Será por la crisis, de seguro. Pero este año, contrario a otros, he tenido que comprar un calendario.
Me ha chocado bastante, la verdad. Acostumbrado como estaba a recibirlo como obsequio de alguna de mis empresas favoritas, me he encontrado con la necesidad ausente de páginas futuras para anotar las citas que, a principios de enero, ya comienzan a pautarse. Por supuesto, ni siquiera consideré acercarme a esa senadora que, so pretexto de promover su magnánima obra, pretende llenar el vacío dejado por su ex compañera de bikinis, ilustre ponceña ahora casada con el pelotero.
Así pues, no me ha quedado más que escoger entre opciones que van desde los perros y los gatos, pasando por los faros, las palmeras, los salmos y las putas. Al final, escogí un ejemplar muy sobrio, digno de colgarlo en la puerta en plan recordatorio, como Dios manda.
Cuando llegué a casa con el ejemplar, lo desempaqué de prisa y me tomé un tiempillo para mirar sus páginas. La posibilidad de doce meses nuevos, sobre los que aún no se ha escrito ni una palabra, me desconcierta. Es un nuevo año, y muchas opciones; trescientas sesenta y cinco para ser precisos. Y el que se aproxima no es uno más: se trata del final de una década, la primera de un siglo que hace poco estrenamos y del que, evidentemente, no saldremos vivos.
Poco a poco, encuentro las fechas que me interesan. Mi cumpleaños, que caerá en sábado. Luego, los de mi familia y amigos queridos, por aquello de repasar si todavía me sé las fechas. Entonces, voy a los días feriados –en estos ejemplares gringos, como es de suponer, faltan las referencias a Hostos, De Diego y Muñoz Rivera. Igual miro el viernes Santo –que, como es obvio, caerá en viernes. Y la próxima Navidad, que también será un sábado.
Este gusto, aunque raro, me conmueve. Quizá es porque, con este ritual, me llega el lejano recuerdo de aquellos calendarios de hoja que aprendí a degustar en casa de Abuela Luz, la reina de los calendarios. Cada vez que la visitaba, hacía lo posible por acercarme a su almanaque de hojas grandes, siempre colgado de una pared en la cocina, para averiguar lo que allí se documentaba. Y es que Mamigüela tenía la costumbre de convertir sus calendarios en una minuciosa bitácora: visitas recibidas, achaques majaderos, litros de leche comprados, malos ratos, cuentas pendientes, mensajes curiosos y otras penurias de su vida.
De chiquito, siempre recuerdo que en mi casa siempre había calendarios, en todas partes. Algunos eran (y siguen siendo) muy sosos, como los del Banco Popular –que, dicho sea de paso, en su versión 2010 se redujo a una fracción ínfima de su versión original. Los de las farmacias y las tiendas eran más divertidos: me encantaba que pasara el día para arrancar la hojita y leer el chiste impreso al dorso. Eso sí, nunca me gustaban los de foto fija por el año entero, porque eso de estar mirando a una japonesa en plan geisha con sombrilla, o un paisaje nevado de sabe Dios qué planeta, o unas gemelitas rubias vestidas de vaqueras bobas... Guácala, qué aburrido.
Con la computadora, estos aditamentos fueron postergándose hasta lo inservible. De pronto, era más fácil acudir a la versión electrónica, anotar una fecha que, con ajustes aquí y allá, se recordaría para siempre. Sin embargo, aún con lo que utilizo esa comodidad, todavía prefiero el método que aprendí desde hace muchos años: los papeles fijados a la hoja de los días, grapados o adheridos, resaltados con marcador rojo para que no se olviden. Así, mes tras mes, se adhieren papelillos anotados y colocados curiosamente, según sus diversos calibres: los asuntos urgentes, los momentos dulces, las citas interesantes. Y al final del año, el gran libro de los meses se convierte en una bitácora que suelo repasar con un dejo nostálgico.
Este año, sin embargo, el ritual pasó sin pena ni gloria. Removí el calendario viejo, crucificado de historias pasadas, y lo eché a la basura sin titubeo alguno. Entre los recuerdos inservibles y los hechos insalvables de este 2009, preferí ilusionarme con la página en blanco, olorosa a nuevo, llena de expectativas que, en concreto, me seduce con la posibilidad.
La familia, los amigos, el trabajo, la salud, los buenos momentos, los ratos de ocio, los viajes, la esperanza. Todo cabe en este espacio nuevo y excitante. Lo impreciso y lo inconstante, lo triste y lo insólito, lo acabado y lo perdido; incluso, lo vacío. Igualmente habrá lugar para ello en estas hojas nuevas, aunque no lo quiera.
Por ahora, prefiero mirar hacia la puerta, y dejarme seducir por la imagen sobria de este nuevo calendario que ya cuelga sobre ella. Pienso en la posibilidad de nuevos días, aún mejores si es posible, tanto para mí como para los seres que están cerquita de mi corazón. De igual forma, miro esas páginas aún vacías, y quiero que cada una represente un momento feliz, multiplicado en abundancia para este país sediento de buenas noticias. Y que haya otros aciertos mejores, como el triunfo contundente de este mundo, desde todas sus esquinas y angosturas, que nos permita avanzar desde la incertidumbre hasta la plenitud.
Quiero que, para el año que se hace inminente, muchos calendarios nuevos se abran, con páginas bonitas, relucientes y esperanzadoras, en cada uno de sus espacios vitales. Que en ellos se anoten los momentos buenos, los que perduran, los que marcan diferencias, anticipan logros, pintan entusiasmos.
Ojalá que, en sus calendarios, se escriba el futuro que merecemos. Es más, no creo que sea necesario postergarlo más: sería bueno empezarlo desde ahora.
¡Feliz 2010!
lunes, 28 de diciembre de 2009
domingo, 20 de diciembre de 2009
Dos semanas
Suenan las campanas de la catedral y, de repente, como muere el lechón, así llega la gran fecha anticipada por el frío mañanero, los olores de la cocina y las bombillitas nocturnas. Es un tiempo en el que todos queremos sentirnos felices, porque así nos lo han enseñado: it’s the most wonderful time of the year.
A los boricuas nos encantan las navidades, no hay duda. El cruce del charco para los que están ausentes se planifica con antelación, el reguero de gente que se desmadra por agradar con regalos es ley absoluta. Y nada más de pensar en que vamos a gozar, ja, ja, nos cambia el ánimo: de angustia a felicidad en menos de lo que se dice “tarjetazo”. Wepa, wepa, wepa.
Por eso, cuando la Navidad se convierte en una amenaza real, nos asustamos como si viniera el cataclismo. “Ay madre, si ya están ahí encima”, claman algunos, pidiendo tiempo para completar faenas que, al cabo de cincuenta semanas, se han olvidado por completo. Así empieza el desate: mover muebles de aquí, retocar paredes por allá, limpiar, pintar y renovar, a fin de que el “crisma espíri” no nos coja con la puya doblá.
Pero esa premura que nos ataca cuando sólo falta una semana y todavía estamos a medias, tiene sus consecuencias. La paciencia se viste de gala cuando nos acercamos al centro comercial, aunque sea para comprar una cabeza de ajos para el adobo del pernil. Conseguir estacionamiento ya es un logro. Luego, cargar paquetes se convierte en una gran proeza, igual que torear coches inmensos con niños llorosos, eludir madres furiosas desgañitándose por el teléfono celular y esquivar padres de rostro sombrío que cargan latas de pintura. Para todos, la felicidad.
Con el ambiente de crisis que permea a nivel general, pensé que este año sería diferente. El son de los panderos navideños me recuerda a las marchas de octubre, reclamando empleos que, a ojos vistas, no volverán. En principio, y con estos petardos, uno supondría lo más sensato: las personas, sumidas en la prudencia, se habrían alejado de los gastos pueriles, reconociendo al fin que el tener no define el ser. Pero, nada que ver: este año, el carpe diem boriqua se ha manifestado con mucha fuerza y en muchos Marshall’s. Las Pascuas vienen a hacer un desplante a la cordura, comprando hasta la locura, sin pensar en el estrés.
Y los Reyes que llegaron de Belén, por la misma ruta volverán. En eso, cuando se apague el último arbolito y, con él, se extinga el chiqui-qui-chiqui del aguinaldo, enfrentaremos la verdad. Empezará a subirse la larga y empinada cuesta de enero, y el correo revelará los desmadres de diciembre. El dulce villancico sucumbirá ante el lamento borincano que siempre nos ataca cuando acaba la alegría, alegría y placer.
Siempre me hago la misma pregunta: ¿Para qué sufrir tanto afán, si este revolú sólo dura ¡DOS SEMANAS!?
Ni el mismo Niño Jesús podría responder. De hecho, si se le observara detenidamente en algún belén olvidado, sonriente y dulce en su cuna de pajas, notaremos que extiende los brazos con un gesto que hasta me recuerda al reguetonero Miguelito. Con los deditos arriba y cara inocentona, en plan quéslaque mano, akí ya tú sabe, papi, el chiquito parece de lo más cool. Pero ni siquiera tenemos tiempo para verle la cara, ni a él, ni a sus santos padres, protagonistas ausentes de la historia sustituida por todo este barullo que somos capaces de armar, desde el último eructo del festín pavero.
Este rollo no tiene por qué serlo cuando nos adentramos a la verdadera navidad, ésa que se celebra con momentos simples. Sólo es necesario tener presupuesto para cuatro regalos: alegría de vida, felicitación en boca, saludo en mano y sonrisa presta. Ni siquiera hay que romper dietas, es más, ni siquiera hay dietas. Comemos lo de todos los días, y vivimos como de costumbre, con la única salvedad de que, en esta época, somos más felices porque sí, porque queremos. Y nos proponemos compartir esa felicidad con los demás, sin que nos cueste.
Así que, cuando le agobie la angustia del embeleco que viene pa’ encima como el huracán inminente, deténgase y piense: son sólo dos semanas. Busque alguna imagen del nacimiento, observe con cuidado y respire profundo: mire a ese niño tierno, dormido entre pajas, flanqueado por sus padres benditos.
Entonces recuerde: lo único que ellos desean, y todavía quieren, es una noche de paz.
A los boricuas nos encantan las navidades, no hay duda. El cruce del charco para los que están ausentes se planifica con antelación, el reguero de gente que se desmadra por agradar con regalos es ley absoluta. Y nada más de pensar en que vamos a gozar, ja, ja, nos cambia el ánimo: de angustia a felicidad en menos de lo que se dice “tarjetazo”. Wepa, wepa, wepa.
Por eso, cuando la Navidad se convierte en una amenaza real, nos asustamos como si viniera el cataclismo. “Ay madre, si ya están ahí encima”, claman algunos, pidiendo tiempo para completar faenas que, al cabo de cincuenta semanas, se han olvidado por completo. Así empieza el desate: mover muebles de aquí, retocar paredes por allá, limpiar, pintar y renovar, a fin de que el “crisma espíri” no nos coja con la puya doblá.
Pero esa premura que nos ataca cuando sólo falta una semana y todavía estamos a medias, tiene sus consecuencias. La paciencia se viste de gala cuando nos acercamos al centro comercial, aunque sea para comprar una cabeza de ajos para el adobo del pernil. Conseguir estacionamiento ya es un logro. Luego, cargar paquetes se convierte en una gran proeza, igual que torear coches inmensos con niños llorosos, eludir madres furiosas desgañitándose por el teléfono celular y esquivar padres de rostro sombrío que cargan latas de pintura. Para todos, la felicidad.
Con el ambiente de crisis que permea a nivel general, pensé que este año sería diferente. El son de los panderos navideños me recuerda a las marchas de octubre, reclamando empleos que, a ojos vistas, no volverán. En principio, y con estos petardos, uno supondría lo más sensato: las personas, sumidas en la prudencia, se habrían alejado de los gastos pueriles, reconociendo al fin que el tener no define el ser. Pero, nada que ver: este año, el carpe diem boriqua se ha manifestado con mucha fuerza y en muchos Marshall’s. Las Pascuas vienen a hacer un desplante a la cordura, comprando hasta la locura, sin pensar en el estrés.
Y los Reyes que llegaron de Belén, por la misma ruta volverán. En eso, cuando se apague el último arbolito y, con él, se extinga el chiqui-qui-chiqui del aguinaldo, enfrentaremos la verdad. Empezará a subirse la larga y empinada cuesta de enero, y el correo revelará los desmadres de diciembre. El dulce villancico sucumbirá ante el lamento borincano que siempre nos ataca cuando acaba la alegría, alegría y placer.
Siempre me hago la misma pregunta: ¿Para qué sufrir tanto afán, si este revolú sólo dura ¡DOS SEMANAS!?
Ni el mismo Niño Jesús podría responder. De hecho, si se le observara detenidamente en algún belén olvidado, sonriente y dulce en su cuna de pajas, notaremos que extiende los brazos con un gesto que hasta me recuerda al reguetonero Miguelito. Con los deditos arriba y cara inocentona, en plan quéslaque mano, akí ya tú sabe, papi, el chiquito parece de lo más cool. Pero ni siquiera tenemos tiempo para verle la cara, ni a él, ni a sus santos padres, protagonistas ausentes de la historia sustituida por todo este barullo que somos capaces de armar, desde el último eructo del festín pavero.
Este rollo no tiene por qué serlo cuando nos adentramos a la verdadera navidad, ésa que se celebra con momentos simples. Sólo es necesario tener presupuesto para cuatro regalos: alegría de vida, felicitación en boca, saludo en mano y sonrisa presta. Ni siquiera hay que romper dietas, es más, ni siquiera hay dietas. Comemos lo de todos los días, y vivimos como de costumbre, con la única salvedad de que, en esta época, somos más felices porque sí, porque queremos. Y nos proponemos compartir esa felicidad con los demás, sin que nos cueste.
Así que, cuando le agobie la angustia del embeleco que viene pa’ encima como el huracán inminente, deténgase y piense: son sólo dos semanas. Busque alguna imagen del nacimiento, observe con cuidado y respire profundo: mire a ese niño tierno, dormido entre pajas, flanqueado por sus padres benditos.
Entonces recuerde: lo único que ellos desean, y todavía quieren, es una noche de paz.
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viernes, 27 de noviembre de 2009
Yo no sé mañana
Ayer, en muchas casas, reviviendo el ritual institucionalizado por los peregrinos que conquistaron el territorio de Norteamérica, comimos pavos ajenos como si fueran nuestros. El atracón en memoria de aquella primera ceremonia de acción de gracias se multiplicó con generosidad, a pesar de lo mala que aparenta estar la situación económica. Por supuesto, las variantes criollas al menú desabrido del norte añaden calorías al festín de marras, como preámbulo a atracones de mayor envergadura durante las próximas ocho semanas.
Igualmente adoptado del ritual establecido por los mercaderes del norte, el famoso “viernes negro” es, sin dudas, la tradición más nefasta que hemos adquirido en los últimos años. No recuerdo exactamente cuándo fue que empezó este jaleo de copiar el estilo zonzo de los estadounidenses para emprender el sacrificio de un madrugón estúpido, un desenfreno bárbaro y una carrera alocada hacia las megatiendas. Al llamado de los especiales engañosos, y con la bonanza económica temporal de un bono que se esfuma más rápido de lo que llega, los consumidores pierden la chaveta de la peor manera.
Nunca, ni por equivocación, he caído en las redes de esa trampa funesta. He escuchado cuentos ajenos, cercanos y distantes, que parecen sacados de una historia de terror. Y cuando miro las reseñas mediáticas, cuyas fotos e imágenes capturan la locura desfasada de los boricuas –muchos de ellos todavía aletargados por la hartera de pavo— me quedo bruto.
Aún con todo lo que he sabido por relatos incontables, todavía dudaba que la entrega anual de la "venta del madrugador" sobrepasara los desmadres de años anteriores. Es que no, no es posible: el horno no está como para galletas y es necesario actuar con sensatez.
Entonces, al mirar las reseñas periodísticas, pensaba en las escenas de Blindness, la regia adaptación fílmica del “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, dirigida por Fernando Meirelles. Las imágenes destacadas en la primera plana de los telediarios retrataban un ambiente impresionante: la locura, el descontrol, la lucha cruel, la inhumanidad vívida, palpable, descabezada… La única diferencia es que, evidentemente, en esta versión boricua del filme, los personajes no luchaban por sobrevivir, sino por comprar. Como dementes.
Aún así, me resistí a creer lo visto, todavía pensando con la ingenuidad de aquellos indígenas que se acercaron al banquete aderezado por los mismos puritanos que luego les quitarían hasta las plumas. Pero cuando veo a una mujer preñada que salta sobre una valla para desafiar la autoridad policíaca, me digo: "¿Será posible que haya tanta gente idiota?"
Pues sí, al parecer. Porque no sólo es el salto de la preñada, sino el cuento de los espejuelos rotos, la historia de los zapatos perdidos, el relato de la señora diabética, la cuenta de varias personas arrestadas, el desenfado de los buscabullas, los hombres y mujeres trepados a los mostradores, marcando territorio… El escenario increíble de las filas eternas, los empujones insensatos, las amenazas fútiles, los policías ineptos… Y, al final, el resultado increíble: los carros repletos del botín anhelado: televisores LCD, juegos electrónicos, reproductores “blu-ray”, computadoras, “MP3 players”…
Todo ello captado por los lentes periodísticos, las cámaras televisivas, los micrófonos y los celulares, transmitido en directo como si fuera un evento digno de ser retratado. Bueno, sí, lo es: hay que captarlo para que nos veamos, como puros animales, corriendo hacia el matadero del consumismo como si no hubiera futuro. Locos y locas por adueñarnos del estado aparente de poderío económico, amasando aparatos en nuestras casas para insuflarnos de vanidad ante los vecinos celosos.
Ayer, tomados de la mano y con el Dios en la boca, agradecíamos por la vida, las bendiciones y la esperanza. Hoy, como gallinas sin cabeza y escupiendo maldiciones, corrimos hacia la estupidez, la vergüenza y la ignominia.
Y tengo que reírme, aunque no quiera, porque la ironía no tiene desperdicio: mientras escribo estas líneas, un altavoz impertinente interrumpe la quietud de la urbanización. El estruendo promueve más especiales para el fin de semana, porque la gran venta del madrugador no termina: los especiales se extienden hasta el domingo… De fondo, el pegajoso estribillo del éxito de Luis Enrique musicaliza la imprudente invitación a continuar la debacle iniciada esta madrugada, a son de una nefasta diana.
El ingenuo musicalizador del comercial ambulante no pudo escoger una pieza mejor: no más de recordar lo que vivimos ayer y mirar con incredulidad lo que fuimos capaces de hacer hoy… De verdad que no sé lo que pasará mañana.
Igualmente adoptado del ritual establecido por los mercaderes del norte, el famoso “viernes negro” es, sin dudas, la tradición más nefasta que hemos adquirido en los últimos años. No recuerdo exactamente cuándo fue que empezó este jaleo de copiar el estilo zonzo de los estadounidenses para emprender el sacrificio de un madrugón estúpido, un desenfreno bárbaro y una carrera alocada hacia las megatiendas. Al llamado de los especiales engañosos, y con la bonanza económica temporal de un bono que se esfuma más rápido de lo que llega, los consumidores pierden la chaveta de la peor manera.
Nunca, ni por equivocación, he caído en las redes de esa trampa funesta. He escuchado cuentos ajenos, cercanos y distantes, que parecen sacados de una historia de terror. Y cuando miro las reseñas mediáticas, cuyas fotos e imágenes capturan la locura desfasada de los boricuas –muchos de ellos todavía aletargados por la hartera de pavo— me quedo bruto.
Aún con todo lo que he sabido por relatos incontables, todavía dudaba que la entrega anual de la "venta del madrugador" sobrepasara los desmadres de años anteriores. Es que no, no es posible: el horno no está como para galletas y es necesario actuar con sensatez.
Entonces, al mirar las reseñas periodísticas, pensaba en las escenas de Blindness, la regia adaptación fílmica del “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, dirigida por Fernando Meirelles. Las imágenes destacadas en la primera plana de los telediarios retrataban un ambiente impresionante: la locura, el descontrol, la lucha cruel, la inhumanidad vívida, palpable, descabezada… La única diferencia es que, evidentemente, en esta versión boricua del filme, los personajes no luchaban por sobrevivir, sino por comprar. Como dementes.
Aún así, me resistí a creer lo visto, todavía pensando con la ingenuidad de aquellos indígenas que se acercaron al banquete aderezado por los mismos puritanos que luego les quitarían hasta las plumas. Pero cuando veo a una mujer preñada que salta sobre una valla para desafiar la autoridad policíaca, me digo: "¿Será posible que haya tanta gente idiota?"
Pues sí, al parecer. Porque no sólo es el salto de la preñada, sino el cuento de los espejuelos rotos, la historia de los zapatos perdidos, el relato de la señora diabética, la cuenta de varias personas arrestadas, el desenfado de los buscabullas, los hombres y mujeres trepados a los mostradores, marcando territorio… El escenario increíble de las filas eternas, los empujones insensatos, las amenazas fútiles, los policías ineptos… Y, al final, el resultado increíble: los carros repletos del botín anhelado: televisores LCD, juegos electrónicos, reproductores “blu-ray”, computadoras, “MP3 players”…
Todo ello captado por los lentes periodísticos, las cámaras televisivas, los micrófonos y los celulares, transmitido en directo como si fuera un evento digno de ser retratado. Bueno, sí, lo es: hay que captarlo para que nos veamos, como puros animales, corriendo hacia el matadero del consumismo como si no hubiera futuro. Locos y locas por adueñarnos del estado aparente de poderío económico, amasando aparatos en nuestras casas para insuflarnos de vanidad ante los vecinos celosos.
Ayer, tomados de la mano y con el Dios en la boca, agradecíamos por la vida, las bendiciones y la esperanza. Hoy, como gallinas sin cabeza y escupiendo maldiciones, corrimos hacia la estupidez, la vergüenza y la ignominia.
Y tengo que reírme, aunque no quiera, porque la ironía no tiene desperdicio: mientras escribo estas líneas, un altavoz impertinente interrumpe la quietud de la urbanización. El estruendo promueve más especiales para el fin de semana, porque la gran venta del madrugador no termina: los especiales se extienden hasta el domingo… De fondo, el pegajoso estribillo del éxito de Luis Enrique musicaliza la imprudente invitación a continuar la debacle iniciada esta madrugada, a son de una nefasta diana.
El ingenuo musicalizador del comercial ambulante no pudo escoger una pieza mejor: no más de recordar lo que vivimos ayer y mirar con incredulidad lo que fuimos capaces de hacer hoy… De verdad que no sé lo que pasará mañana.
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martes, 17 de noviembre de 2009
De eso no se habla
Para Genoveva, porque te lo debía.
Para Maika, porque te lo prometí.
En septiembre pasado, Juan Carlos de Castro Font fue encontrado muerto en su apartamento de Miramar. La noticia se propagó de inmediato, más por la notoriedad que acompaña a su hermano ex senador que por la naturaleza del incidente. Aún así, los hechos se despacharon con rapidez, quizás porque el asunto se esclareció sin mayores dilaciones. El fenecido explicó sus razones para privarse de la vida en una extensa nota y la familia pidió distancia para sufrir en privado el dolor de la pérdida.
Hace apenas unos días, en medio de las euforias provocadas por nuevas reinas y alegados divorcios, la muerte de Jorge Steven López Mercado ocupó un pequeño espacio de la atención pública. El asesinato del joven es absolutamente espantoso por sus implicaciones. No se trata de un número más en la larga lista de crímenes violentos que, con pinta de récord Guiness, nos anotamos este año. Poco a poco, se desvela con timidez la posibilidad de que el muchacho haya sido víctima de un crimen de odio, desatado por una aparente transacción de compraventa sexual.
