De un tiempo hasta ahora, encontrar estacionamiento en la urbanización es imposible. De pronto, puede ser que haya algún hueco pequeño donde, con suerte, se pueda acomodar el carruaje sin complicaciones. Otras veces –generalmente cuando llueve o es día feriado—hay que pensar en opciones inteligentes, como el carro-maletín o la guagua-mochila. Y es que, en ausencia de un espacio decente para dejar el segundo carro de la casa, faltaría tumbar la pared de la sala para asegurarse un lugarcito.
La causa de este particular fenómeno es muy sencilla de explicar. A los vecinos les importan tres pepinos que los demás tengan lugar para estacionar sus automóviles funcionales y con marbete al día. Y es que están muy encariñados con los vejestorios metálicos que se pudren lentamente frente a sus mansiones suburbanas.
Por ejemplo, está el Toyota Tercel gris. Hace casi cuatro años, cuando lo vi por primera vez, ya era un vehículo inservible, olvidado en su esquina privilegiada como un tiesto sin plantas. En todo este tiempo, sus dueños (el matrimonio fantasma de la casa de enfrente) no han hecho ni el aguaje de removerlo de su preciado escaño. Sin embargo, a veces salen de su escondite para abrir el vehículo y guardar cosas en el baúl (incluyendo las compras navideñas que ocultan de la curiosidad infantil). Pues claro, Jorgito, qué tonto eres; es que están reciclando. En lugar de carro, el Tercelito inservible ahora es el clóset adonde van a parar cualquier cantidad de cachivaches. Vaya por Dios. Aseguro que el trasto viejo, junto con todas sus porquerías, tendría mejor salida en el vertedero. Pero ni por Dios ni por los santos el carro viejo se mueve de su esquina, aunque le salgan matojos por las bisagras mohosas.
Más adelante está la guagua Pathfinder verde oscuro. Según supe por terceros, su flamante dueña –madre soltera, hijos preadolescentes, fantasma también—hizo el intento por arreglarle la pieza que paralizó la guagua frente a su casa. No obstante, tras no conseguir una reparación efectiva (y porque, como decía mi abuela, le salía más cara la mecha que el candil), la joven señora acudió a la solución más embrollosa: sustituir la guagua por una nueva y flamante unidad SUV, de color dorado. Pero la Pathfinder no encontró ruta hacia el descanso eterno; nada que ver. Su dueña la dejó a su suerte, abandonada y sin ningún interés. Ahora, frente a la casa, tiene dos vehículos: el nuevo, que obviamente sustituye al anterior, y el viejo, que ahora sirve como un horrible monumento a la añoranza. Qué tierno; quizá esperará a que se reduzca un poco con el moho y termine por enmarcarla y colgarla de alguna pared.
Otro caso es el de la Range Rover gris metálico. Reconstruir la historia de esta SUV se hace un poco complicado, porque no recuerdo exactamente cuándo fue que vino a parar en la esquina frente a la casa. Muchos días la vi estacionada en distintos espacios, unos más lejos, otros más cerca, hasta que, velando la güira, se adueñó de la esquinita por la que muchos vecinos peleábamos silenciosamente. La guagua de marras, sin parachoques trasero y sin mucho valor, ahora se ha convertido en homenaje póstumo a tiempos más felices y yace, como un adefesio insoportable, en un anhelado rincón para vehículos aptos. ¿Y qué dicen sus dueños? Pues muy bien, gracias a Dios.
¿Será posible que las personas quieran tanto un carro como para no deshacerse de él?
No necesariamente. Hubo otro caso, el del Lumina—también gris, qué casualidad. Cuando se disparó el precio de la gasolina el año pasado, este carro fue puesto en venta de inmediato. Su orgulloso dueño –quien también intenta vender su casa y todos los cachivaches que allí almacena—colocó en su cristal trasero un aviso: “SE VENDE. FINANCIAMIENTO DISPONIBLE”. Muchas veces, lo admito, estuve tentado a llamar al número que aparecía en el aviso, sólo por enterarme del procedimiento para obtener el crédito necesario. ¿Dónde rayos me iban a aprobar un préstamo para comprar el carro viejo de un vecino? ¿O será que, cuatro casas más abajo, existe una financiera clandestina de la que nadie se entera?
El problema, además de incómodo, es difícil de mirar. Nadie quiere enfrentarse al paisaje suburbano y encontrarse con cinco automóviles abandonados a su mala suerte por sus antiguos dueños y, para colmo, mal estacionados. El tema también produce limitaciones de tipo social: mientras esos pedazos de chatarra se descomponen lentamente en la calle, es injusto que haya que pedirle a la visita que trepe su carro en el techo de la casa, a falta de un espacio cómodo para el aparcamiento. Lo peor de todo es que, con junta vecinal y reglas de convivencia estipuladas al centavo, todo el mundo se hace de la vista larga, quizá por no buscarse enemigos, o porque, en secreto, estarán pensando abandonar sus vehículos cuando ya no les resulten útiles.
Si me diera la gana, mañana mismo llamaría a las autoridades. Invocaría los estatutos municipales y estatales que promueven la eliminación de estorbos públicos, incluyendo los vehículos en estado de descomposición. Pero me callo y espero, porque quiero darles la sorpresa: en Navidad, planifico ponerles bombillitas, guirnaldas de colores y un inflable de esos que parecen un globo de nieve.
Es más, hasta se me ocurre plantarles un cartelito iluminado: “Merry Christmas From Chatarra Heights”.