “De verdad que lo que usted hace con su vida/su dinero/su hígado/sus minutos de celular/sus orificios me importa torta. ¿Se podría callar la boca y dejarme vivir en paz?”
Posiblemente, me sentiría muy feliz y liberado, aunque recibiera miradas de puñal, insultos gratuitos y alguna que otra querella ante las autoridades. Pero sé que es perder el tiempo: luchar contra uno/a de estos invasores del orden público es empujar una pared. Son demasiados seres que viven por ahí engrandecidos con sus pequeñeces, diseminados por el mundo como una peste insufrible que ni ellos mismos pueden oler.
La próxima vez que haga una fila, espere en una oficina o haga una gestión pública, piense un poco. Sería bueno que, para variar, se diera cuenta de que su derecho a vivir como le da la gana puede ser el comienzo de la invasión a la vida ajena. La mía, y la de los demás.
También podría pasar que un escritor con buen oído capture los detalles insulsos de su vida ídem para escribir una historia con la que ganará reconocimiento internacional. Cuando la prensa curiosa le pregunte sobre el origen de su historia, él dirá muy tranquilito, “La escuché por ahí.”
Y usted no podrá reclamar nada. Qué pena.
Etiquetas:
"reality shows",
civilidad,
lección de vida,
vida a los cuarenta
miércoles, 26 de agosto de 2009
Que llamen al Rey
Cada vez que intento olvidar una de las metidas de pata que ocurren a diario en este país, alguien se supera con otra mucho más estrepitosa que la anterior.
Hace un par de semanas se lució la senadora Evelyn Vázquez con su profundo comentario sobre el vínculo entre la depresión de las confinadas y su ropa interior. Bueno, de La Mujer Pirata que gustaba de bailar en tubos no puedo esperar mucho más. Su brillantez quedó más que demostrada al proponer el rescate de los galeones españoles para financiar los Juegos Centroamericanos mientras que, con su bembita de bombón, les llamó “b-r-u-t-o-s” a los dominicanos. No obstante, aún cuando la preocupación de esta futura prócer nace de un asunto relativamente justo, ¿por qué plantearlo de esa manera tan burda? Por Dios, no sé ni para qué me lo pregunto, si a ésta la dejó Maripily calentándole la silla en lo que regresa de su luna de miel.
En medio de todo ese reguero –o quizá velando güira por falta de pantis—se monta en la ola un tal Yamil Gorritz, quien llegó a la isla con su entourage de “modelos exóticas” (en realidad, dos pobrecitas descuajadas) para anunciar, con bombos y platillos, su rotundo éxito como empresario pornográfico. Para los que nacieron ayer, este imbécil con pinta de chulo fue el protagonista de aquel infame vídeo triple X que protagonizó una joven que pudo ser una cantante muy exitosa, pues herencia le sobra. ¿Y a santo de qué viene éste, con su séquito de putones de cuarta, a promover una “lucrativa empresa” que emprendió cuando nadie quiso –según él—darle paso como artista? Bueno, es que la verdad es hija de Dios: si no te dan el “break”, es que no lo hay. No obstante, lo más patético no es que éste venga a hacer alarde de sus “negocios”: lo peor es que habla y habla como cotorra en pase de perico a cuanto medio de comunicación le cruce por delante. Que ni a Culson con su medalla de plata le han dado tanto despliegue periodístico. Y no me sorprende: en este país a cualquier trapo le llaman frisa.
Cuando por fin todo parece calmarse, salta a la picota pública el escarceo que ha formado la “ex tenedora” de la franquicia local de Miss Universe tras el desempeño de Mayra Matos en el concurso celebrando en Bahamas. (Pausa para suspirar profundo.) En realidad, repetir las tonterías que ha dicho esta señora es, sencillamente, gastar espacio vital, así que ni pienso hacerlo. Pero igual no deja de sorprenderme la habilidad que ha tenido este estuche de monerías para retorcer verdades y acomodarlas de una manera tan falsa como los implantes de sus candidatas –excepto Mayra que, les aseguro, lo que tiene es de fábrica. Como he comentado a quienes me preguntan sobre el tema, pienso que hay que tener piedad y compasión de ese ser humano. Y de ella, pobre infeliz, no espero más porque es imposible. Sobre todo cuando recuerdo que fue ella, precisamente, la misma criatura que me ofreció un acuerdo de intercambios de recorte en su salón de belleza con tal que le escribiera un guión para una historia televisiva. A mí, que soy calvo. Nada más con el testigo.
Entonces, justo cuando el inodoro tapado amenaza con desbordar, se desmanda sobre él como un becerro sin campana ese exquisito personaje llamado Jaime González Goenaga. Vaya usted a saber, como decía mi abuela, qué pata puso ese huevo, porque ni su santo ni su seña eran conocidos hasta que empezó a sonar el desmadre. Según los vídeos posteados en YouTube y difundidos ampliamente por la prensa nacional, el tal empresario se despachó con la cuchara grande en un arranque de grosería –provocada, según él, por un “mal rato” que había pasado antes. Por la alegada incomodidad sufrida, este esperpento abrió la boca y sí que metió las cuatro, junto con el hocico, al insinuar que los menos afortunados podrían acercarse al proyecto Riviera del Caribe para que aprendan cómo viven los ricos. Y habló de “limbers” de cincuenta centavos, de aspirar a la riqueza a través de la Loto, habló y habló y habló de tantas imbecilidades que, bueno, mejor ni contarlas.
Mi mamá, que es una mujer muy sabia, siempre dice que “tan culpable es el que mata la vaca como el que le amarra las patas”. Y en este caso, el debate entre los que acuchillan a la res y los que se ofrecen para llevarla al matadero está prácticamente parejo. Porque, según ha habido desatinos tan espantosos, de igual forma ha habido tontos que observan, al parecer sin sangre en las venas. Éste es el denominador común de estas historias increíbles: frente a la insensatez y la torpeza, existe foro. Porque mire usted qué mucha tinta de prensa y espacio cibernético han generado estos injertos humanos y, por lo visto, el asunto va para largo.
Es por eso que, humildemente, me atrevo a proponer una solución parcial ante las autoridades públicas o, por lo menos, a las que tengan que ver con el respeto al decoro y las buenas costumbres. Con tal de que el barullo se aquiete y, por lo menos, tengamos algún respiro de paz –hasta que la próxima tormenta o el próximo brote cochino nos ponga a correr en busca de salchichas y hand sanitizer—suplico que, en nombre de la prudencia, un alma noble se comprometa a llamar al Rey Juan Carlos de España para que organice un golpe de estado y nos gobierne. Así es que, a mi juicio, se detendría esta ola de insensateces de una buena vez, cuando el Bourbón los mire con su cara de mangó verde y les grite a todos, uno por uno: “¿Por qué no te callas?”
Sería bueno. Aunque fuera no más por un ratito.
Hace un par de semanas se lució la senadora Evelyn Vázquez con su profundo comentario sobre el vínculo entre la depresión de las confinadas y su ropa interior. Bueno, de La Mujer Pirata que gustaba de bailar en tubos no puedo esperar mucho más. Su brillantez quedó más que demostrada al proponer el rescate de los galeones españoles para financiar los Juegos Centroamericanos mientras que, con su bembita de bombón, les llamó “b-r-u-t-o-s” a los dominicanos. No obstante, aún cuando la preocupación de esta futura prócer nace de un asunto relativamente justo, ¿por qué plantearlo de esa manera tan burda? Por Dios, no sé ni para qué me lo pregunto, si a ésta la dejó Maripily calentándole la silla en lo que regresa de su luna de miel.
En medio de todo ese reguero –o quizá velando güira por falta de pantis—se monta en la ola un tal Yamil Gorritz, quien llegó a la isla con su entourage de “modelos exóticas” (en realidad, dos pobrecitas descuajadas) para anunciar, con bombos y platillos, su rotundo éxito como empresario pornográfico. Para los que nacieron ayer, este imbécil con pinta de chulo fue el protagonista de aquel infame vídeo triple X que protagonizó una joven que pudo ser una cantante muy exitosa, pues herencia le sobra. ¿Y a santo de qué viene éste, con su séquito de putones de cuarta, a promover una “lucrativa empresa” que emprendió cuando nadie quiso –según él—darle paso como artista? Bueno, es que la verdad es hija de Dios: si no te dan el “break”, es que no lo hay. No obstante, lo más patético no es que éste venga a hacer alarde de sus “negocios”: lo peor es que habla y habla como cotorra en pase de perico a cuanto medio de comunicación le cruce por delante. Que ni a Culson con su medalla de plata le han dado tanto despliegue periodístico. Y no me sorprende: en este país a cualquier trapo le llaman frisa.
Cuando por fin todo parece calmarse, salta a la picota pública el escarceo que ha formado la “ex tenedora” de la franquicia local de Miss Universe tras el desempeño de Mayra Matos en el concurso celebrando en Bahamas. (Pausa para suspirar profundo.) En realidad, repetir las tonterías que ha dicho esta señora es, sencillamente, gastar espacio vital, así que ni pienso hacerlo. Pero igual no deja de sorprenderme la habilidad que ha tenido este estuche de monerías para retorcer verdades y acomodarlas de una manera tan falsa como los implantes de sus candidatas –excepto Mayra que, les aseguro, lo que tiene es de fábrica. Como he comentado a quienes me preguntan sobre el tema, pienso que hay que tener piedad y compasión de ese ser humano. Y de ella, pobre infeliz, no espero más porque es imposible. Sobre todo cuando recuerdo que fue ella, precisamente, la misma criatura que me ofreció un acuerdo de intercambios de recorte en su salón de belleza con tal que le escribiera un guión para una historia televisiva. A mí, que soy calvo. Nada más con el testigo.
Entonces, justo cuando el inodoro tapado amenaza con desbordar, se desmanda sobre él como un becerro sin campana ese exquisito personaje llamado Jaime González Goenaga. Vaya usted a saber, como decía mi abuela, qué pata puso ese huevo, porque ni su santo ni su seña eran conocidos hasta que empezó a sonar el desmadre. Según los vídeos posteados en YouTube y difundidos ampliamente por la prensa nacional, el tal empresario se despachó con la cuchara grande en un arranque de grosería –provocada, según él, por un “mal rato” que había pasado antes. Por la alegada incomodidad sufrida, este esperpento abrió la boca y sí que metió las cuatro, junto con el hocico, al insinuar que los menos afortunados podrían acercarse al proyecto Riviera del Caribe para que aprendan cómo viven los ricos. Y habló de “limbers” de cincuenta centavos, de aspirar a la riqueza a través de la Loto, habló y habló y habló de tantas imbecilidades que, bueno, mejor ni contarlas.
Mi mamá, que es una mujer muy sabia, siempre dice que “tan culpable es el que mata la vaca como el que le amarra las patas”. Y en este caso, el debate entre los que acuchillan a la res y los que se ofrecen para llevarla al matadero está prácticamente parejo. Porque, según ha habido desatinos tan espantosos, de igual forma ha habido tontos que observan, al parecer sin sangre en las venas. Éste es el denominador común de estas historias increíbles: frente a la insensatez y la torpeza, existe foro. Porque mire usted qué mucha tinta de prensa y espacio cibernético han generado estos injertos humanos y, por lo visto, el asunto va para largo.
Es por eso que, humildemente, me atrevo a proponer una solución parcial ante las autoridades públicas o, por lo menos, a las que tengan que ver con el respeto al decoro y las buenas costumbres. Con tal de que el barullo se aquiete y, por lo menos, tengamos algún respiro de paz –hasta que la próxima tormenta o el próximo brote cochino nos ponga a correr en busca de salchichas y hand sanitizer—suplico que, en nombre de la prudencia, un alma noble se comprometa a llamar al Rey Juan Carlos de España para que organice un golpe de estado y nos gobierne. Así es que, a mi juicio, se detendría esta ola de insensateces de una buena vez, cuando el Bourbón los mire con su cara de mangó verde y les grite a todos, uno por uno: “¿Por qué no te callas?”
Sería bueno. Aunque fuera no más por un ratito.
lunes, 20 de julio de 2009
Saludos, saludos
No, no es que me adelante a las navidades: es que me anticipo a la gripe.
Para empezar, escribo con máscara. Yo no sé si el programa antivirus de la computadora será suficiente para protegerme. Me tildarán de exagerado, pero más vale cobarde vivo. Si antes le tenía terror a los estornudos en público, ahora ni me los quiero imaginar. Pero la penuria ha sido larga y difícil, porque esto de llevarse bien con una gripe insidiosa no es cáscara de coco.
En realidad exagero y con razón. Honro mi puertorriqueñismo diciendo que esto es el acabose, que aquí no nos salva ni el médico chino y que estamos a dos curvitas del Apocalipsis. Claro, hay que decretar así, con grandiosidad. No se puede dormir en las pajas diciendo que ésas son boberías, ni que el virusito ése se lo inventaron en un laboratorio para que una farmacéutica se forrara de chavos, no. Esto es castigo divino, punto y se acabó.
Según mi herencia boricua, también soy algo hipocondríaco. Y tan pronto como empezaron a sonar los tiros, me picó la garganta. Cuando prendí la televisión y vi la cara de mangó verde que traía el doctor Rullán en la conferencia de prensa, sentí el primer retortijón de tripas. Tres segundos más tarde repasé mi vida en las pasadas 48 horas. ¿Dónde estuve? ¿A quién toqué? ¿A quién besé? ¿En dónde pagué? ¿Qué hice con el cambio? ¿Me toqué la nariz? ¿Me comí las uñas? ¿Me rasqué la calva?
Aunque la piquiña resultó ser alergia y el malestar estomacal se me alivió con un palo de Pepto-Bismol, no bajé la guardia. Me raspé los tres noticieros principales y leí todas las páginas de la Internet con información local. Continué mi repaso minucioso de acciones y reacciones: ¿Con quién hablé? ¿Dónde me senté? ¿Quién se sentó antes que yo? ¿Qué hice cuando me paré? Entonces fue que descubrí mi pecado: saludé a alguien con besos y abrazos. Ahora sí: estoy jodido.
Ahí fue que empezaron a llegar los mensajes. De todas partes. Alguien escribió las “tablas de la ley” –en realidad, un e-mail de esos de cadena— y la regó como un estornudo. En el documento de marras, se explica con mocos, toses y otras señales el cómo, cuándo, dónde y por qué de esta gripe de los demonios.
Y ahí, justo en el punto número 8, se documenta mi desgracia:
P: ¿Cuál es la forma como entra el virus al cuerpo?
R: Por contacto al darse la mano o besarse en la mejilla y por la nariz, boca y ojos.
Tooooomaaaaaa, Jorgito. Bueno que te pase, por besucón. Es que nadie ha dicho que estar ahí pegado como lapa, demostrándole cariño a la gente, es una buena forma de demostrar la amistad. Aprende de los chinos: ellos no se saludan de mano. Se hacen reverencias de lejitos. Y podrán morir de cualquier otra cosa, menos de esta porquería. Por eso es que han tenido tiempo para fabricar tanta ropa, aparatos, utensilios. No andan por ahí embracetados como los boricuas, que hasta para el baño cargamos con la familia.
Entonces, que el espíritu de Bruce Lee te ampare de toda enfermedad, y practica el saludo saludo, vengo a saludal/como los chinitos/me voy a inclinal. Manita con manita y reverencia. No está nada mal; se ve distinguido, sobrio, hasta algo chic. Si Carla Bruni lo pusiera de moda y apareciera publicado en Hola o en Vanidades, de pronto las chicas culifruncidas que aparecen en las páginas sociales del periódico serían unas generalas de cinco estrellas. Y ni hablar de los caballeros: nada de apretones trogloditas ni ese nuevo esperpento de saludo-con-la-mano-derecha-abrazo-con-la-izquierda-y-chocamos-los hombros… ¿Qué reguero es ése? No no no, hay que imitar a los orientales: distancia y categoría.
Pero todavía no entiendo: si estoy así, de lo más precavido saludando en plan Dalai Lama, y de pronto me da por estornudar, ¿qué hago? ¿Continúo la reverencia con las manos en la cara? ¿Me volteo para el otro lado y salgo corriendo?
Ay no, esto es muy complicado. Mejor paso por antipático y le doy derecha a todo el que me quiera estrechar la mano. Total, ya mismo llegan los cuatro jinetes a repartir fuetazos y a empezar el juicio. No nos salva ni el cloro.
Para empezar, escribo con máscara. Yo no sé si el programa antivirus de la computadora será suficiente para protegerme. Me tildarán de exagerado, pero más vale cobarde vivo. Si antes le tenía terror a los estornudos en público, ahora ni me los quiero imaginar. Pero la penuria ha sido larga y difícil, porque esto de llevarse bien con una gripe insidiosa no es cáscara de coco.
En realidad exagero y con razón. Honro mi puertorriqueñismo diciendo que esto es el acabose, que aquí no nos salva ni el médico chino y que estamos a dos curvitas del Apocalipsis. Claro, hay que decretar así, con grandiosidad. No se puede dormir en las pajas diciendo que ésas son boberías, ni que el virusito ése se lo inventaron en un laboratorio para que una farmacéutica se forrara de chavos, no. Esto es castigo divino, punto y se acabó.
Según mi herencia boricua, también soy algo hipocondríaco. Y tan pronto como empezaron a sonar los tiros, me picó la garganta. Cuando prendí la televisión y vi la cara de mangó verde que traía el doctor Rullán en la conferencia de prensa, sentí el primer retortijón de tripas. Tres segundos más tarde repasé mi vida en las pasadas 48 horas. ¿Dónde estuve? ¿A quién toqué? ¿A quién besé? ¿En dónde pagué? ¿Qué hice con el cambio? ¿Me toqué la nariz? ¿Me comí las uñas? ¿Me rasqué la calva?
