Me imagino que, después de leer el título, ahí está rascándose la cabeza, preguntándose si me fumé algo de lo que le incautaron al Picu. Tranquilice su espíritu: gracias a mi amiguísimo Tony, hace unas semanas me enteré de que un par de nuevos personajes se integrarían a la “mitología ufológica puertorriqueña”. Bah, con toda la razón (y un poco más) pensará usted que suficientes maleantes, cochofles, bodrios e insulsas tenemos ya en nuestra fauna nacional como para inventarnos otros. Pues no me culpe a mí sino al propulsor de esta historia, un tal Reinaldo Ríos –a quien no me gustaría vincular con Osvaldo Ídem, el actor manisuelto.
Pues en gargufos pienso cuando leo las noticias sobre Jennifer López. Feliz, así dice que está ella, luego de celebrar por todo lo alto sus 42 años durante todo el fin de semana. Probablemente, cuando JLo se mira al espejo, seguro que ve a una mujer hermosa, adinerada, reconocida y, por supuesto, deseada por una buena parte de los hombres del mundo. Me atrevo a afirmar, sin embargo, que la contentura que le sale de las entrañas no solo tiene que ver con esas razones sino por otra, mucho más poderosa: tan pronto como se arreglen los asuntos legales, se habrá divorciado del espécimen que, según dicen los que saben, han avistado en los valles de Lajas.
¿Qué no me cree? Nada más mire la foto.
Sumergido entre el lluvioso clima veraniego que nos ha aguado los viajes baratos de pasadía al balneario, pensé que el mitológico gargufo compartido por Tony se había hundido en las pailas del olvido. Si analiza la foto, verá que esta criatura de las tinieblas tiene la misma cara de lagartijo chupao y colmillú, capaz de actuar con saña, celos y malas costumbres. No lo digo yo, sino la prensa: véase la larga lista de especulaciones que desparraman tinta mediática a troche y moche, implicando al susodicho con escándalos de marca mayor. Creo que, si le vieran aparecido por los descampados lajeños, hasta le espantaría las ganas de Indiana Jones al mismísimo Chemo Soto.
Entre tanto, nada parecería espantar del rostro de Roberto Alomar la sonrisa de satisfacción. Este domingo, después de olvidar incidentes que amenazaron con empañar el final de su prolífica carrera como “el mejor segunda base del mundo”, por fin fue exaltado al Salón de la Fama del Béisbol de Grandes Ligas. Claro, todos pensarían que su sonrisa de satisfacción responde solamente al logro que enorgullece a la comunidad deportiva internacional. Pues añádase a la noticia otro triunfo para el pelotero: divorciatus est de la Gargufa Bronceada.
¿Que exagero yo? Examine la prueba.
En este caso, hay que andarse con cuidado al realizar el análisis. En primer lugar, se trata de una variedad femenina de la especie, tan seductora y apetecible como un pollo asado de Amigo. Aún con la marcada diferencia que se observa entre esta y el espécimen anterior, hay que ver que su afilada dentadura les hermana. En el primer caso, es pura desgracia genética; en este, además, la mordida viene acompañada de un hambre particular por la buena vida y el protagonismo que ventea sus intimidades como pantaletas tendidas al viento. Sus talentos intelectuales (también) son particularmente cuestionados, aunque nadie duda de su habilidad para descolgarse de sus plásticas sinuosidades a los varones que le colaboran con jugosos aumentos a sus bienes gananciales.
Señor Ríos, de verdad, quisiera conversar con usted alguna vez. Nada más quisiera saber las razones que tuvo para crear semejantes personajes mitológicos. Con todo respeto, me atrevo a decirle que nada más con mirar a su alrededor tendría una idea clara y contundente de que, en efecto, los personajes extraños y descontrolados salen a montón por chavo.
¿Qué todavía lo duda? Mire a este ejemplar:
¿Alguien sabe por dónde es la salida?
miércoles, 27 de julio de 2011
jueves, 7 de julio de 2011
Héroe
Hace un par de semanas, borracho por la “marea de Barea”, pensé escribir sobre cómo se le endilga el título de “héroe” a todo el mundo. Alguien, en algún periódico, me robó el título y la idea. Al zafacón el escrito; ni modo.
