Mostrando entradas con la etiqueta historia boricua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia boricua. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de julio de 2011

Héroe

Hace un par de semanas, borracho por la “marea de Barea”, pensé escribir sobre cómo se le endilga el título de “héroe” a todo el mundo. Alguien, en algún periódico, me robó el título y la idea. Al zafacón el escrito; ni modo.

Una semana después, ante la caída trágica de José “Piculín” Ortiz, quise reflexionar sobre la capacidad de reconocer los errores que pueden tener algunos hombres. Por lo que reseñaron los medios, la admisión de culpa del deportista se acogió con tibieza. Pues ya, me olvidé del tema.

Hoy ha muerto Don Ricardo Alegría. La palabra “héroe”, otra vez, retumbó en mi cabeza.

Rebusqué entre los archivos desechados y rescaté la idea inicial de mi escrito, convencido de que es justo atribuirle el nombrecito de marras. Usted que lee estas líneas fruncirá la boca y pensará que estoy como la veleta; honestamente, poco me interesa. Para los boricuas de cualquier ideología, edad o procedencia, hoy es un día lamentable: la partida física de este historiador, antropólogo y humanista es particularmente dolorosa. En palabras sencillas, la patria se nos está quedando huérfana.

Como ocurre siempre que un personaje importante trasciende a la eternidad, todo el mundo se desborda en halagos y comentarios positivos –todavía no he sabido de ningún muerto que haya sido mala persona. No tengo por qué empalagarles con una larga cantaleta sobre lo mucho que admiraba a Don Ricardo y cuánto valoraba su amistad. Jamás conversé con él directamente. Si lo vi tres veces en mi vida, fue mucho. Eso sí, una vez le escuché en una conferencia, hablando con su característico entusiasmo sobre la importancia de conservar nuestro patrimonio. Era un hombre sabio, sin duda: conocía muchos detalles de la memoria histórica nacional que, por desgracia, no se aprenden en las aulas donde debería moldearse con ternura el amor patrio.

Igualmente admito que, según escuché el verbo ilustrado de Don Ricardo y, en la distancia, le brindé mi respeto, también recuerdo los comentarios de sus detractores. Porque los tuvo, y muchos, incluso algunos que ganaban salarios pagados por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Con sus bocas de comer, esos seres comentaban de todo: que el viejo era insoportable, tedioso y malasangre. Que se había robado una buena parte de la historia para añadirla a sus colecciones personales. Que se creía el padre de la patria y, como tal, se había asegurado su pasaje a la eternidad. Juzgar tales comentarios sería impropio; además, no me interesa.

Como dije antes, la partida física de Don Ricardo Alegría nos deja a solas frente a una gran incertidumbre. Por ley de la naturaleza, se nos acaban los hombres y mujeres que nos hacen mirar al cielo y sonreír –recordemos que todavía se marchitan las flores sobre la tumba de Doña Trina Rivera, otra que tal bailaba en defensa de la sociedad nuestra. Con esa soledad profunda que sigue a la muerte, quedamos a merced de quienes nos gobiernan con desarraigo y –en nombre de los buenos puertorriqueños—atentan contra toda manifestación de nacionalidad. De hecho, la única oportunidad oficial para exhibir nuestro orgullo patrio sin bochorno alguno es la llegada de esos “héroes” exaltados por el frenesí mediático que, ondeando la monoestrellada, saludan y sonríen desde sus carrozas mientras transitan la Avenida Baldorioty.

No quiero decir que Ricky, Barea, Zuleyka –o hasta Piculín—sean indignos de recibir homenajes: si se lucen en lo suyo, recibirlos con orgullo y aplaudirles no es una afrenta. Sin embargo, contrario a Don Ricardo, ellos nos representan en una parte bonita de lo que somos. Por eso me incomoda el titulito mal endilgado de la heroicidad que se le encasqueta a cada boricua como otra excusa más para el festejo absolutamente prescindible. Celebrar que el reciente ganador de The Voice –que no sabe ni cómo se dice “alcapurria”—o que el flamante abogado que salvó a la tal Casey Anthony de la silla eléctrica sean puertorriqueños es una estupidez. Que me perdone El Boricuazo: a veces algunos de sus “lucimientos” me avergüenzan.

Sin embargo, en el caso de Don Ricardo, homenajear su memoria resulta poco, hasta injusto. Fuera bueno, malo o regular como ser humano, no habrá muchos voluntarios que se echen al hombro la difícil tarea de continuar su legado. Ninguna miss, ningún cantante, ningún atleta –me atrevo a predecir—se encargaría de trabajar con el ahínco y la dedicación de este hombre ilustre para recordarnos quiénes fuimos y cómo llegamos a ser lo que somos. Arrojarse a la tarea de proteger, reconocer, respetar y defender las diversas manifestaciones de nuestra cultura patria es una labor que solo él fue capaz de hacer con dignidad y compromiso.

Ojalá me equivoque.

De aquí al domingo, muchos desfilarán frente a los restos mortales de Don Ricardo con la cabeza baja, en actitud de duelo. Se escucharán discursos plagados de elogios, se prometerá continuidad a su labor de apoyo a la cultura nuestra. En vísperas del año eleccionario—no se asombre—se propondrán ideas surgidas desde la entraña política para exaltar al “último prócer de nuestra era”. Es inevitable porque es, precisamente, parte de este bamboleo que nos define como seres incongruentes, tan veletas como el que suscribe, indeciso ante sus propias ideas.

