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sábado, 11 de febrero de 2012

Espejo


Decidido está: me voy a regalar un espejo para San Valentín.

Calma, calma.  No se asuste quien me lee desde hace tiempo y sabe que a ese cabroncete de Cupido le echaría pica-pica en los fondillos para que vaya a joder a otro con sus flechitas pendejas.  Tampoco piense que tengo en mente rituales de alto calibre que involucran la contemplación hedonística de mi reflejo en pleno autoerotismo.  Nada que ver.

“¿Por qué el espejo?”, se preguntará usted, con toda razón.  No es para verme mejor, como en el cuento de la Caperucita –roja, como los condenaos corazoncitos que andan por ahí de majaderos desde el tres de enero.  Tampoco es porque me provoca sentarme –inmensa caja de chocolates en mano—a sufrir la pena de no recibir ni una maldición en el bastardo día del amor.  Sencillamente, estoy cansado de mirarme por segmentos en mi casa: la cara en el baño, el medio cuerpo en el pasillo y de cuerpo entero casi en la puerta.  Así que ya es hora de que, en un solo lugar, realice con decencia la inspección total de mi figura bien vestida antes de cruzar la puerta y compartirme al resto del mundo.

La ideíta del espejo como un contundente acto de amor propio me ronda desde hace unos días, gracias a la noble gesta de Roberto Arango.  No, no vaya usted a pensar en aquellas fotos; ewww, no; por Dios, no; guácala, no; ay fo, no.  Las que me inspiran son otras, de más reciente publicación en una revistilla de farándula, donde el susodicho alardea sus amoríos con un chamaco joven en una playa de Miami.

Siguiendo la ruta antes trazada por el magnánimo Padre Alberto y su ahora esposa, el exsenador penepé escogió las arenas miamenses para protagonizar un nuevo “remix” del éxito ochentoso de Yolandita Monge: “y ya no hay nada que callar/lo clandestino se acabó/porque vivimos nuestro amor/bajo la tibia luz del sol”.  Arango no puede disimular que está “enamorao de fresco” del chamaquito –un tal Amilcar Hilton Klein, hijo ilegítimo del perfume de Paris y los calzoncillos de Calvin—y, como siempre ocurre con los imbéciles flechados, se tiró de cabeza al charco del amor sin pensar en los indiscretos lentes de los paparazzi.  Entonces, además de confirmar su tórrido romance con el chamaco (aunque jamás haya admitido, de manera pública y contundente, su orientación sexual) tuvo la generosidad de compartirnos su escultural figura, luciendo un despampanante bikini multiusos –según las fotos, la parte frontal del bañador puede acomodar, a modo de guantera, cantidad de objetos que incluyen, entre otros, su preciado iPhone, la loción bronceadora, dos toallas de playa y una paella marinera para veinte personas.

Santos ositos de peluche: de verdad que el amor idiotiza a la gente.

Por eso, me quedo con el espejo.  Sé que me recibirá con ternura en las mañanas, devolviéndome el golpe de mi cara fruncida y malhumorada con un abrazo sincero.  Me regalará una gran sonrisa en las noches, mientras me debato entre el sueño, el hilo dental y los retenedores.  Me aceptará tal cual soy –neurótico a veces, pendejito otras—sin condenarme por los años que pasan, las arrugas que se ahondan, los pellejos que se caen, la calvicie que se riega…

Porque me amo mucho, sé que un buen espejo será mi mejor regalo.  Con su honesto reflejo, me encuentro a mí mismo y aprendo a valorar la belleza de mis imperfecciones y la luz de mi alma.  Gracias a él y a su sinceridad, jaaaaaaaaaaaaaaamás me cogerán en la playa con un bikini inspirado en el culero de Cupido.

Foto: Vocero.com



domingo, 13 de febrero de 2011

Poema

Hoy, justo un día antes de que se celebre en todo el mundo Hallmark el famoso Día del amor y la amistad, he decidido revelar lo que guardo en el profundo clóset de mis secretos: sólo escribo versos cuando estoy sufriendo de amores.

Muy pocas veces he escrito poemas, y casi siempre han sido provocados por el profundo dolor de un amor imposible. En años más jóvenes, cuando era gordo e infeliz, sufría la frustración de sentir que la vida me acomodaba en las filas de atrás. Impotente y solitario ante el dolor de la indiferencia, producía rústicos versos que escribía en una libreta, sentado en los pasillos de mi amada Facultad de Humanidades de la UPR-Río Piedras.

Hoy, otra vez, revivo ese dolor profundo. Sin embargo, contrario a mi costumbre de antaño, no esconderé ni destruiré mis versos sencillos. Retomo con valentía esta faceta oscura de mi vida, dedicándole un sentido poema a un amor perdido que, honestamente, no sé cuándo regresará...

Estos versos que nacen de mi corazón marchito, endurecido y atribulado… A ustedes, les ruego, no me juzguen.



¡Oh, corned beef de mis amores,
no sabes cuánto te extraño!
Ni aunque pasen veinte años
olvidaré tus olores.
Llevo en mi piel tus sabores
y tu grasienta fragancia.
Eres recuerdo de infancia
que siempre quiero probar
y eso me hace gritar:
yo te extraño con cojones.




Este dolor lo sentí
desde que vi por la tele
que escasearían las mieles
de tus grasientos olores.
Ni con arroz y tostones,
ni con las papitas fritas:
no se verán las latitas
que Mami sabe guisar.
Por eso, quiero exclamar:
yo te extraño con cojones.

