Lo que la Ilíada enseña, aparte de la virtud, que seguirá siendo de gran importancia mientras conservemos la vida, es un valor importantísimo también y que va más allá de la mera virtud: es el respeto por el otro, por los sentimientos de los demás y por sus creencias.
Sócrates Adamantios Tsokonas, ensayista y pensador venezolano
Nada más me imagino la escena en una casa cualquiera: los nenes terminando las asignaciones, la señora meneando el sofrito en la cocina, el don estira’o en el butacón de la sala, refrescándose con una Medalla antes de meterse a la ducha. De pronto, la chillona voz de la maldita muñeca anunciaba unas fotos que merecían “discreción con los niños” y así, de golpe y porrazo, se produce el ataque.
El grito pasmado del nene quedaría en suspenso. El buche de cerveza helada se atascaría en la garganta. El sofrito de la olla apestaría a quemado. Los tres, mirando con ojos atónitos, quedarían marcados para siempre por la insensatez absurda del morboso infame.
Perdónenme el francés, pero no encuentro de otra: ¿en qué carajo estaba pensando ese desgraciao?
No es lo mismo que te cuenten la bíblica historia de San Juan Bautista que ver, a las seis de la tarde, el inenarrable espectáculo con el que este señor irresponsable quiso “entretener” a su cautiva audiencia. Es posible que más de un cristiano respingara al ver la grotesca imagen de un ser humano que, durante su existencia, nunca pensó en ser víctima de tan espantosa indignidad. Desde las culturas más antiguas, se practicaba el respeto y la veneración a los cadáveres como parte de un proceso de glorificación –partiendo, probablemente, de ideas más ingenuas sobre la trascendencia más allá de la muerte física.
Sin guillarme de especialista en la conducta humana –solo por la experiencia—entiendo que el morbo, esa curiosidad por lo grotesco y lo cruel, es inherente a la naturaleza humana. De hecho, la RAE lo define como una enfermedad vinculada con aspectos de lo “enfermizo y malsano, no solo en términos físicos, sino especialmente en términos morales”. Curioso es saber, además, que la morbosidad se clasifica, en la epidemiología, como “el conjunto de casos patológicos que caracterizan el estado sanitario de un país”.
Válgame Dios: si se toman por ciertas y confiables las acepciones del diccionario, podríamos concluir que este país está irremediablemente arrematao.
Sin embargo, ¿sería justo colgarle ese milagrito al tusa disfrazao? Tal vez no lo sea, pero sí recuerdo que, antes de la desgraciada oferta de sandeces con la que cada tarde nos obsequia, vivíamos con mayor tranquilidad. De pronto, este bestia se disfrazó de esperpento y, escondido tras su máscara, empezó a jodernos la vida con su cizaña. Instituyó las frases pegajosas, desacreditó a personas públicas, restregó defectos, inculcó prejuicios… Apoyado por el otro señor que le acompaña, se ubicó en su trono de pacotilla como una especie de juez pueblerino, envalentonado por la supremacía que le confieren las encuestas. Entonces, sin otra evidencia que su propia ignorancia, ha dictado sentencias crueles e injustas, se ha atribuido el dominio de la información privilegiada y ha obtenido –lamentablemente—el favor de los personajes políticos que, en aras de ganarse el voto, le ríen las gracias con tal de que no los “tire al medio”.
Así fue, señores, como apareció la foto lamentable: el tipejo se atrevió a reclamar, con ese gancho morboso, la pena de muerte como solución a la criminalidad rampante. Se olvida él que, con su violencia institucionalizada, ese “bullying” que se disfraza del chistecito barato, ha cometido delitos abominables, auspiciado por toda una estructura de lambones y oportunistas que lo aúpan con una mano mientras esconden sus vergüenzas con la otra.
Quisiera pensar que no, pero admito que hace mucho rato este país le entregó su cabeza en bandeja de plata. Recuperarla intacta y ser como éramos antes tal vez sea difícil, pero no imposible: solo hace falta la suficiente voluntad para apagar el televisor a las seis de la tarde.
También serviría leer un poco de lo que nos enseñaron los griegos. Y de paso, si se puede, echar al zafacón todas esas porquerías de Britto.
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miércoles, 14 de septiembre de 2011
domingo, 18 de octubre de 2009
Respeto
“Men are respectable only as they respect.”
Ralph Waldo Emerson
En estos días, están de moda disidentes y simpatizantes. Por una parte, los que apoyan el movimiento civil en repudio a las acciones del gobierno de turno, celebran el triunfo de una masiva convocatoria a la marcha del pasado jueves. Por otra, los que defienden el comportamiento del Gobernador y su equipo de trabajo, obviamente continúan su esfuerzo de convencer al pueblo sobre la autenticidad de sus acciones.
