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domingo, 26 de febrero de 2012

Matojo


Advertidos quedan mis amigos y amigas creyentes de la paz y el perdón: con toda la alegría del mundo, confieso que he mandado a una persona al mismísimo carajo.

Antes de que les sobrevenga un infarto que les ahogue en medio de sus inhalaciones profundas, aclaro que no se trató de un exabrupto cruel, de esos que se gritan frente a un chorro de averigua’os.  Por supuesto, desde ya agradezco que procuren el bienestar de mi ser con cánticos, oraciones y buenas vibras, rogando por la paz de mi alma aunque, si soy franco, entiendo que no lo necesito: precisamente, por hacer lo que hice, me siento como unas pascuas.

Estudiemos la situación: digamos que la vida te coloca junto a esta persona –colega, profesional, de apariencia inteligente y educada—con la que estableces una conexión saludable.  (Precisar si es hombre o mujer no es necesario: la historia aplica a personas de ambos géneros.)  Pues bien, la conversación fluida e ingeniosa crece al punto que ambos concurrimos en el mutuo interés por dialogar en otras instancias sobre diversos temas: desde los beneficios de la manzana hasta los atuendos de la alfombra roja de los premios Óscar.

Todo parece marchar sobre ruedas: te sientes feliz de coincidir en tiempo y espacio con otro ser humano con intereses afines a los tuyos.  Entonces, un buen día –por alguna extraña razón de esas que solo Dios sabe—la conversación se interrumpe: te quedaste dormido viendo la tele, decidiste organizar tus gavetas, yo qué sé.  El punto es que, cuando rescatas tu celular, encuentras catorce mensajes de texto de la misma persona en un período de quince minutos.  Ahí es que la realidad te mete su primera pescozá: esto no es como me lo pintaron.

Aún así, decides darle la oportunidad, pensando –como buen imbécil—que la culpa es tuya.  Pero no te estés creyendo: la presión continúa, esta vez disfrazada de una “sincera preocupación” por tu bienestar.   Ahí es cuando el ser humano se transforma: con mensajitos de angelitos y sonrisitas, el bombardeo de mensajes de texto es abrumador.  Inhalas paz, exhalas encabronamiento y pides asistencia superior.  En el silencio, contemplas las respuestas a ese interrogatorio del tipo AK-47 que fluyen solitas, sin mucho esfuerzo:

¿Dónde estás?
Donde me sale de los cojones.
¿Qué haces?
Lo que a ti no te importa, metiche.
Hello, ¿por qué no me contestas?
Hello!!!  Porque no me da la gana.
¿Qué pasa contigo?
Que estás fastidiando y no te enteras, carajo.
Te envío este angelito del amor para que te proteja.
Qué bonito; métetelo por donde mejor te quepa.
Estoy orando por ti, por si no te sientes bien…
¿Por qué mejor no oras por tu salud mental?
Amiguito, ¿ya no me quieres?
No. Me. Jodas. Más.

Entonces, con mucho amor, compasión y una gran sonrisa, le coordinas el pasaje de ida y la estadía indefinida en el Carajo Hilton Resort & Casino.  ¿La razón?  Esto no es un amigo o una amiga: esto es un “bully”, no jorobes.

Ojo, no se confundan, que tampoco no soy un energúmeno.   Tengo buenos amigos y amigas, con quienes he compartido momentos alegres y situaciones difíciles en armonioso balance.  A pesar de mis defectos, mis dudas y mis malas palabras, agradezco el frondoso Bosque de la Amistad que he sembrado junto a personas que ya, más que amigos, son familia.  Junto a ellos y ellas, me he sentado bajo los árboles que hemos plantado juntos y que han crecido, altos y fuertes, simplemente para disfrutar de su sombra o comer de sus deliciosos frutos.  Por eso, me indigna cuando alguien viene disfrazado de arbolito de la Estación Experimental y se impone crecer en mi patio a toda costa.  No me queda más que arrancarlo de raíz porque es, simplemente, un matojo espinoso.  Cuidar de esta siembra me ha tomado demasiados años como para que cualquiera venga a joderme la finca.

Ustedes, mis árboles queridos, me comprometen a honrar mi nombre con orgullo –por si no lo sabían, “Jorge” significa “hombre de la tierra”.  Con ese mismo celo de agricultor dedicado, protejo mi siembra querida, inspirado por todo lo bueno que reconozco en sus caras, en sus mensajes, en sus llamadas –y hasta en sus silencios.  El amor que recibo de ustedes está ahí, plantado en tierra firme, abonado con la alegría de que son como quieren ser.  Por supuesto, de igual forma me permiten que sea yo mismo, sin alterar ninguna de mis imperfecciones.

Los matojos, pues, al carajo se van.  Ustedes, los que son, quédense donde están, tranquilitos.  Hoy hace buena brisa y tengo ganas de colgarles una hamaca.

martes, 19 de enero de 2010

Nuestros

Son nuestros, los haitianos. Todo el mundo los reclama, de repente, como suyos.

De entrada, la expresión es acertada, por la solidaridad y la empatía. Nos hermanamos a ellos en el dolor, reconociendo en sus pérdidas un sentimiento profundo que nos embarga, aunque su realidad y la nuestra disten como el cielo y la tierra. Y es lo correcto, ¿por qué no? En boca de nuestros líderes de opinión, comentaristas radiales, políticos profesionales y narradores de butaca, suena bien. Es importante recabar en la conciencia, sobre todo cuando se trata de recolectar donativos.

Sin embargo, me espantó un poco esa hermandad tan súbita, desmedida, un tanto manoseada. Por eso me reí un poco cuando fui testigo, sin quererlo, de uno de esos actos de hermandad hacia la comunidad haitiana.

Justo a la entrada de una tienda por departamentos, cerca del corral de los carritos, colocaron un candungo enorme para que nosotros, oh generosos clientes, depositáramos ofrendas a favor de “nuestros hermanos” de Haití –según rezaba un cartel colocado a tales fines, justo sobre el candungo. Cuando pasé, le eché un ojo al recipiente y apenas contenía una bolsa muy cubierta, quizás con alguna ropa usada o comestibles. De pronto, una señora –noble sin duda, saludable y rolliza, cristiana a todas luces—se acercaba junto a otra –igualmente buena, rolliza y cristiana—cargando una caja con cuatro galones de agua.

Presintiendo la escena de antología, decidí quedarme por allí mirando boberías para observar el momento en que ocurriría el gran donativo. Las señoras, muy fajadas con la caja que, evidentemente, les pesaba más de lo que suponían, conversaban entre sí.

“Ay nena, ayúdame, que esto pesa”, decía la señora uno, empujando la caja.

“Ten cuidao, no te vayas a jorobar la espalda”, respondía la otra.

En eso, un amable empleado se acercó para ayudarlas a terminar el forcejeo con la dichosa caja hasta que, finalmente, llegó a su destino. Las dos señoras, sintiéndose mejores ciudadanas, cerraron el acto de cooperación con sendas sonrisas de alivio.

“Esa pobre gente parte el alma”, dijo la una, retomando el carrito. “Me dan una pena que te digo, hasta me pongo mala de ver las noticias”.

“Ay sí, nena”, siguió la otra, revisando el shopper. “Mira, las colchas que te dije están en especial.”

En ruta hacia el departamento de ropa de cama, las rollizas damas continuaron su travesía. Así de pronto se olvidaron de la desgracia, la ruina y la hermandad haitiana.

