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miércoles, 16 de julio de 2008

Miss Reality

Todavía recuerdo cuando Miss Puerto Rico era un triste “show de marquesina”. De hecho, heredé de mi querido “Kiki” (Eddie Ortiz, fenecido vicepresidente de la vieja organización que producía el certamen y, además, mi caricaturista favorito de la infancia), unos vídeos de pasados eventos, olvidados en el fondo de un anaquel. El más antiguo data de 1975, y mata de risa por lo ingenuo: el antiguo Cinema 4 convertido en un palacete, con una fuente escurriéndose por el piso del escenario… El fondo musical de órgano circense que, por momentos, evoca un episodio de Los Locos Adams

Aquellos concursos eran más largos que un día sin comer, pero los disfrutábamos con la misma ingenuidad con la que se producían. Nos sabíamos aquella canción tema que se convirtió en el himno de toda una generación: “Me siento muy feliz/me embarga la emoción…” Y, por supuesto, conteníamos la respiración cuando aparecía en escena “el alma del concurso, ¡Anna Santisteban!”. Esperábamos por su exquisito atuendo, su peinado impecable, sus joyas lujosas, sus ademanes extravagantes, su hablar pomposo… Y, por supuesto, sus acostumbrados tropezones.

Ahora, los beauty pageants son una rara mezcla de America’s Next Top Model, Project Runway y la pelea titular de Miguel Cotto. El chisme es el denominador común para este montaje absurdo de pasarelas, en las que igual se modelan trajes de diseñadores que se atacan con gas pimienta. Entonces, gane quien gane, comienza la lluvia de críticas: por las cirugías, por el vestuario y, por supuesto, por el traje típico que, a mi juicio, cada año se supera en la categoría de “Mejor Disfraz de Carnaval Tecato”.

¿Cuál es la fascinación?

Mi amigo Abi me dijo, con absoluta convicción, que Miss Universo era algo así como “el Año Nuevo de las locas”. En su argumento, me explicó que los fanáticos acérrimos de esta “guerra mundial en tacas clear” viven para celebrarla como si se tratara, verdaderamente, de un 31 de diciembre. Sin embargo, este año la celebración trascendió el mundo gay para convertirse en un tema de discusión nacional. No sé cuántas pulgadas de periódico se dedicaron a los pronósticos de “expertos” en “missiología” (ciencia oculta que estudia los concursos de belleza). Tampoco puedo enumerar la cantidad de programas dedicados al análisis de estilistas, peluqueros, modistas y astrólogos sobre las mejores estrategias para que la puertorriqueña regresara a casa con la preciada corona...

Quizas se deba a la extensión territorial, o por la prolongada indefinición política, pero el delirio de la grandeza boricua últimamente descansa en el puño de nuestros boxeadores y en la belleza de nuestras mujeres. Con el Miss Universo de este año, belleza y boxeo se combinaron de la peor manera en el cuadrilátero local: el “relacionista profesional”, en abierto desafío a los códigos de ética de su profesión, arremete sin piedad contra su ex jefa, la “directora nacional”, acusándola de histérica y mala paga. En menos de 48 horas, el susodicho que, gracias a Dios, "no quería hablar del asunto", chismeó hasta por los codos, y obtuvo más prensa que la nueva reina venezolana (quien ganó en muy buena lid, por cierto).

La cadena estadounidense NBC lo anticipó de la mejor manera en su promoción: Miss Universe is the ultimate reality show. Curiosamente, Jerry Springer –famoso por sus insoportables programas de garateo—animó el evento que, de acuerdo con las encuestas estadounidenses, ha bajado su popularidad de manera consistente durante los últimos diez años. Sin embargo, acá en la isla, el bochinche no para: todos los días surge una versión distinta, sostenida por comentarios que ni botándolos se acaban, para justificar la derrota de una candidata que, para muchos, debió ser la nueva reina.

¿Tanto necesitábamos del triunfo? No, pero hay que alimentar la realidad de una televisión local que, a duras penas, sobrevive por cuenta del sabroso chisme cotidiano. De paso, se garantiza la subsistencia de nuestras muñequitas de quirófano, que saludan muñeca-codo-muñeca-codo-besito-besito. Ellas, con sus coronas de piedras brillantes, perpetúan el rosario de nuestros cinco misterios gloriosos: Marisol, Deborah, Dayanara, Denise y Zuleyka. Y a fuerza de chismes, hay que coronarlas de espinas y clavarlas en el trono, para que sigan embruteciéndonos con su candorosa magia.

Miro el anaquel con los viejos vídeos de “Kiki”, y me ataca la nostalgia dulzona, cada vez más frecuente durante esta cuarta década. De pronto, pienso en una linda muchacha de ojos azules y nariz extraña, que regresa a su casa después de un largo viaje. Exhausta, con la sonrisa hecha una mueca y los pies destrozados, arrastra un mamarracho emplumado que cargó en la cabeza por un mes, sin saber ahora qué rayos hará con él.

Lo que no imagina es que ese embeleco de plumas es, precisamente, su único premio: Miss Reality.