Hoy, por primera vez, escuché hablar a Carla Capalli.
Ella es ¿diseñadora? No, creo que la diseñadora será la hermana. No sé. En realidad, no sé mucho sobre ella. Sólo sé que se ha convertido en una celebridad por su particular defensa contra la crueldad hacia los animales de circo. En 2006, cuando trajeron uno de esos espectáculos en los que había osos polares, la mujer se “esnuó” para protestar, como símbolo de la injusticia a la que se someten tigres, osos y elefantes en cautiverio, puestos en un circo a hacer tonterías para que la gente aplauda.
Por supuesto, la mujer se convirtió en toda una celebridad. Incluso, es punto de referencia para amigos y amigas que emularían su gesta frente a la crisis económica que nos abate: “Si no me aumentan el sueldo, por mi madre me esnúo frente al Capitolio como Carla Capalli”. Bueno, en realidad, tengo algunos amigos locos. Y amigas también. Muchos se inspirarían en el asunto y pelarían pa'bajo, sin pena ninguna. Y sería algo difícil de mirar.
Pero hoy, en el programa de Rubén Sánchez, la escuché hablar por primera vez. Y me gustó. Me pareció dulce, simpática, con un lejano aire de Von Marie Méndez, la otrora actriz de telenovelas. En sus planteamientos –bueno, lo que pudo hablar mientras Rubén insistía, con su fastidioso estilo— Capalli dijo que ella estaría “semidesnuda o en ropa interior” ejecutando la protesta por la llegada del circo Ringling Brothers ¿o Barnum Bailey? No sé. En realidad, no sé mucho sobre circos. El asunto es que dijo que, para el 17 de febrero, repetirá la protesta anterior e invitó a la comunidad general a unirse a su reclamo.
Con candidez, Capalli respondió a las preguntas e, incluso, toreó muy bien el careo frente al productor del espectáculo, Josantonio Mellado, quien mencionó a la PETA y a las “grandes sumas de dinero” que se les paga a celebridades para que armen estos rollos. No creo que ése sea el móvil de la ¿protesta? No sé. En realidad, no sé mucho sobre lo que ocurrirá allí. Pero sí sé que el periodista Sánchez, al parecer deslumbrado por la simpatía y la innegable belleza de Capalli, insistió en saber si estaría semidesnuda o en ropa interior…
Y ahí se acabó la ¿entrevista? No sé. En realidad, no sé mucho de ese asunto. Lo que sí sé es que Carla se “esnúa”. Porque la que se desnuda es “La Maja” de Goya y Lucientes, famosa pintura del siglo XVIII que repasé muchas veces mirando libros de arte, en plena efervescencia erótica. Era la única forma legal y alcanzable de mirar lo prohibido: hojear un libro de historia del arte y estudiar las reproducciones de aquellas pinturas que presentaban pechos túrgidos, nalgas suntuosas y genitales perfectos, todo con curiosidad juvenil, absorta, inenarrable.
Cuando rebusco para saber un poco más acerca de Carla Capalli en la Internet, sólo hay noticias viejas. Se menciona la protesta del 2005, alguna que otra nota débil que la deja en el mismo vacío existencial hasta que la aparean con el autor de aquella salvajada de los perros en el Puente del Indio, cuya notoriedad pasó a mejor vida –igual que los cadáveres que ya fueron olvidados. En este país, desafortunadamente, escándalos de esta naturaleza se diluyen en el fragor de las luchas políticas. Pensé que descansaríamos de ese rollo por algún tiempo pero, por desgracia, el leque-leque politiquero sigue y no para. Pero Carla insiste: ella quiere evitar, a toda costa, que los tigres y los elefantes entren a Puerto Rico, que las denuncias hechas por las autoridades se sepan, manejando con rigor estos espectáculos que –concurro absolutamente—no abonan en nada a presentar la realidad del mundo animal.
Y ella se esnúa. Por eso, en los comentarios sobre su inminente protesta del 17 de febrero, a Carla Capalli le llaman “loca”.
En mi vida he ido a dos espectáculos de circo, cuando era niño. De uno me acuerdo porque era tan tecato que el famoso acto de la cuerda floja estaba a dos pies del piso. Del otro, que vi en el coliseo de Ponce, sólo recuerdo que me habían sacado una muela y que, aún así, comí “pop corn” mientras había tres pistas en las que pasaban cosas que, de tan tontas, olvidé para siempre. Excepto que el elefante, luego de concluir su presentación, decidió regalarle a la audiencia sus hermoso despliegue de plastas fecales mientras hacía mutis por el foro. ¿Protesta? No sé. No entiendo mucho de elefantes.
Sigo sin saber mucho sobre Carla Capalli. Sólo sé que me pareció una persona muy honesta, que se describió a sí misma como “hopelessly optimistic” al concluir la entrevista con Rubén que, cierto o no, acudirá a mirarla, de seguro.
