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martes, 1 de julio de 2008

Los demás

Voy a la farmacia, con una lista de cuatro ítems. Cumplir el breve encargo no tomará mucho, así que no me angustio por el calor. Para mayor bendición, encuentro estacionamiento en un lugar cercano. Qué alegría. Todo es bello.

Llego feliz a la puerta de entrada. Allí, me topo con dos chiquillas adolescentes que hacen campamento de verano en el “mall”. Su entusiasmo es único. Vaya usted a saber qué celebran con tanta euforia: dos meses sin escuela, el celular de moda, su primera experiencia lesbiana, la solución al calentamiento global… Ellas conversan y ríen. A todo volumen. Frente a la entrada.

“Con permiso”, digo con calmada cortesía. Mi pedido se esfuma con el viento caluroso que les despeina las mechas perfectas. Las chiquillas siguen ahí, sumergidas en la pavera. Repito la solicitud con autoridad, pero no hay manera. A punto de saltarles por encima, descubro un pasillo angosto que a las dignas aspirantes a Miss Idiota Teenage les parece bueno compartir. Y por ahí me escapo.

Canasta en mano, voy decidido. Aún con el frío del aire acondicionado y el despliegue de ofertas, no hay cambios de estrategia. El plan es comprar, pagar y largarme. Sólo cuatro ítems. Así que ignoro los M&M’s y los bolígrafos. Vamos al ataque.

Mi objetivo inicial es el pasillo de los analgésicos, pero me detengo. Una pareja joven ha transformado el área en plataforma para una discordia pública. El caballero (qu’eslaque, DJ Flow) le recrimina a su dama (bienvenida, Chula Mai) por el mal uso de una tarjeta de débito. Entre ellos, se aparca un coche casi tan grande como un Mercedes-Benz, rebosante de mercancías, bultos, biberones y tereques varios. Dentro del inmenso vehículo portátil, apenas perceptible, duerme un pequeño inocente, arrullado por la discusión.

“Con permiso”, digo con cautela. DJ Flow, escurrido como una tripa vacía dentro de su inmensa camisilla de los Lakers, no hace ni el gesto. Su señora continúa la garata, desbordándose por la camisilla estrecha y los pantalones cortos que revelan un amplio repertorio de manchas y estrías. Repito la petición, incómodo ante la escena. Chula Mai me mira de reojo, saca una mano llena de Nails By Ivy Queen y mueve de un zarpazo el inmenso coche, sin despertar al chiquilín. Agarro un frasco de Tylenol y salgo disparado, por las dudas.

Champú, desodorante y baterías doble A. La lista está cubierta. Me acerco al terminal de pago, ignorando las llamadas de relevo, clave uno y demás señales de control interno. Contemplo una revista abandonada a su suerte (¿me importa la vida de Aracely Arámbula?). Hago la fila, con mis cuatro ítems. Entonces, viene el remate.

Sí, mami… Pues ya tu sa’e, aquí bregando. No hombe, en la falmacia… Es que tú me picheas, mami… Aaaaaah, tiraera… No no no, si yo te quiero, ma… ‘Pérate, que vuá ponel esto aquí en lo que hablamo…

Sin enfriarse la oreja, el chamaco planta su canasta sobre el mostrador con un guille brutal. No quiero mirarlo, pero lo siento. Demasiado cerca para mi cuarentosa edad. Hasta puedo escuchar las risitas de esa Ma que lo escucha, emocionada tal vez, mientras se revisa de nuevo los tatuajes.

“Con permiso”, me volteo. “¿Usted me presta un poco de su espacio, por favor?”

Mi voz retumba lo suficiente. El chamaco pide perdón. En un susurro, la llamada termina. Entonces, la amable cajera me cobra, suprimiendo una sonrisa que adivino solidaria.

Camino tranquilo, de regreso al auto. Reviso el contenido de la bolsa: sólo son cuatro ítems, mis hermosos trofeos de guerra.

Hoy me proclamo dueño del mundo que pertenece a los demás.