Aunque la piquiña resultó ser alergia y el malestar estomacal se me alivió con un palo de Pepto-Bismol, no bajé la guardia. Me raspé los tres noticieros principales y leí todas las páginas de la Internet con información local. Continué mi repaso minucioso de acciones y reacciones: ¿Con quién hablé? ¿Dónde me senté? ¿Quién se sentó antes que yo? ¿Qué hice cuando me paré? Entonces fue que descubrí mi pecado: saludé a alguien con besos y abrazos. Ahora sí: estoy jodido.
Ahí fue que empezaron a llegar los mensajes. De todas partes. Alguien escribió las “tablas de la ley” –en realidad, un e-mail de esos de cadena— y la regó como un estornudo. En el documento de marras, se explica con mocos, toses y otras señales el cómo, cuándo, dónde y por qué de esta gripe de los demonios.
Y ahí, justo en el punto número 8, se documenta mi desgracia:
P: ¿Cuál es la forma como entra el virus al cuerpo?
R: Por contacto al darse la mano o besarse en la mejilla y por la nariz, boca y ojos.
Tooooomaaaaaa, Jorgito. Bueno que te pase, por besucón. Es que nadie ha dicho que estar ahí pegado como lapa, demostrándole cariño a la gente, es una buena forma de demostrar la amistad. Aprende de los chinos: ellos no se saludan de mano. Se hacen reverencias de lejitos. Y podrán morir de cualquier otra cosa, menos de esta porquería. Por eso es que han tenido tiempo para fabricar tanta ropa, aparatos, utensilios. No andan por ahí embracetados como los boricuas, que hasta para el baño cargamos con la familia.
Entonces, que el espíritu de Bruce Lee te ampare de toda enfermedad, y practica el saludo saludo, vengo a saludal/como los chinitos/me voy a inclinal. Manita con manita y reverencia. No está nada mal; se ve distinguido, sobrio, hasta algo chic. Si Carla Bruni lo pusiera de moda y apareciera publicado en Hola o en Vanidades, de pronto las chicas culifruncidas que aparecen en las páginas sociales del periódico serían unas generalas de cinco estrellas. Y ni hablar de los caballeros: nada de apretones trogloditas ni ese nuevo esperpento de saludo-con-la-mano-derecha-abrazo-con-la-izquierda-y-chocamos-los hombros… ¿Qué reguero es ése? No no no, hay que imitar a los orientales: distancia y categoría.
Pero todavía no entiendo: si estoy así, de lo más precavido saludando en plan Dalai Lama, y de pronto me da por estornudar, ¿qué hago? ¿Continúo la reverencia con las manos en la cara? ¿Me volteo para el otro lado y salgo corriendo?
Ay no, esto es muy complicado. Mejor paso por antipático y le doy derecha a todo el que me quiera estrechar la mano. Total, ya mismo llegan los cuatro jinetes a repartir fuetazos y a empezar el juicio. No nos salva ni el cloro.
Etiquetas:
el saludo chino,
folclor boricua,
gripe porcina,
vida a los cuarenta
martes, 14 de julio de 2009
The Real Housewives of Juana Díaz City
En estos días de “vacaciones”, es curioso recorrer las calles del pueblo donde me crié desde una perspectiva diferente. No es que me haya alejado demasiado tiempo, pero la prisa no me permite ver con detenimiento el entorno juanadino que ahora, con más calma, puedo disfrutar.
¿Disfrutar dije? No, la verdad es que no: desde que empecé a caminar por las calles de esta ciudad, haciendo mis gestiones cotidianas a pie para no gastar gasolina, he visto una revolución. De personas, de costumbres, de actitudes, de todo. Definitivamente, éste no es el pueblito donde crecí y estudié, sino un lugar que desconozco por completo.
Para empezar, la gente ha cambiado mucho. Cuando miro alrededor, sólo veo desconocidos que mi memoria no alcanza a descifrar. Tampoco es que tenga amnesia: puedo reconocer a alguno que otro juanadino. Pero la sensación que siento al mirarles es como si fueran partes de un rompecabezas que, luego de terminarlo, desarmé y guardé en la caja del olvido. Ahora, cuando intento recomponerlo, la verdad es que no podría; las piezas no corresponden a mis recuerdos. Veo rostros distintos, en su mayoría: caras densas, obtusas, marcadas por el tiempo inmisericorde. Por supuesto, tampoco soy un niño, pero tengo que admitir que, al recordarme rodeado de esas gentes lejanas, me repaso frente al espejo. ¿De verdad me veré así de matao?
También observo nuevas prácticas: hacer compras con el uniforme del trabajo parece ser una tendencia de moda muy común entre hombres y mujeres. Posiblemente, he visto más gente uniformada en los supermercados y en las tiendas que en sus puestos de trabajo. ¿Serán desempleados que no han perdido la costumbre de usar su ropa del diario o, por aquello de la crisis, han incorporado la vestimenta a las tácticas de mercadeo?
Entre recuerdos de gente que no conozco y personas uniformadas que cargan bolsas con papel de inodoro, lo mejor de todo ha sido encontrarme dentro de un “reality show” en plena fila del banco. En medio del circo folclórico que resulta ser la odiosa fila bancaria, nunca pensé que me encontraría frente a ellas, las “Real Housewives” juanadinas.
En mi mente, ellas son perfectas para el susodicho programa, y por razones muy sencillas: entre los dubis, las chanclas, las medias blancas y los tatuajes, son exquisitas y extraordinarias. Una –la llamaré “Mari”—viste de negro cerrado en un modelito informal, justo para el delicioso clima veraniego. Sin quitarse las inmensas gafas que gritan DOLCE & GABANNA desde cada una de sus patas, “Mari” atiende llamadas desde su BlackBerry con cierto desdén muy estudiado. La otra –llamémosle “Tuti”—acaba de llegar, a sólo treinta segundos del último “poof” de fijador sobre su extraordinaria melena pelirroja, perfectamente acicalada. “Tuti” rebusca en su enorme cartera (que, como las gafas de “Mari”, grita COACH COACH COACH a cuello pelao) y se ubica detrás de la doña con rolos y un bolso rebosante de jabones y toallas sanitarias. “Tuti” resopla y se indigna: de inmediato, otea el horizonte en busca de “La Chica” –léase, La Empleada Del Banco Que Es Mi Amiguita Y La Quiero Muchas Veces Cuando Hay Mucha Fila Para Que Me Cuele—para ver si puede librarse de la serpiente humana que llega a la puerta.
Pero el asunto no progresa: los empleados se tardan, la espera se alarga. Y yo observo.
Desde su puesto en la fila, “Mari” sigue atada a su poderoso celular 3G. Con sus uñas manicurísimas, roza la pantalla cuatro o cinco veces y gobierna a todos. Ordena colores para el gabinete nuevo, verifica que las ordenes hayan llegado, pelea con la “muchacha” –léase La Que Limpia En Casa Porque Yo Estoy Muy Ocupada—porque no ha levantado a los nenes y le instruye qué combinaciones de ropa deben vestir para cuando ella termine de hacer sus diligencias. El premio, por supuesto, será ir de “shopping”, a Plaza (Del Caribe; Las Américas requiere otra preparación minuciosa). Mientras tanto, “Tuti” conversa con “La Chica” –de hecho, así le llama: “Chica” pa’ aquí, “Chica” pa’ allá—y le cuenta vida y milagros de sus hazañas con el campamento de los nenes que la tienen loca... A todo esto, sacude su melena perfecta para deslumbrar a su estimada amiga, pero el ataque del pelo perfecto no le funciona: de pronto, la empleada bancaria sigue camino del almuerzo, y “Tuti” vuelve a su puesto, detrás de la señora con los rolos y las toallas Nosotras Plus.
Entonces, ¡oh sorpresa!: "Mari" y "Tuti" se descubren.
Nenaaaa, no te vi, miente la primera. Ni yo tampoco, miente la segunda. Ay qué bella, dice una. Vengo del biuti, responde la otra. Nena, estás flaca, insiste la primera. Con este ajoro, admite la segunda. Chica y qué haces por ahí, reclama la primera. Resolviendo los enredos de mi marido, se excusa la segunda. Y por ahí para abajo, sigue la perorata: las Real Housewives juanadinas alardean sus alegrías y sinsabores, sus desengaños y sus preocupaciones, delante de su audiencia cautiva. “Tuti”, por supuesto, se adelanta hasta el lugar de “Mari” en abierta bichería, dando pelo con la excusa de compartir las anécdotas universitarias de sus respectivas hijas “Lorraine” y “Stephanie” en una cháchara eterna de risotadas, en un idioma que sólo ellas entienden.
En eso, la cajera bancaria llama a “Mari” –gracias a Dios—y “Tuti” tiene que volver al sitio de origen, buscando en su cartera gritona un nuevo entretenimiento para su vida extraordinaria.
“Tuti” resopla, resignada, mientras “Mari” se despide de lejitos, igual que Lucé Vela en Día de Reyes. La cara de la doña con los rolos vale millones: ha presentido un intento de colarse que quedó en el olvido porque, como buena Real Housewife, la bicha ni siquiera se le acercó a la salida.
Entonces, cuando miro el televisor que nadie mira, me río solito. Ay Vigoreaux, qué bobo eres, pienso. Si pusieras una cámara en la fila, tremendo show que tendrías en BravoTV.
¿Disfrutar dije? No, la verdad es que no: desde que empecé a caminar por las calles de esta ciudad, haciendo mis gestiones cotidianas a pie para no gastar gasolina, he visto una revolución. De personas, de costumbres, de actitudes, de todo. Definitivamente, éste no es el pueblito donde crecí y estudié, sino un lugar que desconozco por completo.
Para empezar, la gente ha cambiado mucho. Cuando miro alrededor, sólo veo desconocidos que mi memoria no alcanza a descifrar. Tampoco es que tenga amnesia: puedo reconocer a alguno que otro juanadino. Pero la sensación que siento al mirarles es como si fueran partes de un rompecabezas que, luego de terminarlo, desarmé y guardé en la caja del olvido. Ahora, cuando intento recomponerlo, la verdad es que no podría; las piezas no corresponden a mis recuerdos. Veo rostros distintos, en su mayoría: caras densas, obtusas, marcadas por el tiempo inmisericorde. Por supuesto, tampoco soy un niño, pero tengo que admitir que, al recordarme rodeado de esas gentes lejanas, me repaso frente al espejo. ¿De verdad me veré así de matao?
También observo nuevas prácticas: hacer compras con el uniforme del trabajo parece ser una tendencia de moda muy común entre hombres y mujeres. Posiblemente, he visto más gente uniformada en los supermercados y en las tiendas que en sus puestos de trabajo. ¿Serán desempleados que no han perdido la costumbre de usar su ropa del diario o, por aquello de la crisis, han incorporado la vestimenta a las tácticas de mercadeo?
Entre recuerdos de gente que no conozco y personas uniformadas que cargan bolsas con papel de inodoro, lo mejor de todo ha sido encontrarme dentro de un “reality show” en plena fila del banco. En medio del circo folclórico que resulta ser la odiosa fila bancaria, nunca pensé que me encontraría frente a ellas, las “Real Housewives” juanadinas.
En mi mente, ellas son perfectas para el susodicho programa, y por razones muy sencillas: entre los dubis, las chanclas, las medias blancas y los tatuajes, son exquisitas y extraordinarias. Una –la llamaré “Mari”—viste de negro cerrado en un modelito informal, justo para el delicioso clima veraniego. Sin quitarse las inmensas gafas que gritan DOLCE & GABANNA desde cada una de sus patas, “Mari” atiende llamadas desde su BlackBerry con cierto desdén muy estudiado. La otra –llamémosle “Tuti”—acaba de llegar, a sólo treinta segundos del último “poof” de fijador sobre su extraordinaria melena pelirroja, perfectamente acicalada. “Tuti” rebusca en su enorme cartera (que, como las gafas de “Mari”, grita COACH COACH COACH a cuello pelao) y se ubica detrás de la doña con rolos y un bolso rebosante de jabones y toallas sanitarias. “Tuti” resopla y se indigna: de inmediato, otea el horizonte en busca de “La Chica” –léase, La Empleada Del Banco Que Es Mi Amiguita Y La Quiero Muchas Veces Cuando Hay Mucha Fila Para Que Me Cuele—para ver si puede librarse de la serpiente humana que llega a la puerta.
Pero el asunto no progresa: los empleados se tardan, la espera se alarga. Y yo observo.
Desde su puesto en la fila, “Mari” sigue atada a su poderoso celular 3G. Con sus uñas manicurísimas, roza la pantalla cuatro o cinco veces y gobierna a todos. Ordena colores para el gabinete nuevo, verifica que las ordenes hayan llegado, pelea con la “muchacha” –léase La Que Limpia En Casa Porque Yo Estoy Muy Ocupada—porque no ha levantado a los nenes y le instruye qué combinaciones de ropa deben vestir para cuando ella termine de hacer sus diligencias. El premio, por supuesto, será ir de “shopping”, a Plaza (Del Caribe; Las Américas requiere otra preparación minuciosa). Mientras tanto, “Tuti” conversa con “La Chica” –de hecho, así le llama: “Chica” pa’ aquí, “Chica” pa’ allá—y le cuenta vida y milagros de sus hazañas con el campamento de los nenes que la tienen loca... A todo esto, sacude su melena perfecta para deslumbrar a su estimada amiga, pero el ataque del pelo perfecto no le funciona: de pronto, la empleada bancaria sigue camino del almuerzo, y “Tuti” vuelve a su puesto, detrás de la señora con los rolos y las toallas Nosotras Plus.
Entonces, ¡oh sorpresa!: "Mari" y "Tuti" se descubren.
Nenaaaa, no te vi, miente la primera. Ni yo tampoco, miente la segunda. Ay qué bella, dice una. Vengo del biuti, responde la otra. Nena, estás flaca, insiste la primera. Con este ajoro, admite la segunda. Chica y qué haces por ahí, reclama la primera. Resolviendo los enredos de mi marido, se excusa la segunda. Y por ahí para abajo, sigue la perorata: las Real Housewives juanadinas alardean sus alegrías y sinsabores, sus desengaños y sus preocupaciones, delante de su audiencia cautiva. “Tuti”, por supuesto, se adelanta hasta el lugar de “Mari” en abierta bichería, dando pelo con la excusa de compartir las anécdotas universitarias de sus respectivas hijas “Lorraine” y “Stephanie” en una cháchara eterna de risotadas, en un idioma que sólo ellas entienden.
En eso, la cajera bancaria llama a “Mari” –gracias a Dios—y “Tuti” tiene que volver al sitio de origen, buscando en su cartera gritona un nuevo entretenimiento para su vida extraordinaria.
“Tuti” resopla, resignada, mientras “Mari” se despide de lejitos, igual que Lucé Vela en Día de Reyes. La cara de la doña con los rolos vale millones: ha presentido un intento de colarse que quedó en el olvido porque, como buena Real Housewife, la bicha ni siquiera se le acercó a la salida.
Entonces, cuando miro el televisor que nadie mira, me río solito. Ay Vigoreaux, qué bobo eres, pienso. Si pusieras una cámara en la fila, tremendo show que tendrías en BravoTV.
Etiquetas:
fila en el banco,
Real Housewives,
vida a los cuarenta
viernes, 30 de enero de 2009
Esnúa
Hoy, por primera vez, escuché hablar a Carla Capalli.
Ella es ¿diseñadora? No, creo que la diseñadora será la hermana. No sé. En realidad, no sé mucho sobre ella. Sólo sé que se ha convertido en una celebridad por su particular defensa contra la crueldad hacia los animales de circo. En 2006, cuando trajeron uno de esos espectáculos en los que había osos polares, la mujer se “esnuó” para protestar, como símbolo de la injusticia a la que se someten tigres, osos y elefantes en cautiverio, puestos en un circo a hacer tonterías para que la gente aplauda.
Por supuesto, la mujer se convirtió en toda una celebridad. Incluso, es punto de referencia para amigos y amigas que emularían su gesta frente a la crisis económica que nos abate: “Si no me aumentan el sueldo, por mi madre me esnúo frente al Capitolio como Carla Capalli”. Bueno, en realidad, tengo algunos amigos locos. Y amigas también. Muchos se inspirarían en el asunto y pelarían pa'bajo, sin pena ninguna. Y sería algo difícil de mirar.
Pero hoy, en el programa de Rubén Sánchez, la escuché hablar por primera vez. Y me gustó. Me pareció dulce, simpática, con un lejano aire de Von Marie Méndez, la otrora actriz de telenovelas. En sus planteamientos –bueno, lo que pudo hablar mientras Rubén insistía, con su fastidioso estilo— Capalli dijo que ella estaría “semidesnuda o en ropa interior” ejecutando la protesta por la llegada del circo Ringling Brothers ¿o Barnum Bailey? No sé. En realidad, no sé mucho sobre circos. El asunto es que dijo que, para el 17 de febrero, repetirá la protesta anterior e invitó a la comunidad general a unirse a su reclamo.
Con candidez, Capalli respondió a las preguntas e, incluso, toreó muy bien el careo frente al productor del espectáculo, Josantonio Mellado, quien mencionó a la PETA y a las “grandes sumas de dinero” que se les paga a celebridades para que armen estos rollos. No creo que ése sea el móvil de la ¿protesta? No sé. En realidad, no sé mucho sobre lo que ocurrirá allí. Pero sí sé que el periodista Sánchez, al parecer deslumbrado por la simpatía y la innegable belleza de Capalli, insistió en saber si estaría semidesnuda o en ropa interior…
Y ahí se acabó la ¿entrevista? No sé. En realidad, no sé mucho de ese asunto. Lo que sí sé es que Carla se “esnúa”. Porque la que se desnuda es “La Maja” de Goya y Lucientes, famosa pintura del siglo XVIII que repasé muchas veces mirando libros de arte, en plena efervescencia erótica. Era la única forma legal y alcanzable de mirar lo prohibido: hojear un libro de historia del arte y estudiar las reproducciones de aquellas pinturas que presentaban pechos túrgidos, nalgas suntuosas y genitales perfectos, todo con curiosidad juvenil, absorta, inenarrable.
