jueves, 24 de septiembre de 2009

Mister Big

Por estos lares boricuas anda el actor Chris Noth, y las chicas no perdieron tiempo: tan pronto lo avistaron en los predios del lujoso hotel donde se hospeda, le cayeron encima como a pandereta de culto. Menos mal que el famoso actor de la serie “Sex and The City” –y también de “Law & Order”—resultó ser simpático, y recibió el aguerrido ataque de las entusiasmadas puertorras con bastante aplomo. Espero que, al menos, las chicas de mi país se hayan comportado a la altura de la situación: nada de dubis, uñas largas con flamboyanes y otras charrerías similares.

Me imagino que el famoso actor está más que concentrado en su futuro proyecto con la cadena HBO en el que supuestamente encarnará a un boxeador. Por tanto, yo no sé si Noth sabe que por ahí ronda otro “Mister”, mucho más “Big” que el interés amoroso de “Carrie Bradshaw”. Se trata del tal “Angelo Millones”, el alegado capo del narcotráfico que fue arrestado recientemente en un operativo digno de una súper producción de Hollywood.

Aunque es una noticia esencialmente local, el arresto de Ángel Ayala Vázquez ha trascendido las costas del país. No ha llegado a las planas de los periódicos de mayor circulación mundial y, de seguro, ni será comentado en los telediarios europeos, pero los detalles de su arresto se publicaron en periódicos de Ohio, Utah y Kansas. ¿Casualidad o estrategia? Nada que ver: la nota fue distribuida por las redes de Prensa Asociada y al tal Millones le tocó ser parte del relleno.

Sin embargo, lo que me deja boquiabierto es que el presunto autor de innumerables crímenes y cabecilla de una de las redes de narcotráfico más importantes del país tardara tanto en ser capturado. Tal y como chismorrean los periódicos locales, el tipo pudo mantenerse por ahí, “tranquilo en su barbería” (según declaró hoy su abogado defensor, el licenciado Juan Ramón Acevedo) hasta que lo agarraron en un negocio en Bayamón. Ahora está guardado, sin fianza y contenido en prisión por su alto grado de peligrosidad. Bueno pues, que se haga justicia, si es que se logran probar sus crímenes, aún cuando al parecer no le habían echado el guante porque el susodicho, tal como se alega, recibía protección de agentes de la ley y el orden.

Eso sí que es lamentable, si es que resulta ser cierto. Pero más triste aún es que los reguetoneros locales –ídolos indiscutibles de nuestra juventud—anduvieran glorificando a este malandrín en sus famosas “líricas”. Estas glorias de la música internacional, que se las agencian para roncar de machos en las alfombras rojas y recibir nominaciones, promovieron indirectamente su estilo de vida, distorsionado por esa visión grotesca del nouveau riche que imitan los chamacos de la escuela como la gran cosa. El tal Millones era, para ellos, “Boster”, el poderoso, que llegaba en helicóptero a los conciertos, repartiendo “torta” y viviendo como un jeque árabe. Ahora, preso y sin posibilidades, resulta que es el tipo a quien todos conocían pero que, como a Cristo, lo niegan tres, diez, infinitas veces.

¿Y por qué me preocupa este asunto? En una de mis clases, tres de mis estudiantes propusieron realizar historias cinematográficas relacionadas con el bajo mundo. Uno de ellos casi juró sobre su copia en DVD de esa exquisita obra cinematográfica Talento de barrio que ésa era la historia que quería hacer. Porque, según él, Yankee (o sea, el Daddy, el Big Boss; bueno, ustedes saben) la montó a fuego. Y además, porque eso es lo que vende: la historia de la calle, el residencial sitiado, los encuentros violentos, el lujo desmedido y las armas sin tregua. Todo ello justificado por el ansia de poder de los oprimidos que reclaman, a fuerza de gatillo y blin-blin, su sitio entre los privilegiados.

“Así es que se llega, bróder”, dice el chamaco que nunca mira a los ojos cuando le hablan. Curioso, le pregunto, “¿Por qué tú quieres hacer esta historia?” Responde a medias, con evasivas, mirando su BlackBerry. “Es que yo sé de eso, viste, yo he estado envuelto”, se le zafa en un balbuceo.

