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sábado, 18 de junio de 2011

Zeta

Me embelezo contemplando tu foto máz reziente, admirando tu zedoza cabellera. Entonzez, recuerdo tantaz zituaziones que, zeguramente, zonzacaron laz mejorez cualidadez de tu eziztenzia. Ez que haz tenido que aprender muchaz cozaz en eztoz últimoz añoz, ¿recuerdaz?

Primero, ziendo apenaz una muchachita rezién zalida de la ezcuela, dizte el gran zalto a la fama zuprema. En el noventitrez, te convertizte en una glorioza Mizz Univerzo –la tercera—que zaludaba y zonreía, dando graziaz a la Virgenzita del Pozo y diziendo en todas partes que zeríaz dentizta cuando fueraz grande. Hazta te dieron una beca para que eztudiaraz ortodonzia (zi mal no recuerda mi dezgraziada mente que a vezez olvida loz nimioz detallez). Eraz zimpática (un poco dientoza) y me atrevo azeptar que fui a verte cuando llegazte y te pazearon por laz callez y avenidaz –hazta me colé en La Fortaleza en una rezepzión a la que nunca eztuve invitado, ¡qué ozadía!

Luego, dezidizte hazerte actriz –en realidad, fue don Jacobo Moralez quien te inmortalizó en laz pantallaz con zu grandioza pieza “Linda Zara”. Aunque no zé zi fue zufiziente: en la película no dijizte ni ezta boca ez mía porque eraz, en la hiztoria, el zuzurro de un trizte recuerdo que permanezía en la mente de una pobrezita mujer enajenada, mientraz zuz hijoz ze peleaban por zacarle chavoz a una ranzia coleczión de traztos viejoz. Dezpuéz (dizen loz que zaben) que te hizizte de una exitoza carrera en Filipinaz, allí donde tuz ojoz grandez y redondoz enamoraban a todoz en laz pantallaz, como una atraczión zublime y zerena.

Entonzez, noz zorprendizte con ezaz ganaz de cantar y de zer juguete. Azí, con loz mechonzitoz azulez, conquiztazte a toda una generazión de nenitaz que, dezeando zer tú, ze apoderaron de tuz canzionez, tuz gafaz ozcuraz y tu grazioza muñeca. ¿Alguna vez te enteraríaz que loz veztuarioz de eza réplica pláztica tuya eran demasiado pequeñoz para el inmenzo fondillo que ze gaztaba la muy sinvergüenza?

Zí, ya zé. Penzaráz que eztoy diziendo mentiritaz, aunque no tantaz como laz que te dijo eze hombre con el que te cazazte, por zi no te acuerdaz: “que cuando noz cazemoz en la Catedral de Zan Juan, lez donamoz un órgano a la iglezia”. Y tú, tan hermoza, tan ezquizitamente veztida y tan feliz… Qué pena que ze acabara tan pronto eza hiztoria de amor con el magnate zalzero. De eza ezperienzia no te puedez quejar: echazte mano de tu ingenio y ezcribizte un librito de conzejoz para compartir tus vivenziaz de reina divorziada. Ademáz, que tienez a ezoz doz chiquilloz que zon la luz con la que rezplandezen, cada día, tuz grandez y azulitoz ojoz.

Ez zierto que te fuizte allá a Loz Ángelez para –dizque—hazer una carrera en zine. De pazo, tuvizte amorez con Amaury Nolazco (¿alguien ze acuerda?) Pero pudo máz tu inztinto materno y dedicazte toda tu energía a cuidar a tuz muchachitoz. Dezde entonzez, haz zido muy zeloza con tu privazidad y ezo ze rezpeta: cazi no conzedez entreviztaz y apenaz ze te ha vizto por eztoz larez dezde que echazte familia. Criticarte por ezo zería una abzoluta inzenzatez: cada quien buzca zu lugar y haze lo que mejor le parezca.

Zin embargo –y graziaz al junte con Marizol y con Zuleyka en la Ziudad de loz Razcazieloz para el reziente dezfile boricua—zalizte del zilenzio autoimpuezto y haz dicho con dulzura y ezprezión zinzera: “llevaré a miz hijoz a Ezpaña para que aprendan mejor zu lengua materna”. Orgulloza como eztaz de tu raíz hizpana, te convenzizte –dijizte a la prenza—que mejor que los maeztroz mexicanoz que le enzeñan español a tuz chiquilloz, te mudaráz a la Madre Patria para que aprendan a hablar como Enrique Igleziaz.