Cuando rebusco para saber un poco más acerca de Carla Capalli en la Internet, sólo hay noticias viejas. Se menciona la protesta del 2005, alguna que otra nota débil que la deja en el mismo vacío existencial hasta que la aparean con el autor de aquella salvajada de los perros en el Puente del Indio, cuya notoriedad pasó a mejor vida –igual que los cadáveres que ya fueron olvidados. En este país, desafortunadamente, escándalos de esta naturaleza se diluyen en el fragor de las luchas políticas. Pensé que descansaríamos de ese rollo por algún tiempo pero, por desgracia, el leque-leque politiquero sigue y no para. Pero Carla insiste: ella quiere evitar, a toda costa, que los tigres y los elefantes entren a Puerto Rico, que las denuncias hechas por las autoridades se sepan, manejando con rigor estos espectáculos que –concurro absolutamente—no abonan en nada a presentar la realidad del mundo animal.
Y ella se esnúa. Por eso, en los comentarios sobre su inminente protesta del 17 de febrero, a Carla Capalli le llaman “loca”.
En mi vida he ido a dos espectáculos de circo, cuando era niño. De uno me acuerdo porque era tan tecato que el famoso acto de la cuerda floja estaba a dos pies del piso. Del otro, que vi en el coliseo de Ponce, sólo recuerdo que me habían sacado una muela y que, aún así, comí “pop corn” mientras había tres pistas en las que pasaban cosas que, de tan tontas, olvidé para siempre. Excepto que el elefante, luego de concluir su presentación, decidió regalarle a la audiencia sus hermoso despliegue de plastas fecales mientras hacía mutis por el foro. ¿Protesta? No sé. No entiendo mucho de elefantes.
Sigo sin saber mucho sobre Carla Capalli. Sólo sé que me pareció una persona muy honesta, que se describió a sí misma como “hopelessly optimistic” al concluir la entrevista con Rubén que, cierto o no, acudirá a mirarla, de seguro.
Si Carla decide protestar, a su manera, por la defensa de los animales –sean o no de circo—pues conmigo no hay problema. Ahora, un gran problema sería que, a esa protesta genuina y sincera se uniera Noelia, la ¿artista? No sé. En realidad, no sé mucho de Noelia. Sólo sé que también se “esnúa” y que también le llaman “loca”…
Pero ésa es otra historia.
Ella es ¿diseñadora? No, creo que la diseñadora será la hermana. No sé. En realidad, no sé mucho sobre ella. Sólo sé que se ha convertido en una celebridad por su particular defensa contra la crueldad hacia los animales de circo. En 2006, cuando trajeron uno de esos espectáculos en los que había osos polares, la mujer se “esnuó” para protestar, como símbolo de la injusticia a la que se someten tigres, osos y elefantes en cautiverio, puestos en un circo a hacer tonterías para que la gente aplauda.
Por supuesto, la mujer se convirtió en toda una celebridad. Incluso, es punto de referencia para amigos y amigas que emularían su gesta frente a la crisis económica que nos abate: “Si no me aumentan el sueldo, por mi madre me esnúo frente al Capitolio como Carla Capalli”. Bueno, en realidad, tengo algunos amigos locos. Y amigas también. Muchos se inspirarían en el asunto y pelarían pa'bajo, sin pena ninguna. Y sería algo difícil de mirar.
Pero hoy, en el programa de Rubén Sánchez, la escuché hablar por primera vez. Y me gustó. Me pareció dulce, simpática, con un lejano aire de Von Marie Méndez, la otrora actriz de telenovelas. En sus planteamientos –bueno, lo que pudo hablar mientras Rubén insistía, con su fastidioso estilo— Capalli dijo que ella estaría “semidesnuda o en ropa interior” ejecutando la protesta por la llegada del circo Ringling Brothers ¿o Barnum Bailey? No sé. En realidad, no sé mucho sobre circos. El asunto es que dijo que, para el 17 de febrero, repetirá la protesta anterior e invitó a la comunidad general a unirse a su reclamo.
Con candidez, Capalli respondió a las preguntas e, incluso, toreó muy bien el careo frente al productor del espectáculo, Josantonio Mellado, quien mencionó a la PETA y a las “grandes sumas de dinero” que se les paga a celebridades para que armen estos rollos. No creo que ése sea el móvil de la ¿protesta? No sé. En realidad, no sé mucho sobre lo que ocurrirá allí. Pero sí sé que el periodista Sánchez, al parecer deslumbrado por la simpatía y la innegable belleza de Capalli, insistió en saber si estaría semidesnuda o en ropa interior…
Y ahí se acabó la ¿entrevista? No sé. En realidad, no sé mucho de ese asunto. Lo que sí sé es que Carla se “esnúa”. Porque la que se desnuda es “La Maja” de Goya y Lucientes, famosa pintura del siglo XVIII que repasé muchas veces mirando libros de arte, en plena efervescencia erótica. Era la única forma legal y alcanzable de mirar lo prohibido: hojear un libro de historia del arte y estudiar las reproducciones de aquellas pinturas que presentaban pechos túrgidos, nalgas suntuosas y genitales perfectos, todo con curiosidad juvenil, absorta, inenarrable.
Cuando rebusco para saber un poco más acerca de Carla Capalli en la Internet, sólo hay noticias viejas. Se menciona la protesta del 2005, alguna que otra nota débil que la deja en el mismo vacío existencial hasta que la aparean con el autor de aquella salvajada de los perros en el Puente del Indio, cuya notoriedad pasó a mejor vida –igual que los cadáveres que ya fueron olvidados. En este país, desafortunadamente, escándalos de esta naturaleza se diluyen en el fragor de las luchas políticas. Pensé que descansaríamos de ese rollo por algún tiempo pero, por desgracia, el leque-leque politiquero sigue y no para. Pero Carla insiste: ella quiere evitar, a toda costa, que los tigres y los elefantes entren a Puerto Rico, que las denuncias hechas por las autoridades se sepan, manejando con rigor estos espectáculos que –concurro absolutamente—no abonan en nada a presentar la realidad del mundo animal.
Y ella se esnúa. Por eso, en los comentarios sobre su inminente protesta del 17 de febrero, a Carla Capalli le llaman “loca”.
En mi vida he ido a dos espectáculos de circo, cuando era niño. De uno me acuerdo porque era tan tecato que el famoso acto de la cuerda floja estaba a dos pies del piso. Del otro, que vi en el coliseo de Ponce, sólo recuerdo que me habían sacado una muela y que, aún así, comí “pop corn” mientras había tres pistas en las que pasaban cosas que, de tan tontas, olvidé para siempre. Excepto que el elefante, luego de concluir su presentación, decidió regalarle a la audiencia sus hermoso despliegue de plastas fecales mientras hacía mutis por el foro. ¿Protesta? No sé. No entiendo mucho de elefantes.
Sigo sin saber mucho sobre Carla Capalli. Sólo sé que me pareció una persona muy honesta, que se describió a sí misma como “hopelessly optimistic” al concluir la entrevista con Rubén que, cierto o no, acudirá a mirarla, de seguro.
Si Carla decide protestar, a su manera, por la defensa de los animales –sean o no de circo—pues conmigo no hay problema. Ahora, un gran problema sería que, a esa protesta genuina y sincera se uniera Noelia, la ¿artista? No sé. En realidad, no sé mucho de Noelia. Sólo sé que también se “esnúa” y que también le llaman “loca”…
Pero ésa es otra historia.
Etiquetas:
Carla Capalli,
circo,
lección de vida,
Noelia,
protesta por animales,
vida a los cuarenta
domingo, 18 de enero de 2009
Mira, gordo
Cuando leí los detalles publicados sobre la pasión y muerte de Carlos Collazo De Jesús, “El Colla”, tuve que reírme. No de él, que no lo merecía, sino por la ignorancia. “El Colla” descansa en paz después de sufrir una larga serie de complicaciones producidas por su condición de obesidad mórbida y, además, el menosprecio de autoridades, instituciones y personas comunes que le rechazaron abiertamente o con el disimulo propio del eufemismo boricua.
Sin embargo, la risa tristona me duró poco. Cuando escuché el relato de su madre Teresa, sentí que la reivindicación del gordo infeliz –una especie abundante en nuestro entorno—estaba cerca. Esta señora humilde hablaba con la entereza de una mujer valiente, denunciando las terribles circunstancias a las que se enfrentaron ella y su familia durante la angustiosa agonía de su hijo. En su relato, doña Teresa reclamaba un trato sensible hacia las personas obesas en todos los renglones de vida porque, según sus sabias palabras, “los obesos también son seres humanos”.
Con la muerte de “El Colla” no terminaron las burlas. Hasta el mismo momento de su descenso al sepulcro se convirtió en comidilla para el comentario mordaz y la burlita imbécil. Delante de curiosos que apuntaban sus camaritas indiscretas para grabar con morbo la escena, desafiando el perímetro establecido por la Policía, los restos mortales del infortunado sufrieron la peor humillación. Cediendo ante el peso, las sogas que levantaban el enorme féretro se partieron, y el cadáver de “El Colla” cayó sentado en la fosa donde sería enterrado. Entonces, la fuerza que antes había demostrado doña Teresa se desplomó junto con el cuerpo inánime de su hijo. Los medios presentes tomaron nota del suceso y de las risitas de los presentes.
Y yo también me reí, al recordar un momento que había olvidado por completo.
En mis tiempos de universidad, tenía una compañera que se llamaba Madeleine. Era flaca, más o menos graciosita y, por deporte absoluto, le gustaba mofarse de todo cuanto se moviera. En aquellos años de múltiples complejos adolescentes, ser amigo de Madeleine era una garantía para evitar las burlas que repartía a diario desde una de las mesas de la cafetería, su “lugar de estudio”. Tomábamos juntos la última clase –un curso de inglés—y luego caminábamos hasta la salida de la universidad donde ella buscaba su carro y yo me apostaba en la parada a esperar mi guagua. En el trayecto, Madeleine se regodeaba en criticar a lengua suelta cualquier cosa: el seseo de la profesora de español, el pañuelo sucio del empleado de la cafetería, el bozo oscuro de la bibliotecaria… Yo, de tonto, le reía las gracias, confiado en que, estando a su lado me libraría de sus crueldades.
Hasta que un día faltó a clases. Como no la había visto en todo el día, me despreocupé de ella, y continué mi rutina académica hasta que, ya en la tarde, emprendí camino hasta la parada de guaguas. Enfrascado en mis pensamientos iba yo, cuando escuché unas risas lejanas, a las que no presté mucha atención. Entonces, a lo lejos, reconocí un vozarrón risueño. “¡MIRAAAAAAAAAA, GORDOOOOOOOOOOOOO!”. Era Madeleine, y me llamaba a mí.
Por supuesto, no estaba sola: se hacía acompañar de sus amigos y amigas que, al igual que yo, le hacían coro para evitar sus trampas burlonas. Al escuchar el alarido, el grupete estalló en carcajadas al confirmar que aquel grito provocó que yo volteara la cabeza, reconociéndome como el receptor del adjetivo cruel. A lo lejos, Madeleine gritó no sé cuántas cosas sobre los pormenores de la clase a la que había faltado por gusto. Me zafé como pude tan rápido como pude, loco por alejarme de su vista y de sus burlas.
Muchos años más tarde, volví a ver a Madeleine mientras compraba en una farmacia de Ponce. Ya no era graciosita: su aspecto descuidado la acercaba peligrosamente a la desgracia. Aunque había aumentado como ochenta libras, insistía en vestirse como en sus años menos crueles, derramándose en un atuendo que, en realidad, era un atentado. La vida se había burlado de ella. Y yo, mirándola de lejos, esquivé su presencia y dejé que se marchara.
Por eso, cuando repaso la historia de “El Colla” y su triste final, me río y me alegro. Porque sé que ahora, en espíritu, Carlos Collazo De Jesús vuela libre por la eternidad, sin la atadura de su cuerpo pesado. Y estoy seguro de que, si se encontrara con mi ex amiga Madeleine, quizás tendría más valor que yo y le haría el frente, sonriéndole. Quizás hasta le soplaría unos cuantos números pa’ que jugara al Pega Tres, a ver si cree en los angelitos.
Sin embargo, la risa tristona me duró poco. Cuando escuché el relato de su madre Teresa, sentí que la reivindicación del gordo infeliz –una especie abundante en nuestro entorno—estaba cerca. Esta señora humilde hablaba con la entereza de una mujer valiente, denunciando las terribles circunstancias a las que se enfrentaron ella y su familia durante la angustiosa agonía de su hijo. En su relato, doña Teresa reclamaba un trato sensible hacia las personas obesas en todos los renglones de vida porque, según sus sabias palabras, “los obesos también son seres humanos”.
Con la muerte de “El Colla” no terminaron las burlas. Hasta el mismo momento de su descenso al sepulcro se convirtió en comidilla para el comentario mordaz y la burlita imbécil. Delante de curiosos que apuntaban sus camaritas indiscretas para grabar con morbo la escena, desafiando el perímetro establecido por la Policía, los restos mortales del infortunado sufrieron la peor humillación. Cediendo ante el peso, las sogas que levantaban el enorme féretro se partieron, y el cadáver de “El Colla” cayó sentado en la fosa donde sería enterrado. Entonces, la fuerza que antes había demostrado doña Teresa se desplomó junto con el cuerpo inánime de su hijo. Los medios presentes tomaron nota del suceso y de las risitas de los presentes.
Y yo también me reí, al recordar un momento que había olvidado por completo.
En mis tiempos de universidad, tenía una compañera que se llamaba Madeleine. Era flaca, más o menos graciosita y, por deporte absoluto, le gustaba mofarse de todo cuanto se moviera. En aquellos años de múltiples complejos adolescentes, ser amigo de Madeleine era una garantía para evitar las burlas que repartía a diario desde una de las mesas de la cafetería, su “lugar de estudio”. Tomábamos juntos la última clase –un curso de inglés—y luego caminábamos hasta la salida de la universidad donde ella buscaba su carro y yo me apostaba en la parada a esperar mi guagua. En el trayecto, Madeleine se regodeaba en criticar a lengua suelta cualquier cosa: el seseo de la profesora de español, el pañuelo sucio del empleado de la cafetería, el bozo oscuro de la bibliotecaria… Yo, de tonto, le reía las gracias, confiado en que, estando a su lado me libraría de sus crueldades.
Hasta que un día faltó a clases. Como no la había visto en todo el día, me despreocupé de ella, y continué mi rutina académica hasta que, ya en la tarde, emprendí camino hasta la parada de guaguas. Enfrascado en mis pensamientos iba yo, cuando escuché unas risas lejanas, a las que no presté mucha atención. Entonces, a lo lejos, reconocí un vozarrón risueño. “¡MIRAAAAAAAAAA, GORDOOOOOOOOOOOOO!”. Era Madeleine, y me llamaba a mí.
Por supuesto, no estaba sola: se hacía acompañar de sus amigos y amigas que, al igual que yo, le hacían coro para evitar sus trampas burlonas. Al escuchar el alarido, el grupete estalló en carcajadas al confirmar que aquel grito provocó que yo volteara la cabeza, reconociéndome como el receptor del adjetivo cruel. A lo lejos, Madeleine gritó no sé cuántas cosas sobre los pormenores de la clase a la que había faltado por gusto. Me zafé como pude tan rápido como pude, loco por alejarme de su vista y de sus burlas.
Muchos años más tarde, volví a ver a Madeleine mientras compraba en una farmacia de Ponce. Ya no era graciosita: su aspecto descuidado la acercaba peligrosamente a la desgracia. Aunque había aumentado como ochenta libras, insistía en vestirse como en sus años menos crueles, derramándose en un atuendo que, en realidad, era un atentado. La vida se había burlado de ella. Y yo, mirándola de lejos, esquivé su presencia y dejé que se marchara.
Por eso, cuando repaso la historia de “El Colla” y su triste final, me río y me alegro. Porque sé que ahora, en espíritu, Carlos Collazo De Jesús vuela libre por la eternidad, sin la atadura de su cuerpo pesado. Y estoy seguro de que, si se encontrara con mi ex amiga Madeleine, quizás tendría más valor que yo y le haría el frente, sonriéndole. Quizás hasta le soplaría unos cuantos números pa’ que jugara al Pega Tres, a ver si cree en los angelitos.
Etiquetas:
El Colla,
lección de vida,
ley del karma,
obesidad,
vida a los cuarenta
jueves, 15 de enero de 2009
Maestro Guionista
Nunca olvido el día en que inició mi vida cuarentosa. Y hoy lo recuerdo como si acabara de ocurrir.
Ese día se había planificado una actividad organizada por la Asociación Puertorriqueña de Guionistas y Dramaturgos (APGD) –bajo la presidencia de mi queridísima amiga Mirelsa Modestti y de la que fui secretario en la junta directiva—en el teatro municipal de Carolina. La intención de aquel sencillo evento era homenajear a cuatro importantes escritores y dramaturgos del país, en sintonía con la Semana Mundial de Autores Vivos.
Por la naturaleza del acontecimiento, cambié el festejo tradicional del cumpleaños familiar por el corre y corre de última hora. Aún cuando se trataba de una actividad sencilla, la expectativa era grande: esa noche se le otorgaba un reconocimiento al Gran Maestro de los Guionistas Boricuas. Era un hombre famoso, de chispa innegable y gran ingenio, que por años miró al mundo y escudriñó nuestra psique colectiva a través del cristal inmenso de sus emblemáticos espejuelos de marco negro.