Me atacó una risita necia ante la circunstancia. Y de pronto, me detuve frente al candungo, ahora más lleno que a mi entrada a la tienda, y una voz profunda me habló con fuerza. ¿Qué estás diciendo tú, si también les habías olvidado hasta que tembló la tierra?

Aunque poco, había conocido algo de la historia del pedazo oriental de La Española cuando tomé un curso sobre historia del Caribe hace unos años. En ese entonces, me pareció curioso que, siendo la primera colonia en librarse de la esclavitud a fuerza de su propia rebeldía, Haití se convirtió en el país más pobre del hemisferio occidental. Luego, a través de amigos y amigas que sí lo han visitado, confirmaba su paupérrima situación. De hecho, todavía recuerdo a aquellas tribus de nómadas haitianos que venían a mi pueblo con las fiestas patronales. Me les acercaba de lejos, mirándoles con curiosidad y miedo, escuchándoles hablar el créole sin entender ni papa. Mirándoles de lejos, ajenos y distantes, igual que ahora lo hago a través de las noticias.

Y ahora, ante la desgracia, todos les llamamos “hermanos”. De repente, hasta son nuestros. Y me pregunto, ¿hasta cuándo?

No sé, pero pienso que esa repentina hermandad debería trascender la desgracia. Sería bueno que, en lugar de tirarles una caja de agua en un candungo o regalarles la ropa usada, les invitáramos a comer, escucháramos sus historias, aprendiéramos sus cantos, esos que –según los reportes—sobrellevan esas largas jornadas en medio de la más absoluta incertidumbre. Sería bueno aprender sus chistes, comprender sus creencias, aprender sus secretos y, cómo no, acompañarlos hasta que puedan volver a ser la gente viva que era antes de la gran tragedia. Lo triste es que, precisamente, su desgracia es mucha, demasiada, y costó una sacudida despiadada para que nos diéramos cuenta de dos verdades: su miseria y la nuestra.

Sí, porque aunque nos hermanemos con ellos sin contemplaciones, también somos un tanto mezquinos. Es cierto que cooperamos con la causa, pero doblamos la esquina y continuamos la vida, igual que las señoras buenas que se fueron a comprar colchas. Aún frente a la desgracia que continúa a dos islas de distancia, seguimos en lo nuestro. Reiteramos el lamento borincano inacabable en cuanta fila se nos ocurre: que si la política, que si la criminalidad, que si el desempleo. Y terminamos, como siempre, mirándonos el ombligo.

Esta vez, la historia debería ser diferente.

Quiero creer que Haití se levanta, agarrado de muchas manos, las de todos los que quieren ayudar de veras. Quiero sentir que esta solidaridad sincera continúa, sostenida y fuerte, para que ellos puedan renacer a la vida como se merecen. Quiero asegurarme de que no se van, porque nos enseñarán a enfrentar el futuro de una mejor manera: aprendiendo a vivir con menos y a sentir con más ganas la vida que nos mantiene unidos a esta tierra que nos guarda.

Quiero saber que, cuando ellos tengan fuerzas y estén de pie, mantendremos su mano agarrada, porque también es nuestra, caribeña y, de verdad, hermana.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Calendarios

Será por la crisis, de seguro. Pero este año, contrario a otros, he tenido que comprar un calendario.

Me ha chocado bastante, la verdad. Acostumbrado como estaba a recibirlo como obsequio de alguna de mis empresas favoritas, me he encontrado con la necesidad ausente de páginas futuras para anotar las citas que, a principios de enero, ya comienzan a pautarse. Por supuesto, ni siquiera consideré acercarme a esa senadora que, so pretexto de promover su magnánima obra, pretende llenar el vacío dejado por su ex compañera de bikinis, ilustre ponceña ahora casada con el pelotero.

Así pues, no me ha quedado más que escoger entre opciones que van desde los perros y los gatos, pasando por los faros, las palmeras, los salmos y las putas. Al final, escogí un ejemplar muy sobrio, digno de colgarlo en la puerta en plan recordatorio, como Dios manda.

Cuando llegué a casa con el ejemplar, lo desempaqué de prisa y me tomé un tiempillo para mirar sus páginas. La posibilidad de doce meses nuevos, sobre los que aún no se ha escrito ni una palabra, me desconcierta. Es un nuevo año, y muchas opciones; trescientas sesenta y cinco para ser precisos. Y el que se aproxima no es uno más: se trata del final de una década, la primera de un siglo que hace poco estrenamos y del que, evidentemente, no saldremos vivos.

Poco a poco, encuentro las fechas que me interesan. Mi cumpleaños, que caerá en sábado. Luego, los de mi familia y amigos queridos, por aquello de repasar si todavía me sé las fechas. Entonces, voy a los días feriados –en estos ejemplares gringos, como es de suponer, faltan las referencias a Hostos, De Diego y Muñoz Rivera. Igual miro el viernes Santo –que, como es obvio, caerá en viernes. Y la próxima Navidad, que también será un sábado.

Este gusto, aunque raro, me conmueve. Quizá es porque, con este ritual, me llega el lejano recuerdo de aquellos calendarios de hoja que aprendí a degustar en casa de Abuela Luz, la reina de los calendarios. Cada vez que la visitaba, hacía lo posible por acercarme a su almanaque de hojas grandes, siempre colgado de una pared en la cocina, para averiguar lo que allí se documentaba. Y es que Mamigüela tenía la costumbre de convertir sus calendarios en una minuciosa bitácora: visitas recibidas, achaques majaderos, litros de leche comprados, malos ratos, cuentas pendientes, mensajes curiosos y otras penurias de su vida.

De chiquito, siempre recuerdo que en mi casa siempre había calendarios, en todas partes. Algunos eran (y siguen siendo) muy sosos, como los del Banco Popular –que, dicho sea de paso, en su versión 2010 se redujo a una fracción ínfima de su versión original. Los de las farmacias y las tiendas eran más divertidos: me encantaba que pasara el día para arrancar la hojita y leer el chiste impreso al dorso. Eso sí, nunca me gustaban los de foto fija por el año entero, porque eso de estar mirando a una japonesa en plan geisha con sombrilla, o un paisaje nevado de sabe Dios qué planeta, o unas gemelitas rubias vestidas de vaqueras bobas... Guácala, qué aburrido.

Con la computadora, estos aditamentos fueron postergándose hasta lo inservible. De pronto, era más fácil acudir a la versión electrónica, anotar una fecha que, con ajustes aquí y allá, se recordaría para siempre. Sin embargo, aún con lo que utilizo esa comodidad, todavía prefiero el método que aprendí desde hace muchos años: los papeles fijados a la hoja de los días, grapados o adheridos, resaltados con marcador rojo para que no se olviden. Así, mes tras mes, se adhieren papelillos anotados y colocados curiosamente, según sus diversos calibres: los asuntos urgentes, los momentos dulces, las citas interesantes. Y al final del año, el gran libro de los meses se convierte en una bitácora que suelo repasar con un dejo nostálgico.

Este año, sin embargo, el ritual pasó sin pena ni gloria. Removí el calendario viejo, crucificado de historias pasadas, y lo eché a la basura sin titubeo alguno. Entre los recuerdos inservibles y los hechos insalvables de este 2009, preferí ilusionarme con la página en blanco, olorosa a nuevo, llena de expectativas que, en concreto, me seduce con la posibilidad.

