No, no es que me adelante a las navidades: es que me anticipo a la gripe.
Para empezar, escribo con máscara. Yo no sé si el programa antivirus de la computadora será suficiente para protegerme. Me tildarán de exagerado, pero más vale cobarde vivo. Si antes le tenía terror a los estornudos en público, ahora ni me los quiero imaginar. Pero la penuria ha sido larga y difícil, porque esto de llevarse bien con una gripe insidiosa no es cáscara de coco.
En realidad exagero y con razón. Honro mi puertorriqueñismo diciendo que esto es el acabose, que aquí no nos salva ni el médico chino y que estamos a dos curvitas del Apocalipsis. Claro, hay que decretar así, con grandiosidad. No se puede dormir en las pajas diciendo que ésas son boberías, ni que el virusito ése se lo inventaron en un laboratorio para que una farmacéutica se forrara de chavos, no. Esto es castigo divino, punto y se acabó.
Según mi herencia boricua, también soy algo hipocondríaco. Y tan pronto como empezaron a sonar los tiros, me picó la garganta. Cuando prendí la televisión y vi la cara de mangó verde que traía el doctor Rullán en la conferencia de prensa, sentí el primer retortijón de tripas. Tres segundos más tarde repasé mi vida en las pasadas 48 horas. ¿Dónde estuve? ¿A quién toqué? ¿A quién besé? ¿En dónde pagué? ¿Qué hice con el cambio? ¿Me toqué la nariz? ¿Me comí las uñas? ¿Me rasqué la calva?
Aunque la piquiña resultó ser alergia y el malestar estomacal se me alivió con un palo de Pepto-Bismol, no bajé la guardia. Me raspé los tres noticieros principales y leí todas las páginas de la Internet con información local. Continué mi repaso minucioso de acciones y reacciones: ¿Con quién hablé? ¿Dónde me senté? ¿Quién se sentó antes que yo? ¿Qué hice cuando me paré? Entonces fue que descubrí mi pecado: saludé a alguien con besos y abrazos. Ahora sí: estoy jodido.
Ahí fue que empezaron a llegar los mensajes. De todas partes. Alguien escribió las “tablas de la ley” –en realidad, un e-mail de esos de cadena— y la regó como un estornudo. En el documento de marras, se explica con mocos, toses y otras señales el cómo, cuándo, dónde y por qué de esta gripe de los demonios.
Y ahí, justo en el punto número 8, se documenta mi desgracia:
P: ¿Cuál es la forma como entra el virus al cuerpo?
R: Por contacto al darse la mano o besarse en la mejilla y por la nariz, boca y ojos.
Tooooomaaaaaa, Jorgito. Bueno que te pase, por besucón. Es que nadie ha dicho que estar ahí pegado como lapa, demostrándole cariño a la gente, es una buena forma de demostrar la amistad. Aprende de los chinos: ellos no se saludan de mano. Se hacen reverencias de lejitos. Y podrán morir de cualquier otra cosa, menos de esta porquería. Por eso es que han tenido tiempo para fabricar tanta ropa, aparatos, utensilios. No andan por ahí embracetados como los boricuas, que hasta para el baño cargamos con la familia.
Entonces, que el espíritu de Bruce Lee te ampare de toda enfermedad, y practica el saludo saludo, vengo a saludal/como los chinitos/me voy a inclinal. Manita con manita y reverencia. No está nada mal; se ve distinguido, sobrio, hasta algo chic. Si Carla Bruni lo pusiera de moda y apareciera publicado en Hola o en Vanidades, de pronto las chicas culifruncidas que aparecen en las páginas sociales del periódico serían unas generalas de cinco estrellas. Y ni hablar de los caballeros: nada de apretones trogloditas ni ese nuevo esperpento de saludo-con-la-mano-derecha-abrazo-con-la-izquierda-y-chocamos-los hombros… ¿Qué reguero es ése? No no no, hay que imitar a los orientales: distancia y categoría.
Pero todavía no entiendo: si estoy así, de lo más precavido saludando en plan Dalai Lama, y de pronto me da por estornudar, ¿qué hago? ¿Continúo la reverencia con las manos en la cara? ¿Me volteo para el otro lado y salgo corriendo?
Ay no, esto es muy complicado. Mejor paso por antipático y le doy derecha a todo el que me quiera estrechar la mano. Total, ya mismo llegan los cuatro jinetes a repartir fuetazos y a empezar el juicio. No nos salva ni el cloro.
lunes, 20 de julio de 2009
miércoles, 15 de julio de 2009
Desafiando a los genios
Ayer tenía cita con el cardiólogo. Si no me morí del infarto, es porque todavía no me toca.