Ante la presencia de “Mister Big” en suelo boricua, las chicas enloquecen por una foto, un abrazo, una sonrisa. Sin embargo, el verdadero “mister”, el “big” indudable, es otro, mucho más famoso, mucho más adorado. No sé si Noth lo sabe. De verdad, preferiría que nadie le dijera.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Chatarra Heights

De un tiempo hasta ahora, encontrar estacionamiento en la urbanización es imposible. De pronto, puede ser que haya algún hueco pequeño donde, con suerte, se pueda acomodar el carruaje sin complicaciones. Otras veces –generalmente cuando llueve o es día feriado—hay que pensar en opciones inteligentes, como el carro-maletín o la guagua-mochila. Y es que, en ausencia de un espacio decente para dejar el segundo carro de la casa, faltaría tumbar la pared de la sala para asegurarse un lugarcito.

La causa de este particular fenómeno es muy sencilla de explicar. A los vecinos les importan tres pepinos que los demás tengan lugar para estacionar sus automóviles funcionales y con marbete al día. Y es que están muy encariñados con los vejestorios metálicos que se pudren lentamente frente a sus mansiones suburbanas.

Por ejemplo, está el Toyota Tercel gris. Hace casi cuatro años, cuando lo vi por primera vez, ya era un vehículo inservible, olvidado en su esquina privilegiada como un tiesto sin plantas. En todo este tiempo, sus dueños (el matrimonio fantasma de la casa de enfrente) no han hecho ni el aguaje de removerlo de su preciado escaño. Sin embargo, a veces salen de su escondite para abrir el vehículo y guardar cosas en el baúl (incluyendo las compras navideñas que ocultan de la curiosidad infantil). Pues claro, Jorgito, qué tonto eres; es que están reciclando. En lugar de carro, el Tercelito inservible ahora es el clóset adonde van a parar cualquier cantidad de cachivaches. Vaya por Dios. Aseguro que el trasto viejo, junto con todas sus porquerías, tendría mejor salida en el vertedero. Pero ni por Dios ni por los santos el carro viejo se mueve de su esquina, aunque le salgan matojos por las bisagras mohosas.

Más adelante está la guagua Pathfinder verde oscuro. Según supe por terceros, su flamante dueña –madre soltera, hijos preadolescentes, fantasma también—hizo el intento por arreglarle la pieza que paralizó la guagua frente a su casa. No obstante, tras no conseguir una reparación efectiva (y porque, como decía mi abuela, le salía más cara la mecha que el candil), la joven señora acudió a la solución más embrollosa: sustituir la guagua por una nueva y flamante unidad SUV, de color dorado. Pero la Pathfinder no encontró ruta hacia el descanso eterno; nada que ver. Su dueña la dejó a su suerte, abandonada y sin ningún interés. Ahora, frente a la casa, tiene dos vehículos: el nuevo, que obviamente sustituye al anterior, y el viejo, que ahora sirve como un horrible monumento a la añoranza. Qué tierno; quizá esperará a que se reduzca un poco con el moho y termine por enmarcarla y colgarla de alguna pared.

Otro caso es el de la Range Rover gris metálico. Reconstruir la historia de esta SUV se hace un poco complicado, porque no recuerdo exactamente cuándo fue que vino a parar en la esquina frente a la casa. Muchos días la vi estacionada en distintos espacios, unos más lejos, otros más cerca, hasta que, velando la güira, se adueñó de la esquinita por la que muchos vecinos peleábamos silenciosamente. La guagua de marras, sin parachoques trasero y sin mucho valor, ahora se ha convertido en homenaje póstumo a tiempos más felices y yace, como un adefesio insoportable, en un anhelado rincón para vehículos aptos. ¿Y qué dicen sus dueños? Pues muy bien, gracias a Dios.

¿Será posible que las personas quieran tanto un carro como para no deshacerse de él?

No necesariamente. Hubo otro caso, el del Lumina—también gris, qué casualidad. Cuando se disparó el precio de la gasolina el año pasado, este carro fue puesto en venta de inmediato. Su orgulloso dueño –quien también intenta vender su casa y todos los cachivaches que allí almacena—colocó en su cristal trasero un aviso: “SE VENDE. FINANCIAMIENTO DISPONIBLE”. Muchas veces, lo admito, estuve tentado a llamar al número que aparecía en el aviso, sólo por enterarme del procedimiento para obtener el crédito necesario. ¿Dónde rayos me iban a aprobar un préstamo para comprar el carro viejo de un vecino? ¿O será que, cuatro casas más abajo, existe una financiera clandestina de la que nadie se entera?

