En medio de la cocina, Mónica no sospecha nada, mientras su mamá y yo conspiramos en amigable conversación por señas. La nena salta entre la nevera y el juego de vídeo con el que se entretiene antes del baño obligatorio. Cuando se me acerca para hablar de cualquier cosa, aprovecho para espetarle la pregunta inocentona.
“¿Y quién es el patiflaco?”, le suelto así, como si tal cosa.
De inmediato, la pequeña de nueve años lanza una mirada de puñalitos a su mamá, quien ha osado compartir el “secreto” conmigo sólo por verle la cara. Los cachetes coloreados de rojo intenso por el sol del día de juegos se le encienden como manzanas de feria. Podría adivinar que hay reproche en sus ojos, pero el momento de sentirse traicionada le dura poco: la pregunta inesperada produce en la pequeña una sonrisilla maliciosa. A veinte millas se nota que está loca por contarme su historia.
“Pues es un nene que está en la escuela, y tiene un mullet”, dice ella con su voz gruesa enredada en un suspiro ansioso que disimula su repentina oportunidad para contarme vida y milagros del individuo. De entrada, no lo niego, me asusto con la referencia al “mullet”: ¿no era ése un estilo de peinado bastante charro y absolutamente olvidable de la infame época ochentosa? Pues sí, y Mónica lo sabe, pero de inmediato me aclara, con veinte gestos que compone con sus manitas inquietas, que se trata de un “mullet bonito”. Vaya por Dios, que las modas regresan, y de qué forma.
Pero todavía no hemos llegado a la respuesta concreta: ¿y por qué le dicen “patiflaco”? Aprovecho dos “pretzels” en forma de palitos en la bandeja delante de mí para ilustrar mi preocupación. Mónica exhala desespero: no quiere entrar en nimiedades sobre las enclenques extremidades del chamaco. En eso, la madre interviene para asumir responsabilidad absoluta sobre el apodo de marras, secundada por la nena, ahora convertida en abogada defensora. “Mamá dice que él es patiflaco, pero no es tanto”, asegura la muchacha con la absoluta convicción escrita en su cara. De lejos, la madre cómplice me atraviesa con los ojos: no me queda más remedio que bajar la carcajada con un gran buche de cerveza.
Poco a poco, la historia del soberbio patiflaco se desdobla. Por supuesto, Mónica sabe todo sobre su vida: el tipo tiene dos hermanos que cursan grados menores en el mismo colegio, y él está en octavo. “¿En octavo?”, digo yo, sabiendo que la pequeña apenas va por el cuarto grado. De inmediato, ella argumenta con firmeza: los hermanitos no son tan lindos como el mentado. Miro a la madre con disimulo y ella asiente en silencio. Al parecer, el único defecto visible del muchachito son sus extremidades de sorbeto. Por lo demás, es un príncipe azul pintao para la nena que fue capaz de comprarle una caja de pastelillos de guayaba, sólo por verlo más de cerca.
Así iba la trama cuando la niña se fue a cumplir la rutina del baño obligatorio antes de la cena. En eso, la madre aprovechó para despepitar los detalles y completar la redondez del cuento. Ahí supe que, en efecto, el muchachito es de muy buen ver, y que la Mónica le echó el ojo con decisión absoluta. No obstante –y muy bien aleccionada por su mamá—la chica no se derrite de verlo, sino que delante de él actúa con frialdad absoluta, cosa de que el galán no se vaya a engreír con su propia belleza. Curioso, interrogo a la madre: ¿es posible que, a esta edad, a Mónica se le derrame la sonrisa por un muchachito? La madre asiente, resignada: “Ésta será una adolescencia larga y difícil.” Por el padre igual pregunto, imaginando la obvia respuesta: no está muy contento con la precocidad amorosa de su nena linda. Yo, en su lugar, estaría en las mismas.
Todavía hoy, el cuento me provoca sonrisas. No más de recordar los suspiros entusiasmados de Mónica, el rojo encendido de sus cachetes y el brillo intenso de sus ojitos, siento alegría profunda al revivir el primer enamoramiento a lo adivino, ése que se guarda en el cajón de la memoria con absoluto celo. Entonces pienso que, a veces, no es justo dejar atrás la piel de la inocencia: aún ante los cantazos más insoportables, deberíamos ser capaces de recuperar la ilusión, y mirarlo todo como si fuera la primera vez. Claro, el paso del tiempo es implacable, y los callos crecen sobre el cuero a fuerza de desilusiones, desengaños y desamores. Pero, en el fondo, entiendo que es importante reconocernos en la mirada de algún niño y revivir esos tiernos espacios en los que todo nos parece fascinante. A fin de cuentas, cualquier luz que se encienda en la oscuridad del pecho oprimido nos arrullará el alma con la esperanza de mejores días.
