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sábado, 12 de septiembre de 2009

Negra con sombrilla

Allí estaba: de pie, desnuda, hermosa y negra. Como adorno, más bien apoyo, llevaba un paraguas, también negro. Miraba hacia el ojo del pintor que, a través de trazos mágicos, capturaba su imagen para la posteridad.

Así fue que la descubrí hace muchos años, colgada de una pared en el Museo de Arte de Ponce. Si mal no recuerdo su título –lamento mucho no recordar su autor—era una “Negra con sombrilla”. Así, sin ostentaciones ni artificios: era una mujer hermosa, de pie, vestida solamente con su carne oscura, firme, preciosa.

No sé por qué, al leer la infame noticia sobre el inexplicable gesto de guillotina literaria impuesto por nuestro insigne Secretario de Educación, la recordé. Y admito que temí por ella: de pronto, con estos aires de censura que nos endilgan los “duros de la materia”, habrá que esconder cualquier seña que pudiera interpretarse como ofensiva, aún cuando –en otros contextos más profundos e inteligentes—se denomine una expresión artística.

Sabemos que esta garata no es nueva: desde que el mundo es tal, la pugna entre la decencia y la libertad se mantiene viva y ágil. Los intentos puritanos del conservadurismo extremo claman por adecentar las expresiones públicas –mayormente artísticas—en pos de proteger los “mejores intereses de la sociedad”. Por su parte, el sector liberal levanta su voz intransigente, devolviendo a la ecuación su balance justo, propuesto por la necesidad de trascender las perspectivas de lo normal, lo aceptable, en fin, lo verdaderamente decente.

¿Qué haría la negra si se enterara de esta hecatombe?

Me la imagino entrando así, desnuda y descalza, por los pasillos fragantes a Lysol del Departamento de Educación. Tras burlar la seguridad atontada por su apariencia –más de uno de esos guardias fofos de uniforme de poliéster se habría relamido en silencio—la negra caminaría muy oronda, sombrilla en mano, hasta el ascensor del edificio. Un par de secretarias de uñas largas, que habrán bajado de sus oficinas a cogerse el “break” del café negro y el Salem mentolado, la mirarían con incredulidad absoluta: “¿Y quién es esa loca?”, preguntarían, extrañadas, mientras sacan de sus respectivas carteras D&G los celulares con guindalejitos para comenzar la faena informativa a todo el personal.

“Una negra esnúa anda por ahí”, dirían, asustadas, pensando que se tratara de una deambulante esquizofrénica.

La negra, impávida, subiría en el ascensor, tranquila y silenciosa. Uno que otro pasajero intentaría acompañarla en el viaje pero, al verla así –pose altiva, senos erguidos al aire, manos discretamente ubicadas frente a su pubis frondoso, siempre sujetando su sombrilla—se cohibirían. Después de todo, le harían un favor: ella no desearía explicar su apariencia, escuchar cantaletas religiosas ni soportar chistecitos a sus expensas.
Así, de lo más campechana, la negra llegaría al piso indicado. Meneando su nalgaje prominente, caminaría hasta la misma oficina del secretario Chardón. Su asistente administrativa –advertida ya por sus colegas vía mensajes de texto—la enfrentaría con firmeza.

“Usted no puede pasar, señora”, diría la secretaria con decisión.

La negra, sin chistar, continuaría su camino.

“¿Pero es que no me entiende? Aquí no puede entrar, y mucho menos así—“

La negra se detendría, mirando fijamente a la señora, entreteniéndose por un instante en su apariencia: peinado impecable, demasiado maquillaje, uniforme de chaquetón grueso, falda plisada, medias de nilón y zapatos de punta. Un prendedor del Divino Niño brillaría en su solapa y, al verlo, la negra ensayaría una sonrisa leve. Entonces, continuaría con paso decidido hasta la sala de juntas.

“¡Indecente!”, gritaría la dama, tocándose el medallón dorado de la Virgen Milagrosa enredado entre sus collares. “¡Voy a llamar a la policía!”

Sin titubeos, la negra apretaría con firmeza el mango de su sombrilla, caminando en dirección a la pesada puerta. Al abrirla, descubriría el cónclave: el secretario Chardón, rodeado de su cartel de asesores –aún enrojecidos por las carcajadas moribundas de un chistecito de sobremesa—repasarían otra vez la lista de libros sometidos a las autoridades censoras, en aras de promover la decencia. Ante el inesperado suceso, todos y todas detendrían sus labores para mirar a la recién llegada. Atolondrado, con el chaquetón desabrochado y la corbata torcida, Chardón se pondría de pie a toda prisa.

“¿Pero qué es esto?”, reaccionaría el Secretario, desconcertado. Algunos asesores se persignarían. Otros comentarían por lo bajo, impresionados. Alguna doña culifruncida arrugaría la nariz, en absoluto repudio a la negritud desnuda. Y algún ñame encorbatado se ajustaría la bragueta, disimulando la erección inmediata.

La negra, por supuesto, no diría nada. Sólo se acercaría, silenciosa, midiendo cada uno de sus pasos descalzos sobre la alfombra mullida. El brillo de su piel oscura resaltaría bajo las luces del salón de reuniones. Su cabello rizado enmarcaría la belleza única de su rostro estupendo.

Ya delante de Chardón, la negra miraría de frente. Sus ojos oscuros emitirían un fulgor inexplicable. Y de un solo movimiento, rápido y certero, la negra le asestaría tremendo sombrillazo.

“Imbécil”, diría la negra por lo bajo. Chardón, atontado por el golpe, caería otra vez sobre su silla. Algún asesor le ayudaría, mientras los demás quedarían sentados, demasiado tontos como para reaccionar.

Dando la vuelta en plan de salida, la negra observaría el ejemplar de El entierro de Cortijo que alguien habría olvidado sobre la gran mesa. Entonces, nalgueteando a gusto, como si las mismísimas congas de la orquesta le acompañaran, caminaría tal cual llegó, desnuda y serena. Sólo que ahora llevaría en sus manos la sombrilla negra, doblada por la cabeza dura de un idiota que no sabe de letras.

Y antes de salir, claro está, diría una gran mala palabra. Para que se jodieran.