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viernes, 31 de diciembre de 2010

Resolución

A que sí: después de repasar las predicciones del astrólogo y completar la lista de rituales, te paras en treinta y preparas la listita:

Para el nuevo año quiero:
1. dejar de comer
2. dejar de beber
3. dejar de fumar
4. dejar de ser pobre
5. dejar de estar solo/a


Dejar atrás, lo que sea: la cuestión es empezar de cero, justo cuando el reloj marca las doce y comienza un año nuevo, tan puro como un papel en blanco sobre el que intentarás escribir derecho sobre los renglones torcidos de tu vida imperfecta.

Eso mismo fue lo que hiciste el año pasado y hoy, a estas horas, estás en el mismo trance, a que sí.

No te preocupes: estamos en las mismas.

Las resoluciones del nuevo año son, para muchos, el propósito de enmienda de una vida de pecados a medio pagar que, tarde o temprano, te pasan factura si no los erradicas por completo.

A ver si esto te suena: digamos que, por ejemplo, tu resolución es dejar de comer (cualquier cosa que sea buena y te tape las arterias). Empezando el año, librarse del lechoneo y la bebelata es una proeza digna de héroes –al menos hasta que San Sebastián reciba el último flechazo a son de plenas en su calle homónima. Así, entre intentos y fracasos, te aferras al mes próximo: que sí, hombre, que vamos pa’lante con la listita. ¿Y qué sucede? Los Cupidos chocolateros se cuelgan de las paredes de tu oficina y, en nombre del amor y la amistad, te cargan hasta Diabetolandia de los cojones.

Y aquí estás, otra vez, en diciembre, con la panza colgante, prometiendo lo mismo que el año pasado. No hay quien viva feliz de esa manera.

Comencemos por desmontar el mito de la resolución. El prefijo “re” puede significar repetición, retroceso, inversión u oposición. Entonces, eso que te planteas como una resolución es, ni más ni menos, repetir o retroceder al punto inicial –“dejar de”—como una idea tonta que pretende solucionar un problema al que, en el fondo, no puedes renunciar. No es porque no quieras, por Dios: sencillamente, no sabrás cómo vivir cuando dejes de hacer eso que hoy anotas como una meta absoluta para el año venidero.

Por lo tanto, la resolución no resuelve nada. Todo queda ahí, en el papel que aguanta las promesas si no haces lo que te toca para cambiar lo que deseas.

Hagamos un trato ahora mismo. Esa lista que hiciste, rómpela. Hazla pedazos y échala al canasto de la basura. No te prometas nada: ni para el año que viene, ni para la semana que entra, ni siquiera para el próximo minuto. Entonces, respira hondo y date un abrazo muy fuerte. Agradece todo: la panza, las deudas, la familia imperfecta, la vida miserable, la soledad, todo lo que te rodea (aún aquello que no puedes entender o no sabes cómo solucionar). Así, con esa misma cara de absoluto desconcierto, déjate ir por la vida sin exigirte perfecciones ni cambios ni dietas ni nada que se parezca.

Vive cada día con su propio afán, sin preguntar. Camina tranquilo, sin ajoro. Si te dan el dulce, cómetelo y disfruta. Si te toca el trance amargo, da la cara y sigue adelante. Enfócate en cada paso y olvídate de la carrera. Bendice a quien te corta de pastelillo; que su santa madre se encargue de él (o de ella). Sonríe al que te vira la cara, aunque ni se dé cuenta. Sube el volumen y canta en el carro si la canción te gusta; qué importa si te miran.

Ama, goza, baila, sueña. Vive. Anda, hazlo ahora. No esperes ni al champán ni a las uvas. Ahora, con tu permiso, voy a pegarle fuego a todas mis listas: las que escribí y guardé por cada año de esta década y la que hice ahora, justo antes de escribir toda esta mierda.

¡Feliz 2011!

lunes, 4 de enero de 2010

Querido Veintediez:

Espero que al recibir estas líneas, ya por lo menos hayas empezado a gatear, porque tú de recién nacido mucho rato, nada que ver. Claro, yo entiendo: nada más hace un par de días eras un bebé delicioso que aparecía justo entre el alboroto de los petardos, iluminado por la gracia de la esperanza y el leotardo brilloso de Jennifer López. Pero igual me consta que, en par de pestañazos, ya estarás por ahí arrastrando los pies, convertido en el tipo mala gente del que todos quieren salir, como el imprudente cachetero de la fiesta navideña. Anda, si no me crees, pregunta por ahí cómo le fue al paisano tuyo que acaba de irse: no lo cortaron en junio porque habría que cambiar la Constitución. Y de rollos políticos, ya vamos bastante cansados.

