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lunes, 1 de agosto de 2011

Semillas

Doy gracias al cielo con gran fervor luego de leer la historia que Mayra Montero destacó hoy en su columna sobre Esa Mujer Innombrable que, con su insoportable estupidez, celebraba los “celos” de su único hijo por sus agrandadas tetas de plástico. Leyendo con repulsión el impecable texto de Montero sobre la más reciente estupidez de esa señora, admito que sentí pena por el pobre chamaquito a quien ya su propia madre le endilga el pesado mote de “mama’s boy”. Ella –millonaria y estúpida—dizque alardeó de los celos de su chiquito que, al parecer, la reclama como propia o la desea como mujer. No lo sé ni me importa: en realidad, su caso trascendió todo lo patético.

Por supuesto, no es por esa razón que agradezco, sino por otra, mucho más importante. Después de la repugnancia que me provocó el recuento de Montero, descubro sobre la mesa el ejemplar del semanario ponceño La Perla del Sur y al ver su gloriosa portada me sentí redimido. Sin mucho alarde, en algún rincón humilde de la campiña coameña, otra madre buena –como muchas habrá por ahí—ha recibido el regalo de un chiquillo especial. A sus nueve años, ese muchachito hace parir con buen tino a una mujer agradecida: la Madre Tierra.

El chamaco en cuestión se llama Carlos Emanuel Guzmán Colón. Si usted todavía no sabe quién es, se lo diré en tres palabras: un regalo divino.

La historia de Carlitos no puede quedarse como una hazaña excepcional ocurrida en el barrio Río Jueyes de Coamo. Si por mí fuera, invadiría cada casa de mi vecindario, apagando televisores ruidosos para contarla como si fuera mía. Es que la proeza de ese chiquillo de sonrisa franca debe proclamarse a los cuatro vientos como un ejemplo para que otros pequeños y pequeñas como él aprendan una lección sencilla: hay que ensuciarse las manos para salvar el planeta, preñando a esa hembra que, aun maltrecha y torturada por nuestros desplantes, todavía nos devuelve el favor con agradecimiento, regalándonos sus frutos.

Aunque no he viajado hasta su pueblo para conocerle, me encantaría visitarlo para estrechar su buena mano. También, si me lo permitieran, bendeciría el vientre de doña Carmen, la mujer que nos lo trajo a esta existencia: fue ella el surco donde se plantó la semilla de un gran hombre de futuro que, todavía niño, sonríe con la transparencia típica de las almas nobles.

Por favor, les pido que lean la noticia sobre Carlitos y que, como si fuera uno de esos chismes estúpidos que repetimos con certeza, la rieguen a los cuatro vientos. Textéenla, coméntenla, tuitéenla como si en ello se les fuera la vida. Es justo y necesario que se esparza sobre esta tierra nuestra como una bendita plaga. Ni siquiera repitan el cuento del principio: solo léanlo para ubicarse en el contexto de mi entusiasmo que, admito, me ha provocado un par de lagrimones de emoción y orgullo. Entonces, si quieren, agradezcan al Universo por el hermoso regalo de este muchachito prodigioso que nos devuelve la esperanza.

Carlitos ya crece con tronco robusto y saludable; necesitamos muchos más como él. Nos toca descubrirlos, cuidarlos y sembrarlos en tierra buena para que germinen dulce y saludablemente. Entonces, alimentados por la buena intención, llenarán cada espacio de este país maltrecho, cambiando los iPads por la azada, el Wii por un machete y las balas por semillas.

Foto © Ludwig Medina/La Perla del Sur

jueves, 1 de enero de 2009

Futuro

No quiero decir que fue culpa de mis padres, al regalarme por navidad un reloj de Mickey Mouse, cuyas manos se cruzaban de formas increíbles para dar la hora. Sin embargo hoy me he dado cuenta que sentía obsesión por el futuro: siempre he estado pendiente a la hora, quizás con la expectativa de lo que va a pasar.