El problema, además de incómodo, es difícil de mirar. Nadie quiere enfrentarse al paisaje suburbano y encontrarse con cinco automóviles abandonados a su mala suerte por sus antiguos dueños y, para colmo, mal estacionados. El tema también produce limitaciones de tipo social: mientras esos pedazos de chatarra se descomponen lentamente en la calle, es injusto que haya que pedirle a la visita que trepe su carro en el techo de la casa, a falta de un espacio cómodo para el aparcamiento. Lo peor de todo es que, con junta vecinal y reglas de convivencia estipuladas al centavo, todo el mundo se hace de la vista larga, quizá por no buscarse enemigos, o porque, en secreto, estarán pensando abandonar sus vehículos cuando ya no les resulten útiles.

Si me diera la gana, mañana mismo llamaría a las autoridades. Invocaría los estatutos municipales y estatales que promueven la eliminación de estorbos públicos, incluyendo los vehículos en estado de descomposición. Pero me callo y espero, porque quiero darles la sorpresa: en Navidad, planifico ponerles bombillitas, guirnaldas de colores y un inflable de esos que parecen un globo de nieve.

Es más, hasta se me ocurre plantarles un cartelito iluminado: “Merry Christmas From Chatarra Heights”.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Negra con sombrilla

Allí estaba: de pie, desnuda, hermosa y negra. Como adorno, más bien apoyo, llevaba un paraguas, también negro. Miraba hacia el ojo del pintor que, a través de trazos mágicos, capturaba su imagen para la posteridad.

Así fue que la descubrí hace muchos años, colgada de una pared en el Museo de Arte de Ponce. Si mal no recuerdo su título –lamento mucho no recordar su autor—era una “Negra con sombrilla”. Así, sin ostentaciones ni artificios: era una mujer hermosa, de pie, vestida solamente con su carne oscura, firme, preciosa.

No sé por qué, al leer la infame noticia sobre el inexplicable gesto de guillotina literaria impuesto por nuestro insigne Secretario de Educación, la recordé. Y admito que temí por ella: de pronto, con estos aires de censura que nos endilgan los “duros de la materia”, habrá que esconder cualquier seña que pudiera interpretarse como ofensiva, aún cuando –en otros contextos más profundos e inteligentes—se denomine una expresión artística.

Sabemos que esta garata no es nueva: desde que el mundo es tal, la pugna entre la decencia y la libertad se mantiene viva y ágil. Los intentos puritanos del conservadurismo extremo claman por adecentar las expresiones públicas –mayormente artísticas—en pos de proteger los “mejores intereses de la sociedad”. Por su parte, el sector liberal levanta su voz intransigente, devolviendo a la ecuación su balance justo, propuesto por la necesidad de trascender las perspectivas de lo normal, lo aceptable, en fin, lo verdaderamente decente.

¿Qué haría la negra si se enterara de esta hecatombe?

Me la imagino entrando así, desnuda y descalza, por los pasillos fragantes a Lysol del Departamento de Educación. Tras burlar la seguridad atontada por su apariencia –más de uno de esos guardias fofos de uniforme de poliéster se habría relamido en silencio—la negra caminaría muy oronda, sombrilla en mano, hasta el ascensor del edificio. Un par de secretarias de uñas largas, que habrán bajado de sus oficinas a cogerse el “break” del café negro y el Salem mentolado, la mirarían con incredulidad absoluta: “¿Y quién es esa loca?”, preguntarían, extrañadas, mientras sacan de sus respectivas carteras D&G los celulares con guindalejitos para comenzar la faena informativa a todo el personal.

“Una negra esnúa anda por ahí”, dirían, asustadas, pensando que se tratara de una deambulante esquizofrénica.