Me refiero a la prueba:
MARTES, 1:45 p.m. – Con la certeza de que el consultorio del médico queda a escasos diez minutos de mi casa, salí a las dos menos cuarto. Pero cuál no sería mi sorpresa al encontrarme que, en el expreso, había un tapón de los veinte mil infiernos. Dos carriles atacuñados de carros que no se movían, y yo era el último en la cola (hasta que aparecieron 18 millones de automóviles detrás de mí).
Para adelantarme entre entre el tapón, hice más maromas que un cirquero: me metí por el paseo, cortándole a los 38 mil camiones que discurrían por el carril derecho. La amenaza de los drones anaranjados se hizo realidad a la altura del primer puente, así que tuve que meterme a la línea de tránsito tradicional a puros empujones. La señora de moño y espejuelos que igualmente se colaba a mi derecha, montada en un Toyota verde, me miraba con cara amenazante. Por supuesto, el cristal de su auto tenía una pegatina que la respaldaba: “CUIDADO: Este vehículo le pertenece a Cristo”. Y yo me encomendé a Moisés: dejé a la doña atrás cuando el mar Muerto de chatarra se abrió para cederle el paso a una ambulancia. Lero lero.
Media hora después, descubrí la causa. Unos eficientes empleados del Departamento de Transportación y Obras Públicas decidieron remover un pedacito de carretera que no cubría ni diez metros. Cuando pasé por el área cercada, sólo había dos personas trabajando, y una brigada de diez o doce observaba y chisteaba (para variar), sin importarles el maremágnum que se desataba a su alrededor. Admito que, al verlos, aplaudí con delirio: así se hacen las cosas en este país, con diligencia y buen sentido.
EL MISMO DÍA, 6:02 p.m. – Con la presión arterial en su sitio y buenas nuevas del médico, me senté a ver las noticias. El tema de las vistas de confirmación de Sonia Sotomayor al Tribunal Supremo de los Estados Unidos ya no era tan importante: ahora estamos de alarma por una muerte asociada al infame virus AH1N1. Las caras largas de los miembros del equipo de gobierno evidenciaban preocupación, y el Gobernador Fortuño anunciaba cifras que, de pronto, se convertían en una absoluta sorpresa. Casi 300 casos bajo sospecha, y 35 confirmados. El contagio se da ahora de persona a persona, lo que nos expone a todos y todas en cada renglón de la vida cotidiana.
De pronto, toooodo el mundo se acordó que existía la gripe de los demonios. Unas semanas antes, se había alborotado el gallinero por el primer –y al parecer, único—caso sospechoso; un hombre que había regresado de un viaje en crucero y que vive en Ponce. Recuerdo que, en esos días, me tocaba cita con la ortodoncista y, antes de pasar a la revisión, la amable muchacha me pidió que entrara al baño a desinfectarme. La paranoia colectiva arrasaba con todo lo que pudiera servir como germicida. Besar a un amigo/a era un intento de suicidio. Entrar a un baño público era un absoluto desafío a la sensatez.
¿Y qué pasó? Todo el mundo bajó la guardia. Verano pa’ quí, jaleo pa’llá, que la pelea de Cotto, que la noche de San Juan… ¿Y la gripe? Bien, gracias. Nos olvidamos del jelengue porque, en realidad, pasó a último plano. Y de pronto, el monstruo resucita, cobrando vidas como una seria amenaza. Al ver la noticia, vuelvo a aplaudir: de verdad que, cuando mi gente se quiere botar, se bota.
EL MISMO DÍA, 11:16 p.m. – Después de reirme un rato con el mano a mano entre Magdalena La Pelúa y Yolandita La Mala, reiteré el malsano placer de las noticias locales. Los refritos del principio no me perturbaron; ya sabía la historia de la gripe y toda la alarma. Entonces, anuncian las notas policíacas, y salto del asiento. Resulta que, a plena luz del día, un hombre con la sangre alcoholizada perdió el control de su vehículo y fue a parar al mismo medio de la laguna San José, en Condado. El individuo –a quien de seguro se le espantó la borrachera y, de paso, el ángel de la guarda—pudo salir ileso del percance aunque, según el reporte noticioso, “remover el vehículo del lugar del accidente no fue tarea fácil”.
Regreso al punto de partida, porque en algún sitio me perdí. Vamos a ver si entiendo: un hombre anda por la calle con 0.15 por ciento de alcohol en la sangre cuando los ciudadanos normales y corrientes estamos en las faenas del diario vivir. (O, como en mi caso, estamos atrapados en un tapón, tratando de llegar a la oficina del cardiólogo). Entonces, atontado por la embriaguez, le entra el espíritu de Acuamán y decide volar por encima del puente Dos Hermanos para lanzarse al agua en busca del galeón que ayudará a financiar los Juegos Centroamericanos. Es posible. ¿O sería que la juma le provocó tanto calor que, por sus pantalones, decidió zambullirse a nadar y, de paso, lavar la guagua?
No, no, si es que hasta me puse de pie para ovacionar la hazaña.
