Hace unos días, la periodista Sylvia Gómez presentó un impactante especial por Telemundo-Puerto Rico en el que discutió a fondo la alarmante situación de la energía eléctrica en nuestro país. Con los precios del petróleo disparándose por los cielos, y con una demanda local de electricidad que casi equipara con ciudades como Nueva York o Londres, es un problema que debería preocuparnos.
Aunque estamos a sólo cien días de las elecciones generales, este asunto no debería pasar inadvertido. La crisis es real: los abastos de petróleo se han reducido mientras que la demanda mundial es mayor, por lo que una baja en las tarifas del crudo en los próximos meses es casi imposible. Esta crisis energética, como sabemos, tiene un efecto dominó sobre todos los renglones de nuestra vida: la alimentación, el transporte y hasta la diversión. ¿Acaso no ha notado que ir al cine con su esposo/a ya no se resuelve con diez dólares?
Inquieto por la información que la colega periodista Gómez compartió en su especial televisivo, pensé en algunas opciones sensatas para resolver el problema. Sólo tuve que mirar alrededor para concluir que, como siempre, Puerto Rico lo hace mejor. Nuestra islita tiene ante sí la posibilidad real de resolver la crisis energética mundial (o, al menos, reducirla un poco). Contrario a las soluciones oficiales propuestas que incluyen, entre otras, la reutilización de los desperdicios sólidos y el desarrollo de parques eólicos, el secreto está en el dubi.
La proliferación de dubis per cápita en Puerto Rico es asombrosa. Una de cada cuatro mujeres que van a las oficinas médicas, dos de cada cinco que visitan el correo y tres de cada cuatro que acuden a la estación de gasolina lucen este ¿peinado? que utiliza, como elemento principal, unas hebillas metálicas largas en forma de presilla que, con cierto nivel de simetría, se colocan en fila alrededor de sus cabezas. El propósito de este inusual tocado es, de por sí, un ejercicio de conservación de energía, evitando el uso excesivo del secador de mano para mantener la cabellera lacia frente al cruel ataque de la humedad tropical.
Entonces, ¿por qué no aprovechar ese noble gesto femenino a favor del futuro?
Si cada hebilla metálica de un dubi promedio se conectara a un pequeño transformador de energía personal (que las señoras bien podrían cargar en su bolso o cartera), se acumularía suficiente electricidad como para encender un microondas o calentar una hornilla eléctrica. Por tanto, si la composición doméstica incluyera al menos tres mujeres que utilicen dubis dos veces al día, la energía acumulada y redirigida serviría para recargar las baterías de hasta cuatro celulares o mover un abanico eléctrico por seis horas.
Las hebillas del dubi, de igual manera, pudieran tener otros usos. ¿Qué tal si se les adaptara algún dispositivo para transformar la señal digital de la televisión a partir de febrero de 2009? Sería fabuloso: los televisores portátiles que tanta popularidad adquieren para la época de huracanes no caerían en desuso. Es más, pienso que el gobierno de los Estados Unidos debió consultar primero la posibilidad de utilizar los dubis boricuas como una fuente de conversión digital antes de emitir todas esas tarjetitas de descuento para comprar los dichosos convertidores.
Las soluciones para ahorrar energía en estos tiempos son harto conocidas: apagar luces que no estén en uso, desconectar los enseres en las noches y sustituir las bombillas incandescentes por las fluorescentes compactas. No obstante, insisto en que, si aprovechamos el reflejo de tantos dubis metálicos que circulan por aceras, calles, playas, correos, colmados, gasolineras, farmacias, panaderías, gimnasios y oficinas en nuestro país… Tendremos planeta para rato.
De paso, habría muchas mujeres felices de aportar, hebilla por hebilla, a la salvación de este planeta en crisis.
lunes, 28 de julio de 2008
martes, 22 de julio de 2008
Yo, que te conozco
Me saluda con efusividad, beso incluido. Su cariño desbordante es sincero, y su entusiasmo contagioso me emociona. Asegura que vio las dos miniseries que escribí cada vez que las pusieron al aire. Cuando me descubrió en la prensa, hizo una fiesta; compraba el periódico todos los martes.