A ojos vistas, parecería que ambos casos no tienen un punto de comparación. En el primero, el suicida dejó claro que la pérdida irreparable de personas importantes en su vida le sumió en una profunda depresión. En el segundo, la investigación apenas comienza, aunque la Policía y el FBI se esfuerzan por esclarecer el crimen con prontitud. Sin embargo, aunque disímiles en apariencia, hay un denominador común para el manejo de ambos casos frente a la opinión pública: tanto Juan Carlos como Jorge Steven eran homosexuales, y la presentación de las notas relacionadas con estos hechos refleja un velado recelo, un temor subyacente que no deja de impresionar.
La nota publicada se pierde en una esquina del periódico. El reportaje se diluye entre noticias de inauguraciones de hoteles. Es como si existiera una consigna silenciosa: “de lejitos, si es posible”, o “mientras menos, mejor”. Pero lo que está a la vista no necesita espejuelos. Y no es que auspicie el regodeo morboso ante la muerte que contamina nuestros espacios mediáticos. En ambos casos, es preciso denunciar los hechos de forma contundente, para revelar el profundo significado que implican en nuestra experiencia vital.
Todavía, a estas alturas, hablar sobre lo que sienten y padecen los ciudadanos y ciudadanas que integran la comunidad GLBTT es jugarse una carta peligrosa. Existe el temor de que, por hablar del tema, seamos señalados/as, vejados/as, juzgados/as y castigados/as, por aquello del dime con quién andas y La Comay te arrancará el pellejo. De igual forma, la denuncia plantea el hecho de que, al reconocer las circunstancias de ambos, se toquen fibras profundas que disparan pestañeos rápidos, miradas esquivas y tics descontrolados en hombres y mujeres de todos los credos, partidos y opiniones.
De eso no se habla, punto. Mejor es mirar la cara hinchada de Miguel Cotto, que fue a por lana y salió trasquilado. Por supuesto, la estúpida derrota del macharrán es mucho más importante que a un maricón lo hayan decapitado, desmembrado, quemado y abandonado en un monte oscuro de Guavate. Total, como dijo el agente Ángel Rodríguez Colón a las cámaras de Univisión, “la gente que se mete a esto sabe que eso le puede pasar”. Claro, igualito que les pasa a las mujeres que se prostituyen o a los niños que coquetean con el glamour del punto. De esa vida licenciosa sólo se sale de dos formas: por suicidio o asesinato.
Reclamar sensibilidad ante estos temas probablemente tal vez sea un grito más que se pierde en el estruendo de la garata pública cotidiana. No obstante, cuando releo ambas notas, sé que no vale callarse: la muerte de Juan Carlos y Jorge Steven no debe quedar como una estadística más. Ambas situaciones, aún disímiles en apariencia, deben ser observadas con atención por el significado profundo que revelan en su fondo común. Porque si triste es reconocer la violencia que nos arropa, mucho peor es admitir que una persona ha perdido la vida, sin importar las circunstancias, sólo por no ser lo que los demás quieren. Por vivir de espaldas a la voluntad impuesta por senadores, tribunales e iglesias. Por no encajar en la campaña turística que propone un país de embuste. En fin, por ser único/a, distinto/a y diferente.
De cómo vivieron estos seres, y todos aquellos y aquellas que, como ellos y ellas, han recibido el estigma del rechazo, quizás no valga la pena reiterar. Juzgar si fueron perfectos o si decidieron mal en sus amores y dolores no nos toca. Pero su partida nos reclama alzar la voz a favor de la justicia, y enfocarnos en una misión social verdadera: educar, comprender, tolerar, reconocer, entender, aceptar y, sobre todo, convivir.
Pues, ea, que se diga, a viva voz, con ganas, con firmeza. Ellos, aún imperfectos y desatados, existieron junto a nosotros como seres humanos, iguales a ti, a mí, a ella, a él; a todos y todas. Habrán muerto, sí, quizás de la peor manera, y eso nos toca el alma. Pero si hablamos de ellos, aunque no nos guste como vivieran, permanecerán como ejemplo de lo que una sociedad sincera nunca debe permitir.
Para Maika, porque te lo prometí.
En septiembre pasado, Juan Carlos de Castro Font fue encontrado muerto en su apartamento de Miramar. La noticia se propagó de inmediato, más por la notoriedad que acompaña a su hermano ex senador que por la naturaleza del incidente. Aún así, los hechos se despacharon con rapidez, quizás porque el asunto se esclareció sin mayores dilaciones. El fenecido explicó sus razones para privarse de la vida en una extensa nota y la familia pidió distancia para sufrir en privado el dolor de la pérdida.
Hace apenas unos días, en medio de las euforias provocadas por nuevas reinas y alegados divorcios, la muerte de Jorge Steven López Mercado ocupó un pequeño espacio de la atención pública. El asesinato del joven es absolutamente espantoso por sus implicaciones. No se trata de un número más en la larga lista de crímenes violentos que, con pinta de récord Guiness, nos anotamos este año. Poco a poco, se desvela con timidez la posibilidad de que el muchacho haya sido víctima de un crimen de odio, desatado por una aparente transacción de compraventa sexual.
A ojos vistas, parecería que ambos casos no tienen un punto de comparación. En el primero, el suicida dejó claro que la pérdida irreparable de personas importantes en su vida le sumió en una profunda depresión. En el segundo, la investigación apenas comienza, aunque la Policía y el FBI se esfuerzan por esclarecer el crimen con prontitud. Sin embargo, aunque disímiles en apariencia, hay un denominador común para el manejo de ambos casos frente a la opinión pública: tanto Juan Carlos como Jorge Steven eran homosexuales, y la presentación de las notas relacionadas con estos hechos refleja un velado recelo, un temor subyacente que no deja de impresionar.
La nota publicada se pierde en una esquina del periódico. El reportaje se diluye entre noticias de inauguraciones de hoteles. Es como si existiera una consigna silenciosa: “de lejitos, si es posible”, o “mientras menos, mejor”. Pero lo que está a la vista no necesita espejuelos. Y no es que auspicie el regodeo morboso ante la muerte que contamina nuestros espacios mediáticos. En ambos casos, es preciso denunciar los hechos de forma contundente, para revelar el profundo significado que implican en nuestra experiencia vital.
Todavía, a estas alturas, hablar sobre lo que sienten y padecen los ciudadanos y ciudadanas que integran la comunidad GLBTT es jugarse una carta peligrosa. Existe el temor de que, por hablar del tema, seamos señalados/as, vejados/as, juzgados/as y castigados/as, por aquello del dime con quién andas y La Comay te arrancará el pellejo. De igual forma, la denuncia plantea el hecho de que, al reconocer las circunstancias de ambos, se toquen fibras profundas que disparan pestañeos rápidos, miradas esquivas y tics descontrolados en hombres y mujeres de todos los credos, partidos y opiniones.
De eso no se habla, punto. Mejor es mirar la cara hinchada de Miguel Cotto, que fue a por lana y salió trasquilado. Por supuesto, la estúpida derrota del macharrán es mucho más importante que a un maricón lo hayan decapitado, desmembrado, quemado y abandonado en un monte oscuro de Guavate. Total, como dijo el agente Ángel Rodríguez Colón a las cámaras de Univisión, “la gente que se mete a esto sabe que eso le puede pasar”. Claro, igualito que les pasa a las mujeres que se prostituyen o a los niños que coquetean con el glamour del punto. De esa vida licenciosa sólo se sale de dos formas: por suicidio o asesinato.
Reclamar sensibilidad ante estos temas probablemente tal vez sea un grito más que se pierde en el estruendo de la garata pública cotidiana. No obstante, cuando releo ambas notas, sé que no vale callarse: la muerte de Juan Carlos y Jorge Steven no debe quedar como una estadística más. Ambas situaciones, aún disímiles en apariencia, deben ser observadas con atención por el significado profundo que revelan en su fondo común. Porque si triste es reconocer la violencia que nos arropa, mucho peor es admitir que una persona ha perdido la vida, sin importar las circunstancias, sólo por no ser lo que los demás quieren. Por vivir de espaldas a la voluntad impuesta por senadores, tribunales e iglesias. Por no encajar en la campaña turística que propone un país de embuste. En fin, por ser único/a, distinto/a y diferente.
De cómo vivieron estos seres, y todos aquellos y aquellas que, como ellos y ellas, han recibido el estigma del rechazo, quizás no valga la pena reiterar. Juzgar si fueron perfectos o si decidieron mal en sus amores y dolores no nos toca. Pero su partida nos reclama alzar la voz a favor de la justicia, y enfocarnos en una misión social verdadera: educar, comprender, tolerar, reconocer, entender, aceptar y, sobre todo, convivir.
Pues, ea, que se diga, a viva voz, con ganas, con firmeza. Ellos, aún imperfectos y desatados, existieron junto a nosotros como seres humanos, iguales a ti, a mí, a ella, a él; a todos y todas. Habrán muerto, sí, quizás de la peor manera, y eso nos toca el alma. Pero si hablamos de ellos, aunque no nos guste como vivieran, permanecerán como ejemplo de lo que una sociedad sincera nunca debe permitir.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Culillo
En mis tiempos, padecer el síndrome del culillo era un absoluto pecado. Cualquier exabrupto infantil como andar a saltos en una tienda, remenearse en un asiento durante una visita o hablar como lavandera sin tabaco en la escuela era resuelto de inmediato por los adultos encargados del menor culpable. Si se observaban con demasiada repetición –particularmente en lugares públicos o las famosas “casas ajenas”—tales comportamientos podían ser castigados con regaño, pela o ambas penas a discreción del tribunal (paterno).
Sin embargo, el terrible mal parece que se ha convertido en el comportamiento de rigor de muchos niños y jóvenes. No sé si se deba al exceso de combos con papas y refresco, las horas muertas frente a un videojuego o la sobreexposición a publicidad lumínica. Lo cierto es que, en tiempos de mi padre, este comportamiento descontrolado que exhiben las generaciones en desarrollo me rompe la cabeza. ¿Será posible que no se den cuenta de lo mucho que joroba la paciencia?
Nada más imagínese este cuadro: estamos a punto de presenciar el concierto de Gilberto Santa Rosa en el Centro de Bellas Artes de Santurce. Como adultos responsables, llegamos a tiempo, nos acomodamos en nuestros asientos numerados y conversamos socialmente hasta que el apagón general de la sala indica el comienzo del espectáculo. Hasta ahí todo marcha bien, excepto por las interrupciones provocadas por quienes, distraídos por la estúpida preocupación nacional sobre la pelea de Miguel Cotto, presumieron que la función comenzaría a las ocho de la noche.
Entre los que interrumpieron con su tardanza, llegó él. Apenas rozaba los veinte años, e iba vestido impecablemente con su uniforme de gala: camisa filoteada a fuerza de almidones impregnados por alguna abuela alcahueta, pantalones oscuros de mezclilla que intentan una imagen elegante, y una infame correa blanca combinada con unos horrendos zapatos de enfermero. Pero el problema del chamaco no es su atuendo; por favor, eso es lo de menos. Tan pronto el recién llegado ocupa el asiento a mi derecha, me somete a su extraño comportamiento que mi santa madre diagnosticaría de inmediato: hormigas en el fondillo.
A partir de ese momento, y por las próximas dos horas, mi atención oscila entre lo que ocurre en el escenario y una preocupación profunda: o este infeliz se metió algo antes de entrar o, por el amor de Cristo, nunca ha visto gente. El remeneo constante, los aplausos destemplados, las llamadas telefónicas en pleno concierto y los besuqueos impropios a la novia idiota que le ríe las gracias se convierten en espectáculo paralelo a la presentación del Caballero de la Salsa. Y estoy más que seguro que el muy necio ni cuenta se dio.
¿Cuándo fue que el culillo de antes se convirtió en un problema de ahora? Tan pronto como los especialistas en conducta determinaron calificarlo como “déficit de atención e hiperactividad”. Con permiso de los expertos en psicología, creo que este asunto tiene, además de un componente clínico innegable, un arraigo en la pérdida significativa de las buenas costumbres.
En mis tiempos, que no son tan remotos, al muchacho “desinquieto” o a la nena “presentá” no le dejaban pasar ni una. A la primera seña de indisciplina, el papá o la mamá le sonaban un pescozón para quitarle el “lucimiento”. Entonces, si te atacaba la angustia de sufrir el asiento durante una visita a los parientes de Morovis, o padecías de movimientos descontrolados durante el sermón del cura, acángana, te aplicaban la ley del cantazo. Cocotazos, pellizcos y otras torturas afines se administraban sin piedad, a veces delante de la gente, en otras después de la amenaza contundente: “Espera a que lleguemos a casa.” Y si ése era el caso, olvídate, que la sentencia era segura: no te escapabas de la mano firme que te enseñaba (de la peor manera) a comportarte como Dios manda.
Pero ahora todo se explica con el dichoso “ADD”. Por causa de este síndrome, el muchacho o la chica se regodea en su actitud chillin’, haciendo entradas triunfales con todos los ruidos imaginables, despachándose por los espacios comunes como si nadie existiera, concentrado en su mundillo tonto mientras hace lo que no debe donde no se puede. Y, oh mísero de ti si osaras llamarle la atención: te arriesgas al insulto, la burla o la desgracia, en el peor de los casos. Porque ellos y ellas son dueños del mundo, el suyo y el ajeno, pero si cruzas la línea e invades su espacio, podría ser una experiencia muy desagradable.
¿Y no se supone que las reglas de urbanidad se enseñen en el espacio formativo del hogar? ¿No es tarea de los padres y madres educar a sus hijos e hijas para que respeten las reglas mínimas de convivencia en sociedad?
Ni tengo idea. Sólo sé que el vecino de mi asiento en el teatro hizo de todo menos atender un espectáculo entretenido y bien presentado por causa de su culillo imprudente. Me imagino que, al culminar la noche, se colgaría la novia tonta del brazo con un guille brutal, cruzando la calle para buscar su carro nuevo, hablando por el celular con los panas, contándoles lo mucho que gozó en el concierto. De seguro, cruzaría la avenida como las reses porque la calle es suya, igual que todo el universo.
Mañana, es probable que la abuela alcahueta le planche otra camisa para que vaya a la escuela, a aprender de todo menos educación básica.
Sin embargo, el terrible mal parece que se ha convertido en el comportamiento de rigor de muchos niños y jóvenes. No sé si se deba al exceso de combos con papas y refresco, las horas muertas frente a un videojuego o la sobreexposición a publicidad lumínica. Lo cierto es que, en tiempos de mi padre, este comportamiento descontrolado que exhiben las generaciones en desarrollo me rompe la cabeza. ¿Será posible que no se den cuenta de lo mucho que joroba la paciencia?
Nada más imagínese este cuadro: estamos a punto de presenciar el concierto de Gilberto Santa Rosa en el Centro de Bellas Artes de Santurce. Como adultos responsables, llegamos a tiempo, nos acomodamos en nuestros asientos numerados y conversamos socialmente hasta que el apagón general de la sala indica el comienzo del espectáculo. Hasta ahí todo marcha bien, excepto por las interrupciones provocadas por quienes, distraídos por la estúpida preocupación nacional sobre la pelea de Miguel Cotto, presumieron que la función comenzaría a las ocho de la noche.
Entre los que interrumpieron con su tardanza, llegó él. Apenas rozaba los veinte años, e iba vestido impecablemente con su uniforme de gala: camisa filoteada a fuerza de almidones impregnados por alguna abuela alcahueta, pantalones oscuros de mezclilla que intentan una imagen elegante, y una infame correa blanca combinada con unos horrendos zapatos de enfermero. Pero el problema del chamaco no es su atuendo; por favor, eso es lo de menos. Tan pronto el recién llegado ocupa el asiento a mi derecha, me somete a su extraño comportamiento que mi santa madre diagnosticaría de inmediato: hormigas en el fondillo.
A partir de ese momento, y por las próximas dos horas, mi atención oscila entre lo que ocurre en el escenario y una preocupación profunda: o este infeliz se metió algo antes de entrar o, por el amor de Cristo, nunca ha visto gente. El remeneo constante, los aplausos destemplados, las llamadas telefónicas en pleno concierto y los besuqueos impropios a la novia idiota que le ríe las gracias se convierten en espectáculo paralelo a la presentación del Caballero de la Salsa. Y estoy más que seguro que el muy necio ni cuenta se dio.
¿Cuándo fue que el culillo de antes se convirtió en un problema de ahora? Tan pronto como los especialistas en conducta determinaron calificarlo como “déficit de atención e hiperactividad”. Con permiso de los expertos en psicología, creo que este asunto tiene, además de un componente clínico innegable, un arraigo en la pérdida significativa de las buenas costumbres.
En mis tiempos, que no son tan remotos, al muchacho “desinquieto” o a la nena “presentá” no le dejaban pasar ni una. A la primera seña de indisciplina, el papá o la mamá le sonaban un pescozón para quitarle el “lucimiento”. Entonces, si te atacaba la angustia de sufrir el asiento durante una visita a los parientes de Morovis, o padecías de movimientos descontrolados durante el sermón del cura, acángana, te aplicaban la ley del cantazo. Cocotazos, pellizcos y otras torturas afines se administraban sin piedad, a veces delante de la gente, en otras después de la amenaza contundente: “Espera a que lleguemos a casa.” Y si ése era el caso, olvídate, que la sentencia era segura: no te escapabas de la mano firme que te enseñaba (de la peor manera) a comportarte como Dios manda.
Pero ahora todo se explica con el dichoso “ADD”. Por causa de este síndrome, el muchacho o la chica se regodea en su actitud chillin’, haciendo entradas triunfales con todos los ruidos imaginables, despachándose por los espacios comunes como si nadie existiera, concentrado en su mundillo tonto mientras hace lo que no debe donde no se puede. Y, oh mísero de ti si osaras llamarle la atención: te arriesgas al insulto, la burla o la desgracia, en el peor de los casos. Porque ellos y ellas son dueños del mundo, el suyo y el ajeno, pero si cruzas la línea e invades su espacio, podría ser una experiencia muy desagradable.
¿Y no se supone que las reglas de urbanidad se enseñen en el espacio formativo del hogar? ¿No es tarea de los padres y madres educar a sus hijos e hijas para que respeten las reglas mínimas de convivencia en sociedad?
Ni tengo idea. Sólo sé que el vecino de mi asiento en el teatro hizo de todo menos atender un espectáculo entretenido y bien presentado por causa de su culillo imprudente. Me imagino que, al culminar la noche, se colgaría la novia tonta del brazo con un guille brutal, cruzando la calle para buscar su carro nuevo, hablando por el celular con los panas, contándoles lo mucho que gozó en el concierto. De seguro, cruzaría la avenida como las reses porque la calle es suya, igual que todo el universo.
Mañana, es probable que la abuela alcahueta le planche otra camisa para que vaya a la escuela, a aprender de todo menos educación básica.
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lunes, 9 de noviembre de 2009
El traje fucsia
Pues sí, señor. El revuelo suscitado por la joven brasileña Geisy Arruda me mata de la risa. La universitaria fue agredida, ofendida, insultada, e incluso, acusada de violencia sexual. Simplemente, por utilizar un vestido demasiado corto para asistir a sus clases en la Universidad Bandeirante de Sao Paulo.
De entrada, el tal escándalo me parece una tontería digna de infelices noticieros en los que Fernando del Rincón o Bárbara Bermudo aparecen como anclas. Sin embargo, más imbécil resulta cuando todos sabemos que Brasil, precisamente, es un país cuyas playas, carnavales y vida nocturna exhiben mucho más que las hermosas piernas de Arruda, señaladas como eje de un escándalo sin precedentes.
Las alegaciones presentadas por las autoridades universitarias han sido contundentes, al punto que Arruda fue expulsada bajo premisas de violar la ética universitaria mediante comportamientos que atentan contra las normas institucionales. Los argumentos incluyen el uso de “indumentaria inadecuada”, utilizada para fomentar una “actitud provocativa, alejada de los principios educativos” de la universidad.
Las imágenes que han circulado a través de la prensa internacional sobre el incidente son impresionantes. El escarceo formado por los estudiantes llega al punto de una revuelta de armas tomar. Incluso, un reportaje presentado por una cadena televisiva brasileña afirma que el audio original de los vídeos presentados –reproducidos desde las camaritas telefónicas de los estudiantes— tuvo que ser alterado “por respeto a la teleaudiencia”. Una de las tomas aficionadas presenta a Geisy, escoltada por varias amistades y profesores, quienes intentaban protegerla del ataque masivo de sus colegas. En medio del barullo, la guapa jovencita caminaba cual Hester Prynne en medio de la furia puritana, llevando como prenda de castigo el traje fucsia.
Curioso es que, en una foto del mentado vestido provocador de escándalos, no se vio n-a-d-a fuera de lo usual. Un vestido corto, de tela rosada, sin escotes ni otros artificios. Psss, por favor. Maripily –perdón, la señora Alomar—se ha puesto menos trapos que éste para salir a lugares públicos.
El problema no es el río, son las piedras: el escándalo que cierne sobre la ahora ex estudiante provoca serias disputas sobre la moralidad impuesta en los recintos universitarios frente al derecho indudable a la libertad femenina para lucir vestidos de moda. De una parte, la institución reclama, bajo un documento titulado “Responsabilidad educativa”, el derecho que le asiste para proteger a su alumnado de situaciones escandalosas como la que, aparentemente, provocó Arruda. Por otro lado, sectores feministas brasileños han tildado el incidente como uno “injusto e irracional”, en el que la joven llevó la peor parte por ser señalada como una “provocadora” cuando, según ella, nunca tuvo intención de incitar a nadie con dicha indumentaria.
Me viene a la memoria un incidente que demuestra la ignorancia crasa de algunos estudiantes, sobre todo al seleccionar sus atuendos para el día a día de nuestras labores docentes. Hace un par de años, mientras daba clases nocturnas en una universidad privada de Bayamón, me tocó de alumna “Sheila Marie”. Fea de cara y con un cuerpo excesivo, La Mami Sheila –que así le llamaban un par de sinvergüenzas—desfilaba por el tramo entre la puerta y el salón con una actitud digna de una reina “plus”. Se “jallaba bella”, dirían en mi barrio, y lo demás son cuentos.
Para el trabajo de fin de curso, Sheila debía presentar un informe oral sobre los proyectos de acción social en las comunidades, como parte de los esfuerzos de relaciones públicas. Ese día, la muy atrevida se las ingenió para meterse en una blusa de manguillos con la cual luchó toda la noche; ora cubriendo el tetamen desparramado por el escote, ora escondiendo el chicho infame que revelaba tatuajes extraños y estrías indeseables. Luego, llevaba una faldita de mezclilla que acentuaba malamente sus muslos gruesos, y unos taconazos de los que podría caer y romperse el alma. Para colmo, se cargó de cuanta pulsera, pantalla y collar encontró en su camino y, en ruta a su presentación, sonaba más que pandereta de culto.
Durante ese infame evento, que apenas duró veinte minutos, era un poema observar a los estudiantes, varones y hembras. No por el contenido de su ponencia –cuyos errores ni pienso recordar—sino por su atuendo que desafiaba el decoro y las buenas normas en un salón de clases. Al concluir el informe, pregunté si alguien tenía dudas sobre el material presentado. Nadie habló. Entonces, sintiéndose consagrada por el aparente éxito de su tarea, Sheila recogió sus materiales y siguió camino, ajena al risoteo nervioso, los cruces de miradas y el evidente juicio crítico de su infame apariencia. Rumba macumba candombe bámbula, entre dos filas de muchas caras, Sheila se desplazó hasta su asiento. Para completar, el remate: plaf. Cayó sentada sobre el pupitre, despatarrándose con emoción por el trabajo concluido.
