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domingo, 28 de octubre de 2012

Caravana



Esta tarde, después de sufrir un encuentro cercano del tercer tipo con una caravana política, sentí miedo.  El partido no importa ahora; lo que sí no puedo obviar es el frío que me ha causado este mar de gente extraña, apoderada del espacio público, desafiando todas las leyes –incluyendo la de gravedad, la del sentido común, la del decoro y hasta la del buen vestir.

Caravana política en Puerto Rico.


Todavía ni entiendo cómo fue que me ocurrió.  La estación de gasolina era mi última parada para completar la rutina de mandados domingueros.  De pronto, llega este gentío ruidoso que alardea fuerza y desfachatez.  Presumiendo superioridad con el acelerado bestial de sus motoras, “four-tracks”, jeeps, convertibles, carromatos y demás vehículos afines, nadie se mide: ni las damas, que andan con medio cuerpo afuera de los cristales, exhibiendo los tatuajes de sus bajos fondos, ni los caballeros, que se ubican frente a todo y a todos en absoluto plan troglodita.  Los niños y adolescentes tampoco se excluyen de la fórmula: siguen el juego de sus mayores, igualmente desafiando los peligros de un vehículo en movimiento como si nada, contagiados por el espíritu que les alimentan porque –apuesto mi sueldo—ni siquiera saben por qué carajo están ahí.  A todos les seduce la bulla, el revolú, la joda.  Muy pocos, quizá ninguno, piensa en las consecuencias del ejercicio electoral que enfrentaremos de aquí a unos días.

Todos y todas ondean banderas –del color que sea; ya les digo, el partido no viene al caso.  Gritonean por encima de la música ensordecedora, se adueñan del canto y allí estás, en medio de ellos, preguntándote cómo fue que caíste en la trampa, si lo único que querías era resolver un problema y seguir con tu vida.  Y no es que seas indiferente al asunto político, pero igual resulta incómodo que tengas que rasparte sus malas costumbres, padecer sus descortesías y sentirte literalmente amenazado por su destemplada imposición. 

En medio de todo, ahí estoy yo, tratando de liberarme del asunto.  Con mucho cuidado –sé que, en estos días, no puede uno confiarse—le pido al amable señor que me impone el “four-track” frente a mi carro que si puede moverse un poco para dejarme paso.  De mala gana me hace una seña como para que avance a moverme, mientras su mujer me mira con mala cara, blandiendo una enorme bandera colgada de un grueso palo: por supuesto, tanto ella, el marido y el palo me cagan del susto así que huyo del lugar a toda prisa.  Sigo por mi rumbo, acelerando el carro cuanto más puedo para alejarme, pero es inútil: en el camino me doy cuenta de que no han perdonado poste, verja, árbol o valla para colgar las caretas de sus líderes.  Todos ellos me acompañan, en caravana, hasta la misma puerta de mi casa.

Pregunto: ¿qué miden, a fin de cuentas, estos desórdenes permitidos como “ejercicio de libre expresión”?  Si los carros no votan, tampoco las motoras, mucho menos los niños ni los postes, de verdad no les encuentro la gracia.  Entonces, ¿por qué tenemos que sufrir su amenaza?

Sé que preguntar es inútil: de un lado y de otro me dirán que es parte de la tradición y que se necesitan para avivar el entusiasmo electoral.  Otros piensan que es un ejercicio de liberación y que pudieran compararse con el eufórico desorden de un carnaval.  Pues, de acuerdo: a todos que se pasen con los carros por encima y se despachurren por sus candidatos favoritos, si es que el sacrificio les parece propio. 

Pero que no me quiten el derecho a mi silencio y mi paz, carajo.  Hasta ahí llegamos.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Cabeza

Lo que la Ilíada enseña, aparte de la virtud, que seguirá siendo de gran importancia mientras conservemos la vida, es un valor importantísimo también y que va más allá de la mera virtud: es el respeto por el otro, por los sentimientos de los demás y por sus creencias.

Sócrates Adamantios Tsokonas, ensayista y pensador venezolano

Nada más me imagino la escena en una casa cualquiera: los nenes terminando las asignaciones, la señora meneando el sofrito en la cocina, el don estira’o en el butacón de la sala, refrescándose con una Medalla antes de meterse a la ducha. De pronto, la chillona voz de la maldita muñeca anunciaba unas fotos que merecían “discreción con los niños” y así, de golpe y porrazo, se produce el ataque.

El grito pasmado del nene quedaría en suspenso. El buche de cerveza helada se atascaría en la garganta. El sofrito de la olla apestaría a quemado. Los tres, mirando con ojos atónitos, quedarían marcados para siempre por la insensatez absurda del morboso infame.

Perdónenme el francés, pero no encuentro de otra: ¿en qué carajo estaba pensando ese desgraciao?

No es lo mismo que te cuenten la bíblica historia de San Juan Bautista que ver, a las seis de la tarde, el inenarrable espectáculo con el que este señor irresponsable quiso “entretener” a su cautiva audiencia. Es posible que más de un cristiano respingara al ver la grotesca imagen de un ser humano que, durante su existencia, nunca pensó en ser víctima de tan espantosa indignidad. Desde las culturas más antiguas, se practicaba el respeto y la veneración a los cadáveres como parte de un proceso de glorificación –partiendo, probablemente, de ideas más ingenuas sobre la trascendencia más allá de la muerte física.

Sin guillarme de especialista en la conducta humana –solo por la experiencia—entiendo que el morbo, esa curiosidad por lo grotesco y lo cruel, es inherente a la naturaleza humana. De hecho, la RAE lo define como una enfermedad vinculada con aspectos de lo “enfermizo y malsano, no solo en términos físicos, sino especialmente en términos morales”. Curioso es saber, además, que la morbosidad se clasifica, en la epidemiología, como “el conjunto de casos patológicos que caracterizan el estado sanitario de un país”.

Válgame Dios: si se toman por ciertas y confiables las acepciones del diccionario, podríamos concluir que este país está irremediablemente arrematao.

Sin embargo, ¿sería justo colgarle ese milagrito al tusa disfrazao? Tal vez no lo sea, pero sí recuerdo que, antes de la desgraciada oferta de sandeces con la que cada tarde nos obsequia, vivíamos con mayor tranquilidad. De pronto, este bestia se disfrazó de esperpento y, escondido tras su máscara, empezó a jodernos la vida con su cizaña. Instituyó las frases pegajosas, desacreditó a personas públicas, restregó defectos, inculcó prejuicios… Apoyado por el otro señor que le acompaña, se ubicó en su trono de pacotilla como una especie de juez pueblerino, envalentonado por la supremacía que le confieren las encuestas. Entonces, sin otra evidencia que su propia ignorancia, ha dictado sentencias crueles e injustas, se ha atribuido el dominio de la información privilegiada y ha obtenido –lamentablemente—el favor de los personajes políticos que, en aras de ganarse el voto, le ríen las gracias con tal de que no los “tire al medio”.

Así fue, señores, como apareció la foto lamentable: el tipejo se atrevió a reclamar, con ese gancho morboso, la pena de muerte como solución a la criminalidad rampante. Se olvida él que, con su violencia institucionalizada, ese “bullying” que se disfraza del chistecito barato, ha cometido delitos abominables, auspiciado por toda una estructura de lambones y oportunistas que lo aúpan con una mano mientras esconden sus vergüenzas con la otra.

Quisiera pensar que no, pero admito que hace mucho rato este país le entregó su cabeza en bandeja de plata. Recuperarla intacta y ser como éramos antes tal vez sea difícil, pero no imposible: solo hace falta la suficiente voluntad para apagar el televisor a las seis de la tarde.