Me azombra y me entuziazma ver tan maravillozo dezpliegue de zabiduría.

Zi todoz penzáramoz de la mizma manera, de zeguro rezpiraríamoz un nuevo aire y, con loz pulmonez henchidoz de orgullo, perzibiríamoz la grandeza perdida de nueztra maltrecha izlita. Zomoz tan capazez de crear tan buenaz ideaz y comprender –como bien lo dijizte en el concurzo que ganazte hace cazi doz décadaz—que tenemoz caztilloz como en Ezpaña, junglaz como en África y puentez como en London (upz, que ezo fue una pequeña confuzión; no quiero que, por mi indizcrezión abzurda, otra vez pazez la vergüenza).

I’m zorry: aunque alguien ze molezte, tengo que dezirlo con franqueza. Dayanara Torrez, erez una dioza.

Graziaz por hazernoz comprender que, lo que noz haze falta ez regrezar a laz raízez de nueztro confuzo origen para entender, de una zanta vez, lo maravillozo que ez vivir en ezta tierra. Olvidarnoz de laz contradiczionez, de tantoz problemaz y de tanta estupidez que noz zepara. Abrazemoz, como tú, eza herenzia profundamente zentrada que noz tranzforma, haziéndonoz grandez entre loz gigantez –cazi tanto como el zenzazional Jozé Juan Barea jugando con loz Maverickz de Dallaz.

No hay que ezforzarze mucho para recuperar eze profundo zentido de patria: ez tan senzillo como hablar con la zeta.

Foto © Alan Mercer Photography

jueves, 15 de julio de 2010

Experimento

Cayeron redonditos. Mi experimento “facebookiano” funcionó.

Me explico: entre el domingo y hoy, decidí poner fotos de las elecciones de Marisol Malaret y Deborah Carthy como Miss Universo. Los comentarios hacia la primera foto fueron positivos, agradables y simpáticos, hasta de agradecimiento por ayudarles a “recordar” ese “momento histórico”. Sin embargo, en el segundo caso, el entusiasmo ya no era el mismo: “¿y por qué tú pusiste a esa mujer ahí?”, me escribió una amiga en privado. “Para que tú me preguntaras”, le contesté, muerto de la risa. “¿Sabes quién es?”, le riposté en mi mensaje, que ella devolvió en menos de un minuto. “Pues claro, Deborah, la segunda Miss Universo... Cómo olvidarla…”

En el memorial colectivo, los nombres de estas “misses” que alguna vez bajaron de un avión en plan de besar la tierra nativa como el Papa (pero con corona de rhinestones), se aprenden como las tablas de multiplicar. Y no es sorpresa: las pasiones patrias se desbordan ante estos “eventos” que nos levantan del anónimo letargo internacional. Particularmente para estas generaciones más jóvenes, las reinas de belleza y los cantantes componen la pisada firme que intenta marcar una huella contundente en el mundo. No me sorprende: ante la actitud general de menosprecio patrio, producida por una tendencia creciente hacia el desarraigo, estos elementos componen, a mi juicio, una recompensa inmediata para acordarnos, si acaso, que somos boricuas (pa’ que alguien lo sepa).

Hagamos otra prueba: sin buscar en Google y sin contar al abanderado de la delegación nacional, mencione los nombres de diez atletas boricuas que nos representarán en los Juegos Centroamericanos de Mayagüez 2010. Tiene un minuto. (Para animarse al juego, sírvase escuchar la musiquita del Final Jeopardy)… Tan-tán.

Me atrevo apostar que, entre los mencionados, estará alguno que otro boxeador, quizás un gimnasta, probablemente la muchacha esa que es de natación y el muchacho este que corre, el de Ponce, Culson. ¿Y qué pasó con los chamacos que ganaron la copa de baloncesto? Ah sí, los que llegaron el lunes como cuatro gatitos perdidos, mostrando una copa que, como dijo el nene de un amigo mío, “no es tan cool como la del Mundial [de Fútbol]”… Ay, Dios.

