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martes, 19 de enero de 2010

Nuestros

Son nuestros, los haitianos. Todo el mundo los reclama, de repente, como suyos.

De entrada, la expresión es acertada, por la solidaridad y la empatía. Nos hermanamos a ellos en el dolor, reconociendo en sus pérdidas un sentimiento profundo que nos embarga, aunque su realidad y la nuestra disten como el cielo y la tierra. Y es lo correcto, ¿por qué no? En boca de nuestros líderes de opinión, comentaristas radiales, políticos profesionales y narradores de butaca, suena bien. Es importante recabar en la conciencia, sobre todo cuando se trata de recolectar donativos.

Sin embargo, me espantó un poco esa hermandad tan súbita, desmedida, un tanto manoseada. Por eso me reí un poco cuando fui testigo, sin quererlo, de uno de esos actos de hermandad hacia la comunidad haitiana.

Justo a la entrada de una tienda por departamentos, cerca del corral de los carritos, colocaron un candungo enorme para que nosotros, oh generosos clientes, depositáramos ofrendas a favor de “nuestros hermanos” de Haití –según rezaba un cartel colocado a tales fines, justo sobre el candungo. Cuando pasé, le eché un ojo al recipiente y apenas contenía una bolsa muy cubierta, quizás con alguna ropa usada o comestibles. De pronto, una señora –noble sin duda, saludable y rolliza, cristiana a todas luces—se acercaba junto a otra –igualmente buena, rolliza y cristiana—cargando una caja con cuatro galones de agua.

Presintiendo la escena de antología, decidí quedarme por allí mirando boberías para observar el momento en que ocurriría el gran donativo. Las señoras, muy fajadas con la caja que, evidentemente, les pesaba más de lo que suponían, conversaban entre sí.

“Ay nena, ayúdame, que esto pesa”, decía la señora uno, empujando la caja.

“Ten cuidao, no te vayas a jorobar la espalda”, respondía la otra.

En eso, un amable empleado se acercó para ayudarlas a terminar el forcejeo con la dichosa caja hasta que, finalmente, llegó a su destino. Las dos señoras, sintiéndose mejores ciudadanas, cerraron el acto de cooperación con sendas sonrisas de alivio.

“Esa pobre gente parte el alma”, dijo la una, retomando el carrito. “Me dan una pena que te digo, hasta me pongo mala de ver las noticias”.

“Ay sí, nena”, siguió la otra, revisando el shopper. “Mira, las colchas que te dije están en especial.”

En ruta hacia el departamento de ropa de cama, las rollizas damas continuaron su travesía. Así de pronto se olvidaron de la desgracia, la ruina y la hermandad haitiana.

Me atacó una risita necia ante la circunstancia. Y de pronto, me detuve frente al candungo, ahora más lleno que a mi entrada a la tienda, y una voz profunda me habló con fuerza. ¿Qué estás diciendo tú, si también les habías olvidado hasta que tembló la tierra?

Aunque poco, había conocido algo de la historia del pedazo oriental de La Española cuando tomé un curso sobre historia del Caribe hace unos años. En ese entonces, me pareció curioso que, siendo la primera colonia en librarse de la esclavitud a fuerza de su propia rebeldía, Haití se convirtió en el país más pobre del hemisferio occidental. Luego, a través de amigos y amigas que sí lo han visitado, confirmaba su paupérrima situación. De hecho, todavía recuerdo a aquellas tribus de nómadas haitianos que venían a mi pueblo con las fiestas patronales. Me les acercaba de lejos, mirándoles con curiosidad y miedo, escuchándoles hablar el créole sin entender ni papa. Mirándoles de lejos, ajenos y distantes, igual que ahora lo hago a través de las noticias.

Y ahora, ante la desgracia, todos les llamamos “hermanos”. De repente, hasta son nuestros. Y me pregunto, ¿hasta cuándo?

No sé, pero pienso que esa repentina hermandad debería trascender la desgracia. Sería bueno que, en lugar de tirarles una caja de agua en un candungo o regalarles la ropa usada, les invitáramos a comer, escucháramos sus historias, aprendiéramos sus cantos, esos que –según los reportes—sobrellevan esas largas jornadas en medio de la más absoluta incertidumbre. Sería bueno aprender sus chistes, comprender sus creencias, aprender sus secretos y, cómo no, acompañarlos hasta que puedan volver a ser la gente viva que era antes de la gran tragedia. Lo triste es que, precisamente, su desgracia es mucha, demasiada, y costó una sacudida despiadada para que nos diéramos cuenta de dos verdades: su miseria y la nuestra.

Sí, porque aunque nos hermanemos con ellos sin contemplaciones, también somos un tanto mezquinos. Es cierto que cooperamos con la causa, pero doblamos la esquina y continuamos la vida, igual que las señoras buenas que se fueron a comprar colchas. Aún frente a la desgracia que continúa a dos islas de distancia, seguimos en lo nuestro. Reiteramos el lamento borincano inacabable en cuanta fila se nos ocurre: que si la política, que si la criminalidad, que si el desempleo. Y terminamos, como siempre, mirándonos el ombligo.

Esta vez, la historia debería ser diferente.

Quiero creer que Haití se levanta, agarrado de muchas manos, las de todos los que quieren ayudar de veras. Quiero sentir que esta solidaridad sincera continúa, sostenida y fuerte, para que ellos puedan renacer a la vida como se merecen. Quiero asegurarme de que no se van, porque nos enseñarán a enfrentar el futuro de una mejor manera: aprendiendo a vivir con menos y a sentir con más ganas la vida que nos mantiene unidos a esta tierra que nos guarda.

Quiero saber que, cuando ellos tengan fuerzas y estén de pie, mantendremos su mano agarrada, porque también es nuestra, caribeña y, de verdad, hermana.