En ningún momento abandona la sonrisa. Y yo, entre el halago y el bochorno, sostengo un juego de sábanas que aún no me decido a comprar.
Me pregunta si todavía doy clases, y le digo que sí, que estoy entre dos universidades, dando la pelea. Aprovecha para pedirme orientación: su hijo mayor estudia mercadeo, aunque le encanta la música. La nena está en primer año, pero con el modelaje ha tenido buenas ofertas para irse al extranjero. El menor aún está en la secundaria y, según ella, “las novias” lo tienen loco.
Está orgullosa de sus muchachos, sin duda. Y yo, de reojo, miro el anaquel: ¿compraré las sábanas blancas o las amarillas?
Al fin, me brota un consejo: lo más importante es hacer lo que a uno le apasiona. En eso, ocurre la intervención divina: ella se percata de la hora –no ha parado de hablar en quince minutos—y se despide con otro gran abrazo. “Búscame en Facebook, para que sigamos en contacto”, me suplica, mientras se pierde entre la gente. Que sí, mujer, le digo, que me encantó saludarte.
Regreso al dilema de las sábanas, y la sonrisa se descuelga de mi cara en cámara lenta. Si tan sólo pudiera acordarme de su nombre.
No sé cuántas veces he vivido esta historia de terror. En cualquier sitio, alguien se cruza en mi camino y recita pedazos de mi humilde vida pública con entusiasmo desbordante. Me leen como periódico de barbería, y me recitan como el padrenuestro. Y yo ahí, con las orejas calientes, sonrío sin tener ni prostituta idea de quién demonios me quiere tanto.
“¿De dónde? ¡De dónde!”, me torturo en silencio, y el asunto sigue, entre preguntas que respondo en automático. Si la tierra me tragara en ese momento, sería tan feliz…
Por lo general, tengo buena memoria para los detalles. Trato, en lo posible, de almacenar en el disco duro caras, nombres y datos. Entonces, cuando menos lo espero, me ataca la amnesia total frente al Desconocido/a Amable que, por mala pata, siempre me agarra en algún trance tortuoso: la fila del banco, la ferretería, el colmado o, peor aún, la oficina del médico.
Allí, sentado en la sillita incómoda, con algún programa de Univisión como banda sonora, se produce el emotivo desencuentro.
“Digo, te ves más flaco y se te cayó el pelo, pero estás i-gua-li-to”, canta con gracia Mi Mejor Amigo de la Universidad, descubriéndome cuando levanto la nariz del libro que me acompaña. Rollizo y detestable, el susodicho asegura que somos “los más panas” y yo, que sí, cómo no. Entonces, decide compartirle al mundo entero –apenas tres gatos esperan en la sala—anécdotas que sólo a él le causan gracia. “¿Te acuerdas cuando nos copiábamos en la clase de historia?”, dice, palmoteándome el hombro por séptima vez. Con las orejas ardientes, reabro los expedientes inactivos del tiempo universitario: Historia de Puerto Rico, Historia de Cultura Occidental, Historia de España, Historia de Estados Unidos, Historia de América Latina, Historia del Caribe... Ay Dios, ¿por qué no estudié contabilidad?
En momentos como este, siempre me acuerdo de mi primer jefe, el dramaturgo Fausto Verdial. Cuando empecé a escribir para la televisión, tenía pocos años y muchas ganas. Un buen día, antes de iniciar nuestra sesión de trabajo, abrumé al pobre Fausto con mil y una preguntas sobre cómo triunfar en el mundo del espectáculo. Entre cigarrillos, me miró con sus ojos chispeantes, muy serio. “Usted a todo diga que sí, y después se las arregla”, sentenció, y estalló en carcajadas.
Como buen alumno, aplico la lección de mi ya fenecido mentor. Yo, que te conozco, claro que sí. Te saludo y te abrazo. Cómo no, qué buenos tiempos, ¿ah? De verdad que sí, que me alegra saludarte.
Y hago mutis por la izquierda, antes de que me descubran.