También serviría leer un poco de lo que nos enseñaron los griegos. Y de paso, si se puede, echar al zafacón todas esas porquerías de Britto.

viernes, 6 de mayo de 2011

Los demás

O sea, les explico: las secretarias tienen semana. También, las enfermeras, las especialistas de belleza, los bomberos y los policías. Los empleados públicos reciben hasta premiaciones. Yo me conformo con soplar una velita el día de mi cumpleaños y tan-tán, se acabó el evento. Nadie tiene razón para celebrarme.

Tras mirar de reojo los prominentes arreglos florales y luego de escuchar los extensos cuentos de divertidos almuerzos y regalos a tutiplén, con un buche de saliva amarga me trago un par de granitos de envidia. Por supuesto, a ninguno de mis colegas y amigos –sean empleados públicos, madres o asistentes de oficina— les diré que se introduzcan sus reconocimientos por algún orificio corporal. Después de todo, muchos de ellos y ellas se lo tienen bien ganado y no tienen por qué sufrir mis amarguras.

Antes, por lo menos, la Semana Educativa compensaba esos vacíos existenciales (y, por supuesto, mis ansias de reconocimiento público). Al menos, siendo yo maestro, alguien se acordaba de felicitarme en otro día que no fuera mi cumpleaños. Sin embargo, gracias a la brillante idea del ex Secretario de Educación Carlos Chardón, esta magnánima celebración se ha trasladado a la tercera semana de mayo, por virtud de la ley 78 de 2009. Dicha ley sentencia, en su párrafo inicial, lo siguiente:

“Para enmendar las Secciones 1 y 3 de la Ley Núm. 141 de 20 de julio de 1979, según enmendada, a los fines de disponer que la ‘Semana de la Educación’ se celebre a partir del tercer lunes del mes de mayo de cada año; integrar dentro de la ‘Semana de la Educación’, la celebración del ‘Día de los Empleados de Comedores Escolares’, haciéndolos parte esencial de dicha festividad; y para otros fines relacionados”.


Hasta los empleados de comedores escolares reciben un merecido reconocimiento “por su valiosa aportación como parte esencial del proceso educativo”, según la ley. ¿Y yo? Que me joda solo, caminando por los pasillos vacíos de una universidad sin estudiantes tras haber concluido, una semana antes, el año académico.

Pues no. No me da la santa gana de pasar inadvertido.

Para eso propongo que se instituya el “Día de los demás”, una especie de zafacón celebratorio en el que caeríamos todos los que no somos padres, madres, tíos o tías. Incluiría además a los que no tenemos préstamos –estudiantiles, bancarios ni hipotecarios—ni deudas con el gobierno. También agruparía a los que trabajamos mucho, aunque siempre a tarea parcial o por contratos de servicio profesional, sin plan médico o bono navideño.

Tras ser excluidos de una sociedad que nos penaliza solo por carecer de la validación que nos ofrecería el estado civil, la solidez financiera o la estabilidad laboral, merecemos nuestro ratito de gloria. Por años, hemos sido fantasmas sociales a pesar de haber aportado con nuestra presencia (y nuestros regalos) a la alegría de muchas bodas, “baby showers”, fiestas de aniversario, bautismos, cumpleaños, divorcios y otras celebraciones afines.

Hemos escuchado con solidaridad y entereza a miles de quejumbrosos amargados por la vida institucionalizada, sin que sus tantos problemas nos pertenezcan. Hemos comprado cafés a los compañeros del trabajo, llevado sopas a los parientes enfermos, abrazado a personas desconocidas en funerales y escuchado conversaciones impropias en las filas de los bancos. Hemos sostenido las carteras de las amigas que van al vestidor o aspirado las basuras que el pana ha acumulado en las alfombras de su carro.

En ese santo día, los demás recibiríamos el justo reconocimiento por todo lo que nos ha tocado aguantar así, callados e invisibles, sin que exista una tarjeta Hallmark que reconozca nuestra presencia.

Coño, que ahora me baño con el confeti mientras me tomo una cerveza. A nombre mío, por supuesto.

sábado, 3 de julio de 2010

Bochorno

El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere.
Albert Camus, La peste

Hace exactamente una semana, la llama olímpica de los Juegos Centroamericanos llegó a la isla, procedente de México. En esa soleada tarde, el gobernador Luis Fortuño acudió de buen talante, vestido de guayabera y en actitud patriótica. El Primer Ejecutivo desfiló por la pista del aeropuerto de Aguadilla acompañando a un joven vestido a la usanza de los sacerdotes de Teotihuacán (¿o sería un taíno?). Caminando con aire digno junto al Mister Universe indígena, Fortuño disimulaba malamente su vergüenza: o le incomodan los taparrabos o el folclor en exceso lo despeina.

En esa misma ceremonia, el Presidente del COPUR, David Bernier, se guilló de cheerleader al tomar los micrófonos para dirigirse a la audiencia. Acercándose ya la fecha del compromiso que le ha provocado tanta ilusión, el entusiasmo de Bernier era obvio y, a partir de él, lanzó una pregunta emocionada: “¿Cuántos de ustedes quieren escuchar La Borinqueña?” (en obvia referencia a nuestro himno nacional que, por si no se entera, todavía existe). “Eeeee”, le respondieron dos o tres gatos, con aplausos tímidos: he escuchado ovaciones más escandalosas en cumpleaños de nene chiquito.

Por un momento, creí que la gente no entendió la pregunta de Bernier. Entonces, me acordé: es que, sin alcohol ni navidades de por medio, a los boricuas nos abochorna ser puertorriqueños. De hecho, muchas veces he escuchado a gente de este país –incluso a gente amiga, muy patriota—que se revuelcan de vergüenza ajena cuando ven el exacerbado espíritu boricua desplegado en el Desfile Puertorriqueño. Para algunos, sacar una monoestrellada en público responde a varias razones: Ricky Martin está en concierto, los independentistas están en campaña, o eres un j*dío cocolo de los años ochenta.

Esa actitud de desarraigo patrio nos debería causar bochorno absoluto. A todos, y ahora más que nunca, después de las desgraciadas escenas que, frente al Capitolio boricua, nos muestran una pizca del enfrentamiento que muchas otras naciones viven a diario. Muy bien lo mencionó la relacionista profesional Jennifer Wolff en su columna de El Nuevo Día: la responsabilidad de estar al frente, en defensa de nuestro país, es compartida.

Pero no: esa responsabilidad salta por ahí como gallina sin cabeza y, lo que es peor, etiquetada por los viejos aprendizajes. Los que nos gobiernan andan por ahí abochornándose de sus propios compatriotas, a quienes hay que enseñarles a respetar a son de macanazos: de hecho, esos que nos aleccionan con firmeza son los “héroes”, dice el patético Roberto Arango (el hombre de la carta maravillosa).

Y, con todo e incidentes, nosotros nos reímos: por el happy hour en el Capitolio (¡palos gratis!) o por la pena de Maripily (tanta hambre en el mundo y botando el pepper steak). Pues claro, y yo lo hice, a carcajadas, como ocurre en cada desgracia nacional que manifiesta, de plano, el innegable ingenio boricua que llega con la rapidez del text message. Risueño y un tanto apático, observo con indignación de clóset las barbaridades cotidianas de nuestra folclórica islita, y sigo pa’lante con el resto del ganado, con los cristales cerrados y de lejitos. Es cierto que he gritado todas las malas palabras que me sé (y me he inventado) ante los desatinos de este gobierno tan absurdamente democrático, pero no he salido a marchas, ni he ido a escalinatas, ni he olido el gas pimienta. Pues, me acuso: soy cobarde. Me enseñaron a evitar, un verbo que mi madre aún repite, evocando a su vez el consejo de la madre que le enseñó a huir ante cualquier confrontación.

