A que sí: después de repasar las predicciones del astrólogo y completar la lista de rituales, te paras en treinta y preparas la listita:
Para el nuevo año quiero:
1. dejar de comer
2. dejar de beber
3. dejar de fumar
4. dejar de ser pobre
5. dejar de estar solo/a
Dejar atrás, lo que sea: la cuestión es empezar de cero, justo cuando el reloj marca las doce y comienza un año nuevo, tan puro como un papel en blanco sobre el que intentarás escribir derecho sobre los renglones torcidos de tu vida imperfecta.
Eso mismo fue lo que hiciste el año pasado y hoy, a estas horas, estás en el mismo trance, a que sí.
No te preocupes: estamos en las mismas.
Las resoluciones del nuevo año son, para muchos, el propósito de enmienda de una vida de pecados a medio pagar que, tarde o temprano, te pasan factura si no los erradicas por completo.
A ver si esto te suena: digamos que, por ejemplo, tu resolución es dejar de comer (cualquier cosa que sea buena y te tape las arterias). Empezando el año, librarse del lechoneo y la bebelata es una proeza digna de héroes –al menos hasta que San Sebastián reciba el último flechazo a son de plenas en su calle homónima. Así, entre intentos y fracasos, te aferras al mes próximo: que sí, hombre, que vamos pa’lante con la listita. ¿Y qué sucede? Los Cupidos chocolateros se cuelgan de las paredes de tu oficina y, en nombre del amor y la amistad, te cargan hasta Diabetolandia de los cojones.
Y aquí estás, otra vez, en diciembre, con la panza colgante, prometiendo lo mismo que el año pasado. No hay quien viva feliz de esa manera.
Comencemos por desmontar el mito de la resolución. El prefijo “re” puede significar repetición, retroceso, inversión u oposición. Entonces, eso que te planteas como una resolución es, ni más ni menos, repetir o retroceder al punto inicial –“dejar de”—como una idea tonta que pretende solucionar un problema al que, en el fondo, no puedes renunciar. No es porque no quieras, por Dios: sencillamente, no sabrás cómo vivir cuando dejes de hacer eso que hoy anotas como una meta absoluta para el año venidero.
Por lo tanto, la resolución no resuelve nada. Todo queda ahí, en el papel que aguanta las promesas si no haces lo que te toca para cambiar lo que deseas.
Hagamos un trato ahora mismo. Esa lista que hiciste, rómpela. Hazla pedazos y échala al canasto de la basura. No te prometas nada: ni para el año que viene, ni para la semana que entra, ni siquiera para el próximo minuto. Entonces, respira hondo y date un abrazo muy fuerte. Agradece todo: la panza, las deudas, la familia imperfecta, la vida miserable, la soledad, todo lo que te rodea (aún aquello que no puedes entender o no sabes cómo solucionar). Así, con esa misma cara de absoluto desconcierto, déjate ir por la vida sin exigirte perfecciones ni cambios ni dietas ni nada que se parezca.
Vive cada día con su propio afán, sin preguntar. Camina tranquilo, sin ajoro. Si te dan el dulce, cómetelo y disfruta. Si te toca el trance amargo, da la cara y sigue adelante. Enfócate en cada paso y olvídate de la carrera. Bendice a quien te corta de pastelillo; que su santa madre se encargue de él (o de ella). Sonríe al que te vira la cara, aunque ni se dé cuenta. Sube el volumen y canta en el carro si la canción te gusta; qué importa si te miran.
Ama, goza, baila, sueña. Vive. Anda, hazlo ahora. No esperes ni al champán ni a las uvas. Ahora, con tu permiso, voy a pegarle fuego a todas mis listas: las que escribí y guardé por cada año de esta década y la que hice ahora, justo antes de escribir toda esta mierda.
¡Feliz 2011!
viernes, 31 de diciembre de 2010
domingo, 26 de diciembre de 2010
Idiota
O la razón, en el hombre, no hace sino dormir y engendrar monstruos,
o el hombre, siendo indudablemente un animal entre los animales,
es, también indudablemente, el más irracional de todos ellos.
Andrés Sorel, José Saramago. Una mirada triste y lúcida (2007)
Así me sentí cuando terminé de hablar con mi buen amigo Manolo ayer por la tarde.
Como ya es su costumbre, el Manolete me llamó por Navidad. Su voz, por supuesto, me causó la alegría de siempre: escucharlo –a él y a sus cuentos—siempre es divertido. Sin embargo, esta vez su saludo navideño vino seguido de un reproche insensato que, les confieso, me dejó un saborcito amargo que no se me quitaba aún después de colgar el teléfono.
“¡¿Qué tú no sentiste el temblor?!”, me reclamó casi como si hubiera descubierto que, desde siempre, he sabido quién mató al niño Lorenzo y me he quedado en mi casa de piernas cruzadas, como si nada.
“Pues no”, le contesté muy tranquilito, arguyendo mis razones: estaba yo en la faena de limpiar el baño y, en el trajín, ni cuenta me di.
De inmediato y sin rodeos, Manolo se desató en reclamos que reventaron la escala Richter: que cómo es posible, que eso lo sintió tooodo el mundo, que la gente estaba histérica, que si pitos, que si flautas… Sí, sí, sí, le dije, tratando de calmar su inevitable tendencia al drama, mientras le explicaba (casi a pujos) que, posterior al evento, escuché los informes radiales de Ada Monzón, acompañados de las interminables llamadas anecdóticas de todos los que vivieron, de primera mano, la experiencia telúrica.
Pues nada, que aún con todo lo que conté para convencerlo, Manolo todavía me reprochaba. En el fondo, pobrecillo, sé que no lo hizo con mala intención, preocupado por mi bienestar y el de mi familia. Reconozco que, en momentos de una emergencia tan repentina como abrumadora, es importante reaccionar a tiempo para proteger la vida propia y la de los seres queridos. No obstante, según comprobé con el remezón del 16 de mayo –que sí sentí y de qué manera—lo inesperado de estos eventos sísmicos hacen que uno se idiotice mucho más que yo con los reclamos de mi buen amigo.
Cuando pensé que ya había terminado la cantaleta, que se extendió por unos eternos cinco minutos, me espetó el golpe fatal.
“Por eso es que estamos como estamos”, concluyó con un sincero tonillo melodramático. “Se nos cae el país encima y seguimos igual de eslembaos.”
Gulp.
Ahí fue que la pegaste, Manolete: tus palabras me cayeron encima como el muro débil que, sacudido en sus cimientos, se desploma en menos de lo que un mono se rasca los fondillos.
En primer lugar, hay que aceptar que, para estos eventos, nadie tiene la más simple y prostituta idea de lo que debe hacerse. Ni tú, ni yo, ni el vecino, ni el Gobierno. Es más, ni siquiera con los huracanes –que sí pueden predecirse—existe instrumento o autoridad humana que pueda anticipar lo que sería el resultado de su inmisericorde embate que, a Dios gracias, no nos toca directamente desde el malparido Georges en 1998.
Del mismo modo, de tus palabras resalta otra gran verdad: el eslembamiento colectivo. Asumido desde la tontería mediática hasta glorificarse en el chismorreo cotidiano de cada tarde a las seis en punto, dormitamos como imbéciles frente al televisor, de lo más arropaditos con una frisa gorda de imbecilidad, con la baba colgando de la comisura. Pendientes a vivir tras lo ajeno, nos olvidamos de ese mundo propio que debemos atender, incluyendo prepararnos para eventos que sacudan –literal y simbólicamente—el cotidiano rechinar de analistas, comayes y candelas. Y así, como tontos, nos quedamos cuando la incertidumbre nos sacude de tan abrupta manera.
Finalmente, no podemos ignorar que la tierra está viva. Bajo nuestros pies, la Madre Gaia aguanta sin chistar los cantazos diarios del maltrato, la dejadez, la ignorancia y la crueldad a la que se somete por el egoísmo de unos cuantos que la negocian como pieza de canje. Entonces, un buen día, despierta de su silencio y ruge con ganas. Algunas veces, se encabrona y se bate con más fuerza, como hace casi un año en Haití, precisamente para que nos acordáramos de que, a varias islas de distancia, nuestros hermanos caribeños viven en la miseria. ¿Y usted se acuerda? Probablemente no, y tampoco lo hice cuando compraba regalos navideños en Plaza Las Américas.
Ahora que lo escribo, amigo mío, me doy cuenta de que tienes toda la razón al preocuparte con tanta histeria. Lo haces por todos y por mí, para que no durmamos con el ojo demasiado apretado sin notar que, en torno nuestro, hay una tierra que pide ayuda y que, bajo nuestros pies, reclama sin avisos, por ella y por los que la habitamos.
Doy gracias porque, esta vez, no sentí la furia terrestre que, en pocos segundos, nos puede provocar cagantinas como la que padeciste justo antes de salir, con tu familia, a celebrar la Nochebuena. Sobre todo, agradezco que me ayudes a entender que, con el terremoto inclemente de tus reclamos, despertaste mi conciencia idiotizada.
Gracias, mi buen amigo Manolo. Para ti también deseo una muy feliz Navidad.
o el hombre, siendo indudablemente un animal entre los animales,
es, también indudablemente, el más irracional de todos ellos.
Andrés Sorel, José Saramago. Una mirada triste y lúcida (2007)
Así me sentí cuando terminé de hablar con mi buen amigo Manolo ayer por la tarde.
Como ya es su costumbre, el Manolete me llamó por Navidad. Su voz, por supuesto, me causó la alegría de siempre: escucharlo –a él y a sus cuentos—siempre es divertido. Sin embargo, esta vez su saludo navideño vino seguido de un reproche insensato que, les confieso, me dejó un saborcito amargo que no se me quitaba aún después de colgar el teléfono.
“¡¿Qué tú no sentiste el temblor?!”, me reclamó casi como si hubiera descubierto que, desde siempre, he sabido quién mató al niño Lorenzo y me he quedado en mi casa de piernas cruzadas, como si nada.
“Pues no”, le contesté muy tranquilito, arguyendo mis razones: estaba yo en la faena de limpiar el baño y, en el trajín, ni cuenta me di.
De inmediato y sin rodeos, Manolo se desató en reclamos que reventaron la escala Richter: que cómo es posible, que eso lo sintió tooodo el mundo, que la gente estaba histérica, que si pitos, que si flautas… Sí, sí, sí, le dije, tratando de calmar su inevitable tendencia al drama, mientras le explicaba (casi a pujos) que, posterior al evento, escuché los informes radiales de Ada Monzón, acompañados de las interminables llamadas anecdóticas de todos los que vivieron, de primera mano, la experiencia telúrica.
Pues nada, que aún con todo lo que conté para convencerlo, Manolo todavía me reprochaba. En el fondo, pobrecillo, sé que no lo hizo con mala intención, preocupado por mi bienestar y el de mi familia. Reconozco que, en momentos de una emergencia tan repentina como abrumadora, es importante reaccionar a tiempo para proteger la vida propia y la de los seres queridos. No obstante, según comprobé con el remezón del 16 de mayo –que sí sentí y de qué manera—lo inesperado de estos eventos sísmicos hacen que uno se idiotice mucho más que yo con los reclamos de mi buen amigo.
Cuando pensé que ya había terminado la cantaleta, que se extendió por unos eternos cinco minutos, me espetó el golpe fatal.
“Por eso es que estamos como estamos”, concluyó con un sincero tonillo melodramático. “Se nos cae el país encima y seguimos igual de eslembaos.”
Gulp.
Ahí fue que la pegaste, Manolete: tus palabras me cayeron encima como el muro débil que, sacudido en sus cimientos, se desploma en menos de lo que un mono se rasca los fondillos.
En primer lugar, hay que aceptar que, para estos eventos, nadie tiene la más simple y prostituta idea de lo que debe hacerse. Ni tú, ni yo, ni el vecino, ni el Gobierno. Es más, ni siquiera con los huracanes –que sí pueden predecirse—existe instrumento o autoridad humana que pueda anticipar lo que sería el resultado de su inmisericorde embate que, a Dios gracias, no nos toca directamente desde el malparido Georges en 1998.
Del mismo modo, de tus palabras resalta otra gran verdad: el eslembamiento colectivo. Asumido desde la tontería mediática hasta glorificarse en el chismorreo cotidiano de cada tarde a las seis en punto, dormitamos como imbéciles frente al televisor, de lo más arropaditos con una frisa gorda de imbecilidad, con la baba colgando de la comisura. Pendientes a vivir tras lo ajeno, nos olvidamos de ese mundo propio que debemos atender, incluyendo prepararnos para eventos que sacudan –literal y simbólicamente—el cotidiano rechinar de analistas, comayes y candelas. Y así, como tontos, nos quedamos cuando la incertidumbre nos sacude de tan abrupta manera.
Finalmente, no podemos ignorar que la tierra está viva. Bajo nuestros pies, la Madre Gaia aguanta sin chistar los cantazos diarios del maltrato, la dejadez, la ignorancia y la crueldad a la que se somete por el egoísmo de unos cuantos que la negocian como pieza de canje. Entonces, un buen día, despierta de su silencio y ruge con ganas. Algunas veces, se encabrona y se bate con más fuerza, como hace casi un año en Haití, precisamente para que nos acordáramos de que, a varias islas de distancia, nuestros hermanos caribeños viven en la miseria. ¿Y usted se acuerda? Probablemente no, y tampoco lo hice cuando compraba regalos navideños en Plaza Las Américas.
Ahora que lo escribo, amigo mío, me doy cuenta de que tienes toda la razón al preocuparte con tanta histeria. Lo haces por todos y por mí, para que no durmamos con el ojo demasiado apretado sin notar que, en torno nuestro, hay una tierra que pide ayuda y que, bajo nuestros pies, reclama sin avisos, por ella y por los que la habitamos.
Doy gracias porque, esta vez, no sentí la furia terrestre que, en pocos segundos, nos puede provocar cagantinas como la que padeciste justo antes de salir, con tu familia, a celebrar la Nochebuena. Sobre todo, agradezco que me ayudes a entender que, con el terremoto inclemente de tus reclamos, despertaste mi conciencia idiotizada.
Gracias, mi buen amigo Manolo. Para ti también deseo una muy feliz Navidad.
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Temblor de Nochebuena
domingo, 26 de septiembre de 2010
Juegos (II)
Regresé al “blog” después de varios meses de ocupaciones varias, y encontré una historia sin concluir. En mi reseña anterior describía, con absoluta desazón, las incidencias de la ceremonia de apertura de los XXII Juegos Centroamericanos y del Caribe en Mayagüez. Revolcar las yaguas viejas de ese histórico mal rato televisivo –y la posterior ceremonia de clausura, tan penosa como la de inauguración—no vale la pena.
Sin embargo, al repasar los incidentes de esta semana para desyerbar la maleza crecida entre mis palabras, descubro que la Divina Providencia me asiste. En medio de los absurdos de la cotidianeidad boricua, se planta un incidente que retoma el tema de los juegos: ahora le toca el turno al ajedrez, prohibido y rescatado en menos de 24 horas por los brillantes administradores del Departamento de Educación (DE).
Por si acaso usted ha sido hipnotizado por la exquisita actuación de Gabriela Spanic en Soy tu dueña, resumo: el miércoles en la tarde, la Unión Nacional de Educadores y Trabajadores de la Educación (UNETE), denunció que un tal Jorge Colón, quien aparentemente fungía como Director de Educación Física para el DE, había prohibido de manera definitiva los juegos de ajedrez en el entorno de la educación pública. La noticia se regó con asombrosa rapidez, así como las críticas absolutas generadas por la absurda idea. Entonces, el recién estrenado secretario del departamento, Jesús Rivera, no sólo negó la noticia, sino que desautorizó al tal Colón –a quien dijo ni siquiera conocer—y recalcó que ofrecerá becas y premios a quienes participen de los torneos y competencias relacionadas con este antiquísimo juego de estrategias.
Tan-tan, fin de la historia. Lo que dijo quien dijo –o lo que no dijo el que debía decirlo—y lo que se dijo después de lo que no se dijo desmadró a los alfiles, tumbó las torres y le dio jaque mate a la estupidez institucionalizada en un ping-pong absurdo que, al día de hoy, todavía no entiendo. ¿Sería que los miembros de la UNETE se desmandaron al revelar una información sin confirmar? ¿O tal vez sí era cierto el dato, pero Jesús El Magnífico lo desvaneció en el aire antes de que reventara aún más las hieles de la opinión pública?
Sólo ellos sabrán, igual que saben los que saben –y dicen lo que pueden—sobre el jueguito de esconder que mantiene el fulano llamado Alberto Velázquez Piñol, descubierto por El Nuevo Día como “el que verdaderamente manda en Educación”. El misterioso hombre de poca educación formal, cuyo salario sobrepasa un cuarto de millón de dólares, tiene cubierta de dos planes médicos y se la pasa viajando entre Nueva York y San Juan (con gastos pagados por el Banco Gubernamental de Fomento) se desplaza como el rey absoluto de la desfachatez gubernamental vigente –de manitas con el recién designado “súper asesor” Carlos Chardón. ¿Cómo es posible? Pregúntenle a los que mandan, a ver qué responden. Creo que todos están muy ocupados jugando a la gallinita ciega: ninguno ve nada malo en los salarios exorbitantes y los privilegios inconcebibles.
La historia de quita y pon que esta semana padeció el ajedrez escolar ya es agua pasada para la controversia pública. Aún así, me parecería propio retomar la visión de la educación física en las escuelas públicas. Entre los malos hábitos, la pobre alimentación y el desinterés general por la escuela, muchos futuros atletas andan por ahí, entusiasmados con sus iPods, sus consolas PSP o hasta con sus celulares. Enfrascados en sus pequeñas pantallas, los chamacos y las nenas –la idiotez electrónica no distingue géneros—se desconectan de su entorno, embobados por las imágenes brillantes, los soniditos capciosos y las tramas guerreras. ¿Cómo convencerlos de que, en lugar de estar ahí como tontos, despegaran las pesadas nalgas de sus asientos para moverse a una mejor vida, más activa y sana? Habría que despertarlos con entusiasmo, convenciéndoles de que la actividad física sí puede proveerles opciones adicionales a su desempeño, igual que el ajedrez sirve para desarrollar sus destrezas lógicas y estratégicas.