Tampoco me extraña el comentario del nene si consideramos, además, el análisis que ejecutan los comentaristas radiales desde hace varias semanas, sobre la “fiebre centroamericana”. A juicio de algunos críticos de micrófono –que, entre otros comentarios, se refieren al evento como “un field day” o “los jueguitos esos”—la tal fiebre no es más que una calentura boba que significará pérdidas millonarias más que la esperada “ganancia turística”. Desde principios de semana, retumbaron los cañones: la poca ocupación hotelera en “Porta del Sol” –un disparate heredado de la pasada administración para denominar a los pueblos de la zona suroeste—y la amenaza de abucheos y manifestaciones para empañar la inauguración son patentes. Sumados estos elementos al mal sabor que todavía queda por los eventos del 30 de junio y la actitud general hacia el gobierno favorecen, sino incitan, esa actitud de antipatía/indiferencia/desazón/todas las anteriores hacia Mayagüez 2010.

Ahora bien, ¿cree usted que, si se tratara, otra vez, de alguna reinita en plan de saludo muñeca-codo, coronada de gloria universal, cambiaría la actitud? No sé, y me atrevo a concluir que, con un respingue de nariz, el boricua común diría “no, gracias” y huiría frenético a “coger fresco” en el centro comercial más cercano.

Tras el final de la Copa Mundial de Fútbol, un conocido me comentó que, al ver la entusiasmada recepción hacia el equipo español de fútbol a través de los canales españoles, había recordado el singular recibimiento a Marisol Malaret. “Desde esa vez, aquí no se ve lo mismo”, dijo con cierta nostalgia. “Es que no tenemos próceres”, añadió, con la sosera colgada de su voz. Y es cierto: necesitamos, con carácter de urgencia, héroes que nos saquen de la abulia colectiva. No tienen que ser aquellos viejos bigotudos de los libros de historia, rutilantes atletas o “misses” revestidas de lentejuelas. Tampoco tienen que esperar a filmar la película ganadora del Óscar. Sólo les hace falta ser boricuas orgullosos, dispuestos a hacer patria con sus acciones dignas. Hay muchos y muchas, estoy seguro, aunque no nos enteremos, abrumados por el bombardeo politiquero y la sed por el escándalo hueco o la notoriedad malsana.

No nos queda más que recordar a esas muchachas cuyo lustre se opaca, poco a poco, con el moho del olvido y la estupidez cotidiana. Mientras tanto, les propongo otro experimento: a ver quién se atreve a hacer historia.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Que llamen al Rey

Cada vez que intento olvidar una de las metidas de pata que ocurren a diario en este país, alguien se supera con otra mucho más estrepitosa que la anterior.

Hace un par de semanas se lució la senadora Evelyn Vázquez con su profundo comentario sobre el vínculo entre la depresión de las confinadas y su ropa interior. Bueno, de La Mujer Pirata que gustaba de bailar en tubos no puedo esperar mucho más. Su brillantez quedó más que demostrada al proponer el rescate de los galeones españoles para financiar los Juegos Centroamericanos mientras que, con su bembita de bombón, les llamó “b-r-u-t-o-s” a los dominicanos. No obstante, aún cuando la preocupación de esta futura prócer nace de un asunto relativamente justo, ¿por qué plantearlo de esa manera tan burda? Por Dios, no sé ni para qué me lo pregunto, si a ésta la dejó Maripily calentándole la silla en lo que regresa de su luna de miel.

En medio de todo ese reguero –o quizá velando güira por falta de pantis—se monta en la ola un tal Yamil Gorritz, quien llegó a la isla con su entourage de “modelos exóticas” (en realidad, dos pobrecitas descuajadas) para anunciar, con bombos y platillos, su rotundo éxito como empresario pornográfico. Para los que nacieron ayer, este imbécil con pinta de chulo fue el protagonista de aquel infame vídeo triple X que protagonizó una joven que pudo ser una cantante muy exitosa, pues herencia le sobra. ¿Y a santo de qué viene éste, con su séquito de putones de cuarta, a promover una “lucrativa empresa” que emprendió cuando nadie quiso –según él—darle paso como artista? Bueno, es que la verdad es hija de Dios: si no te dan el “break”, es que no lo hay. No obstante, lo más patético no es que éste venga a hacer alarde de sus “negocios”: lo peor es que habla y habla como cotorra en pase de perico a cuanto medio de comunicación le cruce por delante. Que ni a Culson con su medalla de plata le han dado tanto despliegue periodístico. Y no me sorprende: en este país a cualquier trapo le llaman frisa.