En ningún momento abandona la sonrisa. Y yo, entre el halago y el bochorno, sostengo un juego de sábanas que aún no me decido a comprar.
Me pregunta si todavía doy clases, y le digo que sí, que estoy entre dos universidades, dando la pelea. Aprovecha para pedirme orientación: su hijo mayor estudia mercadeo, aunque le encanta la música. La nena está en primer año, pero con el modelaje ha tenido buenas ofertas para irse al extranjero. El menor aún está en la secundaria y, según ella, “las novias” lo tienen loco.
Está orgullosa de sus muchachos, sin duda. Y yo, de reojo, miro el anaquel: ¿compraré las sábanas blancas o las amarillas?
Al fin, me brota un consejo: lo más importante es hacer lo que a uno le apasiona. En eso, ocurre la intervención divina: ella se percata de la hora –no ha parado de hablar en quince minutos—y se despide con otro gran abrazo. “Búscame en Facebook, para que sigamos en contacto”, me suplica, mientras se pierde entre la gente. Que sí, mujer, le digo, que me encantó saludarte.
Regreso al dilema de las sábanas, y la sonrisa se descuelga de mi cara en cámara lenta. Si tan sólo pudiera acordarme de su nombre.
No sé cuántas veces he vivido esta historia de terror. En cualquier sitio, alguien se cruza en mi camino y recita pedazos de mi humilde vida pública con entusiasmo desbordante. Me leen como periódico de barbería, y me recitan como el padrenuestro. Y yo ahí, con las orejas calientes, sonrío sin tener ni prostituta idea de quién demonios me quiere tanto.
“¿De dónde? ¡De dónde!”, me torturo en silencio, y el asunto sigue, entre preguntas que respondo en automático. Si la tierra me tragara en ese momento, sería tan feliz…
Por lo general, tengo buena memoria para los detalles. Trato, en lo posible, de almacenar en el disco duro caras, nombres y datos. Entonces, cuando menos lo espero, me ataca la amnesia total frente al Desconocido/a Amable que, por mala pata, siempre me agarra en algún trance tortuoso: la fila del banco, la ferretería, el colmado o, peor aún, la oficina del médico.
Allí, sentado en la sillita incómoda, con algún programa de Univisión como banda sonora, se produce el emotivo desencuentro.
“Digo, te ves más flaco y se te cayó el pelo, pero estás i-gua-li-to”, canta con gracia Mi Mejor Amigo de la Universidad, descubriéndome cuando levanto la nariz del libro que me acompaña. Rollizo y detestable, el susodicho asegura que somos “los más panas” y yo, que sí, cómo no. Entonces, decide compartirle al mundo entero –apenas tres gatos esperan en la sala—anécdotas que sólo a él le causan gracia. “¿Te acuerdas cuando nos copiábamos en la clase de historia?”, dice, palmoteándome el hombro por séptima vez. Con las orejas ardientes, reabro los expedientes inactivos del tiempo universitario: Historia de Puerto Rico, Historia de Cultura Occidental, Historia de España, Historia de Estados Unidos, Historia de América Latina, Historia del Caribe... Ay Dios, ¿por qué no estudié contabilidad?
En momentos como este, siempre me acuerdo de mi primer jefe, el dramaturgo Fausto Verdial. Cuando empecé a escribir para la televisión, tenía pocos años y muchas ganas. Un buen día, antes de iniciar nuestra sesión de trabajo, abrumé al pobre Fausto con mil y una preguntas sobre cómo triunfar en el mundo del espectáculo. Entre cigarrillos, me miró con sus ojos chispeantes, muy serio. “Usted a todo diga que sí, y después se las arregla”, sentenció, y estalló en carcajadas.
Como buen alumno, aplico la lección de mi ya fenecido mentor. Yo, que te conozco, claro que sí. Te saludo y te abrazo. Cómo no, qué buenos tiempos, ¿ah? De verdad que sí, que me alegra saludarte.
Y hago mutis por la izquierda, antes de que me descubran.