Al final del día comprendí una verdad extraordinaria: la genialidad boricua no tiene parangón. No hay quién nos ponga un pie al frente en eso de ser los mejores. Porque lo somos, en lo bueno. Y en lo malo, ni hablar. Cada día nos botamos más en eso de hacernos únicos, perfectos, insustituíbles.
El desafío, en todo caso, es adivinar qué ocurrirá mañana que sea más cabrón que lo que pasó ayer.
Me refiero a la prueba:
MARTES, 1:45 p.m. – Con la certeza de que el consultorio del médico queda a escasos diez minutos de mi casa, salí a las dos menos cuarto. Pero cuál no sería mi sorpresa al encontrarme que, en el expreso, había un tapón de los veinte mil infiernos. Dos carriles atacuñados de carros que no se movían, y yo era el último en la cola (hasta que aparecieron 18 millones de automóviles detrás de mí).
Para adelantarme entre entre el tapón, hice más maromas que un cirquero: me metí por el paseo, cortándole a los 38 mil camiones que discurrían por el carril derecho. La amenaza de los drones anaranjados se hizo realidad a la altura del primer puente, así que tuve que meterme a la línea de tránsito tradicional a puros empujones. La señora de moño y espejuelos que igualmente se colaba a mi derecha, montada en un Toyota verde, me miraba con cara amenazante. Por supuesto, el cristal de su auto tenía una pegatina que la respaldaba: “CUIDADO: Este vehículo le pertenece a Cristo”. Y yo me encomendé a Moisés: dejé a la doña atrás cuando el mar Muerto de chatarra se abrió para cederle el paso a una ambulancia. Lero lero.
Media hora después, descubrí la causa. Unos eficientes empleados del Departamento de Transportación y Obras Públicas decidieron remover un pedacito de carretera que no cubría ni diez metros. Cuando pasé por el área cercada, sólo había dos personas trabajando, y una brigada de diez o doce observaba y chisteaba (para variar), sin importarles el maremágnum que se desataba a su alrededor. Admito que, al verlos, aplaudí con delirio: así se hacen las cosas en este país, con diligencia y buen sentido.
EL MISMO DÍA, 6:02 p.m. – Con la presión arterial en su sitio y buenas nuevas del médico, me senté a ver las noticias. El tema de las vistas de confirmación de Sonia Sotomayor al Tribunal Supremo de los Estados Unidos ya no era tan importante: ahora estamos de alarma por una muerte asociada al infame virus AH1N1. Las caras largas de los miembros del equipo de gobierno evidenciaban preocupación, y el Gobernador Fortuño anunciaba cifras que, de pronto, se convertían en una absoluta sorpresa. Casi 300 casos bajo sospecha, y 35 confirmados. El contagio se da ahora de persona a persona, lo que nos expone a todos y todas en cada renglón de la vida cotidiana.
De pronto, toooodo el mundo se acordó que existía la gripe de los demonios. Unas semanas antes, se había alborotado el gallinero por el primer –y al parecer, único—caso sospechoso; un hombre que había regresado de un viaje en crucero y que vive en Ponce. Recuerdo que, en esos días, me tocaba cita con la ortodoncista y, antes de pasar a la revisión, la amable muchacha me pidió que entrara al baño a desinfectarme. La paranoia colectiva arrasaba con todo lo que pudiera servir como germicida. Besar a un amigo/a era un intento de suicidio. Entrar a un baño público era un absoluto desafío a la sensatez.
¿Y qué pasó? Todo el mundo bajó la guardia. Verano pa’ quí, jaleo pa’llá, que la pelea de Cotto, que la noche de San Juan… ¿Y la gripe? Bien, gracias. Nos olvidamos del jelengue porque, en realidad, pasó a último plano. Y de pronto, el monstruo resucita, cobrando vidas como una seria amenaza. Al ver la noticia, vuelvo a aplaudir: de verdad que, cuando mi gente se quiere botar, se bota.
EL MISMO DÍA, 11:16 p.m. – Después de reirme un rato con el mano a mano entre Magdalena La Pelúa y Yolandita La Mala, reiteré el malsano placer de las noticias locales. Los refritos del principio no me perturbaron; ya sabía la historia de la gripe y toda la alarma. Entonces, anuncian las notas policíacas, y salto del asiento. Resulta que, a plena luz del día, un hombre con la sangre alcoholizada perdió el control de su vehículo y fue a parar al mismo medio de la laguna San José, en Condado. El individuo –a quien de seguro se le espantó la borrachera y, de paso, el ángel de la guarda—pudo salir ileso del percance aunque, según el reporte noticioso, “remover el vehículo del lugar del accidente no fue tarea fácil”.