Los que acudan a sus exequias sabrán si en su corazón está el cumplir genuino con el homenaje merecido al hombre, al historiador, al baluarte o si, por el contrario, se acercarán a los actos oficiales solo por aprovechar la oportunidad de incorporarse a este último episodio de su historia. Allá ellos y ellas. Si por mí fuera, antes de que sus restos descansen en la tierra que tanto amó, pasearía su féretro por esa misma Avenida Baldorioty que ha recibido a tantos hijos de esta patria por sus proezas breves, simpáticas, tal vez olvidables.

No lo haría por alimentar el novelero festín servido a los curiosos. Solo me gustaría que, aunque fuera muerto, los boricuas pudieran apreciar de verdad lo que es un verdadero héroe.

Foto: Periódico Primera Hora

jueves, 15 de julio de 2010

Experimento

Cayeron redonditos. Mi experimento “facebookiano” funcionó.

Me explico: entre el domingo y hoy, decidí poner fotos de las elecciones de Marisol Malaret y Deborah Carthy como Miss Universo. Los comentarios hacia la primera foto fueron positivos, agradables y simpáticos, hasta de agradecimiento por ayudarles a “recordar” ese “momento histórico”. Sin embargo, en el segundo caso, el entusiasmo ya no era el mismo: “¿y por qué tú pusiste a esa mujer ahí?”, me escribió una amiga en privado. “Para que tú me preguntaras”, le contesté, muerto de la risa. “¿Sabes quién es?”, le riposté en mi mensaje, que ella devolvió en menos de un minuto. “Pues claro, Deborah, la segunda Miss Universo... Cómo olvidarla…”

En el memorial colectivo, los nombres de estas “misses” que alguna vez bajaron de un avión en plan de besar la tierra nativa como el Papa (pero con corona de rhinestones), se aprenden como las tablas de multiplicar. Y no es sorpresa: las pasiones patrias se desbordan ante estos “eventos” que nos levantan del anónimo letargo internacional. Particularmente para estas generaciones más jóvenes, las reinas de belleza y los cantantes componen la pisada firme que intenta marcar una huella contundente en el mundo. No me sorprende: ante la actitud general de menosprecio patrio, producida por una tendencia creciente hacia el desarraigo, estos elementos componen, a mi juicio, una recompensa inmediata para acordarnos, si acaso, que somos boricuas (pa’ que alguien lo sepa).

Hagamos otra prueba: sin buscar en Google y sin contar al abanderado de la delegación nacional, mencione los nombres de diez atletas boricuas que nos representarán en los Juegos Centroamericanos de Mayagüez 2010. Tiene un minuto. (Para animarse al juego, sírvase escuchar la musiquita del Final Jeopardy)… Tan-tán.

Me atrevo apostar que, entre los mencionados, estará alguno que otro boxeador, quizás un gimnasta, probablemente la muchacha esa que es de natación y el muchacho este que corre, el de Ponce, Culson. ¿Y qué pasó con los chamacos que ganaron la copa de baloncesto? Ah sí, los que llegaron el lunes como cuatro gatitos perdidos, mostrando una copa que, como dijo el nene de un amigo mío, “no es tan cool como la del Mundial [de Fútbol]”… Ay, Dios.

Tampoco me extraña el comentario del nene si consideramos, además, el análisis que ejecutan los comentaristas radiales desde hace varias semanas, sobre la “fiebre centroamericana”. A juicio de algunos críticos de micrófono –que, entre otros comentarios, se refieren al evento como “un field day” o “los jueguitos esos”—la tal fiebre no es más que una calentura boba que significará pérdidas millonarias más que la esperada “ganancia turística”. Desde principios de semana, retumbaron los cañones: la poca ocupación hotelera en “Porta del Sol” –un disparate heredado de la pasada administración para denominar a los pueblos de la zona suroeste—y la amenaza de abucheos y manifestaciones para empañar la inauguración son patentes. Sumados estos elementos al mal sabor que todavía queda por los eventos del 30 de junio y la actitud general hacia el gobierno favorecen, sino incitan, esa actitud de antipatía/indiferencia/desazón/todas las anteriores hacia Mayagüez 2010.

Ahora bien, ¿cree usted que, si se tratara, otra vez, de alguna reinita en plan de saludo muñeca-codo, coronada de gloria universal, cambiaría la actitud? No sé, y me atrevo a concluir que, con un respingue de nariz, el boricua común diría “no, gracias” y huiría frenético a “coger fresco” en el centro comercial más cercano.

Tras el final de la Copa Mundial de Fútbol, un conocido me comentó que, al ver la entusiasmada recepción hacia el equipo español de fútbol a través de los canales españoles, había recordado el singular recibimiento a Marisol Malaret. “Desde esa vez, aquí no se ve lo mismo”, dijo con cierta nostalgia. “Es que no tenemos próceres”, añadió, con la sosera colgada de su voz. Y es cierto: necesitamos, con carácter de urgencia, héroes que nos saquen de la abulia colectiva. No tienen que ser aquellos viejos bigotudos de los libros de historia, rutilantes atletas o “misses” revestidas de lentejuelas. Tampoco tienen que esperar a filmar la película ganadora del Óscar. Sólo les hace falta ser boricuas orgullosos, dispuestos a hacer patria con sus acciones dignas. Hay muchos y muchas, estoy seguro, aunque no nos enteremos, abrumados por el bombardeo politiquero y la sed por el escándalo hueco o la notoriedad malsana.

No nos queda más que recordar a esas muchachas cuyo lustre se opaca, poco a poco, con el moho del olvido y la estupidez cotidiana. Mientras tanto, les propongo otro experimento: a ver quién se atreve a hacer historia.