La familia, los amigos, el trabajo, la salud, los buenos momentos, los ratos de ocio, los viajes, la esperanza. Todo cabe en este espacio nuevo y excitante. Lo impreciso y lo inconstante, lo triste y lo insólito, lo acabado y lo perdido; incluso, lo vacío. Igualmente habrá lugar para ello en estas hojas nuevas, aunque no lo quiera.

Por ahora, prefiero mirar hacia la puerta, y dejarme seducir por la imagen sobria de este nuevo calendario que ya cuelga sobre ella. Pienso en la posibilidad de nuevos días, aún mejores si es posible, tanto para mí como para los seres que están cerquita de mi corazón. De igual forma, miro esas páginas aún vacías, y quiero que cada una represente un momento feliz, multiplicado en abundancia para este país sediento de buenas noticias. Y que haya otros aciertos mejores, como el triunfo contundente de este mundo, desde todas sus esquinas y angosturas, que nos permita avanzar desde la incertidumbre hasta la plenitud.

Quiero que, para el año que se hace inminente, muchos calendarios nuevos se abran, con páginas bonitas, relucientes y esperanzadoras, en cada uno de sus espacios vitales. Que en ellos se anoten los momentos buenos, los que perduran, los que marcan diferencias, anticipan logros, pintan entusiasmos.

Ojalá que, en sus calendarios, se escriba el futuro que merecemos. Es más, no creo que sea necesario postergarlo más: sería bueno empezarlo desde ahora.

¡Feliz 2010!

domingo, 20 de diciembre de 2009

Dos semanas

Suenan las campanas de la catedral y, de repente, como muere el lechón, así llega la gran fecha anticipada por el frío mañanero, los olores de la cocina y las bombillitas nocturnas. Es un tiempo en el que todos queremos sentirnos felices, porque así nos lo han enseñado: it’s the most wonderful time of the year.

A los boricuas nos encantan las navidades, no hay duda. El cruce del charco para los que están ausentes se planifica con antelación, el reguero de gente que se desmadra por agradar con regalos es ley absoluta. Y nada más de pensar en que vamos a gozar, ja, ja, nos cambia el ánimo: de angustia a felicidad en menos de lo que se dice “tarjetazo”. Wepa, wepa, wepa.

Por eso, cuando la Navidad se convierte en una amenaza real, nos asustamos como si viniera el cataclismo. “Ay madre, si ya están ahí encima”, claman algunos, pidiendo tiempo para completar faenas que, al cabo de cincuenta semanas, se han olvidado por completo. Así empieza el desate: mover muebles de aquí, retocar paredes por allá, limpiar, pintar y renovar, a fin de que el “crisma espíri” no nos coja con la puya doblá.

Pero esa premura que nos ataca cuando sólo falta una semana y todavía estamos a medias, tiene sus consecuencias. La paciencia se viste de gala cuando nos acercamos al centro comercial, aunque sea para comprar una cabeza de ajos para el adobo del pernil. Conseguir estacionamiento ya es un logro. Luego, cargar paquetes se convierte en una gran proeza, igual que torear coches inmensos con niños llorosos, eludir madres furiosas desgañitándose por el teléfono celular y esquivar padres de rostro sombrío que cargan latas de pintura. Para todos, la felicidad.

Con el ambiente de crisis que permea a nivel general, pensé que este año sería diferente. El son de los panderos navideños me recuerda a las marchas de octubre, reclamando empleos que, a ojos vistas, no volverán. En principio, y con estos petardos, uno supondría lo más sensato: las personas, sumidas en la prudencia, se habrían alejado de los gastos pueriles, reconociendo al fin que el tener no define el ser. Pero, nada que ver: este año, el carpe diem boriqua se ha manifestado con mucha fuerza y en muchos Marshall’s. Las Pascuas vienen a hacer un desplante a la cordura, comprando hasta la locura, sin pensar en el estrés.

Y los Reyes que llegaron de Belén, por la misma ruta volverán. En eso, cuando se apague el último arbolito y, con él, se extinga el chiqui-qui-chiqui del aguinaldo, enfrentaremos la verdad. Empezará a subirse la larga y empinada cuesta de enero, y el correo revelará los desmadres de diciembre. El dulce villancico sucumbirá ante el lamento borincano que siempre nos ataca cuando acaba la alegría, alegría y placer.

Siempre me hago la misma pregunta: ¿Para qué sufrir tanto afán, si este revolú sólo dura ¡DOS SEMANAS!?

Ni el mismo Niño Jesús podría responder. De hecho, si se le observara detenidamente en algún belén olvidado, sonriente y dulce en su cuna de pajas, notaremos que extiende los brazos con un gesto que hasta me recuerda al reguetonero Miguelito. Con los deditos arriba y cara inocentona, en plan quéslaque mano, akí ya tú sabe, papi, el chiquito parece de lo más cool. Pero ni siquiera tenemos tiempo para verle la cara, ni a él, ni a sus santos padres, protagonistas ausentes de la historia sustituida por todo este barullo que somos capaces de armar, desde el último eructo del festín pavero.

Este rollo no tiene por qué serlo cuando nos adentramos a la verdadera navidad, ésa que se celebra con momentos simples. Sólo es necesario tener presupuesto para cuatro regalos: alegría de vida, felicitación en boca, saludo en mano y sonrisa presta. Ni siquiera hay que romper dietas, es más, ni siquiera hay dietas. Comemos lo de todos los días, y vivimos como de costumbre, con la única salvedad de que, en esta época, somos más felices porque sí, porque queremos. Y nos proponemos compartir esa felicidad con los demás, sin que nos cueste.

Así que, cuando le agobie la angustia del embeleco que viene pa’ encima como el huracán inminente, deténgase y piense: son sólo dos semanas. Busque alguna imagen del nacimiento, observe con cuidado y respire profundo: mire a ese niño tierno, dormido entre pajas, flanqueado por sus padres benditos.

Entonces recuerde: lo único que ellos desean, y todavía quieren, es una noche de paz.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Negra con sombrilla

Allí estaba: de pie, desnuda, hermosa y negra. Como adorno, más bien apoyo, llevaba un paraguas, también negro. Miraba hacia el ojo del pintor que, a través de trazos mágicos, capturaba su imagen para la posteridad.

Así fue que la descubrí hace muchos años, colgada de una pared en el Museo de Arte de Ponce. Si mal no recuerdo su título –lamento mucho no recordar su autor—era una “Negra con sombrilla”. Así, sin ostentaciones ni artificios: era una mujer hermosa, de pie, vestida solamente con su carne oscura, firme, preciosa.

No sé por qué, al leer la infame noticia sobre el inexplicable gesto de guillotina literaria impuesto por nuestro insigne Secretario de Educación, la recordé. Y admito que temí por ella: de pronto, con estos aires de censura que nos endilgan los “duros de la materia”, habrá que esconder cualquier seña que pudiera interpretarse como ofensiva, aún cuando –en otros contextos más profundos e inteligentes—se denomine una expresión artística.

Sabemos que esta garata no es nueva: desde que el mundo es tal, la pugna entre la decencia y la libertad se mantiene viva y ágil. Los intentos puritanos del conservadurismo extremo claman por adecentar las expresiones públicas –mayormente artísticas—en pos de proteger los “mejores intereses de la sociedad”. Por su parte, el sector liberal levanta su voz intransigente, devolviendo a la ecuación su balance justo, propuesto por la necesidad de trascender las perspectivas de lo normal, lo aceptable, en fin, lo verdaderamente decente.

