Advertidos quedan mis
amigos y amigas creyentes de la paz y el perdón: con toda la alegría del mundo,
confieso que he mandado a una persona al mismísimo carajo.
Antes de
que les sobrevenga un infarto que les ahogue en medio de sus inhalaciones
profundas, aclaro que no se trató de un exabrupto cruel, de esos que se gritan
frente a un chorro de averigua’os.
Por supuesto, desde ya agradezco que procuren el bienestar de mi ser con cánticos, oraciones y buenas vibras, rogando por la paz de mi alma aunque,
si soy franco, entiendo que no lo necesito: precisamente, por hacer lo que
hice, me siento como unas pascuas.
Estudiemos
la situación: digamos que la vida te coloca junto a esta persona –colega,
profesional, de apariencia inteligente y educada—con la que estableces una
conexión saludable. (Precisar si es
hombre o mujer no es necesario: la historia aplica a personas de ambos géneros.) Pues bien, la conversación fluida e ingeniosa
crece al punto que ambos concurrimos en el mutuo interés por dialogar en otras
instancias sobre diversos temas: desde los beneficios de la manzana hasta los
atuendos de la alfombra roja de los premios Óscar.
Todo
parece marchar sobre ruedas: te sientes feliz de coincidir en tiempo y espacio
con otro ser humano con intereses afines a los tuyos. Entonces, un buen día –por alguna extraña
razón de esas que solo Dios sabe—la conversación se interrumpe: te quedaste
dormido viendo la tele, decidiste organizar tus gavetas, yo qué sé. El punto es que, cuando rescatas tu celular,
encuentras catorce mensajes de texto
de la misma persona en un período de
quince minutos. Ahí es que la
realidad te mete su primera pescozá: esto no es como me lo pintaron.
Aún así,
decides darle la oportunidad, pensando –como buen imbécil—que la culpa es
tuya. Pero no te estés creyendo: la
presión continúa, esta vez disfrazada de una “sincera preocupación” por tu
bienestar. Ahí es cuando el ser humano
se transforma: con mensajitos de angelitos y sonrisitas, el bombardeo de
mensajes de texto es abrumador. Inhalas
paz, exhalas encabronamiento y pides asistencia superior. En el silencio, contemplas las respuestas a
ese interrogatorio del tipo AK-47 que fluyen solitas, sin mucho esfuerzo:
¿Dónde estás?
Donde me sale de los cojones.
¿Qué haces?
Lo que a ti no te importa, metiche.
Hello, ¿por qué no me contestas?
Hello!!! Porque no me
da la gana.
¿Qué pasa contigo?
Que estás fastidiando y no te enteras, carajo.
Te envío este angelito del amor para que te proteja.
Qué bonito; métetelo por donde mejor te quepa.
Estoy orando por ti, por si no te sientes bien…
¿Por qué mejor no oras por tu salud mental?
Amiguito, ¿ya no me quieres?
No. Me. Jodas. Más.
Entonces,
con mucho amor, compasión y una gran sonrisa, le coordinas el pasaje de ida y
la estadía indefinida en el Carajo Hilton Resort & Casino. ¿La razón?
Esto no es un amigo o una amiga: esto es un “bully”, no jorobes.
Ojo, no se
confundan, que tampoco no soy un energúmeno.
Tengo buenos amigos y amigas, con quienes he compartido momentos alegres
y situaciones difíciles en armonioso balance.
A pesar de mis defectos, mis dudas y mis malas palabras, agradezco el
frondoso Bosque de la Amistad que he sembrado junto a personas que ya, más que
amigos, son familia. Junto a ellos y
ellas, me he sentado bajo los árboles que hemos plantado juntos y que han
crecido, altos y fuertes, simplemente para disfrutar de su sombra o comer de
sus deliciosos frutos. Por eso, me
indigna cuando alguien viene disfrazado de arbolito de la Estación Experimental
y se impone crecer en mi patio a toda costa.
No me queda más que arrancarlo de raíz porque es, simplemente, un matojo
espinoso. Cuidar de esta siembra me ha
tomado demasiados años como para que cualquiera venga a joderme la finca.
Ustedes,
mis árboles queridos, me comprometen a honrar mi nombre con orgullo –por si no lo
sabían, “Jorge” significa “hombre de la tierra”. Con ese mismo celo de agricultor dedicado,
protejo mi siembra querida, inspirado por todo lo bueno que reconozco en sus
caras, en sus mensajes, en sus llamadas –y hasta en sus silencios. El amor que recibo de ustedes está ahí,
plantado en tierra firme, abonado con la alegría de que son como quieren ser. Por supuesto, de igual forma me permiten que
sea yo mismo, sin alterar ninguna de mis imperfecciones.
Los
matojos, pues, al carajo se van.
Ustedes, los que son, quédense donde están, tranquilitos. Hoy hace buena brisa y
tengo ganas de colgarles una hamaca.