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miércoles, 16 de julio de 2008
Miss Reality
Todavía recuerdo cuando Miss Puerto Rico era un triste “show de marquesina”. De hecho, heredé de mi querido “Kiki” (Eddie Ortiz, fenecido vicepresidente de la vieja organización que producía el certamen y, además, mi caricaturista favorito de la infancia), unos vídeos de pasados eventos, olvidados en el fondo de un anaquel. El más antiguo data de 1975, y mata de risa por lo ingenuo: el antiguo Cinema 4 convertido en un palacete, con una fuente escurriéndose por el piso del escenario… El fondo musical de órgano circense que, por momentos, evoca un episodio de Los Locos Adams…
Aquellos concursos eran más largos que un día sin comer, pero los disfrutábamos con la misma ingenuidad con la que se producían. Nos sabíamos aquella canción tema que se convirtió en el himno de toda una generación: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción…” Y, por supuesto, conteníamos la respiración cuando aparecía en escena “el alma del concurso, ¡Anna Santisteban!”. Esperábamos por su exquisito atuendo, su peinado impecable, sus joyas lujosas, sus ademanes extravagantes, su hablar pomposo… Y, por supuesto, sus acostumbrados tropezones.
Ahora, los beauty pageants son una rara mezcla de America’s Next Top Model, Project Runway y la pelea titular de Miguel Cotto. El chisme es el denominador común para este montaje absurdo de pasarelas, en las que igual se modelan trajes de diseñadores que se atacan con gas pimienta. Entonces, gane quien gane, comienza la lluvia de críticas: por las cirugías, por el vestuario y, por supuesto, por el traje típico que, a mi juicio, cada año se supera en la categoría de “Mejor Disfraz de Carnaval Tecato”.
¿Cuál es la fascinación?
Mi amigo Abi me dijo, con absoluta convicción, que Miss Universo era algo así como “el Año Nuevo de las locas”. En su argumento, me explicó que los fanáticos acérrimos de esta “guerra mundial en tacas clear” viven para celebrarla como si se tratara, verdaderamente, de un 31 de diciembre. Sin embargo, este año la celebración trascendió el mundo gay para convertirse en un tema de discusión nacional. No sé cuántas pulgadas de periódico se dedicaron a los pronósticos de “expertos” en “missiología” (ciencia oculta que estudia los concursos de belleza). Tampoco puedo enumerar la cantidad de programas dedicados al análisis de estilistas, peluqueros, modistas y astrólogos sobre las mejores estrategias para que la puertorriqueña regresara a casa con la preciada corona...
Quizas se deba a la extensión territorial, o por la prolongada indefinición política, pero el delirio de la grandeza boricua últimamente descansa en el puño de nuestros boxeadores y en la belleza de nuestras mujeres. Con el Miss Universo de este año, belleza y boxeo se combinaron de la peor manera en el cuadrilátero local: el “relacionista profesional”, en abierto desafío a los códigos de ética de su profesión, arremete sin piedad contra su ex jefa, la “directora nacional”, acusándola de histérica y mala paga. En menos de 48 horas, el susodicho que, gracias a Dios, "no quería hablar del asunto", chismeó hasta por los codos, y obtuvo más prensa que la nueva reina venezolana (quien ganó en muy buena lid, por cierto).
La cadena estadounidense NBC lo anticipó de la mejor manera en su promoción: Miss Universe is the ultimate reality show. Curiosamente, Jerry Springer –famoso por sus insoportables programas de garateo—animó el evento que, de acuerdo con las encuestas estadounidenses, ha bajado su popularidad de manera consistente durante los últimos diez años. Sin embargo, acá en la isla, el bochinche no para: todos los días surge una versión distinta, sostenida por comentarios que ni botándolos se acaban, para justificar la derrota de una candidata que, para muchos, debió ser la nueva reina.
¿Tanto necesitábamos del triunfo? No, pero hay que alimentar la realidad de una televisión local que, a duras penas, sobrevive por cuenta del sabroso chisme cotidiano. De paso, se garantiza la subsistencia de nuestras muñequitas de quirófano, que saludan muñeca-codo-muñeca-codo-besito-besito. Ellas, con sus coronas de piedras brillantes, perpetúan el rosario de nuestros cinco misterios gloriosos: Marisol, Deborah, Dayanara, Denise y Zuleyka. Y a fuerza de chismes, hay que coronarlas de espinas y clavarlas en el trono, para que sigan embruteciéndonos con su candorosa magia.