Ubicarse a un lado o al otro es un ejercicio válido, fundamentado en la garantía constitucional de la libertad y (se supone que también) obligado por las convicciones profundas de una ciudadanía consciente. Por tanto, disentir o simpatizar, según el tema, debería hacerse en un marco de civilidad, gallardía e inteligencia, demostradas tanto en los hechos como en las palabras.
Eso ocurriría, claro está, en un mundo ideal, donde todos conociéramos y practicáramos constantemente el respeto hacia los valores más profundos de una sociedad completa. Sin embargo –y esto lo digo con sobrada lástima—en este país cada vez se nos hace más difícil inclinarnos hacia un lado o al otro de la balanza. No sé si es que la pasión se nos desborda al punto de la efervescencia ciega, o es que nos tiramos pa'l monte más rápido de lo que se supone: lo cierto es que, cuando observo y escucho comentarios de una y otra parte sobre aquel, éste o el otro asunto, me quedo tonto ante la evidente imposición del criterio que no ceja, la idea que se impone, la voluntad que no doblega.
No soy analista político ni me interesa. Sólo soy un ciudadano particular que, por razón de mi trabajo, estoy medianamente al tanto de los asuntos cotidianos. Pero hasta un ciego puede ver que, en los últimos tiempos, las acciones del gobierno actual se acercan a niveles insospechados de profunda estupidez. A lo mejor sus intenciones son tan ciertas como las letanías del desmadre: “es inevitable”, “es doloroso”, “es la medida para salvar al país del desastre”.
Tampoco soy disidente rabioso; no es mi estilo. Más que blanco o negro, paseo por el gris, quizás cómodo, tal vez seguro. Por eso, observar la disidencia me cautiva, al comprender que es el balance justo para contrarrestar la otra parte –generalmente arrolladora y hostil, aún en su discurso oficial. No obstante, me aterra pensar que los límites del ciudadano común –ora tirando huevos con mala puntería, ora diciendo palabrotas en espectáculos televisivos—haya cruzado líneas imborrables que desencajan por completo a la autoridad.
De ambos lados, no hay duda, se ha faltado el respeto.
Históricamente, los gobernantes –de todos los colores y partidos—se han despachado con la cuchara grande, atribuyéndose poderes que emborrachan y trastocando mandatos conferidos por el voto del pueblo. De igual forma, el pueblo se ha volcado muchas veces en contra del abuso de poder, con expresiones firmes de rechazo, amparados por la necesidad de comunicar su indignación. Pero aquí y ahora, los límites han llegado al punto del no regreso: los que mandan se imponen con mayor contundencia, y los que resisten ya no aguantan los golpes con actitud blandengue.
Así las cosas, tengo que decirlo, y sin rodeos. No me gusta la actitud prepotente del Gobernador Fortuño. Cada día me convence menos su imposición de criterios a fuerza de repetición vacía, intentando convencer al pueblo con verdades fofas e imbéciles. Tampoco celebro la hijeputada de René Pérez. La firme resistencia al mangoneo politiquero de rigor debe combatirse con armas mucho más contundentes que una mala palabra simpática, dicha al gallinero para buscar el aplauso.
Pero más que el malestar que me causan estos dos ejemplares, me preocupa la actitud colectiva, disidente o simpatizante de uno u otro bando. La hostilidad marcada, el insulto fácil, la descortesía burda, el desafío contumaz, todos trepan por las paredes de nuestra casa común, instalándose en esquinas amplias y oscuras, esperando atacar a la menor provocación. El niño reta a la madre con la mirada encendida, la señora acelera y habla sin que le importe torta, el policía amedrenta con multa y macanazo a la primera, la senadora se cuelga del tubo con la voluntad del pueblo. Mientras tanto otros y otras siguen abajo --por vejez, pobreza, sexualidad o mala suerte-- porque, cruz y raya, en este baile no les toca.
Las líneas que se rebasaron esta semana, de uno y otro lado, serán difíciles de restaurar. Los ejemplos representados por los líderes de opinión preocupan e incomodan. ¿Y qué hacemos entonces? Reclamar el respeto. Rescatarlo e implantarlo como norma, sin excepción, para todos y todas: los que gobiernan, los que resisten, los que opinan y los que observan.
Es lo único que nos queda. No lo perdamos.
