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martes, 4 de diciembre de 2012

Quique


A Mercedes Rodríguez López, por la inspiración de sus palabras.

José Enrique Gómez Saladín (1980-2012) - Foto suministrada © Primera Hora
Miro tu foto, sonriente y vestido de etiqueta, posteada repetidamente en Facebook con la esperanza de que aparecieras, donde fuera, quizás lastimado pero aún con vida.  Entonces, la realidad me explota en la cara: con la confesión de un imberbe y el hallazgo de un cuerpo, la esperanza es inútil –igual que esa vieja canción.  Otra vez miro tu foto, que eternizó uno de tus momentos felices, en esa fiesta–quizás fue tu propia boda o una actividad social donde regalaste a todos tu sonrisa franca. 
 
Pienso, por un momento, que yo podría ser tú.  Eso no es cierto, Quique: tú podrías ser cualquiera de nosotros.

Recuerdo todas las veces que he salido a las tantas, cansado y muerto del hambre, a comprar algo de comer en un servicarro.  O, ajorao por el día eterno, al supermercado para comprar el pan y el jugo del desayuno.   O, cansao y adolorido, a Walgreens a comprar Tylenol para calmarme el dolor de cabeza.  O al cine.  O a Plaza.  O al sitio de los yogures.  Da igual.  Lo que importa es que yo también estoy en la calle, expuesto a que, sin saberlo, alguien haya decidido que hoy es el día y me caiga arriba.  Cuando me saque de ruta y decida por mí, tome mi dinero, mi carro, mis sacrificios, mis problemas y mis dudas, habrá resuelto su vida con lo que pueda sacar de mi bolsillo para tener lo que quiere y no puede –o puede, pero no quiere tenerlo como yo, trabajando con cojones, para vivir con lo poco y echar pa’lante.

Pienso, por un momento, que con los seiscientos pesos que te sacaron, esos chamacos creyeron que serían más felices.  Eso no es cierto, Quique: nadie compra la felicidad pagando con tarjeta ajena.

Repaso los tuits –conocidos y ajenos, rabiosos y tristes.  Releo los comentarios –repetidos y retomados, quejumbrosos o indignados.   Reacciono, resiento y rechiflo: aclamo el fin de la injusticia, la mirada misericordiosa del Universo, la acción inmediata de quienes nos gobiernan.  O de los que comentan por la radio.  O de los que informan al país.  Da igual.  Lo que importa es no callarse ante tu muerte, ni la de esos muchachos en Ponce, ni la que ocurrió en Loíza, ni la de Lorenzo, ni la de Yexeira, ni la de nadie que haya perdido la vida a manos de quien nunca debió arrebatársela.  Ni siquiera la de Macho y su acompañante –con todo y que no se me quita el bochorno ajeno que me provocó la pompa excesiva de sus funerales ni la cafrería de su ilustre familia.

Pienso, por un momento que, igual que hicieron con Macho, deberían hacer contigo: velar tu cadáver en un lugar prominente.  Eso no es cierto, Quique: un gran velorio no te devolverá a los que hoy te lloran.

Recobro la conciencia y me doy cuenta de que, con escribir, ni siquiera actúo.  Solamente denuncio mi preocupación, destilo mi coraje, lloro mi pena y asumo mi vergüenza frente a los seres que comparten conmigo estas líneas.  O simplemente me guillo de escribir del tema, porque es necesario.  O levanto la mano con furia, gritando un “basta ya” que no recibe respuesta.  O inicio un movimiento solidario.  Da igual.

Pienso, por un momento, que sí da igual.  Eso no es cierto, Quique: nunca dará igual tu muerte, porque no fue justa.  Ninguna lo es.  Y tenemos que denunciarla y condenarla y perseguirla y joderla y arrinconarla hasta el mismísimo lugar donde nació tu vida: en el seno de un hogar maltrecho, del que una vez salieron los que te arrancaron del mundo a destiempo.  Averiguar qué hay, por qué fue, qué pasó, qué faltó, qué no se dijo, qué se perdió.  Ahí es que están las respuestas.  Tenemos que hacerlo si queremos comprender.  Y resolver.  Y actuar.  Y vivir.  Sin miedo.

Descansa, Quique.  Te abrazo y te miro, con tu sonrisa franca.  Yo soy tú.  Tú eres todos.  Morimos contigo, pero igual renaceremos.  En paz.

domingo, 28 de octubre de 2012

Caravana



Esta tarde, después de sufrir un encuentro cercano del tercer tipo con una caravana política, sentí miedo.  El partido no importa ahora; lo que sí no puedo obviar es el frío que me ha causado este mar de gente extraña, apoderada del espacio público, desafiando todas las leyes –incluyendo la de gravedad, la del sentido común, la del decoro y hasta la del buen vestir.

Caravana política en Puerto Rico.


Todavía ni entiendo cómo fue que me ocurrió.  La estación de gasolina era mi última parada para completar la rutina de mandados domingueros.  De pronto, llega este gentío ruidoso que alardea fuerza y desfachatez.  Presumiendo superioridad con el acelerado bestial de sus motoras, “four-tracks”, jeeps, convertibles, carromatos y demás vehículos afines, nadie se mide: ni las damas, que andan con medio cuerpo afuera de los cristales, exhibiendo los tatuajes de sus bajos fondos, ni los caballeros, que se ubican frente a todo y a todos en absoluto plan troglodita.  Los niños y adolescentes tampoco se excluyen de la fórmula: siguen el juego de sus mayores, igualmente desafiando los peligros de un vehículo en movimiento como si nada, contagiados por el espíritu que les alimentan porque –apuesto mi sueldo—ni siquiera saben por qué carajo están ahí.  A todos les seduce la bulla, el revolú, la joda.  Muy pocos, quizá ninguno, piensa en las consecuencias del ejercicio electoral que enfrentaremos de aquí a unos días.

Todos y todas ondean banderas –del color que sea; ya les digo, el partido no viene al caso.  Gritonean por encima de la música ensordecedora, se adueñan del canto y allí estás, en medio de ellos, preguntándote cómo fue que caíste en la trampa, si lo único que querías era resolver un problema y seguir con tu vida.  Y no es que seas indiferente al asunto político, pero igual resulta incómodo que tengas que rasparte sus malas costumbres, padecer sus descortesías y sentirte literalmente amenazado por su destemplada imposición. 

En medio de todo, ahí estoy yo, tratando de liberarme del asunto.  Con mucho cuidado –sé que, en estos días, no puede uno confiarse—le pido al amable señor que me impone el “four-track” frente a mi carro que si puede moverse un poco para dejarme paso.  De mala gana me hace una seña como para que avance a moverme, mientras su mujer me mira con mala cara, blandiendo una enorme bandera colgada de un grueso palo: por supuesto, tanto ella, el marido y el palo me cagan del susto así que huyo del lugar a toda prisa.  Sigo por mi rumbo, acelerando el carro cuanto más puedo para alejarme, pero es inútil: en el camino me doy cuenta de que no han perdonado poste, verja, árbol o valla para colgar las caretas de sus líderes.  Todos ellos me acompañan, en caravana, hasta la misma puerta de mi casa.

Pregunto: ¿qué miden, a fin de cuentas, estos desórdenes permitidos como “ejercicio de libre expresión”?  Si los carros no votan, tampoco las motoras, mucho menos los niños ni los postes, de verdad no les encuentro la gracia.  Entonces, ¿por qué tenemos que sufrir su amenaza?

Sé que preguntar es inútil: de un lado y de otro me dirán que es parte de la tradición y que se necesitan para avivar el entusiasmo electoral.  Otros piensan que es un ejercicio de liberación y que pudieran compararse con el eufórico desorden de un carnaval.  Pues, de acuerdo: a todos que se pasen con los carros por encima y se despachurren por sus candidatos favoritos, si es que el sacrificio les parece propio. 

Pero que no me quiten el derecho a mi silencio y mi paz, carajo.  Hasta ahí llegamos.

viernes, 6 de julio de 2012

Alcapurria


Pues sí, dicen que al muchacho le gustan mucho las alcapurrias de jueyes.  Todo el mundo anda detrás de él, mirándole con extraña satisfacción mientras se jampea una de esas grasientas delicias que venden en Piñones, preocupados de que vaya a perder su escuálida figura de N’Sync.