¿Qué haría la negra si se enterara de esta hecatombe?

Me la imagino entrando así, desnuda y descalza, por los pasillos fragantes a Lysol del Departamento de Educación. Tras burlar la seguridad atontada por su apariencia –más de uno de esos guardias fofos de uniforme de poliéster se habría relamido en silencio—la negra caminaría muy oronda, sombrilla en mano, hasta el ascensor del edificio. Un par de secretarias de uñas largas, que habrán bajado de sus oficinas a cogerse el “break” del café negro y el Salem mentolado, la mirarían con incredulidad absoluta: “¿Y quién es esa loca?”, preguntarían, extrañadas, mientras sacan de sus respectivas carteras D&G los celulares con guindalejitos para comenzar la faena informativa a todo el personal.

“Una negra esnúa anda por ahí”, dirían, asustadas, pensando que se tratara de una deambulante esquizofrénica.

La negra, impávida, subiría en el ascensor, tranquila y silenciosa. Uno que otro pasajero intentaría acompañarla en el viaje pero, al verla así –pose altiva, senos erguidos al aire, manos discretamente ubicadas frente a su pubis frondoso, siempre sujetando su sombrilla—se cohibirían. Después de todo, le harían un favor: ella no desearía explicar su apariencia, escuchar cantaletas religiosas ni soportar chistecitos a sus expensas.
Así, de lo más campechana, la negra llegaría al piso indicado. Meneando su nalgaje prominente, caminaría hasta la misma oficina del secretario Chardón. Su asistente administrativa –advertida ya por sus colegas vía mensajes de texto—la enfrentaría con firmeza.

“Usted no puede pasar, señora”, diría la secretaria con decisión.

La negra, sin chistar, continuaría su camino.

“¿Pero es que no me entiende? Aquí no puede entrar, y mucho menos así—“

La negra se detendría, mirando fijamente a la señora, entreteniéndose por un instante en su apariencia: peinado impecable, demasiado maquillaje, uniforme de chaquetón grueso, falda plisada, medias de nilón y zapatos de punta. Un prendedor del Divino Niño brillaría en su solapa y, al verlo, la negra ensayaría una sonrisa leve. Entonces, continuaría con paso decidido hasta la sala de juntas.

“¡Indecente!”, gritaría la dama, tocándose el medallón dorado de la Virgen Milagrosa enredado entre sus collares. “¡Voy a llamar a la policía!”

Sin titubeos, la negra apretaría con firmeza el mango de su sombrilla, caminando en dirección a la pesada puerta. Al abrirla, descubriría el cónclave: el secretario Chardón, rodeado de su cartel de asesores –aún enrojecidos por las carcajadas moribundas de un chistecito de sobremesa—repasarían otra vez la lista de libros sometidos a las autoridades censoras, en aras de promover la decencia. Ante el inesperado suceso, todos y todas detendrían sus labores para mirar a la recién llegada. Atolondrado, con el chaquetón desabrochado y la corbata torcida, Chardón se pondría de pie a toda prisa.

“¿Pero qué es esto?”, reaccionaría el Secretario, desconcertado. Algunos asesores se persignarían. Otros comentarían por lo bajo, impresionados. Alguna doña culifruncida arrugaría la nariz, en absoluto repudio a la negritud desnuda. Y algún ñame encorbatado se ajustaría la bragueta, disimulando la erección inmediata.

La negra, por supuesto, no diría nada. Sólo se acercaría, silenciosa, midiendo cada uno de sus pasos descalzos sobre la alfombra mullida. El brillo de su piel oscura resaltaría bajo las luces del salón de reuniones. Su cabello rizado enmarcaría la belleza única de su rostro estupendo.

Ya delante de Chardón, la negra miraría de frente. Sus ojos oscuros emitirían un fulgor inexplicable. Y de un solo movimiento, rápido y certero, la negra le asestaría tremendo sombrillazo.

“Imbécil”, diría la negra por lo bajo. Chardón, atontado por el golpe, caería otra vez sobre su silla. Algún asesor le ayudaría, mientras los demás quedarían sentados, demasiado tontos como para reaccionar.

Dando la vuelta en plan de salida, la negra observaría el ejemplar de El entierro de Cortijo que alguien habría olvidado sobre la gran mesa. Entonces, nalgueteando a gusto, como si las mismísimas congas de la orquesta le acompañaran, caminaría tal cual llegó, desnuda y serena. Sólo que ahora llevaría en sus manos la sombrilla negra, doblada por la cabeza dura de un idiota que no sabe de letras.

Y antes de salir, claro está, diría una gran mala palabra. Para que se jodieran.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Space Invaders

Caso número 1: usted está haciendo la fila en el banco. Aguarda su turno con resignación según el orden establecido: de ser el último cuando llega, avanzará conforme al movimiento de la cola hasta ser atendido. El ambiente permanece más o menos tranquilo hasta que un caballero –muy señor él, cómo no—entra hablando por su teléfono celular a un volumen que excede los parámetros del recinto bancario. De pronto, la fila se incomoda: todos los presentes (y sospecho que unos cuantos ausentes también) se enteran de los malestares estomacales de una mujer que está hecha una porquería, su próxima operación de discos herniados de la que espera salir vivo, su viaje a Miami para visitar a unos parientes…

Caso número 2: usted espera su turno para pagar en la tienda de descuentos. Mira a su alrededor alguna revistilla tonta para pasar el mal rato de esperar a que la cajera resuelva un problema de precio en el terminal de cobro. Mientras tanto, la señora que le sigue a usted en la fila decide que es tiempo de avanzar y coloca sus dos galones de detergente, un canasto de ropa y un saco de diez libras de comida para gatos en los tres centímetros de mostrador que están disponibles en el terminal de pago. Ni siquiera la mirada fulminante que usted le dispara, la detiene. La doña sigue colocando sus chucherías como que esto no es conmigo, mientras su hija adolescente repasa desde lejos el menú de las pizzas y los refrescos que atacarán tan pronto ambas terminen de pasarle por encima.

Caso número 3: usted completa un trámite en una agencia de gobierno. Sentado en una silla incómoda, ha padecido la extraordinaria oferta televisiva de Univisión. Entonces, llega una pareja singular: él, señor maduro; ella, esposa peleona. El aire de trifulca entre ellos aún no se disipa cuando la mujer, en actitud retante, se acerca a la empleada para hacerle “una preguntita”. La diminuta consulta demora unos diez minutos y, de pronto, la señora consigue burlar descaradamente el sistema de turnos y salir de la agencia alardeando su buena suerte, que vocifera al marido con aire de triunfo.

¿Qué tienen en común estos tres casos? La inconsciencia ciudadana del siglo XXI.

No sé cuántas veces he sido atacado por estos invasores del espacio común, tan multiplicados por las calles de nuestro país. Uno trata de vivir como la gente, siguiendo el orden lógico de la civilidad: habla con moderación, aguarda su turno, pide permiso y da las gracias; en fin, hace alarde de la buena educación que le enseñaron –en muchos casos, a fuerza de pescozones—en sus años formativos. Entonces, se topa uno con cada animal de dos patas que, con o sin conciencia de sus actos, irrumpe en los espacios ajenos con el descaro propio de quien no se ha leído el Manual Básico de la Convivencia Humana o, sencillamente, decidió utilizar el papel para limpiarse donde el sol no alumbra.