Miro el anaquel con los viejos vídeos de “Kiki”, y me ataca la nostalgia dulzona, cada vez más frecuente durante esta cuarta década. De pronto, pienso en una linda muchacha de ojos azules y nariz extraña, que regresa a su casa después de un largo viaje. Exhausta, con la sonrisa hecha una mueca y los pies destrozados, arrastra un mamarracho emplumado que cargó en la cabeza por un mes, sin saber ahora qué rayos hará con él.
Lo que no imagina es que ese embeleco de plumas es, precisamente, su único premio: Miss Reality.
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miércoles, 9 de julio de 2008
"Reunioncita"
Si algo bueno tenemos los boricuas es nuestro espíritu optimista, sobre todo en los momentos de dificultad. Este año, aunque los vientos de la crisis soplan con fuerza innegable, como buenos jíbaros de costumbre encampanamos la chiringa hacia los cielos del norte, según la tradición del “viajecito” veraniego.
Entonces, para quienes no tenemos la costumbre, el dinero o el ánimo, nos queda reinventar un hábito exclusivamente navideño: la “reunioncita” familiar. Con más frecuencia, amigos y amigas me comentan sobre esos “ratitos nice” pasados en compañía de sus seres queridos, en abierta sustitución al asueto estival tronchado por la recesión económica.
El asunto no me extraña. Sin embargo, a mi cuarentosa edad, todavía me sorprende cómo estos festines improvisados permiten que aflore nuestra más autóctona esencia nacional. Nada más haga la prueba: por un instante cierre los ojos y recree esta escena, que puede ocurrir en cualquier casa cerca de usted.
Vengan las cuatro o cinco sillas plásticas (“te traes las de tu casa, que las de aquí están espatarrás”), la mesa plegadiza (“la que Titi Sonia compró para la fiesta de Bebita y Ángel”; dile que yo se la cuido) y un “barbecue” (“a Pepín que traiga el de su casa, que es más moderno que esa plasta mohosa de aquí”). Ya se montó la escenografía. Entonces viene la repartición de los panes (“dile a Luz que somos como veinte, así que calcule cuánto arroz hay que cocinar”) y los peces (“compra el paquete grande de pechugas, otro de costillas y hamburgers y hot dogs pa’ los nenes”). Y así, entre botellones de Coca-Cola, galletas Ritz con pasta de guayaba y sangüichitos de mezcla, se cuadró el invento.
Parece fácil, pero no lo es. Siempre falta más grasa -pasteles, lechón, morcilla- para amortiguar los golpes de la incertidumbre. Porque uno entra, saluda, y se acomoda. Pero nunca sabe cómo terminará la historia.
Después de un par de cervecitas y los pasapalos de rigor, brota un deseo profundo de compartir detalles íntimos (“Migdalia y el marido están por divorciarse oooootra vez”), logros interesantes (“santo Dios, ese muchacho está cada día más goooorrrrrrrdo”) y ligeras indiscreciones (“nena, ¿y cuándo tú te piensas casar?). Es el peculiar telón de fondo para estos “ratitos”. Y si por casualidad se habla de nuestro deporte nacional –la política—hay variedad de opiniones, mil definiciones de lo que es… ¿verdad?
Ni lo sé, ni quiero averiguarlo.
Para empezar, el eufemismo diminuto ya no me convence. “Son un par de horitas” significa todo lo contrario: un rosario interminable de horas de asiento, mirándole la cara a tu prima Nelly, que siempre te daba cocotazos cuando chiquito (odiosa), o a tu tío Manolo, que siempre se rasca más abajo del ecuador antes de darte la mano (guácala). La carta del menú tampoco me seduce. “Vamos a comer unas cositas” sólo significa (a) comida grasienta, (b) azucarada, (c) salada y/o (d) todas las anteriores, en abierto desafío a la maldita acidez de la cuarta década. Finalmente, la imprecisión del objetivo no me arrastra: ¿qué es eso de “vernos las caras” o “pasar el rato”? ¿Un anticipo a la tortura?