Las notas de prensa no paran: que si se tapa la cara, que si es un grosero, que si no habla.  A nadie debería importarle su estadía en la isla –y menos la de su novia, quien, además de acompañarle, ha venido para cumplir sus sueños: tomar clases de buceo, a aprender a hacer saltamontes con hojas de palma y a jugar peregrina.  Claro, es natural que todos se interesen: el tal Timberlake es el remix de la plena de Manuel "Canario" Jiménez, “mamita, si tú lo vieras/qué cosa linda, qué cosa mona”.  Y nos tiene embobaítos.

Foto © El Nuevo Día/Dennis M. Rivera Pichardo 
Esa fascinación boricua con lo que venga de tierras lejanas es pura herencia.  Los taínos se fascinaron con Salcedo, al punto de ahocicarlo en el río para ver si, de verdad, era humano.  Nos enloquecen Santa Clos y los Reyes, Costco y Walgreens.  No hay que ser demasiado ducho en historia para comprender que todos estos siglos de dominación colonial nos han condicionado a pensar que, si viene de afuera, es fascinante, admirable, único, maravilloso.  Como las gárgolas esas que, por supuesto, tenían que venir desde sabe Dios qué pliegue oscuro del mismísimo carajo para asentarse nada menos que en Vieques.  Igual pasó con la nieve que nos trajo Doña Fela para que la viéramos de cerca, aunque llegara convertida en un triste lapachero.

Pues así es que nos pasa con el tal Justin: fanáticos y periodistas le andan detrás como los mimes, locos por que se les zafe a los productores esos que no lo sueltan ni a jodías, se pierda por ahí en una callecita de Santurce y puedan formar con él un rumbón de esquina.  Ya lo veo, rubio y mustio, entre las masas ardientes por la cerveza, desbordadas del hospitalario calor boricua –las mujeres en dubi se le tirarían encima; los hombres le posarían al lado con su mejor pose de reguetonero barato.  Y él, por supuesto, les sonreiría a todos, diciendo, “I love Puerto Rico”, siempre bien agarrado de su novia –sosa y jincha como un chayote.

El cuento de que la tal película Runner, Runner venga aquí a dejarnos cuchucientos millones de ingresos a mí no me convence mucho.  No creo que estén contando con esos chavos para cuadrar el presupuesto porque semanas van ya desde que, entre donas y marronazos, lo acomodaron a la fuerza.  Sí habrá alquiler de viviendas, camiones, equipo fílmico, contratos de personal local para diversas tareas afines al proceso de producción, pero de eso a que nos vaya a cambiar la vida, no se estén creyendo: seguiremos aquí, sobreviviendo entre tiroteos y chanchullos que bien superan la ficción de una peliculita que (apuesto desde ya) será olvidable.

Peor aún: me temo que al final de cuentas—como ha pasado con muchas otras producciones cinematográficas—nuestra isla solo se mencionará en los créditos como lugar de filmación.  O sea, que no es parte de la trama.  Ni piensen que Zuleyka Rivera protagonizará uno de los giros dramáticos importantes de la historia.  (Mucho menos Brenda Robles: no me parece que sea, precisamente, una historia sobre naves espaciales.)  Se los digo para que, cuando todos vayan de averiguaos al cine, señalando a la pantalla intentando reconocerse entre los extras, o buscando algún tramito de alguna carretera local, no se emocionen tanto.  Perdonen que les desinfle la burbijita de ilusión.

Ahora bien, si quieren ponerle el GPS al flacuchingo este para seguirlo hasta en el baño y embelesarse con su estampa mientras defeca, allá ustedes.  Eso sí, les advierto muy en serio: ahora que llegó Ben Affleck, no vayan a preguntarle que si extraña las nalgas de JLo.  

Primero atragántense con una jodía alcapurria.  No me hagan pasar esa vergüenza, coño.

viernes, 6 de abril de 2012

Santo


Generalmente, en estas fechas y a esta hora, mi computadora descansa.  Por voluntad propia, hace años he establecido el voto específico de una descontaminación cibernético-tecnológica durante el fin de semana santo.  En otras palabras, que me desconecto y me olvido de computadoras, celulares y cuanto aparato sirva para asomarme a la ventana de ese mundo loco que, aún sin mi presencia, sigue su carrera demencial.

No obstante, ante el llamado de un colega profesor en necesidad de unos datos específicos –el pobre tiene que aprovechar su viernes para ponerse al día—no me quedó de otra: prendí la maquinita y rompí la tradición.  Hacerlo me costó enterarme de informaciones que habrían quedado pendientes para después de la gloria: los chismes políticos –esos los ignoro--, el nuevo vídeo de JLo –interesantes guiños a su realidad actual—y el lamentable accidente automovilístico de tres chamaquitos justo cerca del sur donde reposo.  Según la noticia –que leí de reojo, admito—un muchacho de 19 años murió en el accidente producido por el impacto a un poste del tendido eléctrico.  Eso lo veía venir, hace rato.

Días antes, en mis visitas al colmado, me llamó la atención que, entre los refrescos y las papitas, un grupo de mozalbetes planificaban una compra apoteósica.  Toda suerte de efectos desechables, picaderas embolsadas, vasos por montones y mucha, mucha bebida alcohólica se amontonaban en un carro que todos llevaban y nadie conducía.  La edad promedio de los tres, a ojo, no llegaba a los veintiún años.  Por supuesto, ninguno se habría detenido a pensar en el futuro: vivían el feliz presente, roncando de machitos sabihondos que se aventuraban a esa moda impuesta de joder y a acampar en una playa, aprovechando las “santas” vacaciones.

Ya no debe sorprenderme: el respeto por la santidad de estos tiempos no es el mismo que, en mis tiempos jóvenes, me asustaba.  Recuerdo que, en mi casa, se nos inculcó el “temor de Dios” al punto del terror: éramos, mi hermanos y yo, víctimas de aquellos cuentos de la abuela en los que ocurrían toda suerte de desgracias si nos atrevíamos a violentar la solemnidad: “el que se baña en Viernes Santo se convierte en pescao”, “no se puede hablar duro, cortar ni martillar”, “se prohíben las malas palabras, los malos pensamientos y las peleas” –esto, a cuento de que, aún en medio del silencio, nos podíamos enredar a pescozones…  Yo qué sé.

Por supuesto, el aleccionamiento era constante: las películas del Jesús ensangrentado –que antes se pasaban sin anuncios por los canales locales—y de las vírgenes flotantes en grutas, muy parecidas a los rincones apartados del patio familiar, nos ponían los pelos de punta.  La solución: un “campamento de fin de semana” en el que todos –mis dos hermanos y yo—dormíamos juntos como una diversión de muchachería.  En realidad, al menos para mí, la experiencia servía para pasar aquella noche lúgubre en compañía, tratando de olvidar las imágenes del Cristo torturado, con los ojos virados en absoluto dolor, y dormir para que ya llegaran la gloria de la resurrección y la alegría del reencuentro con el muerto que volvió de la tumba.  Dios, qué historias.

Por supuesto, para armar el campamento “in-house”, la primera embelequera era Mami, quien nos enseñó a hacer la caseta montada sobre nuestras camas “twin”.  Magistralmente construida con colchas viejas, pinches de ropa y mucha imaginación, aquella cuevita de telas usadas se convertía en punto de juegos de mesa, chistes, lectura y conversación.  De hecho, muchas veces Papi y Mami se aventuraban a entrar con nosotros a la fantasía de muchachitos –no sé si por gusto o por vernos tan entretenidos.   Nuestro “camping” era seguro, feliz e inocente; nada que ver con los tres chamacos que observé, absorto, en el colmado.  Ni mucho menos con los tres que hoy se han convertido en la primera gran tragedia del fin de semana santo.

¿Dónde quedó el “santo” de esta ecuación?

Psss, eso ya no existe: aquellos chamacos del colmado se la montan con una janga a la playa, libres del profe que detestan y lejos de cualquier ejercicio religioso.  No digo que sean ateos –tampoco hay nada malo en serlo, caray—pero se van al mar en busca de una especie de “recogimiento”, auspiciado por Corona y Coors Light.  Lo que no me cabe en la mente es que los padres de esos chamacos son de mi edad y se criaron, como yo, viendo El manto sagrado y Los diez mandamientos, amedrentados por sus propios padres con la cantaleta de que hay que respetar el Viernes Santo.  ¿Cuándo fue que se desconectaron de esa influencia y decidieron ir a por la joda en la playa, en lugar de tomarse un tiempo para sí mismos y conectar con el suspiro de la voz divina?