Por eso, leer una y otra vez la historia de Betty Peña y su hija Elisa Ramos me ha causado un profundo bochorno. Mientras yo miraba por la televisión el merecumbé como si fuera una película, ni imaginaba que eran ellas las protagonistas. Pero no me salvé de los golpes: esa mujer valiente me ha dado el pescozón de vergüenza más grande que he sentido en mi vida. Con su acción vertical y firme, ella hizo lo que muchos deberíamos: hacer coro ante la injusticia y entender que se amarra uno a la tierra que ama con su presencia contundente, frente a los que se enjuagan la boca con el padrenuestro de la democracia.

Dicen que "moro viejo, mal cristiano"; quizás ya no tenga remedio y siga, como buen cobarde, vivo y de lejos. Pero no me olvido de nombres ni de caras: las de Betty y Elisa, y muchas más, de hombres y mujeres que dan la cara sin bochorno alguno cuando se trata de alzar, con orgullo, esta bandera nuestra. Yo también tengo la mía y estoy empezando a izarla, poquito a poco, cada vez con menos vergüenza.

Lo siento, Mami: esta vez, no voy a evitarlo. Venga, Bernier, que yo empiezo el coro: "La tierra de Borinquen donde he nacido yo..."

viernes, 29 de enero de 2010

Beautiful

Okey, ya sé: me van a preguntar si fue porque me siento feo o viejo. También me acusarán de sentirme acomplejado, de buscar notoriedad o reconocimiento. Nada que ver.

Para los que no se enteraron (porque estaban muy ocupados haciendo fila para comprar donas), en estos días se publicó una información sobre una página de internet dedicada a juntar a las personas más bellas del mundo. Esta especie de club social cibernético –en realidad, un portal para citas—prometía, entre otras cosas, actividades exclusivas en las que sus integrantes participarían en amena confraternización, contemplándose y halagándose hasta vomitar la bilis.

“Demasiado embuste para ser verdad”, pensé de inmediato, y empecé a averiguar. Entré al sitio y completé un formulario que incluía, entre otras cosas, la presentación de una foto que sería sometida a una votación de cuarenta y ocho horas. Miré la foto que acompaña a este “blog” y respiré hondo. Qué diablos: ¿cuándo tendré la oportunidad de competir por el título de Mister Beautiful?

Muy poco me duró la ilusión. Tan pronto entré a la susodicha página, me di cuenta que el asuntito tan prometedor no era tan chévere. Al revisar los perfiles con los que competía por el preciado título –poniendo el nombre de Puerto Rico en alto, por supuesto—comprendí que la competencia era desleal. Tipos descamisados, muchachitos veinteañeros, hombres con cabellera completa... ¿Dónde está el “panel de expertos” que me juzgaría en la competencia preliminar, en la categoría de “40 plus”? Nada que ver, por Dios.

Cuando leo la nota publicada hoy en Primera Hora, me doy cuenta de que fueron muchos y muchas los que buscaron su oportunidad, aunque los creía en la fila de las donas. Quizás entraron al lugarcito ese con la intención de validarse ante el mundo o, peor aún, ante sí mismos/as. Por supuesto, muchos sospechaban lo que afirmo como una verdad absoluta: nadie debe ser aceptado sólo por su apariencia física. Las muchas misses que hemos visto han repetido esta máxima como un padrenuestro: “la belleza interior es la que cuenta”. Entonces, ¿por qué todavía buscamos ese triunfo?

Habría que preguntar, sobre todo, a quienes convierten la fealdad en un mal chiste. Por ejemplo, ayer encendí la televisión y estaba en el aire un programa vespertino de chismes (hay dos ahora, así que se puede escoger entre el malo y el peor). Me detuve a mirar el segmento y observe, con absoluta incredulidad, cómo los comentaristas despachaban a carcajada limpia la “noticia” de que, al regresar de una grabación especial destinada a recaudar fondos para la reconstrucción de Haití, la cantante escocesa Susan Boyle encontró un intruso en su casa. El “chiste” apuntaba a que Boyle no habría debido asustarse ni mucho menos denunciar a las autoridades. Todo lo contario: debía “agradecer” la presencia masculina que le permitiría, según ellos, librarse de los muchos estigmas que le acompañan por ser vieja, solterona, virgen y, para colmo, fea.

Soporté con enojo las risotadas imbéciles y los chistes zonzos de los tres comentaristas. Peor aún, intenté comprender los razonamientos insulsos, avalados por dos mujeres que, a cuenta del “rating”, perpetuaban la bromita. Sobre esta cara linda que Dios me ha dado, aguanté, en nombre de Susan Boyle, los comentarios más nefastos, absurdos e irrepetibles sobre su persona, su apariencia, su desgracia. Ahí comprendí el porqué de tanta popularidad subrepticia hacia el asuntito este del “beautiful people”: en el fondo, tememos a la fealdad, porque algunas personas –tristemente, algunas que tienen foro abierto frente a la opinión pública—continúan validando la asociación de “bueno” y “bello” con lo que se ve, no con la esencia de lo que se es. Y esto no es privativo de Puerto Rico, que conste: así lo comenta Lisandro Otero en un ensayo sobre el avance de México hacia una "norteamericanización ficticia", que no es más que la búsqueda de la belleza plastificada, irreal, insípida.

Esta mañana recibí la nota amable: “Estimado/a Jorge, Lamentablemente, su aplicación a BeautifulPeople Network no tuvo éxito. Los miembros de BeautifulPeople no encuentra (sic) su perfil lo suficientemente atractivo.” Bah. Qué infeliz soy. Y para colmo, feo. Mira cómo lloro de pena.

Por Dios, ninguna página de internet tiene que decirme lo guapo que soy, porque yo lo sé. A esta edad cuarentosa, he asumido la imagen frente al espejo con absoluta tranquilidad, celebrando cada marca e imperfección de mi cuerpo como una prueba de lo vivido. El imbécil ejercicio que ha trastornado a muchos me causa risa porque hubo personas que se lo tomaron muy en serio. Sé que hay gente que ha llorado, sintiéndose rechazada. ¿Qué les pasa? Sean felices, hagan la fila y cómanse una dona.

En realidad, habría sido bonito ganar el título y ser recibido en una caravana por la Avenida Baldorioty, aunque no sé si le habría aceptado una llave de la ciudad al alcalde Santini. Fuera de bromas, la ganancia más importante de este ejercicio idiota ha sido comprender que, aún con lo mucho que parecemos avanzar hacia un espacio en el que la diversidad es aceptada e inclusiva, todavía persisten los viejos modelos que justifican el estereotipo, la burla y la mediocridad. Espero que, alguna vez, pasemos de eso con dignidad.

Igual aprendí otra lección: para la próxima, necesito un mejor fotógrafo.

viernes, 8 de enero de 2010

Mala sangre

Quizás es una herida leve, pequeña, un rasguño sin importancia. Lo cierto es que ese pequeño raspajo en la piel es la primera seña. Ya sea por maltrato físico, abuso constante, faltas de respeto, indefinición de roles, por ahí se rasga esa primera herida que no sana, que crece y se pudre con el tiempo. Luego, para buscar el remedio, la víctima decide curarse a la tremenda. Alimentada por rencores, la mala sangre que emana de su herida vieja insufla el podrido vapor de sus venganzas.

Si se buscara la ayuda de la autoridad, el aspecto del rasguño puede complicarse. Acudir al Estado para que intervenga en una vieja rencilla supone lavar los trapos en casa ajena. Porque es allí, en el seno del hogar dañado, donde se cuece la rabia. Aún así, los implicados en el asunto del tajo inicial acatarían, bajo protesta, las disposiciones establecidas por la autoridad para zanjar las diferencias. Pero el hervor de esa sangre dañada continúa a fuego lento. El “si te cojo, te mato” se suspira por lo bajo, con la piquiña insistente de ese desquite rabiosamente deseado.

Ahí es que comienza el conteo regresivo para la desgracia.