Estos seres campean por sus respetos de muchas otras maneras. Salen a la calle sin cinturón de seguridad, se almuerzan las señales de tránsito y se trepan en las aceras como si tal cosa. Discuten detalles de sus amores mientras escogen las papas en el supermercado. Transmiten en directo sus hazañas laborales desde los cubículos del inodoro público. Protagonizan sin saberlo, con sus vidas tan privadamente públicas, su propio “reality show”: Esos pesados cuernos de mi cuñada María, Ando solo y triste cada viernes, Canto como Ednita en los karaokes porque estoy bien rica, Qué me importa la vida de mi ex (pero quiero saber dónde está).

Algunas veces he pensado seriamente en detenerlos. He querido enfrentar a cada uno de esos hombres y mujeres que me invaden la vida con sus impertinencias mirándoles con firmeza. Sin titubeo alguno, he sentido ganas de decirles así, con todos los dientes, “De verdad que lo que usted hace con su vida/su dinero/su hígado/sus minutos de celular/sus orificios me importa torta. ¿Se podría callar la boca y dejarme vivir en paz?”

Posiblemente, me sentiría muy feliz y liberado, aunque recibiera miradas de puñal, insultos gratuitos y alguna que otra querella ante las autoridades. Pero sé que es perder el tiempo: luchar contra uno/a de estos invasores del orden público es empujar una pared. Son demasiados seres que viven por ahí engrandecidos con sus pequeñeces, diseminados por el mundo como una peste insufrible que ni ellos mismos pueden oler.

La próxima vez que haga una fila, espere en una oficina o haga una gestión pública, piense un poco. Sería bueno que, para variar, se diera cuenta de que su derecho a vivir como le da la gana puede ser el comienzo de la invasión a la vida ajena. La mía, y la de los demás.

También podría pasar que un escritor con buen oído capture los detalles insulsos de su vida ídem para escribir una historia con la que ganará reconocimiento internacional. Cuando la prensa curiosa le pregunte sobre el origen de su historia, él dirá muy tranquilito, “La escuché por ahí.”

Y usted no podrá reclamar nada. Qué pena.

viernes, 30 de enero de 2009

Esnúa

Hoy, por primera vez, escuché hablar a Carla Capalli.

Ella es ¿diseñadora? No, creo que la diseñadora será la hermana. No sé. En realidad, no sé mucho sobre ella. Sólo sé que se ha convertido en una celebridad por su particular defensa contra la crueldad hacia los animales de circo. En 2006, cuando trajeron uno de esos espectáculos en los que había osos polares, la mujer se “esnuó” para protestar, como símbolo de la injusticia a la que se someten tigres, osos y elefantes en cautiverio, puestos en un circo a hacer tonterías para que la gente aplauda.

Por supuesto, la mujer se convirtió en toda una celebridad. Incluso, es punto de referencia para amigos y amigas que emularían su gesta frente a la crisis económica que nos abate: “Si no me aumentan el sueldo, por mi madre me esnúo frente al Capitolio como Carla Capalli”. Bueno, en realidad, tengo algunos amigos locos. Y amigas también. Muchos se inspirarían en el asunto y pelarían pa'bajo, sin pena ninguna. Y sería algo difícil de mirar.

Pero hoy, en el programa de Rubén Sánchez, la escuché hablar por primera vez. Y me gustó. Me pareció dulce, simpática, con un lejano aire de Von Marie Méndez, la otrora actriz de telenovelas. En sus planteamientos –bueno, lo que pudo hablar mientras Rubén insistía, con su fastidioso estilo— Capalli dijo que ella estaría “semidesnuda o en ropa interior” ejecutando la protesta por la llegada del circo Ringling Brothers ¿o Barnum Bailey? No sé. En realidad, no sé mucho sobre circos. El asunto es que dijo que, para el 17 de febrero, repetirá la protesta anterior e invitó a la comunidad general a unirse a su reclamo.

Con candidez, Capalli respondió a las preguntas e, incluso, toreó muy bien el careo frente al productor del espectáculo, Josantonio Mellado, quien mencionó a la PETA y a las “grandes sumas de dinero” que se les paga a celebridades para que armen estos rollos. No creo que ése sea el móvil de la ¿protesta? No sé. En realidad, no sé mucho sobre lo que ocurrirá allí. Pero sí sé que el periodista Sánchez, al parecer deslumbrado por la simpatía y la innegable belleza de Capalli, insistió en saber si estaría semidesnuda o en ropa interior…

Y ahí se acabó la ¿entrevista? No sé. En realidad, no sé mucho de ese asunto. Lo que sí sé es que Carla se “esnúa”. Porque la que se desnuda es “La Maja” de Goya y Lucientes, famosa pintura del siglo XVIII que repasé muchas veces mirando libros de arte, en plena efervescencia erótica. Era la única forma legal y alcanzable de mirar lo prohibido: hojear un libro de historia del arte y estudiar las reproducciones de aquellas pinturas que presentaban pechos túrgidos, nalgas suntuosas y genitales perfectos, todo con curiosidad juvenil, absorta, inenarrable.

Cuando rebusco para saber un poco más acerca de Carla Capalli en la Internet, sólo hay noticias viejas. Se menciona la protesta del 2005, alguna que otra nota débil que la deja en el mismo vacío existencial hasta que la aparean con el autor de aquella salvajada de los perros en el Puente del Indio, cuya notoriedad pasó a mejor vida –igual que los cadáveres que ya fueron olvidados. En este país, desafortunadamente, escándalos de esta naturaleza se diluyen en el fragor de las luchas políticas. Pensé que descansaríamos de ese rollo por algún tiempo pero, por desgracia, el leque-leque politiquero sigue y no para. Pero Carla insiste: ella quiere evitar, a toda costa, que los tigres y los elefantes entren a Puerto Rico, que las denuncias hechas por las autoridades se sepan, manejando con rigor estos espectáculos que –concurro absolutamente—no abonan en nada a presentar la realidad del mundo animal.

Y ella se esnúa. Por eso, en los comentarios sobre su inminente protesta del 17 de febrero, a Carla Capalli le llaman “loca”.

En mi vida he ido a dos espectáculos de circo, cuando era niño. De uno me acuerdo porque era tan tecato que el famoso acto de la cuerda floja estaba a dos pies del piso. Del otro, que vi en el coliseo de Ponce, sólo recuerdo que me habían sacado una muela y que, aún así, comí “pop corn” mientras había tres pistas en las que pasaban cosas que, de tan tontas, olvidé para siempre. Excepto que el elefante, luego de concluir su presentación, decidió regalarle a la audiencia sus hermoso despliegue de plastas fecales mientras hacía mutis por el foro. ¿Protesta? No sé. No entiendo mucho de elefantes.

Sigo sin saber mucho sobre Carla Capalli. Sólo sé que me pareció una persona muy honesta, que se describió a sí misma como “hopelessly optimistic” al concluir la entrevista con Rubén que, cierto o no, acudirá a mirarla, de seguro.

