Mostrando entradas con la etiqueta gorditas ricas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gorditas ricas. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de noviembre de 2009

El traje fucsia

Pues sí, señor. El revuelo suscitado por la joven brasileña Geisy Arruda me mata de la risa. La universitaria fue agredida, ofendida, insultada, e incluso, acusada de violencia sexual. Simplemente, por utilizar un vestido demasiado corto para asistir a sus clases en la Universidad Bandeirante de Sao Paulo.

De entrada, el tal escándalo me parece una tontería digna de infelices noticieros en los que Fernando del Rincón o Bárbara Bermudo aparecen como anclas. Sin embargo, más imbécil resulta cuando todos sabemos que Brasil, precisamente, es un país cuyas playas, carnavales y vida nocturna exhiben mucho más que las hermosas piernas de Arruda, señaladas como eje de un escándalo sin precedentes.

Las alegaciones presentadas por las autoridades universitarias han sido contundentes, al punto que Arruda fue expulsada bajo premisas de violar la ética universitaria mediante comportamientos que atentan contra las normas institucionales. Los argumentos incluyen el uso de “indumentaria inadecuada”, utilizada para fomentar una “actitud provocativa, alejada de los principios educativos” de la universidad.

Las imágenes que han circulado a través de la prensa internacional sobre el incidente son impresionantes. El escarceo formado por los estudiantes llega al punto de una revuelta de armas tomar. Incluso, un reportaje presentado por una cadena televisiva brasileña afirma que el audio original de los vídeos presentados –reproducidos desde las camaritas telefónicas de los estudiantes— tuvo que ser alterado “por respeto a la teleaudiencia”. Una de las tomas aficionadas presenta a Geisy, escoltada por varias amistades y profesores, quienes intentaban protegerla del ataque masivo de sus colegas. En medio del barullo, la guapa jovencita caminaba cual Hester Prynne en medio de la furia puritana, llevando como prenda de castigo el traje fucsia.

Curioso es que, en una foto del mentado vestido provocador de escándalos, no se vio n-a-d-a fuera de lo usual. Un vestido corto, de tela rosada, sin escotes ni otros artificios. Psss, por favor. Maripily –perdón, la señora Alomar—se ha puesto menos trapos que éste para salir a lugares públicos.

El problema no es el río, son las piedras: el escándalo que cierne sobre la ahora ex estudiante provoca serias disputas sobre la moralidad impuesta en los recintos universitarios frente al derecho indudable a la libertad femenina para lucir vestidos de moda. De una parte, la institución reclama, bajo un documento titulado “Responsabilidad educativa”, el derecho que le asiste para proteger a su alumnado de situaciones escandalosas como la que, aparentemente, provocó Arruda. Por otro lado, sectores feministas brasileños han tildado el incidente como uno “injusto e irracional”, en el que la joven llevó la peor parte por ser señalada como una “provocadora” cuando, según ella, nunca tuvo intención de incitar a nadie con dicha indumentaria.

Me viene a la memoria un incidente que demuestra la ignorancia crasa de algunos estudiantes, sobre todo al seleccionar sus atuendos para el día a día de nuestras labores docentes. Hace un par de años, mientras daba clases nocturnas en una universidad privada de Bayamón, me tocó de alumna “Sheila Marie”. Fea de cara y con un cuerpo excesivo, La Mami Sheila –que así le llamaban un par de sinvergüenzas—desfilaba por el tramo entre la puerta y el salón con una actitud digna de una reina “plus”. Se “jallaba bella”, dirían en mi barrio, y lo demás son cuentos.

Para el trabajo de fin de curso, Sheila debía presentar un informe oral sobre los proyectos de acción social en las comunidades, como parte de los esfuerzos de relaciones públicas. Ese día, la muy atrevida se las ingenió para meterse en una blusa de manguillos con la cual luchó toda la noche; ora cubriendo el tetamen desparramado por el escote, ora escondiendo el chicho infame que revelaba tatuajes extraños y estrías indeseables. Luego, llevaba una faldita de mezclilla que acentuaba malamente sus muslos gruesos, y unos taconazos de los que podría caer y romperse el alma. Para colmo, se cargó de cuanta pulsera, pantalla y collar encontró en su camino y, en ruta a su presentación, sonaba más que pandereta de culto.

Durante ese infame evento, que apenas duró veinte minutos, era un poema observar a los estudiantes, varones y hembras. No por el contenido de su ponencia –cuyos errores ni pienso recordar—sino por su atuendo que desafiaba el decoro y las buenas normas en un salón de clases. Al concluir el informe, pregunté si alguien tenía dudas sobre el material presentado. Nadie habló. Entonces, sintiéndose consagrada por el aparente éxito de su tarea, Sheila recogió sus materiales y siguió camino, ajena al risoteo nervioso, los cruces de miradas y el evidente juicio crítico de su infame apariencia. Rumba macumba candombe bámbula, entre dos filas de muchas caras, Sheila se desplazó hasta su asiento. Para completar, el remate: plaf. Cayó sentada sobre el pupitre, despatarrándose con emoción por el trabajo concluido.

Lo que vi, en aquellos tres segundos, ni quieran saber. De verdad que no.

Por eso, me Río de Janeiro y me vuelvo a reír de Sao Paulo ante la insensata expulsión de Geisy Arruda que tanto escándalo provoca. Y como Sheila –un tanto menos, por supuesto—me despatarro de sólo pensar qué pasaría si, en las aulas nuestras, de repente se aplicara la dichosa regla.