Caso número 1: usted está haciendo la fila en el banco. Aguarda su turno con resignación según el orden establecido: de ser el último cuando llega, avanzará conforme al movimiento de la cola hasta ser atendido. El ambiente permanece más o menos tranquilo hasta que un caballero –muy señor él, cómo no—entra hablando por su teléfono celular a un volumen que excede los parámetros del recinto bancario. De pronto, la fila se incomoda: todos los presentes (y sospecho que unos cuantos ausentes también) se enteran de los malestares estomacales de una mujer que está hecha una porquería, su próxima operación de discos herniados de la que espera salir vivo, su viaje a Miami para visitar a unos parientes…
Caso número 2: usted espera su turno para pagar en la tienda de descuentos. Mira a su alrededor alguna revistilla tonta para pasar el mal rato de esperar a que la cajera resuelva un problema de precio en el terminal de cobro. Mientras tanto, la señora que le sigue a usted en la fila decide que es tiempo de avanzar y coloca sus dos galones de detergente, un canasto de ropa y un saco de diez libras de comida para gatos en los tres centímetros de mostrador que están disponibles en el terminal de pago. Ni siquiera la mirada fulminante que usted le dispara, la detiene. La doña sigue colocando sus chucherías como que esto no es conmigo, mientras su hija adolescente repasa desde lejos el menú de las pizzas y los refrescos que atacarán tan pronto ambas terminen de pasarle por encima.
Caso número 3: usted completa un trámite en una agencia de gobierno. Sentado en una silla incómoda, ha padecido la extraordinaria oferta televisiva de Univisión. Entonces, llega una pareja singular: él, señor maduro; ella, esposa peleona. El aire de trifulca entre ellos aún no se disipa cuando la mujer, en actitud retante, se acerca a la empleada para hacerle “una preguntita”. La diminuta consulta demora unos diez minutos y, de pronto, la señora consigue burlar descaradamente el sistema de turnos y salir de la agencia alardeando su buena suerte, que vocifera al marido con aire de triunfo.
¿Qué tienen en común estos tres casos? La inconsciencia ciudadana del siglo XXI.
No sé cuántas veces he sido atacado por estos invasores del espacio común, tan multiplicados por las calles de nuestro país. Uno trata de vivir como la gente, siguiendo el orden lógico de la civilidad: habla con moderación, aguarda su turno, pide permiso y da las gracias; en fin, hace alarde de la buena educación que le enseñaron –en muchos casos, a fuerza de pescozones—en sus años formativos. Entonces, se topa uno con cada animal de dos patas que, con o sin conciencia de sus actos, irrumpe en los espacios ajenos con el descaro propio de quien no se ha leído el Manual Básico de la Convivencia Humana o, sencillamente, decidió utilizar el papel para limpiarse donde el sol no alumbra.
Estos seres campean por sus respetos de muchas otras maneras. Salen a la calle sin cinturón de seguridad, se almuerzan las señales de tránsito y se trepan en las aceras como si tal cosa. Discuten detalles de sus amores mientras escogen las papas en el supermercado. Transmiten en directo sus hazañas laborales desde los cubículos del inodoro público. Protagonizan sin saberlo, con sus vidas tan privadamente públicas, su propio “reality show”: Esos pesados cuernos de mi cuñada María, Ando solo y triste cada viernes, Canto como Ednita en los karaokes porque estoy bien rica, Qué me importa la vida de mi ex (pero quiero saber dónde está).
Algunas veces he pensado seriamente en detenerlos. He querido enfrentar a cada uno de esos hombres y mujeres que me invaden la vida con sus impertinencias mirándoles con firmeza. Sin titubeo alguno, he sentido ganas de decirles así, con todos los dientes, “De verdad que lo que usted hace con su vida/su dinero/su hígado/sus minutos de celular/sus orificios me importa torta. ¿Se podría callar la boca y dejarme vivir en paz?”
Posiblemente, me sentiría muy feliz y liberado, aunque recibiera miradas de puñal, insultos gratuitos y alguna que otra querella ante las autoridades. Pero sé que es perder el tiempo: luchar contra uno/a de estos invasores del orden público es empujar una pared. Son demasiados seres que viven por ahí engrandecidos con sus pequeñeces, diseminados por el mundo como una peste insufrible que ni ellos mismos pueden oler.
La próxima vez que haga una fila, espere en una oficina o haga una gestión pública, piense un poco. Sería bueno que, para variar, se diera cuenta de que su derecho a vivir como le da la gana puede ser el comienzo de la invasión a la vida ajena. La mía, y la de los demás.
También podría pasar que un escritor con buen oído capture los detalles insulsos de su vida ídem para escribir una historia con la que ganará reconocimiento internacional. Cuando la prensa curiosa le pregunte sobre el origen de su historia, él dirá muy tranquilito, “La escuché por ahí.”
Y usted no podrá reclamar nada. Qué pena.