Lo que vi, en aquellos tres segundos, ni quieran saber. De verdad que no.
Por eso, me Río de Janeiro y me vuelvo a reír de Sao Paulo ante la insensata expulsión de Geisy Arruda que tanto escándalo provoca. Y como Sheila –un tanto menos, por supuesto—me despatarro de sólo pensar qué pasaría si, en las aulas nuestras, de repente se aplicara la dichosa regla.
De entrada, el tal escándalo me parece una tontería digna de infelices noticieros en los que Fernando del Rincón o Bárbara Bermudo aparecen como anclas. Sin embargo, más imbécil resulta cuando todos sabemos que Brasil, precisamente, es un país cuyas playas, carnavales y vida nocturna exhiben mucho más que las hermosas piernas de Arruda, señaladas como eje de un escándalo sin precedentes.
Las alegaciones presentadas por las autoridades universitarias han sido contundentes, al punto que Arruda fue expulsada bajo premisas de violar la ética universitaria mediante comportamientos que atentan contra las normas institucionales. Los argumentos incluyen el uso de “indumentaria inadecuada”, utilizada para fomentar una “actitud provocativa, alejada de los principios educativos” de la universidad.
Las imágenes que han circulado a través de la prensa internacional sobre el incidente son impresionantes. El escarceo formado por los estudiantes llega al punto de una revuelta de armas tomar. Incluso, un reportaje presentado por una cadena televisiva brasileña afirma que el audio original de los vídeos presentados –reproducidos desde las camaritas telefónicas de los estudiantes— tuvo que ser alterado “por respeto a la teleaudiencia”. Una de las tomas aficionadas presenta a Geisy, escoltada por varias amistades y profesores, quienes intentaban protegerla del ataque masivo de sus colegas. En medio del barullo, la guapa jovencita caminaba cual Hester Prynne en medio de la furia puritana, llevando como prenda de castigo el traje fucsia.
Curioso es que, en una foto del mentado vestido provocador de escándalos, no se vio n-a-d-a fuera de lo usual. Un vestido corto, de tela rosada, sin escotes ni otros artificios. Psss, por favor. Maripily –perdón, la señora Alomar—se ha puesto menos trapos que éste para salir a lugares públicos.
El problema no es el río, son las piedras: el escándalo que cierne sobre la ahora ex estudiante provoca serias disputas sobre la moralidad impuesta en los recintos universitarios frente al derecho indudable a la libertad femenina para lucir vestidos de moda. De una parte, la institución reclama, bajo un documento titulado “Responsabilidad educativa”, el derecho que le asiste para proteger a su alumnado de situaciones escandalosas como la que, aparentemente, provocó Arruda. Por otro lado, sectores feministas brasileños han tildado el incidente como uno “injusto e irracional”, en el que la joven llevó la peor parte por ser señalada como una “provocadora” cuando, según ella, nunca tuvo intención de incitar a nadie con dicha indumentaria.
Me viene a la memoria un incidente que demuestra la ignorancia crasa de algunos estudiantes, sobre todo al seleccionar sus atuendos para el día a día de nuestras labores docentes. Hace un par de años, mientras daba clases nocturnas en una universidad privada de Bayamón, me tocó de alumna “Sheila Marie”. Fea de cara y con un cuerpo excesivo, La Mami Sheila –que así le llamaban un par de sinvergüenzas—desfilaba por el tramo entre la puerta y el salón con una actitud digna de una reina “plus”. Se “jallaba bella”, dirían en mi barrio, y lo demás son cuentos.
Para el trabajo de fin de curso, Sheila debía presentar un informe oral sobre los proyectos de acción social en las comunidades, como parte de los esfuerzos de relaciones públicas. Ese día, la muy atrevida se las ingenió para meterse en una blusa de manguillos con la cual luchó toda la noche; ora cubriendo el tetamen desparramado por el escote, ora escondiendo el chicho infame que revelaba tatuajes extraños y estrías indeseables. Luego, llevaba una faldita de mezclilla que acentuaba malamente sus muslos gruesos, y unos taconazos de los que podría caer y romperse el alma. Para colmo, se cargó de cuanta pulsera, pantalla y collar encontró en su camino y, en ruta a su presentación, sonaba más que pandereta de culto.
Durante ese infame evento, que apenas duró veinte minutos, era un poema observar a los estudiantes, varones y hembras. No por el contenido de su ponencia –cuyos errores ni pienso recordar—sino por su atuendo que desafiaba el decoro y las buenas normas en un salón de clases. Al concluir el informe, pregunté si alguien tenía dudas sobre el material presentado. Nadie habló. Entonces, sintiéndose consagrada por el aparente éxito de su tarea, Sheila recogió sus materiales y siguió camino, ajena al risoteo nervioso, los cruces de miradas y el evidente juicio crítico de su infame apariencia. Rumba macumba candombe bámbula, entre dos filas de muchas caras, Sheila se desplazó hasta su asiento. Para completar, el remate: plaf. Cayó sentada sobre el pupitre, despatarrándose con emoción por el trabajo concluido.
Lo que vi, en aquellos tres segundos, ni quieran saber. De verdad que no.
Por eso, me Río de Janeiro y me vuelvo a reír de Sao Paulo ante la insensata expulsión de Geisy Arruda que tanto escándalo provoca. Y como Sheila –un tanto menos, por supuesto—me despatarro de sólo pensar qué pasaría si, en las aulas nuestras, de repente se aplicara la dichosa regla.
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domingo, 18 de octubre de 2009
Respeto
“Men are respectable only as they respect.”
Ralph Waldo Emerson
En estos días, están de moda disidentes y simpatizantes. Por una parte, los que apoyan el movimiento civil en repudio a las acciones del gobierno de turno, celebran el triunfo de una masiva convocatoria a la marcha del pasado jueves. Por otra, los que defienden el comportamiento del Gobernador y su equipo de trabajo, obviamente continúan su esfuerzo de convencer al pueblo sobre la autenticidad de sus acciones.
Ubicarse a un lado o al otro es un ejercicio válido, fundamentado en la garantía constitucional de la libertad y (se supone que también) obligado por las convicciones profundas de una ciudadanía consciente. Por tanto, disentir o simpatizar, según el tema, debería hacerse en un marco de civilidad, gallardía e inteligencia, demostradas tanto en los hechos como en las palabras.
Eso ocurriría, claro está, en un mundo ideal, donde todos conociéramos y practicáramos constantemente el respeto hacia los valores más profundos de una sociedad completa. Sin embargo –y esto lo digo con sobrada lástima—en este país cada vez se nos hace más difícil inclinarnos hacia un lado o al otro de la balanza. No sé si es que la pasión se nos desborda al punto de la efervescencia ciega, o es que nos tiramos pa'l monte más rápido de lo que se supone: lo cierto es que, cuando observo y escucho comentarios de una y otra parte sobre aquel, éste o el otro asunto, me quedo tonto ante la evidente imposición del criterio que no ceja, la idea que se impone, la voluntad que no doblega.
No soy analista político ni me interesa. Sólo soy un ciudadano particular que, por razón de mi trabajo, estoy medianamente al tanto de los asuntos cotidianos. Pero hasta un ciego puede ver que, en los últimos tiempos, las acciones del gobierno actual se acercan a niveles insospechados de profunda estupidez. A lo mejor sus intenciones son tan ciertas como las letanías del desmadre: “es inevitable”, “es doloroso”, “es la medida para salvar al país del desastre”.
Tampoco soy disidente rabioso; no es mi estilo. Más que blanco o negro, paseo por el gris, quizás cómodo, tal vez seguro. Por eso, observar la disidencia me cautiva, al comprender que es el balance justo para contrarrestar la otra parte –generalmente arrolladora y hostil, aún en su discurso oficial. No obstante, me aterra pensar que los límites del ciudadano común –ora tirando huevos con mala puntería, ora diciendo palabrotas en espectáculos televisivos—haya cruzado líneas imborrables que desencajan por completo a la autoridad.
De ambos lados, no hay duda, se ha faltado el respeto.
Históricamente, los gobernantes –de todos los colores y partidos—se han despachado con la cuchara grande, atribuyéndose poderes que emborrachan y trastocando mandatos conferidos por el voto del pueblo. De igual forma, el pueblo se ha volcado muchas veces en contra del abuso de poder, con expresiones firmes de rechazo, amparados por la necesidad de comunicar su indignación. Pero aquí y ahora, los límites han llegado al punto del no regreso: los que mandan se imponen con mayor contundencia, y los que resisten ya no aguantan los golpes con actitud blandengue.
Así las cosas, tengo que decirlo, y sin rodeos. No me gusta la actitud prepotente del Gobernador Fortuño. Cada día me convence menos su imposición de criterios a fuerza de repetición vacía, intentando convencer al pueblo con verdades fofas e imbéciles. Tampoco celebro la hijeputada de René Pérez. La firme resistencia al mangoneo politiquero de rigor debe combatirse con armas mucho más contundentes que una mala palabra simpática, dicha al gallinero para buscar el aplauso.
Pero más que el malestar que me causan estos dos ejemplares, me preocupa la actitud colectiva, disidente o simpatizante de uno u otro bando. La hostilidad marcada, el insulto fácil, la descortesía burda, el desafío contumaz, todos trepan por las paredes de nuestra casa común, instalándose en esquinas amplias y oscuras, esperando atacar a la menor provocación. El niño reta a la madre con la mirada encendida, la señora acelera y habla sin que le importe torta, el policía amedrenta con multa y macanazo a la primera, la senadora se cuelga del tubo con la voluntad del pueblo. Mientras tanto otros y otras siguen abajo --por vejez, pobreza, sexualidad o mala suerte-- porque, cruz y raya, en este baile no les toca.
Las líneas que se rebasaron esta semana, de uno y otro lado, serán difíciles de restaurar. Los ejemplos representados por los líderes de opinión preocupan e incomodan. ¿Y qué hacemos entonces? Reclamar el respeto. Rescatarlo e implantarlo como norma, sin excepción, para todos y todas: los que gobiernan, los que resisten, los que opinan y los que observan.
Es lo único que nos queda. No lo perdamos.
Ralph Waldo Emerson
En estos días, están de moda disidentes y simpatizantes. Por una parte, los que apoyan el movimiento civil en repudio a las acciones del gobierno de turno, celebran el triunfo de una masiva convocatoria a la marcha del pasado jueves. Por otra, los que defienden el comportamiento del Gobernador y su equipo de trabajo, obviamente continúan su esfuerzo de convencer al pueblo sobre la autenticidad de sus acciones.
Ubicarse a un lado o al otro es un ejercicio válido, fundamentado en la garantía constitucional de la libertad y (se supone que también) obligado por las convicciones profundas de una ciudadanía consciente. Por tanto, disentir o simpatizar, según el tema, debería hacerse en un marco de civilidad, gallardía e inteligencia, demostradas tanto en los hechos como en las palabras.
Eso ocurriría, claro está, en un mundo ideal, donde todos conociéramos y practicáramos constantemente el respeto hacia los valores más profundos de una sociedad completa. Sin embargo –y esto lo digo con sobrada lástima—en este país cada vez se nos hace más difícil inclinarnos hacia un lado o al otro de la balanza. No sé si es que la pasión se nos desborda al punto de la efervescencia ciega, o es que nos tiramos pa'l monte más rápido de lo que se supone: lo cierto es que, cuando observo y escucho comentarios de una y otra parte sobre aquel, éste o el otro asunto, me quedo tonto ante la evidente imposición del criterio que no ceja, la idea que se impone, la voluntad que no doblega.
No soy analista político ni me interesa. Sólo soy un ciudadano particular que, por razón de mi trabajo, estoy medianamente al tanto de los asuntos cotidianos. Pero hasta un ciego puede ver que, en los últimos tiempos, las acciones del gobierno actual se acercan a niveles insospechados de profunda estupidez. A lo mejor sus intenciones son tan ciertas como las letanías del desmadre: “es inevitable”, “es doloroso”, “es la medida para salvar al país del desastre”.
Tampoco soy disidente rabioso; no es mi estilo. Más que blanco o negro, paseo por el gris, quizás cómodo, tal vez seguro. Por eso, observar la disidencia me cautiva, al comprender que es el balance justo para contrarrestar la otra parte –generalmente arrolladora y hostil, aún en su discurso oficial. No obstante, me aterra pensar que los límites del ciudadano común –ora tirando huevos con mala puntería, ora diciendo palabrotas en espectáculos televisivos—haya cruzado líneas imborrables que desencajan por completo a la autoridad.
De ambos lados, no hay duda, se ha faltado el respeto.
Históricamente, los gobernantes –de todos los colores y partidos—se han despachado con la cuchara grande, atribuyéndose poderes que emborrachan y trastocando mandatos conferidos por el voto del pueblo. De igual forma, el pueblo se ha volcado muchas veces en contra del abuso de poder, con expresiones firmes de rechazo, amparados por la necesidad de comunicar su indignación. Pero aquí y ahora, los límites han llegado al punto del no regreso: los que mandan se imponen con mayor contundencia, y los que resisten ya no aguantan los golpes con actitud blandengue.
Así las cosas, tengo que decirlo, y sin rodeos. No me gusta la actitud prepotente del Gobernador Fortuño. Cada día me convence menos su imposición de criterios a fuerza de repetición vacía, intentando convencer al pueblo con verdades fofas e imbéciles. Tampoco celebro la hijeputada de René Pérez. La firme resistencia al mangoneo politiquero de rigor debe combatirse con armas mucho más contundentes que una mala palabra simpática, dicha al gallinero para buscar el aplauso.
Pero más que el malestar que me causan estos dos ejemplares, me preocupa la actitud colectiva, disidente o simpatizante de uno u otro bando. La hostilidad marcada, el insulto fácil, la descortesía burda, el desafío contumaz, todos trepan por las paredes de nuestra casa común, instalándose en esquinas amplias y oscuras, esperando atacar a la menor provocación. El niño reta a la madre con la mirada encendida, la señora acelera y habla sin que le importe torta, el policía amedrenta con multa y macanazo a la primera, la senadora se cuelga del tubo con la voluntad del pueblo. Mientras tanto otros y otras siguen abajo --por vejez, pobreza, sexualidad o mala suerte-- porque, cruz y raya, en este baile no les toca.
Las líneas que se rebasaron esta semana, de uno y otro lado, serán difíciles de restaurar. Los ejemplos representados por los líderes de opinión preocupan e incomodan. ¿Y qué hacemos entonces? Reclamar el respeto. Rescatarlo e implantarlo como norma, sin excepción, para todos y todas: los que gobiernan, los que resisten, los que opinan y los que observan.
Es lo único que nos queda. No lo perdamos.
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jueves, 24 de septiembre de 2009
Mister Big
Por estos lares boricuas anda el actor Chris Noth, y las chicas no perdieron tiempo: tan pronto lo avistaron en los predios del lujoso hotel donde se hospeda, le cayeron encima como a pandereta de culto. Menos mal que el famoso actor de la serie “Sex and The City” –y también de “Law & Order”—resultó ser simpático, y recibió el aguerrido ataque de las entusiasmadas puertorras con bastante aplomo. Espero que, al menos, las chicas de mi país se hayan comportado a la altura de la situación: nada de dubis, uñas largas con flamboyanes y otras charrerías similares.
Me imagino que el famoso actor está más que concentrado en su futuro proyecto con la cadena HBO en el que supuestamente encarnará a un boxeador. Por tanto, yo no sé si Noth sabe que por ahí ronda otro “Mister”, mucho más “Big” que el interés amoroso de “Carrie Bradshaw”. Se trata del tal “Angelo Millones”, el alegado capo del narcotráfico que fue arrestado recientemente en un operativo digno de una súper producción de Hollywood.
Aunque es una noticia esencialmente local, el arresto de Ángel Ayala Vázquez ha trascendido las costas del país. No ha llegado a las planas de los periódicos de mayor circulación mundial y, de seguro, ni será comentado en los telediarios europeos, pero los detalles de su arresto se publicaron en periódicos de Ohio, Utah y Kansas. ¿Casualidad o estrategia? Nada que ver: la nota fue distribuida por las redes de Prensa Asociada y al tal Millones le tocó ser parte del relleno.
Sin embargo, lo que me deja boquiabierto es que el presunto autor de innumerables crímenes y cabecilla de una de las redes de narcotráfico más importantes del país tardara tanto en ser capturado. Tal y como chismorrean los periódicos locales, el tipo pudo mantenerse por ahí, “tranquilo en su barbería” (según declaró hoy su abogado defensor, el licenciado Juan Ramón Acevedo) hasta que lo agarraron en un negocio en Bayamón. Ahora está guardado, sin fianza y contenido en prisión por su alto grado de peligrosidad. Bueno pues, que se haga justicia, si es que se logran probar sus crímenes, aún cuando al parecer no le habían echado el guante porque el susodicho, tal como se alega, recibía protección de agentes de la ley y el orden.
Eso sí que es lamentable, si es que resulta ser cierto. Pero más triste aún es que los reguetoneros locales –ídolos indiscutibles de nuestra juventud—anduvieran glorificando a este malandrín en sus famosas “líricas”. Estas glorias de la música internacional, que se las agencian para roncar de machos en las alfombras rojas y recibir nominaciones, promovieron indirectamente su estilo de vida, distorsionado por esa visión grotesca del nouveau riche que imitan los chamacos de la escuela como la gran cosa. El tal Millones era, para ellos, “Boster”, el poderoso, que llegaba en helicóptero a los conciertos, repartiendo “torta” y viviendo como un jeque árabe. Ahora, preso y sin posibilidades, resulta que es el tipo a quien todos conocían pero que, como a Cristo, lo niegan tres, diez, infinitas veces.
¿Y por qué me preocupa este asunto? En una de mis clases, tres de mis estudiantes propusieron realizar historias cinematográficas relacionadas con el bajo mundo. Uno de ellos casi juró sobre su copia en DVD de esa exquisita obra cinematográfica Talento de barrio que ésa era la historia que quería hacer. Porque, según él, Yankee (o sea, el Daddy, el Big Boss; bueno, ustedes saben) la montó a fuego. Y además, porque eso es lo que vende: la historia de la calle, el residencial sitiado, los encuentros violentos, el lujo desmedido y las armas sin tregua. Todo ello justificado por el ansia de poder de los oprimidos que reclaman, a fuerza de gatillo y blin-blin, su sitio entre los privilegiados.
“Así es que se llega, bróder”, dice el chamaco que nunca mira a los ojos cuando le hablan. Curioso, le pregunto, “¿Por qué tú quieres hacer esta historia?” Responde a medias, con evasivas, mirando su BlackBerry. “Es que yo sé de eso, viste, yo he estado envuelto”, se le zafa en un balbuceo.
Ante la presencia de “Mister Big” en suelo boricua, las chicas enloquecen por una foto, un abrazo, una sonrisa. Sin embargo, el verdadero “mister”, el “big” indudable, es otro, mucho más famoso, mucho más adorado. No sé si Noth lo sabe. De verdad, preferiría que nadie le dijera.
Me imagino que el famoso actor está más que concentrado en su futuro proyecto con la cadena HBO en el que supuestamente encarnará a un boxeador. Por tanto, yo no sé si Noth sabe que por ahí ronda otro “Mister”, mucho más “Big” que el interés amoroso de “Carrie Bradshaw”. Se trata del tal “Angelo Millones”, el alegado capo del narcotráfico que fue arrestado recientemente en un operativo digno de una súper producción de Hollywood.
Aunque es una noticia esencialmente local, el arresto de Ángel Ayala Vázquez ha trascendido las costas del país. No ha llegado a las planas de los periódicos de mayor circulación mundial y, de seguro, ni será comentado en los telediarios europeos, pero los detalles de su arresto se publicaron en periódicos de Ohio, Utah y Kansas. ¿Casualidad o estrategia? Nada que ver: la nota fue distribuida por las redes de Prensa Asociada y al tal Millones le tocó ser parte del relleno.
Sin embargo, lo que me deja boquiabierto es que el presunto autor de innumerables crímenes y cabecilla de una de las redes de narcotráfico más importantes del país tardara tanto en ser capturado. Tal y como chismorrean los periódicos locales, el tipo pudo mantenerse por ahí, “tranquilo en su barbería” (según declaró hoy su abogado defensor, el licenciado Juan Ramón Acevedo) hasta que lo agarraron en un negocio en Bayamón. Ahora está guardado, sin fianza y contenido en prisión por su alto grado de peligrosidad. Bueno pues, que se haga justicia, si es que se logran probar sus crímenes, aún cuando al parecer no le habían echado el guante porque el susodicho, tal como se alega, recibía protección de agentes de la ley y el orden.
Eso sí que es lamentable, si es que resulta ser cierto. Pero más triste aún es que los reguetoneros locales –ídolos indiscutibles de nuestra juventud—anduvieran glorificando a este malandrín en sus famosas “líricas”. Estas glorias de la música internacional, que se las agencian para roncar de machos en las alfombras rojas y recibir nominaciones, promovieron indirectamente su estilo de vida, distorsionado por esa visión grotesca del nouveau riche que imitan los chamacos de la escuela como la gran cosa. El tal Millones era, para ellos, “Boster”, el poderoso, que llegaba en helicóptero a los conciertos, repartiendo “torta” y viviendo como un jeque árabe. Ahora, preso y sin posibilidades, resulta que es el tipo a quien todos conocían pero que, como a Cristo, lo niegan tres, diez, infinitas veces.
¿Y por qué me preocupa este asunto? En una de mis clases, tres de mis estudiantes propusieron realizar historias cinematográficas relacionadas con el bajo mundo. Uno de ellos casi juró sobre su copia en DVD de esa exquisita obra cinematográfica Talento de barrio que ésa era la historia que quería hacer. Porque, según él, Yankee (o sea, el Daddy, el Big Boss; bueno, ustedes saben) la montó a fuego. Y además, porque eso es lo que vende: la historia de la calle, el residencial sitiado, los encuentros violentos, el lujo desmedido y las armas sin tregua. Todo ello justificado por el ansia de poder de los oprimidos que reclaman, a fuerza de gatillo y blin-blin, su sitio entre los privilegiados.
“Así es que se llega, bróder”, dice el chamaco que nunca mira a los ojos cuando le hablan. Curioso, le pregunto, “¿Por qué tú quieres hacer esta historia?” Responde a medias, con evasivas, mirando su BlackBerry. “Es que yo sé de eso, viste, yo he estado envuelto”, se le zafa en un balbuceo.
Ante la presencia de “Mister Big” en suelo boricua, las chicas enloquecen por una foto, un abrazo, una sonrisa. Sin embargo, el verdadero “mister”, el “big” indudable, es otro, mucho más famoso, mucho más adorado. No sé si Noth lo sabe. De verdad, preferiría que nadie le dijera.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Chatarra Heights
De un tiempo hasta ahora, encontrar estacionamiento en la urbanización es imposible. De pronto, puede ser que haya algún hueco pequeño donde, con suerte, se pueda acomodar el carruaje sin complicaciones. Otras veces –generalmente cuando llueve o es día feriado—hay que pensar en opciones inteligentes, como el carro-maletín o la guagua-mochila. Y es que, en ausencia de un espacio decente para dejar el segundo carro de la casa, faltaría tumbar la pared de la sala para asegurarse un lugarcito.