No es que ahora todos se conviertan en los futuros Bobby Fischer; habría que comenzar poco a poco a ganar la batalla de la inercia en la que muchos muchachos viven, embobados frente al reto electrónico en lugar de utilizar su creatividad innata. En ese caso, sería bueno rescatar aquellos juegos alegres que caracterizaron mis años infantiles: el arroz con leche que se quiere casar, el pase-mi-sin pase-mi-san o la doña Ana que no está aquí.
También podrían jugar el ponle la cola al burro. El único problema sería que, habiendo tantos por ahí sueltos, el juego se extendería demasiado. Peor aún si fuera una burra: entre la modelo empresaria que se divorcia frente a las cámaras y la senadora bombón que propone días de buenos tratos, ¿a quién escogerían?
Obvio: a la Loto. Juega, juega.
Sin embargo, al repasar los incidentes de esta semana para desyerbar la maleza crecida entre mis palabras, descubro que la Divina Providencia me asiste. En medio de los absurdos de la cotidianeidad boricua, se planta un incidente que retoma el tema de los juegos: ahora le toca el turno al ajedrez, prohibido y rescatado en menos de 24 horas por los brillantes administradores del Departamento de Educación (DE).
Por si acaso usted ha sido hipnotizado por la exquisita actuación de Gabriela Spanic en Soy tu dueña, resumo: el miércoles en la tarde, la Unión Nacional de Educadores y Trabajadores de la Educación (UNETE), denunció que un tal Jorge Colón, quien aparentemente fungía como Director de Educación Física para el DE, había prohibido de manera definitiva los juegos de ajedrez en el entorno de la educación pública. La noticia se regó con asombrosa rapidez, así como las críticas absolutas generadas por la absurda idea. Entonces, el recién estrenado secretario del departamento, Jesús Rivera, no sólo negó la noticia, sino que desautorizó al tal Colón –a quien dijo ni siquiera conocer—y recalcó que ofrecerá becas y premios a quienes participen de los torneos y competencias relacionadas con este antiquísimo juego de estrategias.
Tan-tan, fin de la historia. Lo que dijo quien dijo –o lo que no dijo el que debía decirlo—y lo que se dijo después de lo que no se dijo desmadró a los alfiles, tumbó las torres y le dio jaque mate a la estupidez institucionalizada en un ping-pong absurdo que, al día de hoy, todavía no entiendo. ¿Sería que los miembros de la UNETE se desmandaron al revelar una información sin confirmar? ¿O tal vez sí era cierto el dato, pero Jesús El Magnífico lo desvaneció en el aire antes de que reventara aún más las hieles de la opinión pública?
Sólo ellos sabrán, igual que saben los que saben –y dicen lo que pueden—sobre el jueguito de esconder que mantiene el fulano llamado Alberto Velázquez Piñol, descubierto por El Nuevo Día como “el que verdaderamente manda en Educación”. El misterioso hombre de poca educación formal, cuyo salario sobrepasa un cuarto de millón de dólares, tiene cubierta de dos planes médicos y se la pasa viajando entre Nueva York y San Juan (con gastos pagados por el Banco Gubernamental de Fomento) se desplaza como el rey absoluto de la desfachatez gubernamental vigente –de manitas con el recién designado “súper asesor” Carlos Chardón. ¿Cómo es posible? Pregúntenle a los que mandan, a ver qué responden. Creo que todos están muy ocupados jugando a la gallinita ciega: ninguno ve nada malo en los salarios exorbitantes y los privilegios inconcebibles.
La historia de quita y pon que esta semana padeció el ajedrez escolar ya es agua pasada para la controversia pública. Aún así, me parecería propio retomar la visión de la educación física en las escuelas públicas. Entre los malos hábitos, la pobre alimentación y el desinterés general por la escuela, muchos futuros atletas andan por ahí, entusiasmados con sus iPods, sus consolas PSP o hasta con sus celulares. Enfrascados en sus pequeñas pantallas, los chamacos y las nenas –la idiotez electrónica no distingue géneros—se desconectan de su entorno, embobados por las imágenes brillantes, los soniditos capciosos y las tramas guerreras. ¿Cómo convencerlos de que, en lugar de estar ahí como tontos, despegaran las pesadas nalgas de sus asientos para moverse a una mejor vida, más activa y sana? Habría que despertarlos con entusiasmo, convenciéndoles de que la actividad física sí puede proveerles opciones adicionales a su desempeño, igual que el ajedrez sirve para desarrollar sus destrezas lógicas y estratégicas.
No es que ahora todos se conviertan en los futuros Bobby Fischer; habría que comenzar poco a poco a ganar la batalla de la inercia en la que muchos muchachos viven, embobados frente al reto electrónico en lugar de utilizar su creatividad innata. En ese caso, sería bueno rescatar aquellos juegos alegres que caracterizaron mis años infantiles: el arroz con leche que se quiere casar, el pase-mi-sin pase-mi-san o la doña Ana que no está aquí.
También podrían jugar el ponle la cola al burro. El único problema sería que, habiendo tantos por ahí sueltos, el juego se extendería demasiado. Peor aún si fuera una burra: entre la modelo empresaria que se divorcia frente a las cámaras y la senadora bombón que propone días de buenos tratos, ¿a quién escogerían?
Obvio: a la Loto. Juega, juega.
lunes, 19 de julio de 2010
Juegos (I)
(En esta serie de escritos comentaré los incidentes relacionados con los XXI Juegos Centroamericanos que se celebran en Mayagüez. Créanme, hay mucho que contar…)
Los XXI Juegos Centroamericanos de Mayagüez quedaron inaugurados anoche. A pesar de lo que el viento se llevó el sábado, la presentación pospuesta se realizó sin mayores incidentes, complaciendo a la mayoría del público que acudió hasta el estadio para disfrutar, en directo, del colorido despliegue de música, luces, colores y espíritu deportivo.
Sin embargo, a través de las pantallas televisivas, la situación fue muy diferente. A juicio de varios amigos y colegas con los que me comunicaba durante la transmisión televisiva de los actos inaugurales, el programa en general fue un absoluto desastre. Vamos por partes:
• La antesala: David Reyes, Héctor Vázquez Muñiz y Raúl Cintrón lucían extrañamente deshumanizados en ese embeleco virtual que simulaba un “set” de televisión. Todas las imágenes falsas, creadas en gráficas chillonas, molestaban al punto del vómito. No hablemos de los comentarios porque, de verdad, ni vale la pena mencionarlos. Lo peor de todo: las computadoras portátiles “decoradas” con un papel pegado que, por televisión, parecía una mancha anaranjada. ¿De quién fue la brillante idea?
• La transmisión: Enumerar los fallos técnicos, de audio y de dirección sería inhumano, así que prefiero obviarlo. Una vez más se repite lo que he dicho desde que comencé a trabajar en la televisión, involucrado en eventos de transmisión en directo: HAY que pensar en el show que ven los espectadores en sus casas. Por más lindo que se vea en el estadio, una cosa es allí y ooootra muy distinta es lo que vemos en la pantalla. Se notó desde muy lejos la improvisación, la falta de ensayo, el mal gusto y, desgraciadamente, el atraso. Deberían mirar más televisión europea.
• La narración: Mis amigos pueden ser crueles, lo admito. Mientras escuchaban las intervenciones, algunos me enviaban mensajes como “me estoy durmiendo con la animación”, “me siento que estoy llamando a Telebanco Popular”… Sin embargo, tengo que tirarle la toalla a Cordelia González, a quien admiro y respeto como actriz, porque sé que ella hizo lo que pudo con lo poco que tenía para trabajar. Estoy segurísimo de que, si hubo libreto, fue malamente construido. Peor aún, tirarla al medio sin tener un coanimador de respaldo fue una soberbia falta de respeto, tanto para ella como para quienes la sufrimos tratando de resolver, como pudo, una cobertura muy extensa y malamente estructurada.
• El espectáculo: Ante las deficiencias de audio –se escuchaba en el estadio pero NO en televisión—fueron muchos los elementos que perdí para entender el complicado montaje dedicado a “resaltar” la belleza de nuestros recursos naturales. Según comenté antes, mucho de esto se habría apreciado mejor con ensayos de cámara que recogieran, para el televidente, la intricada estructura de los montajes, de modo que tuvieran algún sentido. A juicio de uno de los crueles que me escribió via Facebook, un “talent show” escolar habría tenido más aciertos… Eso dicen ellos; yo me reservo el comentario.
• El talento: El Maestro Cucco Peña y su orquesta, impecables. Chucho Avellanet e Hilda Ramos, extraordinarios. Gilberto Santa Rosa, magnífico. ¿Wisín y Yandel? Imperdonables. Digo, como no escuché bien el audio del estadio, tal vez ésa era la parte en que celebraban, en la historia del país, el vasto legado de los narcotraficantes a nuestra cultura popular. De hecho, el entusiasmo de los atletas --que violaron el protocolo y se apostaron frente a la tarima como si aquello fueran las Justas Interuniversitarias-- demostró la glorificación del "punto" que representan estos mequetrefes. Sólo falto que desplegaran, como telón de fondo, el mural de Coquito en Torres de Sabana. ¿Sería un homenaje en ausencia a Junior Cápsula?
• Lo increíble: El acomodo estratégico de la presentación del Gobernador mató toda intención de abucheo, si todavía quedaba alguna. Pero la constante presentación del Gobernador y la Primera Dama en plena faena cocola durante el numerito de Gilberto Santa Rosa… C’mon, people, do you think we’re THAT stupid? Me imagino que, después del bailecito, se curaron escuchando canciones de Air Supply o Lionel Richie… Hello! Por cierto, aprovecho para comentarle alguito a doña Lucé: los brazos de Michelle Obama son espectaculares, así como sus vestidos. Tome nota.
• Lo más charro: Con todo el respeto, entrego este galardón al Honorable José Guillermo Rodríguez, Alcalde de Mayagüez. Don Guillito, si sus empleados y amigos no se lo dicen por caridad, humildemente me dirijo a usted con estas simples y contundentes palabras: cámbiese el recorte de Tony Manero, déjese crecer patillas y abrace las canas de su pelo y su bigote con dignidad. Y por favor, péguele fuego a ese “outfit” de blanco palomo antes de que Tony D’Astro lo demande por apropiación ilegal y usurpación de identidad.
El viento sopló y escocotó los andamios, pero no apagó el espíritu de celebración. Esperemos que las festividades se celebren con orden y respeto, considerando que, además de nosotros, hay visitantes de otras naciones que debemos acoger con alegría. Tampoco podemos olvidar que ésta es una competencia deportiva: muchas personas asistirán a los eventos, y no todos son boricuas. Por favor, mantengamos un espíritu balanceado, aplaudiendo a los nuestros (y a los otros) cuando ganan en sus disciplinas.
Por los fallos que he comentado, pues lo mejor será aprender de ellos y no repetirlos. Sé que los boricuas somos muy dados a la crítica viciosa y malsana, y nos gusta exigir perfección. Yo creo en ella, pero sé que se logra a través del trabajo arduo, el enfoque preciso y la disciplina absoluta, además de la apertura hacia otras opciones y posibilidades. Creo en la capacidad creativa del puertorriqueño, en su talento y en su tenacidad; es cuestión de darles la oportunidad a quienes tienen los méritos.
El escenario centroamericano ya está encendido; demos lo mejor de nosotros durante estos días de competencia y confraternización. No son los juegos de Felipe, de David o de Fortuño, son de Puerto Rico entero que está dando cara, y este país somos todos, así que a echar pa’lante.
Esta historia continuará...
Los XXI Juegos Centroamericanos de Mayagüez quedaron inaugurados anoche. A pesar de lo que el viento se llevó el sábado, la presentación pospuesta se realizó sin mayores incidentes, complaciendo a la mayoría del público que acudió hasta el estadio para disfrutar, en directo, del colorido despliegue de música, luces, colores y espíritu deportivo.
Sin embargo, a través de las pantallas televisivas, la situación fue muy diferente. A juicio de varios amigos y colegas con los que me comunicaba durante la transmisión televisiva de los actos inaugurales, el programa en general fue un absoluto desastre. Vamos por partes:
• La antesala: David Reyes, Héctor Vázquez Muñiz y Raúl Cintrón lucían extrañamente deshumanizados en ese embeleco virtual que simulaba un “set” de televisión. Todas las imágenes falsas, creadas en gráficas chillonas, molestaban al punto del vómito. No hablemos de los comentarios porque, de verdad, ni vale la pena mencionarlos. Lo peor de todo: las computadoras portátiles “decoradas” con un papel pegado que, por televisión, parecía una mancha anaranjada. ¿De quién fue la brillante idea?
• La transmisión: Enumerar los fallos técnicos, de audio y de dirección sería inhumano, así que prefiero obviarlo. Una vez más se repite lo que he dicho desde que comencé a trabajar en la televisión, involucrado en eventos de transmisión en directo: HAY que pensar en el show que ven los espectadores en sus casas. Por más lindo que se vea en el estadio, una cosa es allí y ooootra muy distinta es lo que vemos en la pantalla. Se notó desde muy lejos la improvisación, la falta de ensayo, el mal gusto y, desgraciadamente, el atraso. Deberían mirar más televisión europea.
• La narración: Mis amigos pueden ser crueles, lo admito. Mientras escuchaban las intervenciones, algunos me enviaban mensajes como “me estoy durmiendo con la animación”, “me siento que estoy llamando a Telebanco Popular”… Sin embargo, tengo que tirarle la toalla a Cordelia González, a quien admiro y respeto como actriz, porque sé que ella hizo lo que pudo con lo poco que tenía para trabajar. Estoy segurísimo de que, si hubo libreto, fue malamente construido. Peor aún, tirarla al medio sin tener un coanimador de respaldo fue una soberbia falta de respeto, tanto para ella como para quienes la sufrimos tratando de resolver, como pudo, una cobertura muy extensa y malamente estructurada.
• El espectáculo: Ante las deficiencias de audio –se escuchaba en el estadio pero NO en televisión—fueron muchos los elementos que perdí para entender el complicado montaje dedicado a “resaltar” la belleza de nuestros recursos naturales. Según comenté antes, mucho de esto se habría apreciado mejor con ensayos de cámara que recogieran, para el televidente, la intricada estructura de los montajes, de modo que tuvieran algún sentido. A juicio de uno de los crueles que me escribió via Facebook, un “talent show” escolar habría tenido más aciertos… Eso dicen ellos; yo me reservo el comentario.
• El talento: El Maestro Cucco Peña y su orquesta, impecables. Chucho Avellanet e Hilda Ramos, extraordinarios. Gilberto Santa Rosa, magnífico. ¿Wisín y Yandel? Imperdonables. Digo, como no escuché bien el audio del estadio, tal vez ésa era la parte en que celebraban, en la historia del país, el vasto legado de los narcotraficantes a nuestra cultura popular. De hecho, el entusiasmo de los atletas --que violaron el protocolo y se apostaron frente a la tarima como si aquello fueran las Justas Interuniversitarias-- demostró la glorificación del "punto" que representan estos mequetrefes. Sólo falto que desplegaran, como telón de fondo, el mural de Coquito en Torres de Sabana. ¿Sería un homenaje en ausencia a Junior Cápsula?
• Lo increíble: El acomodo estratégico de la presentación del Gobernador mató toda intención de abucheo, si todavía quedaba alguna. Pero la constante presentación del Gobernador y la Primera Dama en plena faena cocola durante el numerito de Gilberto Santa Rosa… C’mon, people, do you think we’re THAT stupid? Me imagino que, después del bailecito, se curaron escuchando canciones de Air Supply o Lionel Richie… Hello! Por cierto, aprovecho para comentarle alguito a doña Lucé: los brazos de Michelle Obama son espectaculares, así como sus vestidos. Tome nota.
• Lo más charro: Con todo el respeto, entrego este galardón al Honorable José Guillermo Rodríguez, Alcalde de Mayagüez. Don Guillito, si sus empleados y amigos no se lo dicen por caridad, humildemente me dirijo a usted con estas simples y contundentes palabras: cámbiese el recorte de Tony Manero, déjese crecer patillas y abrace las canas de su pelo y su bigote con dignidad. Y por favor, péguele fuego a ese “outfit” de blanco palomo antes de que Tony D’Astro lo demande por apropiación ilegal y usurpación de identidad.
El viento sopló y escocotó los andamios, pero no apagó el espíritu de celebración. Esperemos que las festividades se celebren con orden y respeto, considerando que, además de nosotros, hay visitantes de otras naciones que debemos acoger con alegría. Tampoco podemos olvidar que ésta es una competencia deportiva: muchas personas asistirán a los eventos, y no todos son boricuas. Por favor, mantengamos un espíritu balanceado, aplaudiendo a los nuestros (y a los otros) cuando ganan en sus disciplinas.
Por los fallos que he comentado, pues lo mejor será aprender de ellos y no repetirlos. Sé que los boricuas somos muy dados a la crítica viciosa y malsana, y nos gusta exigir perfección. Yo creo en ella, pero sé que se logra a través del trabajo arduo, el enfoque preciso y la disciplina absoluta, además de la apertura hacia otras opciones y posibilidades. Creo en la capacidad creativa del puertorriqueño, en su talento y en su tenacidad; es cuestión de darles la oportunidad a quienes tienen los méritos.
El escenario centroamericano ya está encendido; demos lo mejor de nosotros durante estos días de competencia y confraternización. No son los juegos de Felipe, de David o de Fortuño, son de Puerto Rico entero que está dando cara, y este país somos todos, así que a echar pa’lante.
Esta historia continuará...
jueves, 15 de julio de 2010
Experimento
Cayeron redonditos. Mi experimento “facebookiano” funcionó.
