viernes, 6 de julio de 2012

Alcapurria


Pues sí, dicen que al muchacho le gustan mucho las alcapurrias de jueyes.  Todo el mundo anda detrás de él, mirándole con extraña satisfacción mientras se jampea una de esas grasientas delicias que venden en Piñones, preocupados de que vaya a perder su escuálida figura de N’Sync.

Las notas de prensa no paran: que si se tapa la cara, que si es un grosero, que si no habla.  A nadie debería importarle su estadía en la isla –y menos la de su novia, quien, además de acompañarle, ha venido para cumplir sus sueños: tomar clases de buceo, a aprender a hacer saltamontes con hojas de palma y a jugar peregrina.  Claro, es natural que todos se interesen: el tal Timberlake es el remix de la plena de Manuel "Canario" Jiménez, “mamita, si tú lo vieras/qué cosa linda, qué cosa mona”.  Y nos tiene embobaítos.

Foto © El Nuevo Día/Dennis M. Rivera Pichardo 
Esa fascinación boricua con lo que venga de tierras lejanas es pura herencia.  Los taínos se fascinaron con Salcedo, al punto de ahocicarlo en el río para ver si, de verdad, era humano.  Nos enloquecen Santa Clos y los Reyes, Costco y Walgreens.  No hay que ser demasiado ducho en historia para comprender que todos estos siglos de dominación colonial nos han condicionado a pensar que, si viene de afuera, es fascinante, admirable, único, maravilloso.  Como las gárgolas esas que, por supuesto, tenían que venir desde sabe Dios qué pliegue oscuro del mismísimo carajo para asentarse nada menos que en Vieques.  Igual pasó con la nieve que nos trajo Doña Fela para que la viéramos de cerca, aunque llegara convertida en un triste lapachero.

Pues así es que nos pasa con el tal Justin: fanáticos y periodistas le andan detrás como los mimes, locos por que se les zafe a los productores esos que no lo sueltan ni a jodías, se pierda por ahí en una callecita de Santurce y puedan formar con él un rumbón de esquina.  Ya lo veo, rubio y mustio, entre las masas ardientes por la cerveza, desbordadas del hospitalario calor boricua –las mujeres en dubi se le tirarían encima; los hombres le posarían al lado con su mejor pose de reguetonero barato.  Y él, por supuesto, les sonreiría a todos, diciendo, “I love Puerto Rico”, siempre bien agarrado de su novia –sosa y jincha como un chayote.

El cuento de que la tal película Runner, Runner venga aquí a dejarnos cuchucientos millones de ingresos a mí no me convence mucho.  No creo que estén contando con esos chavos para cuadrar el presupuesto porque semanas van ya desde que, entre donas y marronazos, lo acomodaron a la fuerza.  Sí habrá alquiler de viviendas, camiones, equipo fílmico, contratos de personal local para diversas tareas afines al proceso de producción, pero de eso a que nos vaya a cambiar la vida, no se estén creyendo: seguiremos aquí, sobreviviendo entre tiroteos y chanchullos que bien superan la ficción de una peliculita que (apuesto desde ya) será olvidable.

Peor aún: me temo que al final de cuentas—como ha pasado con muchas otras producciones cinematográficas—nuestra isla solo se mencionará en los créditos como lugar de filmación.  O sea, que no es parte de la trama.  Ni piensen que Zuleyka Rivera protagonizará uno de los giros dramáticos importantes de la historia.  (Mucho menos Brenda Robles: no me parece que sea, precisamente, una historia sobre naves espaciales.)  Se los digo para que, cuando todos vayan de averiguaos al cine, señalando a la pantalla intentando reconocerse entre los extras, o buscando algún tramito de alguna carretera local, no se emocionen tanto.  Perdonen que les desinfle la burbijita de ilusión.

Ahora bien, si quieren ponerle el GPS al flacuchingo este para seguirlo hasta en el baño y embelesarse con su estampa mientras defeca, allá ustedes.  Eso sí, les advierto muy en serio: ahora que llegó Ben Affleck, no vayan a preguntarle que si extraña las nalgas de JLo.  

Primero atragántense con una jodía alcapurria.  No me hagan pasar esa vergüenza, coño.

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