La causa de este particular fenómeno es muy sencilla de explicar. A los vecinos les importan tres pepinos que los demás tengan lugar para estacionar sus automóviles funcionales y con marbete al día. Y es que están muy encariñados con los vejestorios metálicos que se pudren lentamente frente a sus mansiones suburbanas.
Por ejemplo, está el Toyota Tercel gris. Hace casi cuatro años, cuando lo vi por primera vez, ya era un vehículo inservible, olvidado en su esquina privilegiada como un tiesto sin plantas. En todo este tiempo, sus dueños (el matrimonio fantasma de la casa de enfrente) no han hecho ni el aguaje de removerlo de su preciado escaño. Sin embargo, a veces salen de su escondite para abrir el vehículo y guardar cosas en el baúl (incluyendo las compras navideñas que ocultan de la curiosidad infantil). Pues claro, Jorgito, qué tonto eres; es que están reciclando. En lugar de carro, el Tercelito inservible ahora es el clóset adonde van a parar cualquier cantidad de cachivaches. Vaya por Dios. Aseguro que el trasto viejo, junto con todas sus porquerías, tendría mejor salida en el vertedero. Pero ni por Dios ni por los santos el carro viejo se mueve de su esquina, aunque le salgan matojos por las bisagras mohosas.
Más adelante está la guagua Pathfinder verde oscuro. Según supe por terceros, su flamante dueña –madre soltera, hijos preadolescentes, fantasma también—hizo el intento por arreglarle la pieza que paralizó la guagua frente a su casa. No obstante, tras no conseguir una reparación efectiva (y porque, como decía mi abuela, le salía más cara la mecha que el candil), la joven señora acudió a la solución más embrollosa: sustituir la guagua por una nueva y flamante unidad SUV, de color dorado. Pero la Pathfinder no encontró ruta hacia el descanso eterno; nada que ver. Su dueña la dejó a su suerte, abandonada y sin ningún interés. Ahora, frente a la casa, tiene dos vehículos: el nuevo, que obviamente sustituye al anterior, y el viejo, que ahora sirve como un horrible monumento a la añoranza. Qué tierno; quizá esperará a que se reduzca un poco con el moho y termine por enmarcarla y colgarla de alguna pared.
Otro caso es el de la Range Rover gris metálico. Reconstruir la historia de esta SUV se hace un poco complicado, porque no recuerdo exactamente cuándo fue que vino a parar en la esquina frente a la casa. Muchos días la vi estacionada en distintos espacios, unos más lejos, otros más cerca, hasta que, velando la güira, se adueñó de la esquinita por la que muchos vecinos peleábamos silenciosamente. La guagua de marras, sin parachoques trasero y sin mucho valor, ahora se ha convertido en homenaje póstumo a tiempos más felices y yace, como un adefesio insoportable, en un anhelado rincón para vehículos aptos. ¿Y qué dicen sus dueños? Pues muy bien, gracias a Dios.
¿Será posible que las personas quieran tanto un carro como para no deshacerse de él?
No necesariamente. Hubo otro caso, el del Lumina—también gris, qué casualidad. Cuando se disparó el precio de la gasolina el año pasado, este carro fue puesto en venta de inmediato. Su orgulloso dueño –quien también intenta vender su casa y todos los cachivaches que allí almacena—colocó en su cristal trasero un aviso: “SE VENDE. FINANCIAMIENTO DISPONIBLE”. Muchas veces, lo admito, estuve tentado a llamar al número que aparecía en el aviso, sólo por enterarme del procedimiento para obtener el crédito necesario. ¿Dónde rayos me iban a aprobar un préstamo para comprar el carro viejo de un vecino? ¿O será que, cuatro casas más abajo, existe una financiera clandestina de la que nadie se entera?
El problema, además de incómodo, es difícil de mirar. Nadie quiere enfrentarse al paisaje suburbano y encontrarse con cinco automóviles abandonados a su mala suerte por sus antiguos dueños y, para colmo, mal estacionados. El tema también produce limitaciones de tipo social: mientras esos pedazos de chatarra se descomponen lentamente en la calle, es injusto que haya que pedirle a la visita que trepe su carro en el techo de la casa, a falta de un espacio cómodo para el aparcamiento. Lo peor de todo es que, con junta vecinal y reglas de convivencia estipuladas al centavo, todo el mundo se hace de la vista larga, quizá por no buscarse enemigos, o porque, en secreto, estarán pensando abandonar sus vehículos cuando ya no les resulten útiles.
Si me diera la gana, mañana mismo llamaría a las autoridades. Invocaría los estatutos municipales y estatales que promueven la eliminación de estorbos públicos, incluyendo los vehículos en estado de descomposición. Pero me callo y espero, porque quiero darles la sorpresa: en Navidad, planifico ponerles bombillitas, guirnaldas de colores y un inflable de esos que parecen un globo de nieve.
Es más, hasta se me ocurre plantarles un cartelito iluminado: “Merry Christmas From Chatarra Heights”.
La causa de este particular fenómeno es muy sencilla de explicar. A los vecinos les importan tres pepinos que los demás tengan lugar para estacionar sus automóviles funcionales y con marbete al día. Y es que están muy encariñados con los vejestorios metálicos que se pudren lentamente frente a sus mansiones suburbanas.
Por ejemplo, está el Toyota Tercel gris. Hace casi cuatro años, cuando lo vi por primera vez, ya era un vehículo inservible, olvidado en su esquina privilegiada como un tiesto sin plantas. En todo este tiempo, sus dueños (el matrimonio fantasma de la casa de enfrente) no han hecho ni el aguaje de removerlo de su preciado escaño. Sin embargo, a veces salen de su escondite para abrir el vehículo y guardar cosas en el baúl (incluyendo las compras navideñas que ocultan de la curiosidad infantil). Pues claro, Jorgito, qué tonto eres; es que están reciclando. En lugar de carro, el Tercelito inservible ahora es el clóset adonde van a parar cualquier cantidad de cachivaches. Vaya por Dios. Aseguro que el trasto viejo, junto con todas sus porquerías, tendría mejor salida en el vertedero. Pero ni por Dios ni por los santos el carro viejo se mueve de su esquina, aunque le salgan matojos por las bisagras mohosas.
Más adelante está la guagua Pathfinder verde oscuro. Según supe por terceros, su flamante dueña –madre soltera, hijos preadolescentes, fantasma también—hizo el intento por arreglarle la pieza que paralizó la guagua frente a su casa. No obstante, tras no conseguir una reparación efectiva (y porque, como decía mi abuela, le salía más cara la mecha que el candil), la joven señora acudió a la solución más embrollosa: sustituir la guagua por una nueva y flamante unidad SUV, de color dorado. Pero la Pathfinder no encontró ruta hacia el descanso eterno; nada que ver. Su dueña la dejó a su suerte, abandonada y sin ningún interés. Ahora, frente a la casa, tiene dos vehículos: el nuevo, que obviamente sustituye al anterior, y el viejo, que ahora sirve como un horrible monumento a la añoranza. Qué tierno; quizá esperará a que se reduzca un poco con el moho y termine por enmarcarla y colgarla de alguna pared.
Otro caso es el de la Range Rover gris metálico. Reconstruir la historia de esta SUV se hace un poco complicado, porque no recuerdo exactamente cuándo fue que vino a parar en la esquina frente a la casa. Muchos días la vi estacionada en distintos espacios, unos más lejos, otros más cerca, hasta que, velando la güira, se adueñó de la esquinita por la que muchos vecinos peleábamos silenciosamente. La guagua de marras, sin parachoques trasero y sin mucho valor, ahora se ha convertido en homenaje póstumo a tiempos más felices y yace, como un adefesio insoportable, en un anhelado rincón para vehículos aptos. ¿Y qué dicen sus dueños? Pues muy bien, gracias a Dios.
¿Será posible que las personas quieran tanto un carro como para no deshacerse de él?
No necesariamente. Hubo otro caso, el del Lumina—también gris, qué casualidad. Cuando se disparó el precio de la gasolina el año pasado, este carro fue puesto en venta de inmediato. Su orgulloso dueño –quien también intenta vender su casa y todos los cachivaches que allí almacena—colocó en su cristal trasero un aviso: “SE VENDE. FINANCIAMIENTO DISPONIBLE”. Muchas veces, lo admito, estuve tentado a llamar al número que aparecía en el aviso, sólo por enterarme del procedimiento para obtener el crédito necesario. ¿Dónde rayos me iban a aprobar un préstamo para comprar el carro viejo de un vecino? ¿O será que, cuatro casas más abajo, existe una financiera clandestina de la que nadie se entera?
El problema, además de incómodo, es difícil de mirar. Nadie quiere enfrentarse al paisaje suburbano y encontrarse con cinco automóviles abandonados a su mala suerte por sus antiguos dueños y, para colmo, mal estacionados. El tema también produce limitaciones de tipo social: mientras esos pedazos de chatarra se descomponen lentamente en la calle, es injusto que haya que pedirle a la visita que trepe su carro en el techo de la casa, a falta de un espacio cómodo para el aparcamiento. Lo peor de todo es que, con junta vecinal y reglas de convivencia estipuladas al centavo, todo el mundo se hace de la vista larga, quizá por no buscarse enemigos, o porque, en secreto, estarán pensando abandonar sus vehículos cuando ya no les resulten útiles.
Si me diera la gana, mañana mismo llamaría a las autoridades. Invocaría los estatutos municipales y estatales que promueven la eliminación de estorbos públicos, incluyendo los vehículos en estado de descomposición. Pero me callo y espero, porque quiero darles la sorpresa: en Navidad, planifico ponerles bombillitas, guirnaldas de colores y un inflable de esos que parecen un globo de nieve.
Es más, hasta se me ocurre plantarles un cartelito iluminado: “Merry Christmas From Chatarra Heights”.
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sábado, 12 de septiembre de 2009
Negra con sombrilla
Allí estaba: de pie, desnuda, hermosa y negra. Como adorno, más bien apoyo, llevaba un paraguas, también negro. Miraba hacia el ojo del pintor que, a través de trazos mágicos, capturaba su imagen para la posteridad.
Así fue que la descubrí hace muchos años, colgada de una pared en el Museo de Arte de Ponce. Si mal no recuerdo su título –lamento mucho no recordar su autor—era una “Negra con sombrilla”. Así, sin ostentaciones ni artificios: era una mujer hermosa, de pie, vestida solamente con su carne oscura, firme, preciosa.
No sé por qué, al leer la infame noticia sobre el inexplicable gesto de guillotina literaria impuesto por nuestro insigne Secretario de Educación, la recordé. Y admito que temí por ella: de pronto, con estos aires de censura que nos endilgan los “duros de la materia”, habrá que esconder cualquier seña que pudiera interpretarse como ofensiva, aún cuando –en otros contextos más profundos e inteligentes—se denomine una expresión artística.
Sabemos que esta garata no es nueva: desde que el mundo es tal, la pugna entre la decencia y la libertad se mantiene viva y ágil. Los intentos puritanos del conservadurismo extremo claman por adecentar las expresiones públicas –mayormente artísticas—en pos de proteger los “mejores intereses de la sociedad”. Por su parte, el sector liberal levanta su voz intransigente, devolviendo a la ecuación su balance justo, propuesto por la necesidad de trascender las perspectivas de lo normal, lo aceptable, en fin, lo verdaderamente decente.
¿Qué haría la negra si se enterara de esta hecatombe?
Me la imagino entrando así, desnuda y descalza, por los pasillos fragantes a Lysol del Departamento de Educación. Tras burlar la seguridad atontada por su apariencia –más de uno de esos guardias fofos de uniforme de poliéster se habría relamido en silencio—la negra caminaría muy oronda, sombrilla en mano, hasta el ascensor del edificio. Un par de secretarias de uñas largas, que habrán bajado de sus oficinas a cogerse el “break” del café negro y el Salem mentolado, la mirarían con incredulidad absoluta: “¿Y quién es esa loca?”, preguntarían, extrañadas, mientras sacan de sus respectivas carteras D&G los celulares con guindalejitos para comenzar la faena informativa a todo el personal.
“Una negra esnúa anda por ahí”, dirían, asustadas, pensando que se tratara de una deambulante esquizofrénica.
La negra, impávida, subiría en el ascensor, tranquila y silenciosa. Uno que otro pasajero intentaría acompañarla en el viaje pero, al verla así –pose altiva, senos erguidos al aire, manos discretamente ubicadas frente a su pubis frondoso, siempre sujetando su sombrilla—se cohibirían. Después de todo, le harían un favor: ella no desearía explicar su apariencia, escuchar cantaletas religiosas ni soportar chistecitos a sus expensas.
Así, de lo más campechana, la negra llegaría al piso indicado. Meneando su nalgaje prominente, caminaría hasta la misma oficina del secretario Chardón. Su asistente administrativa –advertida ya por sus colegas vía mensajes de texto—la enfrentaría con firmeza.
“Usted no puede pasar, señora”, diría la secretaria con decisión.
La negra, sin chistar, continuaría su camino.
“¿Pero es que no me entiende? Aquí no puede entrar, y mucho menos así—“
La negra se detendría, mirando fijamente a la señora, entreteniéndose por un instante en su apariencia: peinado impecable, demasiado maquillaje, uniforme de chaquetón grueso, falda plisada, medias de nilón y zapatos de punta. Un prendedor del Divino Niño brillaría en su solapa y, al verlo, la negra ensayaría una sonrisa leve. Entonces, continuaría con paso decidido hasta la sala de juntas.
“¡Indecente!”, gritaría la dama, tocándose el medallón dorado de la Virgen Milagrosa enredado entre sus collares. “¡Voy a llamar a la policía!”
Sin titubeos, la negra apretaría con firmeza el mango de su sombrilla, caminando en dirección a la pesada puerta. Al abrirla, descubriría el cónclave: el secretario Chardón, rodeado de su cartel de asesores –aún enrojecidos por las carcajadas moribundas de un chistecito de sobremesa—repasarían otra vez la lista de libros sometidos a las autoridades censoras, en aras de promover la decencia. Ante el inesperado suceso, todos y todas detendrían sus labores para mirar a la recién llegada. Atolondrado, con el chaquetón desabrochado y la corbata torcida, Chardón se pondría de pie a toda prisa.
“¿Pero qué es esto?”, reaccionaría el Secretario, desconcertado. Algunos asesores se persignarían. Otros comentarían por lo bajo, impresionados. Alguna doña culifruncida arrugaría la nariz, en absoluto repudio a la negritud desnuda. Y algún ñame encorbatado se ajustaría la bragueta, disimulando la erección inmediata.
La negra, por supuesto, no diría nada. Sólo se acercaría, silenciosa, midiendo cada uno de sus pasos descalzos sobre la alfombra mullida. El brillo de su piel oscura resaltaría bajo las luces del salón de reuniones. Su cabello rizado enmarcaría la belleza única de su rostro estupendo.
Ya delante de Chardón, la negra miraría de frente. Sus ojos oscuros emitirían un fulgor inexplicable. Y de un solo movimiento, rápido y certero, la negra le asestaría tremendo sombrillazo.
“Imbécil”, diría la negra por lo bajo. Chardón, atontado por el golpe, caería otra vez sobre su silla. Algún asesor le ayudaría, mientras los demás quedarían sentados, demasiado tontos como para reaccionar.
Dando la vuelta en plan de salida, la negra observaría el ejemplar de El entierro de Cortijo que alguien habría olvidado sobre la gran mesa. Entonces, nalgueteando a gusto, como si las mismísimas congas de la orquesta le acompañaran, caminaría tal cual llegó, desnuda y serena. Sólo que ahora llevaría en sus manos la sombrilla negra, doblada por la cabeza dura de un idiota que no sabe de letras.
Y antes de salir, claro está, diría una gran mala palabra. Para que se jodieran.
Así fue que la descubrí hace muchos años, colgada de una pared en el Museo de Arte de Ponce. Si mal no recuerdo su título –lamento mucho no recordar su autor—era una “Negra con sombrilla”. Así, sin ostentaciones ni artificios: era una mujer hermosa, de pie, vestida solamente con su carne oscura, firme, preciosa.
No sé por qué, al leer la infame noticia sobre el inexplicable gesto de guillotina literaria impuesto por nuestro insigne Secretario de Educación, la recordé. Y admito que temí por ella: de pronto, con estos aires de censura que nos endilgan los “duros de la materia”, habrá que esconder cualquier seña que pudiera interpretarse como ofensiva, aún cuando –en otros contextos más profundos e inteligentes—se denomine una expresión artística.
Sabemos que esta garata no es nueva: desde que el mundo es tal, la pugna entre la decencia y la libertad se mantiene viva y ágil. Los intentos puritanos del conservadurismo extremo claman por adecentar las expresiones públicas –mayormente artísticas—en pos de proteger los “mejores intereses de la sociedad”. Por su parte, el sector liberal levanta su voz intransigente, devolviendo a la ecuación su balance justo, propuesto por la necesidad de trascender las perspectivas de lo normal, lo aceptable, en fin, lo verdaderamente decente.
¿Qué haría la negra si se enterara de esta hecatombe?
Me la imagino entrando así, desnuda y descalza, por los pasillos fragantes a Lysol del Departamento de Educación. Tras burlar la seguridad atontada por su apariencia –más de uno de esos guardias fofos de uniforme de poliéster se habría relamido en silencio—la negra caminaría muy oronda, sombrilla en mano, hasta el ascensor del edificio. Un par de secretarias de uñas largas, que habrán bajado de sus oficinas a cogerse el “break” del café negro y el Salem mentolado, la mirarían con incredulidad absoluta: “¿Y quién es esa loca?”, preguntarían, extrañadas, mientras sacan de sus respectivas carteras D&G los celulares con guindalejitos para comenzar la faena informativa a todo el personal.
“Una negra esnúa anda por ahí”, dirían, asustadas, pensando que se tratara de una deambulante esquizofrénica.
La negra, impávida, subiría en el ascensor, tranquila y silenciosa. Uno que otro pasajero intentaría acompañarla en el viaje pero, al verla así –pose altiva, senos erguidos al aire, manos discretamente ubicadas frente a su pubis frondoso, siempre sujetando su sombrilla—se cohibirían. Después de todo, le harían un favor: ella no desearía explicar su apariencia, escuchar cantaletas religiosas ni soportar chistecitos a sus expensas.
Así, de lo más campechana, la negra llegaría al piso indicado. Meneando su nalgaje prominente, caminaría hasta la misma oficina del secretario Chardón. Su asistente administrativa –advertida ya por sus colegas vía mensajes de texto—la enfrentaría con firmeza.
“Usted no puede pasar, señora”, diría la secretaria con decisión.
La negra, sin chistar, continuaría su camino.
“¿Pero es que no me entiende? Aquí no puede entrar, y mucho menos así—“
La negra se detendría, mirando fijamente a la señora, entreteniéndose por un instante en su apariencia: peinado impecable, demasiado maquillaje, uniforme de chaquetón grueso, falda plisada, medias de nilón y zapatos de punta. Un prendedor del Divino Niño brillaría en su solapa y, al verlo, la negra ensayaría una sonrisa leve. Entonces, continuaría con paso decidido hasta la sala de juntas.
“¡Indecente!”, gritaría la dama, tocándose el medallón dorado de la Virgen Milagrosa enredado entre sus collares. “¡Voy a llamar a la policía!”
Sin titubeos, la negra apretaría con firmeza el mango de su sombrilla, caminando en dirección a la pesada puerta. Al abrirla, descubriría el cónclave: el secretario Chardón, rodeado de su cartel de asesores –aún enrojecidos por las carcajadas moribundas de un chistecito de sobremesa—repasarían otra vez la lista de libros sometidos a las autoridades censoras, en aras de promover la decencia. Ante el inesperado suceso, todos y todas detendrían sus labores para mirar a la recién llegada. Atolondrado, con el chaquetón desabrochado y la corbata torcida, Chardón se pondría de pie a toda prisa.
“¿Pero qué es esto?”, reaccionaría el Secretario, desconcertado. Algunos asesores se persignarían. Otros comentarían por lo bajo, impresionados. Alguna doña culifruncida arrugaría la nariz, en absoluto repudio a la negritud desnuda. Y algún ñame encorbatado se ajustaría la bragueta, disimulando la erección inmediata.
La negra, por supuesto, no diría nada. Sólo se acercaría, silenciosa, midiendo cada uno de sus pasos descalzos sobre la alfombra mullida. El brillo de su piel oscura resaltaría bajo las luces del salón de reuniones. Su cabello rizado enmarcaría la belleza única de su rostro estupendo.
Ya delante de Chardón, la negra miraría de frente. Sus ojos oscuros emitirían un fulgor inexplicable. Y de un solo movimiento, rápido y certero, la negra le asestaría tremendo sombrillazo.
“Imbécil”, diría la negra por lo bajo. Chardón, atontado por el golpe, caería otra vez sobre su silla. Algún asesor le ayudaría, mientras los demás quedarían sentados, demasiado tontos como para reaccionar.
Dando la vuelta en plan de salida, la negra observaría el ejemplar de El entierro de Cortijo que alguien habría olvidado sobre la gran mesa. Entonces, nalgueteando a gusto, como si las mismísimas congas de la orquesta le acompañaran, caminaría tal cual llegó, desnuda y serena. Sólo que ahora llevaría en sus manos la sombrilla negra, doblada por la cabeza dura de un idiota que no sabe de letras.
Y antes de salir, claro está, diría una gran mala palabra. Para que se jodieran.
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domingo, 6 de septiembre de 2009
Space Invaders
Caso número 1: usted está haciendo la fila en el banco. Aguarda su turno con resignación según el orden establecido: de ser el último cuando llega, avanzará conforme al movimiento de la cola hasta ser atendido. El ambiente permanece más o menos tranquilo hasta que un caballero –muy señor él, cómo no—entra hablando por su teléfono celular a un volumen que excede los parámetros del recinto bancario. De pronto, la fila se incomoda: todos los presentes (y sospecho que unos cuantos ausentes también) se enteran de los malestares estomacales de una mujer que está hecha una porquería, su próxima operación de discos herniados de la que espera salir vivo, su viaje a Miami para visitar a unos parientes…
Caso número 2: usted espera su turno para pagar en la tienda de descuentos. Mira a su alrededor alguna revistilla tonta para pasar el mal rato de esperar a que la cajera resuelva un problema de precio en el terminal de cobro. Mientras tanto, la señora que le sigue a usted en la fila decide que es tiempo de avanzar y coloca sus dos galones de detergente, un canasto de ropa y un saco de diez libras de comida para gatos en los tres centímetros de mostrador que están disponibles en el terminal de pago. Ni siquiera la mirada fulminante que usted le dispara, la detiene. La doña sigue colocando sus chucherías como que esto no es conmigo, mientras su hija adolescente repasa desde lejos el menú de las pizzas y los refrescos que atacarán tan pronto ambas terminen de pasarle por encima.
Caso número 3: usted completa un trámite en una agencia de gobierno. Sentado en una silla incómoda, ha padecido la extraordinaria oferta televisiva de Univisión. Entonces, llega una pareja singular: él, señor maduro; ella, esposa peleona. El aire de trifulca entre ellos aún no se disipa cuando la mujer, en actitud retante, se acerca a la empleada para hacerle “una preguntita”. La diminuta consulta demora unos diez minutos y, de pronto, la señora consigue burlar descaradamente el sistema de turnos y salir de la agencia alardeando su buena suerte, que vocifera al marido con aire de triunfo.
¿Qué tienen en común estos tres casos? La inconsciencia ciudadana del siglo XXI.