Aunque su condición de salud empezaba a deteriorarse, la familia del homenajeado accedió al interés de la APGD en reconocer sus méritos. Con gran esmero y mucho respeto hacia su familia, se organizó la entrada al teatro de una manera discreta pero impactante. Luego de escuchar una extraordinaria semblanza leída por Beba García, que sirvió como preludio a la publicación de sus memorias, una de las puertas laterales del teatro se abrió para recibirle.
Al presentarlo ante la audiencia, todo el mundo se puso de pie y aplaudió con emoción. Allí estaba: un poco menos ágil y sin hablar, pero era el mismo que disfrutaba metiéndose en nuestra casa durante el almuerzo y la comida, mientras nosotros, frente al televisor, nos adentrábamos en la suya. Con aquel cálido aplauso con que la audiencia le recibió, provocamos una sonrisa en su rostro inconfundible. Y con ese aplauso le abrazamos, reclamándole como algo muy nuestro, porque lo es, sin duda. Nadie como él ha podido reflejar la vida de la clase media boricua, retratándola desde cada ángulo preciso y plasmándola en los libretos de sus comedias. Y nadie puede negar que se le moviera la risa con sus ocurrencias, hilvanadas con gran tino para construir miles de historias televisivas que hoy son parte del glorioso pasado televisivo de nuestro país.
Al enterarme de su fallecimiento, regresé en el recuerdo a aquella noche que cumplí cuarenta años. Y ahora que miro hacia atrás, sabiendo que ya no está con nosotros, me doy cuenta de que ése fue el mejor regalo que me hizo Mirelsa a mis cuarenta años. Tener la oportunidad de reconocer en vida al Maestro Guionista era una misión obligada que hoy recuerdo con dulce tristeza. Porque fue la única vez que pude verle en vida, y mirarle a los ojos. Porque reconozco que su inspiración vive en cada uno de los que hemos participado de esta aventura agridulce de escribir historias para la televisión. Y porque, inspirado en su legado, sigo el compromiso de enseñar a otros sobre este arte que él dominó con indudable maestría.
Don Tommy Muñiz: hoy le aplaudo de pie, como lo hice aquel día de mi cumpleaños.
Ese día se había planificado una actividad organizada por la Asociación Puertorriqueña de Guionistas y Dramaturgos (APGD) –bajo la presidencia de mi queridísima amiga Mirelsa Modestti y de la que fui secretario en la junta directiva—en el teatro municipal de Carolina. La intención de aquel sencillo evento era homenajear a cuatro importantes escritores y dramaturgos del país, en sintonía con la Semana Mundial de Autores Vivos.
Por la naturaleza del acontecimiento, cambié el festejo tradicional del cumpleaños familiar por el corre y corre de última hora. Aún cuando se trataba de una actividad sencilla, la expectativa era grande: esa noche se le otorgaba un reconocimiento al Gran Maestro de los Guionistas Boricuas. Era un hombre famoso, de chispa innegable y gran ingenio, que por años miró al mundo y escudriñó nuestra psique colectiva a través del cristal inmenso de sus emblemáticos espejuelos de marco negro.
Aunque su condición de salud empezaba a deteriorarse, la familia del homenajeado accedió al interés de la APGD en reconocer sus méritos. Con gran esmero y mucho respeto hacia su familia, se organizó la entrada al teatro de una manera discreta pero impactante. Luego de escuchar una extraordinaria semblanza leída por Beba García, que sirvió como preludio a la publicación de sus memorias, una de las puertas laterales del teatro se abrió para recibirle.
Al presentarlo ante la audiencia, todo el mundo se puso de pie y aplaudió con emoción. Allí estaba: un poco menos ágil y sin hablar, pero era el mismo que disfrutaba metiéndose en nuestra casa durante el almuerzo y la comida, mientras nosotros, frente al televisor, nos adentrábamos en la suya. Con aquel cálido aplauso con que la audiencia le recibió, provocamos una sonrisa en su rostro inconfundible. Y con ese aplauso le abrazamos, reclamándole como algo muy nuestro, porque lo es, sin duda. Nadie como él ha podido reflejar la vida de la clase media boricua, retratándola desde cada ángulo preciso y plasmándola en los libretos de sus comedias. Y nadie puede negar que se le moviera la risa con sus ocurrencias, hilvanadas con gran tino para construir miles de historias televisivas que hoy son parte del glorioso pasado televisivo de nuestro país.
Al enterarme de su fallecimiento, regresé en el recuerdo a aquella noche que cumplí cuarenta años. Y ahora que miro hacia atrás, sabiendo que ya no está con nosotros, me doy cuenta de que ése fue el mejor regalo que me hizo Mirelsa a mis cuarenta años. Tener la oportunidad de reconocer en vida al Maestro Guionista era una misión obligada que hoy recuerdo con dulce tristeza. Porque fue la única vez que pude verle en vida, y mirarle a los ojos. Porque reconozco que su inspiración vive en cada uno de los que hemos participado de esta aventura agridulce de escribir historias para la televisión. Y porque, inspirado en su legado, sigo el compromiso de enseñar a otros sobre este arte que él dominó con indudable maestría.
Don Tommy Muñiz: hoy le aplaudo de pie, como lo hice aquel día de mi cumpleaños.
jueves, 25 de diciembre de 2008
El regalo
No puedo mentir: he caído en la vorágine de las compras, los agites, los tapones, la limpieza y las pinturas. He sucumbido a las ofertas, a los tumultos y a esa angustia fría que te asalta cuando piensas en lo que le compré a Fulanito y lo que no le conseguí a Zutanita. Me ha remordido la conciencia al pensar en los olvidos –voluntarios e involuntarios—para evadir la presión económica de los tiempos difíciles que se pregonan cada día en la prensa nacional, en la radio y en boca de todos.
Como buen boricua, he dejado mucho para última hora, y hoy sufro las consecuencias. Siento el peso de mis culpas sobre mi espalda adolorida. Sufro la angustia de mis pesares en las tareas sin completar. Admito mis descuidos al observar los bultos abandonados por las esquinas de mi casa, en espera de tener algún tiempito para organizarme. Y es que la Navidad revive la temporada de huracanes, pero de otra manera: nos abruma con sus airecitos fríos y nos sacude con sus obligaciones impuestas. Entonces, aún con el privilegio de ser una de las épocas más importantes, el período navideño se ha convertido en una amenaza para la tranquilidad, el orden y la alegría que deberían reinar en el epílogo de cada año.
Aún con todo y el reguero existencial, admito que no es tan triste mi situación. Creo que, como no ocurría en mucho tiempo, he tenido la oportunidad de mirar hacia adentro y pensar en lo que quiero para mí. No se trata meramente de desear un carro, un apartamento, un buen trabajo –o mantener el que tengo—y continuar una vida saludable, sino de repasar, con sinceridad, todo aquello que me he propuesto en la vida y que, al igual que los regueros presentes, se acumula en las esquinas de mi vida con cierta dejadez que me incomoda.
Una noche, después de una larga charla con un amigo reciente –de esos que se aparecen de súbito y te parece conocer de toda la vida—hice el ejercicio. Cerré los ojos por un instante y pensé en todo lo que he dejado a medias, por descuido o negligencia. Y me di cuenta de que, casi en el ecuador de mi vida, hay proyectos que he postergado demasiado. El más importante de todos ha sido el permitir que fluya todo aquello que guardo en mi interior: mi energía creativa, mi ilusión por nuevos proyectos y, sobre todo, esa capacidad para el asombro que a todos y todas, tarde o temprano, se nos escapa con una facilidad asombrosa.
Aunque admito que soy de espíritu alegre, estos tiempos de recesiones amenazantes, de malas noticias y de angustias generales tienden a sumirnos en el abismo de la desesperanza. Pero estos días, aún cuando me despierto temprano y me acuesto muy tarde, he sentido un entusiasmo que, confieso, creía haber perdido. Y, a través de la risa –compartida con nuevos amigos y con los de siempre—desperté a una sensación que hace mucho no disfrutaba: la calma.
Sí, es cierto: los regueros de la casa todavía están por algunas esquinas, esperando a ser rescatados del olvido. Me he encontrado frente a una lata de pintura que me resistía a abrir para no complicarme la vida con una tarea engorrosa. He zampado (literalmente) paquetes de compras en el clóset para no pensar en lo comprado hasta cuando tenga la serenidad suficiente. Sin embargo, he redescubierto la capacidad para sonreír, reírme y carcajearme como hace tiempo no lo hacía. Y me siento feliz, tranquilo, sereno.
Quizás no devuelva los paquetes ni termine de pintar las paredes. Tal vez no cocine todos los manjares ni cumpla las obligaciones impuestas por el comercialismo. Pero el regalo que hoy abro con ilusión es el que me hago con el deseo sincero de hacer lo bueno que sé y lo que me gusta, porque es –precisamente—el regalo que recibí al abrir los ojos a la vida.
Éste es mi regalo, el que comparto con ustedes en esta noche maravillosa, y que les dejo como ejercicio para completar este año y prepararse para el próximo con ánimo y esperanza:
Renueva tu corazón. Recupera el espíritu. Revive la ilusión. Redescubre el esplendor. Recuerda mirar al cielo. Y sonreír.
¡Feliz Navidad!
Como buen boricua, he dejado mucho para última hora, y hoy sufro las consecuencias. Siento el peso de mis culpas sobre mi espalda adolorida. Sufro la angustia de mis pesares en las tareas sin completar. Admito mis descuidos al observar los bultos abandonados por las esquinas de mi casa, en espera de tener algún tiempito para organizarme. Y es que la Navidad revive la temporada de huracanes, pero de otra manera: nos abruma con sus airecitos fríos y nos sacude con sus obligaciones impuestas. Entonces, aún con el privilegio de ser una de las épocas más importantes, el período navideño se ha convertido en una amenaza para la tranquilidad, el orden y la alegría que deberían reinar en el epílogo de cada año.
Aún con todo y el reguero existencial, admito que no es tan triste mi situación. Creo que, como no ocurría en mucho tiempo, he tenido la oportunidad de mirar hacia adentro y pensar en lo que quiero para mí. No se trata meramente de desear un carro, un apartamento, un buen trabajo –o mantener el que tengo—y continuar una vida saludable, sino de repasar, con sinceridad, todo aquello que me he propuesto en la vida y que, al igual que los regueros presentes, se acumula en las esquinas de mi vida con cierta dejadez que me incomoda.
Una noche, después de una larga charla con un amigo reciente –de esos que se aparecen de súbito y te parece conocer de toda la vida—hice el ejercicio. Cerré los ojos por un instante y pensé en todo lo que he dejado a medias, por descuido o negligencia. Y me di cuenta de que, casi en el ecuador de mi vida, hay proyectos que he postergado demasiado. El más importante de todos ha sido el permitir que fluya todo aquello que guardo en mi interior: mi energía creativa, mi ilusión por nuevos proyectos y, sobre todo, esa capacidad para el asombro que a todos y todas, tarde o temprano, se nos escapa con una facilidad asombrosa.
Aunque admito que soy de espíritu alegre, estos tiempos de recesiones amenazantes, de malas noticias y de angustias generales tienden a sumirnos en el abismo de la desesperanza. Pero estos días, aún cuando me despierto temprano y me acuesto muy tarde, he sentido un entusiasmo que, confieso, creía haber perdido. Y, a través de la risa –compartida con nuevos amigos y con los de siempre—desperté a una sensación que hace mucho no disfrutaba: la calma.
Sí, es cierto: los regueros de la casa todavía están por algunas esquinas, esperando a ser rescatados del olvido. Me he encontrado frente a una lata de pintura que me resistía a abrir para no complicarme la vida con una tarea engorrosa. He zampado (literalmente) paquetes de compras en el clóset para no pensar en lo comprado hasta cuando tenga la serenidad suficiente. Sin embargo, he redescubierto la capacidad para sonreír, reírme y carcajearme como hace tiempo no lo hacía. Y me siento feliz, tranquilo, sereno.
Quizás no devuelva los paquetes ni termine de pintar las paredes. Tal vez no cocine todos los manjares ni cumpla las obligaciones impuestas por el comercialismo. Pero el regalo que hoy abro con ilusión es el que me hago con el deseo sincero de hacer lo bueno que sé y lo que me gusta, porque es –precisamente—el regalo que recibí al abrir los ojos a la vida.
Éste es mi regalo, el que comparto con ustedes en esta noche maravillosa, y que les dejo como ejercicio para completar este año y prepararse para el próximo con ánimo y esperanza:
Renueva tu corazón. Recupera el espíritu. Revive la ilusión. Redescubre el esplendor. Recuerda mirar al cielo. Y sonreír.
¡Feliz Navidad!
Etiquetas:
lección de vida,
Navidad,
regalo,
vida a los cuarenta
martes, 25 de noviembre de 2008
De nada
Como ha ocurrido en muchos hogares de nuestro país, desde temprano en la vida me aleccionaron a participar del ritual festivo del último jueves de noviembre. Por más pobres que fuéramos, en mi casa siempre había un modesto pavito asado para degustar, cual peregrinos criollos del mítico “Mayflower” reubicados en una casa de cemento. Sin embargo, en esta era cuarentosa, mi percepción del asunto ha cambiado considerablemente: en realidad, me importa torta comer o no comer del ave simbólica, cuya tradición inicia el jolgorio navideño nacional. Es más, cuando miro las tristes aves apiladas en las neveras del colmado, padeciendo el suplicio de la congelación, sigo de largo sin que me asalte un terrible cargo de conciencia.
Lo que sí no he podido olvidar es sentir agradecimiento por todo lo bueno que he vivido durante estas cuatro décadas. Para empezar, todavía estoy de pie y en una sola pieza, según me dijo un querido compañero profesor el otro día que nos cruzamos en el pasillo. También, como fue mi decreto desde que inicié mi carrera profesional, he podido hacer lo que me gusta (y para colmo, me pagan por ello). Para completar, tengo el amor de la familia, los amigos y amigas… En verdad, soy un hombre afortunado.
Aún así, reconozco que todavía hay personas que no pueden reconocer estas verdades en su vida. Atontados por el opíparo banquete en su versión criolla del pavochón relleno con mofongo y otras minucias criollas que, entre puritanos y aborígenes, resultarían aberrantes, es muy común que el meollo de la celebración se diluya como esa extraña salsa marrón con la que se adereza la reseca pechuga. Antes, cuando el “ritualis pavum” formaba parte de mi vida, no fueron pocas las veces en las que la oración de gracias pasaba por alto o, sencillamente, se despachaba con un padrenuestro apura’o y vamo’ a caerle encima al animal antes de que se enfríe. Entonces, sumidos en el estado comatoso post-hartera, probablemente alguien menciona la bendita política o lo cara que está la vida y, de inmediato, el relleno brota por las orejas mientras el corrillo de boricuas sobrealimentados repite la fastidiosa letanía: “qué malo está este país”.
No se puede negar la realidad, ni tapar el sol con un dedo. Con las complicadas circunstancias en las que nos ha tocado vivir durante esta época, hay que buscar la manera de enfrentarse a la realidad con agradecimiento por todo lo que tenemos. Son muchos los defectos que tiene este país, pero al menos no estamos en medio del Congo, con una guerra en las costillas, o en Haití, tratando de sobrevivir después de tantos desastres atmosféricos. Pero nos gusta vivir la telenovela: no bien se mastica el último pedazo de cuero y se traga el buche final de la cerveza, caemos en la vorágine del pesimismo. Por supuesto, el tiempo no está como para regodeos y muchas personas viven a diario sin saber cómo le harán para respirar con el agua hasta el cuello y una marea que no da tregua…
Por eso, pienso que este asunto del comer pavo es un mero accesorio del que se puede prescindir. Cuando sé que hay personas que no tienen para completar el mes, que viven con el temor de que les quiten sus carros o sus casas porque todavía no recuperan el empleo perdido, admito que me repugna el pavo, el relleno y el asombroso despilfarro de comida. Claro, tampoco puedo decir que, como ya no me interesa el pavo, el mundo debe privarse de esta cena: si es de su gusto hacerlo y a conciencia de la oportunidad para compartir en armonía, bienvenido sea.
Lo que sí me gustaría recalcar es la importancia de una simple respuesta que, aunque cuesta poco, tiene un gran valor. No sé si es por la prisa con la que vivimos o porque se ha perdido la costumbre, pero en los últimos meses he notado que la gente ya no responde al simple “gracias” con el acostumbrado “de nada” que tanto me machacaron cuando era chiquito. Quiero pensar que es una distracción y no una nueva costumbre: por lo general, el boricua es característico por el “buen provecho” y el “que salgan pronto” en los restaurantes y las oficinas médicas.
Así que este año, si puede, haga el ejercicio. Además de dar gracias por lo bueno, lo malo y lo regular, también diga “de nada” y “a la orden”. Asegúrese de no perder la costumbre del agradecimiento que es, como bien dice el refrán, costumbre de bien nacidos. Y también diga “de nada” cuando alguien le agradece un favor, un gesto, una palabra bonita. Porque, si bien es importante agradecer la bendición recibida, reconocer que la buena voluntad nace como un gesto sincero que no cuesta nada nos embucha de alegría. Mucho más que todos los pavos del mundo.
¡Feliz Día de Acción de Gracias!
Lo que sí no he podido olvidar es sentir agradecimiento por todo lo bueno que he vivido durante estas cuatro décadas. Para empezar, todavía estoy de pie y en una sola pieza, según me dijo un querido compañero profesor el otro día que nos cruzamos en el pasillo. También, como fue mi decreto desde que inicié mi carrera profesional, he podido hacer lo que me gusta (y para colmo, me pagan por ello). Para completar, tengo el amor de la familia, los amigos y amigas… En verdad, soy un hombre afortunado.