No niego que, en honor a la verdad, estos juntes familiares tienen consecuencias saludables, sobre todo para la autoestima. Porque el “ratito nice” reconfirma verdades deliciosas: que el primo Samuel, aunque diez años más joven, está más gordo y más calvo que tú. Que la tía Estela sigue pensando que eres “el nene más lindo”, aunque ya no seas ni tan nene ni tan lindo. Y que el tío Moncho –aunque republicano recalcitrante—hace los mejores chistes de curas y monjas en todo el continente americano.
Aún así, a “la reunioncita” no me inviten, que ya me lo aprendí muy bien: la familia es una institución. Mental.
Entonces, para quienes no tenemos la costumbre, el dinero o el ánimo, nos queda reinventar un hábito exclusivamente navideño: la “reunioncita” familiar. Con más frecuencia, amigos y amigas me comentan sobre esos “ratitos nice” pasados en compañía de sus seres queridos, en abierta sustitución al asueto estival tronchado por la recesión económica.
El asunto no me extraña. Sin embargo, a mi cuarentosa edad, todavía me sorprende cómo estos festines improvisados permiten que aflore nuestra más autóctona esencia nacional. Nada más haga la prueba: por un instante cierre los ojos y recree esta escena, que puede ocurrir en cualquier casa cerca de usted.
Vengan las cuatro o cinco sillas plásticas (“te traes las de tu casa, que las de aquí están espatarrás”), la mesa plegadiza (“la que Titi Sonia compró para la fiesta de Bebita y Ángel”; dile que yo se la cuido) y un “barbecue” (“a Pepín que traiga el de su casa, que es más moderno que esa plasta mohosa de aquí”). Ya se montó la escenografía. Entonces viene la repartición de los panes (“dile a Luz que somos como veinte, así que calcule cuánto arroz hay que cocinar”) y los peces (“compra el paquete grande de pechugas, otro de costillas y hamburgers y hot dogs pa’ los nenes”). Y así, entre botellones de Coca-Cola, galletas Ritz con pasta de guayaba y sangüichitos de mezcla, se cuadró el invento.
Parece fácil, pero no lo es. Siempre falta más grasa -pasteles, lechón, morcilla- para amortiguar los golpes de la incertidumbre. Porque uno entra, saluda, y se acomoda. Pero nunca sabe cómo terminará la historia.
Después de un par de cervecitas y los pasapalos de rigor, brota un deseo profundo de compartir detalles íntimos (“Migdalia y el marido están por divorciarse oooootra vez”), logros interesantes (“santo Dios, ese muchacho está cada día más goooorrrrrrrdo”) y ligeras indiscreciones (“nena, ¿y cuándo tú te piensas casar?). Es el peculiar telón de fondo para estos “ratitos”. Y si por casualidad se habla de nuestro deporte nacional –la política—hay variedad de opiniones, mil definiciones de lo que es… ¿verdad?
Ni lo sé, ni quiero averiguarlo.
Para empezar, el eufemismo diminuto ya no me convence. “Son un par de horitas” significa todo lo contrario: un rosario interminable de horas de asiento, mirándole la cara a tu prima Nelly, que siempre te daba cocotazos cuando chiquito (odiosa), o a tu tío Manolo, que siempre se rasca más abajo del ecuador antes de darte la mano (guácala). La carta del menú tampoco me seduce. “Vamos a comer unas cositas” sólo significa (a) comida grasienta, (b) azucarada, (c) salada y/o (d) todas las anteriores, en abierto desafío a la maldita acidez de la cuarta década. Finalmente, la imprecisión del objetivo no me arrastra: ¿qué es eso de “vernos las caras” o “pasar el rato”? ¿Un anticipo a la tortura?