La negra, impávida, subiría en el ascensor, tranquila y silenciosa. Uno que otro pasajero intentaría acompañarla en el viaje pero, al verla así –pose altiva, senos erguidos al aire, manos discretamente ubicadas frente a su pubis frondoso, siempre sujetando su sombrilla—se cohibirían. Después de todo, le harían un favor: ella no desearía explicar su apariencia, escuchar cantaletas religiosas ni soportar chistecitos a sus expensas.
Así, de lo más campechana, la negra llegaría al piso indicado. Meneando su nalgaje prominente, caminaría hasta la misma oficina del secretario Chardón. Su asistente administrativa –advertida ya por sus colegas vía mensajes de texto—la enfrentaría con firmeza.

“Usted no puede pasar, señora”, diría la secretaria con decisión.

La negra, sin chistar, continuaría su camino.

“¿Pero es que no me entiende? Aquí no puede entrar, y mucho menos así—“

La negra se detendría, mirando fijamente a la señora, entreteniéndose por un instante en su apariencia: peinado impecable, demasiado maquillaje, uniforme de chaquetón grueso, falda plisada, medias de nilón y zapatos de punta. Un prendedor del Divino Niño brillaría en su solapa y, al verlo, la negra ensayaría una sonrisa leve. Entonces, continuaría con paso decidido hasta la sala de juntas.

“¡Indecente!”, gritaría la dama, tocándose el medallón dorado de la Virgen Milagrosa enredado entre sus collares. “¡Voy a llamar a la policía!”

Sin titubeos, la negra apretaría con firmeza el mango de su sombrilla, caminando en dirección a la pesada puerta. Al abrirla, descubriría el cónclave: el secretario Chardón, rodeado de su cartel de asesores –aún enrojecidos por las carcajadas moribundas de un chistecito de sobremesa—repasarían otra vez la lista de libros sometidos a las autoridades censoras, en aras de promover la decencia. Ante el inesperado suceso, todos y todas detendrían sus labores para mirar a la recién llegada. Atolondrado, con el chaquetón desabrochado y la corbata torcida, Chardón se pondría de pie a toda prisa.

“¿Pero qué es esto?”, reaccionaría el Secretario, desconcertado. Algunos asesores se persignarían. Otros comentarían por lo bajo, impresionados. Alguna doña culifruncida arrugaría la nariz, en absoluto repudio a la negritud desnuda. Y algún ñame encorbatado se ajustaría la bragueta, disimulando la erección inmediata.

La negra, por supuesto, no diría nada. Sólo se acercaría, silenciosa, midiendo cada uno de sus pasos descalzos sobre la alfombra mullida. El brillo de su piel oscura resaltaría bajo las luces del salón de reuniones. Su cabello rizado enmarcaría la belleza única de su rostro estupendo.

Ya delante de Chardón, la negra miraría de frente. Sus ojos oscuros emitirían un fulgor inexplicable. Y de un solo movimiento, rápido y certero, la negra le asestaría tremendo sombrillazo.

“Imbécil”, diría la negra por lo bajo. Chardón, atontado por el golpe, caería otra vez sobre su silla. Algún asesor le ayudaría, mientras los demás quedarían sentados, demasiado tontos como para reaccionar.

Dando la vuelta en plan de salida, la negra observaría el ejemplar de El entierro de Cortijo que alguien habría olvidado sobre la gran mesa. Entonces, nalgueteando a gusto, como si las mismísimas congas de la orquesta le acompañaran, caminaría tal cual llegó, desnuda y serena. Sólo que ahora llevaría en sus manos la sombrilla negra, doblada por la cabeza dura de un idiota que no sabe de letras.

Y antes de salir, claro está, diría una gran mala palabra. Para que se jodieran.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Space Invaders

Caso número 1: usted está haciendo la fila en el banco. Aguarda su turno con resignación según el orden establecido: de ser el último cuando llega, avanzará conforme al movimiento de la cola hasta ser atendido. El ambiente permanece más o menos tranquilo hasta que un caballero –muy señor él, cómo no—entra hablando por su teléfono celular a un volumen que excede los parámetros del recinto bancario. De pronto, la fila se incomoda: todos los presentes (y sospecho que unos cuantos ausentes también) se enteran de los malestares estomacales de una mujer que está hecha una porquería, su próxima operación de discos herniados de la que espera salir vivo, su viaje a Miami para visitar a unos parientes…