Aún así, reconozco que todavía hay personas que no pueden reconocer estas verdades en su vida. Atontados por el opíparo banquete en su versión criolla del pavochón relleno con mofongo y otras minucias criollas que, entre puritanos y aborígenes, resultarían aberrantes, es muy común que el meollo de la celebración se diluya como esa extraña salsa marrón con la que se adereza la reseca pechuga. Antes, cuando el “ritualis pavum” formaba parte de mi vida, no fueron pocas las veces en las que la oración de gracias pasaba por alto o, sencillamente, se despachaba con un padrenuestro apura’o y vamo’ a caerle encima al animal antes de que se enfríe. Entonces, sumidos en el estado comatoso post-hartera, probablemente alguien menciona la bendita política o lo cara que está la vida y, de inmediato, el relleno brota por las orejas mientras el corrillo de boricuas sobrealimentados repite la fastidiosa letanía: “qué malo está este país”.
No se puede negar la realidad, ni tapar el sol con un dedo. Con las complicadas circunstancias en las que nos ha tocado vivir durante esta época, hay que buscar la manera de enfrentarse a la realidad con agradecimiento por todo lo que tenemos. Son muchos los defectos que tiene este país, pero al menos no estamos en medio del Congo, con una guerra en las costillas, o en Haití, tratando de sobrevivir después de tantos desastres atmosféricos. Pero nos gusta vivir la telenovela: no bien se mastica el último pedazo de cuero y se traga el buche final de la cerveza, caemos en la vorágine del pesimismo. Por supuesto, el tiempo no está como para regodeos y muchas personas viven a diario sin saber cómo le harán para respirar con el agua hasta el cuello y una marea que no da tregua…
Por eso, pienso que este asunto del comer pavo es un mero accesorio del que se puede prescindir. Cuando sé que hay personas que no tienen para completar el mes, que viven con el temor de que les quiten sus carros o sus casas porque todavía no recuperan el empleo perdido, admito que me repugna el pavo, el relleno y el asombroso despilfarro de comida. Claro, tampoco puedo decir que, como ya no me interesa el pavo, el mundo debe privarse de esta cena: si es de su gusto hacerlo y a conciencia de la oportunidad para compartir en armonía, bienvenido sea.
Lo que sí me gustaría recalcar es la importancia de una simple respuesta que, aunque cuesta poco, tiene un gran valor. No sé si es por la prisa con la que vivimos o porque se ha perdido la costumbre, pero en los últimos meses he notado que la gente ya no responde al simple “gracias” con el acostumbrado “de nada” que tanto me machacaron cuando era chiquito. Quiero pensar que es una distracción y no una nueva costumbre: por lo general, el boricua es característico por el “buen provecho” y el “que salgan pronto” en los restaurantes y las oficinas médicas.
Así que este año, si puede, haga el ejercicio. Además de dar gracias por lo bueno, lo malo y lo regular, también diga “de nada” y “a la orden”. Asegúrese de no perder la costumbre del agradecimiento que es, como bien dice el refrán, costumbre de bien nacidos. Y también diga “de nada” cuando alguien le agradece un favor, un gesto, una palabra bonita. Porque, si bien es importante agradecer la bendición recibida, reconocer que la buena voluntad nace como un gesto sincero que no cuesta nada nos embucha de alegría. Mucho más que todos los pavos del mundo.
¡Feliz Día de Acción de Gracias!
Etiquetas:
agradecimiento,
día del pavo,
gracias,
vida a los cuarenta
lunes, 17 de noviembre de 2008
¿Y pa' qué?
Cuando José llega a su casa, siempre me pregunto lo mismo. Es que no lo entiendo: a duras penas se lo veía por el entorno cuando era soltero y un poco más joven. Todavía lo recuerdo: ese muchacho bocón era uno de los que siempre tenía algún invento para celebrar, y compartía con el barrio entero sus andanzas: la llegada del ruidoso grupete que venía a rescatarlo para ir a la playa, el reperpero de los panitas que le tocaban bocina frente a la casa para llevárselos al cine, las risitas de las muchachas que le llamaban con voz melosa para sonsacarlo con alguna invitación a cualquier festejo…
Una de las pocas veces que hemos hablado en los últimos años, lo recuerdo muy bien, me lo dijo sin mucho rodeo: “Estoy loco por casarme para irme de casa… Ya no aguanto las manías de Mami, que siempre se la pasa dándome órdenes.” No recuerdo exactamente qué le contesté, pero sí me consta que le mencioné que le llegaría el tiempo en que, como todo el que busca su horizonte, alzaría vuelo para hacer nido en otra parte. Y así ocurrió, de repente: un buen día se escucharon alborotos en el barrio y pasó frente a la casa en escandalosa comitiva –como buena boda jíbara boricua, aunque vivamos en urbanización.
José pasaba de treinta años cuando decidió casarse. Después de la boda, casi ni se le veía por sus antiguas calles luego de que, por fin, se había liberado del yugo materno. En unas navidades, me lo encontré justo cuando se estacionaba para visitar a su vieja, la misma de la que había renegado antes. Ahora venía acompañado de su esposa y, por supuesto, nos ofrecimos el saludo festivo de rigor. Se le veía feliz, satisfecho. Mi profecía, al parecer, se había cumplido.
Hasta que la mujer salió preñada.
De pronto, el muchacho comenzó a visitar la casa de su madre con más frecuencia. A veces, al levantarme para recoger el periódico, me topaba con su carro estacionado justo en frente del portón de mi casa. Bueno, pensé yo, será que ahora trabaja más cerca, presumí. Honestamente, no era mi asunto, así que lo dejé pasar, concentrado en asuntos más importantes.
Pero las visitas se hicieron cada vez más frecuentes. Eran más las veces que lo veía en casa de su mamá, a veces solo, a veces con su esposa que –según la costumbre oriental— le seguía los pasos a distancia, en vez de caminar a su lado. El progreso del embarazo se hizo evidente y, de igual forma, las visitas de José a su antiguo hogar aumentaron casi a diario. Incluso hasta creí que, por alguna extraña razón, había regresado a vivir al lugar que tanto añoró abandonar.
Hoy día, ya convertido en padre de un varoncito que apenas tendrá unos dos meses, le veo a diario. Carga con una mudanza cada vez que desembarca en la casa de su madre: el coche inmenso, el corral inverosímil, bultos, maletas, biberones y no sé cuántos tereques infantiles. Su mujer ya no viaja al lado suyo en el automóvil: siempre va montada atrás, al lado del niño recién nacido. Por cierto, cuando llegan, es él quien se encarga de bajar al niño y entrar a la casa a recibir los parabienes de su madre (la misma rezongona de antes) mientras la recién parida esposa carga como puede el cargamento que él, tan considerado y amable, ha depositado sobre la acera.
No es la primera vez que observo este fenómeno. El caso de José es uno de muchos que conozco y que, inexplicablemente, se multiplica alrededor con una frecuencia inusual: de repente, cuando están jóvenes y llenos de vida, claman por una libertad que, tan pronto consiguen, parecen revocar a la primera de cambio. Entonces, regresan al nido recién abandonado, todavía caliente, a guarecerse debajo de las alas de sus madres que les reciben para cuidarles los críos a la menor provocación.
¿Y pa’ qué tanta prisa en casarse? ¿Pa’ qué tantas ganas de ser independientes si, cuando de verdad lo son, no pueden despegarse del fondillo de sus padres? Que alguien me lo explique, porque yo todavía no lo entiendo.
Quizás deba preguntarle a José que, para variar, hoy está de nuevo en casa de su mamá-niñera.
Una de las pocas veces que hemos hablado en los últimos años, lo recuerdo muy bien, me lo dijo sin mucho rodeo: “Estoy loco por casarme para irme de casa… Ya no aguanto las manías de Mami, que siempre se la pasa dándome órdenes.” No recuerdo exactamente qué le contesté, pero sí me consta que le mencioné que le llegaría el tiempo en que, como todo el que busca su horizonte, alzaría vuelo para hacer nido en otra parte. Y así ocurrió, de repente: un buen día se escucharon alborotos en el barrio y pasó frente a la casa en escandalosa comitiva –como buena boda jíbara boricua, aunque vivamos en urbanización.
José pasaba de treinta años cuando decidió casarse. Después de la boda, casi ni se le veía por sus antiguas calles luego de que, por fin, se había liberado del yugo materno. En unas navidades, me lo encontré justo cuando se estacionaba para visitar a su vieja, la misma de la que había renegado antes. Ahora venía acompañado de su esposa y, por supuesto, nos ofrecimos el saludo festivo de rigor. Se le veía feliz, satisfecho. Mi profecía, al parecer, se había cumplido.
Hasta que la mujer salió preñada.
De pronto, el muchacho comenzó a visitar la casa de su madre con más frecuencia. A veces, al levantarme para recoger el periódico, me topaba con su carro estacionado justo en frente del portón de mi casa. Bueno, pensé yo, será que ahora trabaja más cerca, presumí. Honestamente, no era mi asunto, así que lo dejé pasar, concentrado en asuntos más importantes.
Pero las visitas se hicieron cada vez más frecuentes. Eran más las veces que lo veía en casa de su mamá, a veces solo, a veces con su esposa que –según la costumbre oriental— le seguía los pasos a distancia, en vez de caminar a su lado. El progreso del embarazo se hizo evidente y, de igual forma, las visitas de José a su antiguo hogar aumentaron casi a diario. Incluso hasta creí que, por alguna extraña razón, había regresado a vivir al lugar que tanto añoró abandonar.
Hoy día, ya convertido en padre de un varoncito que apenas tendrá unos dos meses, le veo a diario. Carga con una mudanza cada vez que desembarca en la casa de su madre: el coche inmenso, el corral inverosímil, bultos, maletas, biberones y no sé cuántos tereques infantiles. Su mujer ya no viaja al lado suyo en el automóvil: siempre va montada atrás, al lado del niño recién nacido. Por cierto, cuando llegan, es él quien se encarga de bajar al niño y entrar a la casa a recibir los parabienes de su madre (la misma rezongona de antes) mientras la recién parida esposa carga como puede el cargamento que él, tan considerado y amable, ha depositado sobre la acera.
No es la primera vez que observo este fenómeno. El caso de José es uno de muchos que conozco y que, inexplicablemente, se multiplica alrededor con una frecuencia inusual: de repente, cuando están jóvenes y llenos de vida, claman por una libertad que, tan pronto consiguen, parecen revocar a la primera de cambio. Entonces, regresan al nido recién abandonado, todavía caliente, a guarecerse debajo de las alas de sus madres que les reciben para cuidarles los críos a la menor provocación.
¿Y pa’ qué tanta prisa en casarse? ¿Pa’ qué tantas ganas de ser independientes si, cuando de verdad lo son, no pueden despegarse del fondillo de sus padres? Que alguien me lo explique, porque yo todavía no lo entiendo.
Quizás deba preguntarle a José que, para variar, hoy está de nuevo en casa de su mamá-niñera.
Etiquetas:
el nido vacío,
José,
padres e hijos,
vida a los cuarenta
sábado, 15 de noviembre de 2008
The Comay Effect
Cada mañana, a eso de las nueve y cuarto, Jenny se sienta a tomarse el café y a mirar el periódico. Aunque el día laborable todavía está por despegar, ella toma su receso para comentar las noticias publicadas en Primera Hora. Tito hace lo mismo, pero a la hora de almorzar: siempre hay un momento para “hablar del prójimo”. Curioso es que a ambos los he escuchado cantar, junto con los demás compañeros del trabajo, la misma frasecita odiosa: “Qué bochinnnncheeeeeee…”
A veces, escuchar relatos interesantes de naturaleza morbosa me parece entretenido. Como buen cazador de historias, paro la oreja cuando el cuento es sabroso. Todavía recuerdo un personaje que escribí para un guión televisivo gracias al chismorreo de una ex compañera de trabajo, quien aprovechaba cada minuto del mediodía para despellejar a su odiosa suegra que presumía de ricachona.
Sin embargo, hay otro fenómeno cultural que observo cada vez con más frecuencia: escudarse tras un seudónimo para insultar, maldecir y criticar cualquier asunto que no caiga dentro de los “cánones establecidos” por la moralidad criolla. Entonces, ¿será éste el efecto del chismorreo establecido como práctica cotidiana en la vida boricua?
Para muestra, un botón: el otro día leía sobre un artista brasileño llamado Mauricio Ianés, quien ha sorprendido a los espectadores de la Bienal de Arte de Sao Paulo con uno de estos montajes en vivo que buscan llamar la atención sobre un asunto en particular. En este caso, la propuesta del artista intenta procurar –según sus palabras—“la bondad de los extraños” y, para eso, ha decidido instalarse en el local como Dios lo trajo al mundo por dos semanas. Incluso, la nota de la Agencia EFE explica que Ianés, de 35 años, “dormirá, se alimentará y hará sus necesidades sin salir del recinto y sobrevivirá gracias a las donaciones de los visitantes, intentando así que el público sea parte activa y fundamental de su obra”.
Bueno, pues, cada loco con su tema. Si el tipo quiere desnudarse y provocar, con su acto, un llamado a la conciencia por la falta de obra y de crítica en las artes –es el argumento que ha manifestado a los medios de comunicación—pues que sea feliz y que no le dé mucho frío.
Pero ése no es el punto: esta nota fue reproducida por un periódico local en su versión electrónica. Y hay que ver el comentario que escribe un lector (o lectora) de seudónimo impreciso: “otro degenerado que quiere ir más allá de los límites de la decencia exponiendose (sic) al publico (sic) de manera desnuda y llamandolo (sic) arte… Nuestra ninez y juventud no necesita (sic) estar mirando el cuerpo desnudo de un exhibicionista como este tipo.”
No bien ocurre algo que moleste a alguien de alguna forma, es preciso ver la cantidad de comentarios que se generan en todos los espacios de desahogo público, ya sea en la oficina, la cafetería, la fila del banco o los comentarios por la Internet. Lo peor es que el análisis del tema evade el fondo de la información, concentrándose en menospreciar la acción sólo porque es “inmoral”, “sucio” y “porquería” (ése es uno de los adjetivos más comunes).
En los albores de una nueva era de la comunicación, en la que los espectadores producen contenido y reaccionan con mayor vehemencia a los estímulos a su alrededor, hay que andarse con cuidado. De pronto, cualquier palabra ingenuamente escrita se toma como una ofensa nacional y, a la menor provocación, alguien establece un “grupo de odio” en Facebook. Curioso es, sin embargo, que muchos de estos “policías” de la humanidad agreden sin misericordia a quienes no les simpatizan, utilizando sus peores armas: el golpe bajo a la integridad, el menosprecio malsano e hiriente, la burla cruel y desalmada…
A la hora de salida, Tito y Jenny caminaban juntos. Por supuesto, todavía les quedaba tela para cortar y conversaban, entretenidos, sobre los últimos acontecimientos políticos, sociales y culturales –las intrigas producidas por el cambio de gobierno, el famoso novio pelotero de la modelo empresaria, cosas así. Apurando el paso adrede, me inserté en la conversación y, en una pausa, aproveché para preguntarles a estos rabiosos criticones qué les movía el espíritu para chismorrear con tanta vehemencia. Mirándome con cara muy seria, Jenny levantó las cejas perfectamente arqueadas y me dijo, “yo no soy chismosa”. Entonces, Tito se puso filosófico en su respuesta: “Si la gente lo hace mal, hay que decirlo. Eso es lo que ha hecho la Comay por tantos años—
Tragué gordo antes de hablar. “Cuando apuntas pa’lante, hay tres dedos que señalan hacia ti”, le dije a Tito, tratando de sonar cabal, después de aquel derroche de sabiduría. Pero él no me hizo mucho caso. Jenny también se despidió, apurada, esfumándose entre los autos del estacionamiento.
Pensé que los había ofendido con mi comentario, y entonces, miré mi reloj. Faltaban quince para las seis de la tarde.
A veces, escuchar relatos interesantes de naturaleza morbosa me parece entretenido. Como buen cazador de historias, paro la oreja cuando el cuento es sabroso. Todavía recuerdo un personaje que escribí para un guión televisivo gracias al chismorreo de una ex compañera de trabajo, quien aprovechaba cada minuto del mediodía para despellejar a su odiosa suegra que presumía de ricachona.
Sin embargo, hay otro fenómeno cultural que observo cada vez con más frecuencia: escudarse tras un seudónimo para insultar, maldecir y criticar cualquier asunto que no caiga dentro de los “cánones establecidos” por la moralidad criolla. Entonces, ¿será éste el efecto del chismorreo establecido como práctica cotidiana en la vida boricua?
Para muestra, un botón: el otro día leía sobre un artista brasileño llamado Mauricio Ianés, quien ha sorprendido a los espectadores de la Bienal de Arte de Sao Paulo con uno de estos montajes en vivo que buscan llamar la atención sobre un asunto en particular. En este caso, la propuesta del artista intenta procurar –según sus palabras—“la bondad de los extraños” y, para eso, ha decidido instalarse en el local como Dios lo trajo al mundo por dos semanas. Incluso, la nota de la Agencia EFE explica que Ianés, de 35 años, “dormirá, se alimentará y hará sus necesidades sin salir del recinto y sobrevivirá gracias a las donaciones de los visitantes, intentando así que el público sea parte activa y fundamental de su obra”.
Bueno, pues, cada loco con su tema. Si el tipo quiere desnudarse y provocar, con su acto, un llamado a la conciencia por la falta de obra y de crítica en las artes –es el argumento que ha manifestado a los medios de comunicación—pues que sea feliz y que no le dé mucho frío.
Pero ése no es el punto: esta nota fue reproducida por un periódico local en su versión electrónica. Y hay que ver el comentario que escribe un lector (o lectora) de seudónimo impreciso: “otro degenerado que quiere ir más allá de los límites de la decencia exponiendose (sic) al publico (sic) de manera desnuda y llamandolo (sic) arte… Nuestra ninez y juventud no necesita (sic) estar mirando el cuerpo desnudo de un exhibicionista como este tipo.”