Me atrevo a adivinar que todo ocurrió cuando los saturaron de ruidos y cosas: televisores encendidos como nanas perennes, jueguitos de vídeo como entretenciones absurdas, idolatrías a raperos que dictan el nuevo decálogo: Four-tracks, motoras, carros, botes, limusinas, mujeres, alfombras rojas, premios, fama, dinero…  Dinero que hoy –otra vez en el colmado—fluía a chorros desde las carteras de los clientes que compraban como si el mundo se fuera a acabar, precisamente, a la hora nona: camarones, rabos de langosta, sierra rebanada, filete de dorado, calamares, verduras y cerveza (mucha, demasiada).

¿Adónde se fue lo santo de este viernes?  Estará en medio de la velocidad, la jartera, la bebelata  y la indiferencia.  Reitero: cada quien que crea en lo que quiera y, si le va irse de culo por las cunetas, servirse la vida marina entera en un plato o exponerse al fuego solar en una playa, es su decisión y la respeto.  La libertad del ser humano estriba, precisamente, en escoger lo que mejor le place y disfrutarlo como mejor puede en sus circunstancias particulares.  Así que bienvenido sea.

Lo único que pido es un día, uno solo: cero aparatos, cero política, cero televisión basura, cero chisme, cero contacto con lo material.  Un solo día de asueto para descansar de la vorágine.  Uno solo.  Es más, no tiene ni que ser santo, vamos.

Es chévere hacerlo, de veras.  Escuchar, en el silencio, un susurro quieto, casi imperceptible.  Suena como una voz, muy dulce, que te habla con ternura.  No es esquizofrenia: eres tú mismo, reconociendo la paz que te habita.  Si quieres llámale “Dios”, “voz interna” –o “Wilson”, como en la película—, da igual.  Te ayudará a entender que el mundo no gira a tu alrededor.

Tan pronto termine estas líneas, prometo regresar al silencio que guardaba antes de romper, por necesidad, mi propia regla.  Por supuesto, ni se crean que volveré hecho un santo.

domingo, 30 de octubre de 2011

Reciclaje

Hace un par de años, para esta misma fecha, participé en un adiestramiento liderado por un simpático señor de origen californiano. La actividad se extendió por todo un fin de semana en el que, como parte de los acuerdos, recibimos desayunos, almuerzos y meriendas provistas por la empresa que coordinó la actividad. Nos trataron como reyes: comimos bien, a tiempo y con entusiasmo, como buenos boricuas. Todo iba de lo más bien: las encargadas de atendernos se esmeraban porque todo quedara a la perfección. Entonces, en uno de los recesos, las chicas encargadas del servicio empezaron a recoger los desperdicios en bolsas que no las cargaba ni Santa Cló en el trineo. Entonces, el gringo (simpático hasta entonces), nos miró a todos con cara de mocho amolao hasta el cabo y dijo sin mucho adorno: “You guys are doing it so wrong. Why the hell aren’t you recycling all that waste? It’s a shame”.

Las chicas se miraron entre sí y, con la vergüenza hirviéndole en los cachetes. Entonces, disimulando un poco, empezaron a deshacer aquellos bolsones para rescatar, de entre la mierda, botellas y latas que antes nos habían satisfecho el apetito. Después de eso, el gringo no dio marcha atrás y continuó su rumbo hacia el salón de adiestramientos. Yo cargué con mi botellita de agua y, al llegar a casa, la zumbé en el candungo del reciclaje, como ya había hecho con todas las demás.

Recordé esa historia justo cuando leí, en el periódico de hoy, la nota sobre el desmadre que existe con los programas de reciclaje en Puerto Rico. Ciertamente, no me extraña: en este país-basura, somos pocos los que vivimos con la conciencia de reducir y reusar los desperdicios, pensando en las generaciones futuras.

Antes ya he hablado sobre esta política de excesos en el uso de bolsas plásticas: a pesar de que todos los supermercados venden las bolsas reusables –como parte del esfuerzo consumista—desalientan su uso cuando uno se presenta con ellas al terminal de pago. La cajera que maneja los víveres como si estuviera en la bolera, te mira con cara de “¿en serio?” cuando le pides que no te empaquen la compra en las antipáticas bolsitas. Entonces, el chamaco que empaca –si es que te ayuda—echará todos tus comestibles, fríos y calientes, junto con los limpiadores, convencido de que no le darás ni un peso de propina. Ay de ti si te quejas.

Por otra parte, siempre que me toca comer en algún espacio abierto dentro de un centro comercial, me hago la misma pregunta. ¿Cómo es posible que ninguno de los comercios principales haya establecido una política institucional contundente sobre el manejo de sus desperdicios? (Si lo hubiera, por favor, me encantaría saberlo.) En todas esas áreas de uso común, desde las más caras hasta las más exquisitas, se despachan servicios de comida en platos de “foam”, amén de las botellas de agua y refresco que circulan a troche y moche. Entonces, no tienes salvación si quieres ser un ciudadano responsable y, después de comer, solo te queda el zafacón para tirar lo que ya no puedes ingerir. Estás absolutamente jodido.

Hace mucho rato que, al parecer, se nos fue el norte en la intención de concienciar sobre la importancia de reducir el desperdicio. En algunos lugares nos colocan un cartelito para cumplir con la encomienda, “recicla por Puerto Rico” –o alguna otra sandez—pero les da lo mismo si zumbas en el mismo receptáculo todo lo que pudiera reutilizarse. “No hay tiempo”, me han dicho los empleados de mantenimiento –de empresas privadas, en su mayoría— cuando les he preguntado qué hacen con los desperdicios reciclables que encuentran a su paso. Me consta que trabajan como bestias para cubrir espacios que, humanamente, son difíciles de mantener limpios y en orden porque, generalmente, sus usuarios son unos cochinos que dejan botellas, papeles y vasos a medio tomar en cualquier esquina disponible. Así que arrasan con todas las basuras que encuentran a su paso y las ajocican en el mismo contenedor. Qué diablos, a ellos les pagan por limpiar, no por salvar el planeta.

En la nota publicada hoy, el ingeniero Elí Díaz Atienza, director ejecutivo de la Autoridad de Desperdicios Sólidos, enfatizó que “el el gobierno tiene la responsabilidad de disponer de la basura, pero la ciudadanía tiene el deber de cuidar el ambiente y colaborar con el reciclaje, que a fin de cuentas es para el bienestar común”. Por supuesto, todos están dispuestos a respaldar la idea de la reutilización de desperdicios, dispuesta por ley desde 1992, aunque la excusa que él y otros funcionarios esgrimen para la implantación efectiva de los programas de reciclaje es que su operación resulta muy costosa.

Es posible que tengan razón. Si seguimos como vamos, un día de estos tendremos que escarbar con los pies para encontrar algún pedazo de suelo limpio por donde podamos caminar en paz hasta el McDonald’s.

Habrá que andar con una pala en el baúl del carro.

jueves, 7 de julio de 2011

Héroe

Hace un par de semanas, borracho por la “marea de Barea”, pensé escribir sobre cómo se le endilga el título de “héroe” a todo el mundo. Alguien, en algún periódico, me robó el título y la idea. Al zafacón el escrito; ni modo.

Una semana después, ante la caída trágica de José “Piculín” Ortiz, quise reflexionar sobre la capacidad de reconocer los errores que pueden tener algunos hombres. Por lo que reseñaron los medios, la admisión de culpa del deportista se acogió con tibieza. Pues ya, me olvidé del tema.

Hoy ha muerto Don Ricardo Alegría. La palabra “héroe”, otra vez, retumbó en mi cabeza.

Rebusqué entre los archivos desechados y rescaté la idea inicial de mi escrito, convencido de que es justo atribuirle el nombrecito de marras. Usted que lee estas líneas fruncirá la boca y pensará que estoy como la veleta; honestamente, poco me interesa. Para los boricuas de cualquier ideología, edad o procedencia, hoy es un día lamentable: la partida física de este historiador, antropólogo y humanista es particularmente dolorosa. En palabras sencillas, la patria se nos está quedando huérfana.