Me explico: entre el domingo y hoy, decidí poner fotos de las elecciones de Marisol Malaret y Deborah Carthy como Miss Universo. Los comentarios hacia la primera foto fueron positivos, agradables y simpáticos, hasta de agradecimiento por ayudarles a “recordar” ese “momento histórico”. Sin embargo, en el segundo caso, el entusiasmo ya no era el mismo: “¿y por qué tú pusiste a esa mujer ahí?”, me escribió una amiga en privado. “Para que tú me preguntaras”, le contesté, muerto de la risa. “¿Sabes quién es?”, le riposté en mi mensaje, que ella devolvió en menos de un minuto. “Pues claro, Deborah, la segunda Miss Universo... Cómo olvidarla…”
En el memorial colectivo, los nombres de estas “misses” que alguna vez bajaron de un avión en plan de besar la tierra nativa como el Papa (pero con corona de rhinestones), se aprenden como las tablas de multiplicar. Y no es sorpresa: las pasiones patrias se desbordan ante estos “eventos” que nos levantan del anónimo letargo internacional. Particularmente para estas generaciones más jóvenes, las reinas de belleza y los cantantes componen la pisada firme que intenta marcar una huella contundente en el mundo. No me sorprende: ante la actitud general de menosprecio patrio, producida por una tendencia creciente hacia el desarraigo, estos elementos componen, a mi juicio, una recompensa inmediata para acordarnos, si acaso, que somos boricuas (pa’ que alguien lo sepa).
Hagamos otra prueba: sin buscar en Google y sin contar al abanderado de la delegación nacional, mencione los nombres de diez atletas boricuas que nos representarán en los Juegos Centroamericanos de Mayagüez 2010. Tiene un minuto. (Para animarse al juego, sírvase escuchar la musiquita del Final Jeopardy)… Tan-tán.
Me atrevo apostar que, entre los mencionados, estará alguno que otro boxeador, quizás un gimnasta, probablemente la muchacha esa que es de natación y el muchacho este que corre, el de Ponce, Culson. ¿Y qué pasó con los chamacos que ganaron la copa de baloncesto? Ah sí, los que llegaron el lunes como cuatro gatitos perdidos, mostrando una copa que, como dijo el nene de un amigo mío, “no es tan cool como la del Mundial [de Fútbol]”… Ay, Dios.
Tampoco me extraña el comentario del nene si consideramos, además, el análisis que ejecutan los comentaristas radiales desde hace varias semanas, sobre la “fiebre centroamericana”. A juicio de algunos críticos de micrófono –que, entre otros comentarios, se refieren al evento como “un field day” o “los jueguitos esos”—la tal fiebre no es más que una calentura boba que significará pérdidas millonarias más que la esperada “ganancia turística”. Desde principios de semana, retumbaron los cañones: la poca ocupación hotelera en “Porta del Sol” –un disparate heredado de la pasada administración para denominar a los pueblos de la zona suroeste—y la amenaza de abucheos y manifestaciones para empañar la inauguración son patentes. Sumados estos elementos al mal sabor que todavía queda por los eventos del 30 de junio y la actitud general hacia el gobierno favorecen, sino incitan, esa actitud de antipatía/indiferencia/desazón/todas las anteriores hacia Mayagüez 2010.
Ahora bien, ¿cree usted que, si se tratara, otra vez, de alguna reinita en plan de saludo muñeca-codo, coronada de gloria universal, cambiaría la actitud? No sé, y me atrevo a concluir que, con un respingue de nariz, el boricua común diría “no, gracias” y huiría frenético a “coger fresco” en el centro comercial más cercano.
Tras el final de la Copa Mundial de Fútbol, un conocido me comentó que, al ver la entusiasmada recepción hacia el equipo español de fútbol a través de los canales españoles, había recordado el singular recibimiento a Marisol Malaret. “Desde esa vez, aquí no se ve lo mismo”, dijo con cierta nostalgia. “Es que no tenemos próceres”, añadió, con la sosera colgada de su voz. Y es cierto: necesitamos, con carácter de urgencia, héroes que nos saquen de la abulia colectiva. No tienen que ser aquellos viejos bigotudos de los libros de historia, rutilantes atletas o “misses” revestidas de lentejuelas. Tampoco tienen que esperar a filmar la película ganadora del Óscar. Sólo les hace falta ser boricuas orgullosos, dispuestos a hacer patria con sus acciones dignas. Hay muchos y muchas, estoy seguro, aunque no nos enteremos, abrumados por el bombardeo politiquero y la sed por el escándalo hueco o la notoriedad malsana.
No nos queda más que recordar a esas muchachas cuyo lustre se opaca, poco a poco, con el moho del olvido y la estupidez cotidiana. Mientras tanto, les propongo otro experimento: a ver quién se atreve a hacer historia.
Me explico: entre el domingo y hoy, decidí poner fotos de las elecciones de Marisol Malaret y Deborah Carthy como Miss Universo. Los comentarios hacia la primera foto fueron positivos, agradables y simpáticos, hasta de agradecimiento por ayudarles a “recordar” ese “momento histórico”. Sin embargo, en el segundo caso, el entusiasmo ya no era el mismo: “¿y por qué tú pusiste a esa mujer ahí?”, me escribió una amiga en privado. “Para que tú me preguntaras”, le contesté, muerto de la risa. “¿Sabes quién es?”, le riposté en mi mensaje, que ella devolvió en menos de un minuto. “Pues claro, Deborah, la segunda Miss Universo... Cómo olvidarla…”
En el memorial colectivo, los nombres de estas “misses” que alguna vez bajaron de un avión en plan de besar la tierra nativa como el Papa (pero con corona de rhinestones), se aprenden como las tablas de multiplicar. Y no es sorpresa: las pasiones patrias se desbordan ante estos “eventos” que nos levantan del anónimo letargo internacional. Particularmente para estas generaciones más jóvenes, las reinas de belleza y los cantantes componen la pisada firme que intenta marcar una huella contundente en el mundo. No me sorprende: ante la actitud general de menosprecio patrio, producida por una tendencia creciente hacia el desarraigo, estos elementos componen, a mi juicio, una recompensa inmediata para acordarnos, si acaso, que somos boricuas (pa’ que alguien lo sepa).
Hagamos otra prueba: sin buscar en Google y sin contar al abanderado de la delegación nacional, mencione los nombres de diez atletas boricuas que nos representarán en los Juegos Centroamericanos de Mayagüez 2010. Tiene un minuto. (Para animarse al juego, sírvase escuchar la musiquita del Final Jeopardy)… Tan-tán.
Me atrevo apostar que, entre los mencionados, estará alguno que otro boxeador, quizás un gimnasta, probablemente la muchacha esa que es de natación y el muchacho este que corre, el de Ponce, Culson. ¿Y qué pasó con los chamacos que ganaron la copa de baloncesto? Ah sí, los que llegaron el lunes como cuatro gatitos perdidos, mostrando una copa que, como dijo el nene de un amigo mío, “no es tan cool como la del Mundial [de Fútbol]”… Ay, Dios.
Tampoco me extraña el comentario del nene si consideramos, además, el análisis que ejecutan los comentaristas radiales desde hace varias semanas, sobre la “fiebre centroamericana”. A juicio de algunos críticos de micrófono –que, entre otros comentarios, se refieren al evento como “un field day” o “los jueguitos esos”—la tal fiebre no es más que una calentura boba que significará pérdidas millonarias más que la esperada “ganancia turística”. Desde principios de semana, retumbaron los cañones: la poca ocupación hotelera en “Porta del Sol” –un disparate heredado de la pasada administración para denominar a los pueblos de la zona suroeste—y la amenaza de abucheos y manifestaciones para empañar la inauguración son patentes. Sumados estos elementos al mal sabor que todavía queda por los eventos del 30 de junio y la actitud general hacia el gobierno favorecen, sino incitan, esa actitud de antipatía/indiferencia/desazón/todas las anteriores hacia Mayagüez 2010.
Ahora bien, ¿cree usted que, si se tratara, otra vez, de alguna reinita en plan de saludo muñeca-codo, coronada de gloria universal, cambiaría la actitud? No sé, y me atrevo a concluir que, con un respingue de nariz, el boricua común diría “no, gracias” y huiría frenético a “coger fresco” en el centro comercial más cercano.
Tras el final de la Copa Mundial de Fútbol, un conocido me comentó que, al ver la entusiasmada recepción hacia el equipo español de fútbol a través de los canales españoles, había recordado el singular recibimiento a Marisol Malaret. “Desde esa vez, aquí no se ve lo mismo”, dijo con cierta nostalgia. “Es que no tenemos próceres”, añadió, con la sosera colgada de su voz. Y es cierto: necesitamos, con carácter de urgencia, héroes que nos saquen de la abulia colectiva. No tienen que ser aquellos viejos bigotudos de los libros de historia, rutilantes atletas o “misses” revestidas de lentejuelas. Tampoco tienen que esperar a filmar la película ganadora del Óscar. Sólo les hace falta ser boricuas orgullosos, dispuestos a hacer patria con sus acciones dignas. Hay muchos y muchas, estoy seguro, aunque no nos enteremos, abrumados por el bombardeo politiquero y la sed por el escándalo hueco o la notoriedad malsana.
No nos queda más que recordar a esas muchachas cuyo lustre se opaca, poco a poco, con el moho del olvido y la estupidez cotidiana. Mientras tanto, les propongo otro experimento: a ver quién se atreve a hacer historia.
sábado, 3 de julio de 2010
Bochorno
El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere.
Albert Camus, La peste
Hace exactamente una semana, la llama olímpica de los Juegos Centroamericanos llegó a la isla, procedente de México. En esa soleada tarde, el gobernador Luis Fortuño acudió de buen talante, vestido de guayabera y en actitud patriótica. El Primer Ejecutivo desfiló por la pista del aeropuerto de Aguadilla acompañando a un joven vestido a la usanza de los sacerdotes de Teotihuacán (¿o sería un taíno?). Caminando con aire digno junto al Mister Universe indígena, Fortuño disimulaba malamente su vergüenza: o le incomodan los taparrabos o el folclor en exceso lo despeina.
En esa misma ceremonia, el Presidente del COPUR, David Bernier, se guilló de cheerleader al tomar los micrófonos para dirigirse a la audiencia. Acercándose ya la fecha del compromiso que le ha provocado tanta ilusión, el entusiasmo de Bernier era obvio y, a partir de él, lanzó una pregunta emocionada: “¿Cuántos de ustedes quieren escuchar La Borinqueña?” (en obvia referencia a nuestro himno nacional que, por si no se entera, todavía existe). “Eeeee”, le respondieron dos o tres gatos, con aplausos tímidos: he escuchado ovaciones más escandalosas en cumpleaños de nene chiquito.
Por un momento, creí que la gente no entendió la pregunta de Bernier. Entonces, me acordé: es que, sin alcohol ni navidades de por medio, a los boricuas nos abochorna ser puertorriqueños. De hecho, muchas veces he escuchado a gente de este país –incluso a gente amiga, muy patriota—que se revuelcan de vergüenza ajena cuando ven el exacerbado espíritu boricua desplegado en el Desfile Puertorriqueño. Para algunos, sacar una monoestrellada en público responde a varias razones: Ricky Martin está en concierto, los independentistas están en campaña, o eres un j*dío cocolo de los años ochenta.
Esa actitud de desarraigo patrio nos debería causar bochorno absoluto. A todos, y ahora más que nunca, después de las desgraciadas escenas que, frente al Capitolio boricua, nos muestran una pizca del enfrentamiento que muchas otras naciones viven a diario. Muy bien lo mencionó la relacionista profesional Jennifer Wolff en su columna de El Nuevo Día: la responsabilidad de estar al frente, en defensa de nuestro país, es compartida.
Pero no: esa responsabilidad salta por ahí como gallina sin cabeza y, lo que es peor, etiquetada por los viejos aprendizajes. Los que nos gobiernan andan por ahí abochornándose de sus propios compatriotas, a quienes hay que enseñarles a respetar a son de macanazos: de hecho, esos que nos aleccionan con firmeza son los “héroes”, dice el patético Roberto Arango (el hombre de la carta maravillosa).
Y, con todo e incidentes, nosotros nos reímos: por el happy hour en el Capitolio (¡palos gratis!) o por la pena de Maripily (tanta hambre en el mundo y botando el pepper steak). Pues claro, y yo lo hice, a carcajadas, como ocurre en cada desgracia nacional que manifiesta, de plano, el innegable ingenio boricua que llega con la rapidez del text message. Risueño y un tanto apático, observo con indignación de clóset las barbaridades cotidianas de nuestra folclórica islita, y sigo pa’lante con el resto del ganado, con los cristales cerrados y de lejitos. Es cierto que he gritado todas las malas palabras que me sé (y me he inventado) ante los desatinos de este gobierno tan absurdamente democrático, pero no he salido a marchas, ni he ido a escalinatas, ni he olido el gas pimienta. Pues, me acuso: soy cobarde. Me enseñaron a evitar, un verbo que mi madre aún repite, evocando a su vez el consejo de la madre que le enseñó a huir ante cualquier confrontación.
Por eso, leer una y otra vez la historia de Betty Peña y su hija Elisa Ramos me ha causado un profundo bochorno. Mientras yo miraba por la televisión el merecumbé como si fuera una película, ni imaginaba que eran ellas las protagonistas. Pero no me salvé de los golpes: esa mujer valiente me ha dado el pescozón de vergüenza más grande que he sentido en mi vida. Con su acción vertical y firme, ella hizo lo que muchos deberíamos: hacer coro ante la injusticia y entender que se amarra uno a la tierra que ama con su presencia contundente, frente a los que se enjuagan la boca con el padrenuestro de la democracia.
Dicen que "moro viejo, mal cristiano"; quizás ya no tenga remedio y siga, como buen cobarde, vivo y de lejos. Pero no me olvido de nombres ni de caras: las de Betty y Elisa, y muchas más, de hombres y mujeres que dan la cara sin bochorno alguno cuando se trata de alzar, con orgullo, esta bandera nuestra. Yo también tengo la mía y estoy empezando a izarla, poquito a poco, cada vez con menos vergüenza.
Lo siento, Mami: esta vez, no voy a evitarlo. Venga, Bernier, que yo empiezo el coro: "La tierra de Borinquen donde he nacido yo..."
Albert Camus, La peste
Hace exactamente una semana, la llama olímpica de los Juegos Centroamericanos llegó a la isla, procedente de México. En esa soleada tarde, el gobernador Luis Fortuño acudió de buen talante, vestido de guayabera y en actitud patriótica. El Primer Ejecutivo desfiló por la pista del aeropuerto de Aguadilla acompañando a un joven vestido a la usanza de los sacerdotes de Teotihuacán (¿o sería un taíno?). Caminando con aire digno junto al Mister Universe indígena, Fortuño disimulaba malamente su vergüenza: o le incomodan los taparrabos o el folclor en exceso lo despeina.
En esa misma ceremonia, el Presidente del COPUR, David Bernier, se guilló de cheerleader al tomar los micrófonos para dirigirse a la audiencia. Acercándose ya la fecha del compromiso que le ha provocado tanta ilusión, el entusiasmo de Bernier era obvio y, a partir de él, lanzó una pregunta emocionada: “¿Cuántos de ustedes quieren escuchar La Borinqueña?” (en obvia referencia a nuestro himno nacional que, por si no se entera, todavía existe). “Eeeee”, le respondieron dos o tres gatos, con aplausos tímidos: he escuchado ovaciones más escandalosas en cumpleaños de nene chiquito.
Por un momento, creí que la gente no entendió la pregunta de Bernier. Entonces, me acordé: es que, sin alcohol ni navidades de por medio, a los boricuas nos abochorna ser puertorriqueños. De hecho, muchas veces he escuchado a gente de este país –incluso a gente amiga, muy patriota—que se revuelcan de vergüenza ajena cuando ven el exacerbado espíritu boricua desplegado en el Desfile Puertorriqueño. Para algunos, sacar una monoestrellada en público responde a varias razones: Ricky Martin está en concierto, los independentistas están en campaña, o eres un j*dío cocolo de los años ochenta.
Esa actitud de desarraigo patrio nos debería causar bochorno absoluto. A todos, y ahora más que nunca, después de las desgraciadas escenas que, frente al Capitolio boricua, nos muestran una pizca del enfrentamiento que muchas otras naciones viven a diario. Muy bien lo mencionó la relacionista profesional Jennifer Wolff en su columna de El Nuevo Día: la responsabilidad de estar al frente, en defensa de nuestro país, es compartida.
Pero no: esa responsabilidad salta por ahí como gallina sin cabeza y, lo que es peor, etiquetada por los viejos aprendizajes. Los que nos gobiernan andan por ahí abochornándose de sus propios compatriotas, a quienes hay que enseñarles a respetar a son de macanazos: de hecho, esos que nos aleccionan con firmeza son los “héroes”, dice el patético Roberto Arango (el hombre de la carta maravillosa).
Y, con todo e incidentes, nosotros nos reímos: por el happy hour en el Capitolio (¡palos gratis!) o por la pena de Maripily (tanta hambre en el mundo y botando el pepper steak). Pues claro, y yo lo hice, a carcajadas, como ocurre en cada desgracia nacional que manifiesta, de plano, el innegable ingenio boricua que llega con la rapidez del text message. Risueño y un tanto apático, observo con indignación de clóset las barbaridades cotidianas de nuestra folclórica islita, y sigo pa’lante con el resto del ganado, con los cristales cerrados y de lejitos. Es cierto que he gritado todas las malas palabras que me sé (y me he inventado) ante los desatinos de este gobierno tan absurdamente democrático, pero no he salido a marchas, ni he ido a escalinatas, ni he olido el gas pimienta. Pues, me acuso: soy cobarde. Me enseñaron a evitar, un verbo que mi madre aún repite, evocando a su vez el consejo de la madre que le enseñó a huir ante cualquier confrontación.