Cuando por fin todo parece calmarse, salta a la picota pública el escarceo que ha formado la “ex tenedora” de la franquicia local de Miss Universe tras el desempeño de Mayra Matos en el concurso celebrando en Bahamas. (Pausa para suspirar profundo.) En realidad, repetir las tonterías que ha dicho esta señora es, sencillamente, gastar espacio vital, así que ni pienso hacerlo. Pero igual no deja de sorprenderme la habilidad que ha tenido este estuche de monerías para retorcer verdades y acomodarlas de una manera tan falsa como los implantes de sus candidatas –excepto Mayra que, les aseguro, lo que tiene es de fábrica. Como he comentado a quienes me preguntan sobre el tema, pienso que hay que tener piedad y compasión de ese ser humano. Y de ella, pobre infeliz, no espero más porque es imposible. Sobre todo cuando recuerdo que fue ella, precisamente, la misma criatura que me ofreció un acuerdo de intercambios de recorte en su salón de belleza con tal que le escribiera un guión para una historia televisiva. A mí, que soy calvo. Nada más con el testigo.

Entonces, justo cuando el inodoro tapado amenaza con desbordar, se desmanda sobre él como un becerro sin campana ese exquisito personaje llamado Jaime González Goenaga. Vaya usted a saber, como decía mi abuela, qué pata puso ese huevo, porque ni su santo ni su seña eran conocidos hasta que empezó a sonar el desmadre. Según los vídeos posteados en YouTube y difundidos ampliamente por la prensa nacional, el tal empresario se despachó con la cuchara grande en un arranque de grosería –provocada, según él, por un “mal rato” que había pasado antes. Por la alegada incomodidad sufrida, este esperpento abrió la boca y sí que metió las cuatro, junto con el hocico, al insinuar que los menos afortunados podrían acercarse al proyecto Riviera del Caribe para que aprendan cómo viven los ricos. Y habló de “limbers” de cincuenta centavos, de aspirar a la riqueza a través de la Loto, habló y habló y habló de tantas imbecilidades que, bueno, mejor ni contarlas.

Mi mamá, que es una mujer muy sabia, siempre dice que “tan culpable es el que mata la vaca como el que le amarra las patas”. Y en este caso, el debate entre los que acuchillan a la res y los que se ofrecen para llevarla al matadero está prácticamente parejo. Porque, según ha habido desatinos tan espantosos, de igual forma ha habido tontos que observan, al parecer sin sangre en las venas. Éste es el denominador común de estas historias increíbles: frente a la insensatez y la torpeza, existe foro. Porque mire usted qué mucha tinta de prensa y espacio cibernético han generado estos injertos humanos y, por lo visto, el asunto va para largo.

Es por eso que, humildemente, me atrevo a proponer una solución parcial ante las autoridades públicas o, por lo menos, a las que tengan que ver con el respeto al decoro y las buenas costumbres. Con tal de que el barullo se aquiete y, por lo menos, tengamos algún respiro de paz –hasta que la próxima tormenta o el próximo brote cochino nos ponga a correr en busca de salchichas y hand sanitizer—suplico que, en nombre de la prudencia, un alma noble se comprometa a llamar al Rey Juan Carlos de España para que organice un golpe de estado y nos gobierne. Así es que, a mi juicio, se detendría esta ola de insensateces de una buena vez, cuando el Bourbón los mire con su cara de mangó verde y les grite a todos, uno por uno: “¿Por qué no te callas?”

Sería bueno. Aunque fuera no más por un ratito.

miércoles, 16 de julio de 2008

Miss Reality

Todavía recuerdo cuando Miss Puerto Rico era un triste “show de marquesina”. De hecho, heredé de mi querido “Kiki” (Eddie Ortiz, fenecido vicepresidente de la vieja organización que producía el certamen y, además, mi caricaturista favorito de la infancia), unos vídeos de pasados eventos, olvidados en el fondo de un anaquel. El más antiguo data de 1975, y mata de risa por lo ingenuo: el antiguo Cinema 4 convertido en un palacete, con una fuente escurriéndose por el piso del escenario… El fondo musical de órgano circense que, por momentos, evoca un episodio de Los Locos Adams

Aquellos concursos eran más largos que un día sin comer, pero los disfrutábamos con la misma ingenuidad con la que se producían. Nos sabíamos aquella canción tema que se convirtió en el himno de toda una generación: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción…” Y, por supuesto, conteníamos la respiración cuando aparecía en escena “el alma del concurso, ¡Anna Santisteban!”. Esperábamos por su exquisito atuendo, su peinado impecable, sus joyas lujosas, sus ademanes extravagantes, su hablar pomposo… Y, por supuesto, sus acostumbrados tropezones.