Ralph Waldo Emerson
En estos días, están de moda disidentes y simpatizantes. Por una parte, los que apoyan el movimiento civil en repudio a las acciones del gobierno de turno, celebran el triunfo de una masiva convocatoria a la marcha del pasado jueves. Por otra, los que defienden el comportamiento del Gobernador y su equipo de trabajo, obviamente continúan su esfuerzo de convencer al pueblo sobre la autenticidad de sus acciones.
Ubicarse a un lado o al otro es un ejercicio válido, fundamentado en la garantía constitucional de la libertad y (se supone que también) obligado por las convicciones profundas de una ciudadanía consciente. Por tanto, disentir o simpatizar, según el tema, debería hacerse en un marco de civilidad, gallardía e inteligencia, demostradas tanto en los hechos como en las palabras.
Eso ocurriría, claro está, en un mundo ideal, donde todos conociéramos y practicáramos constantemente el respeto hacia los valores más profundos de una sociedad completa. Sin embargo –y esto lo digo con sobrada lástima—en este país cada vez se nos hace más difícil inclinarnos hacia un lado o al otro de la balanza. No sé si es que la pasión se nos desborda al punto de la efervescencia ciega, o es que nos tiramos pa'l monte más rápido de lo que se supone: lo cierto es que, cuando observo y escucho comentarios de una y otra parte sobre aquel, éste o el otro asunto, me quedo tonto ante la evidente imposición del criterio que no ceja, la idea que se impone, la voluntad que no doblega.
No soy analista político ni me interesa. Sólo soy un ciudadano particular que, por razón de mi trabajo, estoy medianamente al tanto de los asuntos cotidianos. Pero hasta un ciego puede ver que, en los últimos tiempos, las acciones del gobierno actual se acercan a niveles insospechados de profunda estupidez. A lo mejor sus intenciones son tan ciertas como las letanías del desmadre: “es inevitable”, “es doloroso”, “es la medida para salvar al país del desastre”.
Tampoco soy disidente rabioso; no es mi estilo. Más que blanco o negro, paseo por el gris, quizás cómodo, tal vez seguro. Por eso, observar la disidencia me cautiva, al comprender que es el balance justo para contrarrestar la otra parte –generalmente arrolladora y hostil, aún en su discurso oficial. No obstante, me aterra pensar que los límites del ciudadano común –ora tirando huevos con mala puntería, ora diciendo palabrotas en espectáculos televisivos—haya cruzado líneas imborrables que desencajan por completo a la autoridad.
De ambos lados, no hay duda, se ha faltado el respeto.
Históricamente, los gobernantes –de todos los colores y partidos—se han despachado con la cuchara grande, atribuyéndose poderes que emborrachan y trastocando mandatos conferidos por el voto del pueblo. De igual forma, el pueblo se ha volcado muchas veces en contra del abuso de poder, con expresiones firmes de rechazo, amparados por la necesidad de comunicar su indignación. Pero aquí y ahora, los límites han llegado al punto del no regreso: los que mandan se imponen con mayor contundencia, y los que resisten ya no aguantan los golpes con actitud blandengue.
Así las cosas, tengo que decirlo, y sin rodeos. No me gusta la actitud prepotente del Gobernador Fortuño. Cada día me convence menos su imposición de criterios a fuerza de repetición vacía, intentando convencer al pueblo con verdades fofas e imbéciles. Tampoco celebro la hijeputada de René Pérez. La firme resistencia al mangoneo politiquero de rigor debe combatirse con armas mucho más contundentes que una mala palabra simpática, dicha al gallinero para buscar el aplauso.
Pero más que el malestar que me causan estos dos ejemplares, me preocupa la actitud colectiva, disidente o simpatizante de uno u otro bando. La hostilidad marcada, el insulto fácil, la descortesía burda, el desafío contumaz, todos trepan por las paredes de nuestra casa común, instalándose en esquinas amplias y oscuras, esperando atacar a la menor provocación. El niño reta a la madre con la mirada encendida, la señora acelera y habla sin que le importe torta, el policía amedrenta con multa y macanazo a la primera, la senadora se cuelga del tubo con la voluntad del pueblo. Mientras tanto otros y otras siguen abajo --por vejez, pobreza, sexualidad o mala suerte-- porque, cruz y raya, en este baile no les toca.
Las líneas que se rebasaron esta semana, de uno y otro lado, serán difíciles de restaurar. Los ejemplos representados por los líderes de opinión preocupan e incomodan. ¿Y qué hacemos entonces? Reclamar el respeto. Rescatarlo e implantarlo como norma, sin excepción, para todos y todas: los que gobiernan, los que resisten, los que opinan y los que observan.
Es lo único que nos queda. No lo perdamos.
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Gobernador Fortuño,
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