Sin quererlo, la pequeña Mónica me hizo el mejor de los regalos, justo cuando se me entierra un año más en las costillas. Al mirar la vida otra vez con ojos inocentes, puedo recuperar la ilusión que se me esconde algunas veces, y soy agradecido. Es cierto que, frente al espejo, me veo más viejo, calvo y patiflaco; no puedo evitarlo. Pero todavía puedo sonreír hasta que se me enciendan los cachetes.
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sábado, 20 de marzo de 2010
sábado, 14 de febrero de 2009
Es Cupido
De pronto a la gente le entran unas ganas terribles de enamorarse, y lo expresan a los cuatro vientos como si el mundo tuviera la necesidad de saber… No queda un rincón de las tiendas, oficinas o negocios donde no se cuelguen corazones, corazones con flechas, corazones con florcitas… Es el amor, que ronda por doquier.
Incluso en los supermercados: el otro día, mientras pagaba una compra, la cajera de turno (llamémosla Sheila Marie) compartía con sus compañeros/as de trabajo sus planes para este día especial.
“Le voy a regalal una caj’e chocolate y un sapo”, decía ella, oronda, al tiempo que escaneaba el paquete de yogur.
“¿Un sapo?”, pensé yo, tal vez demasiado fuerte como para que uno de sus compañeros lo manifestara en voz alta.
“Sí, un sapo de’sos que hay ahí”, apuntó Sheila Marie con sus largas uñas pintadas –por supuesto, con corazones y florcitas. Disimuladamente, miré hasta el área señalada y, en efecto, unos horribles sapos de peluche portando corazones que decían “Be Mine” colgaban de un extraño racimo confeccionado con globitos de corazones, corazones con florcitas, perritos con peluches, corazones de peluche…
“Mana, te pasaste, y que un sapo”, replicó el compañero de turno, empacando mi compra mientras yo, en silencio, meditaba sobre el tema. Sheila Marie siguió cobrando los espárragos, el queso y el pan. “Está bien lindo, tú verá que le va gustal”, afirmaba ella, feliz.
Y yo pensaba: si tú eres mi novia y me regalas un sapo en San Valentín, por mi madre que estarás comiéndote el relleno del peluche hasta el Día de las Madres.
Posiblemente, el llamado “Día del Amor” es uno de los que menos me gusta porque, de pronto, todo se cubre con azúcar y chocolate, vendido a manos llenas en cada rincón del globo terráqueo. Es imperativo compartir –incluso, en horas laborables—para demostrar que somos seres amorosos y sensibles, proveyendo espacio para que toda la cursilería tecata se convierta en genuina expresión de amor.
Con el tiempo, el objetivo romántico de antes se ha dispersado, permitiendo la ampliación del concepto hacia otras dimensiones. La amistad se ha enganchado al romance, con la idea de incluir a aquellos hombres y mujeres que –por elección o porque no hay más remedio—no tienen con quién compartir la velada azucarada de marras. Entonces, enviar y recibir mensajes empalagosos es la orden del día: desde la tradicional tarjetita Hallmark hasta el mensaje de texto, todo apunta a que reconozcamos el valor de nuestros amigos y amigas como una obligación amorosa.
¿Y qué pasa si no queremos? ¿Eso nos hace menos amorosos/as?
No creo. Siempre he pensado que, aún con la presión comercial que nos bombardea, casi obligándonos a “enamorarnos del amor” hacia parejas, amigos/as y compañeros/as de labor, esto no es asunto de un solo día. Cada segundo que compartimos con una persona especial –sea cual sea el vínculo que nos relacione—es una oportunidad para demostrar el afecto y la solidaridad. Lo demás es cuento de camino, forzado por el mercadeo de emociones que insiste en colocarnos entre la flecha y la pared, obligados al enamoramiento insulso y al palabreo empalagoso. Y mañana, como si nada, regresamos al amargo cotidiano, olvidando las expresiones del amor que hoy nos convirtieron en autómatas del besuqueo achocolatado.
Aún así, busco la manera de obviar lo evidente y distanciarme del rezongueo que me provoca el tedio comercial que insiste en el corazoncito, el chocolate, la florcita y el peluche como símbolos inequívocos del amor sincero. Entonces, recuerdo a Sheila Marie y el sapo. Esta tarde, ella se acerca a su amado y le regala la caja de chocolates junto con el horrendo peluche, en señal absoluta de su indiscutible sentimiento. Alguien preguntará el por qué de su peculiar regalo, y ella sonreirá antes de responder, alisándose la pollina planchada con el suave roce de sus largas uñas llenas de corazones.