Si Carla decide protestar, a su manera, por la defensa de los animales –sean o no de circo—pues conmigo no hay problema. Ahora, un gran problema sería que, a esa protesta genuina y sincera se uniera Noelia, la ¿artista? No sé. En realidad, no sé mucho de Noelia. Sólo sé que también se “esnúa” y que también le llaman “loca”…
Pero ésa es otra historia.
viernes, 30 de enero de 2009
Esnúa
Etiquetas:
Carla Capalli,
circo,
lección de vida,
Noelia,
protesta por animales,
vida a los cuarenta
domingo, 18 de enero de 2009
Mira, gordo
Cuando leí los detalles publicados sobre la pasión y muerte de Carlos Collazo De Jesús, “El Colla”, tuve que reírme. No de él, que no lo merecía, sino por la ignorancia. “El Colla” descansa en paz después de sufrir una larga serie de complicaciones producidas por su condición de obesidad mórbida y, además, el menosprecio de autoridades, instituciones y personas comunes que le rechazaron abiertamente o con el disimulo propio del eufemismo boricua.
Sin embargo, la risa tristona me duró poco. Cuando escuché el relato de su madre Teresa, sentí que la reivindicación del gordo infeliz –una especie abundante en nuestro entorno—estaba cerca. Esta señora humilde hablaba con la entereza de una mujer valiente, denunciando las terribles circunstancias a las que se enfrentaron ella y su familia durante la angustiosa agonía de su hijo. En su relato, doña Teresa reclamaba un trato sensible hacia las personas obesas en todos los renglones de vida porque, según sus sabias palabras, “los obesos también son seres humanos”.
Con la muerte de “El Colla” no terminaron las burlas. Hasta el mismo momento de su descenso al sepulcro se convirtió en comidilla para el comentario mordaz y la burlita imbécil. Delante de curiosos que apuntaban sus camaritas indiscretas para grabar con morbo la escena, desafiando el perímetro establecido por la Policía, los restos mortales del infortunado sufrieron la peor humillación. Cediendo ante el peso, las sogas que levantaban el enorme féretro se partieron, y el cadáver de “El Colla” cayó sentado en la fosa donde sería enterrado. Entonces, la fuerza que antes había demostrado doña Teresa se desplomó junto con el cuerpo inánime de su hijo. Los medios presentes tomaron nota del suceso y de las risitas de los presentes.
Y yo también me reí, al recordar un momento que había olvidado por completo.
En mis tiempos de universidad, tenía una compañera que se llamaba Madeleine. Era flaca, más o menos graciosita y, por deporte absoluto, le gustaba mofarse de todo cuanto se moviera. En aquellos años de múltiples complejos adolescentes, ser amigo de Madeleine era una garantía para evitar las burlas que repartía a diario desde una de las mesas de la cafetería, su “lugar de estudio”. Tomábamos juntos la última clase –un curso de inglés—y luego caminábamos hasta la salida de la universidad donde ella buscaba su carro y yo me apostaba en la parada a esperar mi guagua. En el trayecto, Madeleine se regodeaba en criticar a lengua suelta cualquier cosa: el seseo de la profesora de español, el pañuelo sucio del empleado de la cafetería, el bozo oscuro de la bibliotecaria… Yo, de tonto, le reía las gracias, confiado en que, estando a su lado me libraría de sus crueldades.
Hasta que un día faltó a clases. Como no la había visto en todo el día, me despreocupé de ella, y continué mi rutina académica hasta que, ya en la tarde, emprendí camino hasta la parada de guaguas. Enfrascado en mis pensamientos iba yo, cuando escuché unas risas lejanas, a las que no presté mucha atención. Entonces, a lo lejos, reconocí un vozarrón risueño. “¡MIRAAAAAAAAAA, GORDOOOOOOOOOOOOO!”. Era Madeleine, y me llamaba a mí.
Por supuesto, no estaba sola: se hacía acompañar de sus amigos y amigas que, al igual que yo, le hacían coro para evitar sus trampas burlonas. Al escuchar el alarido, el grupete estalló en carcajadas al confirmar que aquel grito provocó que yo volteara la cabeza, reconociéndome como el receptor del adjetivo cruel. A lo lejos, Madeleine gritó no sé cuántas cosas sobre los pormenores de la clase a la que había faltado por gusto. Me zafé como pude tan rápido como pude, loco por alejarme de su vista y de sus burlas.
Muchos años más tarde, volví a ver a Madeleine mientras compraba en una farmacia de Ponce. Ya no era graciosita: su aspecto descuidado la acercaba peligrosamente a la desgracia. Aunque había aumentado como ochenta libras, insistía en vestirse como en sus años menos crueles, derramándose en un atuendo que, en realidad, era un atentado. La vida se había burlado de ella. Y yo, mirándola de lejos, esquivé su presencia y dejé que se marchara.
Por eso, cuando repaso la historia de “El Colla” y su triste final, me río y me alegro. Porque sé que ahora, en espíritu, Carlos Collazo De Jesús vuela libre por la eternidad, sin la atadura de su cuerpo pesado. Y estoy seguro de que, si se encontrara con mi ex amiga Madeleine, quizás tendría más valor que yo y le haría el frente, sonriéndole. Quizás hasta le soplaría unos cuantos números pa’ que jugara al Pega Tres, a ver si cree en los angelitos.
