Cuando escribo estas líneas, son las once de la noche. Hace cinco horas, supuestamente, ocurriría el final del mundo.
No he salido de la casa. No compré latas ni agua. No he leído la Biblia. No fui a Lajas para esperar los ovnis. Tampoco he dejado de creer. En el fondo-fondo de mi ser, pienso que alguna vez podría ocurrir una gran conmoción terrena, aunque no de la manera catastrófica que el viejo loco Harold Camping y su recua de esquizofrénicos pregonaron por todo Estados Unidos, montados en su flota de vehículos RV.
La realidad es que no me preocupo por el final; cuando sea, será. Sonará estúpido, aunque quien me conoce sabe que lo he dicho miles de veces: en caso de que ocurra una hecatombe de grandes proporciones, me quedaré en el mismo lugar, mondando una mandarina, leyendo una revista o mirando algún episodio de Curb Appeal: The Block. A mí los planes de desalojo y protección en caso de terremoto o tsunami me causan gracia. Es que, con los ejemplos que hemos visto últimamente, ¿quién carajo desea sobrevivir para padecer de angustia, hambre y desesperación? No hombre, que me arrastre la ola, me aplaste el techo o me achicharre el fuego.
Quien haya leído a los griegos, pensará que soy un tonto soberbio con exceso de hybris, ese “yo voy a mí” que caracteriza a los imberbes ignorantes gobernados por el amor a lo inmediato. No obstante, le aclararía que, en lugar de un exceso irracional de confianza, reconozco el poder de la Moira, ese destino inexorable del que nadie puede librarse.
Si es cierto que de la suerte y de la muerte nadie se escapa, más cierto aún es que nadie lo sabe. Si yo lo supiera, ni siquiera lo diría. Saldría calladito por la puerta trasera de mi casa, acompañado de mis seres amados hacia ese lugar donde no existe el tiempo, la desgracia, la enfermedad, los tapones, los dubis, los celulares y los analistas políticos. Por supuesto, escaparía hacia ese punto del infinito para vivir en el cielo inmenso de la felicidad, meciéndome por los siglos de los siglos en un columpio sujetado por hilos de estrellas, mientras miro a la tierra destruida y sus jodidos habitantes con esta única cara de “lero lero” que ni les cuento.
Pero aquí estoy, con todos ustedes. El mundo sigue tan igual como antes de las seis.
A estas horas, es probable que el viejo Camping haya honrado su apellido y, seguido de sus alcahuetes, se fue a pregonar, al son de panderetas, el mentado final que anunció desde el 1994. De seguro, el pobre loquito admitirá que hubo un error de cálculo o –como dicen los chistes mongos que me llegan al celular desde las seis y tres minutos de la tarde—el evento se suspendió por causa de la lluvia, por falta de fondos o por los despidos de la ley 7. Por Dios.
Hablemos claro: el mundo no podía acabarse justo cuando acaba de regresar el corned beef. Sería demasiado injusto.
sábado, 21 de mayo de 2011
viernes, 6 de mayo de 2011
Los demás
O sea, les explico: las secretarias tienen semana. También, las enfermeras, las especialistas de belleza, los bomberos y los policías. Los empleados públicos reciben hasta premiaciones. Yo me conformo con soplar una velita el día de mi cumpleaños y tan-tán, se acabó el evento. Nadie tiene razón para celebrarme.
Tras mirar de reojo los prominentes arreglos florales y luego de escuchar los extensos cuentos de divertidos almuerzos y regalos a tutiplén, con un buche de saliva amarga me trago un par de granitos de envidia. Por supuesto, a ninguno de mis colegas y amigos –sean empleados públicos, madres o asistentes de oficina— les diré que se introduzcan sus reconocimientos por algún orificio corporal. Después de todo, muchos de ellos y ellas se lo tienen bien ganado y no tienen por qué sufrir mis amarguras.
Antes, por lo menos, la Semana Educativa compensaba esos vacíos existenciales (y, por supuesto, mis ansias de reconocimiento público). Al menos, siendo yo maestro, alguien se acordaba de felicitarme en otro día que no fuera mi cumpleaños. Sin embargo, gracias a la brillante idea del ex Secretario de Educación Carlos Chardón, esta magnánima celebración se ha trasladado a la tercera semana de mayo, por virtud de la ley 78 de 2009. Dicha ley sentencia, en su párrafo inicial, lo siguiente:
“Para enmendar las Secciones 1 y 3 de la Ley Núm. 141 de 20 de julio de 1979, según enmendada, a los fines de disponer que la ‘Semana de la Educación’ se celebre a partir del tercer lunes del mes de mayo de cada año; integrar dentro de la ‘Semana de la Educación’, la celebración del ‘Día de los Empleados de Comedores Escolares’, haciéndolos parte esencial de dicha festividad; y para otros fines relacionados”.
Hasta los empleados de comedores escolares reciben un merecido reconocimiento “por su valiosa aportación como parte esencial del proceso educativo”, según la ley. ¿Y yo? Que me joda solo, caminando por los pasillos vacíos de una universidad sin estudiantes tras haber concluido, una semana antes, el año académico.
Pues no. No me da la santa gana de pasar inadvertido.