No sé cuántas veces he sido atacado por estos invasores del espacio común, tan multiplicados por las calles de nuestro país. Uno trata de vivir como la gente, siguiendo el orden lógico de la civilidad: habla con moderación, aguarda su turno, pide permiso y da las gracias; en fin, hace alarde de la buena educación que le enseñaron –en muchos casos, a fuerza de pescozones—en sus años formativos. Entonces, se topa uno con cada animal de dos patas que, con o sin conciencia de sus actos, irrumpe en los espacios ajenos con el descaro propio de quien no se ha leído el Manual Básico de la Convivencia Humana o, sencillamente, decidió utilizar el papel para limpiarse donde el sol no alumbra.
Estos seres campean por sus respetos de muchas otras maneras. Salen a la calle sin cinturón de seguridad, se almuerzan las señales de tránsito y se trepan en las aceras como si tal cosa. Discuten detalles de sus amores mientras escogen las papas en el supermercado. Transmiten en directo sus hazañas laborales desde los cubículos del inodoro público. Protagonizan sin saberlo, con sus vidas tan privadamente públicas, su propio “reality show”: Esos pesados cuernos de mi cuñada María, Ando solo y triste cada viernes, Canto como Ednita en los karaokes porque estoy bien rica, Qué me importa la vida de mi ex (pero quiero saber dónde está).
Algunas veces he pensado seriamente en detenerlos. He querido enfrentar a cada uno de esos hombres y mujeres que me invaden la vida con sus impertinencias mirándoles con firmeza. Sin titubeo alguno, he sentido ganas de decirles así, con todos los dientes, “De verdad que lo que usted hace con su vida/su dinero/su hígado/sus minutos de celular/sus orificios me importa torta. ¿Se podría callar la boca y dejarme vivir en paz?”
Posiblemente, me sentiría muy feliz y liberado, aunque recibiera miradas de puñal, insultos gratuitos y alguna que otra querella ante las autoridades. Pero sé que es perder el tiempo: luchar contra uno/a de estos invasores del orden público es empujar una pared. Son demasiados seres que viven por ahí engrandecidos con sus pequeñeces, diseminados por el mundo como una peste insufrible que ni ellos mismos pueden oler.
La próxima vez que haga una fila, espere en una oficina o haga una gestión pública, piense un poco. Sería bueno que, para variar, se diera cuenta de que su derecho a vivir como le da la gana puede ser el comienzo de la invasión a la vida ajena. La mía, y la de los demás.
También podría pasar que un escritor con buen oído capture los detalles insulsos de su vida ídem para escribir una historia con la que ganará reconocimiento internacional. Cuando la prensa curiosa le pregunte sobre el origen de su historia, él dirá muy tranquilito, “La escuché por ahí.”
Y usted no podrá reclamar nada. Qué pena.
Caso número 2: usted espera su turno para pagar en la tienda de descuentos. Mira a su alrededor alguna revistilla tonta para pasar el mal rato de esperar a que la cajera resuelva un problema de precio en el terminal de cobro. Mientras tanto, la señora que le sigue a usted en la fila decide que es tiempo de avanzar y coloca sus dos galones de detergente, un canasto de ropa y un saco de diez libras de comida para gatos en los tres centímetros de mostrador que están disponibles en el terminal de pago. Ni siquiera la mirada fulminante que usted le dispara, la detiene. La doña sigue colocando sus chucherías como que esto no es conmigo, mientras su hija adolescente repasa desde lejos el menú de las pizzas y los refrescos que atacarán tan pronto ambas terminen de pasarle por encima.
Caso número 3: usted completa un trámite en una agencia de gobierno. Sentado en una silla incómoda, ha padecido la extraordinaria oferta televisiva de Univisión. Entonces, llega una pareja singular: él, señor maduro; ella, esposa peleona. El aire de trifulca entre ellos aún no se disipa cuando la mujer, en actitud retante, se acerca a la empleada para hacerle “una preguntita”. La diminuta consulta demora unos diez minutos y, de pronto, la señora consigue burlar descaradamente el sistema de turnos y salir de la agencia alardeando su buena suerte, que vocifera al marido con aire de triunfo.
¿Qué tienen en común estos tres casos? La inconsciencia ciudadana del siglo XXI.
No sé cuántas veces he sido atacado por estos invasores del espacio común, tan multiplicados por las calles de nuestro país. Uno trata de vivir como la gente, siguiendo el orden lógico de la civilidad: habla con moderación, aguarda su turno, pide permiso y da las gracias; en fin, hace alarde de la buena educación que le enseñaron –en muchos casos, a fuerza de pescozones—en sus años formativos. Entonces, se topa uno con cada animal de dos patas que, con o sin conciencia de sus actos, irrumpe en los espacios ajenos con el descaro propio de quien no se ha leído el Manual Básico de la Convivencia Humana o, sencillamente, decidió utilizar el papel para limpiarse donde el sol no alumbra.
Estos seres campean por sus respetos de muchas otras maneras. Salen a la calle sin cinturón de seguridad, se almuerzan las señales de tránsito y se trepan en las aceras como si tal cosa. Discuten detalles de sus amores mientras escogen las papas en el supermercado. Transmiten en directo sus hazañas laborales desde los cubículos del inodoro público. Protagonizan sin saberlo, con sus vidas tan privadamente públicas, su propio “reality show”: Esos pesados cuernos de mi cuñada María, Ando solo y triste cada viernes, Canto como Ednita en los karaokes porque estoy bien rica, Qué me importa la vida de mi ex (pero quiero saber dónde está).
Algunas veces he pensado seriamente en detenerlos. He querido enfrentar a cada uno de esos hombres y mujeres que me invaden la vida con sus impertinencias mirándoles con firmeza. Sin titubeo alguno, he sentido ganas de decirles así, con todos los dientes, “De verdad que lo que usted hace con su vida/su dinero/su hígado/sus minutos de celular/sus orificios me importa torta. ¿Se podría callar la boca y dejarme vivir en paz?”
Posiblemente, me sentiría muy feliz y liberado, aunque recibiera miradas de puñal, insultos gratuitos y alguna que otra querella ante las autoridades. Pero sé que es perder el tiempo: luchar contra uno/a de estos invasores del orden público es empujar una pared. Son demasiados seres que viven por ahí engrandecidos con sus pequeñeces, diseminados por el mundo como una peste insufrible que ni ellos mismos pueden oler.
La próxima vez que haga una fila, espere en una oficina o haga una gestión pública, piense un poco. Sería bueno que, para variar, se diera cuenta de que su derecho a vivir como le da la gana puede ser el comienzo de la invasión a la vida ajena. La mía, y la de los demás.
También podría pasar que un escritor con buen oído capture los detalles insulsos de su vida ídem para escribir una historia con la que ganará reconocimiento internacional. Cuando la prensa curiosa le pregunte sobre el origen de su historia, él dirá muy tranquilito, “La escuché por ahí.”
Y usted no podrá reclamar nada. Qué pena.
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sábado, 29 de agosto de 2009
PORK-TV
Pudo ser por una de dos razones: o bien el presidente de Ecuador, Rafael Correa, tiene los pantalones muy bien amarrados en su sitio, o despertó del letargo profundo que ha atontado a miles de latinoamericanos por mucho, mucho tiempo.
Cuando leo la nota publicada en El Nuevo Día sobre la inusitada acción de Correa, quien mandó cancelar de golpe y porrazo el programa de Laura Bozzo en el canal estatal de televisión TC por considerarlo “una porquería”, me da una gracia increíble. Pero no por el acto encomiable del presidente ecuatoriano, sino por otra razón más cercana: la insoportable ristra de homenajes, agasajos, sesiones extraordinarias y festejos afines, con motivo de la visita promocional del actor español Paco León.
Esta semana, los hombres y mujeres de estado –y, además, la Primera Dama de San Juan; qué bonita es ella—se han derramado en elogios para el talentoso sevillano, quien vino a la isla para promover su nueva película Dieta mediterránea, entre otros menesteres. Y aclaro para el récord, antes que me fusilen sus “fans”: no es que me moleste que homenajeen a Paco León, caray, con lo mucho que me hace reír el muy tonto. Desde hace muchos años es uno de mis actores favoritos, por su capacidad para actuar con naturalidad sin perder ni un ápice de su instinto teatral. De hecho, he seguido la carrera de León desde sus años oscuros, cuando casi nadie en Puerto Rico sabía de su existencia, y siempre me parecía que llegaría a ser muy reconocido tanto en su país –donde ya ha ganado importantes galardones—como a nivel internacional. Así que bien merecido tiene que le festejen.
Pero es que se me cae la cara de vergüenza ajena cuando veo a estos insignes hombres y mujeres de estado reírle las gracias a León con tanto entusiasmo. ¿Será que verdaderamente les encanta la tele española por sus valores de producción? ¿O porque los muy guarros se la pasan diciendo “jo’er” en sus programas como si tal cosa?
Es posible, pero esos son otros veinte pesos. Lo que sí me entristece es que, después de zarandearlo por todos lados para degustara las delicias de la manteca boricua, Paco se ha encantado con nosotros y dijo, con todos sus dientes sevillanos, que quiere trabajar en la isla. Yo me imagino que sus expresiones intentaron corresponder, de un modo amable, a todo el cariño que recibió de los boricuas y que encanta a todos nuestros visitantes. Pero igual me sospecho que sus anfitriones lo llevaron de aquí para allá de modo que no estuviera en el hotel por mucho tiempo y ni se le ocurriera encender la televisión. El muy ingenuo se habrá imaginado que, con todo lo encantadores que somos, nuestra pantalla chica sería un reflejo directo de la creatividad, el espíritu y la alegría puertorra. Cuál sería su sorpresa al enterarse que le tocaría unirse al clan de “Chevy”, “Bejuco”, “Beba” y “Cholón” en el reencuentro de Con lo que cuenta este país. Claro, como el “Luisma” es tonto...
Por eso nada más sería interesante saber qué pasaría si, de buenas a primeras, a las autoridades que nos gobiernan se les ocurriera “adecentar la televisión” de la misma forma que hizo el presidente ecuatoriano al cancelar el infame “show” de Laura Bozzo. Me encantaría saber cuál de nuestros hombres y mujeres de estado ordenaría la cancelación inmediata de “La Comay”. Pues aseguro que ninguno/a, por supuesto: nuestras célebres figuras de autoridad han desfilado, libre y voluntariamente, por ese esperpento de programa como un ejercicio obligado de relaciones públicas durante sus faenas electorales. Nadie tendría fuerza moral suficiente para convocar a la decencia.
Tampoco tendrían fuerza de cara para explicarle a Paco León que no, macho, que aquí no hay televisión local; que sólo quedan dos o tres programas que sobreviven a fuerza de voluntad; que tenemos cuatro noticieros (uno con fecha de expiración) y muchas, muchas latas. Sin embargo, quizás alguno o alguna propondría, como salvaguarda para nuestra industria televisiva, crear un espacio de trabajo para que el talentoso Paquillo pudiera entretenernos con su arte, ya que nos hemos sentido tan a gusto con su agradable presencia. En ese caso, solicito que venga de inmediato el presidente Correa para que nos salve del desmadre, antes de que a la senadora Evelyn Vázquez se le ocurra llamarlo “Porto Rican Kulture Television”, en honor a la enjundia mantecosa con la que han adobado al actor sevillano.
“Qué guay, tío”, diría Paco, encantadísimo, mientras Sonya Cortés le hace un “pa’ que te jaltes” que ni te cuento. Y yo me entierro vivo.
Cuando leo la nota publicada en El Nuevo Día sobre la inusitada acción de Correa, quien mandó cancelar de golpe y porrazo el programa de Laura Bozzo en el canal estatal de televisión TC por considerarlo “una porquería”, me da una gracia increíble. Pero no por el acto encomiable del presidente ecuatoriano, sino por otra razón más cercana: la insoportable ristra de homenajes, agasajos, sesiones extraordinarias y festejos afines, con motivo de la visita promocional del actor español Paco León.
Esta semana, los hombres y mujeres de estado –y, además, la Primera Dama de San Juan; qué bonita es ella—se han derramado en elogios para el talentoso sevillano, quien vino a la isla para promover su nueva película Dieta mediterránea, entre otros menesteres. Y aclaro para el récord, antes que me fusilen sus “fans”: no es que me moleste que homenajeen a Paco León, caray, con lo mucho que me hace reír el muy tonto. Desde hace muchos años es uno de mis actores favoritos, por su capacidad para actuar con naturalidad sin perder ni un ápice de su instinto teatral. De hecho, he seguido la carrera de León desde sus años oscuros, cuando casi nadie en Puerto Rico sabía de su existencia, y siempre me parecía que llegaría a ser muy reconocido tanto en su país –donde ya ha ganado importantes galardones—como a nivel internacional. Así que bien merecido tiene que le festejen.
Pero es que se me cae la cara de vergüenza ajena cuando veo a estos insignes hombres y mujeres de estado reírle las gracias a León con tanto entusiasmo. ¿Será que verdaderamente les encanta la tele española por sus valores de producción? ¿O porque los muy guarros se la pasan diciendo “jo’er” en sus programas como si tal cosa?
Es posible, pero esos son otros veinte pesos. Lo que sí me entristece es que, después de zarandearlo por todos lados para degustara las delicias de la manteca boricua, Paco se ha encantado con nosotros y dijo, con todos sus dientes sevillanos, que quiere trabajar en la isla. Yo me imagino que sus expresiones intentaron corresponder, de un modo amable, a todo el cariño que recibió de los boricuas y que encanta a todos nuestros visitantes. Pero igual me sospecho que sus anfitriones lo llevaron de aquí para allá de modo que no estuviera en el hotel por mucho tiempo y ni se le ocurriera encender la televisión. El muy ingenuo se habrá imaginado que, con todo lo encantadores que somos, nuestra pantalla chica sería un reflejo directo de la creatividad, el espíritu y la alegría puertorra. Cuál sería su sorpresa al enterarse que le tocaría unirse al clan de “Chevy”, “Bejuco”, “Beba” y “Cholón” en el reencuentro de Con lo que cuenta este país. Claro, como el “Luisma” es tonto...
Por eso nada más sería interesante saber qué pasaría si, de buenas a primeras, a las autoridades que nos gobiernan se les ocurriera “adecentar la televisión” de la misma forma que hizo el presidente ecuatoriano al cancelar el infame “show” de Laura Bozzo. Me encantaría saber cuál de nuestros hombres y mujeres de estado ordenaría la cancelación inmediata de “La Comay”. Pues aseguro que ninguno/a, por supuesto: nuestras célebres figuras de autoridad han desfilado, libre y voluntariamente, por ese esperpento de programa como un ejercicio obligado de relaciones públicas durante sus faenas electorales. Nadie tendría fuerza moral suficiente para convocar a la decencia.
Tampoco tendrían fuerza de cara para explicarle a Paco León que no, macho, que aquí no hay televisión local; que sólo quedan dos o tres programas que sobreviven a fuerza de voluntad; que tenemos cuatro noticieros (uno con fecha de expiración) y muchas, muchas latas. Sin embargo, quizás alguno o alguna propondría, como salvaguarda para nuestra industria televisiva, crear un espacio de trabajo para que el talentoso Paquillo pudiera entretenernos con su arte, ya que nos hemos sentido tan a gusto con su agradable presencia. En ese caso, solicito que venga de inmediato el presidente Correa para que nos salve del desmadre, antes de que a la senadora Evelyn Vázquez se le ocurra llamarlo “Porto Rican Kulture Television”, en honor a la enjundia mantecosa con la que han adobado al actor sevillano.
“Qué guay, tío”, diría Paco, encantadísimo, mientras Sonya Cortés le hace un “pa’ que te jaltes” que ni te cuento. Y yo me entierro vivo.
miércoles, 26 de agosto de 2009
Que llamen al Rey
Cada vez que intento olvidar una de las metidas de pata que ocurren a diario en este país, alguien se supera con otra mucho más estrepitosa que la anterior.
Hace un par de semanas se lució la senadora Evelyn Vázquez con su profundo comentario sobre el vínculo entre la depresión de las confinadas y su ropa interior. Bueno, de La Mujer Pirata que gustaba de bailar en tubos no puedo esperar mucho más. Su brillantez quedó más que demostrada al proponer el rescate de los galeones españoles para financiar los Juegos Centroamericanos mientras que, con su bembita de bombón, les llamó “b-r-u-t-o-s” a los dominicanos. No obstante, aún cuando la preocupación de esta futura prócer nace de un asunto relativamente justo, ¿por qué plantearlo de esa manera tan burda? Por Dios, no sé ni para qué me lo pregunto, si a ésta la dejó Maripily calentándole la silla en lo que regresa de su luna de miel.
En medio de todo ese reguero –o quizá velando güira por falta de pantis—se monta en la ola un tal Yamil Gorritz, quien llegó a la isla con su entourage de “modelos exóticas” (en realidad, dos pobrecitas descuajadas) para anunciar, con bombos y platillos, su rotundo éxito como empresario pornográfico. Para los que nacieron ayer, este imbécil con pinta de chulo fue el protagonista de aquel infame vídeo triple X que protagonizó una joven que pudo ser una cantante muy exitosa, pues herencia le sobra. ¿Y a santo de qué viene éste, con su séquito de putones de cuarta, a promover una “lucrativa empresa” que emprendió cuando nadie quiso –según él—darle paso como artista? Bueno, es que la verdad es hija de Dios: si no te dan el “break”, es que no lo hay. No obstante, lo más patético no es que éste venga a hacer alarde de sus “negocios”: lo peor es que habla y habla como cotorra en pase de perico a cuanto medio de comunicación le cruce por delante. Que ni a Culson con su medalla de plata le han dado tanto despliegue periodístico. Y no me sorprende: en este país a cualquier trapo le llaman frisa.
Cuando por fin todo parece calmarse, salta a la picota pública el escarceo que ha formado la “ex tenedora” de la franquicia local de Miss Universe tras el desempeño de Mayra Matos en el concurso celebrando en Bahamas. (Pausa para suspirar profundo.) En realidad, repetir las tonterías que ha dicho esta señora es, sencillamente, gastar espacio vital, así que ni pienso hacerlo. Pero igual no deja de sorprenderme la habilidad que ha tenido este estuche de monerías para retorcer verdades y acomodarlas de una manera tan falsa como los implantes de sus candidatas –excepto Mayra que, les aseguro, lo que tiene es de fábrica. Como he comentado a quienes me preguntan sobre el tema, pienso que hay que tener piedad y compasión de ese ser humano. Y de ella, pobre infeliz, no espero más porque es imposible. Sobre todo cuando recuerdo que fue ella, precisamente, la misma criatura que me ofreció un acuerdo de intercambios de recorte en su salón de belleza con tal que le escribiera un guión para una historia televisiva. A mí, que soy calvo. Nada más con el testigo.
Entonces, justo cuando el inodoro tapado amenaza con desbordar, se desmanda sobre él como un becerro sin campana ese exquisito personaje llamado Jaime González Goenaga. Vaya usted a saber, como decía mi abuela, qué pata puso ese huevo, porque ni su santo ni su seña eran conocidos hasta que empezó a sonar el desmadre. Según los vídeos posteados en YouTube y difundidos ampliamente por la prensa nacional, el tal empresario se despachó con la cuchara grande en un arranque de grosería –provocada, según él, por un “mal rato” que había pasado antes. Por la alegada incomodidad sufrida, este esperpento abrió la boca y sí que metió las cuatro, junto con el hocico, al insinuar que los menos afortunados podrían acercarse al proyecto Riviera del Caribe para que aprendan cómo viven los ricos. Y habló de “limbers” de cincuenta centavos, de aspirar a la riqueza a través de la Loto, habló y habló y habló de tantas imbecilidades que, bueno, mejor ni contarlas.
Mi mamá, que es una mujer muy sabia, siempre dice que “tan culpable es el que mata la vaca como el que le amarra las patas”. Y en este caso, el debate entre los que acuchillan a la res y los que se ofrecen para llevarla al matadero está prácticamente parejo. Porque, según ha habido desatinos tan espantosos, de igual forma ha habido tontos que observan, al parecer sin sangre en las venas. Éste es el denominador común de estas historias increíbles: frente a la insensatez y la torpeza, existe foro. Porque mire usted qué mucha tinta de prensa y espacio cibernético han generado estos injertos humanos y, por lo visto, el asunto va para largo.
Es por eso que, humildemente, me atrevo a proponer una solución parcial ante las autoridades públicas o, por lo menos, a las que tengan que ver con el respeto al decoro y las buenas costumbres. Con tal de que el barullo se aquiete y, por lo menos, tengamos algún respiro de paz –hasta que la próxima tormenta o el próximo brote cochino nos ponga a correr en busca de salchichas y hand sanitizer—suplico que, en nombre de la prudencia, un alma noble se comprometa a llamar al Rey Juan Carlos de España para que organice un golpe de estado y nos gobierne. Así es que, a mi juicio, se detendría esta ola de insensateces de una buena vez, cuando el Bourbón los mire con su cara de mangó verde y les grite a todos, uno por uno: “¿Por qué no te callas?”
Sería bueno. Aunque fuera no más por un ratito.
Hace un par de semanas se lució la senadora Evelyn Vázquez con su profundo comentario sobre el vínculo entre la depresión de las confinadas y su ropa interior. Bueno, de La Mujer Pirata que gustaba de bailar en tubos no puedo esperar mucho más. Su brillantez quedó más que demostrada al proponer el rescate de los galeones españoles para financiar los Juegos Centroamericanos mientras que, con su bembita de bombón, les llamó “b-r-u-t-o-s” a los dominicanos. No obstante, aún cuando la preocupación de esta futura prócer nace de un asunto relativamente justo, ¿por qué plantearlo de esa manera tan burda? Por Dios, no sé ni para qué me lo pregunto, si a ésta la dejó Maripily calentándole la silla en lo que regresa de su luna de miel.
En medio de todo ese reguero –o quizá velando güira por falta de pantis—se monta en la ola un tal Yamil Gorritz, quien llegó a la isla con su entourage de “modelos exóticas” (en realidad, dos pobrecitas descuajadas) para anunciar, con bombos y platillos, su rotundo éxito como empresario pornográfico. Para los que nacieron ayer, este imbécil con pinta de chulo fue el protagonista de aquel infame vídeo triple X que protagonizó una joven que pudo ser una cantante muy exitosa, pues herencia le sobra. ¿Y a santo de qué viene éste, con su séquito de putones de cuarta, a promover una “lucrativa empresa” que emprendió cuando nadie quiso –según él—darle paso como artista? Bueno, es que la verdad es hija de Dios: si no te dan el “break”, es que no lo hay. No obstante, lo más patético no es que éste venga a hacer alarde de sus “negocios”: lo peor es que habla y habla como cotorra en pase de perico a cuanto medio de comunicación le cruce por delante. Que ni a Culson con su medalla de plata le han dado tanto despliegue periodístico. Y no me sorprende: en este país a cualquier trapo le llaman frisa.
Cuando por fin todo parece calmarse, salta a la picota pública el escarceo que ha formado la “ex tenedora” de la franquicia local de Miss Universe tras el desempeño de Mayra Matos en el concurso celebrando en Bahamas. (Pausa para suspirar profundo.) En realidad, repetir las tonterías que ha dicho esta señora es, sencillamente, gastar espacio vital, así que ni pienso hacerlo. Pero igual no deja de sorprenderme la habilidad que ha tenido este estuche de monerías para retorcer verdades y acomodarlas de una manera tan falsa como los implantes de sus candidatas –excepto Mayra que, les aseguro, lo que tiene es de fábrica. Como he comentado a quienes me preguntan sobre el tema, pienso que hay que tener piedad y compasión de ese ser humano. Y de ella, pobre infeliz, no espero más porque es imposible. Sobre todo cuando recuerdo que fue ella, precisamente, la misma criatura que me ofreció un acuerdo de intercambios de recorte en su salón de belleza con tal que le escribiera un guión para una historia televisiva. A mí, que soy calvo. Nada más con el testigo.