Sin embargo, la risa tristona me duró poco. Cuando escuché el relato de su madre Teresa, sentí que la reivindicación del gordo infeliz –una especie abundante en nuestro entorno—estaba cerca. Esta señora humilde hablaba con la entereza de una mujer valiente, denunciando las terribles circunstancias a las que se enfrentaron ella y su familia durante la angustiosa agonía de su hijo. En su relato, doña Teresa reclamaba un trato sensible hacia las personas obesas en todos los renglones de vida porque, según sus sabias palabras, “los obesos también son seres humanos”.
Con la muerte de “El Colla” no terminaron las burlas. Hasta el mismo momento de su descenso al sepulcro se convirtió en comidilla para el comentario mordaz y la burlita imbécil. Delante de curiosos que apuntaban sus camaritas indiscretas para grabar con morbo la escena, desafiando el perímetro establecido por la Policía, los restos mortales del infortunado sufrieron la peor humillación. Cediendo ante el peso, las sogas que levantaban el enorme féretro se partieron, y el cadáver de “El Colla” cayó sentado en la fosa donde sería enterrado. Entonces, la fuerza que antes había demostrado doña Teresa se desplomó junto con el cuerpo inánime de su hijo. Los medios presentes tomaron nota del suceso y de las risitas de los presentes.
Y yo también me reí, al recordar un momento que había olvidado por completo.
En mis tiempos de universidad, tenía una compañera que se llamaba Madeleine. Era flaca, más o menos graciosita y, por deporte absoluto, le gustaba mofarse de todo cuanto se moviera. En aquellos años de múltiples complejos adolescentes, ser amigo de Madeleine era una garantía para evitar las burlas que repartía a diario desde una de las mesas de la cafetería, su “lugar de estudio”. Tomábamos juntos la última clase –un curso de inglés—y luego caminábamos hasta la salida de la universidad donde ella buscaba su carro y yo me apostaba en la parada a esperar mi guagua. En el trayecto, Madeleine se regodeaba en criticar a lengua suelta cualquier cosa: el seseo de la profesora de español, el pañuelo sucio del empleado de la cafetería, el bozo oscuro de la bibliotecaria… Yo, de tonto, le reía las gracias, confiado en que, estando a su lado me libraría de sus crueldades.
Hasta que un día faltó a clases. Como no la había visto en todo el día, me despreocupé de ella, y continué mi rutina académica hasta que, ya en la tarde, emprendí camino hasta la parada de guaguas. Enfrascado en mis pensamientos iba yo, cuando escuché unas risas lejanas, a las que no presté mucha atención. Entonces, a lo lejos, reconocí un vozarrón risueño. “¡MIRAAAAAAAAAA, GORDOOOOOOOOOOOOO!”. Era Madeleine, y me llamaba a mí.
Por supuesto, no estaba sola: se hacía acompañar de sus amigos y amigas que, al igual que yo, le hacían coro para evitar sus trampas burlonas. Al escuchar el alarido, el grupete estalló en carcajadas al confirmar que aquel grito provocó que yo volteara la cabeza, reconociéndome como el receptor del adjetivo cruel. A lo lejos, Madeleine gritó no sé cuántas cosas sobre los pormenores de la clase a la que había faltado por gusto. Me zafé como pude tan rápido como pude, loco por alejarme de su vista y de sus burlas.
Muchos años más tarde, volví a ver a Madeleine mientras compraba en una farmacia de Ponce. Ya no era graciosita: su aspecto descuidado la acercaba peligrosamente a la desgracia. Aunque había aumentado como ochenta libras, insistía en vestirse como en sus años menos crueles, derramándose en un atuendo que, en realidad, era un atentado. La vida se había burlado de ella. Y yo, mirándola de lejos, esquivé su presencia y dejé que se marchara.
Por eso, cuando repaso la historia de “El Colla” y su triste final, me río y me alegro. Porque sé que ahora, en espíritu, Carlos Collazo De Jesús vuela libre por la eternidad, sin la atadura de su cuerpo pesado. Y estoy seguro de que, si se encontrara con mi ex amiga Madeleine, quizás tendría más valor que yo y le haría el frente, sonriéndole. Quizás hasta le soplaría unos cuantos números pa’ que jugara al Pega Tres, a ver si cree en los angelitos.
Etiquetas:
El Colla,
lección de vida,
ley del karma,
obesidad,
vida a los cuarenta
jueves, 15 de enero de 2009
Maestro Guionista
Nunca olvido el día en que inició mi vida cuarentosa. Y hoy lo recuerdo como si acabara de ocurrir.
Ese día se había planificado una actividad organizada por la Asociación Puertorriqueña de Guionistas y Dramaturgos (APGD) –bajo la presidencia de mi queridísima amiga Mirelsa Modestti y de la que fui secretario en la junta directiva—en el teatro municipal de Carolina. La intención de aquel sencillo evento era homenajear a cuatro importantes escritores y dramaturgos del país, en sintonía con la Semana Mundial de Autores Vivos.
