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domingo, 20 de diciembre de 2009

Dos semanas

Suenan las campanas de la catedral y, de repente, como muere el lechón, así llega la gran fecha anticipada por el frío mañanero, los olores de la cocina y las bombillitas nocturnas. Es un tiempo en el que todos queremos sentirnos felices, porque así nos lo han enseñado: it’s the most wonderful time of the year.

A los boricuas nos encantan las navidades, no hay duda. El cruce del charco para los que están ausentes se planifica con antelación, el reguero de gente que se desmadra por agradar con regalos es ley absoluta. Y nada más de pensar en que vamos a gozar, ja, ja, nos cambia el ánimo: de angustia a felicidad en menos de lo que se dice “tarjetazo”. Wepa, wepa, wepa.

Por eso, cuando la Navidad se convierte en una amenaza real, nos asustamos como si viniera el cataclismo. “Ay madre, si ya están ahí encima”, claman algunos, pidiendo tiempo para completar faenas que, al cabo de cincuenta semanas, se han olvidado por completo. Así empieza el desate: mover muebles de aquí, retocar paredes por allá, limpiar, pintar y renovar, a fin de que el “crisma espíri” no nos coja con la puya doblá.

Pero esa premura que nos ataca cuando sólo falta una semana y todavía estamos a medias, tiene sus consecuencias. La paciencia se viste de gala cuando nos acercamos al centro comercial, aunque sea para comprar una cabeza de ajos para el adobo del pernil. Conseguir estacionamiento ya es un logro. Luego, cargar paquetes se convierte en una gran proeza, igual que torear coches inmensos con niños llorosos, eludir madres furiosas desgañitándose por el teléfono celular y esquivar padres de rostro sombrío que cargan latas de pintura. Para todos, la felicidad.

Con el ambiente de crisis que permea a nivel general, pensé que este año sería diferente. El son de los panderos navideños me recuerda a las marchas de octubre, reclamando empleos que, a ojos vistas, no volverán. En principio, y con estos petardos, uno supondría lo más sensato: las personas, sumidas en la prudencia, se habrían alejado de los gastos pueriles, reconociendo al fin que el tener no define el ser. Pero, nada que ver: este año, el carpe diem boriqua se ha manifestado con mucha fuerza y en muchos Marshall’s. Las Pascuas vienen a hacer un desplante a la cordura, comprando hasta la locura, sin pensar en el estrés.

Y los Reyes que llegaron de Belén, por la misma ruta volverán. En eso, cuando se apague el último arbolito y, con él, se extinga el chiqui-qui-chiqui del aguinaldo, enfrentaremos la verdad. Empezará a subirse la larga y empinada cuesta de enero, y el correo revelará los desmadres de diciembre. El dulce villancico sucumbirá ante el lamento borincano que siempre nos ataca cuando acaba la alegría, alegría y placer.

Siempre me hago la misma pregunta: ¿Para qué sufrir tanto afán, si este revolú sólo dura ¡DOS SEMANAS!?

Ni el mismo Niño Jesús podría responder. De hecho, si se le observara detenidamente en algún belén olvidado, sonriente y dulce en su cuna de pajas, notaremos que extiende los brazos con un gesto que hasta me recuerda al reguetonero Miguelito. Con los deditos arriba y cara inocentona, en plan quéslaque mano, akí ya tú sabe, papi, el chiquito parece de lo más cool. Pero ni siquiera tenemos tiempo para verle la cara, ni a él, ni a sus santos padres, protagonistas ausentes de la historia sustituida por todo este barullo que somos capaces de armar, desde el último eructo del festín pavero.

Este rollo no tiene por qué serlo cuando nos adentramos a la verdadera navidad, ésa que se celebra con momentos simples. Sólo es necesario tener presupuesto para cuatro regalos: alegría de vida, felicitación en boca, saludo en mano y sonrisa presta. Ni siquiera hay que romper dietas, es más, ni siquiera hay dietas. Comemos lo de todos los días, y vivimos como de costumbre, con la única salvedad de que, en esta época, somos más felices porque sí, porque queremos. Y nos proponemos compartir esa felicidad con los demás, sin que nos cueste.

Así que, cuando le agobie la angustia del embeleco que viene pa’ encima como el huracán inminente, deténgase y piense: son sólo dos semanas. Busque alguna imagen del nacimiento, observe con cuidado y respire profundo: mire a ese niño tierno, dormido entre pajas, flanqueado por sus padres benditos.

Entonces recuerde: lo único que ellos desean, y todavía quieren, es una noche de paz.