Como ocurre siempre que un personaje importante trasciende a la eternidad, todo el mundo se desborda en halagos y comentarios positivos –todavía no he sabido de ningún muerto que haya sido mala persona. No tengo por qué empalagarles con una larga cantaleta sobre lo mucho que admiraba a Don Ricardo y cuánto valoraba su amistad. Jamás conversé con él directamente. Si lo vi tres veces en mi vida, fue mucho. Eso sí, una vez le escuché en una conferencia, hablando con su característico entusiasmo sobre la importancia de conservar nuestro patrimonio. Era un hombre sabio, sin duda: conocía muchos detalles de la memoria histórica nacional que, por desgracia, no se aprenden en las aulas donde debería moldearse con ternura el amor patrio.

Igualmente admito que, según escuché el verbo ilustrado de Don Ricardo y, en la distancia, le brindé mi respeto, también recuerdo los comentarios de sus detractores. Porque los tuvo, y muchos, incluso algunos que ganaban salarios pagados por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Con sus bocas de comer, esos seres comentaban de todo: que el viejo era insoportable, tedioso y malasangre. Que se había robado una buena parte de la historia para añadirla a sus colecciones personales. Que se creía el padre de la patria y, como tal, se había asegurado su pasaje a la eternidad. Juzgar tales comentarios sería impropio; además, no me interesa.

Como dije antes, la partida física de Don Ricardo Alegría nos deja a solas frente a una gran incertidumbre. Por ley de la naturaleza, se nos acaban los hombres y mujeres que nos hacen mirar al cielo y sonreír –recordemos que todavía se marchitan las flores sobre la tumba de Doña Trina Rivera, otra que tal bailaba en defensa de la sociedad nuestra. Con esa soledad profunda que sigue a la muerte, quedamos a merced de quienes nos gobiernan con desarraigo y –en nombre de los buenos puertorriqueños—atentan contra toda manifestación de nacionalidad. De hecho, la única oportunidad oficial para exhibir nuestro orgullo patrio sin bochorno alguno es la llegada de esos “héroes” exaltados por el frenesí mediático que, ondeando la monoestrellada, saludan y sonríen desde sus carrozas mientras transitan la Avenida Baldorioty.

No quiero decir que Ricky, Barea, Zuleyka –o hasta Piculín—sean indignos de recibir homenajes: si se lucen en lo suyo, recibirlos con orgullo y aplaudirles no es una afrenta. Sin embargo, contrario a Don Ricardo, ellos nos representan en una parte bonita de lo que somos. Por eso me incomoda el titulito mal endilgado de la heroicidad que se le encasqueta a cada boricua como otra excusa más para el festejo absolutamente prescindible. Celebrar que el reciente ganador de The Voice –que no sabe ni cómo se dice “alcapurria”—o que el flamante abogado que salvó a la tal Casey Anthony de la silla eléctrica sean puertorriqueños es una estupidez. Que me perdone El Boricuazo: a veces algunos de sus “lucimientos” me avergüenzan.

Sin embargo, en el caso de Don Ricardo, homenajear su memoria resulta poco, hasta injusto. Fuera bueno, malo o regular como ser humano, no habrá muchos voluntarios que se echen al hombro la difícil tarea de continuar su legado. Ninguna miss, ningún cantante, ningún atleta –me atrevo a predecir—se encargaría de trabajar con el ahínco y la dedicación de este hombre ilustre para recordarnos quiénes fuimos y cómo llegamos a ser lo que somos. Arrojarse a la tarea de proteger, reconocer, respetar y defender las diversas manifestaciones de nuestra cultura patria es una labor que solo él fue capaz de hacer con dignidad y compromiso.

Ojalá me equivoque.

De aquí al domingo, muchos desfilarán frente a los restos mortales de Don Ricardo con la cabeza baja, en actitud de duelo. Se escucharán discursos plagados de elogios, se prometerá continuidad a su labor de apoyo a la cultura nuestra. En vísperas del año eleccionario—no se asombre—se propondrán ideas surgidas desde la entraña política para exaltar al “último prócer de nuestra era”. Es inevitable porque es, precisamente, parte de este bamboleo que nos define como seres incongruentes, tan veletas como el que suscribe, indeciso ante sus propias ideas.

Los que acudan a sus exequias sabrán si en su corazón está el cumplir genuino con el homenaje merecido al hombre, al historiador, al baluarte o si, por el contrario, se acercarán a los actos oficiales solo por aprovechar la oportunidad de incorporarse a este último episodio de su historia. Allá ellos y ellas. Si por mí fuera, antes de que sus restos descansen en la tierra que tanto amó, pasearía su féretro por esa misma Avenida Baldorioty que ha recibido a tantos hijos de esta patria por sus proezas breves, simpáticas, tal vez olvidables.

No lo haría por alimentar el novelero festín servido a los curiosos. Solo me gustaría que, aunque fuera muerto, los boricuas pudieran apreciar de verdad lo que es un verdadero héroe.

Foto: Periódico Primera Hora

sábado, 18 de junio de 2011

Zeta

Me embelezo contemplando tu foto máz reziente, admirando tu zedoza cabellera. Entonzez, recuerdo tantaz zituaziones que, zeguramente, zonzacaron laz mejorez cualidadez de tu eziztenzia. Ez que haz tenido que aprender muchaz cozaz en eztoz últimoz añoz, ¿recuerdaz?

Primero, ziendo apenaz una muchachita rezién zalida de la ezcuela, dizte el gran zalto a la fama zuprema. En el noventitrez, te convertizte en una glorioza Mizz Univerzo –la tercera—que zaludaba y zonreía, dando graziaz a la Virgenzita del Pozo y diziendo en todas partes que zeríaz dentizta cuando fueraz grande. Hazta te dieron una beca para que eztudiaraz ortodonzia (zi mal no recuerda mi dezgraziada mente que a vezez olvida loz nimioz detallez). Eraz zimpática (un poco dientoza) y me atrevo azeptar que fui a verte cuando llegazte y te pazearon por laz callez y avenidaz –hazta me colé en La Fortaleza en una rezepzión a la que nunca eztuve invitado, ¡qué ozadía!

Luego, dezidizte hazerte actriz –en realidad, fue don Jacobo Moralez quien te inmortalizó en laz pantallaz con zu grandioza pieza “Linda Zara”. Aunque no zé zi fue zufiziente: en la película no dijizte ni ezta boca ez mía porque eraz, en la hiztoria, el zuzurro de un trizte recuerdo que permanezía en la mente de una pobrezita mujer enajenada, mientraz zuz hijoz ze peleaban por zacarle chavoz a una ranzia coleczión de traztos viejoz. Dezpuéz (dizen loz que zaben) que te hizizte de una exitoza carrera en Filipinaz, allí donde tuz ojoz grandez y redondoz enamoraban a todoz en laz pantallaz, como una atraczión zublime y zerena.

Entonzez, noz zorprendizte con ezaz ganaz de cantar y de zer juguete. Azí, con loz mechonzitoz azulez, conquiztazte a toda una generazión de nenitaz que, dezeando zer tú, ze apoderaron de tuz canzionez, tuz gafaz ozcuraz y tu grazioza muñeca. ¿Alguna vez te enteraríaz que loz veztuarioz de eza réplica pláztica tuya eran demasiado pequeñoz para el inmenzo fondillo que ze gaztaba la muy sinvergüenza?

Zí, ya zé. Penzaráz que eztoy diziendo mentiritaz, aunque no tantaz como laz que te dijo eze hombre con el que te cazazte, por zi no te acuerdaz: “que cuando noz cazemoz en la Catedral de Zan Juan, lez donamoz un órgano a la iglezia”. Y tú, tan hermoza, tan ezquizitamente veztida y tan feliz… Qué pena que ze acabara tan pronto eza hiztoria de amor con el magnate zalzero. De eza ezperienzia no te puedez quejar: echazte mano de tu ingenio y ezcribizte un librito de conzejoz para compartir tus vivenziaz de reina divorziada. Ademáz, que tienez a ezoz doz chiquilloz que zon la luz con la que rezplandezen, cada día, tuz grandez y azulitoz ojoz.

Ez zierto que te fuizte allá a Loz Ángelez para –dizque—hazer una carrera en zine. De pazo, tuvizte amorez con Amaury Nolazco (¿alguien ze acuerda?) Pero pudo máz tu inztinto materno y dedicazte toda tu energía a cuidar a tuz muchachitoz. Dezde entonzez, haz zido muy zeloza con tu privazidad y ezo ze rezpeta: cazi no conzedez entreviztaz y apenaz ze te ha vizto por eztoz larez dezde que echazte familia. Criticarte por ezo zería una abzoluta inzenzatez: cada quien buzca zu lugar y haze lo que mejor le parezca.

