Pues sí, dicen que al muchacho le gustan mucho
las alcapurrias de jueyes. Todo el mundo
anda detrás de él, mirándole con extraña satisfacción mientras se jampea una de esas grasientas delicias
que venden en Piñones, preocupados de que vaya a perder su escuálida figura de
N’Sync.
Las notas de prensa no paran: que si se
tapa la cara, que si es un grosero, que si no habla. A nadie debería importarle su estadía en la
isla –y menos la de su novia, quien, además de acompañarle, ha venido para cumplir
sus sueños: tomar clases de buceo, a aprender a hacer saltamontes con hojas de palma
y a jugar peregrina. Claro, es natural
que todos se interesen: el tal
Timberlake es el remix de la plena de Manuel "Canario" Jiménez, “mamita, si tú lo vieras/qué cosa linda, qué cosa mona”. Y nos tiene embobaítos.
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| Foto © El Nuevo Día/Dennis M. Rivera Pichardo |
Esa fascinación boricua con lo que
venga de tierras lejanas es pura herencia.
Los taínos se fascinaron con Salcedo, al punto de ahocicarlo en el río
para ver si, de verdad, era humano. Nos enloquecen Santa Clos y los Reyes, Costco y Walgreens. No
hay que ser demasiado ducho en historia para comprender que todos estos siglos de
dominación colonial nos han condicionado a pensar que, si viene de afuera, es fascinante, admirable,
único, maravilloso. Como las gárgolas
esas que, por supuesto, tenían que venir desde sabe Dios qué pliegue oscuro del
mismísimo carajo para asentarse nada menos que en Vieques. Igual pasó con la nieve que nos trajo Doña
Fela para que la viéramos de cerca, aunque
llegara convertida en un triste lapachero.
Pues así es que nos pasa con el tal Justin:
fanáticos y periodistas le andan detrás como los mimes, locos por que se les
zafe a los productores esos que no lo sueltan ni a jodías, se pierda por ahí
en una callecita de Santurce y puedan formar con él un rumbón de esquina. Ya lo veo, rubio y mustio, entre las masas
ardientes por la cerveza, desbordadas del hospitalario calor boricua –las mujeres en dubi se le
tirarían encima; los hombres le posarían al lado con su mejor pose de reguetonero
barato. Y él, por supuesto, les
sonreiría a todos, diciendo, “I love Puerto Rico”, siempre bien agarrado de su
novia –sosa y jincha como un chayote.
El cuento de que la tal película Runner, Runner venga aquí a dejarnos
cuchucientos millones de ingresos a mí no me convence mucho. No creo que estén contando con esos chavos
para cuadrar el presupuesto porque semanas van ya desde que, entre donas y marronazos,
lo acomodaron a la fuerza. Sí habrá
alquiler de viviendas, camiones, equipo fílmico, contratos de personal local
para diversas tareas afines al proceso de producción, pero de eso a que nos vaya a cambiar la vida,
no se estén creyendo: seguiremos aquí,
sobreviviendo entre tiroteos y chanchullos que bien superan la ficción de una peliculita que (apuesto desde ya) será olvidable.
Peor aún: me temo que al final de cuentas—como
ha pasado con muchas otras producciones cinematográficas—nuestra isla solo se mencionará en los
créditos como lugar de filmación. O sea,
que no es parte de la trama. Ni piensen
que Zuleyka Rivera protagonizará uno de los giros dramáticos importantes de la historia. (Mucho menos Brenda
Robles: no me parece que sea, precisamente, una historia sobre naves
espaciales.) Se los digo para que,
cuando todos vayan de averiguaos al cine, señalando a la pantalla intentando
reconocerse entre los extras, o buscando algún tramito de alguna carretera local,
no se emocionen tanto. Perdonen que les
desinfle la burbijita de ilusión.
Ahora bien, si quieren ponerle el GPS al flacuchingo este para seguirlo hasta en el baño y embelesarse con su estampa mientras
defeca, allá ustedes. Eso sí, les
advierto muy en serio: ahora que llegó Ben Affleck, no vayan a preguntarle que si extraña las nalgas de JLo.
Primero atragántense con una jodía alcapurria. No me hagan pasar esa vergüenza, coño.