Regreso al punto de partida, porque en algún sitio me perdí. Vamos a ver si entiendo: un hombre anda por la calle con 0.15 por ciento de alcohol en la sangre cuando los ciudadanos normales y corrientes estamos en las faenas del diario vivir. (O, como en mi caso, estamos atrapados en un tapón, tratando de llegar a la oficina del cardiólogo). Entonces, atontado por la embriaguez, le entra el espíritu de Acuamán y decide volar por encima del puente Dos Hermanos para lanzarse al agua en busca del galeón que ayudará a financiar los Juegos Centroamericanos. Es posible. ¿O sería que la juma le provocó tanto calor que, por sus pantalones, decidió zambullirse a nadar y, de paso, lavar la guagua?
No, no, si es que hasta me puse de pie para ovacionar la hazaña.
Al final del día comprendí una verdad extraordinaria: la genialidad boricua no tiene parangón. No hay quién nos ponga un pie al frente en eso de ser los mejores. Porque lo somos, en lo bueno. Y en lo malo, ni hablar. Cada día nos botamos más en eso de hacernos únicos, perfectos, insustituíbles.
El desafío, en todo caso, es adivinar qué ocurrirá mañana que sea más cabrón que lo que pasó ayer.
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Traje típico
Para Joey, porque me lo pediste.
Hubo una encuesta; lo sé porque yo la vi.
En realidad, no fue una encuesta-encuesta: simplemente, la periodista Patricia Vargas de El Nuevo Día lanzó una pregunta, justo después de comentar en su nota que la nueva Miss Universe Puerto Rico no tenía traje típico. Según la nota de Vargas, la jovencita que nos representará en el concurso de marras no tiene el susodicho atuendo –que representaría el verdor de El Yunque—porque sus nuevos directores (en honor al cambio de gobierno) descartaron las ideas de la pasada administración.
Entonces, con un airecillo inocente (“sin querer queriendo”), la periodista cerró el escrito con un comentario así, como tan al aire… “Se aceptan sugerencias”.
Ay madre.
Mi abuela siempre decía que al pájaro ponzoñoso Dios no le da alas. Y en este país que la gente tiene demasiado tiempo libre –más aún con la crisis ésta del desempleo—era un deleite leer los comentarios cibernéticos respondiendo a la petición de Vargas. He aquí algunas sugerencias, de las más ingeniosas:
• De jibarita (con un vestido blanco, muchas flores, collares, etc.)
• De india taína (“fresca, libre, sensual, independiente e interesante”…)
• Del Morro (pintada de marrón, con una garita en la cabeza)
• De deambulante (con todo lo que ha tenido que pasar para recoger el dinero de su participación)
• De Sonia Sotomayor (bueno, los cibernautas la llamaron “Sonia, La Diosa de la Justicia)
• De marrayo (también pintada de marrón, emulando al típico dulce a base de coco, y a las subsiguientes consecuencias intestinales)
Pero el cuento no para ahí: decidí rebuscar en esos foros oscuros donde los “missólogos” se dedican a investigar, indagar y hasta ordenar las estrategias para manejar a las reinas de belleza. Ahí descubrí otro grupete de sugerencias; he aquí algunas:
• De negra (bueno, en realidad, decía algo así como que “reflejara la herencia de nuestros ancestros esclavos”… WTF!)
• De coquí (“están de moda”, decía el mensaje)
• De desempleada (a tono con los despidos del gobierno)
• De bandera de Puerto Rico (con el azul en dos tonos, según la nueva “controversia”)
• De iPod (bueno, eso lo dijo uno que le importa torta de qué se vista la muchacha)
Si vamos a hablar con sinceridad, el asuntillo de los trajes típicos siempre me ha parecido una estupidez. No sé qué se gana con ese embeleco de vestir a la pobre chica de mamarracho: a algún diseñador se le ocurre un tema folclórico y, de pronto, la muchacha tiene que cargar con un embeleco que le puede costar una intervención en el punto de seguridad del aeropuerto. Pero, aún en este siglo, todavía hay quienes convierten este tema en un asunto de discusión nacional.
Honestamente, yo me reí bastante con el que sugirió el iPod –porque de pronto es el artefacto nacional boricua. Entre eso, el Wii y el PSP, no hay nada que represente mejor a la juventud puertorra, que carga con esos artefactos como reflejo digno de su déficit de atención. Sin embargo, hay que admitir que es un poco cruel, aparte de que no creo que la muchacha consiga el endoso de los manufactureros de estos esperpentos que idiotizan.
Pero sí pienso que, en la era del reciclaje, podríamos considerar opciones más interesantes. He aquí mis sugerencias:
• De Perla del Caribe: Ya sé, Marisol plantó bandera con ese elemento. Sería cuestión de reciclarlo: buscar la almeja de cartón, echarle un par de potes de escarcha y listo.
• De IVU: Ah-ah. Sería muy antipático.
• De Tapón: ¿Habrá algo más típico que un tapón boricua? Los vemos por todos lados, son parte de nuestra idiosincrasia y nos representan como pueblo. El éxito está asegurado.