Caso número 2: usted espera su turno para pagar en la tienda de descuentos. Mira a su alrededor alguna revistilla tonta para pasar el mal rato de esperar a que la cajera resuelva un problema de precio en el terminal de cobro. Mientras tanto, la señora que le sigue a usted en la fila decide que es tiempo de avanzar y coloca sus dos galones de detergente, un canasto de ropa y un saco de diez libras de comida para gatos en los tres centímetros de mostrador que están disponibles en el terminal de pago. Ni siquiera la mirada fulminante que usted le dispara, la detiene. La doña sigue colocando sus chucherías como que esto no es conmigo, mientras su hija adolescente repasa desde lejos el menú de las pizzas y los refrescos que atacarán tan pronto ambas terminen de pasarle por encima.

Caso número 3: usted completa un trámite en una agencia de gobierno. Sentado en una silla incómoda, ha padecido la extraordinaria oferta televisiva de Univisión. Entonces, llega una pareja singular: él, señor maduro; ella, esposa peleona. El aire de trifulca entre ellos aún no se disipa cuando la mujer, en actitud retante, se acerca a la empleada para hacerle “una preguntita”. La diminuta consulta demora unos diez minutos y, de pronto, la señora consigue burlar descaradamente el sistema de turnos y salir de la agencia alardeando su buena suerte, que vocifera al marido con aire de triunfo.

¿Qué tienen en común estos tres casos? La inconsciencia ciudadana del siglo XXI.

No sé cuántas veces he sido atacado por estos invasores del espacio común, tan multiplicados por las calles de nuestro país. Uno trata de vivir como la gente, siguiendo el orden lógico de la civilidad: habla con moderación, aguarda su turno, pide permiso y da las gracias; en fin, hace alarde de la buena educación que le enseñaron –en muchos casos, a fuerza de pescozones—en sus años formativos. Entonces, se topa uno con cada animal de dos patas que, con o sin conciencia de sus actos, irrumpe en los espacios ajenos con el descaro propio de quien no se ha leído el Manual Básico de la Convivencia Humana o, sencillamente, decidió utilizar el papel para limpiarse donde el sol no alumbra.

Estos seres campean por sus respetos de muchas otras maneras. Salen a la calle sin cinturón de seguridad, se almuerzan las señales de tránsito y se trepan en las aceras como si tal cosa. Discuten detalles de sus amores mientras escogen las papas en el supermercado. Transmiten en directo sus hazañas laborales desde los cubículos del inodoro público. Protagonizan sin saberlo, con sus vidas tan privadamente públicas, su propio “reality show”: Esos pesados cuernos de mi cuñada María, Ando solo y triste cada viernes, Canto como Ednita en los karaokes porque estoy bien rica, Qué me importa la vida de mi ex (pero quiero saber dónde está).

Algunas veces he pensado seriamente en detenerlos. He querido enfrentar a cada uno de esos hombres y mujeres que me invaden la vida con sus impertinencias mirándoles con firmeza. Sin titubeo alguno, he sentido ganas de decirles así, con todos los dientes, “De verdad que lo que usted hace con su vida/su dinero/su hígado/sus minutos de celular/sus orificios me importa torta. ¿Se podría callar la boca y dejarme vivir en paz?”

Posiblemente, me sentiría muy feliz y liberado, aunque recibiera miradas de puñal, insultos gratuitos y alguna que otra querella ante las autoridades. Pero sé que es perder el tiempo: luchar contra uno/a de estos invasores del orden público es empujar una pared. Son demasiados seres que viven por ahí engrandecidos con sus pequeñeces, diseminados por el mundo como una peste insufrible que ni ellos mismos pueden oler.

La próxima vez que haga una fila, espere en una oficina o haga una gestión pública, piense un poco. Sería bueno que, para variar, se diera cuenta de que su derecho a vivir como le da la gana puede ser el comienzo de la invasión a la vida ajena. La mía, y la de los demás.

También podría pasar que un escritor con buen oído capture los detalles insulsos de su vida ídem para escribir una historia con la que ganará reconocimiento internacional. Cuando la prensa curiosa le pregunte sobre el origen de su historia, él dirá muy tranquilito, “La escuché por ahí.”

Y usted no podrá reclamar nada. Qué pena.