No quiero decir que fue culpa de mis padres, al regalarme por navidad un reloj de Mickey Mouse, cuyas manos se cruzaban de formas increíbles para dar la hora. Sin embargo hoy me he dado cuenta que sentía obsesión por el futuro: siempre he estado pendiente a la hora, quizás con la expectativa de lo que va a pasar.
Como si tuviera una necesidad imperiosa, vivía esperando por el próximo minuto y, para colmo, curioso por saber qué ocurriría después. En ese afán, admito que cualquier tontería que me ayudara a saber lo que se ocultaba tras el misterioso velo del futuro me llamaba la atención. No había clarividente, astrólogo o charlatán que yo no escuchara; en mi ignorancia, estaba seguro de que esos adivinos a sueldo podían predecir el curso de mi vida (siempre y cuando les comprara las adivinanzas).
El otro día, sin embargo, tuve un choque con el futuro de la manera más curiosa. Resulta que Mayra y yo visitábamos a una amiga mutua que nos acogió en su casa, compartiendo lo poco y lo mucho con su gran ternura. Mientras conversábamos de todos los temas, rodeados por los olores navideños y el delicioso calor humano, el televisor permanecía encendido en el noticiero de las cinco. De vez en cuando, nuestra conversación se detenía para observar el reporte de los acontecimientos que queremos ignorar: asesinatos, suicidios, robos y otras noticias alegres.
Así nos mantuvimos por un rato, intercambiando anécdotas, hasta que de pronto una imagen televisiva captó mi atención. En la pantalla, aparecía una señora desdentada y con unos espejuelos muy grandes, mostrando a cámara el efecto nefasto de la artritis reumatoide. Mientras explicaba que su condición la había dejado ciega de un ojo, la mujer encamada recibía las atenciones de una frágil doñita que, según nos enteramos más tarde, tenía noventa años.
Mi silencio provocó la atención de todos. Entonces, las imágenes del pasado, integradas al reportaje, me golpearon sin misericordia, revelando la identidad de aquella dama venida a menos. Era la otrora famosa vedette Rosita Rodríguez, conocida en el ambiente artístico como “Alfileritos” (en honor al éxito musical que popularizó en los años setenta).
De pronto, se me agolparon los recuerdos: me vi en la casa de Guayama, mirando mi relojito de Mickey Mouse mientras pasaba el “Show del Mediodía” de WAPA-TV Canal 4. Aquella misma mujer cantaba su famoso número, bailando como si estuviera electrificada, y me daba risa. Luego, con el paso de los años y la carrera, tuve la oportunidad de escribir una comedia malísima que transmitían por Telemundo, en la que Rosita trabajó como actriz. Siempre recuerdo que era muy amable y simpática, y también me hacía reír, pero con sus ocurrencias y su buen humor.
En el reportaje, aquella mujer apagada trataba de no sonar demasiado patética. Aún desde la cama, Rosita pedía con humildad que alguien la ayudara a ella y a su mamá para que les cocinara y que les hiciera compañía. Y pedía a sus antiguos compañeros de gloria que la llamaran, que no la dejaran sola, que en esos momentos hacía falta compartir y recordar. Aunque no lo dijo, era evidente su entrelínea: recordar el pasado podría servirle para no pensar en la pesada carga de un futuro incierto y triste por demás.
Miré el reloj. Eran las seis menos veinte de la tarde. Apenas faltarían unas horas para que culminara el año. Por unos instantes, conversamos sobre las imágenes hasta que el tema pasó a otra cosa. Más adelante, cada quien se despidió, con la promesa de bienandanzas para el nuevo año. Llevé a Mayra de vuelta a su casa y concluyó la velada. Sin embargo, mientras manejaba de regreso a mi hogar, las imágenes de aquella pobre mujer se repetían en mi recuerdo.
Miré el reloj de nuevo y, de repente, me lo arranqué de la muñeca. Respiré hondo y decidí no pensar más, concentrándome en el presente: los ruidos de la calle, las risas de los chicos que juegan, el sonido del agua que cae de la fuente y mi propia respiración, tranquila y serena, mientras envío luz a Rosita y a todas esas personas que hoy viven el futuro que nunca pensaron tener.
Ése es el mejor deseo que puedo pedir para todos y todas, incluyéndome: aprendamos a vivir en el ahora, conscientes de que somos dueños de este instante y no preocuparnos demasiado por lo que aún no ha llegado. Precisamente ahora es que somos capaces de agradecer, de amar, de sentir y de apreciar lo que nos rodea.
Vivir con intensidad cada momento nos acerca a la plenitud y a la alegría de vivir con esperanza para que, si llegara el futuro, sea uno de bendición.
Que este año sea, pues, de muchos presentes maravillosos. ¡Feliz 2009!