Entonces, justo cuando el inodoro tapado amenaza con desbordar, se desmanda sobre él como un becerro sin campana ese exquisito personaje llamado Jaime González Goenaga. Vaya usted a saber, como decía mi abuela, qué pata puso ese huevo, porque ni su santo ni su seña eran conocidos hasta que empezó a sonar el desmadre. Según los vídeos posteados en YouTube y difundidos ampliamente por la prensa nacional, el tal empresario se despachó con la cuchara grande en un arranque de grosería –provocada, según él, por un “mal rato” que había pasado antes. Por la alegada incomodidad sufrida, este esperpento abrió la boca y sí que metió las cuatro, junto con el hocico, al insinuar que los menos afortunados podrían acercarse al proyecto Riviera del Caribe para que aprendan cómo viven los ricos. Y habló de “limbers” de cincuenta centavos, de aspirar a la riqueza a través de la Loto, habló y habló y habló de tantas imbecilidades que, bueno, mejor ni contarlas.
Mi mamá, que es una mujer muy sabia, siempre dice que “tan culpable es el que mata la vaca como el que le amarra las patas”. Y en este caso, el debate entre los que acuchillan a la res y los que se ofrecen para llevarla al matadero está prácticamente parejo. Porque, según ha habido desatinos tan espantosos, de igual forma ha habido tontos que observan, al parecer sin sangre en las venas. Éste es el denominador común de estas historias increíbles: frente a la insensatez y la torpeza, existe foro. Porque mire usted qué mucha tinta de prensa y espacio cibernético han generado estos injertos humanos y, por lo visto, el asunto va para largo.
Es por eso que, humildemente, me atrevo a proponer una solución parcial ante las autoridades públicas o, por lo menos, a las que tengan que ver con el respeto al decoro y las buenas costumbres. Con tal de que el barullo se aquiete y, por lo menos, tengamos algún respiro de paz –hasta que la próxima tormenta o el próximo brote cochino nos ponga a correr en busca de salchichas y hand sanitizer—suplico que, en nombre de la prudencia, un alma noble se comprometa a llamar al Rey Juan Carlos de España para que organice un golpe de estado y nos gobierne. Así es que, a mi juicio, se detendría esta ola de insensateces de una buena vez, cuando el Bourbón los mire con su cara de mangó verde y les grite a todos, uno por uno: “¿Por qué no te callas?”
Sería bueno. Aunque fuera no más por un ratito.
lunes, 20 de julio de 2009
Saludos, saludos
No, no es que me adelante a las navidades: es que me anticipo a la gripe.
Para empezar, escribo con máscara. Yo no sé si el programa antivirus de la computadora será suficiente para protegerme. Me tildarán de exagerado, pero más vale cobarde vivo. Si antes le tenía terror a los estornudos en público, ahora ni me los quiero imaginar. Pero la penuria ha sido larga y difícil, porque esto de llevarse bien con una gripe insidiosa no es cáscara de coco.
En realidad exagero y con razón. Honro mi puertorriqueñismo diciendo que esto es el acabose, que aquí no nos salva ni el médico chino y que estamos a dos curvitas del Apocalipsis. Claro, hay que decretar así, con grandiosidad. No se puede dormir en las pajas diciendo que ésas son boberías, ni que el virusito ése se lo inventaron en un laboratorio para que una farmacéutica se forrara de chavos, no. Esto es castigo divino, punto y se acabó.
Según mi herencia boricua, también soy algo hipocondríaco. Y tan pronto como empezaron a sonar los tiros, me picó la garganta. Cuando prendí la televisión y vi la cara de mangó verde que traía el doctor Rullán en la conferencia de prensa, sentí el primer retortijón de tripas. Tres segundos más tarde repasé mi vida en las pasadas 48 horas. ¿Dónde estuve? ¿A quién toqué? ¿A quién besé? ¿En dónde pagué? ¿Qué hice con el cambio? ¿Me toqué la nariz? ¿Me comí las uñas? ¿Me rasqué la calva?
Aunque la piquiña resultó ser alergia y el malestar estomacal se me alivió con un palo de Pepto-Bismol, no bajé la guardia. Me raspé los tres noticieros principales y leí todas las páginas de la Internet con información local. Continué mi repaso minucioso de acciones y reacciones: ¿Con quién hablé? ¿Dónde me senté? ¿Quién se sentó antes que yo? ¿Qué hice cuando me paré? Entonces fue que descubrí mi pecado: saludé a alguien con besos y abrazos. Ahora sí: estoy jodido.
Ahí fue que empezaron a llegar los mensajes. De todas partes. Alguien escribió las “tablas de la ley” –en realidad, un e-mail de esos de cadena— y la regó como un estornudo. En el documento de marras, se explica con mocos, toses y otras señales el cómo, cuándo, dónde y por qué de esta gripe de los demonios.
Y ahí, justo en el punto número 8, se documenta mi desgracia:
P: ¿Cuál es la forma como entra el virus al cuerpo?
R: Por contacto al darse la mano o besarse en la mejilla y por la nariz, boca y ojos.
Tooooomaaaaaa, Jorgito. Bueno que te pase, por besucón. Es que nadie ha dicho que estar ahí pegado como lapa, demostrándole cariño a la gente, es una buena forma de demostrar la amistad. Aprende de los chinos: ellos no se saludan de mano. Se hacen reverencias de lejitos. Y podrán morir de cualquier otra cosa, menos de esta porquería. Por eso es que han tenido tiempo para fabricar tanta ropa, aparatos, utensilios. No andan por ahí embracetados como los boricuas, que hasta para el baño cargamos con la familia.
Entonces, que el espíritu de Bruce Lee te ampare de toda enfermedad, y practica el saludo saludo, vengo a saludal/como los chinitos/me voy a inclinal. Manita con manita y reverencia. No está nada mal; se ve distinguido, sobrio, hasta algo chic. Si Carla Bruni lo pusiera de moda y apareciera publicado en Hola o en Vanidades, de pronto las chicas culifruncidas que aparecen en las páginas sociales del periódico serían unas generalas de cinco estrellas. Y ni hablar de los caballeros: nada de apretones trogloditas ni ese nuevo esperpento de saludo-con-la-mano-derecha-abrazo-con-la-izquierda-y-chocamos-los hombros… ¿Qué reguero es ése? No no no, hay que imitar a los orientales: distancia y categoría.
Pero todavía no entiendo: si estoy así, de lo más precavido saludando en plan Dalai Lama, y de pronto me da por estornudar, ¿qué hago? ¿Continúo la reverencia con las manos en la cara? ¿Me volteo para el otro lado y salgo corriendo?
Ay no, esto es muy complicado. Mejor paso por antipático y le doy derecha a todo el que me quiera estrechar la mano. Total, ya mismo llegan los cuatro jinetes a repartir fuetazos y a empezar el juicio. No nos salva ni el cloro.
Para empezar, escribo con máscara. Yo no sé si el programa antivirus de la computadora será suficiente para protegerme. Me tildarán de exagerado, pero más vale cobarde vivo. Si antes le tenía terror a los estornudos en público, ahora ni me los quiero imaginar. Pero la penuria ha sido larga y difícil, porque esto de llevarse bien con una gripe insidiosa no es cáscara de coco.
En realidad exagero y con razón. Honro mi puertorriqueñismo diciendo que esto es el acabose, que aquí no nos salva ni el médico chino y que estamos a dos curvitas del Apocalipsis. Claro, hay que decretar así, con grandiosidad. No se puede dormir en las pajas diciendo que ésas son boberías, ni que el virusito ése se lo inventaron en un laboratorio para que una farmacéutica se forrara de chavos, no. Esto es castigo divino, punto y se acabó.
Según mi herencia boricua, también soy algo hipocondríaco. Y tan pronto como empezaron a sonar los tiros, me picó la garganta. Cuando prendí la televisión y vi la cara de mangó verde que traía el doctor Rullán en la conferencia de prensa, sentí el primer retortijón de tripas. Tres segundos más tarde repasé mi vida en las pasadas 48 horas. ¿Dónde estuve? ¿A quién toqué? ¿A quién besé? ¿En dónde pagué? ¿Qué hice con el cambio? ¿Me toqué la nariz? ¿Me comí las uñas? ¿Me rasqué la calva?
Aunque la piquiña resultó ser alergia y el malestar estomacal se me alivió con un palo de Pepto-Bismol, no bajé la guardia. Me raspé los tres noticieros principales y leí todas las páginas de la Internet con información local. Continué mi repaso minucioso de acciones y reacciones: ¿Con quién hablé? ¿Dónde me senté? ¿Quién se sentó antes que yo? ¿Qué hice cuando me paré? Entonces fue que descubrí mi pecado: saludé a alguien con besos y abrazos. Ahora sí: estoy jodido.
Ahí fue que empezaron a llegar los mensajes. De todas partes. Alguien escribió las “tablas de la ley” –en realidad, un e-mail de esos de cadena— y la regó como un estornudo. En el documento de marras, se explica con mocos, toses y otras señales el cómo, cuándo, dónde y por qué de esta gripe de los demonios.
Y ahí, justo en el punto número 8, se documenta mi desgracia:
P: ¿Cuál es la forma como entra el virus al cuerpo?
R: Por contacto al darse la mano o besarse en la mejilla y por la nariz, boca y ojos.
Tooooomaaaaaa, Jorgito. Bueno que te pase, por besucón. Es que nadie ha dicho que estar ahí pegado como lapa, demostrándole cariño a la gente, es una buena forma de demostrar la amistad. Aprende de los chinos: ellos no se saludan de mano. Se hacen reverencias de lejitos. Y podrán morir de cualquier otra cosa, menos de esta porquería. Por eso es que han tenido tiempo para fabricar tanta ropa, aparatos, utensilios. No andan por ahí embracetados como los boricuas, que hasta para el baño cargamos con la familia.
Entonces, que el espíritu de Bruce Lee te ampare de toda enfermedad, y practica el saludo saludo, vengo a saludal/como los chinitos/me voy a inclinal. Manita con manita y reverencia. No está nada mal; se ve distinguido, sobrio, hasta algo chic. Si Carla Bruni lo pusiera de moda y apareciera publicado en Hola o en Vanidades, de pronto las chicas culifruncidas que aparecen en las páginas sociales del periódico serían unas generalas de cinco estrellas. Y ni hablar de los caballeros: nada de apretones trogloditas ni ese nuevo esperpento de saludo-con-la-mano-derecha-abrazo-con-la-izquierda-y-chocamos-los hombros… ¿Qué reguero es ése? No no no, hay que imitar a los orientales: distancia y categoría.
Pero todavía no entiendo: si estoy así, de lo más precavido saludando en plan Dalai Lama, y de pronto me da por estornudar, ¿qué hago? ¿Continúo la reverencia con las manos en la cara? ¿Me volteo para el otro lado y salgo corriendo?
Ay no, esto es muy complicado. Mejor paso por antipático y le doy derecha a todo el que me quiera estrechar la mano. Total, ya mismo llegan los cuatro jinetes a repartir fuetazos y a empezar el juicio. No nos salva ni el cloro.
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miércoles, 15 de julio de 2009
Desafiando a los genios
Ayer tenía cita con el cardiólogo. Si no me morí del infarto, es porque todavía no me toca.
Me refiero a la prueba:
MARTES, 1:45 p.m. – Con la certeza de que el consultorio del médico queda a escasos diez minutos de mi casa, salí a las dos menos cuarto. Pero cuál no sería mi sorpresa al encontrarme que, en el expreso, había un tapón de los veinte mil infiernos. Dos carriles atacuñados de carros que no se movían, y yo era el último en la cola (hasta que aparecieron 18 millones de automóviles detrás de mí).
Para adelantarme entre entre el tapón, hice más maromas que un cirquero: me metí por el paseo, cortándole a los 38 mil camiones que discurrían por el carril derecho. La amenaza de los drones anaranjados se hizo realidad a la altura del primer puente, así que tuve que meterme a la línea de tránsito tradicional a puros empujones. La señora de moño y espejuelos que igualmente se colaba a mi derecha, montada en un Toyota verde, me miraba con cara amenazante. Por supuesto, el cristal de su auto tenía una pegatina que la respaldaba: “CUIDADO: Este vehículo le pertenece a Cristo”. Y yo me encomendé a Moisés: dejé a la doña atrás cuando el mar Muerto de chatarra se abrió para cederle el paso a una ambulancia. Lero lero.
Media hora después, descubrí la causa. Unos eficientes empleados del Departamento de Transportación y Obras Públicas decidieron remover un pedacito de carretera que no cubría ni diez metros. Cuando pasé por el área cercada, sólo había dos personas trabajando, y una brigada de diez o doce observaba y chisteaba (para variar), sin importarles el maremágnum que se desataba a su alrededor. Admito que, al verlos, aplaudí con delirio: así se hacen las cosas en este país, con diligencia y buen sentido.
EL MISMO DÍA, 6:02 p.m. – Con la presión arterial en su sitio y buenas nuevas del médico, me senté a ver las noticias. El tema de las vistas de confirmación de Sonia Sotomayor al Tribunal Supremo de los Estados Unidos ya no era tan importante: ahora estamos de alarma por una muerte asociada al infame virus AH1N1. Las caras largas de los miembros del equipo de gobierno evidenciaban preocupación, y el Gobernador Fortuño anunciaba cifras que, de pronto, se convertían en una absoluta sorpresa. Casi 300 casos bajo sospecha, y 35 confirmados. El contagio se da ahora de persona a persona, lo que nos expone a todos y todas en cada renglón de la vida cotidiana.
De pronto, toooodo el mundo se acordó que existía la gripe de los demonios. Unas semanas antes, se había alborotado el gallinero por el primer –y al parecer, único—caso sospechoso; un hombre que había regresado de un viaje en crucero y que vive en Ponce. Recuerdo que, en esos días, me tocaba cita con la ortodoncista y, antes de pasar a la revisión, la amable muchacha me pidió que entrara al baño a desinfectarme. La paranoia colectiva arrasaba con todo lo que pudiera servir como germicida. Besar a un amigo/a era un intento de suicidio. Entrar a un baño público era un absoluto desafío a la sensatez.
¿Y qué pasó? Todo el mundo bajó la guardia. Verano pa’ quí, jaleo pa’llá, que la pelea de Cotto, que la noche de San Juan… ¿Y la gripe? Bien, gracias. Nos olvidamos del jelengue porque, en realidad, pasó a último plano. Y de pronto, el monstruo resucita, cobrando vidas como una seria amenaza. Al ver la noticia, vuelvo a aplaudir: de verdad que, cuando mi gente se quiere botar, se bota.
EL MISMO DÍA, 11:16 p.m. – Después de reirme un rato con el mano a mano entre Magdalena La Pelúa y Yolandita La Mala, reiteré el malsano placer de las noticias locales. Los refritos del principio no me perturbaron; ya sabía la historia de la gripe y toda la alarma. Entonces, anuncian las notas policíacas, y salto del asiento. Resulta que, a plena luz del día, un hombre con la sangre alcoholizada perdió el control de su vehículo y fue a parar al mismo medio de la laguna San José, en Condado. El individuo –a quien de seguro se le espantó la borrachera y, de paso, el ángel de la guarda—pudo salir ileso del percance aunque, según el reporte noticioso, “remover el vehículo del lugar del accidente no fue tarea fácil”.
Regreso al punto de partida, porque en algún sitio me perdí. Vamos a ver si entiendo: un hombre anda por la calle con 0.15 por ciento de alcohol en la sangre cuando los ciudadanos normales y corrientes estamos en las faenas del diario vivir. (O, como en mi caso, estamos atrapados en un tapón, tratando de llegar a la oficina del cardiólogo). Entonces, atontado por la embriaguez, le entra el espíritu de Acuamán y decide volar por encima del puente Dos Hermanos para lanzarse al agua en busca del galeón que ayudará a financiar los Juegos Centroamericanos. Es posible. ¿O sería que la juma le provocó tanto calor que, por sus pantalones, decidió zambullirse a nadar y, de paso, lavar la guagua?
No, no, si es que hasta me puse de pie para ovacionar la hazaña.
Al final del día comprendí una verdad extraordinaria: la genialidad boricua no tiene parangón. No hay quién nos ponga un pie al frente en eso de ser los mejores. Porque lo somos, en lo bueno. Y en lo malo, ni hablar. Cada día nos botamos más en eso de hacernos únicos, perfectos, insustituíbles.
El desafío, en todo caso, es adivinar qué ocurrirá mañana que sea más cabrón que lo que pasó ayer.
Me refiero a la prueba:
MARTES, 1:45 p.m. – Con la certeza de que el consultorio del médico queda a escasos diez minutos de mi casa, salí a las dos menos cuarto. Pero cuál no sería mi sorpresa al encontrarme que, en el expreso, había un tapón de los veinte mil infiernos. Dos carriles atacuñados de carros que no se movían, y yo era el último en la cola (hasta que aparecieron 18 millones de automóviles detrás de mí).
Para adelantarme entre entre el tapón, hice más maromas que un cirquero: me metí por el paseo, cortándole a los 38 mil camiones que discurrían por el carril derecho. La amenaza de los drones anaranjados se hizo realidad a la altura del primer puente, así que tuve que meterme a la línea de tránsito tradicional a puros empujones. La señora de moño y espejuelos que igualmente se colaba a mi derecha, montada en un Toyota verde, me miraba con cara amenazante. Por supuesto, el cristal de su auto tenía una pegatina que la respaldaba: “CUIDADO: Este vehículo le pertenece a Cristo”. Y yo me encomendé a Moisés: dejé a la doña atrás cuando el mar Muerto de chatarra se abrió para cederle el paso a una ambulancia. Lero lero.
Media hora después, descubrí la causa. Unos eficientes empleados del Departamento de Transportación y Obras Públicas decidieron remover un pedacito de carretera que no cubría ni diez metros. Cuando pasé por el área cercada, sólo había dos personas trabajando, y una brigada de diez o doce observaba y chisteaba (para variar), sin importarles el maremágnum que se desataba a su alrededor. Admito que, al verlos, aplaudí con delirio: así se hacen las cosas en este país, con diligencia y buen sentido.
EL MISMO DÍA, 6:02 p.m. – Con la presión arterial en su sitio y buenas nuevas del médico, me senté a ver las noticias. El tema de las vistas de confirmación de Sonia Sotomayor al Tribunal Supremo de los Estados Unidos ya no era tan importante: ahora estamos de alarma por una muerte asociada al infame virus AH1N1. Las caras largas de los miembros del equipo de gobierno evidenciaban preocupación, y el Gobernador Fortuño anunciaba cifras que, de pronto, se convertían en una absoluta sorpresa. Casi 300 casos bajo sospecha, y 35 confirmados. El contagio se da ahora de persona a persona, lo que nos expone a todos y todas en cada renglón de la vida cotidiana.
De pronto, toooodo el mundo se acordó que existía la gripe de los demonios. Unas semanas antes, se había alborotado el gallinero por el primer –y al parecer, único—caso sospechoso; un hombre que había regresado de un viaje en crucero y que vive en Ponce. Recuerdo que, en esos días, me tocaba cita con la ortodoncista y, antes de pasar a la revisión, la amable muchacha me pidió que entrara al baño a desinfectarme. La paranoia colectiva arrasaba con todo lo que pudiera servir como germicida. Besar a un amigo/a era un intento de suicidio. Entrar a un baño público era un absoluto desafío a la sensatez.
¿Y qué pasó? Todo el mundo bajó la guardia. Verano pa’ quí, jaleo pa’llá, que la pelea de Cotto, que la noche de San Juan… ¿Y la gripe? Bien, gracias. Nos olvidamos del jelengue porque, en realidad, pasó a último plano. Y de pronto, el monstruo resucita, cobrando vidas como una seria amenaza. Al ver la noticia, vuelvo a aplaudir: de verdad que, cuando mi gente se quiere botar, se bota.
EL MISMO DÍA, 11:16 p.m. – Después de reirme un rato con el mano a mano entre Magdalena La Pelúa y Yolandita La Mala, reiteré el malsano placer de las noticias locales. Los refritos del principio no me perturbaron; ya sabía la historia de la gripe y toda la alarma. Entonces, anuncian las notas policíacas, y salto del asiento. Resulta que, a plena luz del día, un hombre con la sangre alcoholizada perdió el control de su vehículo y fue a parar al mismo medio de la laguna San José, en Condado. El individuo –a quien de seguro se le espantó la borrachera y, de paso, el ángel de la guarda—pudo salir ileso del percance aunque, según el reporte noticioso, “remover el vehículo del lugar del accidente no fue tarea fácil”.
Regreso al punto de partida, porque en algún sitio me perdí. Vamos a ver si entiendo: un hombre anda por la calle con 0.15 por ciento de alcohol en la sangre cuando los ciudadanos normales y corrientes estamos en las faenas del diario vivir. (O, como en mi caso, estamos atrapados en un tapón, tratando de llegar a la oficina del cardiólogo). Entonces, atontado por la embriaguez, le entra el espíritu de Acuamán y decide volar por encima del puente Dos Hermanos para lanzarse al agua en busca del galeón que ayudará a financiar los Juegos Centroamericanos. Es posible. ¿O sería que la juma le provocó tanto calor que, por sus pantalones, decidió zambullirse a nadar y, de paso, lavar la guagua?
No, no, si es que hasta me puse de pie para ovacionar la hazaña.
Al final del día comprendí una verdad extraordinaria: la genialidad boricua no tiene parangón. No hay quién nos ponga un pie al frente en eso de ser los mejores. Porque lo somos, en lo bueno. Y en lo malo, ni hablar. Cada día nos botamos más en eso de hacernos únicos, perfectos, insustituíbles.
El desafío, en todo caso, es adivinar qué ocurrirá mañana que sea más cabrón que lo que pasó ayer.
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Traje típico
Para Joey, porque me lo pediste.
Hubo una encuesta; lo sé porque yo la vi.
En realidad, no fue una encuesta-encuesta: simplemente, la periodista Patricia Vargas de El Nuevo Día lanzó una pregunta, justo después de comentar en su nota que la nueva Miss Universe Puerto Rico no tenía traje típico. Según la nota de Vargas, la jovencita que nos representará en el concurso de marras no tiene el susodicho atuendo –que representaría el verdor de El Yunque—porque sus nuevos directores (en honor al cambio de gobierno) descartaron las ideas de la pasada administración.
Entonces, con un airecillo inocente (“sin querer queriendo”), la periodista cerró el escrito con un comentario así, como tan al aire… “Se aceptan sugerencias”.
Ay madre.
Mi abuela siempre decía que al pájaro ponzoñoso Dios no le da alas. Y en este país que la gente tiene demasiado tiempo libre –más aún con la crisis ésta del desempleo—era un deleite leer los comentarios cibernéticos respondiendo a la petición de Vargas. He aquí algunas sugerencias, de las más ingeniosas:
• De jibarita (con un vestido blanco, muchas flores, collares, etc.)