Si Carla decide protestar, a su manera, por la defensa de los animales –sean o no de circo—pues conmigo no hay problema. Ahora, un gran problema sería que, a esa protesta genuina y sincera se uniera Noelia, la ¿artista? No sé. En realidad, no sé mucho de Noelia. Sólo sé que también se “esnúa” y que también le llaman “loca”…

Pero ésa es otra historia.

domingo, 18 de enero de 2009

Mira, gordo

Cuando leí los detalles publicados sobre la pasión y muerte de Carlos Collazo De Jesús, “El Colla”, tuve que reírme. No de él, que no lo merecía, sino por la ignorancia. “El Colla” descansa en paz después de sufrir una larga serie de complicaciones producidas por su condición de obesidad mórbida y, además, el menosprecio de autoridades, instituciones y personas comunes que le rechazaron abiertamente o con el disimulo propio del eufemismo boricua.

Sin embargo, la risa tristona me duró poco. Cuando escuché el relato de su madre Teresa, sentí que la reivindicación del gordo infeliz –una especie abundante en nuestro entorno—estaba cerca. Esta señora humilde hablaba con la entereza de una mujer valiente, denunciando las terribles circunstancias a las que se enfrentaron ella y su familia durante la angustiosa agonía de su hijo. En su relato, doña Teresa reclamaba un trato sensible hacia las personas obesas en todos los renglones de vida porque, según sus sabias palabras, “los obesos también son seres humanos”.

Con la muerte de “El Colla” no terminaron las burlas. Hasta el mismo momento de su descenso al sepulcro se convirtió en comidilla para el comentario mordaz y la burlita imbécil. Delante de curiosos que apuntaban sus camaritas indiscretas para grabar con morbo la escena, desafiando el perímetro establecido por la Policía, los restos mortales del infortunado sufrieron la peor humillación. Cediendo ante el peso, las sogas que levantaban el enorme féretro se partieron, y el cadáver de “El Colla” cayó sentado en la fosa donde sería enterrado. Entonces, la fuerza que antes había demostrado doña Teresa se desplomó junto con el cuerpo inánime de su hijo. Los medios presentes tomaron nota del suceso y de las risitas de los presentes.

Y yo también me reí, al recordar un momento que había olvidado por completo.

En mis tiempos de universidad, tenía una compañera que se llamaba Madeleine. Era flaca, más o menos graciosita y, por deporte absoluto, le gustaba mofarse de todo cuanto se moviera. En aquellos años de múltiples complejos adolescentes, ser amigo de Madeleine era una garantía para evitar las burlas que repartía a diario desde una de las mesas de la cafetería, su “lugar de estudio”. Tomábamos juntos la última clase –un curso de inglés—y luego caminábamos hasta la salida de la universidad donde ella buscaba su carro y yo me apostaba en la parada a esperar mi guagua. En el trayecto, Madeleine se regodeaba en criticar a lengua suelta cualquier cosa: el seseo de la profesora de español, el pañuelo sucio del empleado de la cafetería, el bozo oscuro de la bibliotecaria… Yo, de tonto, le reía las gracias, confiado en que, estando a su lado me libraría de sus crueldades.

Hasta que un día faltó a clases. Como no la había visto en todo el día, me despreocupé de ella, y continué mi rutina académica hasta que, ya en la tarde, emprendí camino hasta la parada de guaguas. Enfrascado en mis pensamientos iba yo, cuando escuché unas risas lejanas, a las que no presté mucha atención. Entonces, a lo lejos, reconocí un vozarrón risueño. “¡MIRAAAAAAAAAA, GORDOOOOOOOOOOOOO!”. Era Madeleine, y me llamaba a mí.

Por supuesto, no estaba sola: se hacía acompañar de sus amigos y amigas que, al igual que yo, le hacían coro para evitar sus trampas burlonas. Al escuchar el alarido, el grupete estalló en carcajadas al confirmar que aquel grito provocó que yo volteara la cabeza, reconociéndome como el receptor del adjetivo cruel. A lo lejos, Madeleine gritó no sé cuántas cosas sobre los pormenores de la clase a la que había faltado por gusto. Me zafé como pude tan rápido como pude, loco por alejarme de su vista y de sus burlas.

Muchos años más tarde, volví a ver a Madeleine mientras compraba en una farmacia de Ponce. Ya no era graciosita: su aspecto descuidado la acercaba peligrosamente a la desgracia. Aunque había aumentado como ochenta libras, insistía en vestirse como en sus años menos crueles, derramándose en un atuendo que, en realidad, era un atentado. La vida se había burlado de ella. Y yo, mirándola de lejos, esquivé su presencia y dejé que se marchara.

Por eso, cuando repaso la historia de “El Colla” y su triste final, me río y me alegro. Porque sé que ahora, en espíritu, Carlos Collazo De Jesús vuela libre por la eternidad, sin la atadura de su cuerpo pesado. Y estoy seguro de que, si se encontrara con mi ex amiga Madeleine, quizás tendría más valor que yo y le haría el frente, sonriéndole. Quizás hasta le soplaría unos cuantos números pa’ que jugara al Pega Tres, a ver si cree en los angelitos.

jueves, 15 de enero de 2009

Maestro Guionista

Nunca olvido el día en que inició mi vida cuarentosa. Y hoy lo recuerdo como si acabara de ocurrir.

Ese día se había planificado una actividad organizada por la Asociación Puertorriqueña de Guionistas y Dramaturgos (APGD) –bajo la presidencia de mi queridísima amiga Mirelsa Modestti y de la que fui secretario en la junta directiva—en el teatro municipal de Carolina. La intención de aquel sencillo evento era homenajear a cuatro importantes escritores y dramaturgos del país, en sintonía con la Semana Mundial de Autores Vivos.

Por la naturaleza del acontecimiento, cambié el festejo tradicional del cumpleaños familiar por el corre y corre de última hora. Aún cuando se trataba de una actividad sencilla, la expectativa era grande: esa noche se le otorgaba un reconocimiento al Gran Maestro de los Guionistas Boricuas. Era un hombre famoso, de chispa innegable y gran ingenio, que por años miró al mundo y escudriñó nuestra psique colectiva a través del cristal inmenso de sus emblemáticos espejuelos de marco negro.

Aunque su condición de salud empezaba a deteriorarse, la familia del homenajeado accedió al interés de la APGD en reconocer sus méritos. Con gran esmero y mucho respeto hacia su familia, se organizó la entrada al teatro de una manera discreta pero impactante. Luego de escuchar una extraordinaria semblanza leída por Beba García, que sirvió como preludio a la publicación de sus memorias, una de las puertas laterales del teatro se abrió para recibirle.

Al presentarlo ante la audiencia, todo el mundo se puso de pie y aplaudió con emoción. Allí estaba: un poco menos ágil y sin hablar, pero era el mismo que disfrutaba metiéndose en nuestra casa durante el almuerzo y la comida, mientras nosotros, frente al televisor, nos adentrábamos en la suya. Con aquel cálido aplauso con que la audiencia le recibió, provocamos una sonrisa en su rostro inconfundible. Y con ese aplauso le abrazamos, reclamándole como algo muy nuestro, porque lo es, sin duda. Nadie como él ha podido reflejar la vida de la clase media boricua, retratándola desde cada ángulo preciso y plasmándola en los libretos de sus comedias. Y nadie puede negar que se le moviera la risa con sus ocurrencias, hilvanadas con gran tino para construir miles de historias televisivas que hoy son parte del glorioso pasado televisivo de nuestro país.