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domingo, 6 de septiembre de 2009
miércoles, 16 de julio de 2008
Miss Reality
Todavía recuerdo cuando Miss Puerto Rico era un triste “show de marquesina”. De hecho, heredé de mi querido “Kiki” (Eddie Ortiz, fenecido vicepresidente de la vieja organización que producía el certamen y, además, mi caricaturista favorito de la infancia), unos vídeos de pasados eventos, olvidados en el fondo de un anaquel. El más antiguo data de 1975, y mata de risa por lo ingenuo: el antiguo Cinema 4 convertido en un palacete, con una fuente escurriéndose por el piso del escenario… El fondo musical de órgano circense que, por momentos, evoca un episodio de Los Locos Adams…
Aquellos concursos eran más largos que un día sin comer, pero los disfrutábamos con la misma ingenuidad con la que se producían. Nos sabíamos aquella canción tema que se convirtió en el himno de toda una generación: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción…” Y, por supuesto, conteníamos la respiración cuando aparecía en escena “el alma del concurso, ¡Anna Santisteban!”. Esperábamos por su exquisito atuendo, su peinado impecable, sus joyas lujosas, sus ademanes extravagantes, su hablar pomposo… Y, por supuesto, sus acostumbrados tropezones.
Ahora, los beauty pageants son una rara mezcla de America’s Next Top Model, Project Runway y la pelea titular de Miguel Cotto. El chisme es el denominador común para este montaje absurdo de pasarelas, en las que igual se modelan trajes de diseñadores que se atacan con gas pimienta. Entonces, gane quien gane, comienza la lluvia de críticas: por las cirugías, por el vestuario y, por supuesto, por el traje típico que, a mi juicio, cada año se supera en la categoría de “Mejor Disfraz de Carnaval Tecato”.
¿Cuál es la fascinación?
Mi amigo Abi me dijo, con absoluta convicción, que Miss Universo era algo así como “el Año Nuevo de las locas”. En su argumento, me explicó que los fanáticos acérrimos de esta “guerra mundial en tacas clear” viven para celebrarla como si se tratara, verdaderamente, de un 31 de diciembre. Sin embargo, este año la celebración trascendió el mundo gay para convertirse en un tema de discusión nacional. No sé cuántas pulgadas de periódico se dedicaron a los pronósticos de “expertos” en “missiología” (ciencia oculta que estudia los concursos de belleza). Tampoco puedo enumerar la cantidad de programas dedicados al análisis de estilistas, peluqueros, modistas y astrólogos sobre las mejores estrategias para que la puertorriqueña regresara a casa con la preciada corona...
Quizas se deba a la extensión territorial, o por la prolongada indefinición política, pero el delirio de la grandeza boricua últimamente descansa en el puño de nuestros boxeadores y en la belleza de nuestras mujeres. Con el Miss Universo de este año, belleza y boxeo se combinaron de la peor manera en el cuadrilátero local: el “relacionista profesional”, en abierto desafío a los códigos de ética de su profesión, arremete sin piedad contra su ex jefa, la “directora nacional”, acusándola de histérica y mala paga. En menos de 48 horas, el susodicho que, gracias a Dios, "no quería hablar del asunto", chismeó hasta por los codos, y obtuvo más prensa que la nueva reina venezolana (quien ganó en muy buena lid, por cierto).
La cadena estadounidense NBC lo anticipó de la mejor manera en su promoción: Miss Universe is the ultimate reality show. Curiosamente, Jerry Springer –famoso por sus insoportables programas de garateo—animó el evento que, de acuerdo con las encuestas estadounidenses, ha bajado su popularidad de manera consistente durante los últimos diez años. Sin embargo, acá en la isla, el bochinche no para: todos los días surge una versión distinta, sostenida por comentarios que ni botándolos se acaban, para justificar la derrota de una candidata que, para muchos, debió ser la nueva reina.
¿Tanto necesitábamos del triunfo? No, pero hay que alimentar la realidad de una televisión local que, a duras penas, sobrevive por cuenta del sabroso chisme cotidiano. De paso, se garantiza la subsistencia de nuestras muñequitas de quirófano, que saludan muñeca-codo-muñeca-codo-besito-besito. Ellas, con sus coronas de piedras brillantes, perpetúan el rosario de nuestros cinco misterios gloriosos: Marisol, Deborah, Dayanara, Denise y Zuleyka. Y a fuerza de chismes, hay que coronarlas de espinas y clavarlas en el trono, para que sigan embruteciéndonos con su candorosa magia.
Miro el anaquel con los viejos vídeos de “Kiki”, y me ataca la nostalgia dulzona, cada vez más frecuente durante esta cuarta década. De pronto, pienso en una linda muchacha de ojos azules y nariz extraña, que regresa a su casa después de un largo viaje. Exhausta, con la sonrisa hecha una mueca y los pies destrozados, arrastra un mamarracho emplumado que cargó en la cabeza por un mes, sin saber ahora qué rayos hará con él.
Lo que no imagina es que ese embeleco de plumas es, precisamente, su único premio: Miss Reality.
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