De los resultados, pues, ya es de todos sabido. Fue con la llegada de los Santos Reyes que una familia terminó partida en dos, herida de muerte por una vieja rencilla. El padrastro no pudo perdonar al sobrino que se metió con la muchacha a quien crió como suya. Y defendió el honor, movido por esa mala sangre acumulada en sus costillas: sin miramiento alguno, se carga al aparente culpable, cosiéndolo a tiros. Al hermano y a la madre del tiroteado, que salen en su defensa, también se los lleva enredados. Para variar, el tiro de gracia termina en su sien, sabiéndose incapaz de enfrentar a la justicia.

Hoy nos despertamos con otra historia: el tío que recoge al sobrino, menor de edad, quien vive amancebado en su casa con una chiquilla adolescente, preñada de dos meses. El chamaco, al parecer, aprendió de la calle la ley que quiso imponer en su casa. Agredió a la joven embarazada a la tal vez hizo suya bajo promesas musicalizadas por el reggaetón que, pum-pum, te pide balas, pam-pam, que le den azote. Entonces, cuando el tío lo enfrenta, viéndole pegar a la chiquilla indefensa, no tiene por qué dar cuentas y, sin mediar palabra, lo cose a tiros con un arma ilegal, comprada en sabe Dios cuál punto. Quince. Suficientes para acallar el sermón de la montaña que le jode la paciencia. Después regresa, arrepentido, y vomita el veneno cruel de reconocer su falta, dominado por esa mala sangre que le hizo disparar, luego pensar las consecuencias.

Habría que preguntarse qué diablos hacen las autoridades que sueltan cupones y cheques, que proveen servicios de apoyo. Porque alguien debería saberlo: en algún lugar recóndito, oculto entre papeles de alguna oficina, se habrá reportado la antesala a estos derrames de sangre hedionda a venganzas, podrida por las viejas rencillas, dañada por el empujón, la burla, el maltrato, la inercia. Estoy seguro de que alguna empleada de pantuflas, que ahora estará redecorando el cubículo con corazoncitos rojos, tuvo ese expediente en las manos y, bah, qué como nunca volvieron a la cita, pasó a los inactivos. Precisamente, el corazón rojo de cartón barato es ahora un lamentable símbolo de un amor ausente, que lamentamos con ay benditos gastados, con mirar de lejos, con lucir la camiseta charra en el velorio y pegar la calcomanía-esquela en el cristal del carro.

Pero la mala sangre todavía seguirá ahí, latiendo en las venas ocultas de muchos hogares, esperando a que cualquier incidente pueda desatarla en riadas de furia. Circulará, espesa y oscura, cocinada a fuego lento, esperando a que la rabia sea suficiente para brotar de alguna herida abierta. Y desatará el “te mato” porque me gritas, porque apestas, porque estoy harto, porque un prieto no se acuesta con mi hija, porque eres maricón y no me gusta, porque sí, porque me da la gana. Aunque seas mi sangre, maldita sea.

Si es cierto que la sangre pesa más que el agua, nada de esto debería ocurrir. Nosotros, ciudadanos de a pie, boquiabiertos y maniatados, lo sabemos. Los demás, esos que nos mandan, parece que ni se enteran. Es como si flotaran a alturas insospechadas, donde esa sangre ajena no les salpica. “Lamentamos los hechos”, dicen, parcos. “Habrá que investigarlo”, comentan, de prisa. “Es el reflejo de muchos problemas”, concluyen y se dan vuelta.

Mientras tanto, la mala sangre sigue ahí, pesada, negra, escurriéndose por las venas abiertas de la tierra herida. Se escurre en los acueductos, los parques, las carreteras. Se chorrea por los servicarros y colma las bolsas del colmado. Se embarra en el pan caliente del desayuno y hasta resuena por las ondas radiales. Hierve, oscura y densa, calentando los sesos de quienes disparan y luego, tal vez, piensan.

¿Qué habrá que hacer para detenerla?

jueves, 7 de enero de 2010

Mariachi-On-Wheels (y otras charrerías urbanas)

Mientras escribo estas líneas, a Doña Julia le ha llegado una visita inesperada. Los mariachis han venido para cantarle una serenata por su cumpleaños.

Pero no se vaya a usted a creer que se trata del mariachi típico, con los galantes caballeros usando el traje de charro que despliegan con gracia el sonido auténtico de su música autóctona. Nada que ver. Ésta es una versión absolutamente distinta: una guagua tipo “van”, de ésas que se utilizan en las caravanas políticas, se ha estacionado frente a su casa. Entonces, se ha encendido un enorme equipo de sonido que ha comenzado a disparar un sainete de melodías a todo volumen, a plenas dos de la tarde.

En la “serenata”, al parecer, todo se vale: desde el tradicional sonido de Las Mañanitas hasta el Feliz Navidad de Tito El Bambino, sin descontar el “saludito cariñoso” de un locutor invisible que, contenido en el interior de la guagua, se encarga de llevar el cronómetro. Porque el alboroto se ha alquilado con medida justa: una hora de música sin interrupciones, con melodías alusivas a la ocasión “especialmente para doña Julia” –según dice el locutor. No pude ver la cara de la doñita pero imagino que, al recibir tan amable regalo musical, habrá sonreído con agradecimiento al gesto de su familia. De seguro, disimularía un poco su desazón ante el ruido ensordecedor, mientras sus hijos y nietos la abrazan con los ojos llorosos.

No es la primera vez que escucho este inusual servicio de “Mariachi-On-Wheels” –o algo así, según dice el letrero que, estratégicamente, se anuncia a ambos lados del vehículo. Hace unos meses, me desperté con el estruendo de la misma serenata pregrabada –a horas en las que muchos de nosotros, noctámbulos perdidos, todavía estamos a oscuras. Por supuesto, con el ruido de la serenata impropia me adelanté al Día de las Madres y, con mucho cariño, envíe recuerdos cálidos a varias progenitoras (la del dueño de la guagua, la de la cumpleañera y la del que contrató el servicio).

Esta charrería –la de la guagua con serenatas pregrabadas—se une al coro de estupideces que, por obra de la repetición, se insertan de forma consistente en la vida urbana. Otras expresiones de esta índole incluyen:

• Las esquelas portátiles – Ya sea en camisetas blancas, pegatinas o calcomanías, estas manifestaciones siguen el mismo modelo. Por lo general, se recrea la cara de un muerto –casi siempre llevando una gorra— glorificada en una foto de muy mala resolución. El apodo del difunto se resalta en letras grandes, acompañadas del manoseado lema “Siempre te recordaremos”. Son un bello sustituto, sin dudas más duradero, que las cintas que adornan las coronas fúnebres, escritas con escarcha. Finísimo.

• Las cantatas de sobremesa – Casi siempre presentadas en come-y-vetes con aspiraciones de restaurante, son una variante imbécil de la serenata pregrabada. En este caso, los meseros y meseras del local, convocados de mala gana, desfilan en una trulla infame, vienen a la mesa de la víctima armando un escándalo insoportable, y culminan la “sorpresa” vociferando corillos cumpleañeros de mala muerte. Inolvidable.

• Los cruza calles empalagosos – Proliferan mayormente en la fiesta charra del San Valentín, aunque igual se cuelgan de postes y fachadas en otras efemérides, como día de las madres y en navidad. A veces van muy mal escritos -“biemvenido a casa” , leía uno que vi hace poco, desplegado para recibir a un soldado. Casi siempre se descuelgan de dos maneras: cuando se rajan por sí mismos con el paso del tiempo o cuando algún camión de la AEE se los lleva en claro.