Por eso, leer una y otra vez la historia de Betty Peña y su hija Elisa Ramos me ha causado un profundo bochorno. Mientras yo miraba por la televisión el merecumbé como si fuera una película, ni imaginaba que eran ellas las protagonistas. Pero no me salvé de los golpes: esa mujer valiente me ha dado el pescozón de vergüenza más grande que he sentido en mi vida. Con su acción vertical y firme, ella hizo lo que muchos deberíamos: hacer coro ante la injusticia y entender que se amarra uno a la tierra que ama con su presencia contundente, frente a los que se enjuagan la boca con el padrenuestro de la democracia.
Dicen que "moro viejo, mal cristiano"; quizás ya no tenga remedio y siga, como buen cobarde, vivo y de lejos. Pero no me olvido de nombres ni de caras: las de Betty y Elisa, y muchas más, de hombres y mujeres que dan la cara sin bochorno alguno cuando se trata de alzar, con orgullo, esta bandera nuestra. Yo también tengo la mía y estoy empezando a izarla, poquito a poco, cada vez con menos vergüenza.
Lo siento, Mami: esta vez, no voy a evitarlo. Venga, Bernier, que yo empiezo el coro: "La tierra de Borinquen donde he nacido yo..."
sábado, 29 de mayo de 2010
Limber de humo
Como si no hubiéramos tenido suficiente: ahora Britney Spears dice que quiere ser congelada cuando muera.
El "nuevo empeño" de esta celebridad es, oh sorpresa, un caprichito de nena curiosa. Dice la noticia que, en lugar de disfrutar las vacaciones en Disneylandia junto a sus (pobrecitos) hijos, la famosa idiota se la pasó averiguando sobre la criogenia. No sé, tal vez fue que el calor en el parque temático se le subió por la entrepierna desnuda y, de pronto, decidió convertirse en limber.
Las excentricidades de estas figuras del mundo público sobrepasan mi humilde entendimiento. Yo no sé si es que el dinero les confiere licencia para hacer lo que les da la gana –en presencia de los medios, claro está—o es que, verdaderamente, se les trastoca la azotea con tanta porquería que se comen, se fuman y se meten en sus ratos de ocio. El que pidan toallas verde esmeralda, agua de un manantial chino y orquídeas negras para adornar sus camerinos me parece estúpido e innecesario, pero ridiculeces como las de La Spears me pegan en la cara y me dejan dando vueltas.
Pero lo peor de la noticia no es el caprichito de la nena, sino la imbecilidad de su ilustre padre. Imagínese que este diálogo ocurre justo en frente del cadáver congelado de Walt Disney. Es más, póngale voces: la de ella es imbécil y molestosa (acompañada por el chamusqueo insufrible de un baboso chicle); la de él es pesada y sentenciosa, como la de un guardián aburrido.
Britney: (mirando el cadáver de Disney) Ay papi, eso es tan cool—
Papá: Pues claro, está congelado.
Britney: Duh, no es eso… Es que yo quiero—
Papá: No empieces--
Britney: (a punto de berrinche) ¿Pero por quéeeeeee?
Papá: Okey. Si no cuesta más de trescientos cincuenta mil—
Britney: (contentísima) ¿En serio? Papá, te amo.
Papá: Sí, okey, vámonos. Aquí apesta a muerto.
Así van por el mundo ellos, padres e hijos, unidos por el denominador común de la estupidez. Claro, el hombre le ríe todas las gracias, encomendado como está a administrar lo que queda de una fortuna que La Spears ha despilfarrado comprando Cheetos y Coca-Cola. Uno podría pensar que se trata de la engorrosa mezcla entre el exceso de recursos y la falta de inteligencia. Sin embargo, cuando uno lee la historia del niño gordo de Indonesia, entonces sí que se desata la locura.
¿Qué cómo me dices tú a mí que una pila de mierda de muchacho de dos años forma un berrinche porque no le dan de fumar?
Pues sí, señor. Allá en Carajolandia –provincia indonesia de la que nadie sabía—un muchachito de culeros llamado Ardi Rizal se vanagloria de su habilidad para hacer circulitos de humo. Mientras citan estadísticas del alto por ciento de niños fumadores en ese país, el padre de la criatura (en conferencia de prensa) admite que “no ve nada de malo” en el vicio de su hijo, que empezó a fumar a los dieciocho meses. Mientras tanto los periodistas, fascinados por la bizarra novedad, apuntan sus cámaras hacia el regordete muchachito. Algo así sería el asunto:
Periodista: (al Papá Indonesio) Cuénteme, ¿cómo es que va la historia?
Papá Indonesio: (mientras saca una cajetilla de Marlboro) Mire no más.
Niño Gordo: (desesperado, saltando de euforia) Papá, quero fuma, quero fuma, QUERO FUMAAAA—
Papá Indonesio: (haciéndose el fuerte) ¡Fumar, no! Eso es malo.
Niño Gordo: (con berrinche) ¡Uuuaaaa! ¡Yo quero! ¡Yo quero! ¡YOOOO QUEEEEROOOOO FUMAAAAA!
Papá Indonesio: (al periodista, mientras le enciende el cigarrillo al nene) ¿Usted ve? Es que le dan rabietas.
Amparados por la difusión masiva, tanto el caprichito de Britney como el fumazo del chamaquito obeso se convierten en eventos infames que sólo aportan a desbordar el tazón del morbo. De pronto, ambos eventos son la comidilla de comentaristas, ocupando tiempo mediático que pudiera muy bien utilizarse para el análisis de asuntos más contundentes. Claro, me dirán los sensatos, hay espacio para todo, y tienes la opción de elegir. Aún cuando esto sea cierto, ¿en qué cabeza cabe perder el tiempo en tanta necedad? ¿Cómo cambia mi vida leyendo estos desatinos del mundo?
Pues sí, cambia y mucho. Nada más pienso en cómo será la versión boricua de estas historias necias. Tal vez, mientras escribo estas líneas, algún chamaco del punto estará hablando con Marín Funeral Home para arreglar sus exequias, en caso de que le cosan el cuerpo a tiros. Su último deseo será dormir hasta la eternidad, recostado sobre un mullido lecho de mantecados Payco.
Ah, y botando humo, para colmo.
El "nuevo empeño" de esta celebridad es, oh sorpresa, un caprichito de nena curiosa. Dice la noticia que, en lugar de disfrutar las vacaciones en Disneylandia junto a sus (pobrecitos) hijos, la famosa idiota se la pasó averiguando sobre la criogenia. No sé, tal vez fue que el calor en el parque temático se le subió por la entrepierna desnuda y, de pronto, decidió convertirse en limber.
Las excentricidades de estas figuras del mundo público sobrepasan mi humilde entendimiento. Yo no sé si es que el dinero les confiere licencia para hacer lo que les da la gana –en presencia de los medios, claro está—o es que, verdaderamente, se les trastoca la azotea con tanta porquería que se comen, se fuman y se meten en sus ratos de ocio. El que pidan toallas verde esmeralda, agua de un manantial chino y orquídeas negras para adornar sus camerinos me parece estúpido e innecesario, pero ridiculeces como las de La Spears me pegan en la cara y me dejan dando vueltas.
Pero lo peor de la noticia no es el caprichito de la nena, sino la imbecilidad de su ilustre padre. Imagínese que este diálogo ocurre justo en frente del cadáver congelado de Walt Disney. Es más, póngale voces: la de ella es imbécil y molestosa (acompañada por el chamusqueo insufrible de un baboso chicle); la de él es pesada y sentenciosa, como la de un guardián aburrido.
Britney: (mirando el cadáver de Disney) Ay papi, eso es tan cool—
Papá: Pues claro, está congelado.
Britney: Duh, no es eso… Es que yo quiero—
Papá: No empieces--
Britney: (a punto de berrinche) ¿Pero por quéeeeeee?
Papá: Okey. Si no cuesta más de trescientos cincuenta mil—
Britney: (contentísima) ¿En serio? Papá, te amo.
Papá: Sí, okey, vámonos. Aquí apesta a muerto.
Así van por el mundo ellos, padres e hijos, unidos por el denominador común de la estupidez. Claro, el hombre le ríe todas las gracias, encomendado como está a administrar lo que queda de una fortuna que La Spears ha despilfarrado comprando Cheetos y Coca-Cola. Uno podría pensar que se trata de la engorrosa mezcla entre el exceso de recursos y la falta de inteligencia. Sin embargo, cuando uno lee la historia del niño gordo de Indonesia, entonces sí que se desata la locura.
¿Qué cómo me dices tú a mí que una pila de mierda de muchacho de dos años forma un berrinche porque no le dan de fumar?
Pues sí, señor. Allá en Carajolandia –provincia indonesia de la que nadie sabía—un muchachito de culeros llamado Ardi Rizal se vanagloria de su habilidad para hacer circulitos de humo. Mientras citan estadísticas del alto por ciento de niños fumadores en ese país, el padre de la criatura (en conferencia de prensa) admite que “no ve nada de malo” en el vicio de su hijo, que empezó a fumar a los dieciocho meses. Mientras tanto los periodistas, fascinados por la bizarra novedad, apuntan sus cámaras hacia el regordete muchachito. Algo así sería el asunto:
Periodista: (al Papá Indonesio) Cuénteme, ¿cómo es que va la historia?
Papá Indonesio: (mientras saca una cajetilla de Marlboro) Mire no más.
Niño Gordo: (desesperado, saltando de euforia) Papá, quero fuma, quero fuma, QUERO FUMAAAA—
Papá Indonesio: (haciéndose el fuerte) ¡Fumar, no! Eso es malo.
Niño Gordo: (con berrinche) ¡Uuuaaaa! ¡Yo quero! ¡Yo quero! ¡YOOOO QUEEEEROOOOO FUMAAAAA!
Papá Indonesio: (al periodista, mientras le enciende el cigarrillo al nene) ¿Usted ve? Es que le dan rabietas.
Amparados por la difusión masiva, tanto el caprichito de Britney como el fumazo del chamaquito obeso se convierten en eventos infames que sólo aportan a desbordar el tazón del morbo. De pronto, ambos eventos son la comidilla de comentaristas, ocupando tiempo mediático que pudiera muy bien utilizarse para el análisis de asuntos más contundentes. Claro, me dirán los sensatos, hay espacio para todo, y tienes la opción de elegir. Aún cuando esto sea cierto, ¿en qué cabeza cabe perder el tiempo en tanta necedad? ¿Cómo cambia mi vida leyendo estos desatinos del mundo?
Pues sí, cambia y mucho. Nada más pienso en cómo será la versión boricua de estas historias necias. Tal vez, mientras escribo estas líneas, algún chamaco del punto estará hablando con Marín Funeral Home para arreglar sus exequias, en caso de que le cosan el cuerpo a tiros. Su último deseo será dormir hasta la eternidad, recostado sobre un mullido lecho de mantecados Payco.
Ah, y botando humo, para colmo.
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domingo, 4 de abril de 2010
Santo
De confesiones y descubrimientos hemos tenido bastante esta semana. Así que, en el mejor ánimo de promover la tendencia alcista hacia estos actos de liberación total, hoy decidí romper el silencio, revelando un secreto que llevo guardado en un oscuro rincón de mi existencia. Señores, señoras, he aquí mi verdad: alguna vez quise ser santo.
Pero no se estén creyendo que me conformaría con ser un muchachito bueno y noble, de esos que ofenden la tierra porque la pisan, no. Tampoco sería uno de esos hijos buenos que se portan bien con Mami, o esos nobles ciudadanos que ayudan a alguna viejita desamparada o alimentan a los pobres deambulantes. Quería ser santo full power, con imagen, halo, novena y estampita.
No recuerdo con exactitud cuándo comencé a tener esa extraña idea, pero pudo comenzar a los diez años, cuando empecé a leer Las bellas historias de la Biblia. Antes de dormir, me deleitaba con esos cuentos bíblicos escritos por Arturo S. Maxwell, adaptados y condensados para el deleite de los buenos niñitos cristianos. Entre fascinado y asustado, devoraba los relatos increíbles de aquellos hombres y mujeres que se encontraban cara a cara con el Dios de los Ejércitos, ése que quemaba zarzas, dividía mares y provocaba terremotos. Entonces, en el mejor intento de acercarme a ese mundo maravilloso, me adentré en los misterios de la Santa Madre Iglesia Católica. Canté en el coro, serví de monaguillo, desfilé en las procesiones... Pero no me conformaba con eso; quería sufrir la mortificación de la santidad, como Dios manda.
Para empaparme del tema, procuraba ver cuanta película pasaran por la televisión cada Viernes Santo. Veía, con los ojos desorbitados de santa gula morbosa, las interpretaciones cinematográficas de aquellas vidas torturadas en nombre de la fe (algunas mejores que otras, por supuesto). Me extasiaba con cada azote, cada espina y cada pedrada cruel lanzada contra aquellos santos perseguidos, enfermos y enloquecidos, en nombre de Dios. Por supuesto, la cagazón posterior era absoluta: por ejemplo, ir al baño esa noche significaba buscar la manera de hacer lo necesario sin mirarse al espejo, por si se me aparecía la cara ensangrentada de Jesús, como en la efigie del Gran Poder. El miedo no me dejaba dormir, al punto que hasta temía ir a la sala en las mañanas de domingo, no fuera a ser que el Jesús vivo estuviera allí de lo más orondo, con la pata cruzada para mostrar sus llagas, mientras se jartaba un plato de Zucaritas con leche.
En esos masoquismos absurdos me paseaba cuando me llegó la adolescencia como un regalo natural de la existencia. En esos años del estirón, la barba y el acné, me lancé a descubrir los placeres mundanos, y así pasé del rancio ritual a la absoluta desidia. Poco a poco, el deseo de aspirar a mi dorado trono en la parroquia local, luciendo cinta y corona de Míster Santo Boricua, se desvaneció como el humo de los velones. Años después, la efigie amable del Beato Carlos Manuel estaba colocada en los altares boricuas, así que no estaba escrito en mi destino. De todos modos, habría sido Deborah, no Marisol, y eso no era.
Ahora revivo estos cuentos y me despatarro de risa. ¿A quién se le ocurriría, en estos tiempos, semejante barbaridad? Las tentaciones del mundo son demasiado fuertes y constantes, así que valdría tener una voluntad férrea y la convicción absoluta de aspirar a la elevación espiritual sin distracciones. Nada más piense en algo tan sencillo como enviar un mensaje de texto mientras maneja. Es una destreza que requiere varias cualidades de santidad: manos milagrosas, visión omnisciente y presencia múltiple. Sin embargo, una gestión tan simple como el “texteo” nos puede llevar, en un segundo, al tapón más feroz de los infiernos (porque en el infierno hay tapón, estoy seguro).
Admito que es un deseo muy genuino aspirar a la santidad, pero no creo que sea para tanto. Resultaría innecesario convertirse en uno de aquellos místicos que, con los ojos volteados en trance epiléptico y el rostro enjuto por el eterno ayuno, han sido perpetuados en los vetustos altares para escuchar, desde el yeso de sus efigies, peticiones inacabables de salud, bienestar y paz. Para ser santo (o santa), no hay que colgarse de cruces, sino de buena voluntad. Mientras escribo estas líneas, revelando el deseo de esa vida a la que aspiré (más por vanagloria que por sincero deseo), muchos hombres y mujeres practican esa santidad callada y fiel, extendiendo una mano buena que obra con justicia sin que la otra se entere. Muchos hombres y mujeres que no aspiran al reconocimiento ni a la veneración promueven la dádiva anónima, el servicio sincero, la misión entregada.
Así que me quedé con las ganas de ser santo, y no me arrepiento. Déjenme así, mal hablado y sangrigordo, que mejor me queda. Porque mire que, hasta para ser humano en estos días, hay que sobrevivir crucifixiones. Pregúntenle a Ricky Martin.
Pero no se estén creyendo que me conformaría con ser un muchachito bueno y noble, de esos que ofenden la tierra porque la pisan, no. Tampoco sería uno de esos hijos buenos que se portan bien con Mami, o esos nobles ciudadanos que ayudan a alguna viejita desamparada o alimentan a los pobres deambulantes. Quería ser santo full power, con imagen, halo, novena y estampita.
No recuerdo con exactitud cuándo comencé a tener esa extraña idea, pero pudo comenzar a los diez años, cuando empecé a leer Las bellas historias de la Biblia. Antes de dormir, me deleitaba con esos cuentos bíblicos escritos por Arturo S. Maxwell, adaptados y condensados para el deleite de los buenos niñitos cristianos. Entre fascinado y asustado, devoraba los relatos increíbles de aquellos hombres y mujeres que se encontraban cara a cara con el Dios de los Ejércitos, ése que quemaba zarzas, dividía mares y provocaba terremotos. Entonces, en el mejor intento de acercarme a ese mundo maravilloso, me adentré en los misterios de la Santa Madre Iglesia Católica. Canté en el coro, serví de monaguillo, desfilé en las procesiones... Pero no me conformaba con eso; quería sufrir la mortificación de la santidad, como Dios manda.
Para empaparme del tema, procuraba ver cuanta película pasaran por la televisión cada Viernes Santo. Veía, con los ojos desorbitados de santa gula morbosa, las interpretaciones cinematográficas de aquellas vidas torturadas en nombre de la fe (algunas mejores que otras, por supuesto). Me extasiaba con cada azote, cada espina y cada pedrada cruel lanzada contra aquellos santos perseguidos, enfermos y enloquecidos, en nombre de Dios. Por supuesto, la cagazón posterior era absoluta: por ejemplo, ir al baño esa noche significaba buscar la manera de hacer lo necesario sin mirarse al espejo, por si se me aparecía la cara ensangrentada de Jesús, como en la efigie del Gran Poder. El miedo no me dejaba dormir, al punto que hasta temía ir a la sala en las mañanas de domingo, no fuera a ser que el Jesús vivo estuviera allí de lo más orondo, con la pata cruzada para mostrar sus llagas, mientras se jartaba un plato de Zucaritas con leche.