No bien ocurre algo que moleste a alguien de alguna forma, es preciso ver la cantidad de comentarios que se generan en todos los espacios de desahogo público, ya sea en la oficina, la cafetería, la fila del banco o los comentarios por la Internet. Lo peor es que el análisis del tema evade el fondo de la información, concentrándose en menospreciar la acción sólo porque es “inmoral”, “sucio” y “porquería” (ése es uno de los adjetivos más comunes).
En los albores de una nueva era de la comunicación, en la que los espectadores producen contenido y reaccionan con mayor vehemencia a los estímulos a su alrededor, hay que andarse con cuidado. De pronto, cualquier palabra ingenuamente escrita se toma como una ofensa nacional y, a la menor provocación, alguien establece un “grupo de odio” en Facebook. Curioso es, sin embargo, que muchos de estos “policías” de la humanidad agreden sin misericordia a quienes no les simpatizan, utilizando sus peores armas: el golpe bajo a la integridad, el menosprecio malsano e hiriente, la burla cruel y desalmada…
A la hora de salida, Tito y Jenny caminaban juntos. Por supuesto, todavía les quedaba tela para cortar y conversaban, entretenidos, sobre los últimos acontecimientos políticos, sociales y culturales –las intrigas producidas por el cambio de gobierno, el famoso novio pelotero de la modelo empresaria, cosas así. Apurando el paso adrede, me inserté en la conversación y, en una pausa, aproveché para preguntarles a estos rabiosos criticones qué les movía el espíritu para chismorrear con tanta vehemencia. Mirándome con cara muy seria, Jenny levantó las cejas perfectamente arqueadas y me dijo, “yo no soy chismosa”. Entonces, Tito se puso filosófico en su respuesta: “Si la gente lo hace mal, hay que decirlo. Eso es lo que ha hecho la Comay por tantos años—
Tragué gordo antes de hablar. “Cuando apuntas pa’lante, hay tres dedos que señalan hacia ti”, le dije a Tito, tratando de sonar cabal, después de aquel derroche de sabiduría. Pero él no me hizo mucho caso. Jenny también se despidió, apurada, esfumándose entre los autos del estacionamiento.
Pensé que los había ofendido con mi comentario, y entonces, miré mi reloj. Faltaban quince para las seis de la tarde.
Etiquetas:
chisme,
La Comay,
vida a los cuarenta
domingo, 2 de noviembre de 2008
Ninguno
Esta semana, el ejercicio de mi columna cibernética responde a un encargo particular de mi mamá. Ella me ha pedido que reaccione, en nombre de nuestra familia, a una serie de incidentes en los que mi hermano Carlos (mejor conocido como “Kit Carson”) estuvo involucrado y que se relacionan de forma directa con la campaña política. No puedo desatender el pedido de Mami, porque obedece al deseo sincero de aclarar nuestra postura con relación a este tema que, les prometo, no volveré a tocar.
Hace unos días, alegadamente, alguna persona del Partido Popular se dirigió a mi hermano con epítetos denigrantes, llamándole “anormal” (o algo así, según lo que he escuchado). Tal como suele ocurrir en los infiernos grandes, la noticia se corrió como la pólvora y, ya convertida en chisme, estaba en boca de todos. Cuando me enteré, la situación había trascendido al punto de haberse discutido en foros públicos, incluyendo programas radiales de gran audiencia.
Como no estaba aquí, no puedo señalar a nadie, aunque más de una persona se nos haya acercado para comentar (más bien, curiosear) sobre el infortunado suceso.
Sin embargo, lo que sí sé es que, luego de este asunto, algunos líderes del Partido Nuevo decidieron asumir una postura de “reivindicación” para con mi hermano, zarandeándolo como estandarte de las injusticias alegadamente cometidas por el candidato que busca la reelección. La aspirante a la alcaldía por los azules habló con mi madre para “contarle” las gestiones que había realizado –sin permiso alguno—para denunciar públicamente el alegado atropello contra mi hermano, montada en su alegado interés por ayudar a las personas con “necesidades especiales”.
Ese asunto me consta. He visto fotografías en las que mi hermano, rodeado del alto liderato municipal del partido azul, aparece con su típica sonrisa ausente, protagonizando un evento que, para su limitado razonamiento, es una corona de gloria.
Admito que el incidente me ha provocado repulsión. Si es cierto que el candidato rojo se expresó de forma denigrante, ya sea contra Carlos o cualquier persona que tenga un impedimento físico o mental, se trata de un ataque bajo, sucio e imperdonable. Pero igualmente es reprochable que, a fin de ganar simpatías, la candidata azul se aproveche de la circunstancia para crear un evento mediático que opere en su favor, sobre todo sin contar con la aprobación de mi madre, quien funge como tutora legal de todos los asuntos relacionados con mi hermano.
Además de repulsión, el tema me produce una gran tristeza. No por mí, ni por mi familia, ni mucho menos por Carlos, sino por lo que refleja este desgraciado incidente. En principio, es lamentable que, en aras de la lucha política, algunas personas se disparen maromas imbéciles con las que intentan disimular su ansiedad de poder. Me amarga la boca saber que la contienda política nacional se ejecute de una manera tan insulsa, vana y estúpida. También me incomoda saber que compañeros de los medios de comunicación, colegas de la profesión que ejerzo hace más de dos décadas, han repetido este chisme sin acercarse a los involucrados, obviando toda consideración a la ética periodística. Si esto nos ocurre a nosotros, ¿qué pasará con quienes no tienen la oportunidad de defenderse?
Sé que muchas personas admiran a Kit Carson por su talento como líder cívico y su desempeño a través de los medios de comunicación. No obstante, a pesar de sus indudables logros, en situaciones como ésta Carlos reacciona como un niño inocente. Su entendimiento no le da para comprender la seriedad de ciertos asuntos, ni se percata de que es utilizado para adelantar causas que a él no le competen. Como familia, nunca hemos detenido su desarrollo, aunque le hayamos advertido muchas veces que evite vínculos con la política, porque no creemos en la militancia activa ni mucho menos en seguir insignias o colores.
Por eso, no soy quien para intervenir con las decisiones de Carlos. A pesar de su condición, él ejerce su propio criterio para vivir como mejor le parece. Ha escogido una vida pública con la que pretende lograr un reconocimiento a su superación que, sin lugar a dudas, es motivo de esperanza para muchas personas, y de orgullo para nosotros. Sin embargo, esa determinación tiene otra consecuencia: el sufrimiento que toda mi familia enfrenta cada vez que sufre una decepción pública. Porque son muchas, muchas las veces que quienes han vitoreado a Kit Carson como un héroe, luego lo echan a un lado y lo denigran cuando no les sirve de nada. Así lo han hecho, a través del tiempo, los rojos y los azules, sin excepción.
Lo que sí puedo controlar es mi opinión sobre este asunto, y ejercer mi derecho al voto conforme a la sensación que me provoca este incidente. Así escogeré, según mi conciencia, al candidato o candidata que mejor represente la verdadera esperanza para el futuro de nuestro país.
El problema es que, hasta ahora, ninguno vale la pena.
Hace unos días, alegadamente, alguna persona del Partido Popular se dirigió a mi hermano con epítetos denigrantes, llamándole “anormal” (o algo así, según lo que he escuchado). Tal como suele ocurrir en los infiernos grandes, la noticia se corrió como la pólvora y, ya convertida en chisme, estaba en boca de todos. Cuando me enteré, la situación había trascendido al punto de haberse discutido en foros públicos, incluyendo programas radiales de gran audiencia.
Como no estaba aquí, no puedo señalar a nadie, aunque más de una persona se nos haya acercado para comentar (más bien, curiosear) sobre el infortunado suceso.
Sin embargo, lo que sí sé es que, luego de este asunto, algunos líderes del Partido Nuevo decidieron asumir una postura de “reivindicación” para con mi hermano, zarandeándolo como estandarte de las injusticias alegadamente cometidas por el candidato que busca la reelección. La aspirante a la alcaldía por los azules habló con mi madre para “contarle” las gestiones que había realizado –sin permiso alguno—para denunciar públicamente el alegado atropello contra mi hermano, montada en su alegado interés por ayudar a las personas con “necesidades especiales”.
Ese asunto me consta. He visto fotografías en las que mi hermano, rodeado del alto liderato municipal del partido azul, aparece con su típica sonrisa ausente, protagonizando un evento que, para su limitado razonamiento, es una corona de gloria.
Admito que el incidente me ha provocado repulsión. Si es cierto que el candidato rojo se expresó de forma denigrante, ya sea contra Carlos o cualquier persona que tenga un impedimento físico o mental, se trata de un ataque bajo, sucio e imperdonable. Pero igualmente es reprochable que, a fin de ganar simpatías, la candidata azul se aproveche de la circunstancia para crear un evento mediático que opere en su favor, sobre todo sin contar con la aprobación de mi madre, quien funge como tutora legal de todos los asuntos relacionados con mi hermano.
Además de repulsión, el tema me produce una gran tristeza. No por mí, ni por mi familia, ni mucho menos por Carlos, sino por lo que refleja este desgraciado incidente. En principio, es lamentable que, en aras de la lucha política, algunas personas se disparen maromas imbéciles con las que intentan disimular su ansiedad de poder. Me amarga la boca saber que la contienda política nacional se ejecute de una manera tan insulsa, vana y estúpida. También me incomoda saber que compañeros de los medios de comunicación, colegas de la profesión que ejerzo hace más de dos décadas, han repetido este chisme sin acercarse a los involucrados, obviando toda consideración a la ética periodística. Si esto nos ocurre a nosotros, ¿qué pasará con quienes no tienen la oportunidad de defenderse?
Sé que muchas personas admiran a Kit Carson por su talento como líder cívico y su desempeño a través de los medios de comunicación. No obstante, a pesar de sus indudables logros, en situaciones como ésta Carlos reacciona como un niño inocente. Su entendimiento no le da para comprender la seriedad de ciertos asuntos, ni se percata de que es utilizado para adelantar causas que a él no le competen. Como familia, nunca hemos detenido su desarrollo, aunque le hayamos advertido muchas veces que evite vínculos con la política, porque no creemos en la militancia activa ni mucho menos en seguir insignias o colores.
Por eso, no soy quien para intervenir con las decisiones de Carlos. A pesar de su condición, él ejerce su propio criterio para vivir como mejor le parece. Ha escogido una vida pública con la que pretende lograr un reconocimiento a su superación que, sin lugar a dudas, es motivo de esperanza para muchas personas, y de orgullo para nosotros. Sin embargo, esa determinación tiene otra consecuencia: el sufrimiento que toda mi familia enfrenta cada vez que sufre una decepción pública. Porque son muchas, muchas las veces que quienes han vitoreado a Kit Carson como un héroe, luego lo echan a un lado y lo denigran cuando no les sirve de nada. Así lo han hecho, a través del tiempo, los rojos y los azules, sin excepción.
Lo que sí puedo controlar es mi opinión sobre este asunto, y ejercer mi derecho al voto conforme a la sensación que me provoca este incidente. Así escogeré, según mi conciencia, al candidato o candidata que mejor represente la verdadera esperanza para el futuro de nuestro país.
El problema es que, hasta ahora, ninguno vale la pena.
Etiquetas:
elecciones,
incidente político,
Kit Carson,
vida a los cuarenta
lunes, 27 de octubre de 2008
Verde, que no te quiero
“It’s not easy being green.”
Kermit The Frog
No sé por qué siempre me mira con tan mala cara cuando me acerco. Para empezar, lo único que hago es cumplir con el deber ciudadano, consciente de que es importante reducir la contaminación por el uso excesivo del plástico. Pero no: tan pronto me acerco, ella monta la cara larga, odiosa y poco amable, como si la ofendiera o, mucho peor, como si no le gustara.
Resulta que, desde hace ya un tiempo, he adoptado la buena costumbre de llevar mis propias fundas reutilizables al colmado cuando hago la compra. En principio, debo admitir que las escogí por moda y porque me parecieron de lo más simpáticas. Sin embargo, a largo plazo sé que son parte de lo que, inevitablemente, tendremos que hacer si queremos vivir en un mundo más limpio.
El caso es que, desde que inicié la costumbre, me he encontrado con un sinfín de tropiezos, culturales en su mayoría. La primera vez que le dije a un “bagger” que no empacara mi compra en esas odiosas bolsas plásticas, me miró como si tuviera lepra. Acto seguido, el muchachito –flaco, con mechitas y unas extraordinarias cejas de María Félix—abandonó su puesto, y se puso a jugar con su celular en una esquinita. El pobre, se perdió la propina.
Otro día, me acerqué al terminal de pago, en uno de esos lugares donde la misma cajera empieza a girar un torno donde están ensartadas las benditas bolsas plásticas. “No, no se preocupe”, le dije cuando echó el primer artículo en una bolsa y ya tenía el segundo listo para echarlo en la segunda. Le aclaré, con mi sonrisa de Oh Gran Salvador de la Humanidad, que traía mis fundas. Ella respondió a mi entusiasmo con la gracia de un cartón vacío. Si le hubiera arrancado las uñas acrílicas con un alicate, no le habría dolido tanto mi indiferencia.
Aún con esos truenos, insistí en la práctica. Fui a otra tienda y, llegado el momento, recibí una reacción hasta ahora inusual: la muchacha de la caja se impresionó. “¿Dónde las compró, señor?” (Sí, ya me dicen “señor”, la pinta cuarentosa es inevitable.) Le expliqué que he comprado algunas en las tiendas que las ofrecen y otras me las han obsequiado. La cajera, cerciorándose de que nadie la escuchaba, me confesó. “Ojala y aquí trajeran eso…” Yo le digo, “Bueno, es cuestión de conciencia. Ustedes pueden hacer su parte, educando a los clientes, ofreciéndoles la alternativa…” No pude continuar: de pronto, la gerenta se acercó y ella continuó la transacción, como si nunca hubiera cruzado palabra conmigo. La supervisora en cuestión me miró bastante raro mientras yo echaba mis bártulos en aquellas fundas extrañas. Cuando abandoné el terminal, vi con el rabo del ojo que se acercó a la cajera.
Me imagino el interrogatorio:
“¿Y ese señor? ¿Por qué llevaba las compra en una bolsa tan rara?”
“No es una bolsa rara, misis… Es una bolsa de ésas, de las que se reusan…”
“Aquí no puede usarse eso. Tienes que ponerles muchas bolsas a los clientes. ¡Dobles!”
“Pero es que—
“Nada. Tienes que hacerlo. Acuérdate: es tu trabajo.”
Poco a poco, he impuesto el uso como una costumbre. Pero me ha tocado ésta, que siempre me monta cara cuando llego con mi carrito de compra y lo primero que suelto son las benditas bolsas de reuso. Las dejo sobre la banda negra del terminal, en actitud desafiante, anunciando que no habrá empaque apurado ni descubrimientos insólitos, como la vez que encontré un cepillo de dientes empacado en doble bolsa plástica. ¿En qué estaría pensando esa pobre muchacha? ¿Será que les exigen gastar una cantidad de bolsas por día, so pena de rebajarles el sueldo a medio dólar?
En fin, que ésta no me quiere porque soy un ciudadano verde. “Que no te quiero”, pensará la muy pesada cuando me ve así, tan ecológicamente amigable. Y yo le respondo con una sonrisa, si es que logro que me mire a los ojos. “Yo sé, es la falta de costumbre”, pienso mientras practico la compasión. “Si estuvieras en algún pueblillo más amable, de esos que hay por montones alrededor del mundo, comprenderías que ésta será la norma y no la excepción.” Pero no hay manera: ella sigue ahí, con cara de mala noche y peor día, empeñada en empujarme las bolsas que su empresa compra por cientos de millones, y que yo no volveré a usar porque ya no las necesito.
¿Llegaremos a la conciliación? Tal vez, cuando se dé cuenta de que tendrá que vestir, comer, calzar y arroparse con las bolsas, en un futuro no muy lejano. Entonces, cuando me vea llegar, toda pegajosa por el sudor que le produce el plástico pegado a su cuerpo, me sonreirá.
Digo, si es que puede.
Kermit The Frog
No sé por qué siempre me mira con tan mala cara cuando me acerco. Para empezar, lo único que hago es cumplir con el deber ciudadano, consciente de que es importante reducir la contaminación por el uso excesivo del plástico. Pero no: tan pronto me acerco, ella monta la cara larga, odiosa y poco amable, como si la ofendiera o, mucho peor, como si no le gustara.
Resulta que, desde hace ya un tiempo, he adoptado la buena costumbre de llevar mis propias fundas reutilizables al colmado cuando hago la compra. En principio, debo admitir que las escogí por moda y porque me parecieron de lo más simpáticas. Sin embargo, a largo plazo sé que son parte de lo que, inevitablemente, tendremos que hacer si queremos vivir en un mundo más limpio.
El caso es que, desde que inicié la costumbre, me he encontrado con un sinfín de tropiezos, culturales en su mayoría. La primera vez que le dije a un “bagger” que no empacara mi compra en esas odiosas bolsas plásticas, me miró como si tuviera lepra. Acto seguido, el muchachito –flaco, con mechitas y unas extraordinarias cejas de María Félix—abandonó su puesto, y se puso a jugar con su celular en una esquinita. El pobre, se perdió la propina.
Otro día, me acerqué al terminal de pago, en uno de esos lugares donde la misma cajera empieza a girar un torno donde están ensartadas las benditas bolsas plásticas. “No, no se preocupe”, le dije cuando echó el primer artículo en una bolsa y ya tenía el segundo listo para echarlo en la segunda. Le aclaré, con mi sonrisa de Oh Gran Salvador de la Humanidad, que traía mis fundas. Ella respondió a mi entusiasmo con la gracia de un cartón vacío. Si le hubiera arrancado las uñas acrílicas con un alicate, no le habría dolido tanto mi indiferencia.