Así que mientras te regodeas todavía entre las sábanas frescas de tu cuna, te voy a decir dos o tres cosillas, para que te ajustes los culeros. Lo primero que quiero pedirte es que le bajes el tono a los guapetones –y, cómo no, guapetonas—que andan por ahí campeando por sus respetos. Eso va para todos: desde los imbéciles politiqueros que se desmandan frente al primer micrófono que se les cruza delante hasta las señoras imprudentes que berrean por el celular mientras hacen fila en la farmacia. Yo no sé si es que los vientos de guerra que todavía resoplan nos han encampanado muy alto en el cielo de la necedad, pero se me hace muy difícil entender esta impertinente costumbre de despotricar, sin decoro ni prudencia, en los espacios públicos. No sólo es una invasión al espacio ajeno, es una pérdida absoluta de incivilidad que espanta.

También sería bueno que les abrieras el sentido común a los seres humanos para que se respeten un poco más a sí mismos. No me refiero solamente a procurar la buena estima y hacer el mejor esfuerzo como se supone, sino además proyectar una imagen consciente y bien plantada ante el resto del mundo. Hablando en plata, te planteo un ejemplo: ¿será que podrás enseñarle a la gente a vivir sin joderse las cejas? Vaya por Dios, con todo el espectáculo de moda y belleza que se desparrama por las calles de este pequeño país, es irracional el despliegue de cejas finitas, pintadas, cortitas, tatuadas, afeitadas y maltratadas que he visto en los últimos años. A ver si por ahí empezamos a cultivar el buen gusto cuando menos.

Parecería muy superficial lo que te pido, pero tú me conoces. Me pongo cínico de vez en cuando, pero también tengo mi corazoncito. Es más, debo admitir que tuve ilusiones mientras escuchaba el alboroto que antecedió a tu llegada. Claro, uno se viste con las mejores galas, se come las uvas y se pone imbécil, pensando que todo cambiará en un tris. Pero nada que ver, por lo que veo: ya van no sé cuántos asesinatos, accidentes y suicidios, hasta una masacre, y tú ni te enteras, pegado al biberón como si tal cosa. ¿Qué pasa, macho? Mira a ver si les dices al mundo, de una manera ingeniosa y coherente, que la vida es buena aunque a veces quisiéramos salir de ella. Además, ¿cuál es el uso de resolver problemas a la cañona? A ver, para que entiendas: hace un par de días, dos mujeres se enredaron a pescozones en un local de Bayamón, nada menos que por el turno para ir al baño, y el tema acabó a tiro limpio, y una de ellas ya no vive para contar la escena. Bendito sea Dios, ¿no era más fácil improvisarse un chorrito detrás de un arbusto –si tal era el apuro—antes que terminar en una funeraria?

A esos temas me refiero y, si sigo por ahí, no acabo. Además, no quiero abrumarte; todavía estás empezando a abrir los ojos. Sé que lo que te espera no es fácil, sobre todo porque mucha gente, en muchos lugares, da lo que no tiene por pensar que esta vez será distinto. Que todo lo malo comienza a disiparse, tal como el humentín de los cohetes que iluminaron la noche de tu estreno, y que por fin veremos la luz gloriosa de la alegría. Todavía es muy pronto y hay que darte la oportunidad, pero no te duermas, que luego creces muy pronto, te haces insufrible y, al final, el tiempo no te perdona. Ni a nosotros tampoco.

Por mi parte, espero hacer lo justo: ser más humano, más fuerte, más sensato. Cínico… Bueno, no te prometo mucho, porque si no, ¿cómo me divierto? Okey, está bien, dejaré de mirarle las cejas a la gente, que es mala educación. (Trataré, al menos.)

Hablando en serio, bróder, brega fuerte; no es mucho pedir. Dale, tú puedes.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Calendarios

Será por la crisis, de seguro. Pero este año, contrario a otros, he tenido que comprar un calendario.

Me ha chocado bastante, la verdad. Acostumbrado como estaba a recibirlo como obsequio de alguna de mis empresas favoritas, me he encontrado con la necesidad ausente de páginas futuras para anotar las citas que, a principios de enero, ya comienzan a pautarse. Por supuesto, ni siquiera consideré acercarme a esa senadora que, so pretexto de promover su magnánima obra, pretende llenar el vacío dejado por su ex compañera de bikinis, ilustre ponceña ahora casada con el pelotero.

Así pues, no me ha quedado más que escoger entre opciones que van desde los perros y los gatos, pasando por los faros, las palmeras, los salmos y las putas. Al final, escogí un ejemplar muy sobrio, digno de colgarlo en la puerta en plan recordatorio, como Dios manda.