En esos masoquismos absurdos me paseaba cuando me llegó la adolescencia como un regalo natural de la existencia. En esos años del estirón, la barba y el acné, me lancé a descubrir los placeres mundanos, y así pasé del rancio ritual a la absoluta desidia. Poco a poco, el deseo de aspirar a mi dorado trono en la parroquia local, luciendo cinta y corona de Míster Santo Boricua, se desvaneció como el humo de los velones. Años después, la efigie amable del Beato Carlos Manuel estaba colocada en los altares boricuas, así que no estaba escrito en mi destino. De todos modos, habría sido Deborah, no Marisol, y eso no era.
Ahora revivo estos cuentos y me despatarro de risa. ¿A quién se le ocurriría, en estos tiempos, semejante barbaridad? Las tentaciones del mundo son demasiado fuertes y constantes, así que valdría tener una voluntad férrea y la convicción absoluta de aspirar a la elevación espiritual sin distracciones. Nada más piense en algo tan sencillo como enviar un mensaje de texto mientras maneja. Es una destreza que requiere varias cualidades de santidad: manos milagrosas, visión omnisciente y presencia múltiple. Sin embargo, una gestión tan simple como el “texteo” nos puede llevar, en un segundo, al tapón más feroz de los infiernos (porque en el infierno hay tapón, estoy seguro).
Admito que es un deseo muy genuino aspirar a la santidad, pero no creo que sea para tanto. Resultaría innecesario convertirse en uno de aquellos místicos que, con los ojos volteados en trance epiléptico y el rostro enjuto por el eterno ayuno, han sido perpetuados en los vetustos altares para escuchar, desde el yeso de sus efigies, peticiones inacabables de salud, bienestar y paz. Para ser santo (o santa), no hay que colgarse de cruces, sino de buena voluntad. Mientras escribo estas líneas, revelando el deseo de esa vida a la que aspiré (más por vanagloria que por sincero deseo), muchos hombres y mujeres practican esa santidad callada y fiel, extendiendo una mano buena que obra con justicia sin que la otra se entere. Muchos hombres y mujeres que no aspiran al reconocimiento ni a la veneración promueven la dádiva anónima, el servicio sincero, la misión entregada.
Así que me quedé con las ganas de ser santo, y no me arrepiento. Déjenme así, mal hablado y sangrigordo, que mejor me queda. Porque mire que, hasta para ser humano en estos días, hay que sobrevivir crucifixiones. Pregúntenle a Ricky Martin.
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sábado, 20 de marzo de 2010
Patiflaco
En medio de la cocina, Mónica no sospecha nada, mientras su mamá y yo conspiramos en amigable conversación por señas. La nena salta entre la nevera y el juego de vídeo con el que se entretiene antes del baño obligatorio. Cuando se me acerca para hablar de cualquier cosa, aprovecho para espetarle la pregunta inocentona.
“¿Y quién es el patiflaco?”, le suelto así, como si tal cosa.
De inmediato, la pequeña de nueve años lanza una mirada de puñalitos a su mamá, quien ha osado compartir el “secreto” conmigo sólo por verle la cara. Los cachetes coloreados de rojo intenso por el sol del día de juegos se le encienden como manzanas de feria. Podría adivinar que hay reproche en sus ojos, pero el momento de sentirse traicionada le dura poco: la pregunta inesperada produce en la pequeña una sonrisilla maliciosa. A veinte millas se nota que está loca por contarme su historia.
“Pues es un nene que está en la escuela, y tiene un mullet”, dice ella con su voz gruesa enredada en un suspiro ansioso que disimula su repentina oportunidad para contarme vida y milagros del individuo. De entrada, no lo niego, me asusto con la referencia al “mullet”: ¿no era ése un estilo de peinado bastante charro y absolutamente olvidable de la infame época ochentosa? Pues sí, y Mónica lo sabe, pero de inmediato me aclara, con veinte gestos que compone con sus manitas inquietas, que se trata de un “mullet bonito”. Vaya por Dios, que las modas regresan, y de qué forma.
Pero todavía no hemos llegado a la respuesta concreta: ¿y por qué le dicen “patiflaco”? Aprovecho dos “pretzels” en forma de palitos en la bandeja delante de mí para ilustrar mi preocupación. Mónica exhala desespero: no quiere entrar en nimiedades sobre las enclenques extremidades del chamaco. En eso, la madre interviene para asumir responsabilidad absoluta sobre el apodo de marras, secundada por la nena, ahora convertida en abogada defensora. “Mamá dice que él es patiflaco, pero no es tanto”, asegura la muchacha con la absoluta convicción escrita en su cara. De lejos, la madre cómplice me atraviesa con los ojos: no me queda más remedio que bajar la carcajada con un gran buche de cerveza.
Poco a poco, la historia del soberbio patiflaco se desdobla. Por supuesto, Mónica sabe todo sobre su vida: el tipo tiene dos hermanos que cursan grados menores en el mismo colegio, y él está en octavo. “¿En octavo?”, digo yo, sabiendo que la pequeña apenas va por el cuarto grado. De inmediato, ella argumenta con firmeza: los hermanitos no son tan lindos como el mentado. Miro a la madre con disimulo y ella asiente en silencio. Al parecer, el único defecto visible del muchachito son sus extremidades de sorbeto. Por lo demás, es un príncipe azul pintao para la nena que fue capaz de comprarle una caja de pastelillos de guayaba, sólo por verlo más de cerca.
Así iba la trama cuando la niña se fue a cumplir la rutina del baño obligatorio antes de la cena. En eso, la madre aprovechó para despepitar los detalles y completar la redondez del cuento. Ahí supe que, en efecto, el muchachito es de muy buen ver, y que la Mónica le echó el ojo con decisión absoluta. No obstante –y muy bien aleccionada por su mamá—la chica no se derrite de verlo, sino que delante de él actúa con frialdad absoluta, cosa de que el galán no se vaya a engreír con su propia belleza. Curioso, interrogo a la madre: ¿es posible que, a esta edad, a Mónica se le derrame la sonrisa por un muchachito? La madre asiente, resignada: “Ésta será una adolescencia larga y difícil.” Por el padre igual pregunto, imaginando la obvia respuesta: no está muy contento con la precocidad amorosa de su nena linda. Yo, en su lugar, estaría en las mismas.
Todavía hoy, el cuento me provoca sonrisas. No más de recordar los suspiros entusiasmados de Mónica, el rojo encendido de sus cachetes y el brillo intenso de sus ojitos, siento alegría profunda al revivir el primer enamoramiento a lo adivino, ése que se guarda en el cajón de la memoria con absoluto celo. Entonces pienso que, a veces, no es justo dejar atrás la piel de la inocencia: aún ante los cantazos más insoportables, deberíamos ser capaces de recuperar la ilusión, y mirarlo todo como si fuera la primera vez. Claro, el paso del tiempo es implacable, y los callos crecen sobre el cuero a fuerza de desilusiones, desengaños y desamores. Pero, en el fondo, entiendo que es importante reconocernos en la mirada de algún niño y revivir esos tiernos espacios en los que todo nos parece fascinante. A fin de cuentas, cualquier luz que se encienda en la oscuridad del pecho oprimido nos arrullará el alma con la esperanza de mejores días.
Sin quererlo, la pequeña Mónica me hizo el mejor de los regalos, justo cuando se me entierra un año más en las costillas. Al mirar la vida otra vez con ojos inocentes, puedo recuperar la ilusión que se me esconde algunas veces, y soy agradecido. Es cierto que, frente al espejo, me veo más viejo, calvo y patiflaco; no puedo evitarlo. Pero todavía puedo sonreír hasta que se me enciendan los cachetes.
“¿Y quién es el patiflaco?”, le suelto así, como si tal cosa.
De inmediato, la pequeña de nueve años lanza una mirada de puñalitos a su mamá, quien ha osado compartir el “secreto” conmigo sólo por verle la cara. Los cachetes coloreados de rojo intenso por el sol del día de juegos se le encienden como manzanas de feria. Podría adivinar que hay reproche en sus ojos, pero el momento de sentirse traicionada le dura poco: la pregunta inesperada produce en la pequeña una sonrisilla maliciosa. A veinte millas se nota que está loca por contarme su historia.
“Pues es un nene que está en la escuela, y tiene un mullet”, dice ella con su voz gruesa enredada en un suspiro ansioso que disimula su repentina oportunidad para contarme vida y milagros del individuo. De entrada, no lo niego, me asusto con la referencia al “mullet”: ¿no era ése un estilo de peinado bastante charro y absolutamente olvidable de la infame época ochentosa? Pues sí, y Mónica lo sabe, pero de inmediato me aclara, con veinte gestos que compone con sus manitas inquietas, que se trata de un “mullet bonito”. Vaya por Dios, que las modas regresan, y de qué forma.
Pero todavía no hemos llegado a la respuesta concreta: ¿y por qué le dicen “patiflaco”? Aprovecho dos “pretzels” en forma de palitos en la bandeja delante de mí para ilustrar mi preocupación. Mónica exhala desespero: no quiere entrar en nimiedades sobre las enclenques extremidades del chamaco. En eso, la madre interviene para asumir responsabilidad absoluta sobre el apodo de marras, secundada por la nena, ahora convertida en abogada defensora. “Mamá dice que él es patiflaco, pero no es tanto”, asegura la muchacha con la absoluta convicción escrita en su cara. De lejos, la madre cómplice me atraviesa con los ojos: no me queda más remedio que bajar la carcajada con un gran buche de cerveza.
Poco a poco, la historia del soberbio patiflaco se desdobla. Por supuesto, Mónica sabe todo sobre su vida: el tipo tiene dos hermanos que cursan grados menores en el mismo colegio, y él está en octavo. “¿En octavo?”, digo yo, sabiendo que la pequeña apenas va por el cuarto grado. De inmediato, ella argumenta con firmeza: los hermanitos no son tan lindos como el mentado. Miro a la madre con disimulo y ella asiente en silencio. Al parecer, el único defecto visible del muchachito son sus extremidades de sorbeto. Por lo demás, es un príncipe azul pintao para la nena que fue capaz de comprarle una caja de pastelillos de guayaba, sólo por verlo más de cerca.
Así iba la trama cuando la niña se fue a cumplir la rutina del baño obligatorio antes de la cena. En eso, la madre aprovechó para despepitar los detalles y completar la redondez del cuento. Ahí supe que, en efecto, el muchachito es de muy buen ver, y que la Mónica le echó el ojo con decisión absoluta. No obstante –y muy bien aleccionada por su mamá—la chica no se derrite de verlo, sino que delante de él actúa con frialdad absoluta, cosa de que el galán no se vaya a engreír con su propia belleza. Curioso, interrogo a la madre: ¿es posible que, a esta edad, a Mónica se le derrame la sonrisa por un muchachito? La madre asiente, resignada: “Ésta será una adolescencia larga y difícil.” Por el padre igual pregunto, imaginando la obvia respuesta: no está muy contento con la precocidad amorosa de su nena linda. Yo, en su lugar, estaría en las mismas.
Todavía hoy, el cuento me provoca sonrisas. No más de recordar los suspiros entusiasmados de Mónica, el rojo encendido de sus cachetes y el brillo intenso de sus ojitos, siento alegría profunda al revivir el primer enamoramiento a lo adivino, ése que se guarda en el cajón de la memoria con absoluto celo. Entonces pienso que, a veces, no es justo dejar atrás la piel de la inocencia: aún ante los cantazos más insoportables, deberíamos ser capaces de recuperar la ilusión, y mirarlo todo como si fuera la primera vez. Claro, el paso del tiempo es implacable, y los callos crecen sobre el cuero a fuerza de desilusiones, desengaños y desamores. Pero, en el fondo, entiendo que es importante reconocernos en la mirada de algún niño y revivir esos tiernos espacios en los que todo nos parece fascinante. A fin de cuentas, cualquier luz que se encienda en la oscuridad del pecho oprimido nos arrullará el alma con la esperanza de mejores días.
Sin quererlo, la pequeña Mónica me hizo el mejor de los regalos, justo cuando se me entierra un año más en las costillas. Al mirar la vida otra vez con ojos inocentes, puedo recuperar la ilusión que se me esconde algunas veces, y soy agradecido. Es cierto que, frente al espejo, me veo más viejo, calvo y patiflaco; no puedo evitarlo. Pero todavía puedo sonreír hasta que se me enciendan los cachetes.
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domingo, 31 de enero de 2010
Ay, las fotos...
Esta mañana, en la primera plana del periódico, observé en actitud de profundo estudio el rostro del malhechor. Joven y atractivo, con la mirada perdida, el médico arrepentido parecía buscar el punto exacto en el tiempo, cuando decidió hacer el mágico clic que convirtió su ingenuo ensayo fotográfico en su peor pesadilla.
A pocos minutos de que este asunto convirtiera la explosión de Caribbean Petroleum Company en un triste petardo, le comenté a un colega escritor que el escándalo de las dichosas fotos demuestra (otra vez) el gran poder de las redes sociales. En este caso, la conducta reprobable de algunos médicos –interpretada, juzgada y condenada por su aparente actitud de fiesta y celebración—desató el inmediato código azul ante la plana mayor del Colegio de Médicos Cirujanos de Puerto Rico. Y no era para menos: había que asumir la afrenta, salvaguardar la integridad de esta clase profesional y alertar a sus protagonistas de las posibles sanciones que recibirían por este acto que comenzó, según su autor, con un sincero deseo de compartir lo vivido durante la misión de ayuda a los sobrevivientes de la tragedia haitiana. Sobra decir que, para el joven galeno, será una experiencia inolvidable.
Ahora bien, hay otro aspecto de este marullo mediático que me preocupa mucho más. Tras leer la confesión arrepentida del joven médico, me topo con otra noticia que revela un ángulo interesante, algo menos escandaloso –al parecer para los periódicos locales. El hecho de que la noticia se difundiera como pólvora obedeció al editorial redactado y compartido a través de Facebook por una periodista de nombre Dianne Cabán Arce, una total desconocida para mí.
Lo que se comenta en una nota publicada en El Nuevo Día es que la periodista, al parecer, había tenido amores con uno de los médicos que aparecen en las dichosas fotos. Según la nota, la relación entre ellos no terminó de buen grado. Entonces la señora, amparada en el ejercicio justo de su profesión de informar, se armó de palabras contundentes y denunció lo que hoy ya es noticia vieja.
Pero a mí no me cuadra la historia. El joven médico ha pedido perdón al país y al mundo. Ella, por su parte, se muestra esquiva, al parecer muy cautelosa en sus declaraciones sobre el tema. Al médico culpable lo han convertido en el peor de los hombres por su imprudencia. ¿Y qué pasará con ella? ¿Acaso la medirían con la misma vara si se probara que, en efecto, hubo una intención de despecho tras su denuncia mediática?
No sería la primera vez que esto ocurre. De hecho, recordé que algunos de mis estudiantes de Comunicación Básica me habían comentado en clase que tanto Facebook como MySpace servían para actos de desquite contra ex parejas y amistades. Yo, que a veces vivo en el país de los tontos, me quedé de piedra con sus anécdotas. Alertado por ese recuerdo, decidí investigar, y quedé más que bruto con varios hallazgos espeluznantes:
1. Un par de grupos de Facebook dedicados a planificar actos de venganza.
2. Un hermano enojado que descubrió ante el mundo la “listita caliente” de su hermanita insoportable y, para colmo, bastante… “ligerita”.
3. Un caso de compensación requerida a un joven que propagó fotos de su ex novia en un álbum de Facebook, al que llamó “Bitch”.
4. Un compositor británico que se encontró de frente con su pareja, cuando ella se reveló como la “amante” a la que él enamoró a través de Facebook.
5. Un artículo de un “blog”, ampliamente detallado con instrucciones sobre cómo urdir un plan de venganza cibernética.
Si la historia de Cabán Arce es cierta, me parece que este asunto desvela otras circunstancias más complicadas. ¿Dónde termina el deber del comunicador responsable y empieza la venganza del ser humano herido en su honor? ¿Cómo podemos confiar en que la revelación de noticias impactantes sea real y seria, y no un berrinche?
Quisiera saber qué piensan mis colegas al respecto. Sería interesante analizar si, en la medida en que se ha culpado al responsable de colgar las fotos con un castigo que lo atormenta, también se piensa en las consecuencias de la supuesta acción de la dama tras la brutal denuncia. No es cuestión de tomar bandos, sino de pensar si las malditas fotos, más allá de ser graves por sí mismas, también inciden en una maldad oculta, por estar cargadas de una actitud vengativa que nunca debió trascender al conocimiento público.
Esto me acuerda el día en que conocí a la ex primera dama Maga Nevárez. Junto a un grupo de amigos de entonces, estaba descaradamente colado en una fiesta. Al ver a la señora, las personas con las que yo andaba gritaron de emoción y se pusieron en fila para saludarla. Ella, muy amable, accedió mientras yo la observaba, de lejitos: era delgada, parecía simpática y llevaba demasiado maquillaje. Entonces, mi bandada de hoy ex amigos le pidieron que si, por favor, se podía tomar una foto con ellos, a lo que la doña accedió muy sonriente.
Como no me interesaba retratarme, me ofrecí de fotógrafo voluntario mientras todo el mundo, emocionado y feliz, asumía poses. Entonces ella, en un gesto inusual, les quitó los tragos a todos mis amigos, uno por uno, colocándolos sobre una mesa fuera del alcance del lente.
“Uno nunca se retrata con tragos en la mano”, sentenció la señora, muy seria. “Porque nunca sabes adónde van a caer esas fotos ni quién las va a utilizar.”
Vaya por Dios: jamás pensé que estaría de acuerdo con la esposa de Pedro Rosselló.
A pocos minutos de que este asunto convirtiera la explosión de Caribbean Petroleum Company en un triste petardo, le comenté a un colega escritor que el escándalo de las dichosas fotos demuestra (otra vez) el gran poder de las redes sociales. En este caso, la conducta reprobable de algunos médicos –interpretada, juzgada y condenada por su aparente actitud de fiesta y celebración—desató el inmediato código azul ante la plana mayor del Colegio de Médicos Cirujanos de Puerto Rico. Y no era para menos: había que asumir la afrenta, salvaguardar la integridad de esta clase profesional y alertar a sus protagonistas de las posibles sanciones que recibirían por este acto que comenzó, según su autor, con un sincero deseo de compartir lo vivido durante la misión de ayuda a los sobrevivientes de la tragedia haitiana. Sobra decir que, para el joven galeno, será una experiencia inolvidable.