Una semana después, ante la caída trágica de José “Piculín” Ortiz, quise reflexionar sobre la capacidad de reconocer los errores que pueden tener algunos hombres. Por lo que reseñaron los medios, la admisión de culpa del deportista se acogió con tibieza. Pues ya, me olvidé del tema.
Hoy ha muerto Don Ricardo Alegría. La palabra “héroe”, otra vez, retumbó en mi cabeza.
Rebusqué entre los archivos desechados y rescaté la idea inicial de mi escrito, convencido de que es justo atribuirle el nombrecito de marras. Usted que lee estas líneas fruncirá la boca y pensará que estoy como la veleta; honestamente, poco me interesa. Para los boricuas de cualquier ideología, edad o procedencia, hoy es un día lamentable: la partida física de este historiador, antropólogo y humanista es particularmente dolorosa. En palabras sencillas, la patria se nos está quedando huérfana.
Como ocurre siempre que un personaje importante trasciende a la eternidad, todo el mundo se desborda en halagos y comentarios positivos –todavía no he sabido de ningún muerto que haya sido mala persona. No tengo por qué empalagarles con una larga cantaleta sobre lo mucho que admiraba a Don Ricardo y cuánto valoraba su amistad. Jamás conversé con él directamente. Si lo vi tres veces en mi vida, fue mucho. Eso sí, una vez le escuché en una conferencia, hablando con su característico entusiasmo sobre la importancia de conservar nuestro patrimonio. Era un hombre sabio, sin duda: conocía muchos detalles de la memoria histórica nacional que, por desgracia, no se aprenden en las aulas donde debería moldearse con ternura el amor patrio.
Igualmente admito que, según escuché el verbo ilustrado de Don Ricardo y, en la distancia, le brindé mi respeto, también recuerdo los comentarios de sus detractores. Porque los tuvo, y muchos, incluso algunos que ganaban salarios pagados por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Con sus bocas de comer, esos seres comentaban de todo: que el viejo era insoportable, tedioso y malasangre. Que se había robado una buena parte de la historia para añadirla a sus colecciones personales. Que se creía el padre de la patria y, como tal, se había asegurado su pasaje a la eternidad. Juzgar tales comentarios sería impropio; además, no me interesa.
Como dije antes, la partida física de Don Ricardo Alegría nos deja a solas frente a una gran incertidumbre. Por ley de la naturaleza, se nos acaban los hombres y mujeres que nos hacen mirar al cielo y sonreír –recordemos que todavía se marchitan las flores sobre la tumba de Doña Trina Rivera, otra que tal bailaba en defensa de la sociedad nuestra. Con esa soledad profunda que sigue a la muerte, quedamos a merced de quienes nos gobiernan con desarraigo y –en nombre de los buenos puertorriqueños—atentan contra toda manifestación de nacionalidad. De hecho, la única oportunidad oficial para exhibir nuestro orgullo patrio sin bochorno alguno es la llegada de esos “héroes” exaltados por el frenesí mediático que, ondeando la monoestrellada, saludan y sonríen desde sus carrozas mientras transitan la Avenida Baldorioty.
No quiero decir que Ricky, Barea, Zuleyka –o hasta Piculín—sean indignos de recibir homenajes: si se lucen en lo suyo, recibirlos con orgullo y aplaudirles no es una afrenta. Sin embargo, contrario a Don Ricardo, ellos nos representan en una parte bonita de lo que somos. Por eso me incomoda el titulito mal endilgado de la heroicidad que se le encasqueta a cada boricua como otra excusa más para el festejo absolutamente prescindible. Celebrar que el reciente ganador de The Voice –que no sabe ni cómo se dice “alcapurria”—o que el flamante abogado que salvó a la tal Casey Anthony de la silla eléctrica sean puertorriqueños es una estupidez. Que me perdone El Boricuazo: a veces algunos de sus “lucimientos” me avergüenzan.