Cuando llegué a casa con el ejemplar, lo desempaqué de prisa y me tomé un tiempillo para mirar sus páginas. La posibilidad de doce meses nuevos, sobre los que aún no se ha escrito ni una palabra, me desconcierta. Es un nuevo año, y muchas opciones; trescientas sesenta y cinco para ser precisos. Y el que se aproxima no es uno más: se trata del final de una década, la primera de un siglo que hace poco estrenamos y del que, evidentemente, no saldremos vivos.

Poco a poco, encuentro las fechas que me interesan. Mi cumpleaños, que caerá en sábado. Luego, los de mi familia y amigos queridos, por aquello de repasar si todavía me sé las fechas. Entonces, voy a los días feriados –en estos ejemplares gringos, como es de suponer, faltan las referencias a Hostos, De Diego y Muñoz Rivera. Igual miro el viernes Santo –que, como es obvio, caerá en viernes. Y la próxima Navidad, que también será un sábado.

Este gusto, aunque raro, me conmueve. Quizá es porque, con este ritual, me llega el lejano recuerdo de aquellos calendarios de hoja que aprendí a degustar en casa de Abuela Luz, la reina de los calendarios. Cada vez que la visitaba, hacía lo posible por acercarme a su almanaque de hojas grandes, siempre colgado de una pared en la cocina, para averiguar lo que allí se documentaba. Y es que Mamigüela tenía la costumbre de convertir sus calendarios en una minuciosa bitácora: visitas recibidas, achaques majaderos, litros de leche comprados, malos ratos, cuentas pendientes, mensajes curiosos y otras penurias de su vida.

De chiquito, siempre recuerdo que en mi casa siempre había calendarios, en todas partes. Algunos eran (y siguen siendo) muy sosos, como los del Banco Popular –que, dicho sea de paso, en su versión 2010 se redujo a una fracción ínfima de su versión original. Los de las farmacias y las tiendas eran más divertidos: me encantaba que pasara el día para arrancar la hojita y leer el chiste impreso al dorso. Eso sí, nunca me gustaban los de foto fija por el año entero, porque eso de estar mirando a una japonesa en plan geisha con sombrilla, o un paisaje nevado de sabe Dios qué planeta, o unas gemelitas rubias vestidas de vaqueras bobas... Guácala, qué aburrido.

Con la computadora, estos aditamentos fueron postergándose hasta lo inservible. De pronto, era más fácil acudir a la versión electrónica, anotar una fecha que, con ajustes aquí y allá, se recordaría para siempre. Sin embargo, aún con lo que utilizo esa comodidad, todavía prefiero el método que aprendí desde hace muchos años: los papeles fijados a la hoja de los días, grapados o adheridos, resaltados con marcador rojo para que no se olviden. Así, mes tras mes, se adhieren papelillos anotados y colocados curiosamente, según sus diversos calibres: los asuntos urgentes, los momentos dulces, las citas interesantes. Y al final del año, el gran libro de los meses se convierte en una bitácora que suelo repasar con un dejo nostálgico.

Este año, sin embargo, el ritual pasó sin pena ni gloria. Removí el calendario viejo, crucificado de historias pasadas, y lo eché a la basura sin titubeo alguno. Entre los recuerdos inservibles y los hechos insalvables de este 2009, preferí ilusionarme con la página en blanco, olorosa a nuevo, llena de expectativas que, en concreto, me seduce con la posibilidad.

La familia, los amigos, el trabajo, la salud, los buenos momentos, los ratos de ocio, los viajes, la esperanza. Todo cabe en este espacio nuevo y excitante. Lo impreciso y lo inconstante, lo triste y lo insólito, lo acabado y lo perdido; incluso, lo vacío. Igualmente habrá lugar para ello en estas hojas nuevas, aunque no lo quiera.

Por ahora, prefiero mirar hacia la puerta, y dejarme seducir por la imagen sobria de este nuevo calendario que ya cuelga sobre ella. Pienso en la posibilidad de nuevos días, aún mejores si es posible, tanto para mí como para los seres que están cerquita de mi corazón. De igual forma, miro esas páginas aún vacías, y quiero que cada una represente un momento feliz, multiplicado en abundancia para este país sediento de buenas noticias. Y que haya otros aciertos mejores, como el triunfo contundente de este mundo, desde todas sus esquinas y angosturas, que nos permita avanzar desde la incertidumbre hasta la plenitud.

Quiero que, para el año que se hace inminente, muchos calendarios nuevos se abran, con páginas bonitas, relucientes y esperanzadoras, en cada uno de sus espacios vitales. Que en ellos se anoten los momentos buenos, los que perduran, los que marcan diferencias, anticipan logros, pintan entusiasmos.

Ojalá que, en sus calendarios, se escriba el futuro que merecemos. Es más, no creo que sea necesario postergarlo más: sería bueno empezarlo desde ahora.

¡Feliz 2010!