Zin embargo –y graziaz al junte con Marizol y con Zuleyka en la Ziudad de loz Razcazieloz para el reziente dezfile boricua—zalizte del zilenzio autoimpuezto y haz dicho con dulzura y ezprezión zinzera: “llevaré a miz hijoz a Ezpaña para que aprendan mejor zu lengua materna”. Orgulloza como eztaz de tu raíz hizpana, te convenzizte –dijizte a la prenza—que mejor que los maeztroz mexicanoz que le enzeñan español a tuz chiquilloz, te mudaráz a la Madre Patria para que aprendan a hablar como Enrique Igleziaz.

Me azombra y me entuziazma ver tan maravillozo dezpliegue de zabiduría.

Zi todoz penzáramoz de la mizma manera, de zeguro rezpiraríamoz un nuevo aire y, con loz pulmonez henchidoz de orgullo, perzibiríamoz la grandeza perdida de nueztra maltrecha izlita. Zomoz tan capazez de crear tan buenaz ideaz y comprender –como bien lo dijizte en el concurzo que ganazte hace cazi doz décadaz—que tenemoz caztilloz como en Ezpaña, junglaz como en África y puentez como en London (upz, que ezo fue una pequeña confuzión; no quiero que, por mi indizcrezión abzurda, otra vez pazez la vergüenza).

I’m zorry: aunque alguien ze molezte, tengo que dezirlo con franqueza. Dayanara Torrez, erez una dioza.

Graziaz por hazernoz comprender que, lo que noz haze falta ez regrezar a laz raízez de nueztro confuzo origen para entender, de una zanta vez, lo maravillozo que ez vivir en ezta tierra. Olvidarnoz de laz contradiczionez, de tantoz problemaz y de tanta estupidez que noz zepara. Abrazemoz, como tú, eza herenzia profundamente zentrada que noz tranzforma, haziéndonoz grandez entre loz gigantez –cazi tanto como el zenzazional Jozé Juan Barea jugando con loz Maverickz de Dallaz.

No hay que ezforzarze mucho para recuperar eze profundo zentido de patria: ez tan senzillo como hablar con la zeta.

Foto © Alan Mercer Photography

miércoles, 15 de junio de 2011

Después

Nunca lo hubiera imaginado: la humilde ventana de mi cuarto bayamonés se convirtió en palco perfecto para mirar, con ingenuo asombro, cómo el inmenso avión del presidente Obama iniciaba su proceso técnico para aterrizar, minutos más tarde, en suelo boricua.

Foto: El Nuevo Día/Ramón "Tonito" Zayas

“El avión”, dije y, como un idiota, me reí. Jamás habría pensado que, a esta cuarentosa edad, imitaría al pequeño “Tattoo” de aquella tonta serie que me gustaba mirar cuando niño. Entonces, un presentimiento tan severo como un infarto me apretó el pecho: bienvenidos a la isla de la fantasía. Bastó mirar una hora de televisión –exactamente el tiempo de uno de aquellos olvidables episodios protagonizados por Ricardo Montalbán—para definir la extraña trama de este extraño e inolvidable día.

Foto: El Nuevo Día/Ramón "Tonito" Zayas

Tras la llegada largamente anunciada de aquel vuelo presidencial, una fila de gobernantes –absurdamente enchaquetados de oscuro—recibió al larguirucho presidente de orejas grandes y sonrisa perenne. El Mister President –Barack, para los panas—estrechó manos pegajosas de los más insignes jefes del gobierno boricua hasta llegar al abrazo cariñoso que se reservó para Marc Anthony –“invitado especial” que se cuela como las salchichas.

Entonces, llegó la hora del “camarazo”: los invitados a la ceremonia de recibo –breve, demasiado para muchos—sacaron toda suerte de cámaras y teléfonos para intentar una foto que, de seguro, captó réplicas de una misma imagen: brazos en alto, muchas cabezas y un regimiento de seguridad que no les perdía ni un acalorado suspiro.
Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory

El control remoto me sirvió de aliado para atestiguar la “histórica cobertura”. En la avenida Baldorioty, las cámaras apostadas en diversos puntos de la ruta captaron con asombro a una comitiva presidencial que llevaba al Presidente como lechón robao. En el Puente Dos Hermanos, los pocos curiosos que desafiaban el encabronado sol del mediodía siguieron el celaje de un batallón de automóviles que ni siquiera apreciaron la pintura fresca y la brea recién pegada. Frente al Capitolio, los militantes del “Statehood Now”, desplegando el furor vicioso de su apego nacional entre banderas pecosas y ritmos merengueros, se quedaban como novias de pueblo mientras el cortejo veloz les pasaba por las narices sin hacerles ni chispa de caso.

Ya en el Viejo San Juan, Margarita Aponte intentaba superar el récord de hablar más palabras por segundo –ostentado cómodamente por la Secre de la Familia—mientras desafiaba abiertamente las líneas de seguridad demarcadas por la Policía estatal, cuyos jefes inmediatos eran (¡cómo dudarlo!) los guarulas del Servicio Secreto. Un poco más arriba, entre las calles del Cristo y San Sebastián, los furiosos opositores de la anexión permanente reclamaban con voz potente su repudio a la visita del mandatario estadounidense. (Añádase, para mayor drama, una quema de bandera.)

Pero ahí no más empezaba a apretarse el conflicto.

Con la misma sonrisita monga, Obama se las empujó ídem a todos, curiosos, oficiales y noveleros. Luego de escurrirse por los pasadizos secretos de la ciudad amurallada, se metió en La Fortaleza para ser recibido oficialmente por el Gobernador y la Primera Dama, elegantemente vestida con un exquisito modelo couture de Frigidaire París. Al son de jóvenes violines, el Presidente hizo alarde de su excelente habilidad para saludar y sonreír sin tragarse el chicle. Hasta presumió de una destreza muy estadounidense: el “regifting” de una infame bola de baloncesto, autografiada por el héroe Barea, que los trillizos Fortuño-Vela le obsequiaron y recibieron de vuelta antes de que pudieran decir, "Fifty-one!". Así pues, el Presi se escurrió del tieso protocolo para realizar un “desvío inesperado”: compartir un sangüichito con Tito García Padilla, en un encuentro más prepara’o que pulsera de espiritista.

Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory

Y otra vez, como alma que lleva el diablo, Obama se escurrió hasta el Caribe Hilton. Entrando por las cocinas, siempre llevado en andas por sus fieles custodios, el Mahatma Obami se apersonó en los sendos servicios de adoración orquestados en su honor. Como buen párroco de su iglesia demócrata –saludito aquí, sonrisita allá— pasó el cepillo a la hora del ofertorio. Casi un millón y medio de dólares más tarde (y una hora antes de lo previsto) el magnánimo líder se montó en el avión y, de lejitos, nos dijo goodbye.

Foto: Google Images

Todos los que habían celebrado el antes, a la espera de esta “visita oficial”, se golpeaban el pecho con tarzanesca rabia: ahora es que es. Finalmente, un presidente de Estados Unidos –el primer negro, el Premio Nobel de la Paz, el amigo “cool” de Oprah—pisaría nuestras aceras por primera vez en cincuenta años, dignándose a visitar a la más antigua de sus colonias. Sin embargo, el largo después todavía se escurre de las bocas torcidas de muchos boricuas, como la gota rancia de aceite que lagrimea al morder el último bacalaíto. Con evidente desazón, amigos, enemigos e indiferentes observamos la bien orquestada burla que se diagramó en algún rincón de Casa Blanca.

Porque nadie podrá decirme que esto no es sino el resultado de un buen guion: llega el Presidente antes de tiempo, saluda sin ver, habla sin decir, visita sin molestar, come sin apetecer, recolecta sin pujar y se larga sin mirar atrás. Y “el avión, el avión” se va por donde mismo llega. El "Señor Roarke" y su inseparable “Tattoo”, amo y enano sonrientes, le despiden hasta la próxima aventura.
Foto: Google Images

La isla de la fantasía –la de la televisión—era un lugar absurdamente maravilloso, de conflictos resueltos y finales felices. La nuestra—que sufrimos a diario—no se explica, porque no hay manera. Antes, ya lo sabíamos.

