viernes, 13 de enero de 2012

Karla

Me he tomado el atrevimiento de robarle las palabras a mi queridísima Mirelsa, amiga y hermana de alguna otra vida.  El plagio es justo y necesario, ya verán por qué.
¿Quién se siente preparado para perder a un hijo?

Es una pregunta de esas que pueden evocar temores ancestrales. Algunos, los más racionales, argumentarán que la muerte es parte del proceso evolutivo y que cuando cesan las funciones cerebrales, la persona está, para todos los efectos, muerta, por lo que desconectarle las máquinas es la única decisión que tiene sentido. Otros, los más espirituales, aducirán que si el propósito de vida de una persona se cumplió y un ser está listo para dejar atrás su cuerpo, no debemos ser obstáculo en ese proceso, manteniendo artificialmente un cuerpo con vida.
Karla Michelle, la joven que ha estado luchando por su vida desde la madrugada en que comenzó el año, ha sacudido al pueblo puertorriqueño. Personas de todas las denominaciones religiosas, y aún personas no creyentes, se han desbordado en oraciones y buenos deseos hacia ella y su familia. Hemos acompañado a esos padres en el tortuoso proceso de la espera, regocijándonos con cada pequeñita victoria, y nos hemos sentido devastados por la trágica noticia del repentino cese en su actividad cerebral.

Como pueblo, hemos crecido. Hemos depuesto las preocupaciones triviales del día a día por debates intensos y productivos sobre la violencia que nos arropa. Nos hemos obligado a hablar de la vida y de la muerte y de las decisiones difíciles que hay que tomar a veces frente a situaciones realmente cruciales.

Y en un momento crucial se encuentran los padres de esta jovencita. Están a la espera de una confirmación desgarradora. El hilo del cual colgaban todas sus esperanzas, se les desvanece entre las manos, sin darles tiempo a procesar el desenlace. El ronquidito rítmico que produce el ventilador les aviva una esperanza que, desde afuera, parece inútil, pero que a ellos les aplaca un poco el dolor. La posibilidad de que el espíritu de Karla haya abandonado ya el cuerpo y las máquinas solo estén preservando la materia orgánica es una idea que no pueden, en este momento procesar.

Desde afuera, las opiniones afloran por ramilletes. Desde los que, junto a ellos, imploran por un milagro, hasta los arrojados que juzgan un trance que, Dios mediante, no conocerán nunca. Nuestra labor, en este momento, no debe ser la de juzgar. Esos padres necesitan que sigamos acogiéndolos y arropándolos con nuestras oraciones y buenos deseos. Necesitan espacio para procesar lo que les ocurre. Después de todo... ¿Quién se siente preparado para perder a un hijo?

Karla Michelle ha dejado su huella en este pueblo. Ha logrado unir a los puertorriqueños en uno de los momentos de mayor individualismo y desunión en su historia. En su corto paso por este mundo, ha tocado muchas vidas, algunas con su linda sonrisa, en tiempos más felices y otros desde su frío cubículo de intensivo. Cuando sus padres estén preparados, tomarán la decisión que tengan que tomar y es posible que esta joven alegre pueda seguir viviendo, dando vida a otros que esperan por una segunda oportunidad.

¡Adelante, Karla, que sigues siendo luz para este pueblo!
Derechos reservados ©2012 Mirelsa Modestti 
Hace un rato, escuchando las motonetas odiosas de los vecinitos que joden por la calle, daba gracias a Dios por no tener hijos, abrumado por el maldito ruido con el que los pequeños cabrones violentaban la quietud mañanera.  Ahora, leyendo esta reflexión sincera de mi querida amiga, me doy cuenta de que mi agradecimiento al cielo tiene otras raíces, mucho más profundas.  Aun cuando me disfrazo con cara de Herodes ante la malcriadez y la tiranía de algunos niños --es la estupidez de sus padres lo que de verdad me enfurece-- la realidad es que mi corazón nunca, nunca estaría preparado para enfrentar una pena como esta.  
Si yo fuera el padre de Karla --ese hombre humilde con el que nos hemos encariñado gracias a la cercanía que nos permiten las cámaras indiscretas de los noticieros-- la bala incrustada en el tallo cerebral de mi pequeña ya habría encontrado su origen.  Me habría metido en los escondrijos donde habitan esos imbéciles --desde el residencial hasta la urbanización de lujo; aquí no hay distinciones-- hasta dar con el arma homicida.  A su carifresco dueño, ese que anda por ahí roncando de macho con su pistola al cinto, lo habría agarrado por los cueros de la barriga y, sin mediar palabra, lo tiraba delante de las autoridades que se miran las narices mientras los muertos del 2012 ya comienzan a apilarse en las cunetas.  Entonces, me habría largado enseguida, antes de que se me calentaran las neuronas y se me enfriara el corazón: honestamente, no sé de lo que sería capaz.
Gracias, Mirelsa, por tus palabras, que nacen desde el vientre bendito que arrulló a tus hijos.  No te pido perdón por robarlas porque las comparto en homenaje sincero a ti, que me permites querer y respetar a tus hijos como si, en efecto, fueran de mi sangre.  También, las obsequio en sintonía espirititual y respeto profundo hacia aquellos que, en lugares más discretos, han enfrentado el duro trance que hoy viven los padres de Karla Michelle, una hija cuya vida breve para el mundo debe ser eterna, siempre eterna, para la conciencia.
 