• De Primera Dama: Si al menos fuera Marge Simpson, sería divertido.
• De Piñones: Sumergida en un baño de aceite usado, la Miss colgaría de su cuerpo ristras de bacalaitos, empanadillas, alcapurrias y rellenos. En la cabeza, llevaría una bombilla –obviamente, una fritura sin bombilla es como un jardín sin flores.
Sin embargo, pienso que todos estos elementos quedarían atrás si se considerara uno que representara a la verdadera mujer boricua, ésa que engalana las calles de nuestras plazas y centros comerciales, y ejecuta con destreza su labor de proveedora de bienes para su familia. Pienso que su vestido típico sería sencillísimo: camiseta de Tweety o Betty Boop, pantalones tipo “leggins” –preferiblemente blancos, translúcidos y desgastados—uñas largas con diseñitos, en honor a una de nuestras próceres más ilustres, Ivy Queen “La Caballota”.
También llevaría un celular colgado del cuello, metido en un simulacro plástico que se asemeja a esos horribles zapatos “crocs” de colores. O tal vez tendría una de esas “cucarachas” –en realidad, aparatos de comunicación Bluetooth—colgando de alguna oreja. Por supuesto, cargaría en su mano la bolsa de Pitusa, llena de productos típicos del país: Lestoil, Ajax, Fabuloso y Clorox.
Y para completar el tropical atuendo, nuestra digna soberana se coronaría de gloria luciendo en su cabecita el peinado oficial de nuestras hermosas mujeres boricuas: El Dubi.
Apunta Desirée, que esta idea es “de grati”.
Hubo una encuesta; lo sé porque yo la vi.
En realidad, no fue una encuesta-encuesta: simplemente, la periodista Patricia Vargas de El Nuevo Día lanzó una pregunta, justo después de comentar en su nota que la nueva Miss Universe Puerto Rico no tenía traje típico. Según la nota de Vargas, la jovencita que nos representará en el concurso de marras no tiene el susodicho atuendo –que representaría el verdor de El Yunque—porque sus nuevos directores (en honor al cambio de gobierno) descartaron las ideas de la pasada administración.
Entonces, con un airecillo inocente (“sin querer queriendo”), la periodista cerró el escrito con un comentario así, como tan al aire… “Se aceptan sugerencias”.
Ay madre.
Mi abuela siempre decía que al pájaro ponzoñoso Dios no le da alas. Y en este país que la gente tiene demasiado tiempo libre –más aún con la crisis ésta del desempleo—era un deleite leer los comentarios cibernéticos respondiendo a la petición de Vargas. He aquí algunas sugerencias, de las más ingeniosas:
• De jibarita (con un vestido blanco, muchas flores, collares, etc.)
• De india taína (“fresca, libre, sensual, independiente e interesante”…)
• Del Morro (pintada de marrón, con una garita en la cabeza)
• De deambulante (con todo lo que ha tenido que pasar para recoger el dinero de su participación)
• De Sonia Sotomayor (bueno, los cibernautas la llamaron “Sonia, La Diosa de la Justicia)
• De marrayo (también pintada de marrón, emulando al típico dulce a base de coco, y a las subsiguientes consecuencias intestinales)
Pero el cuento no para ahí: decidí rebuscar en esos foros oscuros donde los “missólogos” se dedican a investigar, indagar y hasta ordenar las estrategias para manejar a las reinas de belleza. Ahí descubrí otro grupete de sugerencias; he aquí algunas:
• De negra (bueno, en realidad, decía algo así como que “reflejara la herencia de nuestros ancestros esclavos”… WTF!)
• De coquí (“están de moda”, decía el mensaje)
• De desempleada (a tono con los despidos del gobierno)
• De bandera de Puerto Rico (con el azul en dos tonos, según la nueva “controversia”)
• De iPod (bueno, eso lo dijo uno que le importa torta de qué se vista la muchacha)
Si vamos a hablar con sinceridad, el asuntillo de los trajes típicos siempre me ha parecido una estupidez. No sé qué se gana con ese embeleco de vestir a la pobre chica de mamarracho: a algún diseñador se le ocurre un tema folclórico y, de pronto, la muchacha tiene que cargar con un embeleco que le puede costar una intervención en el punto de seguridad del aeropuerto. Pero, aún en este siglo, todavía hay quienes convierten este tema en un asunto de discusión nacional.
Honestamente, yo me reí bastante con el que sugirió el iPod –porque de pronto es el artefacto nacional boricua. Entre eso, el Wii y el PSP, no hay nada que represente mejor a la juventud puertorra, que carga con esos artefactos como reflejo digno de su déficit de atención. Sin embargo, hay que admitir que es un poco cruel, aparte de que no creo que la muchacha consiga el endoso de los manufactureros de estos esperpentos que idiotizan.