Aún con esos truenos, insistí en la práctica. Fui a otra tienda y, llegado el momento, recibí una reacción hasta ahora inusual: la muchacha de la caja se impresionó. “¿Dónde las compró, señor?” (Sí, ya me dicen “señor”, la pinta cuarentosa es inevitable.) Le expliqué que he comprado algunas en las tiendas que las ofrecen y otras me las han obsequiado. La cajera, cerciorándose de que nadie la escuchaba, me confesó. “Ojala y aquí trajeran eso…” Yo le digo, “Bueno, es cuestión de conciencia. Ustedes pueden hacer su parte, educando a los clientes, ofreciéndoles la alternativa…” No pude continuar: de pronto, la gerenta se acercó y ella continuó la transacción, como si nunca hubiera cruzado palabra conmigo. La supervisora en cuestión me miró bastante raro mientras yo echaba mis bártulos en aquellas fundas extrañas. Cuando abandoné el terminal, vi con el rabo del ojo que se acercó a la cajera.
Me imagino el interrogatorio:
“¿Y ese señor? ¿Por qué llevaba las compra en una bolsa tan rara?”
“No es una bolsa rara, misis… Es una bolsa de ésas, de las que se reusan…”
“Aquí no puede usarse eso. Tienes que ponerles muchas bolsas a los clientes. ¡Dobles!”
“Pero es que—
“Nada. Tienes que hacerlo. Acuérdate: es tu trabajo.”
Poco a poco, he impuesto el uso como una costumbre. Pero me ha tocado ésta, que siempre me monta cara cuando llego con mi carrito de compra y lo primero que suelto son las benditas bolsas de reuso. Las dejo sobre la banda negra del terminal, en actitud desafiante, anunciando que no habrá empaque apurado ni descubrimientos insólitos, como la vez que encontré un cepillo de dientes empacado en doble bolsa plástica. ¿En qué estaría pensando esa pobre muchacha? ¿Será que les exigen gastar una cantidad de bolsas por día, so pena de rebajarles el sueldo a medio dólar?
En fin, que ésta no me quiere porque soy un ciudadano verde. “Que no te quiero”, pensará la muy pesada cuando me ve así, tan ecológicamente amigable. Y yo le respondo con una sonrisa, si es que logro que me mire a los ojos. “Yo sé, es la falta de costumbre”, pienso mientras practico la compasión. “Si estuvieras en algún pueblillo más amable, de esos que hay por montones alrededor del mundo, comprenderías que ésta será la norma y no la excepción.” Pero no hay manera: ella sigue ahí, con cara de mala noche y peor día, empeñada en empujarme las bolsas que su empresa compra por cientos de millones, y que yo no volveré a usar porque ya no las necesito.
¿Llegaremos a la conciliación? Tal vez, cuando se dé cuenta de que tendrá que vestir, comer, calzar y arroparse con las bolsas, en un futuro no muy lejano. Entonces, cuando me vea llegar, toda pegajosa por el sudor que le produce el plástico pegado a su cuerpo, me sonreirá.
Digo, si es que puede.
Etiquetas:
bolsas reutilizables,
ciudadano verde,
vida a los cuarenta
domingo, 26 de octubre de 2008
Anna, querida
Siempre por estas fechas te recuerdo, y es inevitable: se acerca la conmemoración de tu natalicio. La nostalgia de aquellas tardes que pasamos juntos en la vieja casona de la avenida McLeary se me anuda en la garganta: todavía, después de tantos años de tu partida, te extraño mucho. Pero tenías que irte al próximo plano, seguramente a inventar alguna pasarela de nubes para que las criaturas celestes conocieran la experiencia que tanto disfrutaste hacer en tu vida terrena.
Sin embargo, con todo y lo que todavía te recuerdo, ha sido bueno que te fueras. No me imagino cómo podrías vivir en este mundo lleno de cambios que se te hizo difícil soportar. Tal vez por eso decidiste que tu mente vagara por mundos extraños, ajena a la realidad que enfrentaste con la soledad, la pobreza, la incertidumbre… Fueron años muy duros los de tu ocaso: lo sé, porque estuve allí, tratando de que tu vida continuara como si nada, como en aquellos años cuando eras “la creadora de reinas”…
Era el mes de agosto de 1995. Aquella noche íbamos a casa de Millie para discutir algún asunto relacionado con la producción. En aquel vertedero ambulante que Omar llamaba carro, nos montamos todos: Eggie, Benny, Félix, Javier y yo, apiñados, hablando a la misma vez, tratando de sobrevivir mientras Omar manejaba hasta Bayamón como un demente. De pronto, el muy infeliz se sacó un CD de no sé dónde y comenzó aquel corito que todos, al mismo tiempo, cantamos como una canción de escuela: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción/pues hoy yo represento aquí/a mi pueblo, mi país…”
Ése es el saludo que nuestra Myrthy –tuya y mía, y de todos los que la amamos—me dejó en el correo de voz hace un par de días, y me hizo recordarte. No sólo a ti, sino a aquellos tiempos cuando, más pobres e ingenuos, jugábamos a producir uno de los eventos televisivos más recordados de nuestra historia moderna. Eran largos, ridículos e insoportables aquellos concursos que tú y Eddie se inventaban. Aún así, nos provocaban una sensación ingenua que ahora se diluye en naderías.
Anoche, mientras observaba la grabación de la infame producción del canal 4 –donde, por muchísimos años, se pasaba tu evento—no pude evitar el recuerdo de la única vez que te vi llorar… Fue aquel día, en el Centro de Bellas Artes de Guaynabo, mientras intentábamos producir el evento después de que te quitaran la franquicia nacional para ir a Miss Universo. Ese día en particular –uno de los diez previos a la gran gala final—a uno de los muchachos se le zafó el comentario malicioso que alguien dijo sobre ti y la forma en que, supuestamente, te aprovechabas de las “niñas” que participaban en tu competencia.
Nunca supe si eso fue o no cierto y, la verdad, no me interesa. Lo que sí recuerdo es que, luego de haberte conocido así, tan fuerte y tan atrevida, tan señora de señoras, tu llanto profundo me desconcertó. “No puedo más”, decías entre sollozos, quitándote por primera vez el sombrero de las dos de la tarde que escondía las canas sin retocar.
Esa tarde nunca se me olvida. Verte lastimada por las insolencias del chisme televisivo local, institucionalizado en la cena de las seis de la tarde, fue el principio del final.
Sin embargo, sé que nunca te fuiste del todo: Myrthy –nuestra, tuya y mía—me contó que una de las últimas veces que te visitó en el asilo, te llevó a pasear por el jardín. Ya casi no reconocías a nadie, y ella te iba a ver, siempre tan fiel y tan divina. Entonces, se sentó contigo y, después de arreglarte un poco, te cantó como quien arrulla a un niño: “Me siento muy feliz”… Tus ojitos, ya casi apagados, se encendieron y balbuceaste el verso siguiente: “me embarga la emoción”…
Perdóname la insensatez de escribirte esta carta que no leerás, porque ya eres espíritu. Pero no puedo evitar el recordarte: son muchos los que han invocado tu nombre en estos días, luego del desastre televisivo que anoche vi con gran vergüenza ajena. Porque todavía, a estas horas, la gente invoca, en nombre de la insensatez y la mediocridad, tu nombre: Anna Santisteban, la que sí sabía, la que hace falta, la que, según ellos, estará revolcándose en la tumba…
Pero yo sé que no: sabe Dios en qué dimensión universal sigues coronando reinas, tan única e irrepetible como siempre.
Sin embargo, con todo y lo que todavía te recuerdo, ha sido bueno que te fueras. No me imagino cómo podrías vivir en este mundo lleno de cambios que se te hizo difícil soportar. Tal vez por eso decidiste que tu mente vagara por mundos extraños, ajena a la realidad que enfrentaste con la soledad, la pobreza, la incertidumbre… Fueron años muy duros los de tu ocaso: lo sé, porque estuve allí, tratando de que tu vida continuara como si nada, como en aquellos años cuando eras “la creadora de reinas”…
Era el mes de agosto de 1995. Aquella noche íbamos a casa de Millie para discutir algún asunto relacionado con la producción. En aquel vertedero ambulante que Omar llamaba carro, nos montamos todos: Eggie, Benny, Félix, Javier y yo, apiñados, hablando a la misma vez, tratando de sobrevivir mientras Omar manejaba hasta Bayamón como un demente. De pronto, el muy infeliz se sacó un CD de no sé dónde y comenzó aquel corito que todos, al mismo tiempo, cantamos como una canción de escuela: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción/pues hoy yo represento aquí/a mi pueblo, mi país…”
Ése es el saludo que nuestra Myrthy –tuya y mía, y de todos los que la amamos—me dejó en el correo de voz hace un par de días, y me hizo recordarte. No sólo a ti, sino a aquellos tiempos cuando, más pobres e ingenuos, jugábamos a producir uno de los eventos televisivos más recordados de nuestra historia moderna. Eran largos, ridículos e insoportables aquellos concursos que tú y Eddie se inventaban. Aún así, nos provocaban una sensación ingenua que ahora se diluye en naderías.
Anoche, mientras observaba la grabación de la infame producción del canal 4 –donde, por muchísimos años, se pasaba tu evento—no pude evitar el recuerdo de la única vez que te vi llorar… Fue aquel día, en el Centro de Bellas Artes de Guaynabo, mientras intentábamos producir el evento después de que te quitaran la franquicia nacional para ir a Miss Universo. Ese día en particular –uno de los diez previos a la gran gala final—a uno de los muchachos se le zafó el comentario malicioso que alguien dijo sobre ti y la forma en que, supuestamente, te aprovechabas de las “niñas” que participaban en tu competencia.
Nunca supe si eso fue o no cierto y, la verdad, no me interesa. Lo que sí recuerdo es que, luego de haberte conocido así, tan fuerte y tan atrevida, tan señora de señoras, tu llanto profundo me desconcertó. “No puedo más”, decías entre sollozos, quitándote por primera vez el sombrero de las dos de la tarde que escondía las canas sin retocar.
Esa tarde nunca se me olvida. Verte lastimada por las insolencias del chisme televisivo local, institucionalizado en la cena de las seis de la tarde, fue el principio del final.
Sin embargo, sé que nunca te fuiste del todo: Myrthy –nuestra, tuya y mía—me contó que una de las últimas veces que te visitó en el asilo, te llevó a pasear por el jardín. Ya casi no reconocías a nadie, y ella te iba a ver, siempre tan fiel y tan divina. Entonces, se sentó contigo y, después de arreglarte un poco, te cantó como quien arrulla a un niño: “Me siento muy feliz”… Tus ojitos, ya casi apagados, se encendieron y balbuceaste el verso siguiente: “me embarga la emoción”…
Perdóname la insensatez de escribirte esta carta que no leerás, porque ya eres espíritu. Pero no puedo evitar el recordarte: son muchos los que han invocado tu nombre en estos días, luego del desastre televisivo que anoche vi con gran vergüenza ajena. Porque todavía, a estas horas, la gente invoca, en nombre de la insensatez y la mediocridad, tu nombre: Anna Santisteban, la que sí sabía, la que hace falta, la que, según ellos, estará revolcándose en la tumba…
Pero yo sé que no: sabe Dios en qué dimensión universal sigues coronando reinas, tan única e irrepetible como siempre.
Etiquetas:
Anna Santisteban,
canal 4,
Miss Puerto Rico,
vida a los cuarenta
domingo, 12 de octubre de 2008
Con ruido, se puede
Una de las preguntas curiosas que me hacen con más frecuencia es de dónde proviene la inspiración para escribir. La realidad es que, aunque tengo las musas más o menos adiestradas, este trabajo no se logra si no es con disciplina. Con más de veinte años de sentarme frente a un espacio en blanco (primero era el papel, ahora es la pantalla), no hay más remedio. Comienza el pulseo de las teclas y, poco a poco, se conforma una historia.
Lo más difícil, sin embargo, es escribir como lo hago en este momento. Por lo general, escribo los domingos, un día en el que me gusta reflexionar y ordenar mis asuntos de la semana. En algún momento, enciendo la computadora y, aunque no haya una inspiración particular, el dulce sonido del silencio hace que fluyan las palabras con mayor facilidad…
Pero ése no es el caso de hoy. No sé cuál caravana de qué partido –obviamente uno de los dos principales—viene en ruta hacia mi residencia, sorprendiéndome en plena faena de escritura. El fondo musical de mis palabras es la ensordecedora fusión de plena, salsa, reguetón y merengue que acompañan al elocuente verbo de los agitadores, proclamando victorias seguras, cambios mágicos y no sé cuántas otras maravillas.
¿Será que alguien sabe cómo se pueden defender los ciudadanos comunes de esta descarada transgresión del derecho a la paz?
Me puse a rebuscar, y encontré un documento extraordinario: la “Carta del Silencio de Santa Fe de la Vera Cruz”. En ese tratado, escrito por los miembros titulares y delegados a las Primeras Jornadas Interamericanas del Ruido y la Comunidad, reunidos en Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina) a fines de octubre de 1971, se emitió una declaración que manifiesta, entre otras contundentes aseveraciones, “que la vida del hombre sobre el planeta merece rescatar los elementos primigenios que signaron el progreso de la humanidad, la pureza de la atmósfera y de las aguas, el estímulo del árbol y del pájaro o el silencio que la naturaleza brinda a sus criaturas sin estridencias ni estrépitos”. Y dice aún más: “compete a las instituciones públicas, privadas y de servicio, establecimientos docentes y voluntarios de la comunidad, elaborar planes, programas, encuentros, conferencias y cursos destinados a crear una conciencia en la población sobre los efectos perniciosos del ruido sobre la audición y la conducta humanas, la agresividad y el comportamiento social”.
Menudas verdades cuarentosas que, al parecer, quedaron en el olvido.
Lo curioso es que, desde aquel entonces hasta ahora, en lugar de erradicar, lo que se ha hecho es promover el ruido como un estándar de vida. Pienso que estos principios deberían enseñarse como parte de la civilidad humana en las escuelas del país. No obstante, cuando vi el otro día el descomunal despliegue de estridencias que levantaron los maestros y maestras, en plena faena de escoger a su nueva representación sindical, me preocupé más todavía… Si éstos son los que se supone que les enseñen a los jóvenes del futuro y arman este escarceo (que tal parecía una campaña política, más que un referendo de afiliación sindical)… ¿Qué más se puede esperar?
Muy poco. Y no quiero sonar pesimista, pero el mal está muy arraigado. Sé de personas que, de forma automática, llegan a sus casas y comienzan a encender todos los aparatos –televisor, radio, tocadiscos, podadoras de grama—para sentirse “acompañados”. Esos son los mismos que, cuando se va la luz, no pueden dormir de puro miedo… Les asusta el silencio.
Volviendo a mi ruidoso trasfondo mientras escribo, la única teoría que se me ocurre esbozar –si los gritos y bocinazos me lo permiten—es que se trata de un reclamo de poder. Por eso es que escuchamos estos escándalos en época eleccionaria. Y por eso es que la gente habla mucho y alto, dondequiera, sin considerar a los que se encuentran alrededor. Cada quien reclama su sitio en el mundo, haciéndose notar a gritos: cantaletas, conversaciones, chácharas y otros bembés se producen en público como asunto cotidiano. Entonces, si ése es nuestro orden de vida “normal”, ¿qué dejaremos para los políticos que, a fuerza de griterío, quieren borrar el panorama sombrío que nos rodea?
No sé. Para ellos y ellas, lo importante es que con ruido, se puede. No dicen qué exactamente, pero se puede ir pa’lante, hacia el cambio, unidos por siempre, a la victoria, lo que sea que quieren decir… Y estoy de acuerdo: por supuesto que podemos vivir. Todos sordos, enfermos e ignorantes, pero felices como lombrices.
Lo más difícil, sin embargo, es escribir como lo hago en este momento. Por lo general, escribo los domingos, un día en el que me gusta reflexionar y ordenar mis asuntos de la semana. En algún momento, enciendo la computadora y, aunque no haya una inspiración particular, el dulce sonido del silencio hace que fluyan las palabras con mayor facilidad…
Pero ése no es el caso de hoy. No sé cuál caravana de qué partido –obviamente uno de los dos principales—viene en ruta hacia mi residencia, sorprendiéndome en plena faena de escritura. El fondo musical de mis palabras es la ensordecedora fusión de plena, salsa, reguetón y merengue que acompañan al elocuente verbo de los agitadores, proclamando victorias seguras, cambios mágicos y no sé cuántas otras maravillas.
¿Será que alguien sabe cómo se pueden defender los ciudadanos comunes de esta descarada transgresión del derecho a la paz?
Me puse a rebuscar, y encontré un documento extraordinario: la “Carta del Silencio de Santa Fe de la Vera Cruz”. En ese tratado, escrito por los miembros titulares y delegados a las Primeras Jornadas Interamericanas del Ruido y la Comunidad, reunidos en Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina) a fines de octubre de 1971, se emitió una declaración que manifiesta, entre otras contundentes aseveraciones, “que la vida del hombre sobre el planeta merece rescatar los elementos primigenios que signaron el progreso de la humanidad, la pureza de la atmósfera y de las aguas, el estímulo del árbol y del pájaro o el silencio que la naturaleza brinda a sus criaturas sin estridencias ni estrépitos”. Y dice aún más: “compete a las instituciones públicas, privadas y de servicio, establecimientos docentes y voluntarios de la comunidad, elaborar planes, programas, encuentros, conferencias y cursos destinados a crear una conciencia en la población sobre los efectos perniciosos del ruido sobre la audición y la conducta humanas, la agresividad y el comportamiento social”.
Menudas verdades cuarentosas que, al parecer, quedaron en el olvido.