Ahora bien, hay otro aspecto de este marullo mediático que me preocupa mucho más. Tras leer la confesión arrepentida del joven médico, me topo con otra noticia que revela un ángulo interesante, algo menos escandaloso –al parecer para los periódicos locales. El hecho de que la noticia se difundiera como pólvora obedeció al editorial redactado y compartido a través de Facebook por una periodista de nombre Dianne Cabán Arce, una total desconocida para mí.
Lo que se comenta en una nota publicada en El Nuevo Día es que la periodista, al parecer, había tenido amores con uno de los médicos que aparecen en las dichosas fotos. Según la nota, la relación entre ellos no terminó de buen grado. Entonces la señora, amparada en el ejercicio justo de su profesión de informar, se armó de palabras contundentes y denunció lo que hoy ya es noticia vieja.
Pero a mí no me cuadra la historia. El joven médico ha pedido perdón al país y al mundo. Ella, por su parte, se muestra esquiva, al parecer muy cautelosa en sus declaraciones sobre el tema. Al médico culpable lo han convertido en el peor de los hombres por su imprudencia. ¿Y qué pasará con ella? ¿Acaso la medirían con la misma vara si se probara que, en efecto, hubo una intención de despecho tras su denuncia mediática?
No sería la primera vez que esto ocurre. De hecho, recordé que algunos de mis estudiantes de Comunicación Básica me habían comentado en clase que tanto Facebook como MySpace servían para actos de desquite contra ex parejas y amistades. Yo, que a veces vivo en el país de los tontos, me quedé de piedra con sus anécdotas. Alertado por ese recuerdo, decidí investigar, y quedé más que bruto con varios hallazgos espeluznantes:
1. Un par de grupos de Facebook dedicados a planificar actos de venganza.
2. Un hermano enojado que descubrió ante el mundo la “listita caliente” de su hermanita insoportable y, para colmo, bastante… “ligerita”.
3. Un caso de compensación requerida a un joven que propagó fotos de su ex novia en un álbum de Facebook, al que llamó “Bitch”.
4. Un compositor británico que se encontró de frente con su pareja, cuando ella se reveló como la “amante” a la que él enamoró a través de Facebook.
5. Un artículo de un “blog”, ampliamente detallado con instrucciones sobre cómo urdir un plan de venganza cibernética.
Si la historia de Cabán Arce es cierta, me parece que este asunto desvela otras circunstancias más complicadas. ¿Dónde termina el deber del comunicador responsable y empieza la venganza del ser humano herido en su honor? ¿Cómo podemos confiar en que la revelación de noticias impactantes sea real y seria, y no un berrinche?
Quisiera saber qué piensan mis colegas al respecto. Sería interesante analizar si, en la medida en que se ha culpado al responsable de colgar las fotos con un castigo que lo atormenta, también se piensa en las consecuencias de la supuesta acción de la dama tras la brutal denuncia. No es cuestión de tomar bandos, sino de pensar si las malditas fotos, más allá de ser graves por sí mismas, también inciden en una maldad oculta, por estar cargadas de una actitud vengativa que nunca debió trascender al conocimiento público.
Esto me acuerda el día en que conocí a la ex primera dama Maga Nevárez. Junto a un grupo de amigos de entonces, estaba descaradamente colado en una fiesta. Al ver a la señora, las personas con las que yo andaba gritaron de emoción y se pusieron en fila para saludarla. Ella, muy amable, accedió mientras yo la observaba, de lejitos: era delgada, parecía simpática y llevaba demasiado maquillaje. Entonces, mi bandada de hoy ex amigos le pidieron que si, por favor, se podía tomar una foto con ellos, a lo que la doña accedió muy sonriente.
Como no me interesaba retratarme, me ofrecí de fotógrafo voluntario mientras todo el mundo, emocionado y feliz, asumía poses. Entonces ella, en un gesto inusual, les quitó los tragos a todos mis amigos, uno por uno, colocándolos sobre una mesa fuera del alcance del lente.
“Uno nunca se retrata con tragos en la mano”, sentenció la señora, muy seria. “Porque nunca sabes adónde van a caer esas fotos ni quién las va a utilizar.”
Vaya por Dios: jamás pensé que estaría de acuerdo con la esposa de Pedro Rosselló.
viernes, 29 de enero de 2010
Beautiful
Okey, ya sé: me van a preguntar si fue porque me siento feo o viejo. También me acusarán de sentirme acomplejado, de buscar notoriedad o reconocimiento. Nada que ver.
Para los que no se enteraron (porque estaban muy ocupados haciendo fila para comprar donas), en estos días se publicó una información sobre una página de internet dedicada a juntar a las personas más bellas del mundo. Esta especie de club social cibernético –en realidad, un portal para citas—prometía, entre otras cosas, actividades exclusivas en las que sus integrantes participarían en amena confraternización, contemplándose y halagándose hasta vomitar la bilis.
“Demasiado embuste para ser verdad”, pensé de inmediato, y empecé a averiguar. Entré al sitio y completé un formulario que incluía, entre otras cosas, la presentación de una foto que sería sometida a una votación de cuarenta y ocho horas. Miré la foto que acompaña a este “blog” y respiré hondo. Qué diablos: ¿cuándo tendré la oportunidad de competir por el título de Mister Beautiful?
Muy poco me duró la ilusión. Tan pronto entré a la susodicha página, me di cuenta que el asuntito tan prometedor no era tan chévere. Al revisar los perfiles con los que competía por el preciado título –poniendo el nombre de Puerto Rico en alto, por supuesto—comprendí que la competencia era desleal. Tipos descamisados, muchachitos veinteañeros, hombres con cabellera completa... ¿Dónde está el “panel de expertos” que me juzgaría en la competencia preliminar, en la categoría de “40 plus”? Nada que ver, por Dios.
Cuando leo la nota publicada hoy en Primera Hora, me doy cuenta de que fueron muchos y muchas los que buscaron su oportunidad, aunque los creía en la fila de las donas. Quizás entraron al lugarcito ese con la intención de validarse ante el mundo o, peor aún, ante sí mismos/as. Por supuesto, muchos sospechaban lo que afirmo como una verdad absoluta: nadie debe ser aceptado sólo por su apariencia física. Las muchas misses que hemos visto han repetido esta máxima como un padrenuestro: “la belleza interior es la que cuenta”. Entonces, ¿por qué todavía buscamos ese triunfo?
Habría que preguntar, sobre todo, a quienes convierten la fealdad en un mal chiste. Por ejemplo, ayer encendí la televisión y estaba en el aire un programa vespertino de chismes (hay dos ahora, así que se puede escoger entre el malo y el peor). Me detuve a mirar el segmento y observe, con absoluta incredulidad, cómo los comentaristas despachaban a carcajada limpia la “noticia” de que, al regresar de una grabación especial destinada a recaudar fondos para la reconstrucción de Haití, la cantante escocesa Susan Boyle encontró un intruso en su casa. El “chiste” apuntaba a que Boyle no habría debido asustarse ni mucho menos denunciar a las autoridades. Todo lo contario: debía “agradecer” la presencia masculina que le permitiría, según ellos, librarse de los muchos estigmas que le acompañan por ser vieja, solterona, virgen y, para colmo, fea.
Soporté con enojo las risotadas imbéciles y los chistes zonzos de los tres comentaristas. Peor aún, intenté comprender los razonamientos insulsos, avalados por dos mujeres que, a cuenta del “rating”, perpetuaban la bromita. Sobre esta cara linda que Dios me ha dado, aguanté, en nombre de Susan Boyle, los comentarios más nefastos, absurdos e irrepetibles sobre su persona, su apariencia, su desgracia. Ahí comprendí el porqué de tanta popularidad subrepticia hacia el asuntito este del “beautiful people”: en el fondo, tememos a la fealdad, porque algunas personas –tristemente, algunas que tienen foro abierto frente a la opinión pública—continúan validando la asociación de “bueno” y “bello” con lo que se ve, no con la esencia de lo que se es. Y esto no es privativo de Puerto Rico, que conste: así lo comenta Lisandro Otero en un ensayo sobre el avance de México hacia una "norteamericanización ficticia", que no es más que la búsqueda de la belleza plastificada, irreal, insípida.
Esta mañana recibí la nota amable: “Estimado/a Jorge, Lamentablemente, su aplicación a BeautifulPeople Network no tuvo éxito. Los miembros de BeautifulPeople no encuentra (sic) su perfil lo suficientemente atractivo.” Bah. Qué infeliz soy. Y para colmo, feo. Mira cómo lloro de pena.
Por Dios, ninguna página de internet tiene que decirme lo guapo que soy, porque yo lo sé. A esta edad cuarentosa, he asumido la imagen frente al espejo con absoluta tranquilidad, celebrando cada marca e imperfección de mi cuerpo como una prueba de lo vivido. El imbécil ejercicio que ha trastornado a muchos me causa risa porque hubo personas que se lo tomaron muy en serio. Sé que hay gente que ha llorado, sintiéndose rechazada. ¿Qué les pasa? Sean felices, hagan la fila y cómanse una dona.
En realidad, habría sido bonito ganar el título y ser recibido en una caravana por la Avenida Baldorioty, aunque no sé si le habría aceptado una llave de la ciudad al alcalde Santini. Fuera de bromas, la ganancia más importante de este ejercicio idiota ha sido comprender que, aún con lo mucho que parecemos avanzar hacia un espacio en el que la diversidad es aceptada e inclusiva, todavía persisten los viejos modelos que justifican el estereotipo, la burla y la mediocridad. Espero que, alguna vez, pasemos de eso con dignidad.
Igual aprendí otra lección: para la próxima, necesito un mejor fotógrafo.
Para los que no se enteraron (porque estaban muy ocupados haciendo fila para comprar donas), en estos días se publicó una información sobre una página de internet dedicada a juntar a las personas más bellas del mundo. Esta especie de club social cibernético –en realidad, un portal para citas—prometía, entre otras cosas, actividades exclusivas en las que sus integrantes participarían en amena confraternización, contemplándose y halagándose hasta vomitar la bilis.
“Demasiado embuste para ser verdad”, pensé de inmediato, y empecé a averiguar. Entré al sitio y completé un formulario que incluía, entre otras cosas, la presentación de una foto que sería sometida a una votación de cuarenta y ocho horas. Miré la foto que acompaña a este “blog” y respiré hondo. Qué diablos: ¿cuándo tendré la oportunidad de competir por el título de Mister Beautiful?
Muy poco me duró la ilusión. Tan pronto entré a la susodicha página, me di cuenta que el asuntito tan prometedor no era tan chévere. Al revisar los perfiles con los que competía por el preciado título –poniendo el nombre de Puerto Rico en alto, por supuesto—comprendí que la competencia era desleal. Tipos descamisados, muchachitos veinteañeros, hombres con cabellera completa... ¿Dónde está el “panel de expertos” que me juzgaría en la competencia preliminar, en la categoría de “40 plus”? Nada que ver, por Dios.
Cuando leo la nota publicada hoy en Primera Hora, me doy cuenta de que fueron muchos y muchas los que buscaron su oportunidad, aunque los creía en la fila de las donas. Quizás entraron al lugarcito ese con la intención de validarse ante el mundo o, peor aún, ante sí mismos/as. Por supuesto, muchos sospechaban lo que afirmo como una verdad absoluta: nadie debe ser aceptado sólo por su apariencia física. Las muchas misses que hemos visto han repetido esta máxima como un padrenuestro: “la belleza interior es la que cuenta”. Entonces, ¿por qué todavía buscamos ese triunfo?
Habría que preguntar, sobre todo, a quienes convierten la fealdad en un mal chiste. Por ejemplo, ayer encendí la televisión y estaba en el aire un programa vespertino de chismes (hay dos ahora, así que se puede escoger entre el malo y el peor). Me detuve a mirar el segmento y observe, con absoluta incredulidad, cómo los comentaristas despachaban a carcajada limpia la “noticia” de que, al regresar de una grabación especial destinada a recaudar fondos para la reconstrucción de Haití, la cantante escocesa Susan Boyle encontró un intruso en su casa. El “chiste” apuntaba a que Boyle no habría debido asustarse ni mucho menos denunciar a las autoridades. Todo lo contario: debía “agradecer” la presencia masculina que le permitiría, según ellos, librarse de los muchos estigmas que le acompañan por ser vieja, solterona, virgen y, para colmo, fea.
Soporté con enojo las risotadas imbéciles y los chistes zonzos de los tres comentaristas. Peor aún, intenté comprender los razonamientos insulsos, avalados por dos mujeres que, a cuenta del “rating”, perpetuaban la bromita. Sobre esta cara linda que Dios me ha dado, aguanté, en nombre de Susan Boyle, los comentarios más nefastos, absurdos e irrepetibles sobre su persona, su apariencia, su desgracia. Ahí comprendí el porqué de tanta popularidad subrepticia hacia el asuntito este del “beautiful people”: en el fondo, tememos a la fealdad, porque algunas personas –tristemente, algunas que tienen foro abierto frente a la opinión pública—continúan validando la asociación de “bueno” y “bello” con lo que se ve, no con la esencia de lo que se es. Y esto no es privativo de Puerto Rico, que conste: así lo comenta Lisandro Otero en un ensayo sobre el avance de México hacia una "norteamericanización ficticia", que no es más que la búsqueda de la belleza plastificada, irreal, insípida.
Esta mañana recibí la nota amable: “Estimado/a Jorge, Lamentablemente, su aplicación a BeautifulPeople Network no tuvo éxito. Los miembros de BeautifulPeople no encuentra (sic) su perfil lo suficientemente atractivo.” Bah. Qué infeliz soy. Y para colmo, feo. Mira cómo lloro de pena.
Por Dios, ninguna página de internet tiene que decirme lo guapo que soy, porque yo lo sé. A esta edad cuarentosa, he asumido la imagen frente al espejo con absoluta tranquilidad, celebrando cada marca e imperfección de mi cuerpo como una prueba de lo vivido. El imbécil ejercicio que ha trastornado a muchos me causa risa porque hubo personas que se lo tomaron muy en serio. Sé que hay gente que ha llorado, sintiéndose rechazada. ¿Qué les pasa? Sean felices, hagan la fila y cómanse una dona.
En realidad, habría sido bonito ganar el título y ser recibido en una caravana por la Avenida Baldorioty, aunque no sé si le habría aceptado una llave de la ciudad al alcalde Santini. Fuera de bromas, la ganancia más importante de este ejercicio idiota ha sido comprender que, aún con lo mucho que parecemos avanzar hacia un espacio en el que la diversidad es aceptada e inclusiva, todavía persisten los viejos modelos que justifican el estereotipo, la burla y la mediocridad. Espero que, alguna vez, pasemos de eso con dignidad.
Igual aprendí otra lección: para la próxima, necesito un mejor fotógrafo.
martes, 19 de enero de 2010
Nuestros
Son nuestros, los haitianos. Todo el mundo los reclama, de repente, como suyos.
De entrada, la expresión es acertada, por la solidaridad y la empatía. Nos hermanamos a ellos en el dolor, reconociendo en sus pérdidas un sentimiento profundo que nos embarga, aunque su realidad y la nuestra disten como el cielo y la tierra. Y es lo correcto, ¿por qué no? En boca de nuestros líderes de opinión, comentaristas radiales, políticos profesionales y narradores de butaca, suena bien. Es importante recabar en la conciencia, sobre todo cuando se trata de recolectar donativos.
Sin embargo, me espantó un poco esa hermandad tan súbita, desmedida, un tanto manoseada. Por eso me reí un poco cuando fui testigo, sin quererlo, de uno de esos actos de hermandad hacia la comunidad haitiana.
Justo a la entrada de una tienda por departamentos, cerca del corral de los carritos, colocaron un candungo enorme para que nosotros, oh generosos clientes, depositáramos ofrendas a favor de “nuestros hermanos” de Haití –según rezaba un cartel colocado a tales fines, justo sobre el candungo. Cuando pasé, le eché un ojo al recipiente y apenas contenía una bolsa muy cubierta, quizás con alguna ropa usada o comestibles. De pronto, una señora –noble sin duda, saludable y rolliza, cristiana a todas luces—se acercaba junto a otra –igualmente buena, rolliza y cristiana—cargando una caja con cuatro galones de agua.
Presintiendo la escena de antología, decidí quedarme por allí mirando boberías para observar el momento en que ocurriría el gran donativo. Las señoras, muy fajadas con la caja que, evidentemente, les pesaba más de lo que suponían, conversaban entre sí.
“Ay nena, ayúdame, que esto pesa”, decía la señora uno, empujando la caja.
“Ten cuidao, no te vayas a jorobar la espalda”, respondía la otra.
En eso, un amable empleado se acercó para ayudarlas a terminar el forcejeo con la dichosa caja hasta que, finalmente, llegó a su destino. Las dos señoras, sintiéndose mejores ciudadanas, cerraron el acto de cooperación con sendas sonrisas de alivio.
“Esa pobre gente parte el alma”, dijo la una, retomando el carrito. “Me dan una pena que te digo, hasta me pongo mala de ver las noticias”.
“Ay sí, nena”, siguió la otra, revisando el shopper. “Mira, las colchas que te dije están en especial.”
En ruta hacia el departamento de ropa de cama, las rollizas damas continuaron su travesía. Así de pronto se olvidaron de la desgracia, la ruina y la hermandad haitiana.
Me atacó una risita necia ante la circunstancia. Y de pronto, me detuve frente al candungo, ahora más lleno que a mi entrada a la tienda, y una voz profunda me habló con fuerza. ¿Qué estás diciendo tú, si también les habías olvidado hasta que tembló la tierra?