Pero sí pienso que, en la era del reciclaje, podríamos considerar opciones más interesantes. He aquí mis sugerencias:
• De Perla del Caribe: Ya sé, Marisol plantó bandera con ese elemento. Sería cuestión de reciclarlo: buscar la almeja de cartón, echarle un par de potes de escarcha y listo.
• De IVU: Ah-ah. Sería muy antipático.
• De Tapón: ¿Habrá algo más típico que un tapón boricua? Los vemos por todos lados, son parte de nuestra idiosincrasia y nos representan como pueblo. El éxito está asegurado.
• De Primera Dama: Si al menos fuera Marge Simpson, sería divertido.
• De Piñones: Sumergida en un baño de aceite usado, la Miss colgaría de su cuerpo ristras de bacalaitos, empanadillas, alcapurrias y rellenos. En la cabeza, llevaría una bombilla –obviamente, una fritura sin bombilla es como un jardín sin flores.
Sin embargo, pienso que todos estos elementos quedarían atrás si se considerara uno que representara a la verdadera mujer boricua, ésa que engalana las calles de nuestras plazas y centros comerciales, y ejecuta con destreza su labor de proveedora de bienes para su familia. Pienso que su vestido típico sería sencillísimo: camiseta de Tweety o Betty Boop, pantalones tipo “leggins” –preferiblemente blancos, translúcidos y desgastados—uñas largas con diseñitos, en honor a una de nuestras próceres más ilustres, Ivy Queen “La Caballota”.
También llevaría un celular colgado del cuello, metido en un simulacro plástico que se asemeja a esos horribles zapatos “crocs” de colores. O tal vez tendría una de esas “cucarachas” –en realidad, aparatos de comunicación Bluetooth—colgando de alguna oreja. Por supuesto, cargaría en su mano la bolsa de Pitusa, llena de productos típicos del país: Lestoil, Ajax, Fabuloso y Clorox.
Y para completar el tropical atuendo, nuestra digna soberana se coronaría de gloria luciendo en su cabecita el peinado oficial de nuestras hermosas mujeres boricuas: El Dubi.
Apunta Desirée, que esta idea es “de grati”.
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Mayra Matos,
Miss Puerto Rico
martes, 14 de julio de 2009
The Real Housewives of Juana Díaz City
En estos días de “vacaciones”, es curioso recorrer las calles del pueblo donde me crié desde una perspectiva diferente. No es que me haya alejado demasiado tiempo, pero la prisa no me permite ver con detenimiento el entorno juanadino que ahora, con más calma, puedo disfrutar.
¿Disfrutar dije? No, la verdad es que no: desde que empecé a caminar por las calles de esta ciudad, haciendo mis gestiones cotidianas a pie para no gastar gasolina, he visto una revolución. De personas, de costumbres, de actitudes, de todo. Definitivamente, éste no es el pueblito donde crecí y estudié, sino un lugar que desconozco por completo.
Para empezar, la gente ha cambiado mucho. Cuando miro alrededor, sólo veo desconocidos que mi memoria no alcanza a descifrar. Tampoco es que tenga amnesia: puedo reconocer a alguno que otro juanadino. Pero la sensación que siento al mirarles es como si fueran partes de un rompecabezas que, luego de terminarlo, desarmé y guardé en la caja del olvido. Ahora, cuando intento recomponerlo, la verdad es que no podría; las piezas no corresponden a mis recuerdos. Veo rostros distintos, en su mayoría: caras densas, obtusas, marcadas por el tiempo inmisericorde. Por supuesto, tampoco soy un niño, pero tengo que admitir que, al recordarme rodeado de esas gentes lejanas, me repaso frente al espejo. ¿De verdad me veré así de matao?
También observo nuevas prácticas: hacer compras con el uniforme del trabajo parece ser una tendencia de moda muy común entre hombres y mujeres. Posiblemente, he visto más gente uniformada en los supermercados y en las tiendas que en sus puestos de trabajo. ¿Serán desempleados que no han perdido la costumbre de usar su ropa del diario o, por aquello de la crisis, han incorporado la vestimenta a las tácticas de mercadeo?
Entre recuerdos de gente que no conozco y personas uniformadas que cargan bolsas con papel de inodoro, lo mejor de todo ha sido encontrarme dentro de un “reality show” en plena fila del banco. En medio del circo folclórico que resulta ser la odiosa fila bancaria, nunca pensé que me encontraría frente a ellas, las “Real Housewives” juanadinas.