Ahora, los beauty pageants son una rara mezcla de America’s Next Top Model, Project Runway y la pelea titular de Miguel Cotto. El chisme es el denominador común para este montaje absurdo de pasarelas, en las que igual se modelan trajes de diseñadores que se atacan con gas pimienta. Entonces, gane quien gane, comienza la lluvia de críticas: por las cirugías, por el vestuario y, por supuesto, por el traje típico que, a mi juicio, cada año se supera en la categoría de “Mejor Disfraz de Carnaval Tecato”.

¿Cuál es la fascinación?

Mi amigo Abi me dijo, con absoluta convicción, que Miss Universo era algo así como “el Año Nuevo de las locas”. En su argumento, me explicó que los fanáticos acérrimos de esta “guerra mundial en tacas clear” viven para celebrarla como si se tratara, verdaderamente, de un 31 de diciembre. Sin embargo, este año la celebración trascendió el mundo gay para convertirse en un tema de discusión nacional. No sé cuántas pulgadas de periódico se dedicaron a los pronósticos de “expertos” en “missiología” (ciencia oculta que estudia los concursos de belleza). Tampoco puedo enumerar la cantidad de programas dedicados al análisis de estilistas, peluqueros, modistas y astrólogos sobre las mejores estrategias para que la puertorriqueña regresara a casa con la preciada corona...

Quizas se deba a la extensión territorial, o por la prolongada indefinición política, pero el delirio de la grandeza boricua últimamente descansa en el puño de nuestros boxeadores y en la belleza de nuestras mujeres. Con el Miss Universo de este año, belleza y boxeo se combinaron de la peor manera en el cuadrilátero local: el “relacionista profesional”, en abierto desafío a los códigos de ética de su profesión, arremete sin piedad contra su ex jefa, la “directora nacional”, acusándola de histérica y mala paga. En menos de 48 horas, el susodicho que, gracias a Dios, "no quería hablar del asunto", chismeó hasta por los codos, y obtuvo más prensa que la nueva reina venezolana (quien ganó en muy buena lid, por cierto).

La cadena estadounidense NBC lo anticipó de la mejor manera en su promoción: Miss Universe is the ultimate reality show. Curiosamente, Jerry Springer –famoso por sus insoportables programas de garateo—animó el evento que, de acuerdo con las encuestas estadounidenses, ha bajado su popularidad de manera consistente durante los últimos diez años. Sin embargo, acá en la isla, el bochinche no para: todos los días surge una versión distinta, sostenida por comentarios que ni botándolos se acaban, para justificar la derrota de una candidata que, para muchos, debió ser la nueva reina.

¿Tanto necesitábamos del triunfo? No, pero hay que alimentar la realidad de una televisión local que, a duras penas, sobrevive por cuenta del sabroso chisme cotidiano. De paso, se garantiza la subsistencia de nuestras muñequitas de quirófano, que saludan muñeca-codo-muñeca-codo-besito-besito. Ellas, con sus coronas de piedras brillantes, perpetúan el rosario de nuestros cinco misterios gloriosos: Marisol, Deborah, Dayanara, Denise y Zuleyka. Y a fuerza de chismes, hay que coronarlas de espinas y clavarlas en el trono, para que sigan embruteciéndonos con su candorosa magia.

Miro el anaquel con los viejos vídeos de “Kiki”, y me ataca la nostalgia dulzona, cada vez más frecuente durante esta cuarta década. De pronto, pienso en una linda muchacha de ojos azules y nariz extraña, que regresa a su casa después de un largo viaje. Exhausta, con la sonrisa hecha una mueca y los pies destrozados, arrastra un mamarracho emplumado que cargó en la cabeza por un mes, sin saber ahora qué rayos hará con él.

Lo que no imagina es que ese embeleco de plumas es, precisamente, su único premio: Miss Reality.