Después de sentirlo en carne propia, es más duro de tragar que un medianoche frío.

Aunque sea de Kasalta.
Foto: El Nuevo Día/Christopher Gregory

domingo, 26 de diciembre de 2010

Idiota

O la razón, en el hombre, no hace sino dormir y engendrar monstruos,
o el hombre, siendo indudablemente un animal entre los animales,
es, también indudablemente, el más irracional de todos ellos.


Andrés Sorel, José Saramago. Una mirada triste y lúcida (2007)

Así me sentí cuando terminé de hablar con mi buen amigo Manolo ayer por la tarde.

Como ya es su costumbre, el Manolete me llamó por Navidad. Su voz, por supuesto, me causó la alegría de siempre: escucharlo –a él y a sus cuentos—siempre es divertido. Sin embargo, esta vez su saludo navideño vino seguido de un reproche insensato que, les confieso, me dejó un saborcito amargo que no se me quitaba aún después de colgar el teléfono.

“¡¿Qué tú no sentiste el temblor?!”, me reclamó casi como si hubiera descubierto que, desde siempre, he sabido quién mató al niño Lorenzo y me he quedado en mi casa de piernas cruzadas, como si nada.

“Pues no”, le contesté muy tranquilito, arguyendo mis razones: estaba yo en la faena de limpiar el baño y, en el trajín, ni cuenta me di.

De inmediato y sin rodeos, Manolo se desató en reclamos que reventaron la escala Richter: que cómo es posible, que eso lo sintió tooodo el mundo, que la gente estaba histérica, que si pitos, que si flautas… Sí, sí, sí, le dije, tratando de calmar su inevitable tendencia al drama, mientras le explicaba (casi a pujos) que, posterior al evento, escuché los informes radiales de Ada Monzón, acompañados de las interminables llamadas anecdóticas de todos los que vivieron, de primera mano, la experiencia telúrica.

Pues nada, que aún con todo lo que conté para convencerlo, Manolo todavía me reprochaba. En el fondo, pobrecillo, sé que no lo hizo con mala intención, preocupado por mi bienestar y el de mi familia. Reconozco que, en momentos de una emergencia tan repentina como abrumadora, es importante reaccionar a tiempo para proteger la vida propia y la de los seres queridos. No obstante, según comprobé con el remezón del 16 de mayo –que sí sentí y de qué manera—lo inesperado de estos eventos sísmicos hacen que uno se idiotice mucho más que yo con los reclamos de mi buen amigo.

Cuando pensé que ya había terminado la cantaleta, que se extendió por unos eternos cinco minutos, me espetó el golpe fatal.

“Por eso es que estamos como estamos”, concluyó con un sincero tonillo melodramático. “Se nos cae el país encima y seguimos igual de eslembaos.”

Gulp.

Ahí fue que la pegaste, Manolete: tus palabras me cayeron encima como el muro débil que, sacudido en sus cimientos, se desploma en menos de lo que un mono se rasca los fondillos.

En primer lugar, hay que aceptar que, para estos eventos, nadie tiene la más simple y prostituta idea de lo que debe hacerse. Ni tú, ni yo, ni el vecino, ni el Gobierno. Es más, ni siquiera con los huracanes –que sí pueden predecirse—existe instrumento o autoridad humana que pueda anticipar lo que sería el resultado de su inmisericorde embate que, a Dios gracias, no nos toca directamente desde el malparido Georges en 1998.

Del mismo modo, de tus palabras resalta otra gran verdad: el eslembamiento colectivo. Asumido desde la tontería mediática hasta glorificarse en el chismorreo cotidiano de cada tarde a las seis en punto, dormitamos como imbéciles frente al televisor, de lo más arropaditos con una frisa gorda de imbecilidad, con la baba colgando de la comisura. Pendientes a vivir tras lo ajeno, nos olvidamos de ese mundo propio que debemos atender, incluyendo prepararnos para eventos que sacudan –literal y simbólicamente—el cotidiano rechinar de analistas, comayes y candelas. Y así, como tontos, nos quedamos cuando la incertidumbre nos sacude de tan abrupta manera.

Finalmente, no podemos ignorar que la tierra está viva. Bajo nuestros pies, la Madre Gaia aguanta sin chistar los cantazos diarios del maltrato, la dejadez, la ignorancia y la crueldad a la que se somete por el egoísmo de unos cuantos que la negocian como pieza de canje. Entonces, un buen día, despierta de su silencio y ruge con ganas. Algunas veces, se encabrona y se bate con más fuerza, como hace casi un año en Haití, precisamente para que nos acordáramos de que, a varias islas de distancia, nuestros hermanos caribeños viven en la miseria. ¿Y usted se acuerda? Probablemente no, y tampoco lo hice cuando compraba regalos navideños en Plaza Las Américas.

Ahora que lo escribo, amigo mío, me doy cuenta de que tienes toda la razón al preocuparte con tanta histeria. Lo haces por todos y por mí, para que no durmamos con el ojo demasiado apretado sin notar que, en torno nuestro, hay una tierra que pide ayuda y que, bajo nuestros pies, reclama sin avisos, por ella y por los que la habitamos.

Doy gracias porque, esta vez, no sentí la furia terrestre que, en pocos segundos, nos puede provocar cagantinas como la que padeciste justo antes de salir, con tu familia, a celebrar la Nochebuena. Sobre todo, agradezco que me ayudes a entender que, con el terremoto inclemente de tus reclamos, despertaste mi conciencia idiotizada.

Gracias, mi buen amigo Manolo. Para ti también deseo una muy feliz Navidad.

jueves, 15 de julio de 2010

Experimento

Cayeron redonditos. Mi experimento “facebookiano” funcionó.

Me explico: entre el domingo y hoy, decidí poner fotos de las elecciones de Marisol Malaret y Deborah Carthy como Miss Universo. Los comentarios hacia la primera foto fueron positivos, agradables y simpáticos, hasta de agradecimiento por ayudarles a “recordar” ese “momento histórico”. Sin embargo, en el segundo caso, el entusiasmo ya no era el mismo: “¿y por qué tú pusiste a esa mujer ahí?”, me escribió una amiga en privado. “Para que tú me preguntaras”, le contesté, muerto de la risa. “¿Sabes quién es?”, le riposté en mi mensaje, que ella devolvió en menos de un minuto. “Pues claro, Deborah, la segunda Miss Universo... Cómo olvidarla…”

En el memorial colectivo, los nombres de estas “misses” que alguna vez bajaron de un avión en plan de besar la tierra nativa como el Papa (pero con corona de rhinestones), se aprenden como las tablas de multiplicar. Y no es sorpresa: las pasiones patrias se desbordan ante estos “eventos” que nos levantan del anónimo letargo internacional. Particularmente para estas generaciones más jóvenes, las reinas de belleza y los cantantes componen la pisada firme que intenta marcar una huella contundente en el mundo. No me sorprende: ante la actitud general de menosprecio patrio, producida por una tendencia creciente hacia el desarraigo, estos elementos componen, a mi juicio, una recompensa inmediata para acordarnos, si acaso, que somos boricuas (pa’ que alguien lo sepa).

Hagamos otra prueba: sin buscar en Google y sin contar al abanderado de la delegación nacional, mencione los nombres de diez atletas boricuas que nos representarán en los Juegos Centroamericanos de Mayagüez 2010. Tiene un minuto. (Para animarse al juego, sírvase escuchar la musiquita del Final Jeopardy)… Tan-tán.

Me atrevo apostar que, entre los mencionados, estará alguno que otro boxeador, quizás un gimnasta, probablemente la muchacha esa que es de natación y el muchacho este que corre, el de Ponce, Culson. ¿Y qué pasó con los chamacos que ganaron la copa de baloncesto? Ah sí, los que llegaron el lunes como cuatro gatitos perdidos, mostrando una copa que, como dijo el nene de un amigo mío, “no es tan cool como la del Mundial [de Fútbol]”… Ay, Dios.