Aunque poco, había conocido algo de la historia del pedazo oriental de La Española cuando tomé un curso sobre historia del Caribe hace unos años. En ese entonces, me pareció curioso que, siendo la primera colonia en librarse de la esclavitud a fuerza de su propia rebeldía, Haití se convirtió en el país más pobre del hemisferio occidental. Luego, a través de amigos y amigas que sí lo han visitado, confirmaba su paupérrima situación. De hecho, todavía recuerdo a aquellas tribus de nómadas haitianos que venían a mi pueblo con las fiestas patronales. Me les acercaba de lejos, mirándoles con curiosidad y miedo, escuchándoles hablar el créole sin entender ni papa. Mirándoles de lejos, ajenos y distantes, igual que ahora lo hago a través de las noticias.
Y ahora, ante la desgracia, todos les llamamos “hermanos”. De repente, hasta son nuestros. Y me pregunto, ¿hasta cuándo?
No sé, pero pienso que esa repentina hermandad debería trascender la desgracia. Sería bueno que, en lugar de tirarles una caja de agua en un candungo o regalarles la ropa usada, les invitáramos a comer, escucháramos sus historias, aprendiéramos sus cantos, esos que –según los reportes—sobrellevan esas largas jornadas en medio de la más absoluta incertidumbre. Sería bueno aprender sus chistes, comprender sus creencias, aprender sus secretos y, cómo no, acompañarlos hasta que puedan volver a ser la gente viva que era antes de la gran tragedia. Lo triste es que, precisamente, su desgracia es mucha, demasiada, y costó una sacudida despiadada para que nos diéramos cuenta de dos verdades: su miseria y la nuestra.
Sí, porque aunque nos hermanemos con ellos sin contemplaciones, también somos un tanto mezquinos. Es cierto que cooperamos con la causa, pero doblamos la esquina y continuamos la vida, igual que las señoras buenas que se fueron a comprar colchas. Aún frente a la desgracia que continúa a dos islas de distancia, seguimos en lo nuestro. Reiteramos el lamento borincano inacabable en cuanta fila se nos ocurre: que si la política, que si la criminalidad, que si el desempleo. Y terminamos, como siempre, mirándonos el ombligo.
Esta vez, la historia debería ser diferente.
Quiero creer que Haití se levanta, agarrado de muchas manos, las de todos los que quieren ayudar de veras. Quiero sentir que esta solidaridad sincera continúa, sostenida y fuerte, para que ellos puedan renacer a la vida como se merecen. Quiero asegurarme de que no se van, porque nos enseñarán a enfrentar el futuro de una mejor manera: aprendiendo a vivir con menos y a sentir con más ganas la vida que nos mantiene unidos a esta tierra que nos guarda.
Quiero saber que, cuando ellos tengan fuerzas y estén de pie, mantendremos su mano agarrada, porque también es nuestra, caribeña y, de verdad, hermana.
De entrada, la expresión es acertada, por la solidaridad y la empatía. Nos hermanamos a ellos en el dolor, reconociendo en sus pérdidas un sentimiento profundo que nos embarga, aunque su realidad y la nuestra disten como el cielo y la tierra. Y es lo correcto, ¿por qué no? En boca de nuestros líderes de opinión, comentaristas radiales, políticos profesionales y narradores de butaca, suena bien. Es importante recabar en la conciencia, sobre todo cuando se trata de recolectar donativos.
Sin embargo, me espantó un poco esa hermandad tan súbita, desmedida, un tanto manoseada. Por eso me reí un poco cuando fui testigo, sin quererlo, de uno de esos actos de hermandad hacia la comunidad haitiana.
Justo a la entrada de una tienda por departamentos, cerca del corral de los carritos, colocaron un candungo enorme para que nosotros, oh generosos clientes, depositáramos ofrendas a favor de “nuestros hermanos” de Haití –según rezaba un cartel colocado a tales fines, justo sobre el candungo. Cuando pasé, le eché un ojo al recipiente y apenas contenía una bolsa muy cubierta, quizás con alguna ropa usada o comestibles. De pronto, una señora –noble sin duda, saludable y rolliza, cristiana a todas luces—se acercaba junto a otra –igualmente buena, rolliza y cristiana—cargando una caja con cuatro galones de agua.
Presintiendo la escena de antología, decidí quedarme por allí mirando boberías para observar el momento en que ocurriría el gran donativo. Las señoras, muy fajadas con la caja que, evidentemente, les pesaba más de lo que suponían, conversaban entre sí.
“Ay nena, ayúdame, que esto pesa”, decía la señora uno, empujando la caja.
“Ten cuidao, no te vayas a jorobar la espalda”, respondía la otra.
En eso, un amable empleado se acercó para ayudarlas a terminar el forcejeo con la dichosa caja hasta que, finalmente, llegó a su destino. Las dos señoras, sintiéndose mejores ciudadanas, cerraron el acto de cooperación con sendas sonrisas de alivio.
“Esa pobre gente parte el alma”, dijo la una, retomando el carrito. “Me dan una pena que te digo, hasta me pongo mala de ver las noticias”.
“Ay sí, nena”, siguió la otra, revisando el shopper. “Mira, las colchas que te dije están en especial.”
En ruta hacia el departamento de ropa de cama, las rollizas damas continuaron su travesía. Así de pronto se olvidaron de la desgracia, la ruina y la hermandad haitiana.
Me atacó una risita necia ante la circunstancia. Y de pronto, me detuve frente al candungo, ahora más lleno que a mi entrada a la tienda, y una voz profunda me habló con fuerza. ¿Qué estás diciendo tú, si también les habías olvidado hasta que tembló la tierra?
Aunque poco, había conocido algo de la historia del pedazo oriental de La Española cuando tomé un curso sobre historia del Caribe hace unos años. En ese entonces, me pareció curioso que, siendo la primera colonia en librarse de la esclavitud a fuerza de su propia rebeldía, Haití se convirtió en el país más pobre del hemisferio occidental. Luego, a través de amigos y amigas que sí lo han visitado, confirmaba su paupérrima situación. De hecho, todavía recuerdo a aquellas tribus de nómadas haitianos que venían a mi pueblo con las fiestas patronales. Me les acercaba de lejos, mirándoles con curiosidad y miedo, escuchándoles hablar el créole sin entender ni papa. Mirándoles de lejos, ajenos y distantes, igual que ahora lo hago a través de las noticias.
Y ahora, ante la desgracia, todos les llamamos “hermanos”. De repente, hasta son nuestros. Y me pregunto, ¿hasta cuándo?
No sé, pero pienso que esa repentina hermandad debería trascender la desgracia. Sería bueno que, en lugar de tirarles una caja de agua en un candungo o regalarles la ropa usada, les invitáramos a comer, escucháramos sus historias, aprendiéramos sus cantos, esos que –según los reportes—sobrellevan esas largas jornadas en medio de la más absoluta incertidumbre. Sería bueno aprender sus chistes, comprender sus creencias, aprender sus secretos y, cómo no, acompañarlos hasta que puedan volver a ser la gente viva que era antes de la gran tragedia. Lo triste es que, precisamente, su desgracia es mucha, demasiada, y costó una sacudida despiadada para que nos diéramos cuenta de dos verdades: su miseria y la nuestra.
Sí, porque aunque nos hermanemos con ellos sin contemplaciones, también somos un tanto mezquinos. Es cierto que cooperamos con la causa, pero doblamos la esquina y continuamos la vida, igual que las señoras buenas que se fueron a comprar colchas. Aún frente a la desgracia que continúa a dos islas de distancia, seguimos en lo nuestro. Reiteramos el lamento borincano inacabable en cuanta fila se nos ocurre: que si la política, que si la criminalidad, que si el desempleo. Y terminamos, como siempre, mirándonos el ombligo.
Esta vez, la historia debería ser diferente.
Quiero creer que Haití se levanta, agarrado de muchas manos, las de todos los que quieren ayudar de veras. Quiero sentir que esta solidaridad sincera continúa, sostenida y fuerte, para que ellos puedan renacer a la vida como se merecen. Quiero asegurarme de que no se van, porque nos enseñarán a enfrentar el futuro de una mejor manera: aprendiendo a vivir con menos y a sentir con más ganas la vida que nos mantiene unidos a esta tierra que nos guarda.
Quiero saber que, cuando ellos tengan fuerzas y estén de pie, mantendremos su mano agarrada, porque también es nuestra, caribeña y, de verdad, hermana.
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viernes, 8 de enero de 2010
Mala sangre
Quizás es una herida leve, pequeña, un rasguño sin importancia. Lo cierto es que ese pequeño raspajo en la piel es la primera seña. Ya sea por maltrato físico, abuso constante, faltas de respeto, indefinición de roles, por ahí se rasga esa primera herida que no sana, que crece y se pudre con el tiempo. Luego, para buscar el remedio, la víctima decide curarse a la tremenda. Alimentada por rencores, la mala sangre que emana de su herida vieja insufla el podrido vapor de sus venganzas.
Si se buscara la ayuda de la autoridad, el aspecto del rasguño puede complicarse. Acudir al Estado para que intervenga en una vieja rencilla supone lavar los trapos en casa ajena. Porque es allí, en el seno del hogar dañado, donde se cuece la rabia. Aún así, los implicados en el asunto del tajo inicial acatarían, bajo protesta, las disposiciones establecidas por la autoridad para zanjar las diferencias. Pero el hervor de esa sangre dañada continúa a fuego lento. El “si te cojo, te mato” se suspira por lo bajo, con la piquiña insistente de ese desquite rabiosamente deseado.
Ahí es que comienza el conteo regresivo para la desgracia.
De los resultados, pues, ya es de todos sabido. Fue con la llegada de los Santos Reyes que una familia terminó partida en dos, herida de muerte por una vieja rencilla. El padrastro no pudo perdonar al sobrino que se metió con la muchacha a quien crió como suya. Y defendió el honor, movido por esa mala sangre acumulada en sus costillas: sin miramiento alguno, se carga al aparente culpable, cosiéndolo a tiros. Al hermano y a la madre del tiroteado, que salen en su defensa, también se los lleva enredados. Para variar, el tiro de gracia termina en su sien, sabiéndose incapaz de enfrentar a la justicia.
Hoy nos despertamos con otra historia: el tío que recoge al sobrino, menor de edad, quien vive amancebado en su casa con una chiquilla adolescente, preñada de dos meses. El chamaco, al parecer, aprendió de la calle la ley que quiso imponer en su casa. Agredió a la joven embarazada a la tal vez hizo suya bajo promesas musicalizadas por el reggaetón que, pum-pum, te pide balas, pam-pam, que le den azote. Entonces, cuando el tío lo enfrenta, viéndole pegar a la chiquilla indefensa, no tiene por qué dar cuentas y, sin mediar palabra, lo cose a tiros con un arma ilegal, comprada en sabe Dios cuál punto. Quince. Suficientes para acallar el sermón de la montaña que le jode la paciencia. Después regresa, arrepentido, y vomita el veneno cruel de reconocer su falta, dominado por esa mala sangre que le hizo disparar, luego pensar las consecuencias.
Habría que preguntarse qué diablos hacen las autoridades que sueltan cupones y cheques, que proveen servicios de apoyo. Porque alguien debería saberlo: en algún lugar recóndito, oculto entre papeles de alguna oficina, se habrá reportado la antesala a estos derrames de sangre hedionda a venganzas, podrida por las viejas rencillas, dañada por el empujón, la burla, el maltrato, la inercia. Estoy seguro de que alguna empleada de pantuflas, que ahora estará redecorando el cubículo con corazoncitos rojos, tuvo ese expediente en las manos y, bah, qué como nunca volvieron a la cita, pasó a los inactivos. Precisamente, el corazón rojo de cartón barato es ahora un lamentable símbolo de un amor ausente, que lamentamos con ay benditos gastados, con mirar de lejos, con lucir la camiseta charra en el velorio y pegar la calcomanía-esquela en el cristal del carro.
Pero la mala sangre todavía seguirá ahí, latiendo en las venas ocultas de muchos hogares, esperando a que cualquier incidente pueda desatarla en riadas de furia. Circulará, espesa y oscura, cocinada a fuego lento, esperando a que la rabia sea suficiente para brotar de alguna herida abierta. Y desatará el “te mato” porque me gritas, porque apestas, porque estoy harto, porque un prieto no se acuesta con mi hija, porque eres maricón y no me gusta, porque sí, porque me da la gana. Aunque seas mi sangre, maldita sea.
Si es cierto que la sangre pesa más que el agua, nada de esto debería ocurrir. Nosotros, ciudadanos de a pie, boquiabiertos y maniatados, lo sabemos. Los demás, esos que nos mandan, parece que ni se enteran. Es como si flotaran a alturas insospechadas, donde esa sangre ajena no les salpica. “Lamentamos los hechos”, dicen, parcos. “Habrá que investigarlo”, comentan, de prisa. “Es el reflejo de muchos problemas”, concluyen y se dan vuelta.
Mientras tanto, la mala sangre sigue ahí, pesada, negra, escurriéndose por las venas abiertas de la tierra herida. Se escurre en los acueductos, los parques, las carreteras. Se chorrea por los servicarros y colma las bolsas del colmado. Se embarra en el pan caliente del desayuno y hasta resuena por las ondas radiales. Hierve, oscura y densa, calentando los sesos de quienes disparan y luego, tal vez, piensan.
¿Qué habrá que hacer para detenerla?
Si se buscara la ayuda de la autoridad, el aspecto del rasguño puede complicarse. Acudir al Estado para que intervenga en una vieja rencilla supone lavar los trapos en casa ajena. Porque es allí, en el seno del hogar dañado, donde se cuece la rabia. Aún así, los implicados en el asunto del tajo inicial acatarían, bajo protesta, las disposiciones establecidas por la autoridad para zanjar las diferencias. Pero el hervor de esa sangre dañada continúa a fuego lento. El “si te cojo, te mato” se suspira por lo bajo, con la piquiña insistente de ese desquite rabiosamente deseado.
Ahí es que comienza el conteo regresivo para la desgracia.
De los resultados, pues, ya es de todos sabido. Fue con la llegada de los Santos Reyes que una familia terminó partida en dos, herida de muerte por una vieja rencilla. El padrastro no pudo perdonar al sobrino que se metió con la muchacha a quien crió como suya. Y defendió el honor, movido por esa mala sangre acumulada en sus costillas: sin miramiento alguno, se carga al aparente culpable, cosiéndolo a tiros. Al hermano y a la madre del tiroteado, que salen en su defensa, también se los lleva enredados. Para variar, el tiro de gracia termina en su sien, sabiéndose incapaz de enfrentar a la justicia.
Hoy nos despertamos con otra historia: el tío que recoge al sobrino, menor de edad, quien vive amancebado en su casa con una chiquilla adolescente, preñada de dos meses. El chamaco, al parecer, aprendió de la calle la ley que quiso imponer en su casa. Agredió a la joven embarazada a la tal vez hizo suya bajo promesas musicalizadas por el reggaetón que, pum-pum, te pide balas, pam-pam, que le den azote. Entonces, cuando el tío lo enfrenta, viéndole pegar a la chiquilla indefensa, no tiene por qué dar cuentas y, sin mediar palabra, lo cose a tiros con un arma ilegal, comprada en sabe Dios cuál punto. Quince. Suficientes para acallar el sermón de la montaña que le jode la paciencia. Después regresa, arrepentido, y vomita el veneno cruel de reconocer su falta, dominado por esa mala sangre que le hizo disparar, luego pensar las consecuencias.
Habría que preguntarse qué diablos hacen las autoridades que sueltan cupones y cheques, que proveen servicios de apoyo. Porque alguien debería saberlo: en algún lugar recóndito, oculto entre papeles de alguna oficina, se habrá reportado la antesala a estos derrames de sangre hedionda a venganzas, podrida por las viejas rencillas, dañada por el empujón, la burla, el maltrato, la inercia. Estoy seguro de que alguna empleada de pantuflas, que ahora estará redecorando el cubículo con corazoncitos rojos, tuvo ese expediente en las manos y, bah, qué como nunca volvieron a la cita, pasó a los inactivos. Precisamente, el corazón rojo de cartón barato es ahora un lamentable símbolo de un amor ausente, que lamentamos con ay benditos gastados, con mirar de lejos, con lucir la camiseta charra en el velorio y pegar la calcomanía-esquela en el cristal del carro.
Pero la mala sangre todavía seguirá ahí, latiendo en las venas ocultas de muchos hogares, esperando a que cualquier incidente pueda desatarla en riadas de furia. Circulará, espesa y oscura, cocinada a fuego lento, esperando a que la rabia sea suficiente para brotar de alguna herida abierta. Y desatará el “te mato” porque me gritas, porque apestas, porque estoy harto, porque un prieto no se acuesta con mi hija, porque eres maricón y no me gusta, porque sí, porque me da la gana. Aunque seas mi sangre, maldita sea.
Si es cierto que la sangre pesa más que el agua, nada de esto debería ocurrir. Nosotros, ciudadanos de a pie, boquiabiertos y maniatados, lo sabemos. Los demás, esos que nos mandan, parece que ni se enteran. Es como si flotaran a alturas insospechadas, donde esa sangre ajena no les salpica. “Lamentamos los hechos”, dicen, parcos. “Habrá que investigarlo”, comentan, de prisa. “Es el reflejo de muchos problemas”, concluyen y se dan vuelta.
Mientras tanto, la mala sangre sigue ahí, pesada, negra, escurriéndose por las venas abiertas de la tierra herida. Se escurre en los acueductos, los parques, las carreteras. Se chorrea por los servicarros y colma las bolsas del colmado. Se embarra en el pan caliente del desayuno y hasta resuena por las ondas radiales. Hierve, oscura y densa, calentando los sesos de quienes disparan y luego, tal vez, piensan.
¿Qué habrá que hacer para detenerla?
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jueves, 7 de enero de 2010
Mariachi-On-Wheels (y otras charrerías urbanas)
Mientras escribo estas líneas, a Doña Julia le ha llegado una visita inesperada. Los mariachis han venido para cantarle una serenata por su cumpleaños.