Por la naturaleza del acontecimiento, cambié el festejo tradicional del cumpleaños familiar por el corre y corre de última hora. Aún cuando se trataba de una actividad sencilla, la expectativa era grande: esa noche se le otorgaba un reconocimiento al Gran Maestro de los Guionistas Boricuas. Era un hombre famoso, de chispa innegable y gran ingenio, que por años miró al mundo y escudriñó nuestra psique colectiva a través del cristal inmenso de sus emblemáticos espejuelos de marco negro.
Aunque su condición de salud empezaba a deteriorarse, la familia del homenajeado accedió al interés de la APGD en reconocer sus méritos. Con gran esmero y mucho respeto hacia su familia, se organizó la entrada al teatro de una manera discreta pero impactante. Luego de escuchar una extraordinaria semblanza leída por Beba García, que sirvió como preludio a la publicación de sus memorias, una de las puertas laterales del teatro se abrió para recibirle.
Al presentarlo ante la audiencia, todo el mundo se puso de pie y aplaudió con emoción. Allí estaba: un poco menos ágil y sin hablar, pero era el mismo que disfrutaba metiéndose en nuestra casa durante el almuerzo y la comida, mientras nosotros, frente al televisor, nos adentrábamos en la suya. Con aquel cálido aplauso con que la audiencia le recibió, provocamos una sonrisa en su rostro inconfundible. Y con ese aplauso le abrazamos, reclamándole como algo muy nuestro, porque lo es, sin duda. Nadie como él ha podido reflejar la vida de la clase media boricua, retratándola desde cada ángulo preciso y plasmándola en los libretos de sus comedias. Y nadie puede negar que se le moviera la risa con sus ocurrencias, hilvanadas con gran tino para construir miles de historias televisivas que hoy son parte del glorioso pasado televisivo de nuestro país.
Al enterarme de su fallecimiento, regresé en el recuerdo a aquella noche que cumplí cuarenta años. Y ahora que miro hacia atrás, sabiendo que ya no está con nosotros, me doy cuenta de que ése fue el mejor regalo que me hizo Mirelsa a mis cuarenta años. Tener la oportunidad de reconocer en vida al Maestro Guionista era una misión obligada que hoy recuerdo con dulce tristeza. Porque fue la única vez que pude verle en vida, y mirarle a los ojos. Porque reconozco que su inspiración vive en cada uno de los que hemos participado de esta aventura agridulce de escribir historias para la televisión. Y porque, inspirado en su legado, sigo el compromiso de enseñar a otros sobre este arte que él dominó con indudable maestría.
Don Tommy Muñiz: hoy le aplaudo de pie, como lo hice aquel día de mi cumpleaños.
Ese día se había planificado una actividad organizada por la Asociación Puertorriqueña de Guionistas y Dramaturgos (APGD) –bajo la presidencia de mi queridísima amiga Mirelsa Modestti y de la que fui secretario en la junta directiva—en el teatro municipal de Carolina. La intención de aquel sencillo evento era homenajear a cuatro importantes escritores y dramaturgos del país, en sintonía con la Semana Mundial de Autores Vivos.
Por la naturaleza del acontecimiento, cambié el festejo tradicional del cumpleaños familiar por el corre y corre de última hora. Aún cuando se trataba de una actividad sencilla, la expectativa era grande: esa noche se le otorgaba un reconocimiento al Gran Maestro de los Guionistas Boricuas. Era un hombre famoso, de chispa innegable y gran ingenio, que por años miró al mundo y escudriñó nuestra psique colectiva a través del cristal inmenso de sus emblemáticos espejuelos de marco negro.
Aunque su condición de salud empezaba a deteriorarse, la familia del homenajeado accedió al interés de la APGD en reconocer sus méritos. Con gran esmero y mucho respeto hacia su familia, se organizó la entrada al teatro de una manera discreta pero impactante. Luego de escuchar una extraordinaria semblanza leída por Beba García, que sirvió como preludio a la publicación de sus memorias, una de las puertas laterales del teatro se abrió para recibirle.
Al presentarlo ante la audiencia, todo el mundo se puso de pie y aplaudió con emoción. Allí estaba: un poco menos ágil y sin hablar, pero era el mismo que disfrutaba metiéndose en nuestra casa durante el almuerzo y la comida, mientras nosotros, frente al televisor, nos adentrábamos en la suya. Con aquel cálido aplauso con que la audiencia le recibió, provocamos una sonrisa en su rostro inconfundible. Y con ese aplauso le abrazamos, reclamándole como algo muy nuestro, porque lo es, sin duda. Nadie como él ha podido reflejar la vida de la clase media boricua, retratándola desde cada ángulo preciso y plasmándola en los libretos de sus comedias. Y nadie puede negar que se le moviera la risa con sus ocurrencias, hilvanadas con gran tino para construir miles de historias televisivas que hoy son parte del glorioso pasado televisivo de nuestro país.