• Los mensajitos de texto plagiados“Kiero regalarte mi cariño, así que envíame tú tamaño para que no te valla a quedar grande, TQM!!!”. Esta joya de la literatura postmoderna me llegó en medio de las felicitaciones navideñas, como un recordatorio amable de una amiga bien intencionada. Y no es que no lo aprecie; por Dios. Nada más pienso que, si has de decirme cuánto me quieres, sería mejor expresarlo sin malos copietes, por el amor de Cristo.

• Los cargadores de bebé “pimpiaos” – De esto no tengo más que la referencia de la observación a distancia, pero igual me sorprende la rapidez con la que se ha multiplicado. De pronto, un asientillo protector de bebé se convierte en un canasto extraño cubierto de borlas, encajes y cintas que se lleva a todas partes – el centro comercial, la cita médica, el supermercado. Si yo fuera un recién nacido y me cargaran en uno de esos aparatos, me bajo gateando y llamo a un taxi.

• Los mensajes “PowerPoint” de cadena – Admito que leo algunos de ellos y me parecen interesantes. Pero no sé a quién diablos se le ocurrió que era buena idea configurar estas presentaciones de motivación con la voz gangosa de Céline Dion como acompañante. ¿Será que la muy infeliz ha firmado un acuerdo con Microsoft para que sólo se utilicen sus canciones? No más faltaba.

Estoy seguro de que este breve catálogo de charrerías ampliará su oferta en un futuro cercano. Sólo espero que la pobre doña Julia no tenga que sufrirlas. Sería demasiado para ella, la pobre.

lunes, 4 de enero de 2010

Querido Veintediez:

Espero que al recibir estas líneas, ya por lo menos hayas empezado a gatear, porque tú de recién nacido mucho rato, nada que ver. Claro, yo entiendo: nada más hace un par de días eras un bebé delicioso que aparecía justo entre el alboroto de los petardos, iluminado por la gracia de la esperanza y el leotardo brilloso de Jennifer López. Pero igual me consta que, en par de pestañazos, ya estarás por ahí arrastrando los pies, convertido en el tipo mala gente del que todos quieren salir, como el imprudente cachetero de la fiesta navideña. Anda, si no me crees, pregunta por ahí cómo le fue al paisano tuyo que acaba de irse: no lo cortaron en junio porque habría que cambiar la Constitución. Y de rollos políticos, ya vamos bastante cansados.

Así que mientras te regodeas todavía entre las sábanas frescas de tu cuna, te voy a decir dos o tres cosillas, para que te ajustes los culeros. Lo primero que quiero pedirte es que le bajes el tono a los guapetones –y, cómo no, guapetonas—que andan por ahí campeando por sus respetos. Eso va para todos: desde los imbéciles politiqueros que se desmandan frente al primer micrófono que se les cruza delante hasta las señoras imprudentes que berrean por el celular mientras hacen fila en la farmacia. Yo no sé si es que los vientos de guerra que todavía resoplan nos han encampanado muy alto en el cielo de la necedad, pero se me hace muy difícil entender esta impertinente costumbre de despotricar, sin decoro ni prudencia, en los espacios públicos. No sólo es una invasión al espacio ajeno, es una pérdida absoluta de incivilidad que espanta.

También sería bueno que les abrieras el sentido común a los seres humanos para que se respeten un poco más a sí mismos. No me refiero solamente a procurar la buena estima y hacer el mejor esfuerzo como se supone, sino además proyectar una imagen consciente y bien plantada ante el resto del mundo. Hablando en plata, te planteo un ejemplo: ¿será que podrás enseñarle a la gente a vivir sin joderse las cejas? Vaya por Dios, con todo el espectáculo de moda y belleza que se desparrama por las calles de este pequeño país, es irracional el despliegue de cejas finitas, pintadas, cortitas, tatuadas, afeitadas y maltratadas que he visto en los últimos años. A ver si por ahí empezamos a cultivar el buen gusto cuando menos.

Parecería muy superficial lo que te pido, pero tú me conoces. Me pongo cínico de vez en cuando, pero también tengo mi corazoncito. Es más, debo admitir que tuve ilusiones mientras escuchaba el alboroto que antecedió a tu llegada. Claro, uno se viste con las mejores galas, se come las uvas y se pone imbécil, pensando que todo cambiará en un tris. Pero nada que ver, por lo que veo: ya van no sé cuántos asesinatos, accidentes y suicidios, hasta una masacre, y tú ni te enteras, pegado al biberón como si tal cosa. ¿Qué pasa, macho? Mira a ver si les dices al mundo, de una manera ingeniosa y coherente, que la vida es buena aunque a veces quisiéramos salir de ella. Además, ¿cuál es el uso de resolver problemas a la cañona? A ver, para que entiendas: hace un par de días, dos mujeres se enredaron a pescozones en un local de Bayamón, nada menos que por el turno para ir al baño, y el tema acabó a tiro limpio, y una de ellas ya no vive para contar la escena. Bendito sea Dios, ¿no era más fácil improvisarse un chorrito detrás de un arbusto –si tal era el apuro—antes que terminar en una funeraria?

A esos temas me refiero y, si sigo por ahí, no acabo. Además, no quiero abrumarte; todavía estás empezando a abrir los ojos. Sé que lo que te espera no es fácil, sobre todo porque mucha gente, en muchos lugares, da lo que no tiene por pensar que esta vez será distinto. Que todo lo malo comienza a disiparse, tal como el humentín de los cohetes que iluminaron la noche de tu estreno, y que por fin veremos la luz gloriosa de la alegría. Todavía es muy pronto y hay que darte la oportunidad, pero no te duermas, que luego creces muy pronto, te haces insufrible y, al final, el tiempo no te perdona. Ni a nosotros tampoco.

Por mi parte, espero hacer lo justo: ser más humano, más fuerte, más sensato. Cínico… Bueno, no te prometo mucho, porque si no, ¿cómo me divierto? Okey, está bien, dejaré de mirarle las cejas a la gente, que es mala educación. (Trataré, al menos.)

Hablando en serio, bróder, brega fuerte; no es mucho pedir. Dale, tú puedes.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Yo no sé mañana

Ayer, en muchas casas, reviviendo el ritual institucionalizado por los peregrinos que conquistaron el territorio de Norteamérica, comimos pavos ajenos como si fueran nuestros. El atracón en memoria de aquella primera ceremonia de acción de gracias se multiplicó con generosidad, a pesar de lo mala que aparenta estar la situación económica. Por supuesto, las variantes criollas al menú desabrido del norte añaden calorías al festín de marras, como preámbulo a atracones de mayor envergadura durante las próximas ocho semanas.

Igualmente adoptado del ritual establecido por los mercaderes del norte, el famoso “viernes negro” es, sin dudas, la tradición más nefasta que hemos adquirido en los últimos años. No recuerdo exactamente cuándo fue que empezó este jaleo de copiar el estilo zonzo de los estadounidenses para emprender el sacrificio de un madrugón estúpido, un desenfreno bárbaro y una carrera alocada hacia las megatiendas. Al llamado de los especiales engañosos, y con la bonanza económica temporal de un bono que se esfuma más rápido de lo que llega, los consumidores pierden la chaveta de la peor manera.

Nunca, ni por equivocación, he caído en las redes de esa trampa funesta. He escuchado cuentos ajenos, cercanos y distantes, que parecen sacados de una historia de terror. Y cuando miro las reseñas mediáticas, cuyas fotos e imágenes capturan la locura desfasada de los boricuas –muchos de ellos todavía aletargados por la hartera de pavo— me quedo bruto.

Aún con todo lo que he sabido por relatos incontables, todavía dudaba que la entrega anual de la "venta del madrugador" sobrepasara los desmadres de años anteriores. Es que no, no es posible: el horno no está como para galletas y es necesario actuar con sensatez.