Sin embargo, en el caso de Don Ricardo, homenajear su memoria resulta poco, hasta injusto. Fuera bueno, malo o regular como ser humano, no habrá muchos voluntarios que se echen al hombro la difícil tarea de continuar su legado. Ninguna miss, ningún cantante, ningún atleta –me atrevo a predecir—se encargaría de trabajar con el ahínco y la dedicación de este hombre ilustre para recordarnos quiénes fuimos y cómo llegamos a ser lo que somos. Arrojarse a la tarea de proteger, reconocer, respetar y defender las diversas manifestaciones de nuestra cultura patria es una labor que solo él fue capaz de hacer con dignidad y compromiso.
Ojalá me equivoque.
De aquí al domingo, muchos desfilarán frente a los restos mortales de Don Ricardo con la cabeza baja, en actitud de duelo. Se escucharán discursos plagados de elogios, se prometerá continuidad a su labor de apoyo a la cultura nuestra. En vísperas del año eleccionario—no se asombre—se propondrán ideas surgidas desde la entraña política para exaltar al “último prócer de nuestra era”. Es inevitable porque es, precisamente, parte de este bamboleo que nos define como seres incongruentes, tan veletas como el que suscribe, indeciso ante sus propias ideas.
Los que acudan a sus exequias sabrán si en su corazón está el cumplir genuino con el homenaje merecido al hombre, al historiador, al baluarte o si, por el contrario, se acercarán a los actos oficiales solo por aprovechar la oportunidad de incorporarse a este último episodio de su historia. Allá ellos y ellas. Si por mí fuera, antes de que sus restos descansen en la tierra que tanto amó, pasearía su féretro por esa misma Avenida Baldorioty que ha recibido a tantos hijos de esta patria por sus proezas breves, simpáticas, tal vez olvidables.
No lo haría por alimentar el novelero festín servido a los curiosos. Solo me gustaría que, aunque fuera muerto, los boricuas pudieran apreciar de verdad lo que es un verdadero héroe.
Foto: Periódico Primera Hora
Una semana después, ante la caída trágica de José “Piculín” Ortiz, quise reflexionar sobre la capacidad de reconocer los errores que pueden tener algunos hombres. Por lo que reseñaron los medios, la admisión de culpa del deportista se acogió con tibieza. Pues ya, me olvidé del tema.
Hoy ha muerto Don Ricardo Alegría. La palabra “héroe”, otra vez, retumbó en mi cabeza.
Rebusqué entre los archivos desechados y rescaté la idea inicial de mi escrito, convencido de que es justo atribuirle el nombrecito de marras. Usted que lee estas líneas fruncirá la boca y pensará que estoy como la veleta; honestamente, poco me interesa. Para los boricuas de cualquier ideología, edad o procedencia, hoy es un día lamentable: la partida física de este historiador, antropólogo y humanista es particularmente dolorosa. En palabras sencillas, la patria se nos está quedando huérfana.
Como ocurre siempre que un personaje importante trasciende a la eternidad, todo el mundo se desborda en halagos y comentarios positivos –todavía no he sabido de ningún muerto que haya sido mala persona. No tengo por qué empalagarles con una larga cantaleta sobre lo mucho que admiraba a Don Ricardo y cuánto valoraba su amistad. Jamás conversé con él directamente. Si lo vi tres veces en mi vida, fue mucho. Eso sí, una vez le escuché en una conferencia, hablando con su característico entusiasmo sobre la importancia de conservar nuestro patrimonio. Era un hombre sabio, sin duda: conocía muchos detalles de la memoria histórica nacional que, por desgracia, no se aprenden en las aulas donde debería moldearse con ternura el amor patrio.