En mi mente, ellas son perfectas para el susodicho programa, y por razones muy sencillas: entre los dubis, las chanclas, las medias blancas y los tatuajes, son exquisitas y extraordinarias. Una –la llamaré “Mari”—viste de negro cerrado en un modelito informal, justo para el delicioso clima veraniego. Sin quitarse las inmensas gafas que gritan DOLCE & GABANNA desde cada una de sus patas, “Mari” atiende llamadas desde su BlackBerry con cierto desdén muy estudiado. La otra –llamémosle “Tuti”—acaba de llegar, a sólo treinta segundos del último “poof” de fijador sobre su extraordinaria melena pelirroja, perfectamente acicalada. “Tuti” rebusca en su enorme cartera (que, como las gafas de “Mari”, grita COACH COACH COACH a cuello pelao) y se ubica detrás de la doña con rolos y un bolso rebosante de jabones y toallas sanitarias. “Tuti” resopla y se indigna: de inmediato, otea el horizonte en busca de “La Chica” –léase, La Empleada Del Banco Que Es Mi Amiguita Y La Quiero Muchas Veces Cuando Hay Mucha Fila Para Que Me Cuele—para ver si puede librarse de la serpiente humana que llega a la puerta.
Pero el asunto no progresa: los empleados se tardan, la espera se alarga. Y yo observo.
Desde su puesto en la fila, “Mari” sigue atada a su poderoso celular 3G. Con sus uñas manicurísimas, roza la pantalla cuatro o cinco veces y gobierna a todos. Ordena colores para el gabinete nuevo, verifica que las ordenes hayan llegado, pelea con la “muchacha” –léase La Que Limpia En Casa Porque Yo Estoy Muy Ocupada—porque no ha levantado a los nenes y le instruye qué combinaciones de ropa deben vestir para cuando ella termine de hacer sus diligencias. El premio, por supuesto, será ir de “shopping”, a Plaza (Del Caribe; Las Américas requiere otra preparación minuciosa). Mientras tanto, “Tuti” conversa con “La Chica” –de hecho, así le llama: “Chica” pa’ aquí, “Chica” pa’ allá—y le cuenta vida y milagros de sus hazañas con el campamento de los nenes que la tienen loca... A todo esto, sacude su melena perfecta para deslumbrar a su estimada amiga, pero el ataque del pelo perfecto no le funciona: de pronto, la empleada bancaria sigue camino del almuerzo, y “Tuti” vuelve a su puesto, detrás de la señora con los rolos y las toallas Nosotras Plus.
Entonces, ¡oh sorpresa!: "Mari" y "Tuti" se descubren.
Nenaaaa, no te vi, miente la primera. Ni yo tampoco, miente la segunda. Ay qué bella, dice una. Vengo del biuti, responde la otra. Nena, estás flaca, insiste la primera. Con este ajoro, admite la segunda. Chica y qué haces por ahí, reclama la primera. Resolviendo los enredos de mi marido, se excusa la segunda. Y por ahí para abajo, sigue la perorata: las Real Housewives juanadinas alardean sus alegrías y sinsabores, sus desengaños y sus preocupaciones, delante de su audiencia cautiva. “Tuti”, por supuesto, se adelanta hasta el lugar de “Mari” en abierta bichería, dando pelo con la excusa de compartir las anécdotas universitarias de sus respectivas hijas “Lorraine” y “Stephanie” en una cháchara eterna de risotadas, en un idioma que sólo ellas entienden.
En eso, la cajera bancaria llama a “Mari” –gracias a Dios—y “Tuti” tiene que volver al sitio de origen, buscando en su cartera gritona un nuevo entretenimiento para su vida extraordinaria.
“Tuti” resopla, resignada, mientras “Mari” se despide de lejitos, igual que Lucé Vela en Día de Reyes. La cara de la doña con los rolos vale millones: ha presentido un intento de colarse que quedó en el olvido porque, como buena Real Housewife, la bicha ni siquiera se le acercó a la salida.
Entonces, cuando miro el televisor que nadie mira, me río solito. Ay Vigoreaux, qué bobo eres, pienso. Si pusieras una cámara en la fila, tremendo show que tendrías en BravoTV.
¿Disfrutar dije? No, la verdad es que no: desde que empecé a caminar por las calles de esta ciudad, haciendo mis gestiones cotidianas a pie para no gastar gasolina, he visto una revolución. De personas, de costumbres, de actitudes, de todo. Definitivamente, éste no es el pueblito donde crecí y estudié, sino un lugar que desconozco por completo.
Para empezar, la gente ha cambiado mucho. Cuando miro alrededor, sólo veo desconocidos que mi memoria no alcanza a descifrar. Tampoco es que tenga amnesia: puedo reconocer a alguno que otro juanadino. Pero la sensación que siento al mirarles es como si fueran partes de un rompecabezas que, luego de terminarlo, desarmé y guardé en la caja del olvido. Ahora, cuando intento recomponerlo, la verdad es que no podría; las piezas no corresponden a mis recuerdos. Veo rostros distintos, en su mayoría: caras densas, obtusas, marcadas por el tiempo inmisericorde. Por supuesto, tampoco soy un niño, pero tengo que admitir que, al recordarme rodeado de esas gentes lejanas, me repaso frente al espejo. ¿De verdad me veré así de matao?