Entonces, al mirar las reseñas periodísticas, pensaba en las escenas de Blindness, la regia adaptación fílmica del “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, dirigida por Fernando Meirelles. Las imágenes destacadas en la primera plana de los telediarios retrataban un ambiente impresionante: la locura, el descontrol, la lucha cruel, la inhumanidad vívida, palpable, descabezada… La única diferencia es que, evidentemente, en esta versión boricua del filme, los personajes no luchaban por sobrevivir, sino por comprar. Como dementes.

Aún así, me resistí a creer lo visto, todavía pensando con la ingenuidad de aquellos indígenas que se acercaron al banquete aderezado por los mismos puritanos que luego les quitarían hasta las plumas. Pero cuando veo a una mujer preñada que salta sobre una valla para desafiar la autoridad policíaca, me digo: "¿Será posible que haya tanta gente idiota?"

Pues sí, al parecer. Porque no sólo es el salto de la preñada, sino el cuento de los espejuelos rotos, la historia de los zapatos perdidos, el relato de la señora diabética, la cuenta de varias personas arrestadas, el desenfado de los buscabullas, los hombres y mujeres trepados a los mostradores, marcando territorio… El escenario increíble de las filas eternas, los empujones insensatos, las amenazas fútiles, los policías ineptos… Y, al final, el resultado increíble: los carros repletos del botín anhelado: televisores LCD, juegos electrónicos, reproductores “blu-ray”, computadoras, “MP3 players”…

Todo ello captado por los lentes periodísticos, las cámaras televisivas, los micrófonos y los celulares, transmitido en directo como si fuera un evento digno de ser retratado. Bueno, sí, lo es: hay que captarlo para que nos veamos, como puros animales, corriendo hacia el matadero del consumismo como si no hubiera futuro. Locos y locas por adueñarnos del estado aparente de poderío económico, amasando aparatos en nuestras casas para insuflarnos de vanidad ante los vecinos celosos.

Ayer, tomados de la mano y con el Dios en la boca, agradecíamos por la vida, las bendiciones y la esperanza. Hoy, como gallinas sin cabeza y escupiendo maldiciones, corrimos hacia la estupidez, la vergüenza y la ignominia.

Y tengo que reírme, aunque no quiera, porque la ironía no tiene desperdicio: mientras escribo estas líneas, un altavoz impertinente interrumpe la quietud de la urbanización. El estruendo promueve más especiales para el fin de semana, porque la gran venta del madrugador no termina: los especiales se extienden hasta el domingo… De fondo, el pegajoso estribillo del éxito de Luis Enrique musicaliza la imprudente invitación a continuar la debacle iniciada esta madrugada, a son de una nefasta diana.

El ingenuo musicalizador del comercial ambulante no pudo escoger una pieza mejor: no más de recordar lo que vivimos ayer y mirar con incredulidad lo que fuimos capaces de hacer hoy… De verdad que no sé lo que pasará mañana.

martes, 17 de noviembre de 2009

De eso no se habla

Para Genoveva, porque te lo debía.
Para Maika, porque te lo prometí.


En septiembre pasado, Juan Carlos de Castro Font fue encontrado muerto en su apartamento de Miramar. La noticia se propagó de inmediato, más por la notoriedad que acompaña a su hermano ex senador que por la naturaleza del incidente. Aún así, los hechos se despacharon con rapidez, quizás porque el asunto se esclareció sin mayores dilaciones. El fenecido explicó sus razones para privarse de la vida en una extensa nota y la familia pidió distancia para sufrir en privado el dolor de la pérdida.

Hace apenas unos días, en medio de las euforias provocadas por nuevas reinas y alegados divorcios, la muerte de Jorge Steven López Mercado ocupó un pequeño espacio de la atención pública. El asesinato del joven es absolutamente espantoso por sus implicaciones. No se trata de un número más en la larga lista de crímenes violentos que, con pinta de récord Guiness, nos anotamos este año. Poco a poco, se desvela con timidez la posibilidad de que el muchacho haya sido víctima de un crimen de odio, desatado por una aparente transacción de compraventa sexual.

A ojos vistas, parecería que ambos casos no tienen un punto de comparación. En el primero, el suicida dejó claro que la pérdida irreparable de personas importantes en su vida le sumió en una profunda depresión. En el segundo, la investigación apenas comienza, aunque la Policía y el FBI se esfuerzan por esclarecer el crimen con prontitud. Sin embargo, aunque disímiles en apariencia, hay un denominador común para el manejo de ambos casos frente a la opinión pública: tanto Juan Carlos como Jorge Steven eran homosexuales, y la presentación de las notas relacionadas con estos hechos refleja un velado recelo, un temor subyacente que no deja de impresionar.

La nota publicada se pierde en una esquina del periódico. El reportaje se diluye entre noticias de inauguraciones de hoteles. Es como si existiera una consigna silenciosa: “de lejitos, si es posible”, o “mientras menos, mejor”. Pero lo que está a la vista no necesita espejuelos. Y no es que auspicie el regodeo morboso ante la muerte que contamina nuestros espacios mediáticos. En ambos casos, es preciso denunciar los hechos de forma contundente, para revelar el profundo significado que implican en nuestra experiencia vital.

Todavía, a estas alturas, hablar sobre lo que sienten y padecen los ciudadanos y ciudadanas que integran la comunidad GLBTT es jugarse una carta peligrosa. Existe el temor de que, por hablar del tema, seamos señalados/as, vejados/as, juzgados/as y castigados/as, por aquello del dime con quién andas y La Comay te arrancará el pellejo. De igual forma, la denuncia plantea el hecho de que, al reconocer las circunstancias de ambos, se toquen fibras profundas que disparan pestañeos rápidos, miradas esquivas y tics descontrolados en hombres y mujeres de todos los credos, partidos y opiniones.

De eso no se habla, punto. Mejor es mirar la cara hinchada de Miguel Cotto, que fue a por lana y salió trasquilado. Por supuesto, la estúpida derrota del macharrán es mucho más importante que a un maricón lo hayan decapitado, desmembrado, quemado y abandonado en un monte oscuro de Guavate. Total, como dijo el agente Ángel Rodríguez Colón a las cámaras de Univisión, “la gente que se mete a esto sabe que eso le puede pasar”. Claro, igualito que les pasa a las mujeres que se prostituyen o a los niños que coquetean con el glamour del punto. De esa vida licenciosa sólo se sale de dos formas: por suicidio o asesinato.

Reclamar sensibilidad ante estos temas probablemente tal vez sea un grito más que se pierde en el estruendo de la garata pública cotidiana. No obstante, cuando releo ambas notas, sé que no vale callarse: la muerte de Juan Carlos y Jorge Steven no debe quedar como una estadística más. Ambas situaciones, aún disímiles en apariencia, deben ser observadas con atención por el significado profundo que revelan en su fondo común. Porque si triste es reconocer la violencia que nos arropa, mucho peor es admitir que una persona ha perdido la vida, sin importar las circunstancias, sólo por no ser lo que los demás quieren. Por vivir de espaldas a la voluntad impuesta por senadores, tribunales e iglesias. Por no encajar en la campaña turística que propone un país de embuste. En fin, por ser único/a, distinto/a y diferente.

De cómo vivieron estos seres, y todos aquellos y aquellas que, como ellos y ellas, han recibido el estigma del rechazo, quizás no valga la pena reiterar. Juzgar si fueron perfectos o si decidieron mal en sus amores y dolores no nos toca. Pero su partida nos reclama alzar la voz a favor de la justicia, y enfocarnos en una misión social verdadera: educar, comprender, tolerar, reconocer, entender, aceptar y, sobre todo, convivir.