• De india taína (“fresca, libre, sensual, independiente e interesante”…)
• Del Morro (pintada de marrón, con una garita en la cabeza)
• De deambulante (con todo lo que ha tenido que pasar para recoger el dinero de su participación)
• De Sonia Sotomayor (bueno, los cibernautas la llamaron “Sonia, La Diosa de la Justicia)
• De marrayo (también pintada de marrón, emulando al típico dulce a base de coco, y a las subsiguientes consecuencias intestinales)
Pero el cuento no para ahí: decidí rebuscar en esos foros oscuros donde los “missólogos” se dedican a investigar, indagar y hasta ordenar las estrategias para manejar a las reinas de belleza. Ahí descubrí otro grupete de sugerencias; he aquí algunas:
• De negra (bueno, en realidad, decía algo así como que “reflejara la herencia de nuestros ancestros esclavos”… WTF!)
• De coquí (“están de moda”, decía el mensaje)
• De desempleada (a tono con los despidos del gobierno)
• De bandera de Puerto Rico (con el azul en dos tonos, según la nueva “controversia”)
• De iPod (bueno, eso lo dijo uno que le importa torta de qué se vista la muchacha)
Si vamos a hablar con sinceridad, el asuntillo de los trajes típicos siempre me ha parecido una estupidez. No sé qué se gana con ese embeleco de vestir a la pobre chica de mamarracho: a algún diseñador se le ocurre un tema folclórico y, de pronto, la muchacha tiene que cargar con un embeleco que le puede costar una intervención en el punto de seguridad del aeropuerto. Pero, aún en este siglo, todavía hay quienes convierten este tema en un asunto de discusión nacional.
Honestamente, yo me reí bastante con el que sugirió el iPod –porque de pronto es el artefacto nacional boricua. Entre eso, el Wii y el PSP, no hay nada que represente mejor a la juventud puertorra, que carga con esos artefactos como reflejo digno de su déficit de atención. Sin embargo, hay que admitir que es un poco cruel, aparte de que no creo que la muchacha consiga el endoso de los manufactureros de estos esperpentos que idiotizan.
Pero sí pienso que, en la era del reciclaje, podríamos considerar opciones más interesantes. He aquí mis sugerencias:
• De Perla del Caribe: Ya sé, Marisol plantó bandera con ese elemento. Sería cuestión de reciclarlo: buscar la almeja de cartón, echarle un par de potes de escarcha y listo.
• De IVU: Ah-ah. Sería muy antipático.
• De Tapón: ¿Habrá algo más típico que un tapón boricua? Los vemos por todos lados, son parte de nuestra idiosincrasia y nos representan como pueblo. El éxito está asegurado.
• De Primera Dama: Si al menos fuera Marge Simpson, sería divertido.
• De Piñones: Sumergida en un baño de aceite usado, la Miss colgaría de su cuerpo ristras de bacalaitos, empanadillas, alcapurrias y rellenos. En la cabeza, llevaría una bombilla –obviamente, una fritura sin bombilla es como un jardín sin flores.
Sin embargo, pienso que todos estos elementos quedarían atrás si se considerara uno que representara a la verdadera mujer boricua, ésa que engalana las calles de nuestras plazas y centros comerciales, y ejecuta con destreza su labor de proveedora de bienes para su familia. Pienso que su vestido típico sería sencillísimo: camiseta de Tweety o Betty Boop, pantalones tipo “leggins” –preferiblemente blancos, translúcidos y desgastados—uñas largas con diseñitos, en honor a una de nuestras próceres más ilustres, Ivy Queen “La Caballota”.
También llevaría un celular colgado del cuello, metido en un simulacro plástico que se asemeja a esos horribles zapatos “crocs” de colores. O tal vez tendría una de esas “cucarachas” –en realidad, aparatos de comunicación Bluetooth—colgando de alguna oreja. Por supuesto, cargaría en su mano la bolsa de Pitusa, llena de productos típicos del país: Lestoil, Ajax, Fabuloso y Clorox.
Y para completar el tropical atuendo, nuestra digna soberana se coronaría de gloria luciendo en su cabecita el peinado oficial de nuestras hermosas mujeres boricuas: El Dubi.
Apunta Desirée, que esta idea es “de grati”.
Hubo una encuesta; lo sé porque yo la vi.
En realidad, no fue una encuesta-encuesta: simplemente, la periodista Patricia Vargas de El Nuevo Día lanzó una pregunta, justo después de comentar en su nota que la nueva Miss Universe Puerto Rico no tenía traje típico. Según la nota de Vargas, la jovencita que nos representará en el concurso de marras no tiene el susodicho atuendo –que representaría el verdor de El Yunque—porque sus nuevos directores (en honor al cambio de gobierno) descartaron las ideas de la pasada administración.
Entonces, con un airecillo inocente (“sin querer queriendo”), la periodista cerró el escrito con un comentario así, como tan al aire… “Se aceptan sugerencias”.
Ay madre.
Mi abuela siempre decía que al pájaro ponzoñoso Dios no le da alas. Y en este país que la gente tiene demasiado tiempo libre –más aún con la crisis ésta del desempleo—era un deleite leer los comentarios cibernéticos respondiendo a la petición de Vargas. He aquí algunas sugerencias, de las más ingeniosas:
• De jibarita (con un vestido blanco, muchas flores, collares, etc.)
• De india taína (“fresca, libre, sensual, independiente e interesante”…)
• Del Morro (pintada de marrón, con una garita en la cabeza)
• De deambulante (con todo lo que ha tenido que pasar para recoger el dinero de su participación)
• De Sonia Sotomayor (bueno, los cibernautas la llamaron “Sonia, La Diosa de la Justicia)
• De marrayo (también pintada de marrón, emulando al típico dulce a base de coco, y a las subsiguientes consecuencias intestinales)
Pero el cuento no para ahí: decidí rebuscar en esos foros oscuros donde los “missólogos” se dedican a investigar, indagar y hasta ordenar las estrategias para manejar a las reinas de belleza. Ahí descubrí otro grupete de sugerencias; he aquí algunas:
• De negra (bueno, en realidad, decía algo así como que “reflejara la herencia de nuestros ancestros esclavos”… WTF!)
• De coquí (“están de moda”, decía el mensaje)
• De desempleada (a tono con los despidos del gobierno)
• De bandera de Puerto Rico (con el azul en dos tonos, según la nueva “controversia”)
• De iPod (bueno, eso lo dijo uno que le importa torta de qué se vista la muchacha)
Si vamos a hablar con sinceridad, el asuntillo de los trajes típicos siempre me ha parecido una estupidez. No sé qué se gana con ese embeleco de vestir a la pobre chica de mamarracho: a algún diseñador se le ocurre un tema folclórico y, de pronto, la muchacha tiene que cargar con un embeleco que le puede costar una intervención en el punto de seguridad del aeropuerto. Pero, aún en este siglo, todavía hay quienes convierten este tema en un asunto de discusión nacional.
Honestamente, yo me reí bastante con el que sugirió el iPod –porque de pronto es el artefacto nacional boricua. Entre eso, el Wii y el PSP, no hay nada que represente mejor a la juventud puertorra, que carga con esos artefactos como reflejo digno de su déficit de atención. Sin embargo, hay que admitir que es un poco cruel, aparte de que no creo que la muchacha consiga el endoso de los manufactureros de estos esperpentos que idiotizan.
Pero sí pienso que, en la era del reciclaje, podríamos considerar opciones más interesantes. He aquí mis sugerencias:
• De Perla del Caribe: Ya sé, Marisol plantó bandera con ese elemento. Sería cuestión de reciclarlo: buscar la almeja de cartón, echarle un par de potes de escarcha y listo.
• De IVU: Ah-ah. Sería muy antipático.
• De Tapón: ¿Habrá algo más típico que un tapón boricua? Los vemos por todos lados, son parte de nuestra idiosincrasia y nos representan como pueblo. El éxito está asegurado.
• De Primera Dama: Si al menos fuera Marge Simpson, sería divertido.
• De Piñones: Sumergida en un baño de aceite usado, la Miss colgaría de su cuerpo ristras de bacalaitos, empanadillas, alcapurrias y rellenos. En la cabeza, llevaría una bombilla –obviamente, una fritura sin bombilla es como un jardín sin flores.
Sin embargo, pienso que todos estos elementos quedarían atrás si se considerara uno que representara a la verdadera mujer boricua, ésa que engalana las calles de nuestras plazas y centros comerciales, y ejecuta con destreza su labor de proveedora de bienes para su familia. Pienso que su vestido típico sería sencillísimo: camiseta de Tweety o Betty Boop, pantalones tipo “leggins” –preferiblemente blancos, translúcidos y desgastados—uñas largas con diseñitos, en honor a una de nuestras próceres más ilustres, Ivy Queen “La Caballota”.
También llevaría un celular colgado del cuello, metido en un simulacro plástico que se asemeja a esos horribles zapatos “crocs” de colores. O tal vez tendría una de esas “cucarachas” –en realidad, aparatos de comunicación Bluetooth—colgando de alguna oreja. Por supuesto, cargaría en su mano la bolsa de Pitusa, llena de productos típicos del país: Lestoil, Ajax, Fabuloso y Clorox.
Y para completar el tropical atuendo, nuestra digna soberana se coronaría de gloria luciendo en su cabecita el peinado oficial de nuestras hermosas mujeres boricuas: El Dubi.
Apunta Desirée, que esta idea es “de grati”.
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Mayra Matos,
Miss Puerto Rico
martes, 14 de julio de 2009
The Real Housewives of Juana Díaz City
En estos días de “vacaciones”, es curioso recorrer las calles del pueblo donde me crié desde una perspectiva diferente. No es que me haya alejado demasiado tiempo, pero la prisa no me permite ver con detenimiento el entorno juanadino que ahora, con más calma, puedo disfrutar.
¿Disfrutar dije? No, la verdad es que no: desde que empecé a caminar por las calles de esta ciudad, haciendo mis gestiones cotidianas a pie para no gastar gasolina, he visto una revolución. De personas, de costumbres, de actitudes, de todo. Definitivamente, éste no es el pueblito donde crecí y estudié, sino un lugar que desconozco por completo.
Para empezar, la gente ha cambiado mucho. Cuando miro alrededor, sólo veo desconocidos que mi memoria no alcanza a descifrar. Tampoco es que tenga amnesia: puedo reconocer a alguno que otro juanadino. Pero la sensación que siento al mirarles es como si fueran partes de un rompecabezas que, luego de terminarlo, desarmé y guardé en la caja del olvido. Ahora, cuando intento recomponerlo, la verdad es que no podría; las piezas no corresponden a mis recuerdos. Veo rostros distintos, en su mayoría: caras densas, obtusas, marcadas por el tiempo inmisericorde. Por supuesto, tampoco soy un niño, pero tengo que admitir que, al recordarme rodeado de esas gentes lejanas, me repaso frente al espejo. ¿De verdad me veré así de matao?
También observo nuevas prácticas: hacer compras con el uniforme del trabajo parece ser una tendencia de moda muy común entre hombres y mujeres. Posiblemente, he visto más gente uniformada en los supermercados y en las tiendas que en sus puestos de trabajo. ¿Serán desempleados que no han perdido la costumbre de usar su ropa del diario o, por aquello de la crisis, han incorporado la vestimenta a las tácticas de mercadeo?
Entre recuerdos de gente que no conozco y personas uniformadas que cargan bolsas con papel de inodoro, lo mejor de todo ha sido encontrarme dentro de un “reality show” en plena fila del banco. En medio del circo folclórico que resulta ser la odiosa fila bancaria, nunca pensé que me encontraría frente a ellas, las “Real Housewives” juanadinas.
En mi mente, ellas son perfectas para el susodicho programa, y por razones muy sencillas: entre los dubis, las chanclas, las medias blancas y los tatuajes, son exquisitas y extraordinarias. Una –la llamaré “Mari”—viste de negro cerrado en un modelito informal, justo para el delicioso clima veraniego. Sin quitarse las inmensas gafas que gritan DOLCE & GABANNA desde cada una de sus patas, “Mari” atiende llamadas desde su BlackBerry con cierto desdén muy estudiado. La otra –llamémosle “Tuti”—acaba de llegar, a sólo treinta segundos del último “poof” de fijador sobre su extraordinaria melena pelirroja, perfectamente acicalada. “Tuti” rebusca en su enorme cartera (que, como las gafas de “Mari”, grita COACH COACH COACH a cuello pelao) y se ubica detrás de la doña con rolos y un bolso rebosante de jabones y toallas sanitarias. “Tuti” resopla y se indigna: de inmediato, otea el horizonte en busca de “La Chica” –léase, La Empleada Del Banco Que Es Mi Amiguita Y La Quiero Muchas Veces Cuando Hay Mucha Fila Para Que Me Cuele—para ver si puede librarse de la serpiente humana que llega a la puerta.
Pero el asunto no progresa: los empleados se tardan, la espera se alarga. Y yo observo.
Desde su puesto en la fila, “Mari” sigue atada a su poderoso celular 3G. Con sus uñas manicurísimas, roza la pantalla cuatro o cinco veces y gobierna a todos. Ordena colores para el gabinete nuevo, verifica que las ordenes hayan llegado, pelea con la “muchacha” –léase La Que Limpia En Casa Porque Yo Estoy Muy Ocupada—porque no ha levantado a los nenes y le instruye qué combinaciones de ropa deben vestir para cuando ella termine de hacer sus diligencias. El premio, por supuesto, será ir de “shopping”, a Plaza (Del Caribe; Las Américas requiere otra preparación minuciosa). Mientras tanto, “Tuti” conversa con “La Chica” –de hecho, así le llama: “Chica” pa’ aquí, “Chica” pa’ allá—y le cuenta vida y milagros de sus hazañas con el campamento de los nenes que la tienen loca... A todo esto, sacude su melena perfecta para deslumbrar a su estimada amiga, pero el ataque del pelo perfecto no le funciona: de pronto, la empleada bancaria sigue camino del almuerzo, y “Tuti” vuelve a su puesto, detrás de la señora con los rolos y las toallas Nosotras Plus.
Entonces, ¡oh sorpresa!: "Mari" y "Tuti" se descubren.
Nenaaaa, no te vi, miente la primera. Ni yo tampoco, miente la segunda. Ay qué bella, dice una. Vengo del biuti, responde la otra. Nena, estás flaca, insiste la primera. Con este ajoro, admite la segunda. Chica y qué haces por ahí, reclama la primera. Resolviendo los enredos de mi marido, se excusa la segunda. Y por ahí para abajo, sigue la perorata: las Real Housewives juanadinas alardean sus alegrías y sinsabores, sus desengaños y sus preocupaciones, delante de su audiencia cautiva. “Tuti”, por supuesto, se adelanta hasta el lugar de “Mari” en abierta bichería, dando pelo con la excusa de compartir las anécdotas universitarias de sus respectivas hijas “Lorraine” y “Stephanie” en una cháchara eterna de risotadas, en un idioma que sólo ellas entienden.
En eso, la cajera bancaria llama a “Mari” –gracias a Dios—y “Tuti” tiene que volver al sitio de origen, buscando en su cartera gritona un nuevo entretenimiento para su vida extraordinaria.
“Tuti” resopla, resignada, mientras “Mari” se despide de lejitos, igual que Lucé Vela en Día de Reyes. La cara de la doña con los rolos vale millones: ha presentido un intento de colarse que quedó en el olvido porque, como buena Real Housewife, la bicha ni siquiera se le acercó a la salida.
Entonces, cuando miro el televisor que nadie mira, me río solito. Ay Vigoreaux, qué bobo eres, pienso. Si pusieras una cámara en la fila, tremendo show que tendrías en BravoTV.
¿Disfrutar dije? No, la verdad es que no: desde que empecé a caminar por las calles de esta ciudad, haciendo mis gestiones cotidianas a pie para no gastar gasolina, he visto una revolución. De personas, de costumbres, de actitudes, de todo. Definitivamente, éste no es el pueblito donde crecí y estudié, sino un lugar que desconozco por completo.
Para empezar, la gente ha cambiado mucho. Cuando miro alrededor, sólo veo desconocidos que mi memoria no alcanza a descifrar. Tampoco es que tenga amnesia: puedo reconocer a alguno que otro juanadino. Pero la sensación que siento al mirarles es como si fueran partes de un rompecabezas que, luego de terminarlo, desarmé y guardé en la caja del olvido. Ahora, cuando intento recomponerlo, la verdad es que no podría; las piezas no corresponden a mis recuerdos. Veo rostros distintos, en su mayoría: caras densas, obtusas, marcadas por el tiempo inmisericorde. Por supuesto, tampoco soy un niño, pero tengo que admitir que, al recordarme rodeado de esas gentes lejanas, me repaso frente al espejo. ¿De verdad me veré así de matao?
También observo nuevas prácticas: hacer compras con el uniforme del trabajo parece ser una tendencia de moda muy común entre hombres y mujeres. Posiblemente, he visto más gente uniformada en los supermercados y en las tiendas que en sus puestos de trabajo. ¿Serán desempleados que no han perdido la costumbre de usar su ropa del diario o, por aquello de la crisis, han incorporado la vestimenta a las tácticas de mercadeo?
Entre recuerdos de gente que no conozco y personas uniformadas que cargan bolsas con papel de inodoro, lo mejor de todo ha sido encontrarme dentro de un “reality show” en plena fila del banco. En medio del circo folclórico que resulta ser la odiosa fila bancaria, nunca pensé que me encontraría frente a ellas, las “Real Housewives” juanadinas.
En mi mente, ellas son perfectas para el susodicho programa, y por razones muy sencillas: entre los dubis, las chanclas, las medias blancas y los tatuajes, son exquisitas y extraordinarias. Una –la llamaré “Mari”—viste de negro cerrado en un modelito informal, justo para el delicioso clima veraniego. Sin quitarse las inmensas gafas que gritan DOLCE & GABANNA desde cada una de sus patas, “Mari” atiende llamadas desde su BlackBerry con cierto desdén muy estudiado. La otra –llamémosle “Tuti”—acaba de llegar, a sólo treinta segundos del último “poof” de fijador sobre su extraordinaria melena pelirroja, perfectamente acicalada. “Tuti” rebusca en su enorme cartera (que, como las gafas de “Mari”, grita COACH COACH COACH a cuello pelao) y se ubica detrás de la doña con rolos y un bolso rebosante de jabones y toallas sanitarias. “Tuti” resopla y se indigna: de inmediato, otea el horizonte en busca de “La Chica” –léase, La Empleada Del Banco Que Es Mi Amiguita Y La Quiero Muchas Veces Cuando Hay Mucha Fila Para Que Me Cuele—para ver si puede librarse de la serpiente humana que llega a la puerta.
Pero el asunto no progresa: los empleados se tardan, la espera se alarga. Y yo observo.
Desde su puesto en la fila, “Mari” sigue atada a su poderoso celular 3G. Con sus uñas manicurísimas, roza la pantalla cuatro o cinco veces y gobierna a todos. Ordena colores para el gabinete nuevo, verifica que las ordenes hayan llegado, pelea con la “muchacha” –léase La Que Limpia En Casa Porque Yo Estoy Muy Ocupada—porque no ha levantado a los nenes y le instruye qué combinaciones de ropa deben vestir para cuando ella termine de hacer sus diligencias. El premio, por supuesto, será ir de “shopping”, a Plaza (Del Caribe; Las Américas requiere otra preparación minuciosa). Mientras tanto, “Tuti” conversa con “La Chica” –de hecho, así le llama: “Chica” pa’ aquí, “Chica” pa’ allá—y le cuenta vida y milagros de sus hazañas con el campamento de los nenes que la tienen loca... A todo esto, sacude su melena perfecta para deslumbrar a su estimada amiga, pero el ataque del pelo perfecto no le funciona: de pronto, la empleada bancaria sigue camino del almuerzo, y “Tuti” vuelve a su puesto, detrás de la señora con los rolos y las toallas Nosotras Plus.
Entonces, ¡oh sorpresa!: "Mari" y "Tuti" se descubren.
Nenaaaa, no te vi, miente la primera. Ni yo tampoco, miente la segunda. Ay qué bella, dice una. Vengo del biuti, responde la otra. Nena, estás flaca, insiste la primera. Con este ajoro, admite la segunda. Chica y qué haces por ahí, reclama la primera. Resolviendo los enredos de mi marido, se excusa la segunda. Y por ahí para abajo, sigue la perorata: las Real Housewives juanadinas alardean sus alegrías y sinsabores, sus desengaños y sus preocupaciones, delante de su audiencia cautiva. “Tuti”, por supuesto, se adelanta hasta el lugar de “Mari” en abierta bichería, dando pelo con la excusa de compartir las anécdotas universitarias de sus respectivas hijas “Lorraine” y “Stephanie” en una cháchara eterna de risotadas, en un idioma que sólo ellas entienden.
En eso, la cajera bancaria llama a “Mari” –gracias a Dios—y “Tuti” tiene que volver al sitio de origen, buscando en su cartera gritona un nuevo entretenimiento para su vida extraordinaria.
“Tuti” resopla, resignada, mientras “Mari” se despide de lejitos, igual que Lucé Vela en Día de Reyes. La cara de la doña con los rolos vale millones: ha presentido un intento de colarse que quedó en el olvido porque, como buena Real Housewife, la bicha ni siquiera se le acercó a la salida.
Entonces, cuando miro el televisor que nadie mira, me río solito. Ay Vigoreaux, qué bobo eres, pienso. Si pusieras una cámara en la fila, tremendo show que tendrías en BravoTV.
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sábado, 14 de febrero de 2009
Es Cupido
De pronto a la gente le entran unas ganas terribles de enamorarse, y lo expresan a los cuatro vientos como si el mundo tuviera la necesidad de saber… No queda un rincón de las tiendas, oficinas o negocios donde no se cuelguen corazones, corazones con flechas, corazones con florcitas… Es el amor, que ronda por doquier.
Incluso en los supermercados: el otro día, mientras pagaba una compra, la cajera de turno (llamémosla Sheila Marie) compartía con sus compañeros/as de trabajo sus planes para este día especial.
“Le voy a regalal una caj’e chocolate y un sapo”, decía ella, oronda, al tiempo que escaneaba el paquete de yogur.
“¿Un sapo?”, pensé yo, tal vez demasiado fuerte como para que uno de sus compañeros lo manifestara en voz alta.
“Sí, un sapo de’sos que hay ahí”, apuntó Sheila Marie con sus largas uñas pintadas –por supuesto, con corazones y florcitas. Disimuladamente, miré hasta el área señalada y, en efecto, unos horribles sapos de peluche portando corazones que decían “Be Mine” colgaban de un extraño racimo confeccionado con globitos de corazones, corazones con florcitas, perritos con peluches, corazones de peluche…
“Mana, te pasaste, y que un sapo”, replicó el compañero de turno, empacando mi compra mientras yo, en silencio, meditaba sobre el tema. Sheila Marie siguió cobrando los espárragos, el queso y el pan. “Está bien lindo, tú verá que le va gustal”, afirmaba ella, feliz.
Y yo pensaba: si tú eres mi novia y me regalas un sapo en San Valentín, por mi madre que estarás comiéndote el relleno del peluche hasta el Día de las Madres.
Posiblemente, el llamado “Día del Amor” es uno de los que menos me gusta porque, de pronto, todo se cubre con azúcar y chocolate, vendido a manos llenas en cada rincón del globo terráqueo. Es imperativo compartir –incluso, en horas laborables—para demostrar que somos seres amorosos y sensibles, proveyendo espacio para que toda la cursilería tecata se convierta en genuina expresión de amor.