Al enterarme de su fallecimiento, regresé en el recuerdo a aquella noche que cumplí cuarenta años. Y ahora que miro hacia atrás, sabiendo que ya no está con nosotros, me doy cuenta de que ése fue el mejor regalo que me hizo Mirelsa a mis cuarenta años. Tener la oportunidad de reconocer en vida al Maestro Guionista era una misión obligada que hoy recuerdo con dulce tristeza. Porque fue la única vez que pude verle en vida, y mirarle a los ojos. Porque reconozco que su inspiración vive en cada uno de los que hemos participado de esta aventura agridulce de escribir historias para la televisión. Y porque, inspirado en su legado, sigo el compromiso de enseñar a otros sobre este arte que él dominó con indudable maestría.
Don Tommy Muñiz: hoy le aplaudo de pie, como lo hice aquel día de mi cumpleaños.
martes, 6 de enero de 2009
Creer
No, no te engañé, mi niño: los Reyes Magos sí te trajeron un regalo.
Yo sé, y no llores. Sé que querías ese televisor grandote que te hace tanta ilusión. Esperabas una nueva computadora o, por lo menos, el aditamento ése que me dijiste que necesitabas. En tus sueños inocentes, imaginabas que los tres vecinos de Oriente por fin se acordaban de tu dirección, y te sorprendían con algún regalo que encendiera de nuevo la luz de tus ojos lindos. Pero no, no pasó. Y ahora me reclamas, con toda la razón.
Fue mi culpa, lo acepto. Pequé por decirte que sí, que aún cuando no escribieras la cartita ni buscaras la yerba, los tres magos sigilosos se escurrirían por las rendijas de tu casita fría y, al pie de tu cama, depositarían una montaña de regalos. Pero no fue con mala intención: quería entusiasmarte con la idea o, al menos, provocar en ti un deseo, una ilusión, una alegría como la que yo sentí cuando volví a creer.
Porque, mi querido niño, una vez me pasó lo mismo que a ti. Renegué de la magia y perdí las esperanzas. Esos Reyes son unos buenos estúpidos, pensaba yo. Nunca me hacen caso. Ojala y no vengan nunca más. Claro, estaba contaminado por la maldad: veía que los muy infelices visitaban las casas de todos, incluso las de aquellos que no merecen ni el saludo. Obvio es que, con ese tono resentido, cerré los ojos a toda esperanza y, en la mañana del seis de enero, miraba por la ventana, triste y desabrido, intentando explicar lo que aún no comprendía. Es que ellos y ellas, premiados por la bondad encarnada en esos tres idiotas, no eran el mejor ejemplo. Me constaba que decían mentiras, que tenían fama de malcriados y, para colmo, sacaban malas notas. Yo, en cambio, era un gordito bonachón, callado y obediente. Y solamente saqué C en matemáticas, en el tercer grado.
¿Por qué a ellos?, me preguntaba mil millones de veces. ¿Por qué a ellos y a mí no?
Sencillo: hay unos Reyes que van a las tiendas y compran los regalos caros con las tarjetas de crédito de los papás y las mamás. Esos Reyes compran por comprar, sin importar si el niño es un patán o la niña es una grosera. Les traen las bicicletas, las muñecas, los patines, los castillitos, los juegos electrónicos, en fin, todo lo que se les antoja. Ellos, los niños y las niñas, aparentan ser felices en esa mañana fría, ostentando sus trofeos y comparándolos con los de otros y otras que, como tú y yo, no tuvimos tanta suerte. Pero luego ocurre lo inexplicable: los regalos de esos nenitos malcriados y las nenazas boconas pierden el encanto a los pocos días. Esos juguetes que ahora se ven lustrosos y encantadores se convierten en puro desecho: un montón de plástico inútil, una pila de tuercas mohosas o una ristra de cartones mojados.
Pero los Reyes Magos que visitan nuestras casas, mi niño, no son de los que van al “mall” en carro, hacen largas filas y resoplan con las facturas a fin de mes. Esos divinos magos son los que siguieron la estrella y adoraron al Dios hecho un niño bueno como lo eres tú. Son los que te reconocen y te dan un beso después de llegar de noche con gran cautela. Son los que, mientras duermes, escuchan el cantar de tu corazón herido y, con un soplito leve, te devuelven la alegría. Son los que leen tu cartita de ilusiones, ésa que nunca escribiste, y transforman tus deseos más recónditos en realidades maravillosas.
Yo sé, y me lo dirás: pero es que yo quería… Sí, y todos queremos. Para mí he pedido objetos –unos que necesito y otros que tal vez suenen a capricho. Y te confieso: esta mañana tampoco encontré un regalo grande que me provocara el susto alegre de este día feliz. Sin embargo, me quedé tranquilo, aún cuando bajo la cama sólo había una triste motita de polvo abandonada en la oscuridad. Aún así sonreí, complacido.
