Doy gracias al cielo con gran fervor luego de leer la historia que Mayra Montero destacó hoy en su columna sobre Esa Mujer Innombrable que, con su insoportable estupidez, celebraba los “celos” de su único hijo por sus agrandadas tetas de plástico. Leyendo con repulsión el impecable texto de Montero sobre la más reciente estupidez de esa señora, admito que sentí pena por el pobre chamaquito a quien ya su propia madre le endilga el pesado mote de “mama’s boy”. Ella –millonaria y estúpida—dizque alardeó de los celos de su chiquito que, al parecer, la reclama como propia o la desea como mujer. No lo sé ni me importa: en realidad, su caso trascendió todo lo patético.
Por supuesto, no es por esa razón que agradezco, sino por otra, mucho más importante. Después de la repugnancia que me provocó el recuento de Montero, descubro sobre la mesa el ejemplar del semanario ponceño La Perla del Sur y al ver su gloriosa portada me sentí redimido. Sin mucho alarde, en algún rincón humilde de la campiña coameña, otra madre buena –como muchas habrá por ahí—ha recibido el regalo de un chiquillo especial. A sus nueve años, ese muchachito hace parir con buen tino a una mujer agradecida: la Madre Tierra.
El chamaco en cuestión se llama Carlos Emanuel Guzmán Colón. Si usted todavía no sabe quién es, se lo diré en tres palabras: un regalo divino.
La historia de Carlitos no puede quedarse como una hazaña excepcional ocurrida en el barrio Río Jueyes de Coamo. Si por mí fuera, invadiría cada casa de mi vecindario, apagando televisores ruidosos para contarla como si fuera mía. Es que la proeza de ese chiquillo de sonrisa franca debe proclamarse a los cuatro vientos como un ejemplo para que otros pequeños y pequeñas como él aprendan una lección sencilla: hay que ensuciarse las manos para salvar el planeta, preñando a esa hembra que, aun maltrecha y torturada por nuestros desplantes, todavía nos devuelve el favor con agradecimiento, regalándonos sus frutos.
Aunque no he viajado hasta su pueblo para conocerle, me encantaría visitarlo para estrechar su buena mano. También, si me lo permitieran, bendeciría el vientre de doña Carmen, la mujer que nos lo trajo a esta existencia: fue ella el surco donde se plantó la semilla de un gran hombre de futuro que, todavía niño, sonríe con la transparencia típica de las almas nobles.
Por favor, les pido que lean la noticia sobre Carlitos y que, como si fuera uno de esos chismes estúpidos que repetimos con certeza, la rieguen a los cuatro vientos. Textéenla, coméntenla, tuitéenla como si en ello se les fuera la vida. Es justo y necesario que se esparza sobre esta tierra nuestra como una bendita plaga. Ni siquiera repitan el cuento del principio: solo léanlo para ubicarse en el contexto de mi entusiasmo que, admito, me ha provocado un par de lagrimones de emoción y orgullo. Entonces, si quieren, agradezcan al Universo por el hermoso regalo de este muchachito prodigioso que nos devuelve la esperanza.
Carlitos ya crece con tronco robusto y saludable; necesitamos muchos más como él. Nos toca descubrirlos, cuidarlos y sembrarlos en tierra buena para que germinen dulce y saludablemente. Entonces, alimentados por la buena intención, llenarán cada espacio de este país maltrecho, cambiando los iPads por la azada, el Wii por un machete y las balas por semillas.
Foto © Ludwig Medina/La Perla del Sur