Igualmente admito que, según escuché el verbo ilustrado de Don Ricardo y, en la distancia, le brindé mi respeto, también recuerdo los comentarios de sus detractores. Porque los tuvo, y muchos, incluso algunos que ganaban salarios pagados por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Con sus bocas de comer, esos seres comentaban de todo: que el viejo era insoportable, tedioso y malasangre. Que se había robado una buena parte de la historia para añadirla a sus colecciones personales. Que se creía el padre de la patria y, como tal, se había asegurado su pasaje a la eternidad. Juzgar tales comentarios sería impropio; además, no me interesa.
Como dije antes, la partida física de Don Ricardo Alegría nos deja a solas frente a una gran incertidumbre. Por ley de la naturaleza, se nos acaban los hombres y mujeres que nos hacen mirar al cielo y sonreír –recordemos que todavía se marchitan las flores sobre la tumba de Doña Trina Rivera, otra que tal bailaba en defensa de la sociedad nuestra. Con esa soledad profunda que sigue a la muerte, quedamos a merced de quienes nos gobiernan con desarraigo y –en nombre de los buenos puertorriqueños—atentan contra toda manifestación de nacionalidad. De hecho, la única oportunidad oficial para exhibir nuestro orgullo patrio sin bochorno alguno es la llegada de esos “héroes” exaltados por el frenesí mediático que, ondeando la monoestrellada, saludan y sonríen desde sus carrozas mientras transitan la Avenida Baldorioty.
No quiero decir que Ricky, Barea, Zuleyka –o hasta Piculín—sean indignos de recibir homenajes: si se lucen en lo suyo, recibirlos con orgullo y aplaudirles no es una afrenta. Sin embargo, contrario a Don Ricardo, ellos nos representan en una parte bonita de lo que somos. Por eso me incomoda el titulito mal endilgado de la heroicidad que se le encasqueta a cada boricua como otra excusa más para el festejo absolutamente prescindible. Celebrar que el reciente ganador de The Voice –que no sabe ni cómo se dice “alcapurria”—o que el flamante abogado que salvó a la tal Casey Anthony de la silla eléctrica sean puertorriqueños es una estupidez. Que me perdone El Boricuazo: a veces algunos de sus “lucimientos” me avergüenzan.
Sin embargo, en el caso de Don Ricardo, homenajear su memoria resulta poco, hasta injusto. Fuera bueno, malo o regular como ser humano, no habrá muchos voluntarios que se echen al hombro la difícil tarea de continuar su legado. Ninguna miss, ningún cantante, ningún atleta –me atrevo a predecir—se encargaría de trabajar con el ahínco y la dedicación de este hombre ilustre para recordarnos quiénes fuimos y cómo llegamos a ser lo que somos. Arrojarse a la tarea de proteger, reconocer, respetar y defender las diversas manifestaciones de nuestra cultura patria es una labor que solo él fue capaz de hacer con dignidad y compromiso.
Ojalá me equivoque.
De aquí al domingo, muchos desfilarán frente a los restos mortales de Don Ricardo con la cabeza baja, en actitud de duelo. Se escucharán discursos plagados de elogios, se prometerá continuidad a su labor de apoyo a la cultura nuestra. En vísperas del año eleccionario—no se asombre—se propondrán ideas surgidas desde la entraña política para exaltar al “último prócer de nuestra era”. Es inevitable porque es, precisamente, parte de este bamboleo que nos define como seres incongruentes, tan veletas como el que suscribe, indeciso ante sus propias ideas.
Los que acudan a sus exequias sabrán si en su corazón está el cumplir genuino con el homenaje merecido al hombre, al historiador, al baluarte o si, por el contrario, se acercarán a los actos oficiales solo por aprovechar la oportunidad de incorporarse a este último episodio de su historia. Allá ellos y ellas. Si por mí fuera, antes de que sus restos descansen en la tierra que tanto amó, pasearía su féretro por esa misma Avenida Baldorioty que ha recibido a tantos hijos de esta patria por sus proezas breves, simpáticas, tal vez olvidables.
No lo haría por alimentar el novelero festín servido a los curiosos. Solo me gustaría que, aunque fuera muerto, los boricuas pudieran apreciar de verdad lo que es un verdadero héroe.
Foto: Periódico Primera Hora
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