No niego que, en honor a la verdad, estos juntes familiares tienen consecuencias saludables, sobre todo para la autoestima. Porque el “ratito nice” reconfirma verdades deliciosas: que el primo Samuel, aunque diez años más joven, está más gordo y más calvo que tú. Que la tía Estela sigue pensando que eres “el nene más lindo”, aunque ya no seas ni tan nene ni tan lindo. Y que el tío Moncho –aunque republicano recalcitrante—hace los mejores chistes de curas y monjas en todo el continente americano.
Aún así, a “la reunioncita” no me inviten, que ya me lo aprendí muy bien: la familia es una institución. Mental.
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martes, 1 de julio de 2008
Los demás
Voy a la farmacia, con una lista de cuatro ítems. Cumplir el breve encargo no tomará mucho, así que no me angustio por el calor. Para mayor bendición, encuentro estacionamiento en un lugar cercano. Qué alegría. Todo es bello.
Llego feliz a la puerta de entrada. Allí, me topo con dos chiquillas adolescentes que hacen campamento de verano en el “mall”. Su entusiasmo es único. Vaya usted a saber qué celebran con tanta euforia: dos meses sin escuela, el celular de moda, su primera experiencia lesbiana, la solución al calentamiento global… Ellas conversan y ríen. A todo volumen. Frente a la entrada.
“Con permiso”, digo con calmada cortesía. Mi pedido se esfuma con el viento caluroso que les despeina las mechas perfectas. Las chiquillas siguen ahí, sumergidas en la pavera. Repito la solicitud con autoridad, pero no hay manera. A punto de saltarles por encima, descubro un pasillo angosto que a las dignas aspirantes a Miss Idiota Teenage les parece bueno compartir. Y por ahí me escapo.
Canasta en mano, voy decidido. Aún con el frío del aire acondicionado y el despliegue de ofertas, no hay cambios de estrategia. El plan es comprar, pagar y largarme. Sólo cuatro ítems. Así que ignoro los M&M’s y los bolígrafos. Vamos al ataque.
Mi objetivo inicial es el pasillo de los analgésicos, pero me detengo. Una pareja joven ha transformado el área en plataforma para una discordia pública. El caballero (qu’eslaque, DJ Flow) le recrimina a su dama (bienvenida, Chula Mai) por el mal uso de una tarjeta de débito. Entre ellos, se aparca un coche casi tan grande como un Mercedes-Benz, rebosante de mercancías, bultos, biberones y tereques varios. Dentro del inmenso vehículo portátil, apenas perceptible, duerme un pequeño inocente, arrullado por la discusión.
“Con permiso”, digo con cautela. DJ Flow, escurrido como una tripa vacía dentro de su inmensa camisilla de los Lakers, no hace ni el gesto. Su señora continúa la garata, desbordándose por la camisilla estrecha y los pantalones cortos que revelan un amplio repertorio de manchas y estrías. Repito la petición, incómodo ante la escena. Chula Mai me mira de reojo, saca una mano llena de Nails By Ivy Queen y mueve de un zarpazo el inmenso coche, sin despertar al chiquilín. Agarro un frasco de Tylenol y salgo disparado, por las dudas.
Champú, desodorante y baterías doble A. La lista está cubierta. Me acerco al terminal de pago, ignorando las llamadas de relevo, clave uno y demás señales de control interno. Contemplo una revista abandonada a su suerte (¿me importa la vida de Aracely Arámbula?). Hago la fila, con mis cuatro ítems. Entonces, viene el remate.
Sí, mami… Pues ya tu sa’e, aquí bregando. No hombe, en la falmacia… Es que tú me picheas, mami… Aaaaaah, tiraera… No no no, si yo te quiero, ma… ‘Pérate, que vuá ponel esto aquí en lo que hablamo…
Sin enfriarse la oreja, el chamaco planta su canasta sobre el mostrador con un guille brutal. No quiero mirarlo, pero lo siento. Demasiado cerca para mi cuarentosa edad. Hasta puedo escuchar las risitas de esa Ma que lo escucha, emocionada tal vez, mientras se revisa de nuevo los tatuajes.
“Con permiso”, me volteo. “¿Usted me presta un poco de su espacio, por favor?”
