martes, 6 de enero de 2009

Creer

No, no te engañé, mi niño: los Reyes Magos sí te trajeron un regalo.

Yo sé, y no llores. Sé que querías ese televisor grandote que te hace tanta ilusión. Esperabas una nueva computadora o, por lo menos, el aditamento ése que me dijiste que necesitabas. En tus sueños inocentes, imaginabas que los tres vecinos de Oriente por fin se acordaban de tu dirección, y te sorprendían con algún regalo que encendiera de nuevo la luz de tus ojos lindos. Pero no, no pasó. Y ahora me reclamas, con toda la razón.

Fue mi culpa, lo acepto. Pequé por decirte que sí, que aún cuando no escribieras la cartita ni buscaras la yerba, los tres magos sigilosos se escurrirían por las rendijas de tu casita fría y, al pie de tu cama, depositarían una montaña de regalos. Pero no fue con mala intención: quería entusiasmarte con la idea o, al menos, provocar en ti un deseo, una ilusión, una alegría como la que yo sentí cuando volví a creer.

Porque, mi querido niño, una vez me pasó lo mismo que a ti. Renegué de la magia y perdí las esperanzas. Esos Reyes son unos buenos estúpidos, pensaba yo. Nunca me hacen caso. Ojala y no vengan nunca más. Claro, estaba contaminado por la maldad: veía que los muy infelices visitaban las casas de todos, incluso las de aquellos que no merecen ni el saludo. Obvio es que, con ese tono resentido, cerré los ojos a toda esperanza y, en la mañana del seis de enero, miraba por la ventana, triste y desabrido, intentando explicar lo que aún no comprendía. Es que ellos y ellas, premiados por la bondad encarnada en esos tres idiotas, no eran el mejor ejemplo. Me constaba que decían mentiras, que tenían fama de malcriados y, para colmo, sacaban malas notas. Yo, en cambio, era un gordito bonachón, callado y obediente. Y solamente saqué C en matemáticas, en el tercer grado.

¿Por qué a ellos?, me preguntaba mil millones de veces. ¿Por qué a ellos y a mí no?

Sencillo: hay unos Reyes que van a las tiendas y compran los regalos caros con las tarjetas de crédito de los papás y las mamás. Esos Reyes compran por comprar, sin importar si el niño es un patán o la niña es una grosera. Les traen las bicicletas, las muñecas, los patines, los castillitos, los juegos electrónicos, en fin, todo lo que se les antoja. Ellos, los niños y las niñas, aparentan ser felices en esa mañana fría, ostentando sus trofeos y comparándolos con los de otros y otras que, como tú y yo, no tuvimos tanta suerte. Pero luego ocurre lo inexplicable: los regalos de esos nenitos malcriados y las nenazas boconas pierden el encanto a los pocos días. Esos juguetes que ahora se ven lustrosos y encantadores se convierten en puro desecho: un montón de plástico inútil, una pila de tuercas mohosas o una ristra de cartones mojados.

Pero los Reyes Magos que visitan nuestras casas, mi niño, no son de los que van al “mall” en carro, hacen largas filas y resoplan con las facturas a fin de mes. Esos divinos magos son los que siguieron la estrella y adoraron al Dios hecho un niño bueno como lo eres tú. Son los que te reconocen y te dan un beso después de llegar de noche con gran cautela. Son los que, mientras duermes, escuchan el cantar de tu corazón herido y, con un soplito leve, te devuelven la alegría. Son los que leen tu cartita de ilusiones, ésa que nunca escribiste, y transforman tus deseos más recónditos en realidades maravillosas.

Yo sé, y me lo dirás: pero es que yo quería… Sí, y todos queremos. Para mí he pedido objetos –unos que necesito y otros que tal vez suenen a capricho. Y te confieso: esta mañana tampoco encontré un regalo grande que me provocara el susto alegre de este día feliz. Sin embargo, me quedé tranquilo, aún cuando bajo la cama sólo había una triste motita de polvo abandonada en la oscuridad. Aún así sonreí, complacido.

Porque lo que he pedido llegó a mi corazón: una sensación profunda que me ayuda a comprender que lo que ahora quiero –incluso los objetos necesarios y los caprichos— no viene de inmediato. Todo llega en el momento preciso, cuando estoy listo para cerrar los ojos, estirar los brazos y saber que todo está delante de mí, entregado por esos buenos sabios que han escuchado mis peticiones.

Quizá mis palabras ahora no te conformen. Me vas a reprochar, y lo espero; te conozco. Pero te acordarás de mí cuando crezcas y comprendas que esta noche recibiste el regalo más hermoso que jamás soñaste. Uno que nunca pierde el lustre porque es eterno, único y maravilloso, y que los Santos Reyes Magos escogieron especialmente para ti. Es el Universo entero que te colma de alegría, amor, salud, abundancia y bienestar.

Sólo tienes que creer, mi niño. Inténtalo.

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