Pero no se vaya a usted a creer que se trata del mariachi típico, con los galantes caballeros usando el traje de charro que despliegan con gracia el sonido auténtico de su música autóctona. Nada que ver. Ésta es una versión absolutamente distinta: una guagua tipo “van”, de ésas que se utilizan en las caravanas políticas, se ha estacionado frente a su casa. Entonces, se ha encendido un enorme equipo de sonido que ha comenzado a disparar un sainete de melodías a todo volumen, a plenas dos de la tarde.
En la “serenata”, al parecer, todo se vale: desde el tradicional sonido de Las Mañanitas hasta el Feliz Navidad de Tito El Bambino, sin descontar el “saludito cariñoso” de un locutor invisible que, contenido en el interior de la guagua, se encarga de llevar el cronómetro. Porque el alboroto se ha alquilado con medida justa: una hora de música sin interrupciones, con melodías alusivas a la ocasión “especialmente para doña Julia” –según dice el locutor. No pude ver la cara de la doñita pero imagino que, al recibir tan amable regalo musical, habrá sonreído con agradecimiento al gesto de su familia. De seguro, disimularía un poco su desazón ante el ruido ensordecedor, mientras sus hijos y nietos la abrazan con los ojos llorosos.
No es la primera vez que escucho este inusual servicio de “Mariachi-On-Wheels” –o algo así, según dice el letrero que, estratégicamente, se anuncia a ambos lados del vehículo. Hace unos meses, me desperté con el estruendo de la misma serenata pregrabada –a horas en las que muchos de nosotros, noctámbulos perdidos, todavía estamos a oscuras. Por supuesto, con el ruido de la serenata impropia me adelanté al Día de las Madres y, con mucho cariño, envíe recuerdos cálidos a varias progenitoras (la del dueño de la guagua, la de la cumpleañera y la del que contrató el servicio).
Esta charrería –la de la guagua con serenatas pregrabadas—se une al coro de estupideces que, por obra de la repetición, se insertan de forma consistente en la vida urbana. Otras expresiones de esta índole incluyen:
• Las esquelas portátiles – Ya sea en camisetas blancas, pegatinas o calcomanías, estas manifestaciones siguen el mismo modelo. Por lo general, se recrea la cara de un muerto –casi siempre llevando una gorra— glorificada en una foto de muy mala resolución. El apodo del difunto se resalta en letras grandes, acompañadas del manoseado lema “Siempre te recordaremos”. Son un bello sustituto, sin dudas más duradero, que las cintas que adornan las coronas fúnebres, escritas con escarcha. Finísimo.
• Las cantatas de sobremesa – Casi siempre presentadas en come-y-vetes con aspiraciones de restaurante, son una variante imbécil de la serenata pregrabada. En este caso, los meseros y meseras del local, convocados de mala gana, desfilan en una trulla infame, vienen a la mesa de la víctima armando un escándalo insoportable, y culminan la “sorpresa” vociferando corillos cumpleañeros de mala muerte. Inolvidable.
• Los cruza calles empalagosos – Proliferan mayormente en la fiesta charra del San Valentín, aunque igual se cuelgan de postes y fachadas en otras efemérides, como día de las madres y en navidad. A veces van muy mal escritos -“biemvenido a casa” , leía uno que vi hace poco, desplegado para recibir a un soldado. Casi siempre se descuelgan de dos maneras: cuando se rajan por sí mismos con el paso del tiempo o cuando algún camión de la AEE se los lleva en claro.
• Los mensajitos de texto plagiados – “Kiero regalarte mi cariño, así que envíame tú tamaño para que no te valla a quedar grande, TQM!!!”. Esta joya de la literatura postmoderna me llegó en medio de las felicitaciones navideñas, como un recordatorio amable de una amiga bien intencionada. Y no es que no lo aprecie; por Dios. Nada más pienso que, si has de decirme cuánto me quieres, sería mejor expresarlo sin malos copietes, por el amor de Cristo.
• Los cargadores de bebé “pimpiaos” – De esto no tengo más que la referencia de la observación a distancia, pero igual me sorprende la rapidez con la que se ha multiplicado. De pronto, un asientillo protector de bebé se convierte en un canasto extraño cubierto de borlas, encajes y cintas que se lleva a todas partes – el centro comercial, la cita médica, el supermercado. Si yo fuera un recién nacido y me cargaran en uno de esos aparatos, me bajo gateando y llamo a un taxi.
• Los mensajes “PowerPoint” de cadena – Admito que leo algunos de ellos y me parecen interesantes. Pero no sé a quién diablos se le ocurrió que era buena idea configurar estas presentaciones de motivación con la voz gangosa de Céline Dion como acompañante. ¿Será que la muy infeliz ha firmado un acuerdo con Microsoft para que sólo se utilicen sus canciones? No más faltaba.
Estoy seguro de que este breve catálogo de charrerías ampliará su oferta en un futuro cercano. Sólo espero que la pobre doña Julia no tenga que sufrirlas. Sería demasiado para ella, la pobre.
Pero no se vaya a usted a creer que se trata del mariachi típico, con los galantes caballeros usando el traje de charro que despliegan con gracia el sonido auténtico de su música autóctona. Nada que ver. Ésta es una versión absolutamente distinta: una guagua tipo “van”, de ésas que se utilizan en las caravanas políticas, se ha estacionado frente a su casa. Entonces, se ha encendido un enorme equipo de sonido que ha comenzado a disparar un sainete de melodías a todo volumen, a plenas dos de la tarde.
En la “serenata”, al parecer, todo se vale: desde el tradicional sonido de Las Mañanitas hasta el Feliz Navidad de Tito El Bambino, sin descontar el “saludito cariñoso” de un locutor invisible que, contenido en el interior de la guagua, se encarga de llevar el cronómetro. Porque el alboroto se ha alquilado con medida justa: una hora de música sin interrupciones, con melodías alusivas a la ocasión “especialmente para doña Julia” –según dice el locutor. No pude ver la cara de la doñita pero imagino que, al recibir tan amable regalo musical, habrá sonreído con agradecimiento al gesto de su familia. De seguro, disimularía un poco su desazón ante el ruido ensordecedor, mientras sus hijos y nietos la abrazan con los ojos llorosos.
No es la primera vez que escucho este inusual servicio de “Mariachi-On-Wheels” –o algo así, según dice el letrero que, estratégicamente, se anuncia a ambos lados del vehículo. Hace unos meses, me desperté con el estruendo de la misma serenata pregrabada –a horas en las que muchos de nosotros, noctámbulos perdidos, todavía estamos a oscuras. Por supuesto, con el ruido de la serenata impropia me adelanté al Día de las Madres y, con mucho cariño, envíe recuerdos cálidos a varias progenitoras (la del dueño de la guagua, la de la cumpleañera y la del que contrató el servicio).
Esta charrería –la de la guagua con serenatas pregrabadas—se une al coro de estupideces que, por obra de la repetición, se insertan de forma consistente en la vida urbana. Otras expresiones de esta índole incluyen:
• Las esquelas portátiles – Ya sea en camisetas blancas, pegatinas o calcomanías, estas manifestaciones siguen el mismo modelo. Por lo general, se recrea la cara de un muerto –casi siempre llevando una gorra— glorificada en una foto de muy mala resolución. El apodo del difunto se resalta en letras grandes, acompañadas del manoseado lema “Siempre te recordaremos”. Son un bello sustituto, sin dudas más duradero, que las cintas que adornan las coronas fúnebres, escritas con escarcha. Finísimo.
• Las cantatas de sobremesa – Casi siempre presentadas en come-y-vetes con aspiraciones de restaurante, son una variante imbécil de la serenata pregrabada. En este caso, los meseros y meseras del local, convocados de mala gana, desfilan en una trulla infame, vienen a la mesa de la víctima armando un escándalo insoportable, y culminan la “sorpresa” vociferando corillos cumpleañeros de mala muerte. Inolvidable.
• Los cruza calles empalagosos – Proliferan mayormente en la fiesta charra del San Valentín, aunque igual se cuelgan de postes y fachadas en otras efemérides, como día de las madres y en navidad. A veces van muy mal escritos -“biemvenido a casa” , leía uno que vi hace poco, desplegado para recibir a un soldado. Casi siempre se descuelgan de dos maneras: cuando se rajan por sí mismos con el paso del tiempo o cuando algún camión de la AEE se los lleva en claro.
• Los mensajitos de texto plagiados – “Kiero regalarte mi cariño, así que envíame tú tamaño para que no te valla a quedar grande, TQM!!!”. Esta joya de la literatura postmoderna me llegó en medio de las felicitaciones navideñas, como un recordatorio amable de una amiga bien intencionada. Y no es que no lo aprecie; por Dios. Nada más pienso que, si has de decirme cuánto me quieres, sería mejor expresarlo sin malos copietes, por el amor de Cristo.
• Los cargadores de bebé “pimpiaos” – De esto no tengo más que la referencia de la observación a distancia, pero igual me sorprende la rapidez con la que se ha multiplicado. De pronto, un asientillo protector de bebé se convierte en un canasto extraño cubierto de borlas, encajes y cintas que se lleva a todas partes – el centro comercial, la cita médica, el supermercado. Si yo fuera un recién nacido y me cargaran en uno de esos aparatos, me bajo gateando y llamo a un taxi.
• Los mensajes “PowerPoint” de cadena – Admito que leo algunos de ellos y me parecen interesantes. Pero no sé a quién diablos se le ocurrió que era buena idea configurar estas presentaciones de motivación con la voz gangosa de Céline Dion como acompañante. ¿Será que la muy infeliz ha firmado un acuerdo con Microsoft para que sólo se utilicen sus canciones? No más faltaba.
Estoy seguro de que este breve catálogo de charrerías ampliará su oferta en un futuro cercano. Sólo espero que la pobre doña Julia no tenga que sufrirlas. Sería demasiado para ella, la pobre.
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lunes, 4 de enero de 2010
Querido Veintediez:
Espero que al recibir estas líneas, ya por lo menos hayas empezado a gatear, porque tú de recién nacido mucho rato, nada que ver. Claro, yo entiendo: nada más hace un par de días eras un bebé delicioso que aparecía justo entre el alboroto de los petardos, iluminado por la gracia de la esperanza y el leotardo brilloso de Jennifer López. Pero igual me consta que, en par de pestañazos, ya estarás por ahí arrastrando los pies, convertido en el tipo mala gente del que todos quieren salir, como el imprudente cachetero de la fiesta navideña. Anda, si no me crees, pregunta por ahí cómo le fue al paisano tuyo que acaba de irse: no lo cortaron en junio porque habría que cambiar la Constitución. Y de rollos políticos, ya vamos bastante cansados.
Así que mientras te regodeas todavía entre las sábanas frescas de tu cuna, te voy a decir dos o tres cosillas, para que te ajustes los culeros. Lo primero que quiero pedirte es que le bajes el tono a los guapetones –y, cómo no, guapetonas—que andan por ahí campeando por sus respetos. Eso va para todos: desde los imbéciles politiqueros que se desmandan frente al primer micrófono que se les cruza delante hasta las señoras imprudentes que berrean por el celular mientras hacen fila en la farmacia. Yo no sé si es que los vientos de guerra que todavía resoplan nos han encampanado muy alto en el cielo de la necedad, pero se me hace muy difícil entender esta impertinente costumbre de despotricar, sin decoro ni prudencia, en los espacios públicos. No sólo es una invasión al espacio ajeno, es una pérdida absoluta de incivilidad que espanta.
También sería bueno que les abrieras el sentido común a los seres humanos para que se respeten un poco más a sí mismos. No me refiero solamente a procurar la buena estima y hacer el mejor esfuerzo como se supone, sino además proyectar una imagen consciente y bien plantada ante el resto del mundo. Hablando en plata, te planteo un ejemplo: ¿será que podrás enseñarle a la gente a vivir sin joderse las cejas? Vaya por Dios, con todo el espectáculo de moda y belleza que se desparrama por las calles de este pequeño país, es irracional el despliegue de cejas finitas, pintadas, cortitas, tatuadas, afeitadas y maltratadas que he visto en los últimos años. A ver si por ahí empezamos a cultivar el buen gusto cuando menos.
Parecería muy superficial lo que te pido, pero tú me conoces. Me pongo cínico de vez en cuando, pero también tengo mi corazoncito. Es más, debo admitir que tuve ilusiones mientras escuchaba el alboroto que antecedió a tu llegada. Claro, uno se viste con las mejores galas, se come las uvas y se pone imbécil, pensando que todo cambiará en un tris. Pero nada que ver, por lo que veo: ya van no sé cuántos asesinatos, accidentes y suicidios, hasta una masacre, y tú ni te enteras, pegado al biberón como si tal cosa. ¿Qué pasa, macho? Mira a ver si les dices al mundo, de una manera ingeniosa y coherente, que la vida es buena aunque a veces quisiéramos salir de ella. Además, ¿cuál es el uso de resolver problemas a la cañona? A ver, para que entiendas: hace un par de días, dos mujeres se enredaron a pescozones en un local de Bayamón, nada menos que por el turno para ir al baño, y el tema acabó a tiro limpio, y una de ellas ya no vive para contar la escena. Bendito sea Dios, ¿no era más fácil improvisarse un chorrito detrás de un arbusto –si tal era el apuro—antes que terminar en una funeraria?
A esos temas me refiero y, si sigo por ahí, no acabo. Además, no quiero abrumarte; todavía estás empezando a abrir los ojos. Sé que lo que te espera no es fácil, sobre todo porque mucha gente, en muchos lugares, da lo que no tiene por pensar que esta vez será distinto. Que todo lo malo comienza a disiparse, tal como el humentín de los cohetes que iluminaron la noche de tu estreno, y que por fin veremos la luz gloriosa de la alegría. Todavía es muy pronto y hay que darte la oportunidad, pero no te duermas, que luego creces muy pronto, te haces insufrible y, al final, el tiempo no te perdona. Ni a nosotros tampoco.
Por mi parte, espero hacer lo justo: ser más humano, más fuerte, más sensato. Cínico… Bueno, no te prometo mucho, porque si no, ¿cómo me divierto? Okey, está bien, dejaré de mirarle las cejas a la gente, que es mala educación. (Trataré, al menos.)
Hablando en serio, bróder, brega fuerte; no es mucho pedir. Dale, tú puedes.
Así que mientras te regodeas todavía entre las sábanas frescas de tu cuna, te voy a decir dos o tres cosillas, para que te ajustes los culeros. Lo primero que quiero pedirte es que le bajes el tono a los guapetones –y, cómo no, guapetonas—que andan por ahí campeando por sus respetos. Eso va para todos: desde los imbéciles politiqueros que se desmandan frente al primer micrófono que se les cruza delante hasta las señoras imprudentes que berrean por el celular mientras hacen fila en la farmacia. Yo no sé si es que los vientos de guerra que todavía resoplan nos han encampanado muy alto en el cielo de la necedad, pero se me hace muy difícil entender esta impertinente costumbre de despotricar, sin decoro ni prudencia, en los espacios públicos. No sólo es una invasión al espacio ajeno, es una pérdida absoluta de incivilidad que espanta.
También sería bueno que les abrieras el sentido común a los seres humanos para que se respeten un poco más a sí mismos. No me refiero solamente a procurar la buena estima y hacer el mejor esfuerzo como se supone, sino además proyectar una imagen consciente y bien plantada ante el resto del mundo. Hablando en plata, te planteo un ejemplo: ¿será que podrás enseñarle a la gente a vivir sin joderse las cejas? Vaya por Dios, con todo el espectáculo de moda y belleza que se desparrama por las calles de este pequeño país, es irracional el despliegue de cejas finitas, pintadas, cortitas, tatuadas, afeitadas y maltratadas que he visto en los últimos años. A ver si por ahí empezamos a cultivar el buen gusto cuando menos.
Parecería muy superficial lo que te pido, pero tú me conoces. Me pongo cínico de vez en cuando, pero también tengo mi corazoncito. Es más, debo admitir que tuve ilusiones mientras escuchaba el alboroto que antecedió a tu llegada. Claro, uno se viste con las mejores galas, se come las uvas y se pone imbécil, pensando que todo cambiará en un tris. Pero nada que ver, por lo que veo: ya van no sé cuántos asesinatos, accidentes y suicidios, hasta una masacre, y tú ni te enteras, pegado al biberón como si tal cosa. ¿Qué pasa, macho? Mira a ver si les dices al mundo, de una manera ingeniosa y coherente, que la vida es buena aunque a veces quisiéramos salir de ella. Además, ¿cuál es el uso de resolver problemas a la cañona? A ver, para que entiendas: hace un par de días, dos mujeres se enredaron a pescozones en un local de Bayamón, nada menos que por el turno para ir al baño, y el tema acabó a tiro limpio, y una de ellas ya no vive para contar la escena. Bendito sea Dios, ¿no era más fácil improvisarse un chorrito detrás de un arbusto –si tal era el apuro—antes que terminar en una funeraria?
A esos temas me refiero y, si sigo por ahí, no acabo. Además, no quiero abrumarte; todavía estás empezando a abrir los ojos. Sé que lo que te espera no es fácil, sobre todo porque mucha gente, en muchos lugares, da lo que no tiene por pensar que esta vez será distinto. Que todo lo malo comienza a disiparse, tal como el humentín de los cohetes que iluminaron la noche de tu estreno, y que por fin veremos la luz gloriosa de la alegría. Todavía es muy pronto y hay que darte la oportunidad, pero no te duermas, que luego creces muy pronto, te haces insufrible y, al final, el tiempo no te perdona. Ni a nosotros tampoco.
Por mi parte, espero hacer lo justo: ser más humano, más fuerte, más sensato. Cínico… Bueno, no te prometo mucho, porque si no, ¿cómo me divierto? Okey, está bien, dejaré de mirarle las cejas a la gente, que es mala educación. (Trataré, al menos.)
Hablando en serio, bróder, brega fuerte; no es mucho pedir. Dale, tú puedes.
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