Cuando leí los detalles publicados sobre la pasión y muerte de Carlos Collazo De Jesús, “El Colla”, tuve que reírme. No de él, que no lo merecía, sino por la ignorancia. “El Colla” descansa en paz después de sufrir una larga serie de complicaciones producidas por su condición de obesidad mórbida y, además, el menosprecio de autoridades, instituciones y personas comunes que le rechazaron abiertamente o con el disimulo propio del eufemismo boricua.
Sin embargo, la risa tristona me duró poco. Cuando escuché el relato de su madre Teresa, sentí que la reivindicación del gordo infeliz –una especie abundante en nuestro entorno—estaba cerca. Esta señora humilde hablaba con la entereza de una mujer valiente, denunciando las terribles circunstancias a las que se enfrentaron ella y su familia durante la angustiosa agonía de su hijo. En su relato, doña Teresa reclamaba un trato sensible hacia las personas obesas en todos los renglones de vida porque, según sus sabias palabras, “los obesos también son seres humanos”.
Con la muerte de “El Colla” no terminaron las burlas. Hasta el mismo momento de su descenso al sepulcro se convirtió en comidilla para el comentario mordaz y la burlita imbécil. Delante de curiosos que apuntaban sus camaritas indiscretas para grabar con morbo la escena, desafiando el perímetro establecido por la Policía, los restos mortales del infortunado sufrieron la peor humillación. Cediendo ante el peso, las sogas que levantaban el enorme féretro se partieron, y el cadáver de “El Colla” cayó sentado en la fosa donde sería enterrado. Entonces, la fuerza que antes había demostrado doña Teresa se desplomó junto con el cuerpo inánime de su hijo. Los medios presentes tomaron nota del suceso y de las risitas de los presentes.
Y yo también me reí, al recordar un momento que había olvidado por completo.
En mis tiempos de universidad, tenía una compañera que se llamaba Madeleine. Era flaca, más o menos graciosita y, por deporte absoluto, le gustaba mofarse de todo cuanto se moviera. En aquellos años de múltiples complejos adolescentes, ser amigo de Madeleine era una garantía para evitar las burlas que repartía a diario desde una de las mesas de la cafetería, su “lugar de estudio”. Tomábamos juntos la última clase –un curso de inglés—y luego caminábamos hasta la salida de la universidad donde ella buscaba su carro y yo me apostaba en la parada a esperar mi guagua. En el trayecto, Madeleine se regodeaba en criticar a lengua suelta cualquier cosa: el seseo de la profesora de español, el pañuelo sucio del empleado de la cafetería, el bozo oscuro de la bibliotecaria… Yo, de tonto, le reía las gracias, confiado en que, estando a su lado me libraría de sus crueldades.
Hasta que un día faltó a clases. Como no la había visto en todo el día, me despreocupé de ella, y continué mi rutina académica hasta que, ya en la tarde, emprendí camino hasta la parada de guaguas. Enfrascado en mis pensamientos iba yo, cuando escuché unas risas lejanas, a las que no presté mucha atención. Entonces, a lo lejos, reconocí un vozarrón risueño. “¡MIRAAAAAAAAAA, GORDOOOOOOOOOOOOO!”. Era Madeleine, y me llamaba a mí.
Por supuesto, no estaba sola: se hacía acompañar de sus amigos y amigas que, al igual que yo, le hacían coro para evitar sus trampas burlonas. Al escuchar el alarido, el grupete estalló en carcajadas al confirmar que aquel grito provocó que yo volteara la cabeza, reconociéndome como el receptor del adjetivo cruel. A lo lejos, Madeleine gritó no sé cuántas cosas sobre los pormenores de la clase a la que había faltado por gusto. Me zafé como pude tan rápido como pude, loco por alejarme de su vista y de sus burlas.
Muchos años más tarde, volví a ver a Madeleine mientras compraba en una farmacia de Ponce. Ya no era graciosita: su aspecto descuidado la acercaba peligrosamente a la desgracia. Aunque había aumentado como ochenta libras, insistía en vestirse como en sus años menos crueles, derramándose en un atuendo que, en realidad, era un atentado. La vida se había burlado de ella. Y yo, mirándola de lejos, esquivé su presencia y dejé que se marchara.
Por eso, cuando repaso la historia de “El Colla” y su triste final, me río y me alegro. Porque sé que ahora, en espíritu, Carlos Collazo De Jesús vuela libre por la eternidad, sin la atadura de su cuerpo pesado. Y estoy seguro de que, si se encontrara con mi ex amiga Madeleine, quizás tendría más valor que yo y le haría el frente, sonriéndole. Quizás hasta le soplaría unos cuantos números pa’ que jugara al Pega Tres, a ver si cree en los angelitos.
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domingo, 18 de enero de 2009
domingo, 5 de octubre de 2008
Karma
Cuando escuché a Manolo, estaba como una campanita. Varios días antes, en una actividad profesional, había conocido a “Orlando”, un hombre que, al parecer, era “su regalo de navidad”. Al susodicho le sobraban atributos: guapo, inteligente, bien centrado, trabajador y honesto, dueño de su propia casa y, ¡Oh Fortuna!, soltero.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
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