miércoles, 14 de septiembre de 2011

Cabeza

Lo que la Ilíada enseña, aparte de la virtud, que seguirá siendo de gran importancia mientras conservemos la vida, es un valor importantísimo también y que va más allá de la mera virtud: es el respeto por el otro, por los sentimientos de los demás y por sus creencias.

Sócrates Adamantios Tsokonas, ensayista y pensador venezolano

Nada más me imagino la escena en una casa cualquiera: los nenes terminando las asignaciones, la señora meneando el sofrito en la cocina, el don estira’o en el butacón de la sala, refrescándose con una Medalla antes de meterse a la ducha. De pronto, la chillona voz de la maldita muñeca anunciaba unas fotos que merecían “discreción con los niños” y así, de golpe y porrazo, se produce el ataque.

El grito pasmado del nene quedaría en suspenso. El buche de cerveza helada se atascaría en la garganta. El sofrito de la olla apestaría a quemado. Los tres, mirando con ojos atónitos, quedarían marcados para siempre por la insensatez absurda del morboso infame.

Perdónenme el francés, pero no encuentro de otra: ¿en qué carajo estaba pensando ese desgraciao?

No es lo mismo que te cuenten la bíblica historia de San Juan Bautista que ver, a las seis de la tarde, el inenarrable espectáculo con el que este señor irresponsable quiso “entretener” a su cautiva audiencia. Es posible que más de un cristiano respingara al ver la grotesca imagen de un ser humano que, durante su existencia, nunca pensó en ser víctima de tan espantosa indignidad. Desde las culturas más antiguas, se practicaba el respeto y la veneración a los cadáveres como parte de un proceso de glorificación –partiendo, probablemente, de ideas más ingenuas sobre la trascendencia más allá de la muerte física.

Sin guillarme de especialista en la conducta humana –solo por la experiencia—entiendo que el morbo, esa curiosidad por lo grotesco y lo cruel, es inherente a la naturaleza humana. De hecho, la RAE lo define como una enfermedad vinculada con aspectos de lo “enfermizo y malsano, no solo en términos físicos, sino especialmente en términos morales”. Curioso es saber, además, que la morbosidad se clasifica, en la epidemiología, como “el conjunto de casos patológicos que caracterizan el estado sanitario de un país”.

Válgame Dios: si se toman por ciertas y confiables las acepciones del diccionario, podríamos concluir que este país está irremediablemente arrematao.

Sin embargo, ¿sería justo colgarle ese milagrito al tusa disfrazao? Tal vez no lo sea, pero sí recuerdo que, antes de la desgraciada oferta de sandeces con la que cada tarde nos obsequia, vivíamos con mayor tranquilidad. De pronto, este bestia se disfrazó de esperpento y, escondido tras su máscara, empezó a jodernos la vida con su cizaña. Instituyó las frases pegajosas, desacreditó a personas públicas, restregó defectos, inculcó prejuicios… Apoyado por el otro señor que le acompaña, se ubicó en su trono de pacotilla como una especie de juez pueblerino, envalentonado por la supremacía que le confieren las encuestas. Entonces, sin otra evidencia que su propia ignorancia, ha dictado sentencias crueles e injustas, se ha atribuido el dominio de la información privilegiada y ha obtenido –lamentablemente—el favor de los personajes políticos que, en aras de ganarse el voto, le ríen las gracias con tal de que no los “tire al medio”.

Así fue, señores, como apareció la foto lamentable: el tipejo se atrevió a reclamar, con ese gancho morboso, la pena de muerte como solución a la criminalidad rampante. Se olvida él que, con su violencia institucionalizada, ese “bullying” que se disfraza del chistecito barato, ha cometido delitos abominables, auspiciado por toda una estructura de lambones y oportunistas que lo aúpan con una mano mientras esconden sus vergüenzas con la otra.

Quisiera pensar que no, pero admito que hace mucho rato este país le entregó su cabeza en bandeja de plata. Recuperarla intacta y ser como éramos antes tal vez sea difícil, pero no imposible: solo hace falta la suficiente voluntad para apagar el televisor a las seis de la tarde.

También serviría leer un poco de lo que nos enseñaron los griegos. Y de paso, si se puede, echar al zafacón todas esas porquerías de Britto.