Porque lo que he pedido llegó a mi corazón: una sensación profunda que me ayuda a comprender que lo que ahora quiero –incluso los objetos necesarios y los caprichos— no viene de inmediato. Todo llega en el momento preciso, cuando estoy listo para cerrar los ojos, estirar los brazos y saber que todo está delante de mí, entregado por esos buenos sabios que han escuchado mis peticiones.
Quizá mis palabras ahora no te conformen. Me vas a reprochar, y lo espero; te conozco. Pero te acordarás de mí cuando crezcas y comprendas que esta noche recibiste el regalo más hermoso que jamás soñaste. Uno que nunca pierde el lustre porque es eterno, único y maravilloso, y que los Santos Reyes Magos escogieron especialmente para ti. Es el Universo entero que te colma de alegría, amor, salud, abundancia y bienestar.
Sólo tienes que creer, mi niño. Inténtalo.
Yo sé, y no llores. Sé que querías ese televisor grandote que te hace tanta ilusión. Esperabas una nueva computadora o, por lo menos, el aditamento ése que me dijiste que necesitabas. En tus sueños inocentes, imaginabas que los tres vecinos de Oriente por fin se acordaban de tu dirección, y te sorprendían con algún regalo que encendiera de nuevo la luz de tus ojos lindos. Pero no, no pasó. Y ahora me reclamas, con toda la razón.
Fue mi culpa, lo acepto. Pequé por decirte que sí, que aún cuando no escribieras la cartita ni buscaras la yerba, los tres magos sigilosos se escurrirían por las rendijas de tu casita fría y, al pie de tu cama, depositarían una montaña de regalos. Pero no fue con mala intención: quería entusiasmarte con la idea o, al menos, provocar en ti un deseo, una ilusión, una alegría como la que yo sentí cuando volví a creer.
Porque, mi querido niño, una vez me pasó lo mismo que a ti. Renegué de la magia y perdí las esperanzas. Esos Reyes son unos buenos estúpidos, pensaba yo. Nunca me hacen caso. Ojala y no vengan nunca más. Claro, estaba contaminado por la maldad: veía que los muy infelices visitaban las casas de todos, incluso las de aquellos que no merecen ni el saludo. Obvio es que, con ese tono resentido, cerré los ojos a toda esperanza y, en la mañana del seis de enero, miraba por la ventana, triste y desabrido, intentando explicar lo que aún no comprendía. Es que ellos y ellas, premiados por la bondad encarnada en esos tres idiotas, no eran el mejor ejemplo. Me constaba que decían mentiras, que tenían fama de malcriados y, para colmo, sacaban malas notas. Yo, en cambio, era un gordito bonachón, callado y obediente. Y solamente saqué C en matemáticas, en el tercer grado.
¿Por qué a ellos?, me preguntaba mil millones de veces. ¿Por qué a ellos y a mí no?
Sencillo: hay unos Reyes que van a las tiendas y compran los regalos caros con las tarjetas de crédito de los papás y las mamás. Esos Reyes compran por comprar, sin importar si el niño es un patán o la niña es una grosera. Les traen las bicicletas, las muñecas, los patines, los castillitos, los juegos electrónicos, en fin, todo lo que se les antoja. Ellos, los niños y las niñas, aparentan ser felices en esa mañana fría, ostentando sus trofeos y comparándolos con los de otros y otras que, como tú y yo, no tuvimos tanta suerte. Pero luego ocurre lo inexplicable: los regalos de esos nenitos malcriados y las nenazas boconas pierden el encanto a los pocos días. Esos juguetes que ahora se ven lustrosos y encantadores se convierten en puro desecho: un montón de plástico inútil, una pila de tuercas mohosas o una ristra de cartones mojados.
Pero los Reyes Magos que visitan nuestras casas, mi niño, no son de los que van al “mall” en carro, hacen largas filas y resoplan con las facturas a fin de mes. Esos divinos magos son los que siguieron la estrella y adoraron al Dios hecho un niño bueno como lo eres tú. Son los que te reconocen y te dan un beso después de llegar de noche con gran cautela. Son los que, mientras duermes, escuchan el cantar de tu corazón herido y, con un soplito leve, te devuelven la alegría. Son los que leen tu cartita de ilusiones, ésa que nunca escribiste, y transforman tus deseos más recónditos en realidades maravillosas.
Yo sé, y me lo dirás: pero es que yo quería… Sí, y todos queremos. Para mí he pedido objetos –unos que necesito y otros que tal vez suenen a capricho. Y te confieso: esta mañana tampoco encontré un regalo grande que me provocara el susto alegre de este día feliz. Sin embargo, me quedé tranquilo, aún cuando bajo la cama sólo había una triste motita de polvo abandonada en la oscuridad. Aún así sonreí, complacido.
Porque lo que he pedido llegó a mi corazón: una sensación profunda que me ayuda a comprender que lo que ahora quiero –incluso los objetos necesarios y los caprichos— no viene de inmediato. Todo llega en el momento preciso, cuando estoy listo para cerrar los ojos, estirar los brazos y saber que todo está delante de mí, entregado por esos buenos sabios que han escuchado mis peticiones.