“Es el amor”, dirá ella, orgullosa de su sapo, mientras mira con ternura a su novio con cara de ídem.
Incorrecto, Sheila Marie: es Cupido, que nos pone tontos.
Incluso en los supermercados: el otro día, mientras pagaba una compra, la cajera de turno (llamémosla Sheila Marie) compartía con sus compañeros/as de trabajo sus planes para este día especial.
“Le voy a regalal una caj’e chocolate y un sapo”, decía ella, oronda, al tiempo que escaneaba el paquete de yogur.
“¿Un sapo?”, pensé yo, tal vez demasiado fuerte como para que uno de sus compañeros lo manifestara en voz alta.
“Sí, un sapo de’sos que hay ahí”, apuntó Sheila Marie con sus largas uñas pintadas –por supuesto, con corazones y florcitas. Disimuladamente, miré hasta el área señalada y, en efecto, unos horribles sapos de peluche portando corazones que decían “Be Mine” colgaban de un extraño racimo confeccionado con globitos de corazones, corazones con florcitas, perritos con peluches, corazones de peluche…
“Mana, te pasaste, y que un sapo”, replicó el compañero de turno, empacando mi compra mientras yo, en silencio, meditaba sobre el tema. Sheila Marie siguió cobrando los espárragos, el queso y el pan. “Está bien lindo, tú verá que le va gustal”, afirmaba ella, feliz.
Y yo pensaba: si tú eres mi novia y me regalas un sapo en San Valentín, por mi madre que estarás comiéndote el relleno del peluche hasta el Día de las Madres.
Posiblemente, el llamado “Día del Amor” es uno de los que menos me gusta porque, de pronto, todo se cubre con azúcar y chocolate, vendido a manos llenas en cada rincón del globo terráqueo. Es imperativo compartir –incluso, en horas laborables—para demostrar que somos seres amorosos y sensibles, proveyendo espacio para que toda la cursilería tecata se convierta en genuina expresión de amor.
Con el tiempo, el objetivo romántico de antes se ha dispersado, permitiendo la ampliación del concepto hacia otras dimensiones. La amistad se ha enganchado al romance, con la idea de incluir a aquellos hombres y mujeres que –por elección o porque no hay más remedio—no tienen con quién compartir la velada azucarada de marras. Entonces, enviar y recibir mensajes empalagosos es la orden del día: desde la tradicional tarjetita Hallmark hasta el mensaje de texto, todo apunta a que reconozcamos el valor de nuestros amigos y amigas como una obligación amorosa.
¿Y qué pasa si no queremos? ¿Eso nos hace menos amorosos/as?
No creo. Siempre he pensado que, aún con la presión comercial que nos bombardea, casi obligándonos a “enamorarnos del amor” hacia parejas, amigos/as y compañeros/as de labor, esto no es asunto de un solo día. Cada segundo que compartimos con una persona especial –sea cual sea el vínculo que nos relacione—es una oportunidad para demostrar el afecto y la solidaridad. Lo demás es cuento de camino, forzado por el mercadeo de emociones que insiste en colocarnos entre la flecha y la pared, obligados al enamoramiento insulso y al palabreo empalagoso. Y mañana, como si nada, regresamos al amargo cotidiano, olvidando las expresiones del amor que hoy nos convirtieron en autómatas del besuqueo achocolatado.
Aún así, busco la manera de obviar lo evidente y distanciarme del rezongueo que me provoca el tedio comercial que insiste en el corazoncito, el chocolate, la florcita y el peluche como símbolos inequívocos del amor sincero. Entonces, recuerdo a Sheila Marie y el sapo. Esta tarde, ella se acerca a su amado y le regala la caja de chocolates junto con el horrendo peluche, en señal absoluta de su indiscutible sentimiento. Alguien preguntará el por qué de su peculiar regalo, y ella sonreirá antes de responder, alisándose la pollina planchada con el suave roce de sus largas uñas llenas de corazones.
“Es el amor”, dirá ella, orgullosa de su sapo, mientras mira con ternura a su novio con cara de ídem.
Incorrecto, Sheila Marie: es Cupido, que nos pone tontos.
