jueves, 15 de enero de 2009

Maestro Guionista

Nunca olvido el día en que inició mi vida cuarentosa. Y hoy lo recuerdo como si acabara de ocurrir.

Ese día se había planificado una actividad organizada por la Asociación Puertorriqueña de Guionistas y Dramaturgos (APGD) –bajo la presidencia de mi queridísima amiga Mirelsa Modestti y de la que fui secretario en la junta directiva—en el teatro municipal de Carolina. La intención de aquel sencillo evento era homenajear a cuatro importantes escritores y dramaturgos del país, en sintonía con la Semana Mundial de Autores Vivos.

Por la naturaleza del acontecimiento, cambié el festejo tradicional del cumpleaños familiar por el corre y corre de última hora. Aún cuando se trataba de una actividad sencilla, la expectativa era grande: esa noche se le otorgaba un reconocimiento al Gran Maestro de los Guionistas Boricuas. Era un hombre famoso, de chispa innegable y gran ingenio, que por años miró al mundo y escudriñó nuestra psique colectiva a través del cristal inmenso de sus emblemáticos espejuelos de marco negro.

Aunque su condición de salud empezaba a deteriorarse, la familia del homenajeado accedió al interés de la APGD en reconocer sus méritos. Con gran esmero y mucho respeto hacia su familia, se organizó la entrada al teatro de una manera discreta pero impactante. Luego de escuchar una extraordinaria semblanza leída por Beba García, que sirvió como preludio a la publicación de sus memorias, una de las puertas laterales del teatro se abrió para recibirle.

Al presentarlo ante la audiencia, todo el mundo se puso de pie y aplaudió con emoción. Allí estaba: un poco menos ágil y sin hablar, pero era el mismo que disfrutaba metiéndose en nuestra casa durante el almuerzo y la comida, mientras nosotros, frente al televisor, nos adentrábamos en la suya. Con aquel cálido aplauso con que la audiencia le recibió, provocamos una sonrisa en su rostro inconfundible. Y con ese aplauso le abrazamos, reclamándole como algo muy nuestro, porque lo es, sin duda. Nadie como él ha podido reflejar la vida de la clase media boricua, retratándola desde cada ángulo preciso y plasmándola en los libretos de sus comedias. Y nadie puede negar que se le moviera la risa con sus ocurrencias, hilvanadas con gran tino para construir miles de historias televisivas que hoy son parte del glorioso pasado televisivo de nuestro país.

Al enterarme de su fallecimiento, regresé en el recuerdo a aquella noche que cumplí cuarenta años. Y ahora que miro hacia atrás, sabiendo que ya no está con nosotros, me doy cuenta de que ése fue el mejor regalo que me hizo Mirelsa a mis cuarenta años. Tener la oportunidad de reconocer en vida al Maestro Guionista era una misión obligada que hoy recuerdo con dulce tristeza. Porque fue la única vez que pude verle en vida, y mirarle a los ojos. Porque reconozco que su inspiración vive en cada uno de los que hemos participado de esta aventura agridulce de escribir historias para la televisión. Y porque, inspirado en su legado, sigo el compromiso de enseñar a otros sobre este arte que él dominó con indudable maestría.

Don Tommy Muñiz: hoy le aplaudo de pie, como lo hice aquel día de mi cumpleaños.

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