Quizá mis palabras ahora no te conformen. Me vas a reprochar, y lo espero; te conozco. Pero te acordarás de mí cuando crezcas y comprendas que esta noche recibiste el regalo más hermoso que jamás soñaste. Uno que nunca pierde el lustre porque es eterno, único y maravilloso, y que los Santos Reyes Magos escogieron especialmente para ti. Es el Universo entero que te colma de alegría, amor, salud, abundancia y bienestar.
Sólo tienes que creer, mi niño. Inténtalo.
Etiquetas:
creer,
lección de vida,
los regalos del Universo,
Los Reyes Magos
jueves, 1 de enero de 2009
Futuro
No quiero decir que fue culpa de mis padres, al regalarme por navidad un reloj de Mickey Mouse, cuyas manos se cruzaban de formas increíbles para dar la hora. Sin embargo hoy me he dado cuenta que sentía obsesión por el futuro: siempre he estado pendiente a la hora, quizás con la expectativa de lo que va a pasar.
Como si tuviera una necesidad imperiosa, vivía esperando por el próximo minuto y, para colmo, curioso por saber qué ocurriría después. En ese afán, admito que cualquier tontería que me ayudara a saber lo que se ocultaba tras el misterioso velo del futuro me llamaba la atención. No había clarividente, astrólogo o charlatán que yo no escuchara; en mi ignorancia, estaba seguro de que esos adivinos a sueldo podían predecir el curso de mi vida (siempre y cuando les comprara las adivinanzas).
El otro día, sin embargo, tuve un choque con el futuro de la manera más curiosa. Resulta que Mayra y yo visitábamos a una amiga mutua que nos acogió en su casa, compartiendo lo poco y lo mucho con su gran ternura. Mientras conversábamos de todos los temas, rodeados por los olores navideños y el delicioso calor humano, el televisor permanecía encendido en el noticiero de las cinco. De vez en cuando, nuestra conversación se detenía para observar el reporte de los acontecimientos que queremos ignorar: asesinatos, suicidios, robos y otras noticias alegres.
Así nos mantuvimos por un rato, intercambiando anécdotas, hasta que de pronto una imagen televisiva captó mi atención. En la pantalla, aparecía una señora desdentada y con unos espejuelos muy grandes, mostrando a cámara el efecto nefasto de la artritis reumatoide. Mientras explicaba que su condición la había dejado ciega de un ojo, la mujer encamada recibía las atenciones de una frágil doñita que, según nos enteramos más tarde, tenía noventa años.
Mi silencio provocó la atención de todos. Entonces, las imágenes del pasado, integradas al reportaje, me golpearon sin misericordia, revelando la identidad de aquella dama venida a menos. Era la otrora famosa vedette Rosita Rodríguez, conocida en el ambiente artístico como “Alfileritos” (en honor al éxito musical que popularizó en los años setenta).
De pronto, se me agolparon los recuerdos: me vi en la casa de Guayama, mirando mi relojito de Mickey Mouse mientras pasaba el “Show del Mediodía” de WAPA-TV Canal 4. Aquella misma mujer cantaba su famoso número, bailando como si estuviera electrificada, y me daba risa. Luego, con el paso de los años y la carrera, tuve la oportunidad de escribir una comedia malísima que transmitían por Telemundo, en la que Rosita trabajó como actriz. Siempre recuerdo que era muy amable y simpática, y también me hacía reír, pero con sus ocurrencias y su buen humor.
En el reportaje, aquella mujer apagada trataba de no sonar demasiado patética. Aún desde la cama, Rosita pedía con humildad que alguien la ayudara a ella y a su mamá para que les cocinara y que les hiciera compañía. Y pedía a sus antiguos compañeros de gloria que la llamaran, que no la dejaran sola, que en esos momentos hacía falta compartir y recordar. Aunque no lo dijo, era evidente su entrelínea: recordar el pasado podría servirle para no pensar en la pesada carga de un futuro incierto y triste por demás.
Miré el reloj. Eran las seis menos veinte de la tarde. Apenas faltarían unas horas para que culminara el año. Por unos instantes, conversamos sobre las imágenes hasta que el tema pasó a otra cosa. Más adelante, cada quien se despidió, con la promesa de bienandanzas para el nuevo año. Llevé a Mayra de vuelta a su casa y concluyó la velada. Sin embargo, mientras manejaba de regreso a mi hogar, las imágenes de aquella pobre mujer se repetían en mi recuerdo.
Miré el reloj de nuevo y, de repente, me lo arranqué de la muñeca. Respiré hondo y decidí no pensar más, concentrándome en el presente: los ruidos de la calle, las risas de los chicos que juegan, el sonido del agua que cae de la fuente y mi propia respiración, tranquila y serena, mientras envío luz a Rosita y a todas esas personas que hoy viven el futuro que nunca pensaron tener.
