Decidido está: me voy a regalar un espejo
para San Valentín.
Calma, calma. No se asuste quien me lee desde hace tiempo y
sabe que a ese cabroncete de Cupido le echaría pica-pica en los fondillos para
que vaya a joder a otro con sus flechitas pendejas. Tampoco piense que tengo en mente rituales de
alto calibre que involucran la contemplación hedonística de mi reflejo en pleno
autoerotismo. Nada que ver.
“¿Por qué el espejo?”, se preguntará usted,
con toda razón. No es para verme mejor,
como en el cuento de la Caperucita –roja, como los condenaos corazoncitos que andan
por ahí de majaderos desde el tres de enero.
Tampoco es porque me provoca sentarme –inmensa caja de chocolates en
mano—a sufrir la pena de no recibir ni una maldición en el bastardo día del
amor. Sencillamente, estoy cansado de
mirarme por segmentos en mi casa: la cara en el baño, el medio cuerpo en el
pasillo y de cuerpo entero casi en la puerta.
Así que ya es hora de que, en un solo lugar, realice con decencia la
inspección total de mi figura bien vestida antes de cruzar la puerta y
compartirme al resto del mundo.
La ideíta del espejo como un contundente
acto de amor propio me ronda desde hace unos días, gracias a la noble gesta de
Roberto Arango. No, no vaya usted a
pensar en aquellas fotos; ewww, no; por Dios, no; guácala, no; ay fo,
no. Las que me inspiran son otras, de
más reciente publicación en una revistilla de farándula, donde el susodicho
alardea sus amoríos con un chamaco joven en una playa de Miami.
Siguiendo la ruta antes trazada por el magnánimo
Padre Alberto y su ahora esposa, el exsenador penepé escogió las arenas
miamenses para protagonizar un nuevo “remix” del éxito ochentoso de Yolandita
Monge: “y ya no hay nada que callar/lo clandestino se acabó/porque vivimos
nuestro amor/bajo la tibia luz del sol”.
Arango no puede disimular que está “enamorao de fresco” del chamaquito –un
tal Amilcar Hilton Klein, hijo ilegítimo del perfume de Paris y los
calzoncillos de Calvin—y, como siempre ocurre con los imbéciles flechados, se
tiró de cabeza al charco del amor sin pensar en los indiscretos lentes de los paparazzi. Entonces, además de confirmar su tórrido
romance con el chamaco (aunque jamás haya admitido, de manera pública y
contundente, su orientación sexual) tuvo la generosidad de compartirnos su
escultural figura, luciendo un despampanante bikini multiusos –según las fotos,
la parte frontal del bañador puede acomodar, a modo de guantera, cantidad de
objetos que incluyen, entre otros, su preciado iPhone, la loción bronceadora,
dos toallas de playa y una paella marinera para veinte personas.
Santos ositos de peluche: de verdad que el
amor idiotiza a la gente.
Por eso, me quedo con el espejo. Sé que me recibirá con ternura en las
mañanas, devolviéndome el golpe de mi cara fruncida y malhumorada con un abrazo
sincero. Me regalará una gran sonrisa en
las noches, mientras me debato entre el sueño, el hilo dental y los retenedores. Me aceptará tal cual soy –neurótico a veces,
pendejito otras—sin condenarme por los años que pasan, las arrugas que se ahondan,
los pellejos que se caen, la calvicie que se riega…
Porque me amo mucho, sé que un buen espejo será
mi mejor regalo. Con su honesto
reflejo, me encuentro a mí mismo y aprendo a valorar la belleza de mis imperfecciones y la luz de mi alma. Gracias a él y a su sinceridad, jaaaaaaaaaaaaaaamás me cogerán en la playa con un bikini inspirado en el culero de Cupido.
![]() |
| Foto: Vocero.com |