Hasta el Brasil voy a dar
a buscarte como sea,
aunque me digan que es fea
manera de protestar.
Es que no puedo aguantar
tantas penas y emociones
por no tenerte a mi lado.
Es casi como un pecado
no poderte disfrutar:
yo te extraño con cojones.

Por extrañarte, dedico
estos mis versos mejores
que apreciarán mis lectores
del pueblo de Puerto Rico.
Al mismo tiempo, critico
la indiferencia, señores.
Muchos, sin abrir el pico,
leyeron el titular
y, aunque tuve que callar,
yo te extraño con cojones.

Saborear tu amado guiso
es mi profundo deseo:
ya sea con unos guineos
o con un arroz blanquito.
De tus ansias me desquito
pensando en días mejores.
Regresarán tus olores
a la cocina de casa
y me hartaré de tu grasa.
Yo te extraño con cojones.

Corned beef amada, yo quiero
regalarte este homenaje
y compartir el mensaje
de mi corazón sincero.
Al despedirme, prefiero
secarme los lagrimones
que me produce tu ausencia.
Recordando tu presencia,
yo te extraño con cojones.


Mañana, en recordación a mi amada, vestiré de negro. Nadie me felicite ni me envíe corazones.

sábado, 14 de febrero de 2009

Es Cupido

De pronto a la gente le entran unas ganas terribles de enamorarse, y lo expresan a los cuatro vientos como si el mundo tuviera la necesidad de saber… No queda un rincón de las tiendas, oficinas o negocios donde no se cuelguen corazones, corazones con flechas, corazones con florcitas… Es el amor, que ronda por doquier.

Incluso en los supermercados: el otro día, mientras pagaba una compra, la cajera de turno (llamémosla Sheila Marie) compartía con sus compañeros/as de trabajo sus planes para este día especial.

“Le voy a regalal una caj’e chocolate y un sapo”, decía ella, oronda, al tiempo que escaneaba el paquete de yogur.

“¿Un sapo?”, pensé yo, tal vez demasiado fuerte como para que uno de sus compañeros lo manifestara en voz alta.

“Sí, un sapo de’sos que hay ahí”, apuntó Sheila Marie con sus largas uñas pintadas –por supuesto, con corazones y florcitas. Disimuladamente, miré hasta el área señalada y, en efecto, unos horribles sapos de peluche portando corazones que decían “Be Mine” colgaban de un extraño racimo confeccionado con globitos de corazones, corazones con florcitas, perritos con peluches, corazones de peluche…

“Mana, te pasaste, y que un sapo”, replicó el compañero de turno, empacando mi compra mientras yo, en silencio, meditaba sobre el tema. Sheila Marie siguió cobrando los espárragos, el queso y el pan. “Está bien lindo, tú verá que le va gustal”, afirmaba ella, feliz.

Y yo pensaba: si tú eres mi novia y me regalas un sapo en San Valentín, por mi madre que estarás comiéndote el relleno del peluche hasta el Día de las Madres.

Posiblemente, el llamado “Día del Amor” es uno de los que menos me gusta porque, de pronto, todo se cubre con azúcar y chocolate, vendido a manos llenas en cada rincón del globo terráqueo. Es imperativo compartir –incluso, en horas laborables—para demostrar que somos seres amorosos y sensibles, proveyendo espacio para que toda la cursilería tecata se convierta en genuina expresión de amor.

Con el tiempo, el objetivo romántico de antes se ha dispersado, permitiendo la ampliación del concepto hacia otras dimensiones. La amistad se ha enganchado al romance, con la idea de incluir a aquellos hombres y mujeres que –por elección o porque no hay más remedio—no tienen con quién compartir la velada azucarada de marras. Entonces, enviar y recibir mensajes empalagosos es la orden del día: desde la tradicional tarjetita Hallmark hasta el mensaje de texto, todo apunta a que reconozcamos el valor de nuestros amigos y amigas como una obligación amorosa.

¿Y qué pasa si no queremos? ¿Eso nos hace menos amorosos/as?

No creo. Siempre he pensado que, aún con la presión comercial que nos bombardea, casi obligándonos a “enamorarnos del amor” hacia parejas, amigos/as y compañeros/as de labor, esto no es asunto de un solo día. Cada segundo que compartimos con una persona especial –sea cual sea el vínculo que nos relacione—es una oportunidad para demostrar el afecto y la solidaridad. Lo demás es cuento de camino, forzado por el mercadeo de emociones que insiste en colocarnos entre la flecha y la pared, obligados al enamoramiento insulso y al palabreo empalagoso. Y mañana, como si nada, regresamos al amargo cotidiano, olvidando las expresiones del amor que hoy nos convirtieron en autómatas del besuqueo achocolatado.

Aún así, busco la manera de obviar lo evidente y distanciarme del rezongueo que me provoca el tedio comercial que insiste en el corazoncito, el chocolate, la florcita y el peluche como símbolos inequívocos del amor sincero. Entonces, recuerdo a Sheila Marie y el sapo. Esta tarde, ella se acerca a su amado y le regala la caja de chocolates junto con el horrendo peluche, en señal absoluta de su indiscutible sentimiento. Alguien preguntará el por qué de su peculiar regalo, y ella sonreirá antes de responder, alisándose la pollina planchada con el suave roce de sus largas uñas llenas de corazones.

“Es el amor”, dirá ella, orgullosa de su sapo, mientras mira con ternura a su novio con cara de ídem.

Incorrecto, Sheila Marie: es Cupido, que nos pone tontos.