Pues, ea, que se diga, a viva voz, con ganas, con firmeza. Ellos, aún imperfectos y desatados, existieron junto a nosotros como seres humanos, iguales a ti, a mí, a ella, a él; a todos y todas. Habrán muerto, sí, quizás de la peor manera, y eso nos toca el alma. Pero si hablamos de ellos, aunque no nos guste como vivieran, permanecerán como ejemplo de lo que una sociedad sincera nunca debe permitir.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Culillo

En mis tiempos, padecer el síndrome del culillo era un absoluto pecado. Cualquier exabrupto infantil como andar a saltos en una tienda, remenearse en un asiento durante una visita o hablar como lavandera sin tabaco en la escuela era resuelto de inmediato por los adultos encargados del menor culpable. Si se observaban con demasiada repetición –particularmente en lugares públicos o las famosas “casas ajenas”—tales comportamientos podían ser castigados con regaño, pela o ambas penas a discreción del tribunal (paterno).

Sin embargo, el terrible mal parece que se ha convertido en el comportamiento de rigor de muchos niños y jóvenes. No sé si se deba al exceso de combos con papas y refresco, las horas muertas frente a un videojuego o la sobreexposición a publicidad lumínica. Lo cierto es que, en tiempos de mi padre, este comportamiento descontrolado que exhiben las generaciones en desarrollo me rompe la cabeza. ¿Será posible que no se den cuenta de lo mucho que joroba la paciencia?

Nada más imagínese este cuadro: estamos a punto de presenciar el concierto de Gilberto Santa Rosa en el Centro de Bellas Artes de Santurce. Como adultos responsables, llegamos a tiempo, nos acomodamos en nuestros asientos numerados y conversamos socialmente hasta que el apagón general de la sala indica el comienzo del espectáculo. Hasta ahí todo marcha bien, excepto por las interrupciones provocadas por quienes, distraídos por la estúpida preocupación nacional sobre la pelea de Miguel Cotto, presumieron que la función comenzaría a las ocho de la noche.

Entre los que interrumpieron con su tardanza, llegó él. Apenas rozaba los veinte años, e iba vestido impecablemente con su uniforme de gala: camisa filoteada a fuerza de almidones impregnados por alguna abuela alcahueta, pantalones oscuros de mezclilla que intentan una imagen elegante, y una infame correa blanca combinada con unos horrendos zapatos de enfermero. Pero el problema del chamaco no es su atuendo; por favor, eso es lo de menos. Tan pronto el recién llegado ocupa el asiento a mi derecha, me somete a su extraño comportamiento que mi santa madre diagnosticaría de inmediato: hormigas en el fondillo.

A partir de ese momento, y por las próximas dos horas, mi atención oscila entre lo que ocurre en el escenario y una preocupación profunda: o este infeliz se metió algo antes de entrar o, por el amor de Cristo, nunca ha visto gente. El remeneo constante, los aplausos destemplados, las llamadas telefónicas en pleno concierto y los besuqueos impropios a la novia idiota que le ríe las gracias se convierten en espectáculo paralelo a la presentación del Caballero de la Salsa. Y estoy más que seguro que el muy necio ni cuenta se dio.

¿Cuándo fue que el culillo de antes se convirtió en un problema de ahora? Tan pronto como los especialistas en conducta determinaron calificarlo como “déficit de atención e hiperactividad”. Con permiso de los expertos en psicología, creo que este asunto tiene, además de un componente clínico innegable, un arraigo en la pérdida significativa de las buenas costumbres.

En mis tiempos, que no son tan remotos, al muchacho “desinquieto” o a la nena “presentá” no le dejaban pasar ni una. A la primera seña de indisciplina, el papá o la mamá le sonaban un pescozón para quitarle el “lucimiento”. Entonces, si te atacaba la angustia de sufrir el asiento durante una visita a los parientes de Morovis, o padecías de movimientos descontrolados durante el sermón del cura, acángana, te aplicaban la ley del cantazo. Cocotazos, pellizcos y otras torturas afines se administraban sin piedad, a veces delante de la gente, en otras después de la amenaza contundente: “Espera a que lleguemos a casa.” Y si ése era el caso, olvídate, que la sentencia era segura: no te escapabas de la mano firme que te enseñaba (de la peor manera) a comportarte como Dios manda.

Pero ahora todo se explica con el dichoso “ADD”. Por causa de este síndrome, el muchacho o la chica se regodea en su actitud chillin’, haciendo entradas triunfales con todos los ruidos imaginables, despachándose por los espacios comunes como si nadie existiera, concentrado en su mundillo tonto mientras hace lo que no debe donde no se puede. Y, oh mísero de ti si osaras llamarle la atención: te arriesgas al insulto, la burla o la desgracia, en el peor de los casos. Porque ellos y ellas son dueños del mundo, el suyo y el ajeno, pero si cruzas la línea e invades su espacio, podría ser una experiencia muy desagradable.

¿Y no se supone que las reglas de urbanidad se enseñen en el espacio formativo del hogar? ¿No es tarea de los padres y madres educar a sus hijos e hijas para que respeten las reglas mínimas de convivencia en sociedad?

Ni tengo idea. Sólo sé que el vecino de mi asiento en el teatro hizo de todo menos atender un espectáculo entretenido y bien presentado por causa de su culillo imprudente. Me imagino que, al culminar la noche, se colgaría la novia tonta del brazo con un guille brutal, cruzando la calle para buscar su carro nuevo, hablando por el celular con los panas, contándoles lo mucho que gozó en el concierto. De seguro, cruzaría la avenida como las reses porque la calle es suya, igual que todo el universo.

Mañana, es probable que la abuela alcahueta le planche otra camisa para que vaya a la escuela, a aprender de todo menos educación básica.

lunes, 9 de noviembre de 2009

El traje fucsia

Pues sí, señor. El revuelo suscitado por la joven brasileña Geisy Arruda me mata de la risa. La universitaria fue agredida, ofendida, insultada, e incluso, acusada de violencia sexual. Simplemente, por utilizar un vestido demasiado corto para asistir a sus clases en la Universidad Bandeirante de Sao Paulo.

De entrada, el tal escándalo me parece una tontería digna de infelices noticieros en los que Fernando del Rincón o Bárbara Bermudo aparecen como anclas. Sin embargo, más imbécil resulta cuando todos sabemos que Brasil, precisamente, es un país cuyas playas, carnavales y vida nocturna exhiben mucho más que las hermosas piernas de Arruda, señaladas como eje de un escándalo sin precedentes.

Las alegaciones presentadas por las autoridades universitarias han sido contundentes, al punto que Arruda fue expulsada bajo premisas de violar la ética universitaria mediante comportamientos que atentan contra las normas institucionales. Los argumentos incluyen el uso de “indumentaria inadecuada”, utilizada para fomentar una “actitud provocativa, alejada de los principios educativos” de la universidad.

Las imágenes que han circulado a través de la prensa internacional sobre el incidente son impresionantes. El escarceo formado por los estudiantes llega al punto de una revuelta de armas tomar. Incluso, un reportaje presentado por una cadena televisiva brasileña afirma que el audio original de los vídeos presentados –reproducidos desde las camaritas telefónicas de los estudiantes— tuvo que ser alterado “por respeto a la teleaudiencia”. Una de las tomas aficionadas presenta a Geisy, escoltada por varias amistades y profesores, quienes intentaban protegerla del ataque masivo de sus colegas. En medio del barullo, la guapa jovencita caminaba cual Hester Prynne en medio de la furia puritana, llevando como prenda de castigo el traje fucsia.

Curioso es que, en una foto del mentado vestido provocador de escándalos, no se vio n-a-d-a fuera de lo usual. Un vestido corto, de tela rosada, sin escotes ni otros artificios. Psss, por favor. Maripily –perdón, la señora Alomar—se ha puesto menos trapos que éste para salir a lugares públicos.