Ése es el mejor deseo que puedo pedir para todos y todas, incluyéndome: aprendamos a vivir en el ahora, conscientes de que somos dueños de este instante y no preocuparnos demasiado por lo que aún no ha llegado. Precisamente ahora es que somos capaces de agradecer, de amar, de sentir y de apreciar lo que nos rodea.
Vivir con intensidad cada momento nos acerca a la plenitud y a la alegría de vivir con esperanza para que, si llegara el futuro, sea uno de bendición.
Que este año sea, pues, de muchos presentes maravillosos. ¡Feliz 2009!
Como si tuviera una necesidad imperiosa, vivía esperando por el próximo minuto y, para colmo, curioso por saber qué ocurriría después. En ese afán, admito que cualquier tontería que me ayudara a saber lo que se ocultaba tras el misterioso velo del futuro me llamaba la atención. No había clarividente, astrólogo o charlatán que yo no escuchara; en mi ignorancia, estaba seguro de que esos adivinos a sueldo podían predecir el curso de mi vida (siempre y cuando les comprara las adivinanzas).
El otro día, sin embargo, tuve un choque con el futuro de la manera más curiosa. Resulta que Mayra y yo visitábamos a una amiga mutua que nos acogió en su casa, compartiendo lo poco y lo mucho con su gran ternura. Mientras conversábamos de todos los temas, rodeados por los olores navideños y el delicioso calor humano, el televisor permanecía encendido en el noticiero de las cinco. De vez en cuando, nuestra conversación se detenía para observar el reporte de los acontecimientos que queremos ignorar: asesinatos, suicidios, robos y otras noticias alegres.
Así nos mantuvimos por un rato, intercambiando anécdotas, hasta que de pronto una imagen televisiva captó mi atención. En la pantalla, aparecía una señora desdentada y con unos espejuelos muy grandes, mostrando a cámara el efecto nefasto de la artritis reumatoide. Mientras explicaba que su condición la había dejado ciega de un ojo, la mujer encamada recibía las atenciones de una frágil doñita que, según nos enteramos más tarde, tenía noventa años.
Mi silencio provocó la atención de todos. Entonces, las imágenes del pasado, integradas al reportaje, me golpearon sin misericordia, revelando la identidad de aquella dama venida a menos. Era la otrora famosa vedette Rosita Rodríguez, conocida en el ambiente artístico como “Alfileritos” (en honor al éxito musical que popularizó en los años setenta).
De pronto, se me agolparon los recuerdos: me vi en la casa de Guayama, mirando mi relojito de Mickey Mouse mientras pasaba el “Show del Mediodía” de WAPA-TV Canal 4. Aquella misma mujer cantaba su famoso número, bailando como si estuviera electrificada, y me daba risa. Luego, con el paso de los años y la carrera, tuve la oportunidad de escribir una comedia malísima que transmitían por Telemundo, en la que Rosita trabajó como actriz. Siempre recuerdo que era muy amable y simpática, y también me hacía reír, pero con sus ocurrencias y su buen humor.
En el reportaje, aquella mujer apagada trataba de no sonar demasiado patética. Aún desde la cama, Rosita pedía con humildad que alguien la ayudara a ella y a su mamá para que les cocinara y que les hiciera compañía. Y pedía a sus antiguos compañeros de gloria que la llamaran, que no la dejaran sola, que en esos momentos hacía falta compartir y recordar. Aunque no lo dijo, era evidente su entrelínea: recordar el pasado podría servirle para no pensar en la pesada carga de un futuro incierto y triste por demás.
Miré el reloj. Eran las seis menos veinte de la tarde. Apenas faltarían unas horas para que culminara el año. Por unos instantes, conversamos sobre las imágenes hasta que el tema pasó a otra cosa. Más adelante, cada quien se despidió, con la promesa de bienandanzas para el nuevo año. Llevé a Mayra de vuelta a su casa y concluyó la velada. Sin embargo, mientras manejaba de regreso a mi hogar, las imágenes de aquella pobre mujer se repetían en mi recuerdo.
Miré el reloj de nuevo y, de repente, me lo arranqué de la muñeca. Respiré hondo y decidí no pensar más, concentrándome en el presente: los ruidos de la calle, las risas de los chicos que juegan, el sonido del agua que cae de la fuente y mi propia respiración, tranquila y serena, mientras envío luz a Rosita y a todas esas personas que hoy viven el futuro que nunca pensaron tener.
Ése es el mejor deseo que puedo pedir para todos y todas, incluyéndome: aprendamos a vivir en el ahora, conscientes de que somos dueños de este instante y no preocuparnos demasiado por lo que aún no ha llegado. Precisamente ahora es que somos capaces de agradecer, de amar, de sentir y de apreciar lo que nos rodea.
Vivir con intensidad cada momento nos acerca a la plenitud y a la alegría de vivir con esperanza para que, si llegara el futuro, sea uno de bendición.
Que este año sea, pues, de muchos presentes maravillosos. ¡Feliz 2009!
Etiquetas:
futuro,
lección de vida,
Rosita Rodríguez
Suscribirse a:
Entradas (Atom)