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domingo, 5 de octubre de 2008
Karma
Cuando escuché a Manolo, estaba como una campanita. Varios días antes, en una actividad profesional, había conocido a “Orlando”, un hombre que, al parecer, era “su regalo de navidad”. Al susodicho le sobraban atributos: guapo, inteligente, bien centrado, trabajador y honesto, dueño de su propia casa y, ¡Oh Fortuna!, soltero.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
No me sorprendió el relato de Manolo. De entrada, mi buen amigo de tantos años es un telenovelero consumado, así que el melodrama le corre por las venas. Además, ya he perdido la cuenta de todos los regalos navideños, de San Valentín, de cumpleaños (y hasta del Día de las Madres) que se ha encontrado por la vida. Sin embargo, esta vez sonaba diferente. El tal “Orlando” parecía decidido a la conquista, tomando la vida de mi cuate por asalto con mensajitos de texto, llamadas inesperadas y detalles que le hicieron caer en el pozo sin fondo del enchulamiento.
“Si es que te digo, Jorgito,” me decía con su entusiasmo de niño alegre, “parece que lo mandaron a hacer para mí”. Y yo que sí, Manolete, que por fin lo encontraste…
Días más tarde –intrigado por el chisme, lo confieso—llamé a Manolo para saber cómo le iba con su príncipe violeta. Mi amigo respondió con voz apagada: el tal “Orlando” se multiplicó por cero, sin explicación. No respondía llamadas ni contestaba a sus mensajes de texto y le había borrado de sus contactos cibernéticos. De entrada, Manolo se desesperó, pensando que le hubiera ocurrido una desgracia. Luego se entristeció, creyendo que su desbordado entusiasmo por la posibilidad de un romance había espantado al tipo. Finalmente, se enfureció: no podía creer que un ser humano de casi cincuenta años jugara al “no te hablo más”, en vez de admitir que sólo interesaba una aventurilla sin consecuencias.
Pobre Manolo. A su campanita se le perdió el ding-dong.
No sé cuántos de mis amigos y amigas han padecido la amarga experiencia del “ser humano perfecto” que revuelca sus vidas y luego se esfuma de la faz de la tierra. Waleska, otra querida amiga de la universidad, tuvo una experiencia “religiosa”: una noche conoció a un chico tan dulce, sensible y perfecto que parecía bajado del cielo. En realidad, era un seminarista que había salido de su congregación religiosa por un fin de semana para discernir su vocación. Waleska tuvo la mala pata de encontrárselo en ese proceso y se entusiasmó, mientras que él no tuvo los pantalones para sacarla de dudas. (De hecho, años después se lo encontró nuevamente, ya convertido en sacerdote, oficiando el bautismo del hijo de una de sus amigas… Del tiro, la pobre se cambió al budismo.)
Lo que me indigna, tanto en la historia de Manolo como en la de Waleska, es el denominador común. Tal parece que algunas personas, sumidas en el “ego trip” de sentirse atractivos/as o poderosos/as, colocan los sentimientos ajenos al mismo nivel de una toalla desechable. Te vi, te usé y te descarté sin mirar atrás. ¿Y qué de las consecuencias? Precisamente, para ayudar al triste “descampanado”, llamé a Waleska. Ahora convertida en una experta sobre el tema gracias al “pobrecito cura” –así le llama ella—Wally aprendió lecciones que trató de explicarme en arroz y habichuelas. De toda su alocución, lo que mejor entendí es que no hay acción sin consecuencia, y que el Universo se encarga de devolvernos el bien o el mal como un bumerán que revierte con la misma fuerza con que lo lanzamos.
Camino a casa, pensé en todo lo que debo aprender sobre ese asunto del karma. Muchas veces uno actúa y habla sin medida y mete las cuatro patas en un boquete del que, a duras penas, logra salir. Peor aún, a veces ignoramos a la gente con la excusa de la prisa, el desinterés, el poco atractivo o alguna otra limitación superflua, sin pensar en lo bueno que cada persona podría aportar a nuestra vida, aún cuando sea un ave de paso. Uno puede caer en la dejadez o, peor aún, en la ignorancia. Y, al igual que le hicieron a Manolo, desaparece sin dejar rastro, sólo porque no tiene la estatura moral o la integridad para admitir el miedo, la vergüenza o la incapacidad emotiva.
Por Manolo, no me preocupo. De hecho, cuando volví a llamarlo, lo escuché más tranquilo. Así que, envalentonado por la reciente charla con Waleska, me atreví a preguntarle: “¿Y qué tal si no llega lo que estás buscando?”
Conociéndolo de tantos años, sabía que Manolo sonreía al otro lado de la línea. Entonces, me cantó un verso de Color esperanza, la archifamosa canción del argentino Diego Torres: “es mejor perderse que nunca embarcar/mejor tentarse a dejar de intentar.”
Que voy a ti, Manolo. Tu campana suena fuerte.
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