Con el tiempo, el objetivo romántico de antes se ha dispersado, permitiendo la ampliación del concepto hacia otras dimensiones. La amistad se ha enganchado al romance, con la idea de incluir a aquellos hombres y mujeres que –por elección o porque no hay más remedio—no tienen con quién compartir la velada azucarada de marras. Entonces, enviar y recibir mensajes empalagosos es la orden del día: desde la tradicional tarjetita Hallmark hasta el mensaje de texto, todo apunta a que reconozcamos el valor de nuestros amigos y amigas como una obligación amorosa.
¿Y qué pasa si no queremos? ¿Eso nos hace menos amorosos/as?
No creo. Siempre he pensado que, aún con la presión comercial que nos bombardea, casi obligándonos a “enamorarnos del amor” hacia parejas, amigos/as y compañeros/as de labor, esto no es asunto de un solo día. Cada segundo que compartimos con una persona especial –sea cual sea el vínculo que nos relacione—es una oportunidad para demostrar el afecto y la solidaridad. Lo demás es cuento de camino, forzado por el mercadeo de emociones que insiste en colocarnos entre la flecha y la pared, obligados al enamoramiento insulso y al palabreo empalagoso. Y mañana, como si nada, regresamos al amargo cotidiano, olvidando las expresiones del amor que hoy nos convirtieron en autómatas del besuqueo achocolatado.
Aún así, busco la manera de obviar lo evidente y distanciarme del rezongueo que me provoca el tedio comercial que insiste en el corazoncito, el chocolate, la florcita y el peluche como símbolos inequívocos del amor sincero. Entonces, recuerdo a Sheila Marie y el sapo. Esta tarde, ella se acerca a su amado y le regala la caja de chocolates junto con el horrendo peluche, en señal absoluta de su indiscutible sentimiento. Alguien preguntará el por qué de su peculiar regalo, y ella sonreirá antes de responder, alisándose la pollina planchada con el suave roce de sus largas uñas llenas de corazones.
“Es el amor”, dirá ella, orgullosa de su sapo, mientras mira con ternura a su novio con cara de ídem.
Incorrecto, Sheila Marie: es Cupido, que nos pone tontos.
Incluso en los supermercados: el otro día, mientras pagaba una compra, la cajera de turno (llamémosla Sheila Marie) compartía con sus compañeros/as de trabajo sus planes para este día especial.
“Le voy a regalal una caj’e chocolate y un sapo”, decía ella, oronda, al tiempo que escaneaba el paquete de yogur.
“¿Un sapo?”, pensé yo, tal vez demasiado fuerte como para que uno de sus compañeros lo manifestara en voz alta.
“Sí, un sapo de’sos que hay ahí”, apuntó Sheila Marie con sus largas uñas pintadas –por supuesto, con corazones y florcitas. Disimuladamente, miré hasta el área señalada y, en efecto, unos horribles sapos de peluche portando corazones que decían “Be Mine” colgaban de un extraño racimo confeccionado con globitos de corazones, corazones con florcitas, perritos con peluches, corazones de peluche…
“Mana, te pasaste, y que un sapo”, replicó el compañero de turno, empacando mi compra mientras yo, en silencio, meditaba sobre el tema. Sheila Marie siguió cobrando los espárragos, el queso y el pan. “Está bien lindo, tú verá que le va gustal”, afirmaba ella, feliz.
Y yo pensaba: si tú eres mi novia y me regalas un sapo en San Valentín, por mi madre que estarás comiéndote el relleno del peluche hasta el Día de las Madres.
Posiblemente, el llamado “Día del Amor” es uno de los que menos me gusta porque, de pronto, todo se cubre con azúcar y chocolate, vendido a manos llenas en cada rincón del globo terráqueo. Es imperativo compartir –incluso, en horas laborables—para demostrar que somos seres amorosos y sensibles, proveyendo espacio para que toda la cursilería tecata se convierta en genuina expresión de amor.
Con el tiempo, el objetivo romántico de antes se ha dispersado, permitiendo la ampliación del concepto hacia otras dimensiones. La amistad se ha enganchado al romance, con la idea de incluir a aquellos hombres y mujeres que –por elección o porque no hay más remedio—no tienen con quién compartir la velada azucarada de marras. Entonces, enviar y recibir mensajes empalagosos es la orden del día: desde la tradicional tarjetita Hallmark hasta el mensaje de texto, todo apunta a que reconozcamos el valor de nuestros amigos y amigas como una obligación amorosa.
¿Y qué pasa si no queremos? ¿Eso nos hace menos amorosos/as?
No creo. Siempre he pensado que, aún con la presión comercial que nos bombardea, casi obligándonos a “enamorarnos del amor” hacia parejas, amigos/as y compañeros/as de labor, esto no es asunto de un solo día. Cada segundo que compartimos con una persona especial –sea cual sea el vínculo que nos relacione—es una oportunidad para demostrar el afecto y la solidaridad. Lo demás es cuento de camino, forzado por el mercadeo de emociones que insiste en colocarnos entre la flecha y la pared, obligados al enamoramiento insulso y al palabreo empalagoso. Y mañana, como si nada, regresamos al amargo cotidiano, olvidando las expresiones del amor que hoy nos convirtieron en autómatas del besuqueo achocolatado.
Aún así, busco la manera de obviar lo evidente y distanciarme del rezongueo que me provoca el tedio comercial que insiste en el corazoncito, el chocolate, la florcita y el peluche como símbolos inequívocos del amor sincero. Entonces, recuerdo a Sheila Marie y el sapo. Esta tarde, ella se acerca a su amado y le regala la caja de chocolates junto con el horrendo peluche, en señal absoluta de su indiscutible sentimiento. Alguien preguntará el por qué de su peculiar regalo, y ella sonreirá antes de responder, alisándose la pollina planchada con el suave roce de sus largas uñas llenas de corazones.
“Es el amor”, dirá ella, orgullosa de su sapo, mientras mira con ternura a su novio con cara de ídem.
Incorrecto, Sheila Marie: es Cupido, que nos pone tontos.
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jueves, 12 de febrero de 2009
Tesoros
Hay algunos que los buscan y otros que los pierden. Esta semana hemos vivido entre los tesoros: aquellos que se proponen rescatar de la manera más insulsa, y otros que quedaran sepultados bajo la tierra, aunque nunca olvidados.
De formas muy distintas, y con propósitos muy diferentes, se ha mencionado la palabra de marras. En el primer caso, la senadora “no muy brillante” –por decirlo de una forma elegante—Evelyn Vázquez ha traído nuevamente a la discusión pública el asunto de las supuestas riquezas hundidas en un galeón como la alternativa ideal para subvencionar los Juegos Centroamericanos del 2010. Hablar de esta señora es, sencillamente, perder el tiempo. Sin embargo, como en este país la gente tiene memoria muy corta, es importante señalar que no es la primera que se ha destacado por sus notables ejecutorias.
Por ejemplo, la senadora penepé Luisa Lebrón, aquella propuso celebrar el “Día Internacional de la Muñeca” es una que se ha perdido en los profundos mares del olvido. Y ni hablar de la ex reina de belleza y senadora pepedé Ana Nisi Goyco, quien provocó un enorme tapón en el Viejo San Juan cuando detuvo su automóvil, a punto de zozobrar en su propia orina…
En fin, que la “no muy brillante” Evelyn ha defendido su idea con extraordinarias alusiones a la geografía caribeña, aludiendo a los “países” de Tampa, Miami y Santo Domingo como dignos ejemplos que servirían como inspiración para financiar la actividad deportiva que, a estas alturas, sufre una seria amenaza a nivel operacional. Y ni hablar de sus comentarios tan profundos sobre nuestros vecinos dominicanos...
Lo que no me explico es como esta persona llega a la gestión pública: ¿será que, para calificarse en un puesto de esta índole, sólo basta firmar con una cruz? Bueno, si hablamos de la cruz debajo de la insignia con la que, de seguro, la ubicó en un escaño y le ha proporcionado foro público para discutir esos asuntos maravillosos. Referirse a la otra –ésa que usan los analfabetas para firmar—resultaría ofensivo para estas personas que, aún sin conocimiento académico, son mucho más lógicos e inteligentes que esta buscadora de tesoros.
Precisamente, y en otro contexto muy distinto, la doctora Myrna Casas utilizó el término “tesoro” para referirse al recién fenecido actor boricua José Luis “Chavito” Marrero. La muerte de Chavito –a quien tuve el privilegio de conocer—significa, como bien dijo doña Myrna, una pérdida irreparable para el teatro puertorriqueño. Chavito representó lo mejor de su arte por muchos años y nos deleitó con su talento en diversas ejecuciones, dejándonos un legado incuestionable… O por lo menos, eso pensaba yo: en las varias reseñas sobre su muerte, publicadas en las páginas electrónicas de los diarios nacionales, me espantó el desparpajo con el que algunas personas imbéciles llamaron a Chavito “un desconocido” cuyo legado era desconocido e insignificante.
No quiero pensar que este comentario tan insulso lo escribió la “no muy brillante” senadora, porque hasta ahí llegamos.
Honestamente, cuando leo estas cosas, se me espanta el alma del cuerpo. No sólo me preocupa la salud mental de este país, sino la poca educación que, al parecer, se imparte en las escuelas y colegios boricuas. Por una parte, cuando vemos cómo se pierde el tiempo y se desperdician los espacios de discusión pública en asuntos como el “tesoro” de Evelyn, cuestiono seriamente el objetivo de los medios de comunicación. Por otra, el apoderamiento ciudadano, producto de la amplia oferta para la producción de contenidos mediáticos indiscriminados, sirve de plataforma anónima para comentarios ignorantes, insulsos y degradantes que manifiestan la poca sensibilidad sobre la historia y el orgullo por lo nuestro.
Por suerte, Chavito es un tesoro que sí podemos rescatar del olvido, promoviendo su vida y obra para que se multiplique su valor. En cuanto al otro tesoro, ése que está bajo el mar… Bah.
De formas muy distintas, y con propósitos muy diferentes, se ha mencionado la palabra de marras. En el primer caso, la senadora “no muy brillante” –por decirlo de una forma elegante—Evelyn Vázquez ha traído nuevamente a la discusión pública el asunto de las supuestas riquezas hundidas en un galeón como la alternativa ideal para subvencionar los Juegos Centroamericanos del 2010. Hablar de esta señora es, sencillamente, perder el tiempo. Sin embargo, como en este país la gente tiene memoria muy corta, es importante señalar que no es la primera que se ha destacado por sus notables ejecutorias.
Por ejemplo, la senadora penepé Luisa Lebrón, aquella propuso celebrar el “Día Internacional de la Muñeca” es una que se ha perdido en los profundos mares del olvido. Y ni hablar de la ex reina de belleza y senadora pepedé Ana Nisi Goyco, quien provocó un enorme tapón en el Viejo San Juan cuando detuvo su automóvil, a punto de zozobrar en su propia orina…
En fin, que la “no muy brillante” Evelyn ha defendido su idea con extraordinarias alusiones a la geografía caribeña, aludiendo a los “países” de Tampa, Miami y Santo Domingo como dignos ejemplos que servirían como inspiración para financiar la actividad deportiva que, a estas alturas, sufre una seria amenaza a nivel operacional. Y ni hablar de sus comentarios tan profundos sobre nuestros vecinos dominicanos...
Lo que no me explico es como esta persona llega a la gestión pública: ¿será que, para calificarse en un puesto de esta índole, sólo basta firmar con una cruz? Bueno, si hablamos de la cruz debajo de la insignia con la que, de seguro, la ubicó en un escaño y le ha proporcionado foro público para discutir esos asuntos maravillosos. Referirse a la otra –ésa que usan los analfabetas para firmar—resultaría ofensivo para estas personas que, aún sin conocimiento académico, son mucho más lógicos e inteligentes que esta buscadora de tesoros.
Precisamente, y en otro contexto muy distinto, la doctora Myrna Casas utilizó el término “tesoro” para referirse al recién fenecido actor boricua José Luis “Chavito” Marrero. La muerte de Chavito –a quien tuve el privilegio de conocer—significa, como bien dijo doña Myrna, una pérdida irreparable para el teatro puertorriqueño. Chavito representó lo mejor de su arte por muchos años y nos deleitó con su talento en diversas ejecuciones, dejándonos un legado incuestionable… O por lo menos, eso pensaba yo: en las varias reseñas sobre su muerte, publicadas en las páginas electrónicas de los diarios nacionales, me espantó el desparpajo con el que algunas personas imbéciles llamaron a Chavito “un desconocido” cuyo legado era desconocido e insignificante.
No quiero pensar que este comentario tan insulso lo escribió la “no muy brillante” senadora, porque hasta ahí llegamos.
Honestamente, cuando leo estas cosas, se me espanta el alma del cuerpo. No sólo me preocupa la salud mental de este país, sino la poca educación que, al parecer, se imparte en las escuelas y colegios boricuas. Por una parte, cuando vemos cómo se pierde el tiempo y se desperdician los espacios de discusión pública en asuntos como el “tesoro” de Evelyn, cuestiono seriamente el objetivo de los medios de comunicación. Por otra, el apoderamiento ciudadano, producto de la amplia oferta para la producción de contenidos mediáticos indiscriminados, sirve de plataforma anónima para comentarios ignorantes, insulsos y degradantes que manifiestan la poca sensibilidad sobre la historia y el orgullo por lo nuestro.
Por suerte, Chavito es un tesoro que sí podemos rescatar del olvido, promoviendo su vida y obra para que se multiplique su valor. En cuanto al otro tesoro, ése que está bajo el mar… Bah.
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viernes, 30 de enero de 2009
Esnúa
Hoy, por primera vez, escuché hablar a Carla Capalli.
Ella es ¿diseñadora? No, creo que la diseñadora será la hermana. No sé. En realidad, no sé mucho sobre ella. Sólo sé que se ha convertido en una celebridad por su particular defensa contra la crueldad hacia los animales de circo. En 2006, cuando trajeron uno de esos espectáculos en los que había osos polares, la mujer se “esnuó” para protestar, como símbolo de la injusticia a la que se someten tigres, osos y elefantes en cautiverio, puestos en un circo a hacer tonterías para que la gente aplauda.
Por supuesto, la mujer se convirtió en toda una celebridad. Incluso, es punto de referencia para amigos y amigas que emularían su gesta frente a la crisis económica que nos abate: “Si no me aumentan el sueldo, por mi madre me esnúo frente al Capitolio como Carla Capalli”. Bueno, en realidad, tengo algunos amigos locos. Y amigas también. Muchos se inspirarían en el asunto y pelarían pa'bajo, sin pena ninguna. Y sería algo difícil de mirar.
Pero hoy, en el programa de Rubén Sánchez, la escuché hablar por primera vez. Y me gustó. Me pareció dulce, simpática, con un lejano aire de Von Marie Méndez, la otrora actriz de telenovelas. En sus planteamientos –bueno, lo que pudo hablar mientras Rubén insistía, con su fastidioso estilo— Capalli dijo que ella estaría “semidesnuda o en ropa interior” ejecutando la protesta por la llegada del circo Ringling Brothers ¿o Barnum Bailey? No sé. En realidad, no sé mucho sobre circos. El asunto es que dijo que, para el 17 de febrero, repetirá la protesta anterior e invitó a la comunidad general a unirse a su reclamo.
Con candidez, Capalli respondió a las preguntas e, incluso, toreó muy bien el careo frente al productor del espectáculo, Josantonio Mellado, quien mencionó a la PETA y a las “grandes sumas de dinero” que se les paga a celebridades para que armen estos rollos. No creo que ése sea el móvil de la ¿protesta? No sé. En realidad, no sé mucho sobre lo que ocurrirá allí. Pero sí sé que el periodista Sánchez, al parecer deslumbrado por la simpatía y la innegable belleza de Capalli, insistió en saber si estaría semidesnuda o en ropa interior…
Y ahí se acabó la ¿entrevista? No sé. En realidad, no sé mucho de ese asunto. Lo que sí sé es que Carla se “esnúa”. Porque la que se desnuda es “La Maja” de Goya y Lucientes, famosa pintura del siglo XVIII que repasé muchas veces mirando libros de arte, en plena efervescencia erótica. Era la única forma legal y alcanzable de mirar lo prohibido: hojear un libro de historia del arte y estudiar las reproducciones de aquellas pinturas que presentaban pechos túrgidos, nalgas suntuosas y genitales perfectos, todo con curiosidad juvenil, absorta, inenarrable.
Cuando rebusco para saber un poco más acerca de Carla Capalli en la Internet, sólo hay noticias viejas. Se menciona la protesta del 2005, alguna que otra nota débil que la deja en el mismo vacío existencial hasta que la aparean con el autor de aquella salvajada de los perros en el Puente del Indio, cuya notoriedad pasó a mejor vida –igual que los cadáveres que ya fueron olvidados. En este país, desafortunadamente, escándalos de esta naturaleza se diluyen en el fragor de las luchas políticas. Pensé que descansaríamos de ese rollo por algún tiempo pero, por desgracia, el leque-leque politiquero sigue y no para. Pero Carla insiste: ella quiere evitar, a toda costa, que los tigres y los elefantes entren a Puerto Rico, que las denuncias hechas por las autoridades se sepan, manejando con rigor estos espectáculos que –concurro absolutamente—no abonan en nada a presentar la realidad del mundo animal.
Y ella se esnúa. Por eso, en los comentarios sobre su inminente protesta del 17 de febrero, a Carla Capalli le llaman “loca”.
En mi vida he ido a dos espectáculos de circo, cuando era niño. De uno me acuerdo porque era tan tecato que el famoso acto de la cuerda floja estaba a dos pies del piso. Del otro, que vi en el coliseo de Ponce, sólo recuerdo que me habían sacado una muela y que, aún así, comí “pop corn” mientras había tres pistas en las que pasaban cosas que, de tan tontas, olvidé para siempre. Excepto que el elefante, luego de concluir su presentación, decidió regalarle a la audiencia sus hermoso despliegue de plastas fecales mientras hacía mutis por el foro. ¿Protesta? No sé. No entiendo mucho de elefantes.
Sigo sin saber mucho sobre Carla Capalli. Sólo sé que me pareció una persona muy honesta, que se describió a sí misma como “hopelessly optimistic” al concluir la entrevista con Rubén que, cierto o no, acudirá a mirarla, de seguro.
Si Carla decide protestar, a su manera, por la defensa de los animales –sean o no de circo—pues conmigo no hay problema. Ahora, un gran problema sería que, a esa protesta genuina y sincera se uniera Noelia, la ¿artista? No sé. En realidad, no sé mucho de Noelia. Sólo sé que también se “esnúa” y que también le llaman “loca”…
Pero ésa es otra historia.
Ella es ¿diseñadora? No, creo que la diseñadora será la hermana. No sé. En realidad, no sé mucho sobre ella. Sólo sé que se ha convertido en una celebridad por su particular defensa contra la crueldad hacia los animales de circo. En 2006, cuando trajeron uno de esos espectáculos en los que había osos polares, la mujer se “esnuó” para protestar, como símbolo de la injusticia a la que se someten tigres, osos y elefantes en cautiverio, puestos en un circo a hacer tonterías para que la gente aplauda.
Por supuesto, la mujer se convirtió en toda una celebridad. Incluso, es punto de referencia para amigos y amigas que emularían su gesta frente a la crisis económica que nos abate: “Si no me aumentan el sueldo, por mi madre me esnúo frente al Capitolio como Carla Capalli”. Bueno, en realidad, tengo algunos amigos locos. Y amigas también. Muchos se inspirarían en el asunto y pelarían pa'bajo, sin pena ninguna. Y sería algo difícil de mirar.
Pero hoy, en el programa de Rubén Sánchez, la escuché hablar por primera vez. Y me gustó. Me pareció dulce, simpática, con un lejano aire de Von Marie Méndez, la otrora actriz de telenovelas. En sus planteamientos –bueno, lo que pudo hablar mientras Rubén insistía, con su fastidioso estilo— Capalli dijo que ella estaría “semidesnuda o en ropa interior” ejecutando la protesta por la llegada del circo Ringling Brothers ¿o Barnum Bailey? No sé. En realidad, no sé mucho sobre circos. El asunto es que dijo que, para el 17 de febrero, repetirá la protesta anterior e invitó a la comunidad general a unirse a su reclamo.
Con candidez, Capalli respondió a las preguntas e, incluso, toreó muy bien el careo frente al productor del espectáculo, Josantonio Mellado, quien mencionó a la PETA y a las “grandes sumas de dinero” que se les paga a celebridades para que armen estos rollos. No creo que ése sea el móvil de la ¿protesta? No sé. En realidad, no sé mucho sobre lo que ocurrirá allí. Pero sí sé que el periodista Sánchez, al parecer deslumbrado por la simpatía y la innegable belleza de Capalli, insistió en saber si estaría semidesnuda o en ropa interior…
Y ahí se acabó la ¿entrevista? No sé. En realidad, no sé mucho de ese asunto. Lo que sí sé es que Carla se “esnúa”. Porque la que se desnuda es “La Maja” de Goya y Lucientes, famosa pintura del siglo XVIII que repasé muchas veces mirando libros de arte, en plena efervescencia erótica. Era la única forma legal y alcanzable de mirar lo prohibido: hojear un libro de historia del arte y estudiar las reproducciones de aquellas pinturas que presentaban pechos túrgidos, nalgas suntuosas y genitales perfectos, todo con curiosidad juvenil, absorta, inenarrable.
Cuando rebusco para saber un poco más acerca de Carla Capalli en la Internet, sólo hay noticias viejas. Se menciona la protesta del 2005, alguna que otra nota débil que la deja en el mismo vacío existencial hasta que la aparean con el autor de aquella salvajada de los perros en el Puente del Indio, cuya notoriedad pasó a mejor vida –igual que los cadáveres que ya fueron olvidados. En este país, desafortunadamente, escándalos de esta naturaleza se diluyen en el fragor de las luchas políticas. Pensé que descansaríamos de ese rollo por algún tiempo pero, por desgracia, el leque-leque politiquero sigue y no para. Pero Carla insiste: ella quiere evitar, a toda costa, que los tigres y los elefantes entren a Puerto Rico, que las denuncias hechas por las autoridades se sepan, manejando con rigor estos espectáculos que –concurro absolutamente—no abonan en nada a presentar la realidad del mundo animal.
Y ella se esnúa. Por eso, en los comentarios sobre su inminente protesta del 17 de febrero, a Carla Capalli le llaman “loca”.
En mi vida he ido a dos espectáculos de circo, cuando era niño. De uno me acuerdo porque era tan tecato que el famoso acto de la cuerda floja estaba a dos pies del piso. Del otro, que vi en el coliseo de Ponce, sólo recuerdo que me habían sacado una muela y que, aún así, comí “pop corn” mientras había tres pistas en las que pasaban cosas que, de tan tontas, olvidé para siempre. Excepto que el elefante, luego de concluir su presentación, decidió regalarle a la audiencia sus hermoso despliegue de plastas fecales mientras hacía mutis por el foro. ¿Protesta? No sé. No entiendo mucho de elefantes.
Sigo sin saber mucho sobre Carla Capalli. Sólo sé que me pareció una persona muy honesta, que se describió a sí misma como “hopelessly optimistic” al concluir la entrevista con Rubén que, cierto o no, acudirá a mirarla, de seguro.
Si Carla decide protestar, a su manera, por la defensa de los animales –sean o no de circo—pues conmigo no hay problema. Ahora, un gran problema sería que, a esa protesta genuina y sincera se uniera Noelia, la ¿artista? No sé. En realidad, no sé mucho de Noelia. Sólo sé que también se “esnúa” y que también le llaman “loca”…
Pero ésa es otra historia.
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