Como si tuviera una necesidad imperiosa, vivía esperando por el próximo minuto y, para colmo, curioso por saber qué ocurriría después. En ese afán, admito que cualquier tontería que me ayudara a saber lo que se ocultaba tras el misterioso velo del futuro me llamaba la atención. No había clarividente, astrólogo o charlatán que yo no escuchara; en mi ignorancia, estaba seguro de que esos adivinos a sueldo podían predecir el curso de mi vida (siempre y cuando les comprara las adivinanzas).

El otro día, sin embargo, tuve un choque con el futuro de la manera más curiosa. Resulta que Mayra y yo visitábamos a una amiga mutua que nos acogió en su casa, compartiendo lo poco y lo mucho con su gran ternura. Mientras conversábamos de todos los temas, rodeados por los olores navideños y el delicioso calor humano, el televisor permanecía encendido en el noticiero de las cinco. De vez en cuando, nuestra conversación se detenía para observar el reporte de los acontecimientos que queremos ignorar: asesinatos, suicidios, robos y otras noticias alegres.

Así nos mantuvimos por un rato, intercambiando anécdotas, hasta que de pronto una imagen televisiva captó mi atención. En la pantalla, aparecía una señora desdentada y con unos espejuelos muy grandes, mostrando a cámara el efecto nefasto de la artritis reumatoide. Mientras explicaba que su condición la había dejado ciega de un ojo, la mujer encamada recibía las atenciones de una frágil doñita que, según nos enteramos más tarde, tenía noventa años.

Mi silencio provocó la atención de todos. Entonces, las imágenes del pasado, integradas al reportaje, me golpearon sin misericordia, revelando la identidad de aquella dama venida a menos. Era la otrora famosa vedette Rosita Rodríguez, conocida en el ambiente artístico como “Alfileritos” (en honor al éxito musical que popularizó en los años setenta).

De pronto, se me agolparon los recuerdos: me vi en la casa de Guayama, mirando mi relojito de Mickey Mouse mientras pasaba el “Show del Mediodía” de WAPA-TV Canal 4. Aquella misma mujer cantaba su famoso número, bailando como si estuviera electrificada, y me daba risa. Luego, con el paso de los años y la carrera, tuve la oportunidad de escribir una comedia malísima que transmitían por Telemundo, en la que Rosita trabajó como actriz. Siempre recuerdo que era muy amable y simpática, y también me hacía reír, pero con sus ocurrencias y su buen humor.

En el reportaje, aquella mujer apagada trataba de no sonar demasiado patética. Aún desde la cama, Rosita pedía con humildad que alguien la ayudara a ella y a su mamá para que les cocinara y que les hiciera compañía. Y pedía a sus antiguos compañeros de gloria que la llamaran, que no la dejaran sola, que en esos momentos hacía falta compartir y recordar. Aunque no lo dijo, era evidente su entrelínea: recordar el pasado podría servirle para no pensar en la pesada carga de un futuro incierto y triste por demás.

Miré el reloj. Eran las seis menos veinte de la tarde. Apenas faltarían unas horas para que culminara el año. Por unos instantes, conversamos sobre las imágenes hasta que el tema pasó a otra cosa. Más adelante, cada quien se despidió, con la promesa de bienandanzas para el nuevo año. Llevé a Mayra de vuelta a su casa y concluyó la velada. Sin embargo, mientras manejaba de regreso a mi hogar, las imágenes de aquella pobre mujer se repetían en mi recuerdo.

Miré el reloj de nuevo y, de repente, me lo arranqué de la muñeca. Respiré hondo y decidí no pensar más, concentrándome en el presente: los ruidos de la calle, las risas de los chicos que juegan, el sonido del agua que cae de la fuente y mi propia respiración, tranquila y serena, mientras envío luz a Rosita y a todas esas personas que hoy viven el futuro que nunca pensaron tener.

Ése es el mejor deseo que puedo pedir para todos y todas, incluyéndome: aprendamos a vivir en el ahora, conscientes de que somos dueños de este instante y no preocuparnos demasiado por lo que aún no ha llegado. Precisamente ahora es que somos capaces de agradecer, de amar, de sentir y de apreciar lo que nos rodea.

Vivir con intensidad cada momento nos acerca a la plenitud y a la alegría de vivir con esperanza para que, si llegara el futuro, sea uno de bendición.

Que este año sea, pues, de muchos presentes maravillosos. ¡Feliz 2009!