Lo curioso es que, desde aquel entonces hasta ahora, en lugar de erradicar, lo que se ha hecho es promover el ruido como un estándar de vida. Pienso que estos principios deberían enseñarse como parte de la civilidad humana en las escuelas del país. No obstante, cuando vi el otro día el descomunal despliegue de estridencias que levantaron los maestros y maestras, en plena faena de escoger a su nueva representación sindical, me preocupé más todavía… Si éstos son los que se supone que les enseñen a los jóvenes del futuro y arman este escarceo (que tal parecía una campaña política, más que un referendo de afiliación sindical)… ¿Qué más se puede esperar?
Muy poco. Y no quiero sonar pesimista, pero el mal está muy arraigado. Sé de personas que, de forma automática, llegan a sus casas y comienzan a encender todos los aparatos –televisor, radio, tocadiscos, podadoras de grama—para sentirse “acompañados”. Esos son los mismos que, cuando se va la luz, no pueden dormir de puro miedo… Les asusta el silencio.
Volviendo a mi ruidoso trasfondo mientras escribo, la única teoría que se me ocurre esbozar –si los gritos y bocinazos me lo permiten—es que se trata de un reclamo de poder. Por eso es que escuchamos estos escándalos en época eleccionaria. Y por eso es que la gente habla mucho y alto, dondequiera, sin considerar a los que se encuentran alrededor. Cada quien reclama su sitio en el mundo, haciéndose notar a gritos: cantaletas, conversaciones, chácharas y otros bembés se producen en público como asunto cotidiano. Entonces, si ése es nuestro orden de vida “normal”, ¿qué dejaremos para los políticos que, a fuerza de griterío, quieren borrar el panorama sombrío que nos rodea?
No sé. Para ellos y ellas, lo importante es que con ruido, se puede. No dicen qué exactamente, pero se puede ir pa’lante, hacia el cambio, unidos por siempre, a la victoria, lo que sea que quieren decir… Y estoy de acuerdo: por supuesto que podemos vivir. Todos sordos, enfermos e ignorantes, pero felices como lombrices.
domingo, 5 de octubre de 2008
Karma
Cuando escuché a Manolo, estaba como una campanita. Varios días antes, en una actividad profesional, había conocido a “Orlando”, un hombre que, al parecer, era “su regalo de navidad”. Al susodicho le sobraban atributos: guapo, inteligente, bien centrado, trabajador y honesto, dueño de su propia casa y, ¡Oh Fortuna!, soltero.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
Etiquetas:
lección de vida,
ley del karma,
relaciones amorosas,
vida a los cuarenta
martes, 30 de septiembre de 2008
María
Cuando llegó, se sentó justo frente a mí sin siquiera notar mi presencia. Busqué su mirada para saludarla, extrañado de que, justo el día antes, no estuviera en mi salón de clases. Entonces, noté que su intención no fue ignorarme: en sus ojos se dibujaba una ausencia inocente, como la de un perrito perdido en la avenida. Traía los hombros enrojecidos y las mejillas encendidas: nada más de mirar su inmensa mochila y un humilde bultito a punto de desbordarse, supe que venía de lejos y con bastante peso encima.
La llamé por su nombre y volvió al mundo, sorprendida. Reaccionó con una sonrisa, abochornada por no haberme saludado antes. Con tono humilde, se disculpó por su ausencia de ayer. Le pregunté cómo se encontraba y, aunque me aclaró con vehemencia que todo estaba en orden, admitió que tenía “algunos problemas familiares”. Como es obvio, no quise indagar, pero ella enfatizó que estaba preocupada por sus ausencias, pues no quería perjudicar su desempeño del semestre en curso. No me sorprendió el comentario cuando recordé que ha sobresalido en las dos pruebas presentadas hasta ahora, en las que demostró un excelente dominio de la materia y una particular habilidad para redactar con coherencia y precisión.
Regresé al espacio donde otra estudiante culminaba un trabajo de reposición para mi clase y, movido por el instinto, la llamé para que me acompañara. Se sentó con elegancia, sin perder la sonrisa que, ahora más de cerca, definí como una mueca que intentaba malamente disimular la tristeza. Poco fue lo que tuve que hacer para que, de pronto, revelara el propósito de su visita a la facultad: necesitaba orientación porque había tenido que abandonar su casa en busca de protección. Su padre, al parecer sumido en el abismo de una enfermedad mental sin tratamiento, se había adueñado de la casa que ella compartía junto a su mamá y su hermana mayor, convirtiéndose en un peligro inminente.
Acostumbrado a escuchar historias estudiantiles manoseadas con el toque melodramático para ganar tiempo y consideración, quise mantener la cara de palo. Pero algo me alejó de mi costumbre: cuando me habló de sus circunstancias, percibí el esfuerzo sobrehumano que hacía para no perder la calma ni el control, ahogando la emoción que, por momentos, le quebraba la voz.
Y habló. Mucho.
Me contó de su lucha por sobrevivir a la esquizofrenia de su padre, mientras ella y su hermana intentaban concienciar a la madre sumida en el desánimo y la impotencia que, con este último incidente, comienza a perder con lentitud para decidir a favor de su seguridad. Me confió su temor de no perder todo lo que ha logrado en sus estudios, los que ha mantenido con excelentes calificaciones a pesar de las circunstancias difíciles. Entonces, por un instante, sus ojos abandonaron la tristeza al pensar en sus planes futuros, aunque admitió que “ya se las arreglaría” para costear sus estudios graduados.
Mi referencia de ella era la de una estudiante que se hace sentir en el contexto del salón, por sus opiniones articuladas y su deseo de aprender. Pero hoy la conocí como una joven valiente que lucha con ganas, desesperadamente, deseosa de encontrar su norte en medio de un abismo del que, con trabajo, ha logrado librarse. Y, aunque no quise, la vi como a una hija que, si fuera mía, me enorgullecería hasta reventar de sólo de verla así, tan decidida para enfrentar el mundo, cargando en su mochila sueños y esperanzas que se resiste a perder.
Cuando salí de la oficina y la dejé sentadita, abrazada a su gran mochila, no tuve el valor de mirarla. Sabía que las lágrimas me traicionarían al verla así, tan sola pero tan valiente. Sé que otras manos se hicieron cargo, ayudándola en la marcha que ella continuará, aún con el enorme peso que carga sobre sus hombros enrojecidos.
Sólo le pido a Dios que nunca pierda el norte.
La llamé por su nombre y volvió al mundo, sorprendida. Reaccionó con una sonrisa, abochornada por no haberme saludado antes. Con tono humilde, se disculpó por su ausencia de ayer. Le pregunté cómo se encontraba y, aunque me aclaró con vehemencia que todo estaba en orden, admitió que tenía “algunos problemas familiares”. Como es obvio, no quise indagar, pero ella enfatizó que estaba preocupada por sus ausencias, pues no quería perjudicar su desempeño del semestre en curso. No me sorprendió el comentario cuando recordé que ha sobresalido en las dos pruebas presentadas hasta ahora, en las que demostró un excelente dominio de la materia y una particular habilidad para redactar con coherencia y precisión.
Regresé al espacio donde otra estudiante culminaba un trabajo de reposición para mi clase y, movido por el instinto, la llamé para que me acompañara. Se sentó con elegancia, sin perder la sonrisa que, ahora más de cerca, definí como una mueca que intentaba malamente disimular la tristeza. Poco fue lo que tuve que hacer para que, de pronto, revelara el propósito de su visita a la facultad: necesitaba orientación porque había tenido que abandonar su casa en busca de protección. Su padre, al parecer sumido en el abismo de una enfermedad mental sin tratamiento, se había adueñado de la casa que ella compartía junto a su mamá y su hermana mayor, convirtiéndose en un peligro inminente.
Acostumbrado a escuchar historias estudiantiles manoseadas con el toque melodramático para ganar tiempo y consideración, quise mantener la cara de palo. Pero algo me alejó de mi costumbre: cuando me habló de sus circunstancias, percibí el esfuerzo sobrehumano que hacía para no perder la calma ni el control, ahogando la emoción que, por momentos, le quebraba la voz.
Y habló. Mucho.
Me contó de su lucha por sobrevivir a la esquizofrenia de su padre, mientras ella y su hermana intentaban concienciar a la madre sumida en el desánimo y la impotencia que, con este último incidente, comienza a perder con lentitud para decidir a favor de su seguridad. Me confió su temor de no perder todo lo que ha logrado en sus estudios, los que ha mantenido con excelentes calificaciones a pesar de las circunstancias difíciles. Entonces, por un instante, sus ojos abandonaron la tristeza al pensar en sus planes futuros, aunque admitió que “ya se las arreglaría” para costear sus estudios graduados.
Mi referencia de ella era la de una estudiante que se hace sentir en el contexto del salón, por sus opiniones articuladas y su deseo de aprender. Pero hoy la conocí como una joven valiente que lucha con ganas, desesperadamente, deseosa de encontrar su norte en medio de un abismo del que, con trabajo, ha logrado librarse. Y, aunque no quise, la vi como a una hija que, si fuera mía, me enorgullecería hasta reventar de sólo de verla así, tan decidida para enfrentar el mundo, cargando en su mochila sueños y esperanzas que se resiste a perder.
Cuando salí de la oficina y la dejé sentadita, abrazada a su gran mochila, no tuve el valor de mirarla. Sabía que las lágrimas me traicionarían al verla así, tan sola pero tan valiente. Sé que otras manos se hicieron cargo, ayudándola en la marcha que ella continuará, aún con el enorme peso que carga sobre sus hombros enrojecidos.
Sólo le pido a Dios que nunca pierda el norte.
Etiquetas:
María,
vida a los cuarenta
lunes, 29 de septiembre de 2008
Después de la lluvia
Hace nueve días, la historia de muchos boricuas cambió para siempre. Inundados por las aguas inmisericordes del fenómeno atmosférico que se nos montó encima por más de cien horas, los perjudicados de este violento ataque de la naturaleza han sufrido el impacto físico, mental y emocional de una absoluta catástrofe. Además de perderse vidas, bienes y propiedades, ese monstruo cruel que destruyó carreteras, casas y siembras es ahora un fantasma horrendo que angustia cada noche a quienes han visto de cerca su cara. Por lo que he visto a través de los noticieros, imagino que no debe ser una sensación muy agradable.
Como siempre se repite por un profundo agradecimiento (o quizás una excesiva confianza), somos un país bendecido. En este caso, el comentario es aceptable: prácticamente no nos pasó nada en comparación con el impacto de otros fenómenos que sí nos han golpeado fuerte. Y ni hablar si intentamos compararnos ligeramente con la desgracia que todavía sufren los hermanos haitianos y dominicanos, cuya suerte cotidiana pende de la generosidad de quienes alivien su necesidad con algún donativo de lo que les sobra. A pesar de los daños sufridos aquí en el país, la generosa mano amiga de FEMA –menos dadivosa y más burocrática que antes—ya se extiende como un consuelo hacia los desafortunados. Aunque no sea la panacea, aliviará a quienes enfrentan el proceso de sobrevivir.
No obstante, lo que me ha dejado verdaderamente atónito es comprobar, con mis propios ojos, el “frenesí hasta el final” que proclamó ayer el periódico El Nuevo Día en su portada. En una foto que escribe volúmenes sobre la inexplicable conducta puertorriqueña, en una tienda de zapatos baratos, un grupo de consumidores danza como gallinas sin cabeza frente a un despliegue de mesas de especial, mientras un gran letrero “No Tax” se yergue sobre ellos como un blasón infame.
Hoy tuve que recoger unos medicamentos y no quedó más remedio que acudir a una de estas “mega tiendas” del país en compañía de mi mamá. Tras cumplir el encargo, siempre surge la necesidad del reabastecimiento doméstico, así que nos desplazamos por el local sin mucha prisa. Entonces, al pasar por el departamento de productos electrónicos, quedé bruto. Pensé que el cuento reseñado por el periódico de que una persona había comprado veinticinco televisores, gracias a la moratoria del impuesto de ventas, era una exageración. Pero la prueba estaba ante mí: los anaqueles estaban vacíos. Sólo quedaban algunas muestras de piso que, curiosamente, proyectaban un programa sobre la precaria vida de las focas en el Polo Norte a plazos incómodos.
¿Cómo es posible que mis hermanos y hermanas boricuas hayan sucumbido, otra vez, a la tentación del auto-engaño? ¿Cómo se explica que muchos se creyeran el estúpido ahorro del siete por ciento?
Para ambas preguntas, no tengo respuesta ni explicación. Sólo puedo concluir que las prioridades están un poco desubicadas. Y bravo por la diversidad. No todo el mundo puede practicar la mesura en estos tiempos de incertidumbre económica. Para que se proteja el folclor boricua, es imperativo que compremos lo que no necesitamos, sólo por la sensación de ahorro aunque sea, a simple vista, un engaño bochornoso. Se hace obligatorio mover la economía a son de tarjetazos, y acabar con los vistosos despliegues de chucherías porque para eso están, para adquirirlas. Aunque no sean de primera necesidad. Aunque no sea justo. Aunque sea un capricho.
Abrumado por la imagen, regresé a casa, tratando de recordar cuándo, en mi cuarentosa edad, había visto algo similar. Pero no pude. Entonces, quise pensar que habría ocurrido si, en lugar de estas lluvias torrenciales, hubiéramos recibido el impacto inmisericorde de un huracán de cuatro pares. Quise cerrar los ojos e imaginar, por un instante, la peor de las desgracias, recurriendo al recuerdo del huracán “Georges” en 1998. Cancelé todo sonido alrededor e intenté imaginar en que, de verdad, un descomunal esperpento nos había partido por el medio a fuerza de viento y agua. Que nos se habría espantado la bendición que muchos, por agradecimiento sincero o descarada confianza, proclaman cada vez que llaman a los programas de opinión por la radio. Y que, después de la lluvia, ahora nos quedaba la soledad, la miseria, la incertidumbre…
Es inútil. La cegadora luz del gigantesco televisor LCD en casa de mi vecino no me deja.
Como siempre se repite por un profundo agradecimiento (o quizás una excesiva confianza), somos un país bendecido. En este caso, el comentario es aceptable: prácticamente no nos pasó nada en comparación con el impacto de otros fenómenos que sí nos han golpeado fuerte. Y ni hablar si intentamos compararnos ligeramente con la desgracia que todavía sufren los hermanos haitianos y dominicanos, cuya suerte cotidiana pende de la generosidad de quienes alivien su necesidad con algún donativo de lo que les sobra. A pesar de los daños sufridos aquí en el país, la generosa mano amiga de FEMA –menos dadivosa y más burocrática que antes—ya se extiende como un consuelo hacia los desafortunados. Aunque no sea la panacea, aliviará a quienes enfrentan el proceso de sobrevivir.
No obstante, lo que me ha dejado verdaderamente atónito es comprobar, con mis propios ojos, el “frenesí hasta el final” que proclamó ayer el periódico El Nuevo Día en su portada. En una foto que escribe volúmenes sobre la inexplicable conducta puertorriqueña, en una tienda de zapatos baratos, un grupo de consumidores danza como gallinas sin cabeza frente a un despliegue de mesas de especial, mientras un gran letrero “No Tax” se yergue sobre ellos como un blasón infame.
Hoy tuve que recoger unos medicamentos y no quedó más remedio que acudir a una de estas “mega tiendas” del país en compañía de mi mamá. Tras cumplir el encargo, siempre surge la necesidad del reabastecimiento doméstico, así que nos desplazamos por el local sin mucha prisa. Entonces, al pasar por el departamento de productos electrónicos, quedé bruto. Pensé que el cuento reseñado por el periódico de que una persona había comprado veinticinco televisores, gracias a la moratoria del impuesto de ventas, era una exageración. Pero la prueba estaba ante mí: los anaqueles estaban vacíos. Sólo quedaban algunas muestras de piso que, curiosamente, proyectaban un programa sobre la precaria vida de las focas en el Polo Norte a plazos incómodos.
¿Cómo es posible que mis hermanos y hermanas boricuas hayan sucumbido, otra vez, a la tentación del auto-engaño? ¿Cómo se explica que muchos se creyeran el estúpido ahorro del siete por ciento?
Para ambas preguntas, no tengo respuesta ni explicación. Sólo puedo concluir que las prioridades están un poco desubicadas. Y bravo por la diversidad. No todo el mundo puede practicar la mesura en estos tiempos de incertidumbre económica. Para que se proteja el folclor boricua, es imperativo que compremos lo que no necesitamos, sólo por la sensación de ahorro aunque sea, a simple vista, un engaño bochornoso. Se hace obligatorio mover la economía a son de tarjetazos, y acabar con los vistosos despliegues de chucherías porque para eso están, para adquirirlas. Aunque no sean de primera necesidad. Aunque no sea justo. Aunque sea un capricho.
Abrumado por la imagen, regresé a casa, tratando de recordar cuándo, en mi cuarentosa edad, había visto algo similar. Pero no pude. Entonces, quise pensar que habría ocurrido si, en lugar de estas lluvias torrenciales, hubiéramos recibido el impacto inmisericorde de un huracán de cuatro pares. Quise cerrar los ojos e imaginar, por un instante, la peor de las desgracias, recurriendo al recuerdo del huracán “Georges” en 1998. Cancelé todo sonido alrededor e intenté imaginar en que, de verdad, un descomunal esperpento nos había partido por el medio a fuerza de viento y agua. Que nos se habría espantado la bendición que muchos, por agradecimiento sincero o descarada confianza, proclaman cada vez que llaman a los programas de opinión por la radio. Y que, después de la lluvia, ahora nos quedaba la soledad, la miseria, la incertidumbre…
Es inútil. La cegadora luz del gigantesco televisor LCD en casa de mi vecino no me deja.
Etiquetas:
consumismo,
folclor boricua,
huracanes,
vida a los cuarenta
Suscribirse a:
Entradas (Atom)