Tampoco me extraña el comentario del nene si consideramos, además, el análisis que ejecutan los comentaristas radiales desde hace varias semanas, sobre la “fiebre centroamericana”. A juicio de algunos críticos de micrófono –que, entre otros comentarios, se refieren al evento como “un field day” o “los jueguitos esos”—la tal fiebre no es más que una calentura boba que significará pérdidas millonarias más que la esperada “ganancia turística”. Desde principios de semana, retumbaron los cañones: la poca ocupación hotelera en “Porta del Sol” –un disparate heredado de la pasada administración para denominar a los pueblos de la zona suroeste—y la amenaza de abucheos y manifestaciones para empañar la inauguración son patentes. Sumados estos elementos al mal sabor que todavía queda por los eventos del 30 de junio y la actitud general hacia el gobierno favorecen, sino incitan, esa actitud de antipatía/indiferencia/desazón/todas las anteriores hacia Mayagüez 2010.

Ahora bien, ¿cree usted que, si se tratara, otra vez, de alguna reinita en plan de saludo muñeca-codo, coronada de gloria universal, cambiaría la actitud? No sé, y me atrevo a concluir que, con un respingue de nariz, el boricua común diría “no, gracias” y huiría frenético a “coger fresco” en el centro comercial más cercano.

Tras el final de la Copa Mundial de Fútbol, un conocido me comentó que, al ver la entusiasmada recepción hacia el equipo español de fútbol a través de los canales españoles, había recordado el singular recibimiento a Marisol Malaret. “Desde esa vez, aquí no se ve lo mismo”, dijo con cierta nostalgia. “Es que no tenemos próceres”, añadió, con la sosera colgada de su voz. Y es cierto: necesitamos, con carácter de urgencia, héroes que nos saquen de la abulia colectiva. No tienen que ser aquellos viejos bigotudos de los libros de historia, rutilantes atletas o “misses” revestidas de lentejuelas. Tampoco tienen que esperar a filmar la película ganadora del Óscar. Sólo les hace falta ser boricuas orgullosos, dispuestos a hacer patria con sus acciones dignas. Hay muchos y muchas, estoy seguro, aunque no nos enteremos, abrumados por el bombardeo politiquero y la sed por el escándalo hueco o la notoriedad malsana.

No nos queda más que recordar a esas muchachas cuyo lustre se opaca, poco a poco, con el moho del olvido y la estupidez cotidiana. Mientras tanto, les propongo otro experimento: a ver quién se atreve a hacer historia.

sábado, 3 de julio de 2010

Bochorno

El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere.
Albert Camus, La peste

Hace exactamente una semana, la llama olímpica de los Juegos Centroamericanos llegó a la isla, procedente de México. En esa soleada tarde, el gobernador Luis Fortuño acudió de buen talante, vestido de guayabera y en actitud patriótica. El Primer Ejecutivo desfiló por la pista del aeropuerto de Aguadilla acompañando a un joven vestido a la usanza de los sacerdotes de Teotihuacán (¿o sería un taíno?). Caminando con aire digno junto al Mister Universe indígena, Fortuño disimulaba malamente su vergüenza: o le incomodan los taparrabos o el folclor en exceso lo despeina.

En esa misma ceremonia, el Presidente del COPUR, David Bernier, se guilló de cheerleader al tomar los micrófonos para dirigirse a la audiencia. Acercándose ya la fecha del compromiso que le ha provocado tanta ilusión, el entusiasmo de Bernier era obvio y, a partir de él, lanzó una pregunta emocionada: “¿Cuántos de ustedes quieren escuchar La Borinqueña?” (en obvia referencia a nuestro himno nacional que, por si no se entera, todavía existe). “Eeeee”, le respondieron dos o tres gatos, con aplausos tímidos: he escuchado ovaciones más escandalosas en cumpleaños de nene chiquito.

Por un momento, creí que la gente no entendió la pregunta de Bernier. Entonces, me acordé: es que, sin alcohol ni navidades de por medio, a los boricuas nos abochorna ser puertorriqueños. De hecho, muchas veces he escuchado a gente de este país –incluso a gente amiga, muy patriota—que se revuelcan de vergüenza ajena cuando ven el exacerbado espíritu boricua desplegado en el Desfile Puertorriqueño. Para algunos, sacar una monoestrellada en público responde a varias razones: Ricky Martin está en concierto, los independentistas están en campaña, o eres un j*dío cocolo de los años ochenta.

Esa actitud de desarraigo patrio nos debería causar bochorno absoluto. A todos, y ahora más que nunca, después de las desgraciadas escenas que, frente al Capitolio boricua, nos muestran una pizca del enfrentamiento que muchas otras naciones viven a diario. Muy bien lo mencionó la relacionista profesional Jennifer Wolff en su columna de El Nuevo Día: la responsabilidad de estar al frente, en defensa de nuestro país, es compartida.

Pero no: esa responsabilidad salta por ahí como gallina sin cabeza y, lo que es peor, etiquetada por los viejos aprendizajes. Los que nos gobiernan andan por ahí abochornándose de sus propios compatriotas, a quienes hay que enseñarles a respetar a son de macanazos: de hecho, esos que nos aleccionan con firmeza son los “héroes”, dice el patético Roberto Arango (el hombre de la carta maravillosa).

Y, con todo e incidentes, nosotros nos reímos: por el happy hour en el Capitolio (¡palos gratis!) o por la pena de Maripily (tanta hambre en el mundo y botando el pepper steak). Pues claro, y yo lo hice, a carcajadas, como ocurre en cada desgracia nacional que manifiesta, de plano, el innegable ingenio boricua que llega con la rapidez del text message. Risueño y un tanto apático, observo con indignación de clóset las barbaridades cotidianas de nuestra folclórica islita, y sigo pa’lante con el resto del ganado, con los cristales cerrados y de lejitos. Es cierto que he gritado todas las malas palabras que me sé (y me he inventado) ante los desatinos de este gobierno tan absurdamente democrático, pero no he salido a marchas, ni he ido a escalinatas, ni he olido el gas pimienta. Pues, me acuso: soy cobarde. Me enseñaron a evitar, un verbo que mi madre aún repite, evocando a su vez el consejo de la madre que le enseñó a huir ante cualquier confrontación.

Por eso, leer una y otra vez la historia de Betty Peña y su hija Elisa Ramos me ha causado un profundo bochorno. Mientras yo miraba por la televisión el merecumbé como si fuera una película, ni imaginaba que eran ellas las protagonistas. Pero no me salvé de los golpes: esa mujer valiente me ha dado el pescozón de vergüenza más grande que he sentido en mi vida. Con su acción vertical y firme, ella hizo lo que muchos deberíamos: hacer coro ante la injusticia y entender que se amarra uno a la tierra que ama con su presencia contundente, frente a los que se enjuagan la boca con el padrenuestro de la democracia.

Dicen que "moro viejo, mal cristiano"; quizás ya no tenga remedio y siga, como buen cobarde, vivo y de lejos. Pero no me olvido de nombres ni de caras: las de Betty y Elisa, y muchas más, de hombres y mujeres que dan la cara sin bochorno alguno cuando se trata de alzar, con orgullo, esta bandera nuestra. Yo también tengo la mía y estoy empezando a izarla, poquito a poco, cada vez con menos vergüenza.

Lo siento, Mami: esta vez, no voy a evitarlo. Venga, Bernier, que yo empiezo el coro: "La tierra de Borinquen donde he nacido yo..."

viernes, 8 de enero de 2010

Mala sangre

Quizás es una herida leve, pequeña, un rasguño sin importancia. Lo cierto es que ese pequeño raspajo en la piel es la primera seña. Ya sea por maltrato físico, abuso constante, faltas de respeto, indefinición de roles, por ahí se rasga esa primera herida que no sana, que crece y se pudre con el tiempo. Luego, para buscar el remedio, la víctima decide curarse a la tremenda. Alimentada por rencores, la mala sangre que emana de su herida vieja insufla el podrido vapor de sus venganzas.

Si se buscara la ayuda de la autoridad, el aspecto del rasguño puede complicarse. Acudir al Estado para que intervenga en una vieja rencilla supone lavar los trapos en casa ajena. Porque es allí, en el seno del hogar dañado, donde se cuece la rabia. Aún así, los implicados en el asunto del tajo inicial acatarían, bajo protesta, las disposiciones establecidas por la autoridad para zanjar las diferencias. Pero el hervor de esa sangre dañada continúa a fuego lento. El “si te cojo, te mato” se suspira por lo bajo, con la piquiña insistente de ese desquite rabiosamente deseado.

Ahí es que comienza el conteo regresivo para la desgracia.