Al enterarme de su fallecimiento, regresé en el recuerdo a aquella noche que cumplí cuarenta años. Y ahora que miro hacia atrás, sabiendo que ya no está con nosotros, me doy cuenta de que ése fue el mejor regalo que me hizo Mirelsa a mis cuarenta años. Tener la oportunidad de reconocer en vida al Maestro Guionista era una misión obligada que hoy recuerdo con dulce tristeza. Porque fue la única vez que pude verle en vida, y mirarle a los ojos. Porque reconozco que su inspiración vive en cada uno de los que hemos participado de esta aventura agridulce de escribir historias para la televisión. Y porque, inspirado en su legado, sigo el compromiso de enseñar a otros sobre este arte que él dominó con indudable maestría.

Don Tommy Muñiz: hoy le aplaudo de pie, como lo hice aquel día de mi cumpleaños.

martes, 6 de enero de 2009

Creer

No, no te engañé, mi niño: los Reyes Magos sí te trajeron un regalo.

Yo sé, y no llores. Sé que querías ese televisor grandote que te hace tanta ilusión. Esperabas una nueva computadora o, por lo menos, el aditamento ése que me dijiste que necesitabas. En tus sueños inocentes, imaginabas que los tres vecinos de Oriente por fin se acordaban de tu dirección, y te sorprendían con algún regalo que encendiera de nuevo la luz de tus ojos lindos. Pero no, no pasó. Y ahora me reclamas, con toda la razón.

Fue mi culpa, lo acepto. Pequé por decirte que sí, que aún cuando no escribieras la cartita ni buscaras la yerba, los tres magos sigilosos se escurrirían por las rendijas de tu casita fría y, al pie de tu cama, depositarían una montaña de regalos. Pero no fue con mala intención: quería entusiasmarte con la idea o, al menos, provocar en ti un deseo, una ilusión, una alegría como la que yo sentí cuando volví a creer.

Porque, mi querido niño, una vez me pasó lo mismo que a ti. Renegué de la magia y perdí las esperanzas. Esos Reyes son unos buenos estúpidos, pensaba yo. Nunca me hacen caso. Ojala y no vengan nunca más. Claro, estaba contaminado por la maldad: veía que los muy infelices visitaban las casas de todos, incluso las de aquellos que no merecen ni el saludo. Obvio es que, con ese tono resentido, cerré los ojos a toda esperanza y, en la mañana del seis de enero, miraba por la ventana, triste y desabrido, intentando explicar lo que aún no comprendía. Es que ellos y ellas, premiados por la bondad encarnada en esos tres idiotas, no eran el mejor ejemplo. Me constaba que decían mentiras, que tenían fama de malcriados y, para colmo, sacaban malas notas. Yo, en cambio, era un gordito bonachón, callado y obediente. Y solamente saqué C en matemáticas, en el tercer grado.

¿Por qué a ellos?, me preguntaba mil millones de veces. ¿Por qué a ellos y a mí no?

Sencillo: hay unos Reyes que van a las tiendas y compran los regalos caros con las tarjetas de crédito de los papás y las mamás. Esos Reyes compran por comprar, sin importar si el niño es un patán o la niña es una grosera. Les traen las bicicletas, las muñecas, los patines, los castillitos, los juegos electrónicos, en fin, todo lo que se les antoja. Ellos, los niños y las niñas, aparentan ser felices en esa mañana fría, ostentando sus trofeos y comparándolos con los de otros y otras que, como tú y yo, no tuvimos tanta suerte. Pero luego ocurre lo inexplicable: los regalos de esos nenitos malcriados y las nenazas boconas pierden el encanto a los pocos días. Esos juguetes que ahora se ven lustrosos y encantadores se convierten en puro desecho: un montón de plástico inútil, una pila de tuercas mohosas o una ristra de cartones mojados.

Pero los Reyes Magos que visitan nuestras casas, mi niño, no son de los que van al “mall” en carro, hacen largas filas y resoplan con las facturas a fin de mes. Esos divinos magos son los que siguieron la estrella y adoraron al Dios hecho un niño bueno como lo eres tú. Son los que te reconocen y te dan un beso después de llegar de noche con gran cautela. Son los que, mientras duermes, escuchan el cantar de tu corazón herido y, con un soplito leve, te devuelven la alegría. Son los que leen tu cartita de ilusiones, ésa que nunca escribiste, y transforman tus deseos más recónditos en realidades maravillosas.

Yo sé, y me lo dirás: pero es que yo quería… Sí, y todos queremos. Para mí he pedido objetos –unos que necesito y otros que tal vez suenen a capricho. Y te confieso: esta mañana tampoco encontré un regalo grande que me provocara el susto alegre de este día feliz. Sin embargo, me quedé tranquilo, aún cuando bajo la cama sólo había una triste motita de polvo abandonada en la oscuridad. Aún así sonreí, complacido.

Porque lo que he pedido llegó a mi corazón: una sensación profunda que me ayuda a comprender que lo que ahora quiero –incluso los objetos necesarios y los caprichos— no viene de inmediato. Todo llega en el momento preciso, cuando estoy listo para cerrar los ojos, estirar los brazos y saber que todo está delante de mí, entregado por esos buenos sabios que han escuchado mis peticiones.

Quizá mis palabras ahora no te conformen. Me vas a reprochar, y lo espero; te conozco. Pero te acordarás de mí cuando crezcas y comprendas que esta noche recibiste el regalo más hermoso que jamás soñaste. Uno que nunca pierde el lustre porque es eterno, único y maravilloso, y que los Santos Reyes Magos escogieron especialmente para ti. Es el Universo entero que te colma de alegría, amor, salud, abundancia y bienestar.

Sólo tienes que creer, mi niño. Inténtalo.

jueves, 1 de enero de 2009

Futuro

No quiero decir que fue culpa de mis padres, al regalarme por navidad un reloj de Mickey Mouse, cuyas manos se cruzaban de formas increíbles para dar la hora. Sin embargo hoy me he dado cuenta que sentía obsesión por el futuro: siempre he estado pendiente a la hora, quizás con la expectativa de lo que va a pasar.

Como si tuviera una necesidad imperiosa, vivía esperando por el próximo minuto y, para colmo, curioso por saber qué ocurriría después. En ese afán, admito que cualquier tontería que me ayudara a saber lo que se ocultaba tras el misterioso velo del futuro me llamaba la atención. No había clarividente, astrólogo o charlatán que yo no escuchara; en mi ignorancia, estaba seguro de que esos adivinos a sueldo podían predecir el curso de mi vida (siempre y cuando les comprara las adivinanzas).

El otro día, sin embargo, tuve un choque con el futuro de la manera más curiosa. Resulta que Mayra y yo visitábamos a una amiga mutua que nos acogió en su casa, compartiendo lo poco y lo mucho con su gran ternura. Mientras conversábamos de todos los temas, rodeados por los olores navideños y el delicioso calor humano, el televisor permanecía encendido en el noticiero de las cinco. De vez en cuando, nuestra conversación se detenía para observar el reporte de los acontecimientos que queremos ignorar: asesinatos, suicidios, robos y otras noticias alegres.

Así nos mantuvimos por un rato, intercambiando anécdotas, hasta que de pronto una imagen televisiva captó mi atención. En la pantalla, aparecía una señora desdentada y con unos espejuelos muy grandes, mostrando a cámara el efecto nefasto de la artritis reumatoide. Mientras explicaba que su condición la había dejado ciega de un ojo, la mujer encamada recibía las atenciones de una frágil doñita que, según nos enteramos más tarde, tenía noventa años.