También observo nuevas prácticas: hacer compras con el uniforme del trabajo parece ser una tendencia de moda muy común entre hombres y mujeres. Posiblemente, he visto más gente uniformada en los supermercados y en las tiendas que en sus puestos de trabajo. ¿Serán desempleados que no han perdido la costumbre de usar su ropa del diario o, por aquello de la crisis, han incorporado la vestimenta a las tácticas de mercadeo?
Entre recuerdos de gente que no conozco y personas uniformadas que cargan bolsas con papel de inodoro, lo mejor de todo ha sido encontrarme dentro de un “reality show” en plena fila del banco. En medio del circo folclórico que resulta ser la odiosa fila bancaria, nunca pensé que me encontraría frente a ellas, las “Real Housewives” juanadinas.
En mi mente, ellas son perfectas para el susodicho programa, y por razones muy sencillas: entre los dubis, las chanclas, las medias blancas y los tatuajes, son exquisitas y extraordinarias. Una –la llamaré “Mari”—viste de negro cerrado en un modelito informal, justo para el delicioso clima veraniego. Sin quitarse las inmensas gafas que gritan DOLCE & GABANNA desde cada una de sus patas, “Mari” atiende llamadas desde su BlackBerry con cierto desdén muy estudiado. La otra –llamémosle “Tuti”—acaba de llegar, a sólo treinta segundos del último “poof” de fijador sobre su extraordinaria melena pelirroja, perfectamente acicalada. “Tuti” rebusca en su enorme cartera (que, como las gafas de “Mari”, grita COACH COACH COACH a cuello pelao) y se ubica detrás de la doña con rolos y un bolso rebosante de jabones y toallas sanitarias. “Tuti” resopla y se indigna: de inmediato, otea el horizonte en busca de “La Chica” –léase, La Empleada Del Banco Que Es Mi Amiguita Y La Quiero Muchas Veces Cuando Hay Mucha Fila Para Que Me Cuele—para ver si puede librarse de la serpiente humana que llega a la puerta.
Pero el asunto no progresa: los empleados se tardan, la espera se alarga. Y yo observo.
Desde su puesto en la fila, “Mari” sigue atada a su poderoso celular 3G. Con sus uñas manicurísimas, roza la pantalla cuatro o cinco veces y gobierna a todos. Ordena colores para el gabinete nuevo, verifica que las ordenes hayan llegado, pelea con la “muchacha” –léase La Que Limpia En Casa Porque Yo Estoy Muy Ocupada—porque no ha levantado a los nenes y le instruye qué combinaciones de ropa deben vestir para cuando ella termine de hacer sus diligencias. El premio, por supuesto, será ir de “shopping”, a Plaza (Del Caribe; Las Américas requiere otra preparación minuciosa). Mientras tanto, “Tuti” conversa con “La Chica” –de hecho, así le llama: “Chica” pa’ aquí, “Chica” pa’ allá—y le cuenta vida y milagros de sus hazañas con el campamento de los nenes que la tienen loca... A todo esto, sacude su melena perfecta para deslumbrar a su estimada amiga, pero el ataque del pelo perfecto no le funciona: de pronto, la empleada bancaria sigue camino del almuerzo, y “Tuti” vuelve a su puesto, detrás de la señora con los rolos y las toallas Nosotras Plus.
Entonces, ¡oh sorpresa!: "Mari" y "Tuti" se descubren.
Nenaaaa, no te vi, miente la primera. Ni yo tampoco, miente la segunda. Ay qué bella, dice una. Vengo del biuti, responde la otra. Nena, estás flaca, insiste la primera. Con este ajoro, admite la segunda. Chica y qué haces por ahí, reclama la primera. Resolviendo los enredos de mi marido, se excusa la segunda. Y por ahí para abajo, sigue la perorata: las Real Housewives juanadinas alardean sus alegrías y sinsabores, sus desengaños y sus preocupaciones, delante de su audiencia cautiva. “Tuti”, por supuesto, se adelanta hasta el lugar de “Mari” en abierta bichería, dando pelo con la excusa de compartir las anécdotas universitarias de sus respectivas hijas “Lorraine” y “Stephanie” en una cháchara eterna de risotadas, en un idioma que sólo ellas entienden.
En eso, la cajera bancaria llama a “Mari” –gracias a Dios—y “Tuti” tiene que volver al sitio de origen, buscando en su cartera gritona un nuevo entretenimiento para su vida extraordinaria.
“Tuti” resopla, resignada, mientras “Mari” se despide de lejitos, igual que Lucé Vela en Día de Reyes. La cara de la doña con los rolos vale millones: ha presentido un intento de colarse que quedó en el olvido porque, como buena Real Housewife, la bicha ni siquiera se le acercó a la salida.
Entonces, cuando miro el televisor que nadie mira, me río solito. Ay Vigoreaux, qué bobo eres, pienso. Si pusieras una cámara en la fila, tremendo show que tendrías en BravoTV.
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