Mi voz retumba lo suficiente. El chamaco pide perdón. En un susurro, la llamada termina. Entonces, la amable cajera me cobra, suprimiendo una sonrisa que adivino solidaria.
Camino tranquilo, de regreso al auto. Reviso el contenido de la bolsa: sólo son cuatro ítems, mis hermosos trofeos de guerra.
Hoy me proclamo dueño del mundo que pertenece a los demás.
Llego feliz a la puerta de entrada. Allí, me topo con dos chiquillas adolescentes que hacen campamento de verano en el “mall”. Su entusiasmo es único. Vaya usted a saber qué celebran con tanta euforia: dos meses sin escuela, el celular de moda, su primera experiencia lesbiana, la solución al calentamiento global… Ellas conversan y ríen. A todo volumen. Frente a la entrada.
“Con permiso”, digo con calmada cortesía. Mi pedido se esfuma con el viento caluroso que les despeina las mechas perfectas. Las chiquillas siguen ahí, sumergidas en la pavera. Repito la solicitud con autoridad, pero no hay manera. A punto de saltarles por encima, descubro un pasillo angosto que a las dignas aspirantes a Miss Idiota Teenage les parece bueno compartir. Y por ahí me escapo.
Canasta en mano, voy decidido. Aún con el frío del aire acondicionado y el despliegue de ofertas, no hay cambios de estrategia. El plan es comprar, pagar y largarme. Sólo cuatro ítems. Así que ignoro los M&M’s y los bolígrafos. Vamos al ataque.
Mi objetivo inicial es el pasillo de los analgésicos, pero me detengo. Una pareja joven ha transformado el área en plataforma para una discordia pública. El caballero (qu’eslaque, DJ Flow) le recrimina a su dama (bienvenida, Chula Mai) por el mal uso de una tarjeta de débito. Entre ellos, se aparca un coche casi tan grande como un Mercedes-Benz, rebosante de mercancías, bultos, biberones y tereques varios. Dentro del inmenso vehículo portátil, apenas perceptible, duerme un pequeño inocente, arrullado por la discusión.
“Con permiso”, digo con cautela. DJ Flow, escurrido como una tripa vacía dentro de su inmensa camisilla de los Lakers, no hace ni el gesto. Su señora continúa la garata, desbordándose por la camisilla estrecha y los pantalones cortos que revelan un amplio repertorio de manchas y estrías. Repito la petición, incómodo ante la escena. Chula Mai me mira de reojo, saca una mano llena de Nails By Ivy Queen y mueve de un zarpazo el inmenso coche, sin despertar al chiquilín. Agarro un frasco de Tylenol y salgo disparado, por las dudas.
Champú, desodorante y baterías doble A. La lista está cubierta. Me acerco al terminal de pago, ignorando las llamadas de relevo, clave uno y demás señales de control interno. Contemplo una revista abandonada a su suerte (¿me importa la vida de Aracely Arámbula?). Hago la fila, con mis cuatro ítems. Entonces, viene el remate.
Sí, mami… Pues ya tu sa’e, aquí bregando. No hombe, en la falmacia… Es que tú me picheas, mami… Aaaaaah, tiraera… No no no, si yo te quiero, ma… ‘Pérate, que vuá ponel esto aquí en lo que hablamo…
Sin enfriarse la oreja, el chamaco planta su canasta sobre el mostrador con un guille brutal. No quiero mirarlo, pero lo siento. Demasiado cerca para mi cuarentosa edad. Hasta puedo escuchar las risitas de esa Ma que lo escucha, emocionada tal vez, mientras se revisa de nuevo los tatuajes.
“Con permiso”, me volteo. “¿Usted me presta un poco de su espacio, por favor?”
Mi voz retumba lo suficiente. El chamaco pide perdón. En un susurro, la llamada termina. Entonces, la amable cajera me cobra, suprimiendo una sonrisa que adivino solidaria.
Camino tranquilo, de regreso al auto. Reviso el contenido de la bolsa: sólo son cuatro ítems, mis hermosos trofeos de guerra.
Hoy me proclamo dueño del mundo que pertenece a los demás.
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