Será por la crisis, de seguro. Pero este año, contrario a otros, he tenido que comprar un calendario.
Me ha chocado bastante, la verdad. Acostumbrado como estaba a recibirlo como obsequio de alguna de mis empresas favoritas, me he encontrado con la necesidad ausente de páginas futuras para anotar las citas que, a principios de enero, ya comienzan a pautarse. Por supuesto, ni siquiera consideré acercarme a esa senadora que, so pretexto de promover su magnánima obra, pretende llenar el vacío dejado por su ex compañera de bikinis, ilustre ponceña ahora casada con el pelotero.
Así pues, no me ha quedado más que escoger entre opciones que van desde los perros y los gatos, pasando por los faros, las palmeras, los salmos y las putas. Al final, escogí un ejemplar muy sobrio, digno de colgarlo en la puerta en plan recordatorio, como Dios manda.
Cuando llegué a casa con el ejemplar, lo desempaqué de prisa y me tomé un tiempillo para mirar sus páginas. La posibilidad de doce meses nuevos, sobre los que aún no se ha escrito ni una palabra, me desconcierta. Es un nuevo año, y muchas opciones; trescientas sesenta y cinco para ser precisos. Y el que se aproxima no es uno más: se trata del final de una década, la primera de un siglo que hace poco estrenamos y del que, evidentemente, no saldremos vivos.
Poco a poco, encuentro las fechas que me interesan. Mi cumpleaños, que caerá en sábado. Luego, los de mi familia y amigos queridos, por aquello de repasar si todavía me sé las fechas. Entonces, voy a los días feriados –en estos ejemplares gringos, como es de suponer, faltan las referencias a Hostos, De Diego y Muñoz Rivera. Igual miro el viernes Santo –que, como es obvio, caerá en viernes. Y la próxima Navidad, que también será un sábado.
Este gusto, aunque raro, me conmueve. Quizá es porque, con este ritual, me llega el lejano recuerdo de aquellos calendarios de hoja que aprendí a degustar en casa de Abuela Luz, la reina de los calendarios. Cada vez que la visitaba, hacía lo posible por acercarme a su almanaque de hojas grandes, siempre colgado de una pared en la cocina, para averiguar lo que allí se documentaba. Y es que Mamigüela tenía la costumbre de convertir sus calendarios en una minuciosa bitácora: visitas recibidas, achaques majaderos, litros de leche comprados, malos ratos, cuentas pendientes, mensajes curiosos y otras penurias de su vida.
De chiquito, siempre recuerdo que en mi casa siempre había calendarios, en todas partes. Algunos eran (y siguen siendo) muy sosos, como los del Banco Popular –que, dicho sea de paso, en su versión 2010 se redujo a una fracción ínfima de su versión original. Los de las farmacias y las tiendas eran más divertidos: me encantaba que pasara el día para arrancar la hojita y leer el chiste impreso al dorso. Eso sí, nunca me gustaban los de foto fija por el año entero, porque eso de estar mirando a una japonesa en plan geisha con sombrilla, o un paisaje nevado de sabe Dios qué planeta, o unas gemelitas rubias vestidas de vaqueras bobas... Guácala, qué aburrido.
Con la computadora, estos aditamentos fueron postergándose hasta lo inservible. De pronto, era más fácil acudir a la versión electrónica, anotar una fecha que, con ajustes aquí y allá, se recordaría para siempre. Sin embargo, aún con lo que utilizo esa comodidad, todavía prefiero el método que aprendí desde hace muchos años: los papeles fijados a la hoja de los días, grapados o adheridos, resaltados con marcador rojo para que no se olviden. Así, mes tras mes, se adhieren papelillos anotados y colocados curiosamente, según sus diversos calibres: los asuntos urgentes, los momentos dulces, las citas interesantes. Y al final del año, el gran libro de los meses se convierte en una bitácora que suelo repasar con un dejo nostálgico.
Este año, sin embargo, el ritual pasó sin pena ni gloria. Removí el calendario viejo, crucificado de historias pasadas, y lo eché a la basura sin titubeo alguno. Entre los recuerdos inservibles y los hechos insalvables de este 2009, preferí ilusionarme con la página en blanco, olorosa a nuevo, llena de expectativas que, en concreto, me seduce con la posibilidad.
La familia, los amigos, el trabajo, la salud, los buenos momentos, los ratos de ocio, los viajes, la esperanza. Todo cabe en este espacio nuevo y excitante. Lo impreciso y lo inconstante, lo triste y lo insólito, lo acabado y lo perdido; incluso, lo vacío. Igualmente habrá lugar para ello en estas hojas nuevas, aunque no lo quiera.
Por ahora, prefiero mirar hacia la puerta, y dejarme seducir por la imagen sobria de este nuevo calendario que ya cuelga sobre ella. Pienso en la posibilidad de nuevos días, aún mejores si es posible, tanto para mí como para los seres que están cerquita de mi corazón. De igual forma, miro esas páginas aún vacías, y quiero que cada una represente un momento feliz, multiplicado en abundancia para este país sediento de buenas noticias. Y que haya otros aciertos mejores, como el triunfo contundente de este mundo, desde todas sus esquinas y angosturas, que nos permita avanzar desde la incertidumbre hasta la plenitud.
Quiero que, para el año que se hace inminente, muchos calendarios nuevos se abran, con páginas bonitas, relucientes y esperanzadoras, en cada uno de sus espacios vitales. Que en ellos se anoten los momentos buenos, los que perduran, los que marcan diferencias, anticipan logros, pintan entusiasmos.
Ojalá que, en sus calendarios, se escriba el futuro que merecemos. Es más, no creo que sea necesario postergarlo más: sería bueno empezarlo desde ahora.
¡Feliz 2010!