Ayer tenía cita con el cardiólogo. Si no me morí del infarto, es porque todavía no me toca.
Me refiero a la prueba:
MARTES, 1:45 p.m. – Con la certeza de que el consultorio del médico queda a escasos diez minutos de mi casa, salí a las dos menos cuarto. Pero cuál no sería mi sorpresa al encontrarme que, en el expreso, había un tapón de los veinte mil infiernos. Dos carriles atacuñados de carros que no se movían, y yo era el último en la cola (hasta que aparecieron 18 millones de automóviles detrás de mí).
Para adelantarme entre entre el tapón, hice más maromas que un cirquero: me metí por el paseo, cortándole a los 38 mil camiones que discurrían por el carril derecho. La amenaza de los drones anaranjados se hizo realidad a la altura del primer puente, así que tuve que meterme a la línea de tránsito tradicional a puros empujones. La señora de moño y espejuelos que igualmente se colaba a mi derecha, montada en un Toyota verde, me miraba con cara amenazante. Por supuesto, el cristal de su auto tenía una pegatina que la respaldaba: “CUIDADO: Este vehículo le pertenece a Cristo”. Y yo me encomendé a Moisés: dejé a la doña atrás cuando el mar Muerto de chatarra se abrió para cederle el paso a una ambulancia. Lero lero.
Media hora después, descubrí la causa. Unos eficientes empleados del Departamento de Transportación y Obras Públicas decidieron remover un pedacito de carretera que no cubría ni diez metros. Cuando pasé por el área cercada, sólo había dos personas trabajando, y una brigada de diez o doce observaba y chisteaba (para variar), sin importarles el maremágnum que se desataba a su alrededor. Admito que, al verlos, aplaudí con delirio: así se hacen las cosas en este país, con diligencia y buen sentido.
EL MISMO DÍA, 6:02 p.m. – Con la presión arterial en su sitio y buenas nuevas del médico, me senté a ver las noticias. El tema de las vistas de confirmación de Sonia Sotomayor al Tribunal Supremo de los Estados Unidos ya no era tan importante: ahora estamos de alarma por una muerte asociada al infame virus AH1N1. Las caras largas de los miembros del equipo de gobierno evidenciaban preocupación, y el Gobernador Fortuño anunciaba cifras que, de pronto, se convertían en una absoluta sorpresa. Casi 300 casos bajo sospecha, y 35 confirmados. El contagio se da ahora de persona a persona, lo que nos expone a todos y todas en cada renglón de la vida cotidiana.
De pronto, toooodo el mundo se acordó que existía la gripe de los demonios. Unas semanas antes, se había alborotado el gallinero por el primer –y al parecer, único—caso sospechoso; un hombre que había regresado de un viaje en crucero y que vive en Ponce. Recuerdo que, en esos días, me tocaba cita con la ortodoncista y, antes de pasar a la revisión, la amable muchacha me pidió que entrara al baño a desinfectarme. La paranoia colectiva arrasaba con todo lo que pudiera servir como germicida. Besar a un amigo/a era un intento de suicidio. Entrar a un baño público era un absoluto desafío a la sensatez.
¿Y qué pasó? Todo el mundo bajó la guardia. Verano pa’ quí, jaleo pa’llá, que la pelea de Cotto, que la noche de San Juan… ¿Y la gripe? Bien, gracias. Nos olvidamos del jelengue porque, en realidad, pasó a último plano. Y de pronto, el monstruo resucita, cobrando vidas como una seria amenaza. Al ver la noticia, vuelvo a aplaudir: de verdad que, cuando mi gente se quiere botar, se bota.
EL MISMO DÍA, 11:16 p.m. – Después de reirme un rato con el mano a mano entre Magdalena La Pelúa y Yolandita La Mala, reiteré el malsano placer de las noticias locales. Los refritos del principio no me perturbaron; ya sabía la historia de la gripe y toda la alarma. Entonces, anuncian las notas policíacas, y salto del asiento. Resulta que, a plena luz del día, un hombre con la sangre alcoholizada perdió el control de su vehículo y fue a parar al mismo medio de la laguna San José, en Condado. El individuo –a quien de seguro se le espantó la borrachera y, de paso, el ángel de la guarda—pudo salir ileso del percance aunque, según el reporte noticioso, “remover el vehículo del lugar del accidente no fue tarea fácil”.
Regreso al punto de partida, porque en algún sitio me perdí. Vamos a ver si entiendo: un hombre anda por la calle con 0.15 por ciento de alcohol en la sangre cuando los ciudadanos normales y corrientes estamos en las faenas del diario vivir. (O, como en mi caso, estamos atrapados en un tapón, tratando de llegar a la oficina del cardiólogo). Entonces, atontado por la embriaguez, le entra el espíritu de Acuamán y decide volar por encima del puente Dos Hermanos para lanzarse al agua en busca del galeón que ayudará a financiar los Juegos Centroamericanos. Es posible. ¿O sería que la juma le provocó tanto calor que, por sus pantalones, decidió zambullirse a nadar y, de paso, lavar la guagua?
No, no, si es que hasta me puse de pie para ovacionar la hazaña.
Al final del día comprendí una verdad extraordinaria: la genialidad boricua no tiene parangón. No hay quién nos ponga un pie al frente en eso de ser los mejores. Porque lo somos, en lo bueno. Y en lo malo, ni hablar. Cada día nos botamos más en eso de hacernos únicos, perfectos, insustituíbles.
El desafío, en todo caso, es adivinar qué ocurrirá mañana que sea más cabrón que lo que pasó ayer.