De los resultados, pues, ya es de todos sabido. Fue con la llegada de los Santos Reyes que una familia terminó partida en dos, herida de muerte por una vieja rencilla. El padrastro no pudo perdonar al sobrino que se metió con la muchacha a quien crió como suya. Y defendió el honor, movido por esa mala sangre acumulada en sus costillas: sin miramiento alguno, se carga al aparente culpable, cosiéndolo a tiros. Al hermano y a la madre del tiroteado, que salen en su defensa, también se los lleva enredados. Para variar, el tiro de gracia termina en su sien, sabiéndose incapaz de enfrentar a la justicia.

Hoy nos despertamos con otra historia: el tío que recoge al sobrino, menor de edad, quien vive amancebado en su casa con una chiquilla adolescente, preñada de dos meses. El chamaco, al parecer, aprendió de la calle la ley que quiso imponer en su casa. Agredió a la joven embarazada a la tal vez hizo suya bajo promesas musicalizadas por el reggaetón que, pum-pum, te pide balas, pam-pam, que le den azote. Entonces, cuando el tío lo enfrenta, viéndole pegar a la chiquilla indefensa, no tiene por qué dar cuentas y, sin mediar palabra, lo cose a tiros con un arma ilegal, comprada en sabe Dios cuál punto. Quince. Suficientes para acallar el sermón de la montaña que le jode la paciencia. Después regresa, arrepentido, y vomita el veneno cruel de reconocer su falta, dominado por esa mala sangre que le hizo disparar, luego pensar las consecuencias.

Habría que preguntarse qué diablos hacen las autoridades que sueltan cupones y cheques, que proveen servicios de apoyo. Porque alguien debería saberlo: en algún lugar recóndito, oculto entre papeles de alguna oficina, se habrá reportado la antesala a estos derrames de sangre hedionda a venganzas, podrida por las viejas rencillas, dañada por el empujón, la burla, el maltrato, la inercia. Estoy seguro de que alguna empleada de pantuflas, que ahora estará redecorando el cubículo con corazoncitos rojos, tuvo ese expediente en las manos y, bah, qué como nunca volvieron a la cita, pasó a los inactivos. Precisamente, el corazón rojo de cartón barato es ahora un lamentable símbolo de un amor ausente, que lamentamos con ay benditos gastados, con mirar de lejos, con lucir la camiseta charra en el velorio y pegar la calcomanía-esquela en el cristal del carro.

Pero la mala sangre todavía seguirá ahí, latiendo en las venas ocultas de muchos hogares, esperando a que cualquier incidente pueda desatarla en riadas de furia. Circulará, espesa y oscura, cocinada a fuego lento, esperando a que la rabia sea suficiente para brotar de alguna herida abierta. Y desatará el “te mato” porque me gritas, porque apestas, porque estoy harto, porque un prieto no se acuesta con mi hija, porque eres maricón y no me gusta, porque sí, porque me da la gana. Aunque seas mi sangre, maldita sea.

Si es cierto que la sangre pesa más que el agua, nada de esto debería ocurrir. Nosotros, ciudadanos de a pie, boquiabiertos y maniatados, lo sabemos. Los demás, esos que nos mandan, parece que ni se enteran. Es como si flotaran a alturas insospechadas, donde esa sangre ajena no les salpica. “Lamentamos los hechos”, dicen, parcos. “Habrá que investigarlo”, comentan, de prisa. “Es el reflejo de muchos problemas”, concluyen y se dan vuelta.

Mientras tanto, la mala sangre sigue ahí, pesada, negra, escurriéndose por las venas abiertas de la tierra herida. Se escurre en los acueductos, los parques, las carreteras. Se chorrea por los servicarros y colma las bolsas del colmado. Se embarra en el pan caliente del desayuno y hasta resuena por las ondas radiales. Hierve, oscura y densa, calentando los sesos de quienes disparan y luego, tal vez, piensan.

¿Qué habrá que hacer para detenerla?

lunes, 4 de enero de 2010

Querido Veintediez:

Espero que al recibir estas líneas, ya por lo menos hayas empezado a gatear, porque tú de recién nacido mucho rato, nada que ver. Claro, yo entiendo: nada más hace un par de días eras un bebé delicioso que aparecía justo entre el alboroto de los petardos, iluminado por la gracia de la esperanza y el leotardo brilloso de Jennifer López. Pero igual me consta que, en par de pestañazos, ya estarás por ahí arrastrando los pies, convertido en el tipo mala gente del que todos quieren salir, como el imprudente cachetero de la fiesta navideña. Anda, si no me crees, pregunta por ahí cómo le fue al paisano tuyo que acaba de irse: no lo cortaron en junio porque habría que cambiar la Constitución. Y de rollos políticos, ya vamos bastante cansados.

Así que mientras te regodeas todavía entre las sábanas frescas de tu cuna, te voy a decir dos o tres cosillas, para que te ajustes los culeros. Lo primero que quiero pedirte es que le bajes el tono a los guapetones –y, cómo no, guapetonas—que andan por ahí campeando por sus respetos. Eso va para todos: desde los imbéciles politiqueros que se desmandan frente al primer micrófono que se les cruza delante hasta las señoras imprudentes que berrean por el celular mientras hacen fila en la farmacia. Yo no sé si es que los vientos de guerra que todavía resoplan nos han encampanado muy alto en el cielo de la necedad, pero se me hace muy difícil entender esta impertinente costumbre de despotricar, sin decoro ni prudencia, en los espacios públicos. No sólo es una invasión al espacio ajeno, es una pérdida absoluta de incivilidad que espanta.

También sería bueno que les abrieras el sentido común a los seres humanos para que se respeten un poco más a sí mismos. No me refiero solamente a procurar la buena estima y hacer el mejor esfuerzo como se supone, sino además proyectar una imagen consciente y bien plantada ante el resto del mundo. Hablando en plata, te planteo un ejemplo: ¿será que podrás enseñarle a la gente a vivir sin joderse las cejas? Vaya por Dios, con todo el espectáculo de moda y belleza que se desparrama por las calles de este pequeño país, es irracional el despliegue de cejas finitas, pintadas, cortitas, tatuadas, afeitadas y maltratadas que he visto en los últimos años. A ver si por ahí empezamos a cultivar el buen gusto cuando menos.

Parecería muy superficial lo que te pido, pero tú me conoces. Me pongo cínico de vez en cuando, pero también tengo mi corazoncito. Es más, debo admitir que tuve ilusiones mientras escuchaba el alboroto que antecedió a tu llegada. Claro, uno se viste con las mejores galas, se come las uvas y se pone imbécil, pensando que todo cambiará en un tris. Pero nada que ver, por lo que veo: ya van no sé cuántos asesinatos, accidentes y suicidios, hasta una masacre, y tú ni te enteras, pegado al biberón como si tal cosa. ¿Qué pasa, macho? Mira a ver si les dices al mundo, de una manera ingeniosa y coherente, que la vida es buena aunque a veces quisiéramos salir de ella. Además, ¿cuál es el uso de resolver problemas a la cañona? A ver, para que entiendas: hace un par de días, dos mujeres se enredaron a pescozones en un local de Bayamón, nada menos que por el turno para ir al baño, y el tema acabó a tiro limpio, y una de ellas ya no vive para contar la escena. Bendito sea Dios, ¿no era más fácil improvisarse un chorrito detrás de un arbusto –si tal era el apuro—antes que terminar en una funeraria?

A esos temas me refiero y, si sigo por ahí, no acabo. Además, no quiero abrumarte; todavía estás empezando a abrir los ojos. Sé que lo que te espera no es fácil, sobre todo porque mucha gente, en muchos lugares, da lo que no tiene por pensar que esta vez será distinto. Que todo lo malo comienza a disiparse, tal como el humentín de los cohetes que iluminaron la noche de tu estreno, y que por fin veremos la luz gloriosa de la alegría. Todavía es muy pronto y hay que darte la oportunidad, pero no te duermas, que luego creces muy pronto, te haces insufrible y, al final, el tiempo no te perdona. Ni a nosotros tampoco.

Por mi parte, espero hacer lo justo: ser más humano, más fuerte, más sensato. Cínico… Bueno, no te prometo mucho, porque si no, ¿cómo me divierto? Okey, está bien, dejaré de mirarle las cejas a la gente, que es mala educación. (Trataré, al menos.)

Hablando en serio, bróder, brega fuerte; no es mucho pedir. Dale, tú puedes.