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jueves, 15 de julio de 2010

Experimento

Cayeron redonditos. Mi experimento “facebookiano” funcionó.

Me explico: entre el domingo y hoy, decidí poner fotos de las elecciones de Marisol Malaret y Deborah Carthy como Miss Universo. Los comentarios hacia la primera foto fueron positivos, agradables y simpáticos, hasta de agradecimiento por ayudarles a “recordar” ese “momento histórico”. Sin embargo, en el segundo caso, el entusiasmo ya no era el mismo: “¿y por qué tú pusiste a esa mujer ahí?”, me escribió una amiga en privado. “Para que tú me preguntaras”, le contesté, muerto de la risa. “¿Sabes quién es?”, le riposté en mi mensaje, que ella devolvió en menos de un minuto. “Pues claro, Deborah, la segunda Miss Universo... Cómo olvidarla…”

En el memorial colectivo, los nombres de estas “misses” que alguna vez bajaron de un avión en plan de besar la tierra nativa como el Papa (pero con corona de rhinestones), se aprenden como las tablas de multiplicar. Y no es sorpresa: las pasiones patrias se desbordan ante estos “eventos” que nos levantan del anónimo letargo internacional. Particularmente para estas generaciones más jóvenes, las reinas de belleza y los cantantes componen la pisada firme que intenta marcar una huella contundente en el mundo. No me sorprende: ante la actitud general de menosprecio patrio, producida por una tendencia creciente hacia el desarraigo, estos elementos componen, a mi juicio, una recompensa inmediata para acordarnos, si acaso, que somos boricuas (pa’ que alguien lo sepa).

Hagamos otra prueba: sin buscar en Google y sin contar al abanderado de la delegación nacional, mencione los nombres de diez atletas boricuas que nos representarán en los Juegos Centroamericanos de Mayagüez 2010. Tiene un minuto. (Para animarse al juego, sírvase escuchar la musiquita del Final Jeopardy)… Tan-tán.

Me atrevo apostar que, entre los mencionados, estará alguno que otro boxeador, quizás un gimnasta, probablemente la muchacha esa que es de natación y el muchacho este que corre, el de Ponce, Culson. ¿Y qué pasó con los chamacos que ganaron la copa de baloncesto? Ah sí, los que llegaron el lunes como cuatro gatitos perdidos, mostrando una copa que, como dijo el nene de un amigo mío, “no es tan cool como la del Mundial [de Fútbol]”… Ay, Dios.

Tampoco me extraña el comentario del nene si consideramos, además, el análisis que ejecutan los comentaristas radiales desde hace varias semanas, sobre la “fiebre centroamericana”. A juicio de algunos críticos de micrófono –que, entre otros comentarios, se refieren al evento como “un field day” o “los jueguitos esos”—la tal fiebre no es más que una calentura boba que significará pérdidas millonarias más que la esperada “ganancia turística”. Desde principios de semana, retumbaron los cañones: la poca ocupación hotelera en “Porta del Sol” –un disparate heredado de la pasada administración para denominar a los pueblos de la zona suroeste—y la amenaza de abucheos y manifestaciones para empañar la inauguración son patentes. Sumados estos elementos al mal sabor que todavía queda por los eventos del 30 de junio y la actitud general hacia el gobierno favorecen, sino incitan, esa actitud de antipatía/indiferencia/desazón/todas las anteriores hacia Mayagüez 2010.

Ahora bien, ¿cree usted que, si se tratara, otra vez, de alguna reinita en plan de saludo muñeca-codo, coronada de gloria universal, cambiaría la actitud? No sé, y me atrevo a concluir que, con un respingue de nariz, el boricua común diría “no, gracias” y huiría frenético a “coger fresco” en el centro comercial más cercano.

Tras el final de la Copa Mundial de Fútbol, un conocido me comentó que, al ver la entusiasmada recepción hacia el equipo español de fútbol a través de los canales españoles, había recordado el singular recibimiento a Marisol Malaret. “Desde esa vez, aquí no se ve lo mismo”, dijo con cierta nostalgia. “Es que no tenemos próceres”, añadió, con la sosera colgada de su voz. Y es cierto: necesitamos, con carácter de urgencia, héroes que nos saquen de la abulia colectiva. No tienen que ser aquellos viejos bigotudos de los libros de historia, rutilantes atletas o “misses” revestidas de lentejuelas. Tampoco tienen que esperar a filmar la película ganadora del Óscar. Sólo les hace falta ser boricuas orgullosos, dispuestos a hacer patria con sus acciones dignas. Hay muchos y muchas, estoy seguro, aunque no nos enteremos, abrumados por el bombardeo politiquero y la sed por el escándalo hueco o la notoriedad malsana.

No nos queda más que recordar a esas muchachas cuyo lustre se opaca, poco a poco, con el moho del olvido y la estupidez cotidiana. Mientras tanto, les propongo otro experimento: a ver quién se atreve a hacer historia.