lunes, 9 de enero de 2012

Silencio

Hace unos minutos, cumpliendo con las labores propias de mi género, salí a botar la basura. En el camino, pude avistar la luna esplendorosa, acercándose a su fase llena en medio de un cielo sin nubes. Solo escuché mis pasos aplastando las hojas secas sobre la acera y el estruendo metálico de la tapa que cubre el zafacón. Lo demás era silencio.

Si algo me gusta del “tiempo ordinario”, cuando se apagan las bombillitas y regresamos con desgano a la normalidad, es el agradable sonido de la quietud. En las noches frescas del invierno criollo, solo se escucha el crujir lejano de los insectos. En los días, una que otra voz aislada interrumpe la profundidad insondable, musicalizada solo por el viento del norte que mece las ramas. Por supuesto, quisiera quedarme aquí, pensando en nada mientras escucho que nada suena, pero no puedo: es muy poco el tiempo que resta del receso antes de regresar a la cotidiana realidad.

De hecho, ya esa realidad me golpea cuando –alejado voluntariamente del quehacer noticioso—leo dos titulares en la sección de entretenimiento de El Nuevo Día. Por un lado, se reseña que el cantante Manny Manuel –involucrado en un lamentable pero extraño accidente que, hasta donde sé, lo mantiene aún hospitalizado en Santurce—“no está obligado a declarar” sobre los hechos, según las autoridades. Por otro, el talentoso actor Amaury Nolasco –a través de su representante de prensa—prefirió “no emitir expresiones” sobre las líneas que, en su personaje en la comedia anglosajona Work It, acentuaron el odioso estereotipo del boricua truquero y narcotraficante. Dos silencios muy grandes, mucho más que el mismo que, hace unos minutos, me acogió tiernamente, de camino a la basura.

Cada uno tendrá sus razones para callar y se respetan. En el caso de Manuel, hablar serviría para acallar las mil y una teorías sobre su comportamiento. Sin embargo, gracias a la “extraordinaria” labor de sus representantes, le han cosido la boca junto con las heridas para que no diga más de lo que puede, solo por mantener una imagen que, a ojos vistas, ha quedado mucho más lacerada que su amable rostro. Nolasco, de igual forma, ha decidido ignorar el incidente que ha provocado rabietas a esos representantes boricuas –Vélazquez y Serrano, tan ochentosos—incluyendo al propio Comisionado Residente Pierluisi, ¡oh Dios de los Congresos!  De verdad no sé si la "sonrisita chula" de Amaury servirá para convencerlos de asistir, este año, a su torneo benéfico de golf: es increíble que, en un país con tan mala memoria, también hay muchos que suelen recordar las peores tonterías.

Juzgar a estos seres es, honestamente, perder tiempo y espacio que podría dedicar a mi propio silencio, el que ahora me ocupa. Escucho el teclear de mis dedos opacando el latir de mi corazón. Estoy vivo, en medio de un proceso crucial, haciéndome preguntas importantes y encontrando respuesta a otras mucho más contundentes. Eso es lo que me importa ahora, no la pose de tumba cerrada asumida por estos dos en medio de sus respectivas crisis. No obstante, escucharme en silencio me recuerda, precisamente, una verdad que pretendo recordar en esta fresquita noche de enero: nunca permitas que nadie hable por ti y, peor aún, que alguien te obligue a callar cuando–al menos, por respeto a ti mismo—deberías decir lo que sientes, aunque a otros no les convenga escuchar.

Silencio, amigo, sabes que te aprecio mucho, pero te advierto: si me mandas a callar estás jodido. Siempre, siempre boto la basura por las noches. Calladito, pero siempre mirando pa'l cielo a ver con qué me encuentro.

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