De confesiones y descubrimientos hemos tenido bastante esta semana. Así que, en el mejor ánimo de promover la tendencia alcista hacia estos actos de liberación total, hoy decidí romper el silencio, revelando un secreto que llevo guardado en un oscuro rincón de mi existencia. Señores, señoras, he aquí mi verdad: alguna vez quise ser santo.
Pero no se estén creyendo que me conformaría con ser un muchachito bueno y noble, de esos que ofenden la tierra porque la pisan, no. Tampoco sería uno de esos hijos buenos que se portan bien con Mami, o esos nobles ciudadanos que ayudan a alguna viejita desamparada o alimentan a los pobres deambulantes. Quería ser santo full power, con imagen, halo, novena y estampita.
No recuerdo con exactitud cuándo comencé a tener esa extraña idea, pero pudo comenzar a los diez años, cuando empecé a leer Las bellas historias de la Biblia. Antes de dormir, me deleitaba con esos cuentos bíblicos escritos por Arturo S. Maxwell, adaptados y condensados para el deleite de los buenos niñitos cristianos. Entre fascinado y asustado, devoraba los relatos increíbles de aquellos hombres y mujeres que se encontraban cara a cara con el Dios de los Ejércitos, ése que quemaba zarzas, dividía mares y provocaba terremotos. Entonces, en el mejor intento de acercarme a ese mundo maravilloso, me adentré en los misterios de la Santa Madre Iglesia Católica. Canté en el coro, serví de monaguillo, desfilé en las procesiones... Pero no me conformaba con eso; quería sufrir la mortificación de la santidad, como Dios manda.
Para empaparme del tema, procuraba ver cuanta película pasaran por la televisión cada Viernes Santo. Veía, con los ojos desorbitados de santa gula morbosa, las interpretaciones cinematográficas de aquellas vidas torturadas en nombre de la fe (algunas mejores que otras, por supuesto). Me extasiaba con cada azote, cada espina y cada pedrada cruel lanzada contra aquellos santos perseguidos, enfermos y enloquecidos, en nombre de Dios. Por supuesto, la cagazón posterior era absoluta: por ejemplo, ir al baño esa noche significaba buscar la manera de hacer lo necesario sin mirarse al espejo, por si se me aparecía la cara ensangrentada de Jesús, como en la efigie del Gran Poder. El miedo no me dejaba dormir, al punto que hasta temía ir a la sala en las mañanas de domingo, no fuera a ser que el Jesús vivo estuviera allí de lo más orondo, con la pata cruzada para mostrar sus llagas, mientras se jartaba un plato de Zucaritas con leche.
En esos masoquismos absurdos me paseaba cuando me llegó la adolescencia como un regalo natural de la existencia. En esos años del estirón, la barba y el acné, me lancé a descubrir los placeres mundanos, y así pasé del rancio ritual a la absoluta desidia. Poco a poco, el deseo de aspirar a mi dorado trono en la parroquia local, luciendo cinta y corona de Míster Santo Boricua, se desvaneció como el humo de los velones. Años después, la efigie amable del Beato Carlos Manuel estaba colocada en los altares boricuas, así que no estaba escrito en mi destino. De todos modos, habría sido Deborah, no Marisol, y eso no era.
Ahora revivo estos cuentos y me despatarro de risa. ¿A quién se le ocurriría, en estos tiempos, semejante barbaridad? Las tentaciones del mundo son demasiado fuertes y constantes, así que valdría tener una voluntad férrea y la convicción absoluta de aspirar a la elevación espiritual sin distracciones. Nada más piense en algo tan sencillo como enviar un mensaje de texto mientras maneja. Es una destreza que requiere varias cualidades de santidad: manos milagrosas, visión omnisciente y presencia múltiple. Sin embargo, una gestión tan simple como el “texteo” nos puede llevar, en un segundo, al tapón más feroz de los infiernos (porque en el infierno hay tapón, estoy seguro).
Admito que es un deseo muy genuino aspirar a la santidad, pero no creo que sea para tanto. Resultaría innecesario convertirse en uno de aquellos místicos que, con los ojos volteados en trance epiléptico y el rostro enjuto por el eterno ayuno, han sido perpetuados en los vetustos altares para escuchar, desde el yeso de sus efigies, peticiones inacabables de salud, bienestar y paz. Para ser santo (o santa), no hay que colgarse de cruces, sino de buena voluntad. Mientras escribo estas líneas, revelando el deseo de esa vida a la que aspiré (más por vanagloria que por sincero deseo), muchos hombres y mujeres practican esa santidad callada y fiel, extendiendo una mano buena que obra con justicia sin que la otra se entere. Muchos hombres y mujeres que no aspiran al reconocimiento ni a la veneración promueven la dádiva anónima, el servicio sincero, la misión entregada.
Así que me quedé con las ganas de ser santo, y no me arrepiento. Déjenme así, mal hablado y sangrigordo, que mejor me queda. Porque mire que, hasta para ser humano en estos días, hay que sobrevivir crucifixiones. Pregúntenle a Ricky Martin.