El problema no es el río, son las piedras: el escándalo que cierne sobre la ahora ex estudiante provoca serias disputas sobre la moralidad impuesta en los recintos universitarios frente al derecho indudable a la libertad femenina para lucir vestidos de moda. De una parte, la institución reclama, bajo un documento titulado “Responsabilidad educativa”, el derecho que le asiste para proteger a su alumnado de situaciones escandalosas como la que, aparentemente, provocó Arruda. Por otro lado, sectores feministas brasileños han tildado el incidente como uno “injusto e irracional”, en el que la joven llevó la peor parte por ser señalada como una “provocadora” cuando, según ella, nunca tuvo intención de incitar a nadie con dicha indumentaria.

Me viene a la memoria un incidente que demuestra la ignorancia crasa de algunos estudiantes, sobre todo al seleccionar sus atuendos para el día a día de nuestras labores docentes. Hace un par de años, mientras daba clases nocturnas en una universidad privada de Bayamón, me tocó de alumna “Sheila Marie”. Fea de cara y con un cuerpo excesivo, La Mami Sheila –que así le llamaban un par de sinvergüenzas—desfilaba por el tramo entre la puerta y el salón con una actitud digna de una reina “plus”. Se “jallaba bella”, dirían en mi barrio, y lo demás son cuentos.

Para el trabajo de fin de curso, Sheila debía presentar un informe oral sobre los proyectos de acción social en las comunidades, como parte de los esfuerzos de relaciones públicas. Ese día, la muy atrevida se las ingenió para meterse en una blusa de manguillos con la cual luchó toda la noche; ora cubriendo el tetamen desparramado por el escote, ora escondiendo el chicho infame que revelaba tatuajes extraños y estrías indeseables. Luego, llevaba una faldita de mezclilla que acentuaba malamente sus muslos gruesos, y unos taconazos de los que podría caer y romperse el alma. Para colmo, se cargó de cuanta pulsera, pantalla y collar encontró en su camino y, en ruta a su presentación, sonaba más que pandereta de culto.

Durante ese infame evento, que apenas duró veinte minutos, era un poema observar a los estudiantes, varones y hembras. No por el contenido de su ponencia –cuyos errores ni pienso recordar—sino por su atuendo que desafiaba el decoro y las buenas normas en un salón de clases. Al concluir el informe, pregunté si alguien tenía dudas sobre el material presentado. Nadie habló. Entonces, sintiéndose consagrada por el aparente éxito de su tarea, Sheila recogió sus materiales y siguió camino, ajena al risoteo nervioso, los cruces de miradas y el evidente juicio crítico de su infame apariencia. Rumba macumba candombe bámbula, entre dos filas de muchas caras, Sheila se desplazó hasta su asiento. Para completar, el remate: plaf. Cayó sentada sobre el pupitre, despatarrándose con emoción por el trabajo concluido.

Lo que vi, en aquellos tres segundos, ni quieran saber. De verdad que no.

Por eso, me Río de Janeiro y me vuelvo a reír de Sao Paulo ante la insensata expulsión de Geisy Arruda que tanto escándalo provoca. Y como Sheila –un tanto menos, por supuesto—me despatarro de sólo pensar qué pasaría si, en las aulas nuestras, de repente se aplicara la dichosa regla.

domingo, 18 de octubre de 2009

Respeto

“Men are respectable only as they respect.”
Ralph Waldo Emerson

En estos días, están de moda disidentes y simpatizantes. Por una parte, los que apoyan el movimiento civil en repudio a las acciones del gobierno de turno, celebran el triunfo de una masiva convocatoria a la marcha del pasado jueves. Por otra, los que defienden el comportamiento del Gobernador y su equipo de trabajo, obviamente continúan su esfuerzo de convencer al pueblo sobre la autenticidad de sus acciones.

Ubicarse a un lado o al otro es un ejercicio válido, fundamentado en la garantía constitucional de la libertad y (se supone que también) obligado por las convicciones profundas de una ciudadanía consciente. Por tanto, disentir o simpatizar, según el tema, debería hacerse en un marco de civilidad, gallardía e inteligencia, demostradas tanto en los hechos como en las palabras.

Eso ocurriría, claro está, en un mundo ideal, donde todos conociéramos y practicáramos constantemente el respeto hacia los valores más profundos de una sociedad completa. Sin embargo –y esto lo digo con sobrada lástima—en este país cada vez se nos hace más difícil inclinarnos hacia un lado o al otro de la balanza. No sé si es que la pasión se nos desborda al punto de la efervescencia ciega, o es que nos tiramos pa'l monte más rápido de lo que se supone: lo cierto es que, cuando observo y escucho comentarios de una y otra parte sobre aquel, éste o el otro asunto, me quedo tonto ante la evidente imposición del criterio que no ceja, la idea que se impone, la voluntad que no doblega.

No soy analista político ni me interesa. Sólo soy un ciudadano particular que, por razón de mi trabajo, estoy medianamente al tanto de los asuntos cotidianos. Pero hasta un ciego puede ver que, en los últimos tiempos, las acciones del gobierno actual se acercan a niveles insospechados de profunda estupidez. A lo mejor sus intenciones son tan ciertas como las letanías del desmadre: “es inevitable”, “es doloroso”, “es la medida para salvar al país del desastre”.

Tampoco soy disidente rabioso; no es mi estilo. Más que blanco o negro, paseo por el gris, quizás cómodo, tal vez seguro. Por eso, observar la disidencia me cautiva, al comprender que es el balance justo para contrarrestar la otra parte –generalmente arrolladora y hostil, aún en su discurso oficial. No obstante, me aterra pensar que los límites del ciudadano común –ora tirando huevos con mala puntería, ora diciendo palabrotas en espectáculos televisivos—haya cruzado líneas imborrables que desencajan por completo a la autoridad.

De ambos lados, no hay duda, se ha faltado el respeto.

Históricamente, los gobernantes –de todos los colores y partidos—se han despachado con la cuchara grande, atribuyéndose poderes que emborrachan y trastocando mandatos conferidos por el voto del pueblo. De igual forma, el pueblo se ha volcado muchas veces en contra del abuso de poder, con expresiones firmes de rechazo, amparados por la necesidad de comunicar su indignación. Pero aquí y ahora, los límites han llegado al punto del no regreso: los que mandan se imponen con mayor contundencia, y los que resisten ya no aguantan los golpes con actitud blandengue.

Así las cosas, tengo que decirlo, y sin rodeos. No me gusta la actitud prepotente del Gobernador Fortuño. Cada día me convence menos su imposición de criterios a fuerza de repetición vacía, intentando convencer al pueblo con verdades fofas e imbéciles. Tampoco celebro la hijeputada de René Pérez. La firme resistencia al mangoneo politiquero de rigor debe combatirse con armas mucho más contundentes que una mala palabra simpática, dicha al gallinero para buscar el aplauso.

Pero más que el malestar que me causan estos dos ejemplares, me preocupa la actitud colectiva, disidente o simpatizante de uno u otro bando. La hostilidad marcada, el insulto fácil, la descortesía burda, el desafío contumaz, todos trepan por las paredes de nuestra casa común, instalándose en esquinas amplias y oscuras, esperando atacar a la menor provocación. El niño reta a la madre con la mirada encendida, la señora acelera y habla sin que le importe torta, el policía amedrenta con multa y macanazo a la primera, la senadora se cuelga del tubo con la voluntad del pueblo. Mientras tanto otros y otras siguen abajo --por vejez, pobreza, sexualidad o mala suerte-- porque, cruz y raya, en este baile no les toca.

Las líneas que se rebasaron esta semana, de uno y otro lado, serán difíciles de restaurar. Los ejemplos representados por los líderes de opinión preocupan e incomodan. ¿Y qué hacemos entonces? Reclamar el respeto. Rescatarlo e implantarlo como norma, sin excepción, para todos y todas: los que gobiernan, los que resisten, los que opinan y los que observan.

Es lo único que nos queda. No lo perdamos.