Mi silencio provocó la atención de todos. Entonces, las imágenes del pasado, integradas al reportaje, me golpearon sin misericordia, revelando la identidad de aquella dama venida a menos. Era la otrora famosa vedette Rosita Rodríguez, conocida en el ambiente artístico como “Alfileritos” (en honor al éxito musical que popularizó en los años setenta).

De pronto, se me agolparon los recuerdos: me vi en la casa de Guayama, mirando mi relojito de Mickey Mouse mientras pasaba el “Show del Mediodía” de WAPA-TV Canal 4. Aquella misma mujer cantaba su famoso número, bailando como si estuviera electrificada, y me daba risa. Luego, con el paso de los años y la carrera, tuve la oportunidad de escribir una comedia malísima que transmitían por Telemundo, en la que Rosita trabajó como actriz. Siempre recuerdo que era muy amable y simpática, y también me hacía reír, pero con sus ocurrencias y su buen humor.

En el reportaje, aquella mujer apagada trataba de no sonar demasiado patética. Aún desde la cama, Rosita pedía con humildad que alguien la ayudara a ella y a su mamá para que les cocinara y que les hiciera compañía. Y pedía a sus antiguos compañeros de gloria que la llamaran, que no la dejaran sola, que en esos momentos hacía falta compartir y recordar. Aunque no lo dijo, era evidente su entrelínea: recordar el pasado podría servirle para no pensar en la pesada carga de un futuro incierto y triste por demás.

Miré el reloj. Eran las seis menos veinte de la tarde. Apenas faltarían unas horas para que culminara el año. Por unos instantes, conversamos sobre las imágenes hasta que el tema pasó a otra cosa. Más adelante, cada quien se despidió, con la promesa de bienandanzas para el nuevo año. Llevé a Mayra de vuelta a su casa y concluyó la velada. Sin embargo, mientras manejaba de regreso a mi hogar, las imágenes de aquella pobre mujer se repetían en mi recuerdo.

Miré el reloj de nuevo y, de repente, me lo arranqué de la muñeca. Respiré hondo y decidí no pensar más, concentrándome en el presente: los ruidos de la calle, las risas de los chicos que juegan, el sonido del agua que cae de la fuente y mi propia respiración, tranquila y serena, mientras envío luz a Rosita y a todas esas personas que hoy viven el futuro que nunca pensaron tener.

Ése es el mejor deseo que puedo pedir para todos y todas, incluyéndome: aprendamos a vivir en el ahora, conscientes de que somos dueños de este instante y no preocuparnos demasiado por lo que aún no ha llegado. Precisamente ahora es que somos capaces de agradecer, de amar, de sentir y de apreciar lo que nos rodea.

Vivir con intensidad cada momento nos acerca a la plenitud y a la alegría de vivir con esperanza para que, si llegara el futuro, sea uno de bendición.

Que este año sea, pues, de muchos presentes maravillosos. ¡Feliz 2009!

jueves, 25 de diciembre de 2008

El regalo

No puedo mentir: he caído en la vorágine de las compras, los agites, los tapones, la limpieza y las pinturas. He sucumbido a las ofertas, a los tumultos y a esa angustia fría que te asalta cuando piensas en lo que le compré a Fulanito y lo que no le conseguí a Zutanita. Me ha remordido la conciencia al pensar en los olvidos –voluntarios e involuntarios—para evadir la presión económica de los tiempos difíciles que se pregonan cada día en la prensa nacional, en la radio y en boca de todos.

Como buen boricua, he dejado mucho para última hora, y hoy sufro las consecuencias. Siento el peso de mis culpas sobre mi espalda adolorida. Sufro la angustia de mis pesares en las tareas sin completar. Admito mis descuidos al observar los bultos abandonados por las esquinas de mi casa, en espera de tener algún tiempito para organizarme. Y es que la Navidad revive la temporada de huracanes, pero de otra manera: nos abruma con sus airecitos fríos y nos sacude con sus obligaciones impuestas. Entonces, aún con el privilegio de ser una de las épocas más importantes, el período navideño se ha convertido en una amenaza para la tranquilidad, el orden y la alegría que deberían reinar en el epílogo de cada año.

Aún con todo y el reguero existencial, admito que no es tan triste mi situación. Creo que, como no ocurría en mucho tiempo, he tenido la oportunidad de mirar hacia adentro y pensar en lo que quiero para mí. No se trata meramente de desear un carro, un apartamento, un buen trabajo –o mantener el que tengo—y continuar una vida saludable, sino de repasar, con sinceridad, todo aquello que me he propuesto en la vida y que, al igual que los regueros presentes, se acumula en las esquinas de mi vida con cierta dejadez que me incomoda.

Una noche, después de una larga charla con un amigo reciente –de esos que se aparecen de súbito y te parece conocer de toda la vida—hice el ejercicio. Cerré los ojos por un instante y pensé en todo lo que he dejado a medias, por descuido o negligencia. Y me di cuenta de que, casi en el ecuador de mi vida, hay proyectos que he postergado demasiado. El más importante de todos ha sido el permitir que fluya todo aquello que guardo en mi interior: mi energía creativa, mi ilusión por nuevos proyectos y, sobre todo, esa capacidad para el asombro que a todos y todas, tarde o temprano, se nos escapa con una facilidad asombrosa.

Aunque admito que soy de espíritu alegre, estos tiempos de recesiones amenazantes, de malas noticias y de angustias generales tienden a sumirnos en el abismo de la desesperanza. Pero estos días, aún cuando me despierto temprano y me acuesto muy tarde, he sentido un entusiasmo que, confieso, creía haber perdido. Y, a través de la risa –compartida con nuevos amigos y con los de siempre—desperté a una sensación que hace mucho no disfrutaba: la calma.

Sí, es cierto: los regueros de la casa todavía están por algunas esquinas, esperando a ser rescatados del olvido. Me he encontrado frente a una lata de pintura que me resistía a abrir para no complicarme la vida con una tarea engorrosa. He zampado (literalmente) paquetes de compras en el clóset para no pensar en lo comprado hasta cuando tenga la serenidad suficiente. Sin embargo, he redescubierto la capacidad para sonreír, reírme y carcajearme como hace tiempo no lo hacía. Y me siento feliz, tranquilo, sereno.

Quizás no devuelva los paquetes ni termine de pintar las paredes. Tal vez no cocine todos los manjares ni cumpla las obligaciones impuestas por el comercialismo. Pero el regalo que hoy abro con ilusión es el que me hago con el deseo sincero de hacer lo bueno que sé y lo que me gusta, porque es –precisamente—el regalo que recibí al abrir los ojos a la vida.

Éste es mi regalo, el que comparto con ustedes en esta noche maravillosa, y que les dejo como ejercicio para completar este año y prepararse para el próximo con ánimo y esperanza:

Renueva tu corazón. Recupera el espíritu. Revive la ilusión. Redescubre el esplendor. Recuerda mirar al cielo. Y sonreír.

¡Feliz Navidad!

domingo, 5 de octubre de 2008

Karma

Cuando escuché a Manolo, estaba como una campanita. Varios días antes, en una actividad profesional, había conocido a “Orlando”, un hombre que, al parecer, era “su regalo de navidad”. Al susodicho le sobraban atributos: guapo, inteligente, bien centrado, trabajador y honesto, dueño de su propia casa y, ¡Oh Fortuna!, soltero.

No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.

“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…

Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.

Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.

No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)

Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.

Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.

Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”

Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”

Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.