Para eso propongo que se instituya el “Día de los demás”, una especie de zafacón celebratorio en el que caeríamos todos los que no somos padres, madres, tíos o tías. Incluiría además a los que no tenemos préstamos –estudiantiles, bancarios ni hipotecarios—ni deudas con el gobierno. También agruparía a los que trabajamos mucho, aunque siempre a tarea parcial o por contratos de servicio profesional, sin plan médico o bono navideño.
Tras ser excluidos de una sociedad que nos penaliza solo por carecer de la validación que nos ofrecería el estado civil, la solidez financiera o la estabilidad laboral, merecemos nuestro ratito de gloria. Por años, hemos sido fantasmas sociales a pesar de haber aportado con nuestra presencia (y nuestros regalos) a la alegría de muchas bodas, “baby showers”, fiestas de aniversario, bautismos, cumpleaños, divorcios y otras celebraciones afines.
Hemos escuchado con solidaridad y entereza a miles de quejumbrosos amargados por la vida institucionalizada, sin que sus tantos problemas nos pertenezcan. Hemos comprado cafés a los compañeros del trabajo, llevado sopas a los parientes enfermos, abrazado a personas desconocidas en funerales y escuchado conversaciones impropias en las filas de los bancos. Hemos sostenido las carteras de las amigas que van al vestidor o aspirado las basuras que el pana ha acumulado en las alfombras de su carro.
En ese santo día, los demás recibiríamos el justo reconocimiento por todo lo que nos ha tocado aguantar así, callados e invisibles, sin que exista una tarjeta Hallmark que reconozca nuestra presencia.
Coño, que ahora me baño con el confeti mientras me tomo una cerveza. A nombre mío, por supuesto.
Tras mirar de reojo los prominentes arreglos florales y luego de escuchar los extensos cuentos de divertidos almuerzos y regalos a tutiplén, con un buche de saliva amarga me trago un par de granitos de envidia. Por supuesto, a ninguno de mis colegas y amigos –sean empleados públicos, madres o asistentes de oficina— les diré que se introduzcan sus reconocimientos por algún orificio corporal. Después de todo, muchos de ellos y ellas se lo tienen bien ganado y no tienen por qué sufrir mis amarguras.
Antes, por lo menos, la Semana Educativa compensaba esos vacíos existenciales (y, por supuesto, mis ansias de reconocimiento público). Al menos, siendo yo maestro, alguien se acordaba de felicitarme en otro día que no fuera mi cumpleaños. Sin embargo, gracias a la brillante idea del ex Secretario de Educación Carlos Chardón, esta magnánima celebración se ha trasladado a la tercera semana de mayo, por virtud de la ley 78 de 2009. Dicha ley sentencia, en su párrafo inicial, lo siguiente:
“Para enmendar las Secciones 1 y 3 de la Ley Núm. 141 de 20 de julio de 1979, según enmendada, a los fines de disponer que la ‘Semana de la Educación’ se celebre a partir del tercer lunes del mes de mayo de cada año; integrar dentro de la ‘Semana de la Educación’, la celebración del ‘Día de los Empleados de Comedores Escolares’, haciéndolos parte esencial de dicha festividad; y para otros fines relacionados”.
Hasta los empleados de comedores escolares reciben un merecido reconocimiento “por su valiosa aportación como parte esencial del proceso educativo”, según la ley. ¿Y yo? Que me joda solo, caminando por los pasillos vacíos de una universidad sin estudiantes tras haber concluido, una semana antes, el año académico.
Pues no. No me da la santa gana de pasar inadvertido.
Para eso propongo que se instituya el “Día de los demás”, una especie de zafacón celebratorio en el que caeríamos todos los que no somos padres, madres, tíos o tías. Incluiría además a los que no tenemos préstamos –estudiantiles, bancarios ni hipotecarios—ni deudas con el gobierno. También agruparía a los que trabajamos mucho, aunque siempre a tarea parcial o por contratos de servicio profesional, sin plan médico o bono navideño.
Tras ser excluidos de una sociedad que nos penaliza solo por carecer de la validación que nos ofrecería el estado civil, la solidez financiera o la estabilidad laboral, merecemos nuestro ratito de gloria. Por años, hemos sido fantasmas sociales a pesar de haber aportado con nuestra presencia (y nuestros regalos) a la alegría de muchas bodas, “baby showers”, fiestas de aniversario, bautismos, cumpleaños, divorcios y otras celebraciones afines.
Hemos escuchado con solidaridad y entereza a miles de quejumbrosos amargados por la vida institucionalizada, sin que sus tantos problemas nos pertenezcan. Hemos comprado cafés a los compañeros del trabajo, llevado sopas a los parientes enfermos, abrazado a personas desconocidas en funerales y escuchado conversaciones impropias en las filas de los bancos. Hemos sostenido las carteras de las amigas que van al vestidor o aspirado las basuras que el pana ha acumulado en las alfombras de su carro.
En ese santo día, los demás recibiríamos el justo reconocimiento por todo lo que nos ha tocado aguantar así, callados e invisibles, sin que exista una tarjeta Hallmark que reconozca nuestra presencia.
Coño, que ahora me baño con el confeti mientras me tomo una cerveza. A nombre mío, por supuesto.
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